Camarón

En el mismo año de los Juegos Olímpicos de Barcelona, de la Expo Universal de Sevilla, del 500 Aniversario de la Masacre de América, moría, en Badalona, de un cáncer de pulmón, a los 41 años, Camarón de la Isla. En las tierras del Sur fue una de las grandes noticias del año. Los flamencólogos, los gitanos, los aficionados a la música en general, lloraron su pérdida en días negrísimos de luto. Aquí en el Norte, sin embargo, en las tierras frías y brumosas donde el flamenco es una música étnica que a veces sacan por televisión, apenas nos llegó el rumor sordo de la tragedia. Sabíamos quién era Camarón, claro está, un gitano rubio, delgado, consumido por el tabaco y las drogas, que a decir de los entendidos había revolucionado el arte de cantar. Y poco más. La mayoría, sorprendidos en la calle por un micrófono, no habríamos sabido mencionar ni una sola de sus canciones, incultos, indiferentes, habitantes de un planeta que orbita a mil kilómetros del sol gaditano. Los únicos aficionados al flamenco que llegué a conocer en Invernalia, contados con los dedos de una mano, eran andaluces que allá en su juventud vinieron a picar el carbón en las minas, y que se trajeron consigo el arte y el poderío, para el disfrute casi particular, o en pequeños conciliábulos de los compatriotas.


     Hasta hoy mismo, que he visto la película Camarón, mi desconocimiento sobre el personaje seguía siendo mayúsculo. A veces, por las noches, en Radio Clásica, cuando el sueño se niega a acostarse conmigo y se demora por las habitaciones de la casa, sintonizo programas de flamenco en los que de vez en cuando recuperan su voz, dolorida, poderosa, lastimera. Tienen que decirme, de todos modos, en la introducción de los temas, que se trata de Camarón para yo reconocerlo, indistinguible, para mi oído sin educación, medio sordo además, de otros cantaores del género que vienen a sonarme lo mismo, quejumbrosos y cazalleros. Los lolailos, que aquí siempre hemos dicho despectivamente, como señoritingos de unas tierras más nobles donde nacieron los reconquistadores y se fraguaron, fíjate tú, los cimientos de la Patria. 


         Sé que no tengo perdón, ni excusa, con este asunto de Camarón, pero quiero, al menos, confesar aquí mis pecados musicales. Ahora, al menos, gracias a la película de Jaime Chávarri, sé dónde ubicar a Camarón en el mapa de la geografía, y en el mapa de su relevancia. Y eso que la película no es, precisamente, una joya. El argumento va metiendo las patorras en casi todos los charcos embarrados del biopic. A sus responsables les puede el melodrama, el chiste cursi, el retrato simplón de los sentimientos. Se nota mucho lo que quieren esconder, lo que quieren mostrar, lo que quieren subrayar, y a veces utilizan trucos muy baratos, de tienda de chino, o de mercadillo de pueblo. No exponen a Camarón para que el espectador decida por sí mismo, y ponga las luces y las sombras allá donde estime conveniente. Te lo enseñan, te lo esconden, te lo regatean como toreros con la muleta, o como futbolistas con el balón. Tratan de dirigir tus emociones con las musiquillas de la banda sonora, ahora infantiles, ahora negras, ahora románticas, y uno se siente manipulado y un poco idiota. Si la película no es gran cosa, el documento es, en cambio, impagable. Camarón, como lección de cultura general, como introducción al flamenco, como clase intensiva de biografía, bien vale el acercamiento. Y está, por supuesto, Óscar Jaenada, que antes de empezar a rodar pasó por el quirófano para quitarse su propia piel y enfundarse ésta otra del Camarón, que le queda perfecta, como de hermano gemelo. Impagable, el tío. Se que en la red le odian mucho, mis compinches del romanticismo, por estar casado con ese objeto del deseo global que se llama Bárbara Goenaga, inalcanzable para los mortales que no trabajamos en el cine, ni en la tele, ni metemos goles en los campos de Primera División. Pero yo, desde aquí, a riesgo de ser expulsado de la tribu, le envío un saludo a don Óscar. Olé. 


 
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La tele que me parió

 Leo, en La tele que me parió, este recuerdo infantil de Pepe Colubi, que es también mi recuerdo. El recuerdo, seguramente, de toda nuestra generación.
Cuando todavía estaba en la EGB, lo más parecido a un colocón lisérgico que podía experimentar era la alegría que me producía la llegada del viernes. No exagero, magnifico o idealizo aquel momento; la última hora de clase de la semana me producía un estado de ansiedad positiva, de rabia contenida y de felicidad suprema que no he vuelto a sentir ni de lejos. El motivo más inmediato para disfrutar de tal zozobra era la sabrosa idea de no tener que madrugar al día siguiente después de cinco terribles dianas consecutivas durante la semana académica. Madrugar es uno de los hechos más deleznables e inadmisibles que se ha impuesto el ser humano; una obligación a todas luces inconstitucional. El segundo motivo de alegría desatada era el de disfrutar de un montón de televisión durante aquella noche y los dos días siguientes (¡y pensar que sólo tenía una cadena!)...”



      
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El ala oeste de la Casa Blanca. Cinismo

En el séptimo episodio de El ala oeste de la Casa Blanca, los cortesanos de Bartlet celebran una recepción oficial al presidente de Indonesia, un tipo callado, antipático, que sólo responde con monosílabos a los agasajos. El presidente Bartlet, harto del enigmático desplante, aprovecha un aparte para confesarse con uno de sus colaboradores:

Presidente Bartlet: No sé si ese tipo es aburrido, maleducado o ambas cosas.
Leo: Una lástima, señor.
Presidente Bartlet: Intentaba descifrar cómo pudo hacer campaña y ganar unas elecciones, y he recordado que nosotros las amañamos...
Leo: Ahí lo tiene.

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El indomable Will Hunting

           Guardaba un gran recuerdo de El indomable Will Hunting. Un recuerdo ya mozo, de la edad del pavo, crecidito y con acné. Hoy que he vuelto a ver la película, descubro que este recuerdo era mucho más gratificante que la cruda realidad. Quizá porque me he vuelto viejo, o resabiado, o cínico militante, a El indomable Will Hunting le he visto las costuras sentimentales, muy poco sutiles, que hace más de una década no supe o no quise ver. Quizá porque yo también, por entonces, andaba entusiasmado con la posibilidad de ser un tipo importante, corajudo, con un futuro luminoso por delante, como Will Hunting, pero en otra división más modesta, inteligentillo a mi modo, en mi micromundo de Invernalia. Pero más que el futuro me gustaba el fútbol, y el cine, y ya nunca levanté el vuelo de los sillones, de los sofás, de las butacas, de las sillas del bar. 

 
            Con el paso del tiempo, algunas escenas de El indomable Will Hunting desprenden mermelada de fresa por los bordes del televisor. Y me jode, reconocer el inconfundible blup-blup de la fructosa coloreada, porque Matt Damon y Ben Affleck, responsable oscarizados del guión, son dos tipos que básicamente me caen bien, desde que hace años los descubrí coetáneos y sintonizados. Siempre les he disculpado en sus películas alimenticias, o de relleno, por que sé que lo primero es el dinero, el lujo, la gran vida, las mujeres despampanantes, y luego, solo luego, el arte. Necesitan el dinero, además, para sufragarse las películas más personales, con las que van construyendo su buen nombre, o para pagar los caprichos de sus amigotes, menos afortunados. Uno moreno y otro rubio, Damon y Affleck parecen los Zipi y Zape de Boston cuando participan en las películas gamberras de Kevin Smith, imperfectas, pero divertidísimas. Haciendo de sí mismos en esas patochadas redimen muchos de sus pecados. Damon ha sido el soldado Ryan, el agente Bourne, el Tom Ripley implacable... Affleck, en los últimos tiempos, se ha convertido en un director imprescindible, de los de cita anual, Estos dos bostonianos ya forman parte de mi vida, como mis compañeros de trabajo, o como mis vecinos de Invernalia. 


         No rescataré en estas páginas ningún diálogo entre Will Hunting y su psiquiatra, a cada cual más inverosímil y forzado. Aunque la película le debe la fama inmortal a esta relación, yo, la verdad, no he sacado ninguna chicha de ahí. Y me jode, también, porque es indudable que Robin Williams se curra su papel. Y aunque no se lo hubiese currado, es Robin Williams, qué carajo, el hombre cuya foto encabeza este diario, oh capitán, mi capitán, inmortal profesor Keating. Pero me molesta, sobremanera, el tonillo filosófico que destilan sus escenas con Matt Damon: el tan manido “si quieres, puedes”, tan neoliberal, tan falso, tan asqueante. Tan evidente, además, cuando estamos tratando de un megagenio de las matemáticas capaz de aprender en días lo que otros no llegaremos a leer en años. Una bobada de argumento, como se ve. Una gilipollez de moraleja. Sí quiero transcribir, en cambio, esta suculenta parrafada que Will Hunting les suelta a los militares del Pentágono que desean contratarle:
Contratante: Tal como yo lo veo, la cuestión no es por qué deberías trabajar para nosotros. La cuestión es: ¿por qué no?
Will: ¿Por qué no debería trabajar para ustedes? Pregunta difícil... Pero intentaré responderla. Imaginemos que empiezo a trabajar y me ponen un código sobre la mesa, uno con el que nadie puede. Yo intento descifrarlo y lo consigo, y me siento satisfecho porque he hecho bien mi trabajo. Pero a lo mejor ese código da la situación de un ejército rebelde en el norte de África, y en cuanto han localizado su escondite, bombardean el pueblo donde se esconden los rebeldes. Mueren quinientas personas a las que yo no conocía, con las que no tenía ningún problema. Luego los políticos dicen: “Enviemos a los marines para asegurar el área”, aunque les importa una mierda. No serán sus hijos los que vayan a morir. Los suyos tienen recomendación y se pegan la vida padre en la Guardia Nacional. Será un chico de Southie al que llenarán el culo de metralla, y cuando vuelva descubrirá que la planta en la que trabajaba ha sido trasladada al país del que acaba de volver, y que el tipo que le llenó el culo de metralla le ha quitado el trabajo, porque lo hará por quince centavos al día y sin pausas para mear. Luego el chico comprende que el único motivo por el que le enviaron allí fue instaurar un gobierno que nos vendería el petróleo a buen precio, y las compañías petrolíferas han aprovechado el conflicto para disparar los precios de la gasolina, lo que supone un hermoso beneficio para ellas, de modo que a mi colega no le ha servido de nada. Así que se toman su tiempo para traer el petróleo nuevo, y se toman la libertad de contratar a un capitán mercante borracho al que le gusta darle al Martini y hacer slalom entre los icebergs. A medio camino choca con uno, derrama el petróleo y se carga la fauna del Atlántico Norte. Mi colega está en el paro, no puede pagar la gasolina, va andando a buscar empleo y eso le putea, porque la metralla del culo le ha provocado hemorroides y está muerto de hambre porque cuando va a comer, el único plato del día que sirven es pescado del Atlántico Norte al aceite de motor. ¿Que qué me parece? Creo que puedo montármelo mejor. Pienso: ¿qué coño? Ya puestos, ¿por qué no me cargo a mi colega? Le quito su trabajo, se lo doy a su enemigo, subo la gasolina, bombardeo a un pueblo, mato a una foca a golpes, fumo maría y me apunto a la Guardia Nacional. Podría llegar a presidente...


 
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Dredd. Cersei Lannister y la cicatriz

Termino de ver Dredd y todavía no me explico en qué carajo estaba pensando cuando anoté este despropósito en mi agenda de estrenos. Un despropósito que no llega ni a película, pues vendido como tal, oculta realmente un videojuego que nos queda muy lejos, muy alborotado, muy cansino, a los cuarentones despistados. Para no enmendar mi error -evidente ya a los pocos minutos- y no perder la tarde por entero, intenté sacar algo de provecho entre los disparos y los borbotones de sangre: un chistecillo, una ocurrencia, una filosofía que me eximiera de la vergüenza de estar viendo, ¡otra vez!, una película de hostias, tan mayorcico, tan inmaduro, sin que nada parecido a la adultez haya crecido todavía en las neuronas. A mi edad provecta, me da reparo perder el tiempo en estas tonterías, y voy buscando, para justificarme, un poco de trascendencia en el argumento, una moraleja vital que me redima del pecado de reincidir. Ya que no hay clínicas de desintoxicación para este mal, quede, al menos, la alta intención de encontrar nobles saberes entre los desperdicios y los sesos. Pero Dredd, de esas búsquedas tan espirituales, prescinde por completo. Sus creadores van a lo suyo, al tiro limpio, a la sangre excesiva, al taco mil veces repetido que ya ni sorprende ni escandaliza. Lo del hijoputa y cabronazo escupido a todas horas mueve más la risa que a otra cosa. Dredd ha hecho sus dineros con el aplauso simplón de los adolescentes, tan fáciles de complacer ahora como entonces. De chaval, con las palomitas, rodeado de amigotes, yo la hubiera gozado el primero. Hasta un póster del superpoli hubiera puesto en mi habitación, en lugar preferente y bien visible. Éramos así de simples, y de bobos, en nuestros tiempos mozos. Ahora seguimos siendo igual de simples, y de bobos, pero nos hemos vuelto conscientes de la tara, del retraso madurativo que ya es un aplazamiento sine díe, y deslices como caer, y apurar hasta el final, películas como ésta de Dredd, nos sacan las vergüenzas a la luz, y nos delatan, y nos dejan de mal humor para el resto del día.


            La mala malísima que capitanea a los malos se llama, curiosamente, Ma-Ma, aunque en inglés no tenga mucho sentido este chascarrillo. Tiene una cicatriz horrenda que le deforma media cara, y una sonrisa yonqui de dientes amarillentos y muy picados, pero se nota que por debajo del personaje palpita una actriz guapísima, de rasgos felinos y poderosos. Su rostro me resulta familiar, pero no consigo ubicarlo. En alguna escena siento que estoy a punto de resolver el enigma, pero el nombre, y las otras películas de su currículum, se me escurren de la punta de la lengua, que siempre he tenido muy fina, y muy inestable. Nada de lo que cae por allí aguanta unas décimas de segundo para ser recordado. 


               Será luego, como siempre, en el rastreo obligatorio por internet, cuando vuelva a darme una palmada en la frente y exclamar “gilipollas” al descubrir que ella era Lena Heady, la mala-malísima (también) de Juego de Tronos: Cersei Lannister, madre del rey Joffrey, hija de Tywin Lannister, hermana y amante de Jaime el Matarreyes. Aunque sé que no soy muy ducho en estas tareas, quedo perplejo, y preocupado, ante mi creciente incapacidad. Un simple cambio de cabello, de rubio largo a moreno corto, me ha ocultado la identidad de esta mujer a la que tanto admiro, por su hermosura, por lo inquietante de su mirada, por la serenidad reptiliana que insufla a sus papeles de perversa pervertida. Lena es una actoraza, y una mujeraza. Y sin embargo, la había olvidado. En la discoteca de las mil caras y los mil escorzos nunca la hubiese reconocido. Menuda admiración. Menudo enamoramiento. Menuda cinefilia, la mía, que ni a sus mitos recuerda.


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Rompecabezas

En los anuncios promocionales de Rompecabezas, película argentina sobre un ama de casa que descubre casualmente su pericia con los puzzles, puede leerse: "Todo el mundo tiene un don especial, pero a veces tardamos 40 años en descubrirlo”. Carmen, la protagonista de la película, necesitó llegar a su cincuenta cumpleaños para saberse talentosa en algo que no fuera cocinar o limpiar la casa. O cumplir pasivamente con el débito conyugal, sin que se le notase mucho el desánimo. No pierdo, pues, la esperanza. Más allá de la erudición plasta en asuntos balompédicos o cinematográficos, y del rascado de testículos que llevo años practicando con particular virtuosismo mientras leo o veo la televisión, no se me conocen mayores méritos intelectuales o artísticos. No, desde luego, éste de la escritura de los diarios, donde me manejo con desesperante torpeza, y donde al final del día sólo recalan, después de tanto esfuerzo en la reescritura, los lectores que iban buscando el sexo duro que mis titulares prometían sin dar. Y no, tampoco, pues ya he probado esa suerte, los puzzles. Desesperante pasatiempo en el que uno, entre pieza y pieza, entre chasco y chasco, no deja de pensar en los libros que podría estar leyendo, en las películas -¡decenas!- que podrían ocupar el tiempo de esas horas entregadas a la reconstrucción.



            Como le dijo Alf a Willie cuando éste insistía en que se entretuviera con un rompecabezas: 
- Está roto..
- De eso se trata. Se supone que debes formarlo.
- ¿Por qué? Yo no lo he roto.




          A la guionista y directora de Rompecabezas, Natalia Smirnoff, además del talento que despliega para atraparnos en esta historia minimalista del ama de casa, hay que agradecerle que no aproveche la ocasión para lanzarnos una sonrojante metáfora de la vida basada en los puzzles, como aquellas que soltaba el anciano cascarrabias de Amador, otro insigne aficionado a la recomposición de imágenes que comparaba la estrategia en el tablero con la estrategia más general de la vida, en una literatura impropia de Fernando León de Aranoa. Rompecabezas, afortunadamente, no persigue ninguna moraleja, ninguna metáfora hueca. Es una historia sencilla, nada barroca, que sólo cuenta lo que cuenta. Por no tener, casi no tiene ni final. Rompecabezas es un pequeño descubrimiento, una pequeña alegría. Un remanso de paz argentino en el tráfago de las tragedias bielorrusas, de los ritmos enloquecidos del cine americano. 








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Masacre, ven y mira

Hace unos meses, en sus documentales sobre la historia del cine, Mark Cousins, enfervorizado con cualquier película que no fuese norteamericana, afirmaba que Masacre: ven y mira era la mejor película bélica de todos los tiempos. Y uno, que se dejaba llevar por sus entusiasmos, por su voz melódica de crítico apasionado, se la descargó en internet, gota a gota, byte a byte, en un destilación lentísima que venía a indicar que eran pocos, muy pocos, los cinéfilos del ancho mundo que la guardaban en sus discos duros como un tesoro. Uno nunca sabe qué pensar de estas películas que jamás pasan por la tele, que nunca están disponibles en DVD -o llevan lustros descatalogadas-, que vas a robarlas en los naranjales de los cinéfilos y te encuentras con que sólo hay dos exquisitos agricultores que las cultivan. O son obras maestras que sólo unos pocos han sabido descubrir, o, lo más frecuente, tonterías elevadas a los altares por las sectas más radicales de los cinéfilos, que adoran al mismo dios del cine que yo adoro, pero de un modo estrambótico, proselitista, casi siempre muy exagerado.



           Masacre: ven y mira no merece ni las babas goteantes de Mark Cousins ni el olvido casi sádico de las programaciones. Los primeros cuarenta minutos sólo se aguantan porque uno, que ya tiene el culo entrenado, y el bostezo domesticado, espera que acontezcan las grandes cosas anunciadas por Cousins. Hay mucha poesía visual, muchos paisajes bielorrusos, muchos silencios de la estepa, pero la guerra transita a lo lejos, como un murmullo, como una excusa para que sigamos las andanzas de este chaval alistado en las milicias. Es cine pre-bélico, más que bélico. Es, para que nos entendamos, cine soviético anterior a la Perestroika, y sus formas narrativas chocan con la formación de un súbdito entregado al imperialismo yanqui. Si no fuera por la presencia angelical de esa actriz llamada Olga Mironova (a la que no dedicaré ningún piropo exagerado porque soy incapaz de averiguar su edad, y no quiero pasarme el resto del verano escribiendo desde la cárcel de Mansilla), uno mandaría a Cousins a freír espárragos en la estepa bielorrusa, o siberiana, donde más difícil resulte cultivarlos.


                Y de repente, con un bombardeo aéreo del bosque donde se guarecen los milicianos, llega la guerra. Y con ella, nuestra atención renovada, que perdurará, ahíta de sucesos, hasta el último segundo de la película. Pero más que la guerra, como otro jinete del Apocalipsis, llega la barbarie, la limpieza étnica. La matanza disfrazada de Lebensraum, de espacio vital para los germanos. No hay batallas en Masacre: ven y mira. Sólo asesinatos en masa perpetrados por los Einsatzgruppen de las SS, desbocados por las aldeas de Bielorrusia sin hacer distingos de edad o de sexo. La consigna es clara: los eslavos constituyen una raza inferior, y además son comunistas, y cripto-judíos, y por tanto merecen morir. Y más que nadie, como objetivo principal, los niños, calificados como los “enemigos del mañana”. Sólo un puñado de hombres conseguirán escapar de las matanzas sistemáticas y refugiarse en los bosques, a reforzar las guerrillas, a esperar el invierno y la llegada salvadora del Ejército Rojo. 


           Masacre: ven y mira. Y uno, efectivamente, no deja de mirar. Aunque lo que sucede en la aldea de Peredoji le produzca el asco infinito, la rabia impotente, la vergüenza renovada de pertenecer a la especie humana. Elem Klimov, el director de la función, no ahorra detalles del exterminio aldeano. El terror, los gritos, el sufrimiento imaginado e inimaginable de esos pobres campesinos atrapados por la locura. Y también, como guinda, la carcajada sádica de los soldados alemanes, ejecutantes alegres de las órdenes recibidas. Quizá los caricaturizaban mucho, en el cine soviético de la posguerra, y exageraban su maldad intrínseca, su crueldad inherente de teutones invasores. Uno, que siempre ha preferido el realismo más plausible, prefiere pensar que los soldados de la Wehrmacht obedecían con la cabeza gacha y las manos temblorosas. Mejor matar que ser juzgado en un consejo de guerra. O quizá no, quién sabe. Tal vez se conducían así, como los retrata la película, reducidos al salvajismo por la propaganda escuchada durante años, convencidos de que los eslavos eran simples alimañas que había que exterminar sin remordimientos, como lagartijas, o como moscas. Nunca sabremos la verdad. Los soldados que lanzaron las bombas o manejaron los lanzallamas luego murieron en la misma guerra, o mintieron como bellacos cuando ésta terminó, para ocultar la vergüenza. De los testigos que sobrevivieron sólo podemos escuchar opiniones sesgadas, teñidas de odio. De los muertos, por supuesto, no nos ha llegado ningún testimonio.


 
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Anvil

Allá por los años 80, en el reinado efímero del heavy metal, Anvil, un grupo de rock que procedía del ignoto Canadá, se dejó ver en los grandes festivales de la época, vendió un puñado de discos muy alabados por la crítica y luego, poco a poco, fue desapareciendo de las listas de éxitos, y de los grandes escenarios, hasta caer en el olvido. Anvil, el sueño de una banda de rock, es el documental que recupera a los miembros de la banda treinta años después, allá en su Toronto natal, convertidos en cincuentones que se ganan la vida en menesteres mucho más aburridos que la música. Ellos son Steve “Lips” Kudlow, líder y vocalista, ahora dedicado al transporte de comida para los colegios, y Robb Reiner, el batería, virtuoso por necesidad del martillo neumático que destroza los asfaltos y las aceras. 


            Steve y Robb son vecinos de toda la vida, amigos desde la adolescencia, colegas ya algo barrigudos del porrete y la cerveza. Hay algo en sus pintas, en su manera de hablar, que me recuerda poderosamente al Nota de El gran Lebowski. Aunque ahora viven retirados en su gélido país, nunca han dejado de tocar. Anvil sigue actuando en pequeños festivales de todo el mundo, en salas minúsculas del Canadá o de Europa, a veces del Japón, donde apenas unas decenas de nostálgicos se acercan a escucharlos, y a menear las melenas al compás de los guitarras. En estas giras algo patéticas se les va lo comido por lo servido, y apenas ganan cuatro duros. A veces ni eso. Pero ellos insisten en su arte. Como dicen al principio del documental, la música les ayuda a mantenerse vivos, y cuerdos. Si no disfrutaran de esos momentos sobre el escenario, la vida gris del trabajo y de la decadencia física les aplastaría hasta asfixiarlos. Sólo allí, bajo las luces, acompasando los instrumentos, se sienten felices, jóvenes de nuevo, aunque sólo cuatro pelagatos, casi siempre borrachos, asistan a la función. No les importa. Ellos tocan para sí mismos, por el mero placer de tocar, y nunca van a retirarse, como unos infatigables Rolling Stones del terruño.  


            El documental habla de su sueño de grabar un nuevo disco, el decimotercero de su carrera, cañero y bien producido, para presentarlo en las discográficas y volver a estar en el candelero del rock. Un último intento de alcanzar la fama y la gloria, los milloncejos y el aplauso de las multitudes. Pero esto, que es el leitmotiv que enhebra la trama, no es el meollo del asunto. Más que cualquier otra cosa, lo que nos atrapa a los espectadores poco entendidos en el heavy es el retrato de una amistad entrañable, que ha sobrevivido a los fracasos, a los reproches, a las cutrerías. Hay dos o tres momentos en que uno se siente realmente conmovido por las cosas que Steve y Robb se dicen el uno al otro; sin mariconadas, pero a pelo, como sólo pueden decírselas los amigos de verdad. El rock, en este documental, es casi una excusa. Como la búsqueda de riquezas en El hombre que pudo reinar, o la belleza de la taiga siberiana en Dersu Uzala. Cómo nos gustan, las películas sobre las grandes amistades, a los que por unas cosas o por otras,  inocentes o culpables, incomprendidos o tímidos, no hemos cultivado la amistad.



            Anvil, el sueño de una banda de rock contiene dos momentazos para el recuerdo. El primero lo protagoniza Steve “Lips” Kudlow, trabajando en un call-center en sus horas libres para juntar las 13.000 libras que les pide el productor del disco. Apenas durará unas horas en el negocio. Pese a su apariencia de tipo duro y peligroso, melenudo y desafiante, Steve, en el fondo, es un buenazo incapaz de engañar a la gente, o de atosigarla con una venta: 
            “Me enseñaron toda mi vida a ser educado, y este trabajo es exactamente lo contrario. Tienes que ir en contra de todo lo que aprendiste de niño”.

 
            El segundo lo protagoniza Robb Reiner. Es hacia el final del documental, cuando ya se desgranan los títulos de crédito. Son cuatro frases dirigidas a cámara, despiadadas, tristes, que vienen a cortar el buen rollo que presidía los minutos finales: 
            “No piensas en ello, pero la vida pasa volando, viejo. Eso es lo que he aprendido aquí. Antes de que te des cuenta, la vida se ha terminado. Y no parece haber durado mucho. Eso es lo que Robbo aprendió acerca de un montón de cosas”.


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El ala oeste de la Casa Blanca. Bartlet y la Biblia

Transcribo, de la segunda temporada de El ala oeste de la Casa Blanca, esta soflama del presidente Bartlet contra los creyentes que utilizan la Biblia para justificar sus prejuicios y sus grandes pecados. En su reunión con los representantes más conspicuos del mundo de la radio, el presidente se dirige a una locutora muy afamada en el mundillo de la derecha religiosa:
           
Presidente Bartlet: Me gusta su programa. Me gusta cuando dice cosas como que la homosexualidad es abominable.
Dr. Jenna Jacobs: Yo no digo que la homosexualidad sea abominable, señor presidente. Lo dice la Biblia.
Presidente Bartlet: Sí, cierto, el Levítico.
Dr. Jenna Jacobs: 18 y 22
Presidente Bartlet: Capítulo y versículo... Quiero hacerle un par de preguntas aprovechando que está aquí. Me interesaría vender a mi hija como esclava, tal como aprueba el Éxodo 21,7. Está en el segundo año de carrera, habla italiano fluidamente y quita la mesa cuando le toca. ¿Cuál cree que sería un buen precio?
            Mientras se lo piensa, le haré otra pregunta. Mi jefe de gabinete, Leo McGarry, insiste en trabajar en domingo. El Éxodo dice que quien trabaje el séptimo día debe morir. ¿Estoy moralmente obligado a matarle yo mismo, o debo llamar a la policía? Ahora otra muy importante, porque hay muchos fanáticos del deporte en la ciudad. Tocar la piel de un cerdo muerto lo convierte a uno en impuro, Levítico 11,7. ¿Si prometen llevar guantes pueden los del Washington Redskins seguir jugando al fútbol, y los del Notre Dame, y los del West Point? ¿Cree usted que todo el pueblo tiene que reunirse para apedrear a mi hermano John por plantar diferentes cosechas una al lado de la otra? ¿Tengo que quemar a mi madre en una reunión familiar por llevar vestidos hechos de dos hilos diferentes? Piense en esas preguntas, ¿eh?
            ¡Ah!, otra cosa... Puede que usted haya confundido ésta con una de sus reuniones mensuales con estrechos de mente, pero aquí, cuando el presidente está de pie, nadie está sentado.

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Hollywood ending

Mientras los americanos celebran el día de su independencia, yo, a este lado del Atlántico, en esta Invernalia a punto de ser derretida por el sol cabronazo, en esta tierra que dentro de una semanas será rebautizada como Infernalia, cierro este ciclo dedicado a las películas de Woody Allen con Hollywood Ending. Conmemoro la fiesta de los yanquis con el menos americano de sus directores, con el más neoyorquino (curiosamente) de todos ellos.
            Hollywood Ending es una película algo cansina, con un chiste ocurrente y metafórico que vertebra toda la trama, pero muy solitario, y estirado. Uno echa de menos los metrajes de hora y media redonda, o incluso menos, de guiones ajustados y medidos al segundo. Esta vez le falló el tempo a Woody Allen, o al montador, o a nuestra paciencia de espectadores acostumbrados a lo mejor. El equívoco constante del director ciego tiene su punto, pero es una gracia menor, burlesca, casi de slapstick, más propia de aquella época desfasada de El dormilón. Uno se descubre varias veces consultando el reloj, pecando venialmente contra el maestro. Hollywood Ending se derrumbaría en un bostezo cataclísmico si no la sustentaran, como colosas de Rodas, como heroínas de leyenda, estas dos mujerazas de los ojos marinos y los cabellos trigueños.



De Téa Leoni ya lo sabíamos casi todo. De Tifani Thiessen, en cambio, casi nada. Y eso que, aun desconocida por estos lares, no es una actriz fugaz. La busco en internet y descubro que es una mujer de largo currículum, todavía pulsante y candente. Lástima que su belleza sólo incendie, reduciéndolos a cenizas, los platós donde se ruedan las series petardas, y las TV movies insustanciales. La gran pantalla no ha sabido explotar sus más que indudables dotes, que también intuyo artísticas. Me temo que Tifani ha pasado por mi vida como un cometa luminoso pero efímero. Podría seguir su órbita, allende los planetas, con la paciencia infinita de un astrónomo obsesionado con su trayectoria. Pero ya no estoy en la edad, ni dispongo de tanto tiempo. Vuele, pues, Tifani, hacia el espacio infinito de sus proyectos de segunda fila, que nunca veré. Siempre me quedarán sus tres minutos de gloria en Hollywood Ending. Y qué tres minutos... Ella podría ser una entrada más en mi Pequeño Diccionario de Actrices Fugaces, proyecto erótico-literario cada vez más ridículo, y cada vez más tentador. 


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Celebrity

De Celebrity, erotómano fracasado como soy, sólo recordaba tres escenas de contenido sexual: la lección práctica de felación con el plátano, la orgía del personaje de Leonardo DiCaprio y, por supuesto, los diez minutos sublimes, irrepetibles, la aparición más electrizante que vieron los tiempos, de Charlize Theron, interpretando a la supermodelo sin nombre con polimorfismo sexual.
        Tantas veces he descrito aquí la belleza de las actrices que amo, que yo mismo me canso de repetirme. Lanzarme al retrato de Charlize Theron se me antoja tarea repetitiva, y además imposible, pues haría falta poseer un premio Nobel, o un premio Planeta de los merecidos, para ser capaz de hacerle justicia, desde la última punta del cabello hasta la última uña de su pie. No es sólo una cuestión de vocabulario: habría que hilar una prosa serena, una sintaxis delicada, una cadencia sensual que tejiera las palabras al mismo ritmo que Charlize se mueve como una gata en celo y sonríe. Habría que ajustar la literatura a las tórridas insinuaciones que emanan de cada gesto, de cada palabra, de cada parpadeo suyo, sin caer en lo grotesco, o en lo grosero, porque Charlize es una diosa, y a las diosas se les debe el máximo respeto. Y yo, lamentablemente, carezco del arte, y de la paciencia para imitarlo.



 En esas estaba yo, apesadumbrado por la tarea que me esperaba, excitado y mustio a la vez, cuando, de pronto, el personaje de Kenneth Branagh, aprovechando la fiesta y el alcohol, se lanza a piropear a la supermodelo con un discurso de enamorado patético que me viene de perlas para no trabajar, y limitarme a transcribir estas líneas que suscribo por entero:

Supermodelo: Estás muy callado...
Lee: He..., he estado pensando que tú eres la criatura más preciosa, la más preciosa que jamás he visto. Cada curva de tu cuerpo cumple su promesa. Si el universo significa algo, ahora lo estoy viendo.
Supermodelo: Eres un encanto.
Lee: Tú... tú... tú eres perfecta. ¿Tienes algún defecto? Me encantaría saberlo.
Supermodelo: ¿Físico?
Lee: De cualquier tipo... En fin, eres un milagro, ¿sabes? Yo... yo... yo no suelo babear en la ensalada de mi pareja. No suelo ser así.
Supermodelo: Pues soy... polimorfamente perversa. No es un defecto, sólo es una debilidad.
Lee: Polimorfamente perversa significa...
Supermodelo: Significa que todas las partes de mi cuerpo me dan placer sexual.
Lee: Y eso significa...
Supermodelo: Que todas las partes de mi cuerpo me dan placer erótico.
Lee: ¿Y eso te hace muy sensible?
Supermodelo: Si tocas mis muslos, mis manos, mi cuello... ¡mis rótulas!, me pongo orgásmica.
Lee: ¿Dddd...dónde lo aprendiste?
Supermodelo: Es dionisíaco. Me lo enseñó un griego, y ahora no puedo evitarlo. 



          Tony, exitoso productor del mundo del espectáculo, invita a su reciente novia Robin a participar en una fiesta de los famosos. Apartados, en una esquina del gran salón, cuchichean sobre los pequeños secretos de los artistas:

Tony: ¡Ah!, y saliendo del ascensor veo a un famoso crítico...
Robin: Ése lo reconozco
Tony: Se cargaba todas las películas. Luego se casó con una tetona joven y ahora le encantan todas las películas.



            Robin [Judy Davis] y Lee [Kenneth Branagh] se encuentran por casualidad en el vestíbulo del cine. Hace meses que no se ven, después del divorcio. Lee ha sido saltando de cama a cama sin volver a encontrar el amor. Robin, en cambio, ha encontrado en Tony al hombre de su vida. Es tan feliz que a veces, en la intimidad de sus pensamientos, se siente culpable, y teme que en cualquier momento llegue la desgracia que compense tamaño regalo. Mientras conversan, Lee balbucea al hablar, y la infelicidad se transparenta en su mirada huidiza. Robin, por su parte, sonríe a la vida con todos los músculos de la cara. 

Lee: No sé por qué, pero estás tan radiante...
Robin: Gracias. Es la suerte, Lee.
Lee: En serio
Robin: Da igual todo lo que digan los psiquiatras, o los expertos, o los manuales... En el amor lo que cuenta es la suerte.
Lee: Pues... Supongo.



            Marcial Ruiz Escribano, allá en su pueblecico, sigue asintiendo con la cabeza... El gorrino y la mujer, acertar y no escoger.


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El ala oeste de la Casa Blanca. El estreno

Aunque asustado por su número infinito de episodios, he decidido estrenar por fin El ala oeste de la Casa Blanca. Y la serie, afortunadamente, promete. La metralleta de Aaron Sorkin dispara mil réplicas por hora a través de las mil bocas de los personajes, en una sinfonía de diálogos que te obliga a abrir los ojos como platos, y los oídos como ensaladeras, para no perder el hilo de las tramas. Nunca fueron fáciles, las ficciones de Sorkin. 
           De todos modos, aunque el inicio sea prometedor, noto que voy a tardar varias semanas en aterrizar. De momento sólo sobrevuelo los episodios, dando vueltas en el aire hasta que se me pase el sofocón de Veep. El ala oeste de la Casa Blanca viene a ser el reverso eficiente, el lado benefactor de los políticos que trabajan por América y por los americanos. Son los mismos pasillos de Veep, y los mismos ajetreos, pero aquí todo se despacha con seriedad y trascendencia. Los mismos títulos de crédito, con la bandera tricolor al viento y la música rimbombante de las grandes decisions, ya anuncia que la gente de Veep, seguramente perteneciente a otra administración, ha sido despedida. O más bien, si nos atenemos al orden cronológico de los acontecimientos, todavía no ha llegado. 



En el segundo episodio sale un vicepresidente que no se parece en nada a Julia Louis-Dreyfus, y uno se queda perplejo y triste con el cambiazo. Este vicepresidente es un tipo rudo, desafiante, seguro de sí mismo. Le acompaña una camarilla de ayudantes que parecen sacados de Harvard, o de Yale, y uno, casi sin querer, siente añoranza de la comedia, y se pregunta cuál de las dos versiones de la Casa Blanca se parecerá más a la realidad. Uno quisiera respetar la presunción de inocencia de estos trabajadores que rodean a Martin Sheen, pero sospecha, en su fuero interno, que la realidad debe de estar más próxima a Veep que a El ala oeste. Uno ya sabe que la política real no se dilucida en esos pasillos: que se decide en el Pentágono, en Wall Street, en los concilios de las iglesias... La Casa Blanca, como cualquier otra sede de la voluntad popular, no es más que un teatrillo, un guiñol. Una bufonada, casi siempre. 


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