American Splendor

El cine, de vez en cuando, me presenta hermanos  que no son sangre de mi sangre, que viven en otras culturas o en otros tiempos, pero que guardan, insospechadamente, un gran parecido con mi propia manera de pensar, de conducirme por la vida. En ellos reconozco mis virtudes y mis defectos, y son como la radiografía o el escáner del interior que no veo. Incapaz de ser sincero conmigo mismo, me miro en el espejo que estos personajes me proporcionan. Allí pudo examinarme congelando los diálogos, estudiando las imágenes, reflexionando sobre lo que he visto y oído cuando acaba la película.  




            Siguiendo la pista de Robert Crumb, vuelvo a ver, después de varios años, la inclasificable película American Splendor. Allí me reencuentro con mi hermano nacido en Cleveland, Harvey Pekar. Harvey, fallecido hace tres años, era un  archivero de hospital que allá por los años 60 tuvo la suerte de conocer a Robert Crumb, y entablar  amistad con él. Juntos parieron el cómic underground American Splendor, en el que  Robert se encargaba de los dibujos y Harvey de los guiones. Allí contaba, sin aderezos, sin fantasías, su vida propia vida de funcionario mal pagado y de hombre fracasado en sus matrimonios, en el paisaje decadente y postindustrial de Cleveland. Harvey jamás hace ejercicio; se pasa los días laborables sentado en su pequeña oficina, imaginando vidas mejores; los fines de semana los consume tumbado en el sofá, viendo la tele, comiendo porquerías, escuchando sus discos de jazz con la mano siempre palpando la entrepierna. A grandes rasgos, viene a ser la vida que yo también llevo, o al menos la que anhelo en secreto, la que viviría como un cerdo en su lodazal si las obligaciones no tiraran de mí con el gancho. Cambiemos oficina por aula, y la industrial Cleveland por la contaminada Ponferrada, y ya podríamos intercambiar nuestros papeles, y Harvey convertirse en el espectador de una película que me tuviera como protagonista: Bercianish Splendor, la celtíbera desventura de un gordinflón enamorado de Natalie Portman que se refugia en las películas para olvidarse de que ya está casado con otra mujer, y de que tiene un hijo a punto de entrar en el negro túnel de la adolescencia, y de que el tercio de vida que le queda por vivir se pronostica en los telediarios con más nubes que claros, y chubascos tormentosos a media tarde. Pekar es una exageración negra de mí mismo; un yo al que hubiesen estirado por aquí y por allá, dibujando una caricatura como ésas de los puestos callejeros. El parecido es, de todos modos, en algunos rasgos, inquietante. American Splendor es una advertencia que el cine me regala gratis con la entrada. 



De los soliloquios de Pekar:

“Cuanto más pensaba, más ganas de llorar tenía. La vida parecía tan dulce, tan triste.... Tan difícil de soltar al final... Pero vaya, cada día es una cosa nueva y distinta, ¿no? Hay que seguir trabajando, que algo saldrá”. 

 “Mi vida es un caos total. Con un poco de suerte, tendré una buena salud entre la jubilación y la muerte. Los años dorados, vaya. Quién sabe. [...] Claro, al final perderé la guerra. Pero el objetivo es ganar algunas escaramuzas por el camino, ¿no?”


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Pepe Colubi y las sitcom

Escribe Pepe Colubi  en ¡Pechos fuera! al hilo de las comedias:
Sitcom es una comedia televisiva dividida en episodios de veintidós minutos. Podríamos discutir el término “comedia”, pero creo que “episodios de veintidós minutos” no deja lugar a dudas. [...] La máxima “lo bueno, si breve, dos veces bueno” adquiere cualidad de axioma en la comedia; más allá de la media hora estándar resulta cansina para el espectador, agotador para el guionista y letal para el resultado final del producto”.

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Modern family

Me gusta mucho, Modern Family. Y no debería. El bolchevique que vive en mi interior siente odio por estas tres familias que se pasan la vida de festejo en festejo. Si hacemos caso de lo que nos cuentan los guionistas, a estos burgueses se les va el noventa por ciento del presupuesto en la concejalía de fiestas. Raro es el episodio que no están celebrando, por todo lo alto, en sus jardines cuidadísimos con piscina, con banquetes pantagruélicos y decoraciones de guirnaldas, el Día del Padre, o el Día de la Madre, o el Día de Acción de Gracias, o el 4 de Julio, o Halloween, o Navidad, o Hanuká, o el cumpleaños de alguien,  o un aniversario de boda, o un aniversario de noviazgo, o un aniversario de adopción, o la Fiesta Nacional de Colombia, o el Día del Orgullo Gay, o la fiesta de graduación en la Elementary School, o la fiesta de graduación en el High School, o el sobresaliente inesperado de una hija, o la venta de una casa que a Phil Dunphy le reportará una jugosa comisión de tres pares de narices. Si todas las familias del mundo llevaran este tren de vida, hace ya décadas que las cucarachas estarían reinando sobre el planeta arrasado, deforestado, extinto de especies, el basurero global que ya quedó predicho en WALL.E. 



Sin embargo, el otro tipo que vive dentro de mí, el seriéfilo que se tumba en el sofá y relaja el puño revolucionario para empuñar el mando a distancia, siente una admiración rendida por Modern Family. Es una comedia agilísima, chispeante, medida hasta el último segundo, hasta la última palabra. Es una obra de ingeniería asombrosa. Los personajes y las tramas que los animan casi son lo de menos: es el ritmo, la frescura, la inteligencia eléctrica de las réplicas, lo que a uno le mantiene boquiabierto y sonriente, a pesar de los prejuicios ideológicos. Y los atractivos de Sofía Vergara, claro. Y la belleza anglosajónica de Julie Bowen, por supuesto. Más allá de lo que vemos en pantalla, se barrunta una maquinaria perfecta de productores y guionistas. Me río yo de los paddocks de la Fórmula 1...

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Shakespeare in love

Es difícil  escribir sobre las películas que a uno le gustan. La soltura que mueve la mano cuando se teclean críticas mordaces, se torna pesadez de plomo cuando llega el momento de pergeñar los aplausos. La mala baba se transustancia en almíbar que lleva el discurso hacia la frontera de lo cursi. A veces, si no se tiene cuidado, se llega a poner un pie en el otro lado, y lo sacas de allí todo pringoso, embarradito de azúcar. La imaginación de uno, tan limitada y tan torpe, es sin duda culpable de esta incapacidad para redactar lo laudatorio. Pero es que el idioma castellano, además, ayuda muy poco. Las palabras denigrantes o despectivas suenan bien al oído, y llenan de empaque los folios en blanco. Son rotundas, ásperas, consonánticas. Acuden a la mente casi sin esfuerzo, atropelladas, malignas, como un ejército de duendecillos. Los adjetivos positivos, en cambio, son de fonética amable, y de grafía suave, y a los cínicos amargados nos cuesta mucho rescatarlos del vocabulario. Sólo cuando hablo de las mujeres hermosas que me roban el corazón, brotan los elogios del diccionario como flores en primavera. En cambio, cuando no hablo de sexo, apenas crecen como tallos escuálidos y medio podridos, y compongo con ellos unas ensaladas literarias muy poco sabrosas y nutritivas. Saben a mariconada, a folletín romántico del siglo XIX. 



Es por eso que uno termina de ver películas como Shakespeare in love, y en lugar de lanzarse al grano de la alabanza, y al pormenor cuidadoso de los méritos, se para en contar tonterías como ésta del idioma castellano. Soberbia, magnífica, magistral... Qué mal suena todo esto, cuando hay que elogiar una película. Son palabras gastadas, engalladas, que se pasean por el folio meneando el culo como prostitutas gordinflonas. Son viejas maquilladas, feas recién pasadas por la peluquería. 
Gwyneth Paltrow reluce más que el sol del mediodía y que la luna llena de la medianoche, pues su cabello rubio y su piel blanca reflejan y multiplican por mil la luz que los alcanza. Es ahí, en el trance del amor, cuando ya pierdo del todo el sentido del ridículo, y me lanzo al vacío del tonto romanticismo. ¡Pero cómo describir, ay, ya descendido de la nube, los otros méritos que convierten Shakespeare in love en un clásico sólo santificado en los salones más selectos! ¡Cómo ensalzar la música sublime, el guión ingenioso, el oficio de los actores! ¡Cómo hacerlo sin que se noten las costuras del escritor aficionado, del impostor descarado de la literatura! Sólo soy un provinciano que se soba los huevos mientras ve las grandes películas, y que deja escapar, en el momento que surgen, magníficas ocurrencias que puestas en un folio me harían vender innúmeros libros, y hacerme millonario, y volverme deseable ante la mirada de mujeres tan hermosas como Viola de Lesseps.





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Profesor Lazhar

Lo más interesante de Profesor Lazhar no es el archisabido argumento del profesor que triunfa en el aula donde otros docentes, menos perspicaces, fracasaron y dimitieron. O se suicidaron, directamente, como en este caso. Ya hemos visto muchas veces esta película del profesor interino y molón. El mismo título de este blog es el homenaje a la obra maestra del subgénero, que llevo muy dentro del corazón, y que hace palidecer de vergüenza a cualquier otra versión, acercamiento o remedo. Maldita sea, en ese sentido, Profesor Lazhar. Dentro de unos pocos meses ya no recordaré ni de qué iba.



Despojada de sus muchas cursilerías y obviedades, las aventuras de este profesor argelino en Canadá sólo han servido para constatar, una vez más, la diferencia que separa nuestros institutos de estos que los pueblos civilizados muestran con orgullo en sus filmografías. Basta con echar un vistazo al laboratorio o al gimnasio donde los chavales de Lazhar descansan de sus rollos lacrimógenos, para darnos cuenta de la cutrez que asola nuestro sistema educativo. Y lo que te rondaré, morena. Más que una película de sentimientos a flor de piel, con niños llorosos y maestros moqueantes, Profesor Lazhar es una entrega dominical del programa Salvados en el que Jordi Évole viaja al Canadá para conocer la eficacia y los muchos dineros que allí son el pan nuestro de cada día. Me imagino a Évole esbozando sonrisitas, lanzando pullitas, haciendo como que es una comedia lo que está interpretando, cuando en realidad está señalando con el dedo a tanto hijo puta que aquí, en la piel de toro, vela por la buena educación pública de nuestros retoños. Malditos sean.



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Crumb

Del matrimonio entre un militar de carrera que maltrataba a sus hijos, y un ama de casa que se comía las anfetaminas como si fueran garbanzos, nacieron tres hijos obsesionados con los cómics y trastornados de la cabeza que son el objeto de estudio del documental Crumb. Uno de ellos, Robert Crumb, fue pionero del cómic underground estadounidense, dibujante de las malandanzas de Harvey Pekar en la serie ilustrada American Splendor. También es el artista que ilustra los diarios de Charles Bukowski que estoy releyendo estos días, donde retrata al escritor en sus faenas cotidianas, con trazo hosco y renegrido.



Robert Crumb habla largo y tendido sobre sus obsesiones sexuales y sobre sus motivaciones artísticas, que vienen a ser más o menos lo mismo. Es un tipo que no tiene pelos en  la lengua. Se nota que tiene algo raro, como un desequilibrio mental, como una chotadura de pronóstico reservado -sobre todo cuando se ríe con esa carcajada ratonil y sofocada-, pero es un fulano extremadamente inteligente, que le llama al pan pan y al vino vino. Habla de su infancia apaleada, de sus complejos adolescentes, de cómo se hizo adulto en un mundo de hombres que no le entendían, y de mujeres que jamás se fijaban en él. Cuenta que la obsesión por el dibujo fue su salvación, el ora et labora que lo sujetó más o menos a la cordura, y que lo convirtió, con el tiempo, en un tipo famoso y adinerado. Sus dos hermanos, en cambio, no tuvieron la misma suerte. Ellos también participan en el documental, contando historias desgarradas de locuras y tratamientos. Están mucho más desquiciados que su hermano Robert. Toman medicaciones fortísimas que les inhiben la líbido, la apetencia, las ganas recurrentes de suicidarse. Aún así, entre las nieblas químicas que oscurecen sus cerebros, son capaces de hablar con sentido profundo sobre la mala-vida que han llevado. Tienen mirada de lunáticos, pero lengua de filósofos. 


Se parecen mucho a los hijos del poeta Leopoldo Panero, que desnudaban su alma en aquel documental de Jaime Chávarri titulado El desencanto. Al igual que los Crumb historietistas, los Panero escritores hablaban ante la cámara con una sinceridad descarnada que a uno, al principio, le producía algo de vergüenza ajena, por lo escabroso y afilado de sus confesiones, pero que luego, abrumado por la lucidez del pensamiento, se agradecía y se festejaba, pues sólo los borrachos, y los niños, y los orates inteligentísimos, nos cuentan la verdad.



En un momento dado de Crumb, Robert cuenta esta historia personal de fracaso adolescente, tan familiar para todos los enclenques gafudos que en el mundo hemos sido: 
“Si las chicas pudieran ver que yo era agradable y sensible, les gustaría.[...] No podía entender por qué les gustaban estos tipos brutos y yo no. Yo era más sensible y majo, más como ellas. No me di cuenta que no querían que fuera como ellas, básicamente. Me sentí herido y cruelmente incomprendido, porque me consideraba a mí mismo inteligente y con talento, aunque no fuera muy atractivo físicamente. No pensaba que esas cosas importaran; le daba importancia a lo de dentro”.


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Pixie, Dixie y Mr. Jinks se mudan a Deadwood

Dice Pepe Colubi en su libro ¡Pechos fuera!, exégesis desternillante de las series de televisión que un día fueron y ahora son:
         “William Hanna y Joseph Barbera parían series sin descanso y recortaban gastos con igual frenesí; para la posteridad han quedado esos fondos fijos que abarataban las secuencias de persecución”. 



Colubi habla de Los Picapiedra, de El oso Yogui, de Pixie y Dixie, cartoons que desembocaban en carreras locas que repetían una y otra vez el mismo fondo, para facilitar el trabajo de los animadores, y ahorrar de paso unos dólares a la productora. Pero yo, al leer esto, he recordado que Deadwood, la cacareada Deadwood, la mítica Deadwood, bien podría haber sido una producción Hannah & Barbera para adultos del siglo XXI. En esencia, Deadwood es una calle alargada que los mineros y los pistoleros, los comerciantes y las putas, recorren cuarenta veces al día para concretar negocios o abrirse las tripas de un disparo o de una puñalada. Ese fondo invariable de los barracones de madera es tan monótono como aquellos que se pintaban en los dibujos animados. Jamás vemos las montañas, el valle, los cielos de Dakota. Muy pocas veces se nos muestra el arroyo de donde se extraen las pepitas de oro o los caminos por los que llega la civilización montada en diligencia. No existen los indios, los praderas, los otros pueblos del contorno. Sobre Deadwood de Arriba ya conocemos cada esquina y cada incidente, pero sobre Deadwood de Abajo, ese pueblo que seguramente está un poco más abajo en el valle, y que vive pacíficamente de la agricultura y de las vacas, nunca nos llega noticia.  Como si no existieran, los pobres. 


¿He dicho que sobre Deadwood de Arriba lo sabemos todo? Falso. Las cámaras de la serie sólo conectan con el poblacho cuando sus habitantes ya viven recogidos para la hora de la siesta, o para la hora del puterío. Nunca les vemos trabajando, a no ser que estén construyendo o derribando algún nuevo barracón en la calle sempiterna, para dejarlo todo igual, por supuesto. La serie, poco a poco, se va convirtiendo en un tostón de mucho cuidado. Los guiones vienen a ser el cruce cacofónico de docenas de amenazas cruzadas entre los personajes. Que si te mato, que si te rajo, que si te vendo; que si te robo, que si te follo, que si te pego. Deadwood está cayendo en la espiral  de un culebrón de sobremesa sudamericano. Con grandes actores, eso sí, y enjundiosos diálogos, de vez en cuando. Sólo por eso permanezco aquí, en la barra del bar, bebiendo zarzaparrilla mientras asisto mudo al espectáculo, aguantando la balacera de bostezos que de vez en cuando se me viene encima. De momento...



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Ocean's eleven

Hacía muchas semanas que mi hijo no pisaba este salón en el que vivo recluido. Hoy he logrado convencerle de que viera Ocean’s eleven a mi lado, pero en el empeño he tenido que echar mano de toda mi escasa y precaria labia. La película le ha gustado, claro está, porque la fórmula es infalible y los actores son unos tipos solventes de presencia imponente. Y aunque los tertulianos de ¡Qué grande es el cine! vomitan con sólo escuchar el título, yo tengo a Ocean’s eleven por un entretenimiento muy sano y meritorio. Es una película sin pretensiones que jamás quiso tenerlas. Nació para entretener, y para recaudar, como un divertimento de Mozart, como un cortometraje de Charles Chaplin.


De todos modos, he notado en Pitufo cierta incomodidad, cierto fastidio de estar perdiendo el tiempo allí sentado. Temo que la función semanal de los viernes se vaya convirtiendo, con sus ausencias no siempre bien explicadas, con sus posaderas adolescentes cada vez más inquietas, en una cita mensual, casi como de dentista, o de psiquiatra. Últimamente, cuando llega el fin de semana, se excusa con cualquier tontería, o se escuda detrás de un silencio impenetrable. Noto que prefiere invertir su tiempo en otras pantallas más sociables del ordenador o del teléfono. Vive en comunicación permanente con sus compañeros del colegio, o del fútbol, para decirse las tonterías y los chistezuelos propios de la edad. Para Pitufo, antes que las películas, está la realidad. Es un chico que no necesita refugios virtuales para olvidarse del mundo exterior. La vida le sobra y le basta. Pitufo se alimenta de ella cada mañana; la respira y la desayuna, a bocados, todo a pulmón. Si un aspecto de la realidad se le tuerce o se le vuelve esquivo, el ataca la vida por otro costado, como un tigre joven y voraz. Cuando vienen mal dadas no viene al salón a esconderse del mundo, como hacía yo a su edad. Como sigo haciendo todavía...





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Días del cielo

Para que el triángulo amoroso entre dos catetos y una hipotenusa funcione en pantalla, ella, la mujer deseada, ha de ser una actriz hermosa. Si no, el espectador masculino que mora al otro lado del drama no termina de creérselo. Los hombres que nos arrellanamos en las butacas o en los sofás necesitamos enamorarnos de una mujer atractiva para compartir el deseo arrebatado de los protagonistas. De lo contrario, lo mismo nos da el desenlace del amorío, y la película se nos escurre entre los dedos como un espectáculo callejero cualquiera.



 Es por eso que Días del cielo no termina de engancharle a uno, a pesar de su preciosismo fotográfico, de la belleza que rezuma cada plano de los campos y los cielos de Norteamérica. Sam Sephard, el terrateniente del cereal, y Richard Gere, el proletario sin hogar, se odian como cromagnones por culpa de una mujer, Brooke Adams, que carece  del menor encanto sexual, de la menor chispa que encienda nuestro interés. Ella es guapilla, sí, pero de andar por casa, la vecinita del quinto derecha, o la novia del amigo más afortunado. Poco más. De bellezas como la suya hay cuatro o cinco en cualquier cafetería de este pueblo donde yo vivo. En un país como el nuestro, que es líder mundial en morenas de tez oscura y rasgos mediterráneos, Brooke nos llama tanto la atención como un buzón de correos, o como una señal de stop. Su escuálida figura no justifica que estos dos machotes de la pantalla se líen a mamporros, o agarren la escopeta de cazar  conejos para perseguirse por los campos del cereal. No entiendo cómo arriesgan el honor, la vida, la integridad del aparato genital, por tan poquita cosa. Un gran error de cásting. Tan  detallista como es Terrence Malick con otras gilipolleces sin importancia, y en este tema capital de la hipotenúsica mujer, en Días del cielo, estuvo más bien despistado y poco contundente.


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Gritos y susurros

Hoy que me he levantado de buen humor, y que la vida me ha regalado un tiempo libre con el que no contaba, he decidido desperdiciarlo, alegremente, en una nueva película de Ingmar Bergman. Soy así de generoso con el sueco, y de cabezón. Comienzo a ver, sin excesiva fe, Gritos y susurros, que por fin es en color, y de los años 70. Y que ya no es, para mi bien, la sempiterna historia de un matrimonio perseguido por los fantasmas en la isla de Farö, con un marido neurótico al que siempre interpreta Max von Sydow y una mujer lúcida y valiente que siempre lleva puestos los rasgos bellísimos de Liv Ullman. 


Recuerdo que vi Gritos y susurros hace muchos años, de chavalote, en un ciclo que sobre el cineasta sueco organizaba Caja Usura, allá en León. Recuerdo que los amigos salimos desconcertados de la proyección, educados como estábamos en las espadas láser, en los cuchillos de Rambo, en los chistes guarros de Porky’s. El choque frontal con el Bergman más tenebroso y mortuorio fue una experiencia desasosegante y única. Y algo de esa sorpresa regresaba hoy en las primera escenas, con la agonía de la enferma, el caserón en la niebla, las habitaciones tapizadas de rojo... Un ambiente opresivo, tenebroso, amanerado al estilo inconfundible de Bergman, pero muy sugestivo, casi hipnotizante. Pero luego -y era de esperar- el maestro se deja arrastrar por los manierismos del teatro, y lo que era una película de terror en la que sentías el miedo a la muerte casi soplándote al oído, con aliento helado y fétido, se transforma, mediado el metraje, en un melodrama victoriano sobre dos hermanas frígidas (y acaso incestuosas) que tienen a sus maridos masturbándose como monos, y una tercera, enrollada con su sirvienta gordinflona, que en castigo a su sáfico vicio es la que apechuga con los dolores en la cama. Las actrices son tan perfectas, tan matemáticas, tan entregadas a lo suyo, que uno no puede dejar de pensar que son eso, actrices de tronío, interpretando el papel de su vida. Gritan con tal intensidad y susurran con tal maestría que traspasan la bidimensionalidad de la pantalla para convertirse en mujeres de carne y hueso, como si estuvieran a tu lado desgarrándose por dentro, o susurrando sexualidades inconfesables. Y eso, que debería constar como un mérito mayúsculo, le saca a uno de la película, y le teletransporta al Teatro Principal de Estocolmo, que es muy bonito, y muy impactante,  un templo sagrado de la actuación, pero que ya no es cine, que ya no es magia, que ya no es el engañabobos que nos deja hipnotizados a los  espectadores menos refinados. En su búsqueda minuciosa de la perfección, Gritos y susurros se pasa de rosca y se queda en ejercicio de estilo, en fotografía de ensueño, en pequeños bostezos disimulados y bien repartidos.




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Annie Hall

Alvy Singer habla con los espectadores, en la escena inicial de la Annie Hall:
“¿Conocen este chiste? Dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña. Y dice una: “¡Vaya, aquí la comida es realmente terrible!” Y comenta la otra: “Sí, y además las raciones son tan pequeñas”. Pues básicamente así es como me parece la vida: llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza... Y sin embargo, se acaba demasiado deprisa”.



Alvy niño, en la consulta del doctor:
Madre de Alvy: Está deprimido. Y cuando está deprimido, no puede hacer nada.
Doctor: ¿Por qué estás deprimido?
Madre: Díselo al doctor... Es por algo que ha leído.
Doctor: ¿Algo que ha leído?
Alvy: El universo se expande.
Doctor: ¿El universo se expande?
Alvy: Bueno, el universo es todo, y si se expande, algún día estallará y eso será el final de todo.
Madre de Alvy: ¡Eso no es asunto tuyo!. Ha dejado de hacer sus deberes...
Alvy: Claro, ¿para qué?
Madre de Alvy: ¿Qué tiene que ver el universo contigo? Brooklyn está aquí, ¡y Brooklyn no se expande!



            En el colegio, con siete años:
Alvy adulto (voz en off): En 1942 ya había descubierto a las mujeres...
[Alvy niño, en clase, se levanta del pupitre y besa en la mejilla a una compañera]
Niña: ¡Me ha besado! ¡Qué asco! ¡Puaj!
Maestra: ¡Es la segunda vez este mes! ¡Ven aquí!
Alvy: ¿Qué he hecho yo?
Maestra: ¡Ven aquí!
Alvy[mientras se dirige al encerado]: ¿Pero qué he hecho yo?
Maestra: Debería darte vergüenza
Alvy adulto [sentado en el pupitre vacante, entre los niños]: Yo sólo estaba expresando una sana curiosidad sexual.
Maestra: Los niños de seis años no piensan en chicas.
Alvy adulto: Pero yo sí.
Niña: ¡Por el amor de Dios, Alvy! Hasta Freud habla del período de latencia.

Alvy adulto: Pues yo jamás tuve un período de latencia. No es culpa mía. 



Annie Hall y Alvy Singer sostienen su primera conversación de carácter personal, en la terraza del apartamento de Annie:
Alvy: Tus fotografías son fantásticas, muy buenas, tienen cierta calidad
Annie: Me gustaría aprender fotografía. Profesionalmente, ¿sabes?
[Mientras dice esas palabras, aparece un subtítulo revelando su verdadero pensamiento: “¿Por dónde me sale este imbécil?”].
Alvy: Ha de ser muy interesante, porque es una nueva forma de arte y aún no ha surgido un conjunto de criterios estéticos.
[Subtítulo: “¡Qué tía más buena!”]
Annie: ¿Criterios estéticos? ¿Quieres decir si una foto es buena o mala?
[Subtítulo:” ¿Me toma por una chiflada?”]
Alvy: El medio entra como una condición de la misma forma de arte, es...
[Subtítulo: “Me pregunto cómo estará en cueros”]
Annie: Verás, no creo que en mí sea todo instintivo, no, quiero decir que, lo siento, sabes, sólo quiero sentirlo y no pensar mucho en ello.
[Subtítulo: “Aguanta el tipo que este tío es muy listo”]
Alvy: Aún así, necesitas un conjunto de líneas estéticas para que estés en una perspectiva social.
[Subtítulo: “No sé lo que me digo, estoy hecho un lío”]
Annie: En fin... Creo que tenías alguna prisa, ¿verdad?
[Subtítulo: “Espero que no resulte un gilipollas como los otros”]
Alvy: Bueno, regular, con llegar a tiempo para mis habituales lamentaciones...
[Subtítulo: “Parezco un locutor de radio. ¡Relájate!”]



En la librería, con Annie, comprando libros sobre la muerte:
Alvy: Tengo una visión muy pesimista de la vida. Si vamos a salir juntos debes conocerme. Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable. En esas dos categorías... Lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados... No sé cómo pueden soportar la vida. Me parece asombroso. Y los miserables somos todos los demás. Así que al pasar por la vida deberíamos dar gracias por ser miserables. Por tener la suerte de ser miserables. 



Psiquiatra de Annie: ¿Hacen el amor con frecuencia?
Alvy [desde la otra pantalla]: Casi nunca, tal vez tres veces por semana.
Annie: Constantemente, unas tres veces a la semana.


            El último plano de Annie Hall, mientras Annie y Alvy se despiden más allá del ventanal de la cafetería: 
 Alvy [voz en off]: Pero fue magnífico volver a ver a Annie. Me di cuenta de lo maravillosa que era, y de lo divertido que era tratarla. Y recordé aquel viejo chiste, aquél, aquél del tipo que va al psiquiatra y le dice: “Doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina”.  Y el doctor responde: “¿Pues por qué no lo mete en un manicomio?” Y el tipo le dice: “Lo haría, pero necesito los huevos”. Pues eso, más o menos, eso es lo que pienso sobre las relaciones humanas: son totalmente irracionales, y locas, y absurdas, pero supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría, necesitamos los huevos.



             Cuenta Woody Allen en las entrevistas que su idea original de Annie Hall era  muy distinta, más alocada y cómica, pero que luego, en la sala de montaje, descubrió que allí había una historia de amor que cautivaría al público. Quedan, a lo largo del  metraje, restos de chistes, de filosofías, de miradas a cámara para que Alvy Singer busque la complicidad del espectador. Quedan los slapsticks, las divagaciones, las bromas amables sobre los judíos. Es una película muy poco ortodoxa, que va y viene de Annie para hablarnos de la infancia de Alvy, o de la distancia cultural que media entre Los Ángeles y Nueva York, temas tangenciales que giran alrededor del romance central como planetas de órbita excéntrica y errática. Aquellos pelmazos de ¡Qué grande es el cine! despacharían Annie Hall con un movimiento de ceja y con una sonrisita de compasión. Dirían que no se ajusta a los cánones, que es anárquica, que no está bien construida. Y que es, además, para rematar los pecados, una película en color. Pero su opinión nos importa una mierda. Annie Hall es una de las películas de nuestra vida. Es insolente, personal, divertida. Aunque Woody Allen afirme lo contrario, intuimos que Alvy Singer es un álter ego que tiene sus mismas filias, sus mismas fobias, sus mismas pesadumbres acerca de la vida. Alvy es un tipo cercano, chisposo, debilucho, acorralado por las manías. Si no fuera por su inteligencia superior, sería uno más en esta pandilla nuestra de los gafudos neuróticos.
Uno siente la necesidad de reencontrarse con Annie Hall cada dos o tres años, para recordar los diálogos deliciosos, las réplicas implacables. Es como un curso acelerado de filosofía en el que sonríes todo el rato, y las lecciones, muy trascendentales, traspasan sin esfuerzo las meninges. Y Diane Keaton, además, está más hermosa que nunca. Annie Hall no ha envejecido en absoluto. Podría rodarse hoy mismo, otra vez, con los mismos diálogos. Es un prodigio de creatividad  y de frescura. Una de las diez películas que uno vería en la isla desierta, si un avión de rescate  arrojara los DVD en paracaídas.


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El fraude

Se me había quedado descolgada de estos escritos, no sé por qué, El fraude. Hace varios días que vi la película, pero un lapsus mental, o una vagancia primaveral disimulada de astenia, o de alergia, la habían marginado de este diario. Y ahora, cuando reparo en mi despiste, y me dispongo a teclear los habituales adjetivos sin chispa, y los consabidos chascarrillos sin gracia, descubro, como un dedo acusador señalando a la película, que he olvidado todo cuanto me sugirieron las desventuras de este hijoputa trajeado que Richard Gere -con su porte, con sus canas, con su sonrisa indescifrable- ha nacido para interpretar. Yo traía preparado un discurso socialistísimo, de banderas rojas ondeando al viento y puños en alto en actitud más desafiante que reivindicativa. Algo sobre los pobres del mundo y los capitalistas con sombrero de copa que nos enculan sin necesidad de bajarse los pantalones. Pero he perdido el hilo, el entusiasmo, el fuego proletario que me abrasaba las entrañas. Sería, de todos modos, más de lo mismo. Y así llevamos ya siglo y medio, los “intelectuales” de izquierda, repitiéndonos como ajos, en vez de salir a las calles a liarla parda, y que salga el sol por Antequera, o por Invernalia.



Mira que me cae mal Richard Gere, sospechoso habitual de esas comedias románticas que me producen el vómito instantáneo con sólo un fotograma atisbado de reojo. Y sin embargo, en películas como ésta, o como en aquella de Hachiko, uno ha de rendirse a la evidencia de que es un actor solvente, que exprime al máximo sus cuatro registros de voz y sus tres movimientos de ceja. Y sus níveos cabellos, claro. Tampoco necesita más repertorio para despachar a un personaje tan simple como éste, al que le basta con lucir un traje caro y una dentadura indestructible para que los pobres del mundo reconozcan en él al enemigo de clase, al cabronazo que acapara los dineros, al justiciero defensor de los tipejos millonarios. Ningún proletario va a derramar una lágrima por su suerte. Ni un tantico así de compasión, por muy llorosos que sean sus lamentos al final de la película, por muy comprensivos que se nos pongan con él los guionistas, para que les digan que son humanitarios, y ecuánimes.



Me enamoro como un verraco de la actriz que interpreta a la amante de nuestro protagonista, una pintora francesa a la que -en la mejor tradición de los adúlteros de derechas- Gere ha puesto un piso en Manhattan y una galería de arte para que se entretenga pintando cuadros mientras él roba a los trabajadores. Al terminar la película, para mi sorpresa, leo en los títulos de crédito que ella es Laetitia Casta, la insigne top-model a la que yo recordaba por Leticia, o por Letizia en todo caso. Del mismo modo que olvidé el mapa celestial de sus pecas, olvidé la exactitud tan latina de su nombre. Imperdonable todo. 


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El exótico Hotel Marigold

Saco el ordenador portátil de su maletín para escribir unas cuantas maldades sobre la aburridísima El exótico hotel Marigold, y el disco duro externo, que no recordaba haber dejado allí sin amarras, cae al suelo. Es un ligero “crash” el que llega a mis oídos. Ni siquiera ha rebotado en la baldosa. Ha caído plano, barrigón, como un saltador desentrenado del trampolín. Más “plof” que “crash”, realmente. Lo recojo, vuelvo a conectarlo, y el monitor, para mi sorpresa, se vuelve todo azul, y empieza a escupir códigos alfanuméricos, anglosajones, de los que sólo entiendo uno en concreto: disco duro escoñado; siniestro total. Se me ha muerto el disco de un golpecito, de un ligero cachete, que seguramente le ha alcanzado en la nuca, o en el centro justo del corazón. Cerca de cuarenta películas llevaba guardadas en su vientre, el fruto de mis saqueos por los siete mares que yo atesoraba como una hormiguita para pasar el verano sin apuros. Ahora, por culpa de un descuido, yacen perdidas en el fondo del mar, a kilómetros de profundidad de mis conocimientos informáticos. Podría organizar una expedición de rescate y llevarlo a la tienda, a que un nerd desenvuelto y vivaracho desenredara los datos. Pero temo que me van a estafar, y que me va a salir más cara la reparación en los astilleros que la compra de un nuevo barco. 


Trato de apuntar en una libreta los títulos perdidos en el naufragio, para volver a robarlos con la paciencia infinita del pirata profesional, pero apenas puedo recordar una veintena de ellos. Los otros veinte, que en su día tuve por urgentísimos, por imprescindibles, que me hicieron perder tiempos preciosos entre mares embravecidos y calmas chichas inaguantables, ahora se desvelan como caprichos de neurótico, como antojos de embarazada. No serían tan grandes películas, o tan necesarias películas, si ahora que trato de recordarlas descubro que se han fugado de mi sala de urgencias. No eran el fruto de mi curiosidad, o de mi cinefilia responsable, sino el síntoma inequívoco de mi ansia viva, de mi voracidad primitiva, ¡de mi sinsentido del tiempo!, que sigue soñando con espacios siderales donde los días y los años se suceden en un infinito inagotable y sucesivo, en el que no existen ni el deber, ni el trabajo, ni la muerte. 



Con este disgusto mayúsculo del disco duro destrozado y de mi enfermedad mental renacida, ya no quiero escribir nada sobre El exótico Hotel Marigold. Tuve que haberla dejado a los quince minutos , cuando percibí –y no es un gran mérito intelectual que digamos- el tono antenatresiano y sobremesero de su propuesta. Los ancianitos en la India folklórica y sus cuitas sexuales del pito caído y la vagina reseca... Bah. Una tontería sufragada por el INSERSO británico –INSERSOU- para convencer a las personas mayores de que viven en la mejor de las edades, y que han de seguir comprando, y  viajando, y poniéndose guapos, para que siga la fiesta y no decaiga el negocio. Una ridiculez sentimental que sólo salvan sus grandes actores y sus tremendas actrices, y que sólo he sobrellevado hasta el final por respeto al buen amigo que me la recomendó, ahora un poco menos amigo en el escalafón, degradado en un rango al menos, o quizá en dos, quién sabe, si no dejo de escribir ahora mismo y dejo de acumular sulfuro en la sangre...


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Sueños de seductor

1 Sueños de seductor habría sido un gran título para dar nombre a este diario, porque realmente yo estoy aquí para fantasear con mis amores, y lo demás es verborrea, y tiempos muertos. Pero Woody Allen me lo robó hace más de cuarenta años para titular su comedia de Broadway. Y luego la película.



2 Una de las mejores ideas en la carrera de Allen es el fantasma de Bogart que aquí ayuda a su personaje en las conquistas sexuales, como consejero trasnochado del ligoteo. Impagable la  secuencia en la que ambos tratan de vencer la resistencia de Diane Keaton, borracha en el sofá. Menos mal que, al final, Allan-Allen no le zurra las cuatro bofetadas que le recomendaba Humphrey. 


3 Nancy se quiere divorciar de Allan-Allen y en su lista de reproches figura éste, tan familiar:
-         Lo único que hago contigo es ir al cine
-         Escribo para una revista cinematográfica. Además, a mí me gustan las películas
-      Te gustan las películas porque tú no eres más que un observador de la vida. Pero yo no soy así. Quiero actuar, quiero vivir, quiero participar



4 Una de las imágenes imborrables que pueblan mi pinacoteca cinéfila es la cara de Woody Allen en la penumbra del cine mientras ve el final de Casablanca, en la secuencia inicial de la película. Enamorado de Ingrid Bergman y envidioso de Humphrey Bogart, Woody descuelga el labio, expande las retinas, musita los diálogos. Está atrapado por la magia. Su cuerpo permanece sentado en la butaca, pero su espíritu ha traspasado la pantalla, y el tiempo. El también está en Casablanca, en el aeropuerto cubierto por la niebla, compartiendo el gran amor y la gran tragedia. Un viaje astral como el de Mia Farrow en La Rosa Púrpura de El Cairo, pero en sentido contrario. Así debe de ser también mi rostro en la penumbra del salón, cuando envidio a Don Draper, o me enamoro hasta los huesos de Jessica Chastain. Todo un reflejo.



5 La belleza, una vez más, imposible no mencionarla, de Diane Keaton. Sólo le faltaban unos añitos, y un par de ajustes dramáticos, para pasar a la inmortalidad con Annie Hall.



6 Allan-Allen en el museo de arte, ante el cuadro abstracto, tratando de ligar con la joven bellísima que también lo contempla:

-         ¿Qué vas a hacer el sábado por la noche?
-         Suicidarme
-         ¿Y el viernes por la noche?


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La última noche de Boris Grushenko

Ahora que he descubierto que el mismísimo Bergman presumía de ser un cineasta incompresible, y que ya no tengo, por tanto, el deber cinéfilo de seguir aguantándolo, quedo liberado de su exégesis para inaugurar este anhelado ciclo de Woody Allen. No uno completo, que se haría eterno y redundante, pero sí uno que rescate sus obras maestras, sus grandes películas, también las obras menores que uno vio en su día con poca atención o con mucho sueño acumulado, y que no han dejado ningún poso, y casi ningún recuerdo.
            Prescindo de sus primeras comedias alocadas -simples acumulaciones de chistes que ahora no hacen reír ni a los adolescentes- e inauguro este certamen con La última noche de Boris Grushenko. Al terminar la función, uno viene a este ordenador dispuesto a escribir muchas cosas sobre el amor y la muerte, sobre el destino y el sexo, que también son temas muy de Bergman, muy de película sueca en blanco y negro, pero que Woody Allen, que primero fue cómico antes que fraile, showman antes que filósofo, endulza con un poco de humor para que los espectadores más corticos digiramos sus reflexiones.  



Uno se sienta feliz al teclado, fresco y desatado. He vivido un invierno muy largo en compañía de Bergman, allá en su isla del Báltico, y ahora con Woody Allen, en primavera, regresan las ganas locas de escribir a favor de alguien, y no a la contra. Son unas ansias casi verborreicas de expresarse y de gritar, que corren el peligro de salirse del cauce y anegarlo todo de tonterías y banalidades. Sin embargo, después de cinco minutos enfrentado a la página en blanco, el cursor no se ha movido de su sitio. ¿Cómo empezar a hablar de Woody Allen, de sus películas, de sus intenciones cómicas o dramáticas, si ya está todo dicho? ¿Qué voy a aportar yo aquí, en estas remotas páginas del ciberespacio, en este sistema planetario de vida escuálida en el que apenas aterrizan cuatro naves espaciales despistadas? Woody Allen es material desclasificado para cualquier cinéfilo que se acerque a su figura. Mejor será improvisar algunas pinceladas sobre la película de turno, alguna impresión personal. Rescatar algún chiste glorioso, alabar la belleza de alguna mujer, reparar en un detalle quizá poco frecuentado. Y de todos modos, qué más da. Los pornógrafos que aterrizan en este planeta sólo buscan desnudos y no me van a leer. Y los otros, los cinéfilos de verdad, los que buscan críticas inteligentes y comentarios enjundiosos, tienen un buen gusto que los aleja instintivamente de estos andurriales.

De La última noche de Boris Grushenko:

           1 El sexo sin amor
— ¡Pero Boris! El sexo sin amor es una experiencia vacía.
    Sí, pero como experiencia vacía, es una de las mejores.



2 Dice Woody Allen que el famoso plano de las cabezas parlantes (que sostienen un diálogo perpendicular y ridículo sobre la muerte y el trigo, y que es un calco del que Ingmar Bergman improvisara en Persona) es un homenaje cinéfilo al maestro sueco. Yo creo que no, que más bien se pitorrea un poquito de él: con cariño, pero con cachondeo. Un puyita lanzada contra su irritante pretenciosidad. 



3 La belleza de Diane Keaton. Nunca fue la más guapa de las actrices, pero tenía... algo. Algo indefinible, afrancesado, de chica guapa y muy simpática. Algo chic. Chica chic. Aquí, en La última noche de Boris Grushenko, fue la precursora estilística –y quién sabe si modelo plagiado- de la Princesa Leia en La Guerra de las Galaxias.




4 El discurso final de Boris:

“La cuestión es: ¿he aprendido yo algo de la vida? Tan sólo que... los seres humanos están divididos en mente y cuerpo. La mente abarca todas las aspiraciones nobles, como poesía y filosofía, pero es el cuerpo el que se divierte. Lo importante, creo yo, es no ser un amargado. Resulta que hay dios, y no creo que sea injusto. Lo peor que se puede decir de él es que ha tenido poco éxito con nosotros.  Al fin y al cabo, hay cosas mucho peores que la muerte. Si han tenido que aguantar alguna vez a un agente de seguros, lo comprenderán perfectamente. El quid de la cuestión está en no pensar en la muerte como un fin, sino en ver a la muerte como el modo más efectivo de reducir gastos. Y en cuanto al amor..., ja, ja, no sé... ¿Qué quieren que les diga? No es la cantidad de relaciones sexuales lo que cuenta, sino la calidad. Claro que si la cantidad es menor de una cada ocho meses, yo lo pensaría mejor. Bueno, hasta la vista amigos míos. Adiós”.



5 El último plano de la película, imborrable, de Woody Allen bailando con la muerte al lado del río, entre los árboles, camino del más allá, mientras suena la música pegadiza y algo estridente de Prokofiev.



6 El Congreso de Tontos de Pueblo de Minsk, al que acude Berdykov, el tonto de la aldea donde nació Boris. Una idea descacharrante, y que da mucho que pensar. Muchos son los pueblos de nuestra geografía que podrían acoger un congreso de tal tipo, pero de carácter comarcal, y permanente, los 365 días del año...



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