Atraco a las 3

Atraco a las 3 es un retrato blanquinegro de la España pobre de los años sesenta. Hartos de contar los billetes que otros roban o evaden al fisco, los empleados del Banco de los Previsores del Mañana, que van cobrando sus sueldos en rácanas y raquíticas pesetas, deciden atracar su propia oficina inspirados en la estética gangsteril de los bandoleros americanos. El cabecilla del atraco, Galíndez –inmortal José Luis López Vázquez- es el único que anhela los millones para llevar una vida de ricachón. Como él mismo dice en una línea de diálogo, ha nacido para ser rico, y no puede remediar el deseo acuciante de los Mercedes, y de las playas del Caribe, al lado de una mujer rubia que no le ame por su belleza interior, sino clara, y sinceramente, por su dinero. Existe un parecido razonable, no sólo físico, sino también existencial, entre este Galíndez oficinista y el Dioni segurata que treinta años después llevó a buen puerto el atraco soñado, y le hizo justicia, efímera, pero gozosa, a la clase obrera.



Los demás secundarios de Atraco a las 3 se suman al plan de Galíndez para tapar los agujeros por los que, poco a poco, se les van escurriendo los sueños.  Los dos milloncejos de la época que les van a tocar en el reparto no les van a cambiar la vida. Ni ellos, tampoco, quieren cambiarla. Sólo quieren vivir mejor, hacerse clase media, sobrellevar las penurias insoslayables con más alegría y desahogo. Presumir ante el vecindario; salir a cenar los sábados por la noche; comprarse un televisor; quizá, también, un cochezuelo barato, para viajar a la sierra los domingos, a respirar el aire puro y escuchar los partidos del fútbol al mismo tiempo que el trinar de los pájaros. A qué países extranjeros iban a ir, de todos modos, con esas pintas, sin saber inglés, amarrados a la esposa, o a la suegra.  



Hace tan sólo cinco años, Atraco a las 3 era una película vieja, divertida, la tragicomedia de una España decadente y superada. Ahora, para nuestra desgracia, ha recobrado una vigencia inesperada. Sus pobres ya no nos parecen tan pobres. Vemos a estos empleados mal pagados y nos acordamos mucho del pariente que ahora también trabaja en un banco, que antes ganaba un buen sueldo y ahora le tiran monedas para que las coja con los dientes, como un perro, los muy hijos de puta. Hay algo en las caras de los actores, algo de la necesidad y la amargura que esas gentes vivieron en la posguerra, que está regresando a los rostros de los trabajadores (y sobre todo no-trabajadores) de nuestro tiempo. Aún no pasamos hambre, pero ya estamos empezando a comer mierda muy barata.  Sabemos que los personajes de Atraco a las 3 son de hace tiempo porque  salen en blanco y negro, y visten distinto, y no llevan teléfono móvil. Por lo demás, se parecen mucho a los desgraciados que ahora mismo malviven con sus sueldos recortados, con sus prestaciones denegadas. En un viaje de ida y vuelta que ha durado cincuenta años, estamos otra vez como al principio, viendo pasar los billetes que otros desfalcan, o directamente utilizan para limpiarse al culo. En esto se quedó la Transición, y la amada Monarquía, y los primeros de Mayo de banderas rojas y tricolores exhibidas en libertad. A falta de justicia social, los curas han vuelto a tomar las calles para predicar las virtudes de la caridad, y recordarnos a los pobres la bondad intrínseca de los ricos que aportan sus limosnas. Y da gracias al Señor, te recuerdan, además. 



En una escena de la película, los confabulados visitan a su compañero Cassen en el hospital, recién operado de apendicitis. Llegan justo a la hora de la comida, y quedan sorprendidos del menú excelente que allí se sirve. Salivan, especialmente, ante una pechuga de pollo que está gritando cómeme, doradita y jugosa. Le piden permiso para probar un bocado y al final terminan, entre todos, dejándole sin almuerzo. No comen con gula, sino con hambre. El enfermo, sin embargo, no se enfada con ellos. Dice que ha comido tanto en esos días que está casi harto, y que no le viene mal un respiro. Hace unos pocos años, ésta era una secuencia cómica, donde nuestros grandes actores exhibían el gracejo y el oficio. Ahora ya no te ríes con la ocurrencia. Yo ya he visto antes esta escena, en la vida real, hace unos meses, en el hospital comarcal del siglo XXI, mientras paseaba por el pasillo y espiaba de reojo las habitaciones. Atraco a las 3 se va haciendo drama, documento, informe semanal...


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Twin Peaks. La Gioconda rubia

Me empieza a aburrir, y mucho, Twin Peaks. Con el paso de los capítulos uno ha caído en la cuenta de que hay personajes troncales, pocos, que participan decisivamente en el misterio de Laura Palmer, y secundarios prescindibles, muchos, que sólo están ahí para hacer de americanos pintorescos, y estirar con sus pamplinas el chicle de los minutos. Al principio timorato, pero ahora ya sin complejos, estas tramas sin chicha las voy pasando por el turmix del mando a distancia, acelerándolas sin piedad como persecuciones de policías y ladrones en la Keystone del cine mudo. Y lo hago sin que la historia principal se me despiste, o se me enfangue. Mal síntoma, pues, para una serie tan beatificada, a punto de obtener ya la santidad apostólica. 



Extrañado y avergonzado de mi creciente desilusión, leo en internet que David Lynch iba y venía de la serie sin mucho interés, atrapado en otros proyectos, o aburrido de marear la perdiz del asesino. Leo con sorpresa que en muchos episodios él sólo pasaba por allí, a supervisar por encima los guiones, a estrechar la mano del director de turno para desearle buena suerte. Y se nota. De los sueños acuciantes y los humanos tarados que teñían de oscuridad las primeras entregas, hemos pasado a la ñoñería sentimental del americano medio, y a la sobreactuación risible de unos maleantes de pacotilla. David Lynch es un caricaturista onírico de la vida, un tipo al que le salen retratos muy afilados, muy negros, siempre sombríos y perturbadores. Como pinturas negras de Goya, o como ironías crípticas de Buñuel. Pero esto último de Twin Peaks ya es una caricatura de la caricatura, una fotocopia de la fotocopia. Un subproducto televisivo en el que muchas veces lo mejor llega al final, en los títulos de crédito, con esa sintonía mágica de Badalamenti, con ese retrato de Laura Palmer con el pelo recogido que viene a ser como una Gioconda de nuestros tiempos, de sonrisa más franca, menos enigmática tal vez, pero mucho más guapa que la señora aquella de Florencia, que era, vamos a decirlo todo, un callo de mucho cuidado. 



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A propósito de Elly. Taraneh Alidoosti

A propósito de Elly es la película de Asghar Farhadi inmediatamente anterior a Nader y Simin. La encaro con la intención de aprender nuevas sociologías sobre la clase media iraní que, barba arriba, chador abajo, tanto se parece a la pequeña burguesía española. Los personajes de Asghar Farhadi no son los paletos habituales que saca Kiarostami en sus películas, ni los ciudadanos desencantados a los que Panahi sigue por las calles deambulando. Farhadi rueda películas, no documentales agrícolas, ni seguimientos voyeuristas. Este hombre, aunque sea una costumbre desusada en el cine iraní, se presenta en los rodajes con un guión escrito previamente, con sus diálogos, sus descripciones, sus atmósferas sugeridas. Un cineasta clásico, sistemático, ¡occidental!, al que van premiando en los festivales del ancho mundo casi a regañadientes. Porque sus películas son cojonudas, y te dejan el poso amargo de lo inconcluso, de la flaqueza humana enfrentada a la tragedia.




A Farhadi le fascinan estos treintañeros iraníes que van alcanzando la edad difícil de la no-protesta. Ya no son los jóvenes contestatarios que montaban el pollo en las universidades, clamando contra los ayatolás. Como todos los treintañeros del mundo, ahora viven pendientes de sus matrimonios, de sus hijos pequeños, de los pequeños períodos vacacionales que pasan a orillas del mar. De algún orgasmo  que de vez en cuando les devuelva la alegría de vivir. La teocracia que en otras películas iraníes es blanco continuo de los dardos, aquí sólo es el horizonte fastidioso que no les impide disfrutar de la vida, ni privarse de ciertos lujos. Esta burguesía iraní se parece mucho a los españoles  que transitaron por el franquismo quejándose del régimen, sí, pero con la boquita pequeña, mientras salían de merendola con el Seiscientos, y cenaban opíparamente por Navidad. Ver una película de Farhadi es como asomarse a un Cuéntame cómo pasó ambientado en Irán, pero en los tiempos modernos, y con un pulso muy firme en el guión: nada de cursiladas, ni de concesiones estúpidas, para que se sumen alegremente los niños, y los abueletes, a tararear la puta sintonía del Cola-Cao.


 Taraneh Alidoosti es el séptimo amor mío de este año. Ella es la actriz hermosérrima que interpreta a Elly, la mujer que da título a la película. Su personaje desaparece misteriosamente a los tres cuartos de hora, no se sabe si viva o si muerta, pues ahí reside el quid dramático de la trama. Y uno, que ya se había enamorado perdidamente de ella, y que se había quedado colgado en su rostro mientras la película discurría por ahí abajo, se pasa el resto del metraje mirando el reloj, valorando las posibilidades de que ella, como en un milagro del Corán, reaparezca entre las aguas, o entre los montes. Es una ocurrencia muy estúpida de Farhadi, que podría haber elegido a una actriz menos guapa para interpretar ese papel, y reservarle a Taraneh uno que durase la película entera, que mujeres en chador salen unas cuantas, y mucho más rato, y mucho más feas.


Es precioso, el nombre de Taraneh, con esa hache del final –supongo aspirada- que envuelve su nombre en un hálito de enigma arábigo, como de princesa predispuesta al sexo de Las Mil y Una Noches. Su apellido, sin embargo, rompe el encanto de esa hache sensual con un hostión de muy difícil pronunciación. Alidoosti parece más apropiado para un jugador de fútbol que para una actriz preciosa con dos ojazos como dos mares del Caspio, que te dan ganas de hacerte musulmán en un periquete y coger el petate para buscarla por esos mundos de dios, o de Alá, en Teherán, o en El Toboso, o en un poblacho de los que frecuentaba Kiarostami, a pedirle una oportunidad, postrado de rodillas, y con barba de varios días, a lo iraní, para empezar a gustarle...


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Malas tierras


Vuelven, como cada mes de abril, las tardes apasionadas del fútbol europeo, y las noches relajadas del billar británico. Es un período vacacional que yo mismo me prescribo, saturado ya de esta pasión enfermiza por las películas, y por las mujeres hermosas que salen en ellas. Si no fuera por este descanso que me trae la primavera, acabaría más loco de lo que estoy, incapaz de distinguir entre la vida real y la vida filmada, entre las mujeres tangibles y las que sólo son puntos luminosos animados por un chip. 
        Con la mirada fija en el verde del césped o del tapete inicio un viaje astral que me lleva muy lejos del mundo real,  aterrizando en una vida virtual que ya no es el escondite habitual de las películas, que ya no es fotocopia o trasunto de los asuntos humanos, sino destilación y síntesis abstracta donde rigen la geometría y la disyuntiva de los espacios. Recuerdo aquel episodio de Los Simpson en el que Homer, huyendo de sus cuñadas, se escondía en el armario ropero que lo enviaba a una tercera dimensión en la que ya no era dibujo bidimensional, sino colega nuestro del alto y del ancho, del detrás y del delante. Del mismo modo que Homer sube el peldaño de una dimensión adicional, uno, expectante del balón que vuela o de las bolas que ruedan, consigue, sin mover el culo del sofá, ascender a una cuarta dimensión que sólo es espacio euclidiano que hay que defender o conquistar, aplicando tácticas o fórmulas. Una paz geométrica donde apenas se escucha el eco apagado de las pasiones humanas, con sus tonterías, y sus banalidades. Ese nirvana, quizá, que tanto ansiaba Buda bajo las copas de los árboles. 



Voy viendo las películas pendientes, sí, pero lo hago a trozos, a saltos, como un espectador irresponsable sin método ni ganas. Inicio una retrospectiva de Terrence Malick con Malas tierras, pero la urgencia de los partidos me obliga a dividirla en dos sesiones, y la mala conciencia de estar pecando me arruina el placer del reencuentro con el paisaje ya mítico de las Badlands de Montana. Luego, al terminar la película, uno quiere escribir sus ocurrencias habituales sobre la misantropía, o sobre los amoríos; dejar constancia en este diario de la cruda filosofía que mueve a los personajes de Terrence Malick, o del fuego impetuoso que siempre encendió el rostro pecoso y juvenil de Sissy Spacek. Pero el porro matemático que voy fumando a todas horas me ralentiza los razonamientos, y me ofusca la sintaxis. Los dedos, además, viven estos días en una laxitud que apenas alcanza para pulsar el mando a distancia, o para manejar el tenedor de la cena. Es una vagancia disfrazada de afición a los deportes que me exime de esta responsabilidad de la escritura, a veces insoportable, y casi siempre infructuosa. Una dimisión, sí, en toda regla.


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Young adult

En Young adult, una escritora neurótica, treintañera urbana a punto de asomarse al abismo hormonal de los cuarenta, decide regresar al pueblo para reconquistar a su antiguo novio y sentar la cabeza junto a él. Harta de la vida disoluta que lleva en la ciudad, sueña con una existencia más sencilla y ordenada, alejada de los ritmos diurnos, y de las tentaciones nocturnas que poco a poco la van volviendo loca.




Nuestra protagonista es una mujer hermosa, antigua reina de la belleza en su etapa colegial. Ella es –¡nos ha jodido!- Charlize Theron, y le basta una mirada en el espejo para saber que sus ojos de gata y su cuerpo de gacela dejarán patidifuso al hombre que ahora pretende recuperar. Éste, sin embargo, vive felizmente casado, y acaba de estrenar una paternidad que celebra a todas horas con un entusiasmo contagioso y pelmazo. Aunque su mujer esté a años luz de la belleza inmaculada de Charlize, Buddy vive en un paraíso armonioso de responsabilidad y fidelidad al que no está dispuesto a renunciar. Las palabras muy serias terminadas en “ad” gobiernan su vida de hombre maduro, y no quiere adentrarse en las selvas ignotas de sufijos inquietantes y peligrosos, como adulterio, o fornicio. Negará tres veces a Charlize Theron antes de que acabe la película,  aunque ella se le presente en las citas vestida con trajes escotados, o le recuerde al oído antiguas mamadas de novietes que una vez lo volvieron loco de alegría. Si algún asomo de duda llega a cruzar por sus ojos, lo hace a la velocidad del rayo, como espantado por el pecado mortal del adulterio. Es ahí donde Young Adult deja de ser comedia ácida, o tragedia cómica, para convertirse en el retrato psiquiátrico de un hombre con evidentes problemas mentales, autista, quizá, o prosoagnósico peculiar, incapaz de reconocer la belleza femenina que a otros nos deja sin habla.



 Uno alucina con la frialdad monacal con la que este hombre recibe las insinuaciones sexuales de Charlize. Nunca se ha visto una cosa igual en el mundo ficticio de las películas. Sólo las piedras, o los bloques de hielo, alcanzan estas alturas de hieratismo mineral. Uno lo ve, pero no se lo cree. Y la película, poco a poco, va decayendo. La falta de respuestas verosímiles y antropomorfas convierten Young Adult en una comedieta bizarra y fallida. Y no es que uno apueste por el adulterio, y por la ruptura alegre de las familias. Allá cada cual con su conciencia. Lo que yo digo es que un hombre hecho y derecho, completo y bien programado, al menos dudaría en tal tesitura sexual. Uno que esto escribe se imagina asediado por Charlize Theron, y ya sólo con la fantasía empiezan a temblarle las piernas, y los dedos que teclean estas tonterías, descoordinados ya en el intento, sudorosos, y nerviosos...


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Shame

Shame es la historia de un macho alfa  al que le basta media sonrisa y un alzamiento de ceja para conquistar a las mujeres más guapas de los garitos nocturnos, allá en Nueva York. Más tarde, ya en su apartamento exclusivo, cuando les enseña el rabo kilométrico y cachondo que lleva recogido en el calzoncillo, ellas, las mujeres sofisticadas, comprenden que no se han equivocado con la elección. Pocas veces lo hacen, en realidad, estas mujeres tan inteligentes Les basta con un simple reojo en la penumbra del bar para distinguir al macho dominante que exuda autoconfianza, del baboso que trata de disimular su irrelevancia con la gomina y el traje caro. Tienen un sexto sentido entre gatuno y reptiliano, las muy felinas.



Ocurre, sin embargo, para perplejidad de mi antropoide interior, que nuestro superdotado protagonista es un hombre infeliz. Acostarse con las mujeres más guapas de la noche, y trajinarse a las prostitutas más exclusivas de la ciudad, no son placeres que satisfagan sus ansias locas de vivir. Él querría enamorarse de una mujer que luego le prepararse el desayuno, le acompañase en la lectura del periódico, y luego, incluso, le discutiese las opiniones. Pero el personaje de Fassbender vive preso de un conjuro que se la pone muy tiesa cuando sólo folla por placer, y que por contra, cuando hay algún sentimiento romántico que se cuela entre los cuerpos, le corta el riego sanguíneo para reducir su miembro a la impotencia. Como un Titanic que naufragara en el simple choque con un beso que flotaba. El querría trascender los cuerpos que se trajina compulsivamente; traspasar la carne palpitante no sólo con su miembro descomunal, sino también con la mirada de rayos X que vislumbrara el corazón que se estremece, el espíritu inmaterial que se agita en el fondo del orgasmo. Pero le falta la fuente de energía, el software adecuado, el gen imprescindible que siendo zigoto se le perdió en los caprichos recombinantes de la mitosis.


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Persona. Las amantes de Bergman.

Casi me quedo dormido dos veces mientras veo Persona, una de las más afamadas películas de Ingmar Bergman. Al principio, encandilado y sorprendido, descubro a una actriz guapísima de pelo cortado a lo Jean Seberg que me recuerda, sin salir de la bendita Suecia, a la cantante rubísima del grupo Roxette. She’s got the look. Descubriré después en internet que la actriz en cuestión es Bibi Andersson, mujer que en otras películas de Bergman había transitado ante mi mirada sin llamar la atención del deseo, quizá disfrazada, o vestida de época. Aquí, sin embargo, la cámara se recrea en sus soliloquios, muchos de los cuales son además muy subidos de tono, con experiencias sexuales de la juventud y cosas así, y uno, casi sin quererlo, pues se había puesto a la defensiva en los cinco primeros minutos ininteligibles, se deja llevar por esta belleza rubia que surca las aguas caóticas del argumento.




            Bibi interpreta a la enfermera encargada de prestar cuidados a una actriz de teatro recién caída en el mutismo, y en la enajenación. La paciente loca es Liv Ullman, nórdica también del rostro bellísimo y de las formas rotundas, de la que luego leeré en internet que Ingmar Bergman, ese gran seductor y pichabrava, cayó enamorado precisamente en Persona. A uno le sorprende que Bergman, exquisito e implacable en su gusto por las mujeres, eligiera a la menos atractiva de la pareja. Siendo ambas nórdicas de rompe y rasga, quien esto escribe no dudaría ni un segundo en elegir a la Bibi Andersson del pelo cortado a lo garçon. Pero había truco, claro: en el segundo párrafo de la lectura descubriré que Bibi ya era una vieja amante de Bergman por esos tiempos, y que el mujeriego maestro sólo estaba probando una nueva fisonomía de mujer, por ir ampliando la colección.



 La fascinación por Bibi Andersson -que en su voz original convierte el idioma sueco en un arrullo sensual de erres y kas -me arrastra por el metraje hasta que en un momento determinado, hacia la mitad de la película, Bergman decide jugar a las falsas identidades y a los simbolismos inescrutables, y convierte Persona en un acertijo en el que ya no sabes si son dos mujeres las que interactúan o si una es el reverso psicológico de la otra, o la otra el reverso psicológico de la una. ¿Es una loca solitaria que desdobla su personalidad como Edward Norton en El club de la lucha? ¿O son dos locas de manicomio que se confiesan sus intimidades en el universo ficticio y compartido de una playa? Con las honorables excusas de siempre -que si la angustia y la depresión, que si la enfermedad y la muerte- Bergman experimenta nuevos códigos cinematográficos que a los espectadores corticos que vivimos en el siglo XXI nos dejan confundidos y mareados. 



Y sin embargo... 
Y sin embargo, a la mañana siguiente, mientras uno se entrega a las rutinas del aseo, las imágenes de Persona siguen rebotando dentro de la cabeza, misteriosas y persistentes. Se han quedado en el primer plano de la conciencia sin que el sueño las haya triturado y digerido.  El barrendero nocturno que otras veces limpia los grafittis de mal gusto antes del amanecer, esta vez ha sido incapaz de borrar las secuencias abstractas que Bergman dejó allí con pintura indeleble. No se me van las imágenes de estas dos mujeres acariciándose castamente ante la cámara. No las entiendo, pero me intrigan. Es algo muy bello, y muy sensual, que seguramente no significa nada, pero que va echando raíces en los surcos hortícolas de mi cerebro, como semillas con vocación de supervivencia. Es un blanco y negro esplendoroso, luminoso, con algo de grano. En la mirada de estas dos mujeres desquiciadas hay ternura, miedo, ensoñación, y también -porque Bergman es un sátiro de mucho cuidado, y yo en eso conecto mucho con él- un esbozo de lesbianismo soterrado. O quizá soy yo quien se imagina todo esto. Quizá no hay nada alegórico en esas composiciones, sólo dos mujeres bellísimas a las que Bergman, amante de ambas, rinde un íntimo y enigmático homenaje. Asuntos muy privados, y muy caseros, en todo caso. 



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Kiarostami contraataca

Leo en el periódico que un nuevo terremoto ha asolado las tierras de Irán, esta vez en la frontera con Pakistán. El primer sentimiento que emerge de las tripas es el lamento por las víctimas mortales que ya anuncian las agencias de noticias. El segundo -y no pretendo hacer comedia con la tragedia tan reciente, sino más bien ahondar en ella- es el miedo cerval a que Abbas Kiarostami coja la cámara y se plante allí para regalarnos una nueva trilogía sobre la reconstrucción inmobiliaria y moral de sus compatriotas caídos en desgracia. Con cuatro mandangas que filmase entre los cerros y los rebaños, ya le caerían decenas de galardones en los festivales del ancho mundo. Y uno, ante el peso abrumador de los premios, aunque haya jurado que nunca más recaerá en la tentación, se vería en la obligación cinéfila de verlas, por decencia, por decoro, sabiendo que iba a perder tres noches preciosas de su vida en el intento, aunque luego, eso sí, se echara unas risas aquí, con los colegas de la cinefilia protestante.

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Cisne Negro

Tanto he hablado estos días de mi amor rendido por Jessica Chastain, y de los cuernos que a veces le pongo con Leonor Watling, que ya casi me había olvidado de que soy un hombre casado. Hoy he vuelto a ver Cisne negro para recordar el voto de lealtad que me une a mi esposa, y que a veces se me extravía, o se me olvida, cegado por el deseo instantáneo que me encienden algunas mujeres indiscutibles. 
Hace ya diecisiete años que contraje matrimonio con Natalie Portman en un casamiento apresurado, clandestino, celebrado con cuatro velas en las catacumbas oscuras de mi salón. Ella sólo tenía quince años cuando nos conocimos en una proyección de Beautiful girls, y tuvimos que amarnos a escondidas de las leyes, y sin la aprobación de los familiares. Y sin el conocimiento, por supuesto, de mi esposa real en la vida triste de las no-películas. Natalie y yo nos casamos en un idioma inventado que no era inglés ni castellano, a medio camino de nuestras realidades tan diferentes. Para vernos, y mantener fogosos vis a vis que refuerzan nuestro amor, nos citamos en una isla mítica que emerge en mitad del océano sólo para estas ocasiones, a requerimiento de los amantes, un territorio sin ley en el que no vive ningún teniente de alcalde, ni ningún cura investido de ultrapoderes, solos Natalie y yo con las aves migratorias, y con los líquenes que allí crecen.



 Natalie participa de todas las cualidades femeninas en un equilibrio exacto y milagroso. Es una mujer hermosa, pero no explosiva; recatada, pero no remilgada. Sexy, pero no sexual. A veces parece una niña y a veces te deja patidifuso con cuatro gestos de mujeraza. A veces parece una virgen a punto de desmayarse y otras te mira así como de soslayo y la lujuria chisporrotea en sus ojos almendrados. A veces sus pómulos se ruborizan con una tontería inocente e infantil, y otras se encienden con el fuego incandescente del deseo sexual.  A veces ni siquiera parece una mujer, sino una diosa modesta, terrenal, de las que se pasean entre nosotros para regalarnos la placidez que provoca su contemplación, generosa y benévola. Natalie tiene algo de etéreo, de inhumano, de deseo inaprensible. Es como si viviera entre nosotros y al mismo tiempo no estuviera aquí, holograma, o espejismo. A veces la fotografían tan bella en las películas, y tan pura, que se vuelve transparente, y ya sólo vemos el ectoplasma muy tenue del espíritu que anima sus movimientos. Natalie es el punto exacto donde se entrecruzan todas las poesías y todos los adjetivos. Vive como suspendida sobre la realidad. Es más espíritu que otra cosa. 



Termino de ver Cisne Negro y el amor renacido por Natalie me regala una hora más de vida, retrasando la huída cotidiana y cobarde hacia el sueño. Veo un nuevo episodio de Twin Peaks y me encuentro, quizá por casualidad, quizá en un guiño intencionado de los dioses, con este romántico aforismo que enuncia el agente de policía Hawk, no sé si perteneciente al acervo cultural de los indios, pero muy certero, en todo caso, y muy apropiado para este romance en el que Natalie Portman es emperatriz de mis Aurículas del Norte, y de mis Ventrículos del Sur. 

 “ Una mujer puede hacerte volar como las águilas. Otra te da la fuerza de un león. Pero sólo una en el ciclo de la vida te llenará el corazón de júbilo, y te acercará a la felicidad”.


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Los comulgantes

Si hace unos días, con el silencio trastornado de aquellas dos hermanas bellísimas e incestuosas, Bergman extrajo de mi quijada los bostezos más amplios que uno recuerda, hoy, en cambio, con el silencio de Dios que se apodera del alma atormentada de este pastor luterano en Los comulgantes, mi quijada reposa tranquila de sus masticaciones, y es el alborozo del espectador complacido el que se abre y se expande para estar muy atento a las conversaciones que se van sucediendo en la sacristía y sus aledaños.




            Para uno que esto escribe, que dejó de escuchar la voz de Dios hace mucho tiempo, cuando tuvo que elegir entre el cielo o la lujuria, entre las nubes de algodón o las mazmorras ardientes del pecado, esta crisis del pastor Tomas Ericsson no le pilla muy de sorpresa. Uno siempre ha sospechado que son muchos los sacerdotes descreídos de su fe. De muchachos, cuando son ordenados en solemne sacramento, se les hace entrega de una caja que guarda el secreto valiosísimo de la Suprema Existencia, envuelto en mil celofanes multicolores de encíclicas y teologías, y tarde o temprano, los más dubitativos, los que sintieron la llamada de Dios una mañana lluviosa de domingo y nunca más volvieron a escucharla, les da por mirar dentro y no encuentran nada. El interés de Los comulgantes no está en el grito angustioso de sus personajes –del propio Bergman, realmente- que llaman a Dios sin obtener respuesta de esos cielos plomizos que se ciernen sobre Suecia. Allí porque siempre está nublado, y en las costas del Mediterráneo porque siempre hace sol y aprovechan para entregarse a los placeres mundanos, el caso es que estos suecos y suecas han nacido para ser gentes descreídas. Quién creería, además, viviendo en Estocolmo o en Malmoe, en un dios adusto de barba blanca que nos vigila con el catalejo triangular desde una nube, teniendo alrededor, en cualquier dirección que reposes la mirada, un ejército terrestre de diosas rubísimas, hijas de Odín y hermanas de Thor, que se codean contigo en cada trámite de la vida, carnales y próximas, tan poco metafísicas que hasta puedes tocarlas y oler su perfume. 



No. El silencio de Dios entre los suecos es un hecho que damos ya por descontado. Lo importante de Los comulgantes no reside en este drama. Ni tampoco en ese gélido amorío que viven el pastor luterano y la maestra rural enamorada de él sin esperanzas, pues nadie podrá sustituir a la fallecida esposa del predicador, que al parecer lo volvía loquito en la cama, y le tenía tan feliz que no necesitaba plantearse la existencia de su Creador al comienzo de cada sermón, tan contento con su vida, y con su rutina pueblerina. Lo que me interesa de Los comulgantes es la tragedia cotidiana de quien se levanta todas las mañanas para ir a trabajar pero ya no cree realmente en su trabajo. De quien vive de predicar la palabra de Dios, o la palabra de la ciencia, y sin embargo hace ya tiempo que dejó de creerse sus propios discursos. Pienso en los sacerdotes sin fe, sí, pero también en los pedagogos que han comprendido el poder irrebatible de la genética; en los adivinos que han descubierto que lo suyo sólo son chiripas afortunadas; en los psiquiatras que han comprendido que sólo la exactitud de una medicación, y no los mamotretos ni las sesiones en el diván, pueden curar a sus enfermos de la locura. Pienso en la miseria cotidiana de esta gente, escéptica del oficio que una vez creyeron sustentado sobre firmes verdades, y que ahora han de fingir su convicción para seguir pagando las facturas, y llenando los platos de comida. También pienso, por supuesto, en los políticos. Pero estos, a diferencia de los otros infelices, son autómatas sin alma, cínicos perfectos, gente sin escrúpulos. Los políticos jamás flaquean cuando sueltan sus mentiras en público. Y si alguno flaquea, jamás llegamos a verlo en la televisión, ni en los mítines, porque nunca lo promueven desde su pequeño ayuntamiento, o desde su insignificante labor en la militancia. Ningún asomo de duda ensombrece la mirada o entorpece la palabrería de quien va superando los filtros del partido. Mienten con tanta maestría que no te los puedes creer. Que no te los debes creer.


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Exit through the gift shop

Uno pensaba que Exit through the gift shop iba a ser un documental enjundioso sobre Banksy, el grafitero más famoso del Street Art, personaje encapuchado y enigmático, autor de esas ingeniosas provocaciones que decoran los muros de varias ciudades, y que ya se han convertido en patrimonio artístico protegido, como pinacotecas al aire libre, como pinturas rupestres que dentro de algunos milenios sólo podrán visitar los expertos arqueólogos, para que no se estropeen.  Pero resulta que no. Exit through the gift es, al parecer, porque tampoco queda muy claro en el juego de engaños, un documental que el mismo Banksy ha realizado sobre el tipo que lo perseguía con su cámara por doquier, mientras pintaba sus transgresiones. Y ni siquiera esta línea argumental queda muy clara, pues el tal maniático de la cámara, conocido en el mundillo como Mr. Brainwash, artista hiperactivo y de medio pelo, es un personaje que queda a medio camino entre la realidad y la ficción. ¿Existe, realmente, este tipo bigotón que empezó su carrera haciendo de cameraman y ahora vende sus pedos pintados a millón de dólares por efusión? ¿O sólo es un actor –prodigioso, en tal caso- que sigue al pie de la letra el guión ficticio elaborado por Banksy?  Dicen algunos que Mr. Brainwash sí existe, que basta una búsqueda sencilla en internet para encontrar sus referencias biográficas, y sus producciones artísticas. Otros, en cambio, aseguran que lo que figura en internet también es falso, la continuación de esta coña marinera sobre las falsas identidades, y el falso arte, que Banksy ha perpetrado a plena luz del día para reírse de nosotros, los espectadores crédulos.


Ni siquiera la muerte de Margaret Thatcher me anima a ver La dama de hierro, ese biopic complaciente con su figura del que ya renegué hace unos meses en este diario. Que Dios, que siempre ha sido de derechas, y que una vez abroncó a su Hijo por soltar la metáfora aquella del ojo y la aguja, tenga en su Gloria por siempre a esta tenebrosa mujer. Los que pertenecemos a la clase proletaria –ya saben: perezosos, incompetentes, pedigüeños, lastimeros, rufianescos en una palabra- ya no la volveremos a ver, ni en esta vida, ni en el infierno especialmente diseñado para los rojos que nos aguarda, con mucho azufre y mucho carbón para asarnos a la parrilla. Para qué, pues, tomarse la molestia. 


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El silencio

Hace apenas quince años, cuando internet era todavía una tecnología en pañales, las únicas opiniones que uno escuchaba sobre las películas eran las que soltaban los críticos afamados de la radio, o de las revistas. O de la tele, en Qué grande es el cine. Recuerdo con terror aquellas tertulias maratonianas donde los fumadores compulsivos que rodeaban a Garci extraían una inagotable palabrería de películas antiquísimas e insufribles, sólo porque eran en blanco y negro, o porque la habían visto de universitarios en una sesión doble de la Filmoteca, o porque enseñaba el tobillo una actriz francesa de la que anduvieron muy enamoriscados por la época, en aquella España censurada y casposa donde cualquier centímetro cuadrado de piel que no perteneciera a la cara o a las manos desencadenaba las furias de la masturbación agradecida. Los críticos de Garci, como casi todos los críticos que vivían de exponer sus sagradas opiniones en los medios, vivían en un rollo que no era el mío, ni el de mi generación. Nosotros, los que nos criamos con una espada láser de juguete en la mano y la otra haciendo el gesto hipnotizador de los Jedi, nos dormíamos en las madrugadas de los lunes mientras ellos, como viejetes al calor de la hoguera, rememoraban las mil anécdotas de sus hazañas intelectuales en los círculos del arte y ensayo.

Cuando terminaba la película y despertábamos del ronquido, o de la ausencia, ellos, los críticos profesionales, venían a rellenar las lagunas vastísimas de nuestra incomprensión con toneladas de argumentos irrebatibles. Donde nosotros sólo habíamos visto el capricho pomposo de un cineasta entregado a sus personalísimos simbolismos, ellos, los veteranos, los preparados, los que se hicieron miles de pajas en su juventud pensando en las rodillas de Anna Magnani, encontraban toda una filosofía de la vida, toda una metafísica del espíritu, toda una semiótica de la humanidad oculta en los diálogos y en los giros de la cámara. 



Hace quince años muy pocos se hubiesen atrevido a criticar una película como El silencio.  A Ingmar Bergman se le trataba de usted, y de excelentísimo señor. Si no entendías sus perifollos o sus onanismos, era un problema tuyo, no de él, doctísimo maestro del alma humana. Nadie en la élite opinatoria se atrevía a denunciar que algunas películas suyas no se entendían, que se estaban quedando viejas, que a veces el maestro sueco dormía a las ovejas que pastaban en los alrededores. Que algunas obras, en efecto, como Fresas Salvajes, o El manantial de la doncella, habían adquirido la categoría de clásicos atemporales, por su sobriedad, por su mensaje, por sus interpretaciones mesuradas. Pero que otras muchas, demasiadas, se habían tornado enrevesadas, incomprensibles, a veces ridículas en su pretendida teatralización de lo metafísico. Como El silencio. Aunque se nos regale el bello rostro de Ingrid Thulin. Aunque se nos vaya la mirada en el cuerpo infartante de Gunnel Lindblom, y luego, en insólito atrevimiento del año 63, se nos haga llegar el rumor de que estas dos suecorras, hermanas para más señas, practicaban el incesto calenturiento en sus años mozos, y que por eso se han quedado así de traumatizadas, y de silenciosas, la una fingiendo que se muere a chorros en la cama, la otra vagando por las calles en busca de un maromo atractivo que la contente. Ni estas enjundias sexuales, a veces de una carnalidad explícita y sorprendente, le reprimen a uno el acto reflejo del bostezo.



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Bronson

No acierto a saber qué quería contarnos Nicolas Winding Refn en Bronson. Que al principio de la película nos avisen de que vamos a ver una historia real no ayuda mucho a la comprensión cabal de sus intenciones. El tal Charlie Bronson es un psicópata agresivo y demenciado que lo mismo apalea a un compañero de celda porque éste lo ha mirado de reojo, que le clava un pincho al funcionario de prisiones porque lleva muchos meses vegetando en la misma cárcel y ya le apetece un cambio de aires, con nuevas rejas a las que asomarse, y nuevos desconchones en la pared en los que fijar su mirada lunática. Más que un preso o que un loco, Bronson es un turista de las cárceles. Él transita feliz de un centro penitenciario a otro. Parece ansioso por  batir un récord británico de traslados en furgoneta, o simplemente le va la marcha del desafío permanente a la autoridad, como aquel Paul Newman más pacífico y socarrón de La leyenda del indomable.

        

            Sea como sea, nada queda claro en la película. O al menos en sus primeros cincuenta minutos, momento definitivo en el que este espectador aburrido, otras veces admirador incondicional de los pasotes mentales de NWR, abatió su cuello hacia delante en señal de rendición, y de fastidio. Regresé de la involuntaria hibernación veinte minutos después, cerca ya del final de la película, pero ni siquiera la proximidad del desenlace me hizo perseverar en el intento. Bronson seguía repartiendo hostias sin ton ni son al compás bailongo de la música pop de la banda sonora. Estaba ya en otra cárcel, y con otros guardias, quizá en la tercera o cuarta celda contando desde el momento en que me quedé dormido. ¿Cesará finalmente su locura? ¿Lo meterán preso para siempre en Alcatraz? ¿Lo matarán a golpes unos policías encapuchados hartos ya de sus desafíos?  Que más da, me dije. Eran ya las doce y pico de la noche. En otras frecuencias del espectro electromagnético, las tertulias deportivas de la radio bullían de asuntos mucho más interesantes, con el final de la liga de fútbol, y las Copas de Europa al rojo vivo de las eliminatorias finales. Qué me importa a mí la moraleja final y seguramente chusca de Bronson, en comparación con el arte aleatorio del balompié, del que dijo una vez Bill Shankly que no era una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante. 


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Matrix

La primera vez que vi Matrix pensé -sin mucho mérito intelectual por mi parte, pues los paralelismos argumentales son evidentes- que estaba viendo una adaptación moderna de los Evangelios. Neo vendría a ser la segunda encarnación del Hijo, el Mesías señalado por Morfeo el Bautista para salvar a los hombres de su infausto destino. Pero esta vez no habría venido para redimirnos del pecado, tarea que los siglos han revelado inalcanzable incluso para un dios tan poderoso, sino para librarnos de la tiranía de las máquinas, hijas evolutivas de la raza humana, nietas de aquellos monos que hace millones de años se rascaban las pulgas subidos en los árboles. Neo, como Jesús de Nazaret, es un hombre al principio dubitativo y confuso, que sospecha, pero no termina de aceptar, el motivo trascendental de su muy altísima y secreta misión en la Tierra, o más bien en lo poco que ha quedado de ella, tras la guerra sin cuartel contra la Inteligencia Artificial. Neo sufrirá la traición de un discípulo que lo conducirá a la muerte. Neo resucitará gracias a la fuerza del amor. Redivivo, multiplicará por cien sus anteriores poderes, y se pasará las leyes de la física por el forro de sus asuntos, estirando la materia, falseando la gravedad, ralentizando o acelerando el tiempo a su antojo... Un nuevo superhéroe saltarín y kungfunesco que ya no resucita muertos ni convierte el agua en vino, pero al que le bastan sus habilidades más modestas para zurrarles la badana a los antivirus con gafas de sol que Matrix fabrica para enviarlo a la papelera de reciclaje.



            La segunda vez que uno vio Matrix descubrió, en un segundo plano de lectura más laico y científico, más acorde con la mentalidad ilustrada que nos anima a ver estas ciencias-ficciones, una ingeniosa explicación a los desajustes de la realidad que todos hemos experimentado alguna vez. Los déjà vu tan vívidos e inexplicables que los neurólogos despachan como una simple disfunción temporal de la memoria, y que nosotros creemos verdaderos episodios de premonición. Los sueños tan reales y sentidos que luego uno, ya indudablemente despierto, se pasa horas tratando de desenredar de la realidad, tan entrelazados con ella, y tan parecidos a lo que uno experimenta en la vigilia. Los momentos reales, también, inconcebibles o sorpresivos, que uno vive como flotando en un sueño, embarcado en una nube que las endorfinas nos prestan para sobrevolar las tragedias, o que el alcohol nos presta para escaparnos de la vergüenza propia de estar borracho. Esas corazonadas certezas que todos hemos tenido alguna vez, como magos mentalistas de los que salen en la tele, previendo acontecimientos y desenlaces que al poco tiempo se cumplían con detalle, en una mezcla de perplejidad ante lo imposible y de orgullo por el superpoder que uno atesoraba sin saberlo. Hay veces que la realidad, casi siempre monolítica y previsible, se vuelve flexible e inestable, como si las paredes perdieran consistencia y empezaran a derretirse. Como se derrite ese espejo cuando Neo lo toca con sus dedos timoratos, iniciado ya en el secreto de la mentira mayúscula de Matrix. 



            Ahora que he vuelto a ver la película en compañía de Pitufo, me han venido a la memoria olvidados conocimientos del bachillerato: he recordado las sombras en la caverna de Platón, que venían a ser un Matrix primigenio y muy cutre de la antigua Grecia, o al filósofo medieval que afirmaba que nada de cuanto veíamos o tocábamos era real, sino el sueño de Dios instalado en cada una de nuestras cabezas, como un software celestial programado por un ejército de ángeles tecleando en los ordenadores. Matrix es una película enrevesada, complejísima, que admite múltiples lecturas. Incluso la más simple de todas, que es ver a unos tipos sojuzgados defendiendo su libertad dando mamporros y disparando ráfagas de metralleta, que es la versión que Pitufo, de momento, a falta de educaciones del bachillerato más exquisitas, y de un padre que le explique mejor los recovecos de la función, se ha apuntado en su libreta de cinéfilo primerizo. 



He recordado, también, en los escasos momentos de aburrimiento, cuando los personajes se enredan en peleas de artes marciales, aquella sentencia que Fernando Trueba recogía en su Diccionario de Cine, atribuida al novelista francés Marcel Pagnol: 
En el cine, como en el teatro, no hay más que un argumento: un hombre encuentra a una mujer. Si follan, es una comedia. Si no, ¡es una tragedia!”
            Aquí los héroes no follan, pero se besan tiernamente, en un anticipo húmedo del sexo volcánico que los arrastrará tras el The End. Carrie-Anne Moss... Trinity… Ella sí que parece una mujer diseñada por ordenador, tan guapa que parece de mentira, con ese cuero ceñido que resalta todos los méritos de su cuerpo, con esos ojazos azules que le regaló la madre que la parió, y no Matrix, tan excitante como esos sueños lujuriosos que consiguen las más imponentes de las erecciones, jamás igualadas en realidad chusca que te ofrece la pastilla roja. Es la pastilla azul,  la que tomas cada noche para sumergirte en el mundo disparatado de los sueños, o en el más ordenado pero también fantasioso de las películas, la que regala las experiencias sexuales más gratificantes de la vida.


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Deadwood, al fin

Es muy distinta, Deadwood, con sus voces originales y sus letreros redactados en castellano. Le siguen sobrando personajes que vagan por el poblacho contando historias sin chicha, casi siempre borrachos o lunáticos, muy alejados de la trama central de los puticlubs y la corrupción de las fuerzas vivas del lugar. Son seres pintorescos que enriquecen el paisaje humano, pero que a partir de los primeros episodios empiezan a caer gordos, y obligan a pulsar compulsivamente la tecla de avance, cercenándolos sin piedad. La historia principal no se resiente del atropello, y eso habla mal de los guiones que sustentan la estructura. Deadwood no es, como algunos aseguraban, una serie modélica: le falta el aire de los grandes paisajes, y le sobra la verborrea de los pequeños secundarios. Pero ahora, con las voces propias de los actores y actrices principales, ya parece otra cosa. Más convincente y marrullera. Más oscura y salvaje. Deadwood ya es, por fin, el Far West. Un villano como Al Swearengen no podía tener esa voz de seminarista ensayando el tono litúrgico de su primera misa. Es ahora cuando por fin le salen los espumarajos por la boca, y resuenan sus amenazas en las cavernas oscuras del estómago, y uno comprende por qué todos se acojonan en su presencia, y le ceden el honor de mangonear los asuntos lucrativos del asentamiento. Y no sólo él: ahora que las putas más despiertas hablan como chicas inteligentes, y que los mineros deslomados farfullan sus cosas a través de las bocas destentadas, uno ya empieza a creerse las intenciones espurias de los personajes, y sobrevuela Deadwood quizá no demasiado entusiasmado con lo que ve, tan lejos de Albuquerque, y de Madison Avenue, y de Desembarco del Rey, pero sí al menos interesado, ávido de estas lecciones gratuitas de Historia, y de este máster acelerado de Estudios sobre Antropología sin  Ley.


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Los Roper. El televisor

En el noveno episodio de Los Roper, el viejo televisor de George enferma gravemente a consecuencia del sobreuso diario. El técnico sanitario que acude a la emergencia dictaminará una estancia de siete días en el taller. Incrédulo, el señor Roper sufre un ataque de ansiedad fulminante, tirándose de los pocos pelos que le quedan. Siete noches sin televisor serán siete noches de conversación conyugal con Mildred, al calor de la música en la radio, y de los sonidos del tráfico que ronronea tras los ventanales. Horas interminables de cháchara improductiva, de discusiones sin objeto, de guerra sin cuartel entre los sexos siempre ajenos y diferentes. Y luego, quizá, en la reconciliación conyugal de la medianoche, algo de sexo culpable que ambos practicarán aburridos, e insatisfechos. Mientras él pasea de un lado a otro con los sudores fríos resbalando por su despoblada frente, Mildred, acomodada en el sofá, sonríe como una gata disfrutando por adelantado de las torturas psicológicas que practicará sobre su Yoooorsss, el ratonzuelo del laboratorio. Torturas que quizá sólo repasa, pues las lleva memorizadas en la cabeza desde hace tiempo, en previsión de tal tesitura.



Es una tragedia doméstica que los productores del programa sirven acompañada de muchas risas enlatadas, convencidos de que los espectadores se van a partir el culo con la situación. Pero quien esto escribe lo ha vivido como una desgracia muy seria, de  reminiscencias personales que aún me ponen los pelos de punta. Treinta años después de Los Roper, uno ya vive pertrechado de múltiples pantallas en previsión de estas catástrofes tecnológicas. Pero en aquella época, en los hogares convencionales donde una única televisión señoreaba los contornos del salón, la avería del aparato significaba el aburrimiento mortal de los chavales, y el encuentro siempre evitado de los matrimonios, a cara de descubierta, frente a frente, sin el perfil esquinado y orientado hacia la pantalla. Mil asuntos aplazados volvían a la palestra en ausencia de la tele, que encendida cortaba de raíz cualquier conversación peligrosa, y cualquier acercamiento indebido. Sin ella, se esfumaban las trincheras, y se rompían los tratados de amistad. El cuerpo a cuerpo se batallaba sin piedad, a bayoneta calada, en terrenos muy pantanosos e inestables. Le deben mucho, los matrimonios antiguos, a la televisión siempre en marcha, y muchas veces estropeada, en tensas esperas de la reparación que las señoras entretenían con los seriales de la radio, y el parloteo con las vecinas, y los señores en el bar de la esquina, con la baraja y los vinorros. Ahora, por fortuna, la cosa no es tan grave. Siempre queda la otra tele, o el ordenador, o el cinismo salvífico que nos regalaron los tiempos modernos, por mucho que los clérigos clamen contra él. ¿Decías, cariño...?


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