Desmontando a Harry.

En Desmontando a Harry, Harry Block, heterónimo apenas disimulado de Woody Allen, vive una crisis de escritor que ha perdido la inspiración literaria, y que además ha sido abandonado por la mujer que tanto amaba, una joven Elizabeth Sue que hace tres lustros vivía el esplendor rubio de su belleza anglosajona.
Desmontando a Harry no es una película lineal, ortodoxa. Como su mismo título indica, la personalidad de Harry Block es construida y deconstruida a modo de rompecabezas de cubos infantil. El apellido, Block, por supuesto, no está elegido al azar. La carátula del DVD, tampoco. Cada cubo es un personaje, un recuerdo, un encuentro que de algún modo explica el desamparo actual de Harry. Los cubos pueden pertenecer al pasado o al futuro, a lo real o a lo soñado, a las peripecias reales o las que él mismo plasmó en sus literaturas, plasmándose a sí mismo. La película es un gran puzzle de personajes que el espectador no necesita resolver, como en las tramas policíacas, pues aquí no hay crimen ni misterio. La personalidad de Harry, como la de Woody Allen, como la de cualquiera de nosotros, es el producto neuronal de un caos ya indescifrable de experiencias, algunas fatales, otras insustanciales, algunas muy remotas, otras de ayer mismo. Nadie -viene a decir Woody Allen- está hecho de una sola pieza. Y aquí lo dejo. Estas parábolas sobre la vida y los puzzles, como aquellas que soltaba el viejete moribundo de Amador, están ya muy sobadas. No quiero sumar a la mala literatura la rancia sabiduría. No. 



           
Harry Block se lamenta en la consulta del psiquiatra:
            “¿Sabe? ¿Sabe? Yo, yo, yo.... Yo aún no he madurado. Y me siento... No sé. Es que veo a otros tíos de mi edad y... En fin. Yo sólo pienso en follarme a todas las mujeres que veo. Si veo a una mujer donde sea, en el banco, una desconocida, si veo a una mujer en el autobús pienso: ¿cómo estará desnuda? ¿Podré follármela? Y es una locura... Yo veo a tíos que conozco que son abogados, y médicos, y tienen familia, y casa, y no son tan...”.
            Y yo, rascándome la cabeza, me pregunto por qué Woody Allen expone tales pensamientos como si fueran el síntoma de una tara,  el indicio de una locura. ¿No éramos así, realmente, todos los hombres? ¿No decía eso la ciencia actual, la antropología moderna? ¿No decían los libros y los documentales que nuestros cerebros masculinos estaban hechos en el mismo molde del primate? ¿No decían que todas las mujeres pasaban por nuestro escáner de simetrías y curvas, de juventudes y exuberancias?.¿No era el deseo sexual, a veces larvado, a veces punzante, casi siempre dominado y reprimido, el que nos acuciaba en todo momento? Quizá no formulado así, en crudo, como dice Harry Block,  follarnos a todas las mujeres. Pero sí, desde luego, algo parecido.
¿No era cierto aquello que escribía Francisco Umbral en Mortal y Rosa, y que yo tengo subrayado sobre el mismo libro, y transcrito por algún lado?
Toda situación entre hombre y mujer es siempre tensa y falsa porque hay un tercero entre ellos, un antropoide que va y viene, se impacienta e interrumpe de vez en cuando: “Bueno, empezamos o qué”.
¿O aquello de...?
¿Y la vida? Un acecho sexual, continuo, torvo, con muebles y oficinas de por medio, nada más. Hombres y mujeres se observan de reojo, se espían, precipitan y retrasan el momento de la captura.



            Harry, en la consulta del hospital, trata de animar a un amigo que está haciéndose un chequeo cardíaco.
Harry: Tú crees que te mueres, pero no es así. Hoy día tienen lásers, tienen... no sé.
Amigo: Tú y la ciencia, ¿eh?
Harry: Sí, ¿qué hay de malo en la ciencia? Mira, yo, entre el aire acondicionado y el Papa, prefiero el aire acondicionado.

            Minutos más tarde, en la misma consulta:
Médico [al amigo]: Está usted en forma, en plena forma. Sí, sí. Tiene una pequeña bursitis en el brazo, pero aparte de eso...
Amigo: ¡Fantástico!
Harry: ¿Lo ves? ¿Qué digo yo siempre? Las palabras más bonitas de nuestro idioma no son te quiero, sino ¡es benigno!


  
      Elizabeth Sue, vestida de novia floral, alimentará mis deseos románticos en estos primeros achuchones del estío, y del hastío. Decir que luce hermosa y radiante es, además de una cursilada, una simpleza. Por supuesto que querría follarme a una mujer así, como dice Harry Block. Pero con tacto, con delicadeza, con largos preámbulos de cortejo. Con mucha cena, mucho cine, mucha conversación íntima en las cafeterías antes del abrazo definitivo bajo la sábana. Con mucha paciencia de semanas, o de meses, si fuera menester. Entre follármela y hacer el amor con ella sólo existe este disimulo más o menos dilatado de las intenciones. Lo demás es hipocresía, o tontería.

 


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Desmontando a Harry. La chica del plató.

En la escena final de Desmontando a Harry, cuando Harry Block recibe el homenaje de sus personajes literarios, aparece una chica preciosa vestida de blanco a la que Tobey Maguire –Harry Block en su juventud- no quita el ojo. Es una aparición mariana, aunque no sé si virginal. No es una chica desconocida para mí: su cara me suena, quizá de otra película, quizá del Cielo que a veces se nos anticipa en los sueños. No lo sé. Internet no arroja ninguna luz sobre ella, que es toda blanca y cegadora. Ni siquiera IMDB, la Biblia del espectador enamorado que busca a sus amadas. Yo sé que ella estaba allí, y que Tobey Maguire la miraba obsesionado, alelado por el deseo, como uno mismo desde el sofá. Pero ya empiezo a dudarlo. Pienso en esas fotos casuales en las que al fondo aparece un fantasma que nadie es capaz de identificar. Ella, la chica de blanco, quizá sea un fantasma que se coló en Desmontando a Harry. Tal vez la actriz que murió en el mismo estudio, en el rodaje de una pelicula anterior, descalabrada por un foco o atravesada por una bala que no era de fogueo. Una chica del plató, en lugar de una chica de la curva. De cualquier modo, un fantasma bellísimo, pacífico, que no da miedo, que no da susto, y que te deja igualmente mudo de la impresión. La definición exacta de un ángel.

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Veep. VIP

Hace varios días que terminé de ver el último episodio de Veep, y el recuerdo de los chistes todavía me asalta en cualquier sitio, público o privado, dibujándome la sonrisa de bobo feliz. Por aquí, en el pueblo, cuando me descubren de tal guisa en la cola del pan, o guiando mi oxidada bicicleta por la calle, siguen pensando que estoy majara, y que voy empeorando con la edad. Cómo explicarles que a uno le perdura Veep en la sesera, y que no lo puedo remediar. Cómo explicarles, peor aún, que existe una serie llamada Veep, que la dan por el canal de pago, o que se descarga por el “internés”, y que va de unos políticos americanos y sus asesores que no paran de hablar y de meter la pata... Algunos, los más informados de la pedanía, pensarían que les estoy hablando de Vip Noche, aquella horterada televisiva que hace más de veinte años presentaba Emilio Aragón. Se acordarían del programa porque allí meneaban el culo Las Cacao Maravillao, y porque junto a Milikito presentaba la función una jovencísima y hermosísima Belén Rueda. Luego, tras tantos recuerdos, el querido convecino llamaría al manicomio provincial para que vinieran a recogerme. “Uno que todavía se la menea pensando en aquellas brasileñas”, diría.


Hay series como Veep que te poseen como si fueran demonios cachondos, y durante varios días uno se convierte en el predicador paliza de su serie favorita. Un Juan el Bautista que a orillas del río Sil anuncia la llegada de la mejor comedia del año, y está dispuesto a bautizar a todo el que se acerque de buena fe, sea berciano o extranjero. Sé de algún amigo que estos días me encuentra por la calle y me rehúye con discrección, como hacía Larry David con el "parar y charlar". Los muy veteranos ya saben que tras los saludos protocolarios voy a volver rápidamente sobre Veep: que si tienes que verla, que si es cojonuda, que si te dejo los DVDs, que si ya estás perdiendo el tiempo... La verdad sea dicha, estos días no debo de parecer muy en mis cabales. Como Juan el Bautista, en lo enajenado, y en la larga barga. Será lo de Veep, o será la insolación de estos días asesinos de julio, pero no se me va esta fiebre monomaníaca, este deseo evangelizador de mi nueva religión.

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Poderosa Afrodita

En Poderosa Afrodita, Lenny y Amanda adoptan un hijo de madre desconocida al que llamarán Max. Lenny es un afamado reportero deportivo; Amanda, una exitosa galerista de arte. Ambos son personas cultas e inteligentes, neoyorquinos de clase media-alta que viven en un céntrico apartamento repleto de libros. Max, sin embargo, exhibe una inteligencia más propia de un superdotado que de un niño simplemente criado en ambientes ilustrados. Amanda acepta este hecho como un regalo de la fortuna, y decide no darle más vueltas. Adoptado a ciegas, Max podría haberles salido un retrasado,  un autista, un hijo del demonio con el número 666 grabado a fuego en la nuca. Pero Lenny, al contrario que Amanda, necesita saber. Cuando contempla los juegos de Max en el salón, una parte de él sonríe complacido, y otra rumia una duda que le carcome las entrañas. ¿De dónde habrá salido ese crío inteligentísimo? ¿Quién es la madre que lo entregó en adopción? ¿Quién es el padre que vive escondido en la mitad de esos genes prodigiosos? 



La búsqueda y hallazgo de esa madre biológica constituye la trama central de Poderosa Afrodita, una de las películas más redondas de Woody Allen, de guión matemático, medio al segundo, al milímetro, cómico y travieso, con una Mira Sorvino que al mismo tiempo que nos revienta las braguetas nos obliga a despellejarnos las manos aplaudiendo su dulzura bobalicona de puta de bajo standing. Una lástima que luego, tras ganar el Oscar merecidísimo, Mira se nos perdiera en el laberinto de las coproducciones internacionales, de las películas fallidas que jamás llegaron al conocimiento de sus cinéfilos enamorados. Dejó un hueco en nuestro corazón que muchas actrices han querido ocupar después, sin conseguirlo.



Poderosa Afrodita es algo más que una comedia ingeniosa. Despojada de chistes y enredos, es una película de filosofías muy enjundiosas, de reflexiones muy altas. Un alegato de Woody Allen a favor de la influencia poderosa de los genes. Se ve que ha leído los mismos libros que yo leí hace años, y que ahora comban una balda completa de mi biblioteca. Unos, la minoría, se posicionan a favor de las influencias del ambiente; otros, la mayoría, a favor del poder omnímodo y poco corregible de los genes. Woody Allen, en esto, como en otras cosas, es un hermano mío del alma, un colega de tertulias en el Club Diógenes de los silencios.  



Si Lenny hubiese creído en el poder mágico de la educación, se habría atribuido el mérito de haber criado a un hijo tan inteligente. Cosa de poner música de Mozart a todas horas, de leer juntos los cuentos infantiles, de hablarle al chiquillo con un vocabulario amplio y una sintaxis impecable. Así piensan muchos de los padres que caminan orgullosos por el ancho mundo, presumiendo de hijos estudiosos, de hijas brillantísimas. Así piensan, también, los padres apesadumbrados, culpados a sí mismos, a los que finalmente les salió un hijo medio bobo, carne de cañón en el mercado laboral, semianalfabeto y cariñoso. Lenny, en cambio, cree en la lotería vital de los genes. Se alegra de que Max sea un niño tan listo, pero no se siente partícipe de la fiesta. Y mucho menos organizador. Al adoptarlo le regaló un hogar confortable, un buen colegio, una seguridad económica... Una familia que se preocupa por él. Son grandes cosas, desde luego. ¿Pero la inteligencia? Eso es otra cosa. Max la lleva cosida a los cromosomas; no tiene nada que ver con Lenny, ni con Amanda. Tendrían que encerrarlo en un sótano oscuro, aislado del mundo, durante años, para corromper sus facultades. Ser unos padres de película de terror para cercenar el futuro espléndido que le aguarda. Sin embargo, en el polo opuesto de las atenciones, los efectos sobre la inteligencia son escasos. Lo que no da natura, tataratura. Como dice el periodista científico Matt Ridley en uno de sus libros: 
Los padres son como la vitamina C; siempre que sea apropiada, un poco más o menos no tiene un efecto visible a largo plazo”. 




Max: ¿Quién manda más, tú o mamá?
Lenny: ¿Te importaría repetirlo?
Max: ¿Quién manda más, tú o mamá?
Lenny: ¿Quién manda más? ¿Tienes que preguntarlo? ¿No sabes quién manda más? ¿Mamá o yo?
Max: No 
Lenny: Mando yo, ¿entendido? Mamá..., hum..., mamá sólo toma las decisiones. Son dos cosas diferentes, ¿sabes? Mamá dice lo que hacemos, y yo... controlo el mando a distancia.


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Misterioso asesinato en Manhattan.

En su libro de conversaciones con Eric Lax, Woody Allen se sorprende de que películas como Annie Hall o Manhattan, que él mismo tiene en poca estima, sean las preferidas del público que sigue su filmografía, mientras que otras que él considera sus obras más redondas, las que más se ajustaron al efecto cómico o dramático que buscaba en un principio, han pasado a través de los años sin dejar penas ni glorias. Se queja, varias veces, de la escasa repercusión que obtuvo Misterioso asesinato en Manhattan, la película que hoy se ha reestrenado en la oscuridad asfixiada de mi salón, y que muchos discípulos de su iglesia siempre hemos tenido por un feliz divertimento, por una película notable sin aspiraciones reales de sobresaliente. Al parecer, esta vez para nuestra sorpresa, Woody Allen la guarda en un rincón preferido de su corazón, a contracorriente del sentir general. Incluso él, que es un genio de las películas, inspirador y guía de legiones de cinéfilos, se transforma a veces en un genio incomprendido.



            De todos modos, poco le importan a Woody Allen estas repercusiones de sus películas, como poco me importan a mí, en realidad, las repercusiones que pudiera tener este diario, a no ser que una rubia preciosa, veinteañera a poder ser, cayera en mis redes literarias, como una sirena pescada mientras yo dormía la siesta. No aspiro a los premios ni a los aplausos. O sí, pero con el ánimo distraído. Yo solo soy un diletante, y un enamorado. Un aburrido de la vida que en lugar de contar los segundos que se escapan,  los va tecleando en el ordenador, siguiendo el compás. Una pérdida de tiempo lamentable, como otra cualquiera.
            Esto decía Woody Allen en su libro de conversaciones con Eric Lax sobre su legado:
«A medida que me hago mayor, el término “legado” surge por todas partes y yo, personalmente, no tengo ningún interés en mi legado, porque creo con firmeza que cuando uno está muerto el hecho de que una calle lleve tu nombre no sirve de mucho a tu metabolismo. No hay más que ver cómo acabaron Rembrandt, Platón y tantas otras personas insignes. Ahí están, criando malvas. Puede que deje un pequeño legado económico a mis hijas, nada desorbitante, pero cuando esté muerto, por mí podrían coger todas mis películas con los negativos incluidos –todo salvo esa pequeña asignación económica para mis hijas- y arrojarlas por el retrete. El gran Shakespeare no está mejor que cualquier vago sin talento que escribía obras de teatro en la Inglaterra isabelina y que no conseguía producirlas, y si alguna vez lo lograba la gente salía huyendo del teatro. No es que crea que no tengo ningún talento, pero no tengo el suficiente para hacer bombear la sangre de mi cuerpo una vez que éste entre en rigor mortis. De modo que el tema de mi legado no me preocupa lo más mínimo. Tengo una frase que lo expresa a la perfección: “En lugar de vivir en el corazón y la mente de mis congéneres, preferiría vivir en mi apartamento”».



Carol: ¿Sabes, Larry? Te quiero... ¡Te quiero!
Larry: ¡Cómo podías estar tú celosa de Marcia! ¡Qué ridiculez! ¿No sabes que yo sólo podría quererte a ti?
Carol: ¡Qué va! Tú estabas celoso de Ted...
Larry: ¿De Ted? No bromees... Si le quitas los zapatos con alzas, el moreno artificial y su pelo implantado, ¿qué te queda? 
Carol: Tú


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Maridos y mujeres. El Pequeño Diccionario de Actrices Fugaces

Uno de mis viejos proyectos jamás escritos es el Pequeño Diccionario de Actrices Fugaces. En él recogería el paso efímero por las películas de esas mujeres hermosas que se atisban en segundo plano, que apenas recitan una frase y luego desaparecen de la trama dejando el recuerdo de un pétalo, el halo de una fragancia. Mujeres que aprovechan sus escasos segundos para dejarnos enamorados y luego se van sin despedirse, sin haberse presentado siquiera, escondidas en la letra pequeña de internet. A veces son actrices de carrera, sólidas, que están interpretando sus primeros papeles en el negocio y que aspiran, con los años, a convertirse en las estrellas rutilantes que encabecen los repartos. En Recuerdos, una chica rubísima de rasgos felinos que IMDB describe como pretty girl on train, y que aparecía unos instantes en la escena onírica del vagón, dejaba turulatos a los espectadores masculinos del año 1980. Carentes del privilegio de la clarividencia, aquellos hombres no podían saber que ella, la chica misteriosa del beso lanzado al aire, terminaría convirtiéndose en la mismísima Sharon Stone de las piernas descruzadas y la braga olvidada en casa. 


Otras veces, en cambio, son actrices principiantes, u ocasionales, a veces misteriosas, borradas de los registros como espías de la CIA, o terroristas de la belleza. Hace unas semanas, en este mismo diario, uno caía al suelo atravesado por la flecha de Cupido mientras en la pantalla, en el último episodio de Life’s Too Short, Sophie Ellis-Bextor pronunciaba sus dos frases y desaparecía de mi vida quizá para siempre, pues ella gana sus dinerales en otros mundos de la canción y la moda. Hoy, en Maridos y mujeres, he conocido a una chica llamada Galaxy Craze que encarnaba -en breves segundos llenos de una sensualidad arrebatadora- a la ex-mujer del personaje de Woody Allen. Mientras la voz en off recuerda la turbulencia de aquellos años salvajes, ella, Galaxy, refulgente como mil estrellas, se dirige hacia la cámara recién salida de la ducha, con una toalla colgada del cuello que le cubre los pechos, peinándose los cabellos mojados con la determinación y el esmero de quien se está preparando para echar el polvo del siglo con el espectador ya excitado y predispuesto. Es una pantera en celo; un demonio de lujuria;  una hembra de armas tomar. Y todo ello en apenas diez segundos de papel. Intrigado, la busco en internet y descubro, veinte años después de su luciferina aparición, a una Galaxy Craze convertida en exitosa novelista de dramones románticos, actriz ya retirada del circuito que sólo dejó para la posteridad estos segundos mareantes de Maridos y mujeres. Con ella, si mi vagancia no fuera tan poderosa, y no existiesen el fútbol o los billares para distraerme de los asuntos importantes, inauguraría por la letra C ese Pequeño Diccionario de Actrices Fugaces, diario dentro del diario, digresión dentro de la verborrea, homenaje a las actrices secundarias y terciarias que a veces son más bellas incluso que las principales, a las que tanto doramos la píldora, y tanto atosigamos con nuestro deseo. Sería bonita, esa recopilación de pequeños regalos, de rayos de sol en el invierno, de chubascos refrescantes en el verano...



Por lo demás, Maridos y mujeres no cuenta nada que no sepamos ya, los veteranos del sacramento. Que el matrimonio es un invento comercial, jurídico, medieval, que poco tiene que ver con el amor, es una verdad que no se le escapa a nadie medianamente despierto. Basta con leer un poco, y con echar un vistazo de vez en cuando a los documentales del Canal Historia. E incluso a los del National Geographic, donde los simios practican formas del amor más verdaderas y más bellas. En Maridos y mujeres, Woody Allen, anticipándose a la tormenta que iba a cernirse sobre su propio matrimonio, despedaza la sagrada institución con cuatro estocadas de maestro de esgrima. Sobre el suelo quedan una pareja muerta y otra herida de gravedad, que se levantará tambaleando, contenta de seguir viva, pero refugiada ya para siempre en el miedo, y en la terrible certeza de su impostura.



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Fireworks Wednesday

Me cuesta reconocer el rostro de Taraneh Alidoosti en Fireworks Wednesday, película que Asghar Farhadi rodó años antes de A propósito de Elly. En Fireworks Wednesday, Taraneh no parece la misma mujer. Siendo tres años más joven parece mucho más fea. Como una hermana menos agraciada. Como una regresión al neandertal de la antes hermosa cromagnona. Unos bellacos han pasado sus facciones a través de un maldito Photoshop invertido, que le ha subrayado los defectos, y le ha difuminado las perfecciones. Me aturde su cejijuntez, su expresión bobalicona, su aire pueblerino como de película de Abbas Kiarostami rodada en el quinto coño. No es ella, Taraneh, que me la han cambiado. O quizá, para mi horror, para dolor agudo de mi corazón, Taraneh era así en sus tiempos más mozos, recién llegada del pueblo, y fue al terminar el rodaje de Fireworks Wednesday cuando su representante le recomendó operarse la jeta, y depilarse las cejas, y juntarse los dientes, para  alcanzar el estrellato en los cines de Teherán. De ser así, internet no aportaría mucha luz sobre el suceso. Sobre la vida íntima de las actrices iraníes reina la más estricta censura de los ayatolás. Y yo me quedaré, ay, con la sospecha eterna. Con la sombra de una duda, como en la película de Hitchcock. 


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Veep. Platoon

En un despacho del Ala Oeste de la Casa Blanca, en plena crisis de gobierno, se reúnen los asesores presidenciales...
Senador Doyle: Soy el puto presidente de inteligencia del Senado, lo cual significa que tengo que ser informado de toda acción encubierta.
Kent: Aquí todos jugamos en el mismo equipo. ¿Estamos?
Gobernador Furlong: Sí, Equipo Cagada. Por aquí tengo mi carnet de socio. Ahora mismo no lo encuentro...
Kent: Hay que tener una perspectiva más amplia del puto...
Senador Doyle [interrumpiendo]: Veo al presidente mintiendo al pueblo americano. Créame, esto no es una simple crisis. Esto son al menos diez años de películas de Oliver Stone.
Gobernador Furlong: Y no de las buenas. No como Platoon.

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Delitos y faltas

La primera vez que vi Delitos y faltas, allá en su estreno del año 89 ó 90, yo estudiaba filosofía en el último curso del Bachillerato, antes llamado COU. En aquellas vetustas aulas, los hermanos Maristas nos hablaban del ojo divino que todo lo ve, un ojo católico, claro está, que nos vigilaba atentamente desde las nubes para castigar nuestros pecados. Sobre todo los relacionados con el autoplacer sexual, en el que siempre andaban muy obsesionados, quizá porque ellos mismos, en sus retiros espirituales, caían igualmente en sus redes, acuciados por el deseo que les hacía traicionar su voto de castidad. El dios de los Maristas, al parecer, podía castigarte en el mismo instante del pecado, con un rayo, o con una pedrada, o podía, sádicamente, como un verdadero dios del Antiguo Testamento, guardarse el castigo para más adelante, en tu vida de adulto, o en el más allá, en tu vida de muerto, en las calderas del Averno, en una venganza muy caliente servida en plato frío. 



Eran, más o menos, las mismas monsergas que de pequeño le soltaban a Judah, el personaje central de Delitos y faltas, allá en la sinagoga de Nueva York. De hecho, sólo la crucifixión de un hombre separa la tradición judía de la cristiana, tan parecidas en su esencia de culpabilidad y miedo. Judah, que de mayor ha vivido distanciado de la religión, ahora recuerda con sumo detalle aquellas enseñanzas de los rabinos, pues ha cometido un crimen gravísimo que le carcome la conciencia. Vivirá angustiado durante semanas, temeroso de que finalmente sean ciertas las imágenes que él sólo creía simbólicas: el Triángulo en la nube, la balanza que pesa las almas, el dios barbudo que te acusa con el dedo... Pero luego, con el tiempo, Judah irá olvidando su crimen. Inocente ante la ley, libre del castigo expeditivo y muy real de los humanos, se refugiará en el nihilismo de quien no cree en un orden moral superior. No habrá castigo divino, recuerda aliviado, pues Dios, o al menos el dios descrito en las Escrituras, no existe. En los bellos amaneceres de Manhattan donde Dios no pinta los colores, ni pone los sonidos, ni regala los olores, Judah volverá a maldecir su mala suerte de hombre mortal y efímero. Su buena suerte de niño malo que no ha recibido el castigo merecido.




En Delitos y faltas fue la primera vez que escuché esta definición de la comedia, que luego he oído en multitud de foros. La pronuncia el personaje de Alan Alda, sentado en el banco del parque:
            «Una vez me preguntaron unos jóvenes de Harvard: “¿Qué es la comedia?” Y les dije, y a esto me refiero al hablar de distanciarse, les dije: “Comedia es tragedia más tiempo”. Tragedia más tiempo. La noche que asesinaron a Lincoln no se podía bromear sobre el tema. Ahora ha pasado un tiempo y ya es otra cosa. ¿Entienden? Tragedia más tiempo». 



Ben: Dime, ¿resolviste ese problema personal?
Judah: Sí, se resolvió solo. Al final conseguí convencerla.
Ben: Bien. Estupendo, qué respiro. A veces, tener un poco de suerte es el plan más brillante.


            

Halley [Mia Farrow]: Quería devolverte esta carta.
Cliff [Woody Allen]: La única carta de amor que he escrito...
Halley: Es preciosa, pero no es para mí. 
Cliff: Da lo mismo. Se la copié casi íntegramente a James Joyce. Te preguntarías por qué hay tantas referencias a Dublín. 


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Veep. Meimportauncarajistán

Veep es la mejor comedia del año. De muchos años. No es una simple sitcom ingeniosa y malhablada. Es una patada en el culo, un ejercicio de cinismo, un panfleto antipolítico que cuadra a la perfección en estos tiempos de escepticismo y rebeldía. Tonto el que lo lea, y no la vea.




Nada más conocerse los resultados electorales de las Midterms, un asesor del Presidente aparece en el despacho de la Veep portando una pila encuadernada de documentos oficiales:

Asesor: El presi se ha enterado de su 2’9% y va a darle un papel más activo en política exterior.
Veep: ¿Qué? ¿En serio?
Asesor: Sí... Kim Yong Comosellame vuelve a menear su picha nuclear...
Veep: Aaaah...
Asesor: ... y los rusos han colocado su bandera en un montón de mierda de gaviota en Noruega.
Veep: ¿No puedes contármelo todo en un email o algo?
[El asesor suelta los mamotretos encima de la mesa, con un golpe seco]
Asesor: Tiene una reunión con los Jefes de Estado Mayor dentro de dos horas. Unos mochileros americanos se han fumado un canuto con los tipos equivocados y han sido secuestrados en Uzbekistán. Está más o menos entre Turkmenistán y Meimportauncarajistán. Hay un mapa en la página 376...




[A bordo del Air Force Two, camino de una fiesta de criadores de cerdos en la América Profunda, un asesor de la Veep, alarmado, le muestra una revista de cotillleos].

Veep [enfadada]: Mike, lee esto
Mike: ¿Qué es esto...?  [Coge la revista y lee el artículo en voz alta]. “¡Revelación! ¡La colección de señas secretas de Selina! Cuando la Veep se frota la oreja derecha, uno de sus ayudantes le dirá que tiene una llamada importante que atender. Cuando se trata de una conversación que no le interesa, es su estrategia para escapar”.
Veep: Muy bien... Alguien ha filtrado el código, de manera que no podemos seguir usando ésas. Necesitamos nuevas señas.
Asesor 2: Esas señas nos llevaron años. No puedo tirar del diccionario de gestos y dar con nuevas señas, ¡así! [chasquea los dedos]
Asesor 3: Ésa podría ser una seña, un chasquido...
Veep [interrumpiendo]: ¿Haces el favor? ¿Te importa? Necesito algo básico para hoy. No quiero quedarme atrapada hablando de mierda de cerdo con gente que utiliza el heno como mueble. Necesito una estrategia de huida para estar de vuelta a las cuatro y media. Así que pensad...
Mike: De acuerdo, pero tenemos que hacer que las señas sean sutiles. Que no parezcan señas...
Veep: ¿Has caído que de eso mismo se trataba...?  ¿Con nuestras nuevas señales...? ¿Mike?
Mike: He caído...
Asesor 3: ¡Ya sé! Se frota las manos así y luego levanta los pulgares [realiza el gesto]
Veep: No, parecería que estaba aplastando a un bicho y después: “¡Oh, qué guay, he aplastado un bicho”.
Mike: ¿Y si se rasca la cabeza con el teléfono en la mano? [hace el gesto]
Veep: ¿Y qué tal esto? [se golpea los incisivos con la uña del dedo meñique, haciendo un ruidito, tac, tac]
Mike: No.... Se pone muy fea
Veep: Entonces no
Asesor 2: Ya lo tengo. Puede rascarse la ceja [hace el gesto]. Nadie se dará cuenta, es algo sutil.
Asesor 3: Parece natural
Vice: ¿No creerán que tengo ladillas en las cejas?
Asesor 2: ¿Cómo va a tener eso en las cejas?
Asesor 3: Verás Gary, cuando un hombre y una mujer se quieren mucho y es el cumpleaños del tío, lo que ocurre es...


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Punch-Drunk Love

Días después de haber visto The Master, la resaca de sus imágenes todavía martillea en mi cabeza. Bajo la ducha, en el autobús, en la espera de los alimentos que se cocinan, en las pausas donde la vida se suspende y las urgencias se diluyen, regresan al primer plano los diálogos poderosos, los actores carismáticos, los debates sobre la utilidad o la inoperancia de las psicoterapias y los magisterios.... Sin haberla entendido del todo, The Master posee un influjo hipnótico que sobrevive a los días, y a las otras películas que se van acumulando. 



            Es el mismo efecto que me produce otra película de Paul T. Anderson, Punch-Drunk Love, la comedia romántica –por describirla de algún modo- que hace una década nos dejó a todos descolocados, con cara de bobos. Las desventuras de Adam Sandler enamorado de Emily Watson dividieron a la cinefilia en dos bandos irreconciliables: los que no entendieron la película, y la odiaron, y los que tampoco la entendimos, y sin embargo le hicimos un hueco de honor en nuestra estantería. He esperado dos días para escribir sobre ella, a ver qué poso dejaba en mi ánimo. Y tengo que confesar, postrado de hinojos, que me gusta cada vez más. Son ellos,  los demás cinéfilos, los que me llaman estúpido y suicida, los que circulan en sentido contrario por la autopista. Sigo encontrando algo muy familiar, muy verdadero, en la locura infantil de estos dos amantes vestidos de rojo y azul. Son irreflexivos, impulsivos, muy poco consecuentes con sus actos. Se enamoran sin cálculo, sin método, de la persona quizás menos indicada. Los que así nos hemos enamorado alguna vez, en nuestra juventud, en nuestro esplendor en la hierba, nos reconocemos en el dislate de las hormonas que se revuelven, de las neuronas que se desconectan. O que se conectan al tuntún, en una catástrofe bioeléctrica. Las personas cabales, de cerebros bien estructurados, no pueden entender Punch-Drunk Love. Sus personajes les parecen sacados de una ciencia-ficción muy lejana, o de un manicomio provincial muy cercano. Se pierden en las reacciones contradictorias, en los arrebatos impetuosos, en las decisiones poco juiciosas. Nosotros, sin embargo, los que hemos nacido con taras parecidas, vislumbramos cierta lógica en la incoherencia, cierta lucidez en el desatino. Nosotros, los imperfectos, los enamoradizos, los entregados a la causa de Paul T. Anderson, tampoco entendemos Punch-Drunk Love, pero sabemos  muy bien de qué va.


Amigo: Si quieres que te dé el teléfono de un psiquiatra, puedo hacerlo. No hay problema. Pero, ¿qué te pasa exactamente?
Barry: No sé si me pasa algo, porque no sé cómo son los demás.



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Chronicle (2ª visión)

Hoy he vuelto a ver Chronicle, esta vez con Pitufo retenido -más que convencido- a mi lado. A sus catorce años de futbolista de barrio, criado en los bajos fondos de esta pedanía, no voy a esconderle esta película porque los superhéroes suelten unos cuantos tacos, o se arreen unos muchos hostiazos.
Tanto le canté las excelencias de los muchachos telepáticos que al final, interrogado por la calificación, Pitufo le ha dado un ocho raspado. Un sí pero no. Mi sorpresa ha sido mayúscula. Yo estaba convencido de que iba a ser una película fundacional para él, una de ésas que siempre recordaría de mayor: “Aquella noche mágica, con mi padre, en la vieja casa...”. Pero no. O quizá sí, y sólo me toma el pelo, y me dice estas cosas para hacerme rabiar, para que la próxima semana no le atosigue con otra película imprescindible de las que almaceno por decenas. No sé. A veces pienso que el niño acrítico soy yo, el espectador inmaduro que se deja llevar por las emociones y las primeras impresiones, mientras que él, Pitufo, veintisiete años por debajo en el marcador, es el hombre reflexivo de la casa, el que valora las películas en su justa medida, subrayando lo subrayable, y denunciando lo denunciable. Como si afrontara las películas dejándose los prejuicios, positivos o negativos, en la puerta. O directamente no los tuviera. A mí, en cambio, mitomaníaco y neurótico, irreflexivo y sugestionable, me pesan las manías, y las cerrazones estúpidas, y los entusiasmos bobos,  como bolas de plomo en los bolsillos.

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Hannah y sus hermanas

En Hannah y sus hermanas conviven dos tramas que tienen muy poco que ver. La historia central, la que trata propiamente de Hannah y sus hermanas, es el relato de tres neoyorkinas premenopáusicas que se reúnen en los restaurantes y en los saraos de la familia para ponerse verdes las unas a las otras, y hablar sobre el cultivo insatisfactorio de sus espíritus. Quieren ser actrices, escritoras, profesoras de universidad. Tirarse a los hombres más inteligentes de Manhattan para ingresar de su mano en los círculos exclusivos de la cultura. Pero siempre hay algo que se interpone en sus caminos: los maridos, los novios, la competencia feroz de otras mujeres. Es un drama familiar que me interesa más bien poco. Crónicas insulsas sobre burguesas de la vida resuelta, que se aburren infinitamente en su tiempo libre y no paran de dar la castaña con sus sueños artísticos. Era la época en la que Woody Allen escribía películas para mujeres, emulando a su admirado Ingmar Bergman, y le salían unos diálogos algo forzados, unos retratos algo difuminados, como de hombre que pretende entender al sexo opuesto y se queda a medio camino. A las mujeres no las entiende nadie, ni siquiera Pedro Almodóvar, que es el director que ha puesto en sus bocas los textos más verosímiles que uno recuerda, los que intuye más cercanos a esa realidad que bulle en sus cerebros enrevesados. Cuando se juntan tres mujeres en la mesa de una cafetería, el misterio desciende sobre ellas, y las envuelve en una niebla que impide cualquier aproximación científica. Las mujeres están más allá de la comprensión humana. Ningún guión escrito por el hombre puede abarcar tamaña complejidad verbal y conductual. Los machos de la especie, en comparación con ellas, somos seres muy simples, esquemáticos, a miles de años luz de sus inteligencias alienígenas, que a veces, para nuestra fortuna, habitan en cuerpos muy hermnosos y deseables...





Me interesa mucho más la historia secundaria de Hannah y sus hermanas, la del mismo Woody Allen interpretando al exmarido hipocondríaco de Hannah. Quizá porque su drama médico es exactamente el mismo que yo viví hace unos años, cuando una sordera parcial del oído derecho suscitó la sospecha –luego descartada- de un tumor cerebral. Sus días de angustia antes de conocer el diagnóstico son el retrato fiel de la angustia que uno vivió, de la angustia que otros seres muy cercanos han vivido en trances parecidos. Luego, para nuestra suerte, Woody se lanza a hacer comedia sobre el sentido de la vida, y embarca a su personaje en la búsqueda tragicómica de una religión que lo convenza de la existencia en un más allá. Uno se ríe mucho con estas tribulaciones del escéptico que quiere creer en el catolicismo, en el judaísmo, en los preceptos básicos de los Hare Krishna, pero que al final lo descarta todo por falsario, por excesivamente optimista. Apesadumbrado ante la idea de la muerte, del vacío negro que allí nos espera a los ateos y a los descreídos, Mickey, cansado de dar vueltas por las calles, entra en un cine de Manhattan para distraer sus pensamientos. Proyectan Sopa de Ganso, y allí, refugiado en la oscuridad de su butaca, piensa:

“ Bueno, pues allí estaba yo, viendo aquella gente en la pantalla. La película empezó a interesarme.  Y entonces comencé a pensar otra cosa: ¿cómo se te ocurre matarte? ¿No te parece una estupidez? Fíjate en toda esa gente que está ahí arriba. Tienen mucha gracia. Incluso aunque lo peor sea cierto: ¿qué pasa si no existe Dios y nosotros sólo vivimos una vez y se acabó? ¿No te interesa, no te interesa, esta experiencia? Entonces me dije: ¡qué diablos! No todo es malo. Y pensé para mis adentros:  ¿por qué no dejo de destrozar mi vida, buscando respuestas que jamás voy a encontrar, y me dedico a disfrutarla mientras dure?”.
      




Lee [Bárbara Hershey]: ¿Por qué no me has acompañado esta noche? Lo hemos pasado bomba. Y tú también te hubieras divertido.
Frederick [Max von Sydow]: Estoy pasando por una etapa de mi vida en la que no puedo soportar a la gente. No quería acabar insultando a alguien.



            En la incertidumbre sobre la causa última de su sordera, Mickey [Woody Allen] se desespera en su despacho profesional:
Mickey: Esta mañana yo era tan feliz. Y ahora, no sé... No sé qué me ha pasado.
Secretaria: Esta mañana estabas hecho una mierda. Hemos bajado en los sondeos. Los patrocinadores estaban furiosos.
Mickey: No, yo era feliz, pero no me daba cuenta de que lo era.



Mickey vaga por las calles de Nueva York, preguntándose por el sentido de la vida, recordando las enseñanzas de los grandes filósofos:
“... y Nietzsche, con su teoría del eterno retorno. Él ha dicho que la vida que vivimos la vamos a vivir una y otra vez, exactamente de la misma forma, durante toda la eternidad. ¡Fantástico! Creo que tendré que volver a ver Sonrisas y lágrimas... No vale la pena”. 



            En casa de sus padres, discutiendo en mitad del pasillo:
Mickey: Mira, tú te vas haciendo mayor, ¿verdad? ¿No tienes miedo de morirte?
Padre de Mickey: ¿Y por qué iba a tener miedo?
- Porque dejarás de existir
- ¿Y qué?
- ¿Esa idea no te aterra?
- ¿Quién piensa en esas tonterías? Ahora estoy vivo. Cuando esté muerto, estaré muerto.
- No lo entiendo. ¿No tienes miedo?
- ¿De qué? Estaré inconsciente.
- Sí, lo sé. ¿Pero eso no es dejar de existir?
- ¿Y cómo sabes que dejaremos de existir?
- Las perspectivas no son muy prometedoras...
- Quién sabe lo que habrá después. ¡Yo que sé si estaré inconsciente o no! Ya me las apañaré entonces. No pienso preocuparme por lo que sucederá cuando esté incosnciente.
[Mickey aporrea la puerta del cuarto de baño]
Mickey: Mamá, sal.
Madre: Claro que existe Dios, idiota. ¿Tú no crees en Dios?
Mickey: Pero si existe Dios, ¿por qué hay tanta maldad en el mundo? Todavía más sencillo: ¿cómo pudieron existir los nazis?
Madre: Explícaselo, Max
Padre: ¿Cómo voy a saber por qué existieron si ni siquiera sé cómo funciona el abrelatas?


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Django desencadenado

Dos horas después de haber visto Django desencadenado no se me ocurre nada original que escribir. Sobre Quentin Tarantino y su polémica obra ya se ha dicho prácticamente todo. Y todo muy acertado, y muy didáctico. Para qué, pues, insistir en el fenómeno. Desesperado de mi inacción, de mi falta de creatividad, acuciado por esta imposición personal de escribir una página al día aunque no se tengan ganas ni argumentos, he releído las críticas serias sobre Django desencadenado en busca de inspiración. Y he encontrado, en la Sodoma de la prensa de derechas, en la única columna justa de Oti Rodríguez Marchante, esta reflexión salvadora:
            “... un western deslumbrante en el que te diviertes y te ríes como si estuvieras haciendo algo guarro”. 



         ¡Eso es! Django desencadenado, como otras películas de nuestro amigo Quentin, es un banquete de diversión y gozo que sin embargo, al final, te deja el regusto de una vergüenza en la boca, de una leve indigestión en el estómago. Jamás disfruto de los pasotes de Tarantino a tumba abierta; noto que bajo la cuesta empinada pisando el freno, como temeroso de entregarme plenamente a la experiencia. Siempre hay algo innecesario en sus violencias, aunque sean vistosas, aunque sean molonas. Un prurito ético que no termina de extinguirse, que se pone a dar toquecitos sordos en la conciencia cuando estás disfrutando como un cerdo de la casquería. Es un remilgo que aún nos queda a los cuarentones que nos educamos en otra época, que crecimos sin estas sanguinolencias explícitas, con los rescoldos de la censura, y los dos rombos, y los padres vigilantes... Para qué -se pregunta uno cuando termina de ver Django desencadenado- tanto regodeo. Quentin sería un puto genio, un puto dios, si rebajara los excesos, si midiera sus euforias. Si recortara, también, un poquitín, los metrajes. Sus películas serían redondas, incuestionables. Obras maestras. Pero quizá no harían tanto dinero, claro. Quentin es un tipo inteligente, centrado, que sabe muy bien lo que se hace, aunque luzca esa quijada de tonto del pueblo, y esos ademanes de orate de ciudad. Más que películas, el rueda cómics, y en los cómics todo está permitido. Una lástima que se nos quede ahí, en el género chico. 


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Life's too short

Warwick Davis es el actor enano (perdón, displásico-espondiloepifisario-congénito) que se ocultaba bajo el felpudo de Wicket, el líder de los Ewoks que acabaron (sic) con el Imperio Galáctico en El Retorno del Jedi. Actor de filmografía extensísima, las nuevas generaciones lo conocerán por su papel de profesor Flitwick en la saga de Harry Potter. En la vida real, Warwick Davis es un actor solicitado, exitoso, al que le sonríe el matrimonio y la bendición de tres retoños. La vida que lo maltrató en su nacimiento parece haberle recompensando la inmensa putada de los genes. 



En Life’s too short, la última sitcom creada por Ricky Gervais y Stephen Merchant, Warwick interpreta al otro Warwick que habita en el universo paralelo del fracaso, un trasunto de sí mismo metepatas y desafortunado. Un personaje tan verosímil, tan bien escrito, tan bien llevado por el pequeño actor, que a veces cuesta distinguir lo real de lo falso,  lo autobiográfico de los esperpéntico. Éste Warwick Davis podría abandonar el mundo de los posibles en cualquier momento, y hacerse carne con sólo dos o tres golpes de mala suerte, y sustituir al Warwick real por un ultracuerpo invasor criado en la vaina alienígena del infortunio.


Life’s too short es una comedia cínica, sangrante, que supura misantropía en cada decisión y en cada chiste.  Ningún personaje sale bien parado: el que no es tonto es estúpido; el que no es egoísta es patético; el que no es rastrero es mezquino. El Warwick Davis virtual tampoco sale favorecido en el retrato. Ya nadie le llama para participar en las grandes películas; su agencia de representación es un negocio a punto de entrar en quiebra; su matrimonio se ha ido pique; su secretaria es tonta del culo; sus representantes artísticos, los mismísimos Gervais y Merchant, no quieren saber nada de él, y siempre lo reciben con el gesto torcido. Life’s too short es un juego de espejos en el que nunca sabes si estás viendo al Warwick  real, que se mueve entre el famoseo como pez en el agua, o al Warwick abandonado por la suerte, que se humilla ante cualquiera para conseguir un mísero contrato. Son dos personajes que se entrecruzan, que a veces se intercambian los papeles, jugando al despiste del espectador. Y uno, complacido, y admirado, agradece con la sonrisa  este ejercicio de autoparodia, siempre tan arriesgado. Un brindis por Warwick. Y otro muy especial por esos dos entrañables hijos de puta, el gordito de la barba, y el larguirucho de las gafas, que tanto me hacen reír a costa de las desgracias ajenas.


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The master

Antes de ver The Master, leo en los foros que la nueva película de Paul Thomas Anderson es el retrato encubierto, apenas disimulado, del fundador de la Iglesia de la Cienciología, Ron Hubbard. Un película a medio camino entre la admiración y la duda, entre la comprensión y la crítica. Uno que ha vivido toda su vida en la Invernalia católica, y poco sabe de estos asuntos de los cienciólogos – sólo que creen en extraterrestres  cabezones que gobiernan nuestras vidas, y que hay mucho actor del guaperío militando en sus filas-, se planta en el sofá con la idea de ver un controvertido biopic sobre los orígenes fundacionales de la secta. Pero bastan unos pocos minutos para comprender que Paul T. Anderson, como era de esperar, no ha tomado el camino más fácil y directo, sino uno tortuoso, extraño, que tapa más que cuenta, que suscita más que indica. Un experimento a ratos comprensible y a ratos no,  a veces convencional y a veces extravagante, que de cualquier modo te mantiene pegado a la pantalla, entregado a la causa. Pero no a La Causa de Hubbard, aquí llamado Lancaster Dodd, sino a “la causa” fílmica de Paul T. Anderson, ese director siempre diferente, arriesgado, a veces fallido. No esta vez.



The Master no era un biopic, ni una clase de historia, ni un retrato épico del self-made man decidido a fundar una nueva religión. No eran, como habían publicitado por ahí, los Evangelios de Hubbard según San Paul. El infatigable y megalómano empeño de Lancaster–Hubbard no es el leitmotiv que anima la película; sus maniobras financieras y sus verborreas pseudocientíficas forman parte del decorado, pero no construyen lo esencial de la trama. The Master es, por encima de todo, la crónica de un empeño educativo. O más bien de un empecinamiento pedagógico. La película más parecida que uno recuerda es El pequeño salvaje de Truffaut, en la que Jean Itard, pedagogo vocacional en tiempos de la Ilustración, se las tenía tiesas con el niño salvaje de Aveyron. En The Master, Lancaster Dodd presume de practicar una psicoterapia capaz de devolver a los hombres al camino recto del equilibrio, de la templanza, del autocontrol sosegado y fructífero. Una batalla terapéutica contra la tiranía de los instintos que a ratos parece un psicoanálisis de Sigmund Freud y a ratos una psicomagia de Alejandro Jodorowsky, con participación estelar de espiritistas en contacto con el más allá. Lancaster-Hubbard vive feliz, seguro de sí mismo, confiado en el poder casi omnímodo de su terapia, hasta que se topa con la horma de su zapato, Freddie Quell, excombatiente de la II Guerra Mundial, alcohólico y sexoadicto, desquiciado y enigmático, una recreación asombrosa de ese actor ya de por sí algo freddiequelliano llamado Joaquin Phoenix. Freddie Quell es un hombre atrapado en el animal que todos llevamos dentro, pero que a él se le ha salido de las tripas, y lo ha reducido al silencio con un abrazo mortal de oso. Ése enfrentamiento entre el profesor orgulloso y el alumno díscolo es el drama central de The master, el asunto principal que a Paul T. Anderson más le interesa: la vieja pelea entre la educación y el instinto; el combate filosófico entre la creencia de que los hombres pueden cambiar y la sospecha de que uno siempre es como es y anda siempre con lo puesto, como cantaba Serrat. 


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