Caída y auge de Reginald Perrin. Autodestrucción

El bueno de Reginald Perrin vive cansado de su éxito como empresario. Vendiendo productos inútiles sólo quería demostrar que la gente es estúpida, y que es capaz de comprar cualquier cosa, incluso basura que se anuncie como tal. Pero ahora el negocio se la ido de las manos. Sin quererlo, ha fundado un emporio que mueve millones de libras, y él, como responsable, revive la pesadilla que nunca más quiso soñar: la del trabajo diario, la del horario encorsetado, la del ciclo sin fin de los días.
       Reginald ha jurado destruir su propia obra, y para ello, decide contratar a las personas más inútiles que conoce: los empleados de su antigua empresa, Sunshine Desserts, ahora en la bancarrota. Pero le falta una pieza maestra: un tonto integral que dirija el cotarro desde la ignorancia más profunda. En un pub de clase trabajadora conocerá al bueno de Seamus, desempleado y borrachín: 

          - Dígame, Seamus, ¿ha trabajado como administrativo?
          - No, señor. Soy un genio, pero es un secreto entre mi cerebro y yo.



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Hara-kiri

Me acerco a Hara-kiri imaginando una orgía sangrienta de samuráis que desenvainarán sus katanas y cercenarán miembros a diestro y siniestro, como en aquella 13 asesinos que vi hace unos meses, danzarina e hipercinética, que también dirigía este Takashi Miike de filmografía tan desmesurada e inabordable. Pero me encuentro, para mi decepción, con una película sosegada y trágica donde los samuráis hablan mucho del honor y  la justicia, en pláticas llenas de lirismo y sobriedad, pero que un occidental como yo, ajeno a la cultura de los japoneses, y ajeno en realidad a cualquier cultura milenaria, encuentra difíciles de entender.
Uno, con los años, llevado quizá por los excesos de las películas, ha llegado a pensar que estos guerreros japoneses se suicidaban casi por cualquier cosa. La deshonra intolerable que sólo el hara-kiri podía restaurar les acechaba casi en cada encuentro, y en cada camino. Lo mismo arriesgaban la vida en el combate que en el paseo matinal para ir a comprar el pan, o para curarse un callo de los pies. Si uno se tomara las películas de samuráis al pie de la letra, pensaría que el Bushido, con su código ético complejísimo y laberíntico, causaba más muertes entre ellos que las batallas sangrientas que los enfrentaban para defender a sus señores feudales. Esa es, al menos, la impresión que transmiten películas como Hara-kiri, que yo seguramente malinterpreto desde mi meridiana ignorancia, a tantos meridianos de distancia del Sol Naciente.

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The Amazing Spiderman

Son muchos los meridianos que me separan de Hollywood, lugar donde se han parido las películas que me han convertido en el espectador estulto que ahora soy, con mis carencias y mis prejuicios. Soy un hijo cultural de aquellas tierras donde el dinero y el talento siempre han estado discutiendo y dándose de bofetadas. 
        A veces, cuando logran la mágica reconciliación, nos regalan películas definitivas e inigualables, que marcan a generaciones enteras y se convierten en referencias culturales. En memes dawkinsianos que sobrevivirán por los siglos de los siglos. Pero esto sucede, como todos sabemos, muy de tarde en tarde, al mismo ritmo que nos llegan los eclipses de sol, o los amores verdaderos. Lo más corriente es que el talento vaya por un lado, en producciones independientes que aquí nos llegan con cuentagotas, y el dinero, mefistofélico y mohoso, vaya por el otro, sacrificando la creatividad en aras del oportunismo. 
             Uno ve The Amazing Spiderman en la ya tradicional sesión nocturna de los superhéroes junto a mi hijo, y no hace más que preguntarse, mientras Andrew Garfield va dando botes por Nueva York: ¿por qué?  ¿Qué añade o qué quita esta película a la que rodara Sam Raimi diez años antes? Nada, piensa uno en el hastío de la margen izquierda del sofá. Un nuevo envoltorio para la misma hamburguesa mordisqueada. Un reboot, como dicen ahora. Un banderín de enganche para las nuevas generaciones de palomiteros, que ahora ocupan las butacas que los cinéfilos, hartos del ruido y de las masticaciones, dejamos vacías. The Amazing Spiderman es una película a la que jamás me hubiese acercado de no ser por el chaval, que anda muy pesado con esto de los superhéroes, y de las hostiazas como panes, y que lejos de aburrirse, de sentir las primeras punzadas de la reiteración argumental, vive sus momentos más exultantes de espectador entregado a la causa.


            Me queda, eso sí, la inconfesable ebullición de mi sangre cuando Emma Stone, esta vez teñida de rubio inmaculado, no finge ser Gwen Stacy, sino que es, ciertamente, Gwen Stacy, el trasunto carnal, milagroso por exacto, de aquella chica tan jamonísima y tan chic de los cómics de mi infancia, quizá uno de mis primeros amores imposibles, tan bella y tan bidimensional, antes de que su muerte, inesperada y traumática para los lectores, la convirtiera en una diosa  inmortal de nuestros deseos.


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Deadwood: Dizbuz

Llego al octavo episodio de Deadwood desesperado y cariacontecido, temiendo ser, una vez más, el único seriéfilo del mundillo que no sabe apreciar la complejidad, ni la epopeya. No quisiera ser el forastero tontaina que sólo anduvo por Deadwood de paso, incompetente para hacer negocio donde otros se forraban, incapaz de encontrar el oro que otros hallaban al primer vistazo entre las piedras. Insisto en los episodios con la fe ciega de un converso que quiere bautizarse en las frías aguas de las Black Hills. Pero noto que me estoy dejando algo muy importante en el camino polvoriento. Paseo entre las prostitutas y los mineros, entre los posaderos y los reverendos, y aunque escucho con atención todo lo que dicen, e incluso apunto ciertos diálogos en la libreta, no me llegan a interesar del todo sus asuntos. Y no es lógico. Deadwood debería ser el paraíso antropológico que tanto tiempo llevaba buscando mi misantropía. En ese pueblo caótico levantado con las maderas del quinto pino, el que no mata, roba; el que no miente, difama; el que no traiciona, espera un mejor momento para hacerlo. Todo se hace y se deshace por el dinero, y por el orgullo. Como en la vida real de cualquier época, y de cualquier longitud geográfica, pero esta vez sin disimulos, a palo seco, en esa tierra sin ley que todavía espera al Gobierno de los Estados Unidos para poner orden, e instalar una hamburguesería. Y sin embargo, aunque son la demostración viviente de la malignidad humana, no me creo a estos cabronazos, ni a estas arpías. Ni siquiera a este tipo,  Al Swearengen, el dueño del puticlub principal al que Ian McShane eleva a la categoría de un Tony Soprano ancestral, de un Michael Corleone con mostacho decimonónico, pero que no logra provocar en mi ánimo los estremecimientos que otros espectadores juran haber sufrido... al oírle. 


¡Ahí estaba la clave, pardiez!: al oírle. Es ahora cuando caigo en la cuenta de mi falta. Son las voces castellanas las que vuelven anodinos a los delincuentes, y cándidas a las brujas retorcidas. El Deadwood que habla castellano parece un congreso de abúlicos, o de anormales. Sólo dos o tres personajes principales ostentan una voz que no desmiente su carácter. El resto, incluido el señor Swearengen, contradicen las intenciones de su discurso maquiavélico con el timbre indiferente de su voz.  Es una desarmonía fatal, consentida en el doblaje lamentable, que echa por tierra mis esfuerzos de concentración, y de euforia pistolera. Fue hace unas semanas, en un momento de debilidad, o de inatención imperdonable, cuando al no encontrar en los mares procelosos las versiones subtituladas que exigen los dioses acuáticos, me dejé llevar por la vagancia, y por la confianza pagana en la suerte, y me lancé al abordaje de un velero que llevaba por bandera la borbónica rojigualda. Son estos galeones españoles presas más fáciles, que se rinden sin apenas batallar, pues o están durmiendo la siesta o están en huelga de espadas porque no les pagan el sueldo desde hace meses, pero luego, en sus bodegas, suelen escasear los tesoros. Los barcos que transportan las voces originales con los subtítulos correspondientes son presas escurridizas, combativas, que te llevan la jornada entera entre acechos y equipamientos, entre asaltos y cañoneos. A veces, como en el caso de Deadwood, ni siquiera se dejan ver en el horizonte. Tendré que arrojar por la borda del botín castellanoparlante y lanzarme de nuevo a la búsqueda, para encontrar y luego devolver a los habitantes de Deadwood su habla original, que presumo cazallera y tortuosa. Y justiciera, por fin.


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Le Havre

Me pasa con Kaurismäki lo mismo que a los proletarios con el caviar, cuando por el azar afortunado de una quiniela, o de una herencia de la tía, logran acceder a los círculos exclusivos de los ricos. Que lo prueban una vez y no les gusta. Que lo prueban una segunda vez, convencidos de que ahora el paladar sí responderá a las expectativas, y les vuelve a defraudar. Que no terminan de pillarle la gracia a esta textura de mermelada con sabor a cojón de pescado. Piensan que a los aristócratas les gusta tanto porque es un manjar objetivo, indubitable, al que tarde o temprano será imposible resistirse. Como el whisky de malta, o las angulas verdaderas. Y lo prueban otra vez, y otra, y otra, hasta que aprenden a dominar la repugnancia, y a fingir con elegancia en las reuniones sociales, convencidos de que allí todo el mundo miente respecto a los canapés.
Mentir. Disimular. Asentir brevemente con el cuello. Es lo mismo que yo tendría que hacer si me moviera en los círculos sociales de los cinéfilos, y no viviera aislado en esta cueva osera de Invernalia, donde escribo lo que me da la gana. Falsificar la sonrisa cuando se cantaran las maravillas que nos regala Kaurismäki cada vez que sale el sol en Finlandia. Tengo entendido que si te atreves a soltar una crítica negativa en los conciliábulos de la capital,  los masones del asunto te pegan una hostia en cada carrillo y te expulsan para siempre del paraíso de sus tertulias. Exactamente lo mismo que harían los aristócratas con el advenedizo si éste escupiera el caviar que acaba de servirle la muchacha en bandeja de plata.



Cuento todo esto porque después de haber dormido varias micro-siestas mientras veía Le Havre, luego, en los grandes foros de la cultura, leo alabanzas sobre ella exageradísimas y apoteósicas, que harían sonrojarse al mismísimo Kurosawa o al mismísimo John Ford. De humanista hacia arriba, el diccionario se les queda muy corto a los entusiastas de don Aki y su nueva marcianada, o finlandiada, si lo prefieren. Mientras leo atónito tan unívocas pleitesías, mi espíritu se debate confundido. En los minutos pares pienso que soy un tipo insensible, cinéfilo sólo de boquilla, que jamás apreciará este caviar importado del mar Báltico, destrozado ya mi paladar por el chorizorro y las fritangas que me traen todas las semanas en grandes cajas desde Hollywood. Demasiado James Bond, quizá. Demasiada sitcom sin mensaje ni calado. Demasiada película vacía que sólo sustentaba una mujer bellísima y semidesnuda de la que yo andaba enamorado. En cambio, en los minutos impares, se me viene el ánimo arriba, y  pienso que  soy un resistente, un guerrillero, un valiente que se atreve a señalar la desnudez imperial de Aki Kaurismäki. Uno de los pocos que llama fábula tontorrona al cuento moral; cutrez al minimalismo; pasividad al hieratismo; gilipollez a la maravilla. Eufemismo a la palabrería. 
Me joden mucho, las películas de Kaurismäki. Me obligan a elegir entre la estulticia o la genialidad de mi espíritu. Apostar la certidumbre de mi inteligencia al doble o nada. Al rojo o al negro. Son momentos decisivos que uno quisiera rehuir y aplazar para mejor ocasión. Pues nada bueno puede salir de semejante elección: o la humillación definitiva de mis aspiraciones, o la sospecha permanente de una megalomanía incurable. Es una encrucijada en el camino, el maestro finlandés. Eso sí se lo reconozco.


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Nader y Simin, una separación

Tantas veces he denunciado en este diario el aburrimiento mortal que me producen las películas iraníes, tanto me he reído de sus argumentos simplones y sus ritmos caracólicos, que ahora casi me da vergüenza reconocer que Nader y Simin, una separación, es una peliculaza de argumento absorbente y actuaciones modélicas cuyo DVD, cuando pongan su precio al alcance de los proletarios, habrá de inaugurar en mis estanterías la sección de cine de su país. Adornaremos la balda con un cinta tricolor, y convidaremos a los vecinos a caviar del Mar Caspio, el más barato que vendan en la sección de gourmets de El Corte Inglés.
Es evidente que este hombre, Asghar Farhadi director hasta hoy desconocido por mí en aberrante y gravísima desidia, vive muy alejado de la influencia narcótica del maestro Kiarostami. Farhadi es un tipo de sensibilidad occidental al que le importan más los personajes que los pinos, más las insidias del alma que el lento flotar de las nubes. Los paisajes quedan muy bien en los documentales, y en los cuadros antiguos, pero no pueden sustentar por sí mismos una película. Lo que Kiarostami plasma en sus celuloides son reportajes, panorámicas, expediciones etnográficas a los pueblos perdidos, para indagar en la cultura del agro, y poner a los paletos delante de la cámara para que nos cuenten sus asuntos. Pero no son, realmente, películas. Cuando Mercedes Álvarez se fue a Aldealseñor para filmar El cielo gira, nadie dijo que eso fuera una obra narrativa, un largometraje clásico con su desarrollo, su nudo y su desenlace, sino un espléndido documental sobre el despoblamiento progresivo de las tierras sorianas. Es lo mismo que hacía Kiarostami cuando se iba al quinto coño a filmar los desastres del terremoto en el Kurdistán, pero a éste –entre otros el pelmazo de Mark Cousins- lo llaman maestro de la narrativa, y guardián de las esencias, y no sé cuántas cosas más. 


En Nader y Simin, una separación, Farhadi cuenta una historia sobre ricos y pobres, enamorados y desenamorados, mentirosos y aprovechados, que bien podía haber sucedido en cualquiera de nuestras ciudades. Es cine iraní, pero universal. Reconocible en cualquier parte. Farhadi no se tira el rollo para denunciar la teocracia, la rigidez legislativa, la  sujeción de la mujer a los caprichos barbudos de los ayatolás. Él ya sabe que nosotros, los occidentales informados, sabemos. Que todo esto nos parece lamentable y muy triste, e incluso muy cercano, si eres un español talludito que vivió el nacionalcatoliscimo de los curas y los cruzados. Farhadi, que parece un tipo inteligente, no insiste en lo que resulta obvio. Le basta con insertar cuatro diálogos y tres planos descriptivos para recordarnos que estamos en Irán, y que los personajes viven bajo ciertos condicionantes. Pero una vez establecido el marco, se lanza a lo que nos interesa, que es despellejar sin misericordia a los seres humanos, pues aquí, como en las películas de Berlanga, aunque esto sea un dramón de mucho cuidado, todo el mundo va a lo suyo. Es éste uno de los requisitos inexcusables que han de cumplir las obras maestras: que nadie, salvo algún cuitado que pasaba por allí, se gane del todo nuestras simpatías. Todos los personajes guardan una mentira y una traición. Nadie tiene el alma pura. No hay caricaturas ni maniqueísmos. Son seres humanos atrapados en el enredo de las leyes, y de las circunstancias, que sólo quieren librarse de la cárcel, o del estigma, o arramblar con los cuatro duros de la indemnización. Hombres y mujeres como usted, o como yo, aunque vivan en Teherán y lleven barbas o chadores, tan débiles y mentirosos, tan asustados y  creíbles.


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The Wall

Me ha pillado muy a destiempo, The Wall. Más de treinta años después de su estreno, homersimpsoniano ya del sofá raído y deformado. He caído en ella porque Pitufo me dijo que su profesor de música les dijo... A veces uno repara en los olvidos de su cinefilia por casualidades así. El chaval llega a casa y te dice: “Hoy en clase de música hemos escuchado a grupos de rock antiguos: a los Rolling Stones, a Led Zeppelin, a Pink Floyd...” Pink Floyd... Uno recuerda que de adolescente, en la rebeldía sin futuro del colegio de pago, tarareaba en el inglés vernáculo una canción titulada Another brick in the wall, en la que un grupo de chavales se rebelaba contra el sistema educativo: Hey, teachers, leave the kids alone... Recuerda, vagamente, un vídeo musical en el que unos martillos animados desfilaban marcando el paso de la oca, como fascistas desafiando al mundo en Nuremberg. Uno recuerda, también, que había una película musical en la que se tocaban canciones del grupo, The Wall, algo muy experimental y ultramoderno en su tiempo, en plan ópera rock, o videoclip estirado. Algo así. La incultura  musical que uno atesora es quizá más aterradora que la cinematográfica, y le impide afinar con estas memorias. Décadas enteras de la que dicen es la mejor música de los siglos, después de Mozart y Beethoven, por supuesto, jamás llegaron a mis oídos atentos pero  muy poco educados. Uno, en la edad, se dedicaba mayormente al estudio, a los partidos del Madrid, a las películas de TVE2. Y a soñar con chicas inalcanzables. Y mientras perdía el tiempo en tales afanes, se dejaba llevar por la banda sonora de las radiofórmulas, tan banales y poco didácticas. Tan apegadas a la moda del momento, sin más criterio que la popularidad, y la pasta gansa de los patrocinadores. Un vergüenza desmusical que compartíamos todos los amiguetes de la pandilla. Ningún iluminado vino a predicar entre nosotros la verdad de los pentagramas. Ningún mesías melenudo se tomó la molestia de guiarnos entre las sombras del pop-rock. Nadie nos dijo que en algunos vinilos de portadas provocativas nos aguardaban la juventud y la gloria. 


Hace años, quizá, en esa adolescencia tan poco rebelde y rockanrolera, uno lo hubiese flipado con The Wall. Suenan algunas canciones molonas de mensaje indescifrable, y se escapa, además, entre los delirios psicóticos del protagonista, alguna teta bonita y artística, cosa que en los años ochenta daba mucho prestigio a las películas, y las convertía en éxito asegurado de los videoclubs del barrio. Pero ya han llovido muchas tetas desde entonces -muchas más las imaginadas que las palpadas- y la estética visual de los videoclips se ha quedado desfasada y ridícula. Más que nostalgia, o que resquemor por el tiempo perdido, The Wall suscita  en uno algo de vergüenza. Los años ochenta no fueran una década gloriosa, de la que ahora podamos presumir. Los jovenzuelos de entonces no luchamos contra ninguna dictadura, ni combatimos en ninguna guerra contra el mal. Ni siquiera vivimos una crisis económica como la que ahora nos condena a la miseria. Fue una juventud confortable, desidiosa, perdida en la contemplación del propio ombligo. Nos la pasamos enterita en el sofá, o en la butaca, almacenando imágenes que han caducado a una velocidad infinita, sobrepasadas por la tecnología, y por la inventiva ideorreica de los más jóvenes. Nuestro mayor logro es haber cultivado estos culos tan gordos, y estas barrigas tan búdicas, para presentarnos a un concurso de calabazas gigantes, y ganarlo holgadamente.


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Extraterrestre

Veo Extraterrestre, la comedia de Nacho Vigalondo que algunos tienen por rompedora y adelantada a su tiempo. El último grito de la marca España que arrasa en los festivales frikis de medio mundo. Y yo me pregunto, al finalizar, quizá asqueado por el calor creciente, por la fatiga paralizante, por las sonrisas bobaliconas del personal, dónde estaría la gracia de este invento si no fuera porque Michelle Jenner lo pinta todo con su belleza, y porque además enseña el bonito culo al que aspiran los tres papanatas que la pretenden. Como nosotros, en el mundo real, si ella fuera tangible y cercana...



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Skyfall

Venía Skyfall muy recomendada por los entusiastas de la saga Bond, y también, de modo insospechado, por algún crítico respetable que ya está cansado de alabar los solipsismos iraníes y los sintoísmos coreanos en los festivales. Hablaban maravillas de la actuación de Javier Bardem, de la dirección de Sam Mendes, del remozado Q y sus gadgtes ultramodernos y molones... Al final ha sido la misma película de siempre, entretenida y previsible. De nuevo la placentera sensación de estar abandonándote a un pasatiempo inocente y divertido; de nuevo, también, la amarga certeza de haber malgastado dos horas cuando despiertas de la hipnosis y descubres el truco del teatrillo.



A Bardem le dobla en castellano un tipo que no es él, y la sensación que transmiten sus lunáticos esfuerzos es equívoca y frustrante. De la dirección de Sam Mendes no tengo elementos para el juicio, pues nada sé de las posiciones correctas de la cámara, ni de los matices autorales que subyacen en el planteamiento escénico. Los nuevos gadgets proporcionados por Q son una pistola para señoritas y un transmisor de radio heredado del agente Maxwell Smart. Han querido impresionarnos sofisticadamente con la ausencia de sofisticación. Qué tonterías. No hay nada que te enamore en Skyfall. Ni siquiera las chicas Bond de turno, muy altas y muy bellas, pero que no te arrancan un latido de más en el predispuesto corazón. Son modélicas modelos que parecen diseñadas en un laboratorio espacial. En nada se parecen a la vecinita del cuarto, ni a la compañera guapetona del trabajo. Skyfall, en su empeño por relanzar la saga, quizá mejore las petardadas anteriores de la franquicia. O tal vez soy yo el que se imagina la mejora, para sobrellevar la función al lado de Pitufo, que se lo ha pasado bomba con cada hostiazo y con cada frasaca. Él está en la edad, y es comprensible, pero yo, que ya vivo en la cuarentena, soy un sufrido veterano de estas intrascendencias que me han ido robando la vida poco a poco.



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Pusher III

Llegan los días sombríos del principio de la primavera, y sólo tengo ganas de refugiarme en las películas. Quisiera uno invernar en su salón durante meses, mientras los demás celebran en los parques el sol y las mariposas. Mitad vampiro mitad fotofóbico, me agazapo en los escondrijos para que la luz no desvele las miserias físicas que me aquejan, y tampoco las espirituales, que tiznan de sombras los contornos de mi rostro. La primavera es una inmensa putada para los cinéfilos que huimos del mundo. Durante el invierno, la realidad se recoge en las cafeterías, en las casas particulares, y uno vive su aislamiento sin que nadie le incordie. Las calles barridas de gente crean la ilusión de un mundo civilizado, regulado, donde el atardecer es un toque de queda impuesto por la naturaleza. Pero llegan las flores, y los mosquitos, y el sol sempiterno, y el mundo entero se lanza a las calles a pegar gritos de felicidad, como orates licenciados de un manicomio que cerrara por descanso. Más allá de la ventana todo es deslumbramiento y algarabía. Ya nadie ve películas, ni habla sobre las películas. Te llaman por teléfono, te tocan el timbre, te repiquetean en las persianas. Los allegados quieren que te unas a su cuerda de locos, a bailar la conga, a tomar refrescos, a desnudarse sobre las hierbas. Les entras unas ganas inmensas de vivir, y no reparan en que hay gente a la que todo esto del equinoccio y la renovación de la vida le da mucho por el culo. Uno sólo vive pendiente de que se renueven las carteleras en la tele. La única mejora del tiempo que a uno interesa es la del mar Caribe, para salir a pescar lo que no se puede o no se debe pagar. Lo demás, las alergias, los picores, las quemaduras, las intoxicaciones de felicidad, importan un comino.



            Al mismo tiempo, la primavera inocula en mi ánimo la astenia del escritor frustrado, que ya no siente ganas de rellenar folios con sus manías y sus prejuicios, con sus amoríos platónicos y sus chistes sin gracia. La luz primaveral también ilumina las carencias de quien sólo imitaba las posturas. En invierno, cualquiera que escriba al lado de un ventanal empañado, o azotado por la lluvia, puede sentirse un creador. Pero es una pose artificial, helada, que el primer rayo de sol derrite en apenas unos instantes. Es agua pura, condenada a la evaporación. Con las hojas del calendario se van también la inspiración y el autoengaño. Sólo queda el gesto, el tecleo, el tiempo perdido que otros malgastarían en la baraja, o en la cháchara con los amigos.



            Veo, por ejemplo, la tercera entrega de Pusher, y ya no siento ganas de escribir nada bueno sobre Nicolas Winding Refn. Cedo al primer desafío que me lanza el cursor parpadeante, que acelera sus latidos en la victoria. He seguido con interés las andanzas de estos sociópatas balcánicos que encontraron en Copenhague un bonito lugar donde asentarse, y vivir del trapicheo. Me he abandonado, complacido, a este vaivén de la cámara en mano que los persigue por la noche afanosa y sanguinolenta. Pero luego, cuando me siento a escribir las ocurrencias, todo el interés se esfuma en el aire con un pop de pompa de jabón. Qué buena, qué entretenida, que nueva demostración del maestro danés... De los dedos sólo brotan tonterías así, que es mejor cortar de raíz antes de que se tornen cancerosas.



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La guía del cine para pervertidos. La búsqueda del yo

Sentado en el mismo sofá donde Neo, el héroe de Matrix, recibía sus lecciones sobre la realidad y la ficción, el psicoanalista Slavoj Zizek descubre el significado último de sus arcanas explicaciones.

“La gente que juega a videojuegos, por ejemplo, puede adoptar el papel de un sádico o de un violador. Normalmente pensaríamos que es porque son débiles, y por tanto, para compensar su debilidad real, adoptan la personalidad ficticia de un individuo fuerte, sexualmente promiscuo, etcétera. Ésta sería la lectura sencilla. Pero, ¿y si le damos la vuelta? Puede que ese violador despiadado represente mi auténtica identidad, en el sentido de que quizá ésa sea mi realidad psíquica, pero en la vida real, debido a las convenciones sociales, no puedo darle rienda suelta. Y precisamente porque creo que sólo se trata de un juego, de un personaje, de una imagen virtual, puedo ser mucho más fiel a mí mismo. Puedo adoptar una identidad que se parezca más a la mía.”

No era pues, el cine, una escapatoria de la realidad. Un mundo ficticio en el que disfrazarme de otros personajes para diluirme en ellos y olvidarme. Al contrario: es la vida cotidiana la que me difumina, la que me impide mostrarme tal como soy. ¿Pero quién soy, realmente? No tengo ni idea. Quizá alguien más desenvuelto de espíritu, más amante de la aventura. Quién sabe si más atractivo a los ojos de las mujeres, despojado finalmente de este corsé victoriano que me deforma el torso. No tengo clara mi identidad. Antes en las salas de cine, y ahora en el salón de mi casa, he pasado años buscándome sin yo saberlo, cuando pensaba que huía de mí mismo. He perdido décadas en la confusión. Vivo en la adolescencia permanente de quién un día, en clase de filosofía, leyó el mandamiento de Sócrates y lo desdeñó por simple y tontorrón.  



Y lo más sorprendente de todo es que este conocimiento revelador, este giro copernicano de mi cinefilia, ya estaba implícito en muchos pasajes del diario, cuando yo hablaba de los álter ego que me iba encontrando por el mundo, como Larry David, o como Louie, o como el doctor House... Hablaba de mis hermanos como si fueran encuentros casuales, coincidencias divertidas en el piélago infinito de los personajes. Pero ellos no eran el fruto afortunado de mi viajar sin rumbo. Ellos eran, sin yo saberlo, o sabiéndolo inconscientemente, el objetivo principal de mis andanzas. Pues conociéndoles, me conocía.

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Extras

Termino de ver el último episodio de Extras y la sonrisa de mi cara tarda muchos minutos en borrarse. Me vienen a la memoria momentos muy surrealistas de estas doce entregas que han sido como doce apostolados sobre las miserias cotidianas. Una mirada vitriólica sobre aquellos que, contra toda evidencia objetiva, contra toda demostración científica de su mediocridad, tratan de sacar la cabeza por encima de los demás. Todos los que alguna vez hemos caído en este pecado del orgullo, nos reconocemos en la mezquindades de los personajes, en sus ridiculeces bobas. 
             No conozco personalmente a estos dos genios británicos, Ricky Gervais y Stephen Merchant. Quizá sean, en la corta distancia, dos tipejos execrables. Quién sabe. A lo mejor hablan maravillas de los nazis, o juran que Natalie Portman no les excita ni lo más mínimo. Pero cuando hacen comedia, tocan la misma melodía que yo tarareo por dentro. Es una coincidencia asombrosa, que sólo dos espíritus hermanados –en este caso tres- pueden compartir.

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Katmandú

Un espejo en el cielo. Es una bonita expresión que recoge Icíar Bollaín en el título de su más reciente película, Katmandú. Así llaman los nepalíes a ese lugar que uno descubre a sabiendas, o por casualidad, y que se revela como el destino vital que uno venía soñando desde siempre. Un terreno propicio en el que construir la choza y pasar los inviernos, acompañado del amor, o de los perros.
Encontrar un sitio así es una suerte reservada a unos pocos privilegiados. La mayoría nos limitamos a vivir donde nos dan de comer. Somos gatos callejeros que rondan el portal de donde surgen mágicamente los platos de leche. La incapacidad y la cobardía nos atan a nuestros círculos cotidianos. Hay que ser muy valiente, y estar muy seguro de uno mismo, para coger la mochila y buscar ese espejo en el cielo que quizá nos espera a diez mil kilómetros de distancia. Esta maestra de la película encontrará su sitio en Katmandú, a medio mundo de su casa, y a medio mundo también del suelo, muy por encima de las gentes mediocres. Cualquier otra mujer se habría ido de allí a los dos días, espantada de la mugre, de la pobreza, de la estructura social inalterable. Pero esta chica, Laia, trasunto de la verdadera maestra Victoria Subirana, encontrará en las adversidades un motivo para la lucha. Un acicate para su orgullo inquebrantable de misionera laica, empeñada en alfabetizar a todo ser humano que se cruce en su camino. 


   Son varios los espejos celestes que uno ha ido encontrado con los años. Pero todos en el cine, y ninguno en la vida real. Un cerebro parsimonioso y unas manos catastróficas me han condenado a quedarme en la provincia, a vivir del cuento, y de la caridad. Mis paraísos duran lo que dura la película, y luego se instalan en la añoranza de lo imposible. Me hubiera gustado ser el boxeador retirado que se afinca en la verde Erín y vive en una palloza acurrucado junto a la pelirroja Mary Kate. Me hubiera gustado ser el Otto palindrómico que viviera junto a su Ana también palindrómica en una cabaña de madera, allá en los bosques de Finlandia. El Jeremiah Johnson que nada quiso saber del salvaje oeste y se retiró a las montañas, a vivir con su india, y con su retoño. El Federico Luppi que junto a su esposa abandona Buenos Aires y decide montar una comunidad campesina en el culo pelado de la Argentina, a practicar la utopía agraria. Todas son, como se ve, fantasías de aislamiento, en lugares remotos o inaccesibles. Una despensa llena y una mujer hermosa con la que retozar por las noches. Y un gran televisor. No necesito nada más. Lo otro, los humanos y sus egoísmos, y sus barullos, y sus fiestas primaverales, sólo son aconsejables cada cuatro o cinco meses, por prescripción médica, para no volverse uno ya del todo lobo.


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La guía del cine para pervertidos

Es difícil encontrarse con hombres que hagan pública su misoginia. Menos, incluso, de los que hacen chulería y gala de su machismo, tan deplorables. Y no entiendo por qué. La misoginia es el estado primordial del hombre, naturalmente atemorizado, achantado, perdido sin remedio ante el enigma indescifrable de las mujeres. Incluso en el más capuleto de los amores, en el más turolense de los romances,  hay un hombre que en el fondo desconfía de su amada. Que dice quererla con locura y al mismo tiempo jamás baja la guardia, prevenido de sus cambios de humor imprevisibles, de su ambivalencia desquiciante cuando opina sobre las cosas. Prevenido, también, de su inteligencia siempre superior, que puede estar haciendo y deshaciendo mil tortuosos pensamientos mientras nosotros, desprevenidos, suspendemos la inteligencia y nos quedamos embobados, admirando su belleza.
            Ya lo dijo una vez Berlanga: “Si vamos a hablar de misoginia, la mía es compleja, enrevesada, y no va nunca por el lado machista de pensar que la mujer es un ser inferior que está mejor fregando en casa. Todo lo contrario: ojalá fuese así”.



Es por eso que a uno, cuando se topa con un misógino que habla abiertamente de sus recelos, le entran ganas de fundar un club, y de invitar a una ronda de cervezas, aunque sean virtuales, para dar rienda suelta a la camaradería. Slavoj Zizek, nuestro psicoanalista de guardia, se ha destapado en La guía del cine para pervertidos como un misógino ilustrado y valiente, que habla de las mujeres con una mezcla de admiración y de temor, objetos insoslayables del deseo que lo mismo te procuran la felicidad más extrema que la neurosis más recalcitrante.
En un pasaje del documental, mientras vemos una escena de Terciopelo Azul en la que el personaje de Laura Dern rechaza el beso romántico ofrecido por su noviete, la voz de Slavoj explica:
“El enigma de la feminidad en las películas de David Lynch se basa en las lagunas entre causa y efecto. Cuando le haces algo a una mujer, nunca sabes cuál va a ser su reacción”.



A continuación, nuestro barbudo amigo aparece regando los tulipanes del que, suponemos, es el jardín de su casa, manguera en mano. Y prosigue: 
“Mi visión de los tulipanes es típicamente lynchiana. Los encuentro repugnantes. ¿No os parecen una especie de vaginas con dientes afilados que amenazan con tragaros? Las flores me parecen repugnantes en sí mismas. Son algo absolutamente horrible. ¿Es que la gente no lo ve? Básicamente están incitando a las abejas e insectos en plan: “¡Venid a follarme!” Creo que deberían estar prohibidas para los niños”.     

      
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Intocable

   
Viendo Intocable, la película del tetrapléjico ricachón y su cuidador afrofrancés, tengo la impresión de que sus creadores me están enredando con trucos facilones y no muy bien ejecutados. Noto que en alguna escena se asoman lágrimas muy falsas al abismo de mis ojos, sin llegar a caerse. Que hipidos en falsete ascienden por la tráquea como alpinistas aficionados, que finalmente resbalan y se despeñan hacia el estómago. Intocable está a punto de exprimirme sentimientos que  me niego a entregar con tanta facilidad. Primero porque soy muy vergonzoso, y muy perro, y segundo porque los noto fabricados en talleres ilegales de mi cerebro, con el logotipo cosido del revés, y la tela deshilachándose en los bajos, todo confeccionado a excesiva y sospechosa velocidad.



Hay una escena en la que Philippe, el tetrapléjico podrido a millones, visita una exclusiva galería de arte y queda extasiado ante un lienzo en blanco apenas manchado por unos goterones rojos que parecen sangre derramada. Driss, su cuidador, que es un hombre tan poco cultivado como quien esto escribe, le pregunta desconcertado por su abstracción. Philippe le responderá que el cuadro le transmite una placidez inusual, una especie de suspensión temporal de los sentidos, el olvido transitorio de su amarga postración. Algo así es lo que yo siento cuando esta actriz llamada Audrey Fleurot, que interpreta a la secretaria personal de Phillippe, aparece en pantalla sonriendo y meneando las caderas. Hay un paralelismo evidente entre ambas obras de arte. La misma beatitud que alcanza su patrón cuando admira el lienzo, es la que yo disfruto cuando contemplo la piel de Audrey, también blanquísima, también moteada de puntitos rojos que son sus pecas, como chispas desprendidas del cabello fueguino que allí arraigan. Un campo de trigo poblado de amapolas diminutas. Me excitan mucho, las pelirrojas. Me sacan la poesía más cursilona y execrable del repertorio. Esa combinación hipnótica de blanco y fuego me confunde las palabras, y me enreda las rimas asonantes. Igual que le sucedía al personaje de American Beauty, a veces no puedo soportar tanta belleza. Tanto me alteran las pelirrojas, tan profundo es el amor que ellas me inspiran, que me duele mirarlas. Aunque las deseo, prefiero que no salgan en las películas, que no coincidan conmigo en la parada del autobús. Son como diosas prohibidas. Como tentaciones ideadas por el demonio. Ellas sí, intocables, y no la película.


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Lo imposible

En estas horas transcurridas entre la noche de ayer y la mañana de hoy, he vuelto a sentirme, una vez más, un bicho raro alejado de sus congéneres. Terribles pesadillas como la de Gregorio Samsa me han asaltado esta noche aprovechando este desasosiego, y también las ráfagas de lluvia, tormentosas y atormentadas, que se estrellaban contra el ventanal. Al despertar del mal sueño, he vuelto a sentirme el autista que no comparte, o no entiende, o al que directamente no le conciernen, los arrebatos lacrimógenos que a otros cromagnones sí conmueven hasta el éxtasis, y los hacen pasar por taquilla en larguísima procesión para llorar todos al unísono -y moquear, y aplaudir, y recomendar vivamente con la voz todavía entrecortada- películas que a uno le dejan tan frío y desangelado como Lo imposible.



            Esta primera mañana del Año I después de Bayona, uno venía a confirmar en los foros su pérdida irremediable de humanidad, su sociopatía bonachona agravada con el paso de los años. Su misantropía gangrenada que, como la pierna de Naomi Watts en la película, se vuelve cada vez más negra y huele a podrido a muchos de metros distancia en los círculos sociales. Yo venía a presentar la dimisión, ya bien firmadita e irrevocable, de mi pertenencia a este club de los homínidos evolucionados que un día se bajaron del árbol y empezaron a gimotear con películas parecidas a ésta. Así venía yo, cabizbajo y humillado, dispuesto a ser uno contra la multitud, caballero andante enfrentado a la felonía de Lo imposible. Pero hete aquí que lo primero que me encuentro, encabezando la lista de opiniones más valoradas, son las críticas de otras gentes también deshumanizadas, que viven exiliadas en los montes, y  escondidas en las catacumbas.  Un ejército de espartanos poco numerosos y dispersos, pero a lo que se ve muy aguerridos y musculados, que tras arruinar sus retinas viendo Lo imposible se han retirado a sus Termópilas particulares para hacerse fuertes, y allí defender sus lacónicos sentimientos de esos persas amariconados que navegan los mares de lágrimas saladas. 



            Son mis espartanos unos críticos inteligentes y despiertos que no se cuestionan la magnitud de la tragedia, ni la desgracia conmovedora de los afectados por el tsunami. Aunque sobreviva pequeño y fosilizado, aún tenemos un corazoncito que palpita en nuestro pecho. Lo que estos guerreros de Lacedemonia encuentran criticable, lamentable, deleznable incluso, es la forma en que esa historia se nos cuenta. Los trucos muy evidentes y torpes de este mago tramposo al que han llovido loas y alabanzas allá en la Tierra de los Simplones. La música que no trata de seducirte, sino de arrancarte la lágrima metiéndote el dedo directamente en el ojo; esa familia pretendidamente española de ojazos azules y pelos rubísimos que parece elegida por un anunciante de cereales para el desayuno; ese lenguaje inmaculado y ese espíritu abnegado de los anglosajones benedictinos que en lo más crudo de la tragedia, al borde de la muerte, y de la desesperación, siempre guardan un gran gesto con el prójimo, un pensamiento profundo de sintaxis pluscuamperfecta, un vocabulario florido y ampuloso de los sentimientos que te revuelve el estómago y te hace inverosímil cualquier planteamiento que provenga de esta true story falsificada, almibarada, coreografiada hasta el menor detalle para sonsacar la pasta a las mentes más sensibles e inocentes, más desprotegidas y manipulables. Un abuso de réditos millonarios.
          Bah.


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Extras. La guía del cine para pervertidos

En Extras, Ricky Gervais es un actor de reparto que se codea con grandes estrellas en producciones importantes, pero al que nunca, porque ya es cuarentón, y bajito, y gordito, y ciertamente no muy espabilado, le conceden la responsabilidad de recitar una simple línea de diálogo. Él, sin embargo, nunca se rinde. A pesar de las chanzas y ninguneos que sufre de continuo, su confianza en llegar a ser un actor de tronío permanecen intactas. Andy Millman viene a ser el mismo personaje que Ricky Gervais ya interpretara en The Office, el David Brent inmune a las críticas de los demás, embelesado de sí mismo hasta el punto de confundir su propia realidad con la realidad misma. Un poco como todos, ciertamente, pero de un modo más exagerado, y por tanto muy cómico. Es una veta  que Ricky Gervais está explotando con mucho acierto, ésta de la subjetividad quimérica en la propia valía, y los misántropos que buscamos pruebas concluyentes de la estupidez humana aplaudimos con mucho gozo estas funciones nocturnas.



Releo varias veces el párrafo anterior buscando un estilo más depurado y literario, y me encuentro, para mi sorpresa, con un retrato involuntario y muy gráfico sobre mí mismo: cuarentón, gordito, no muy espabilado... Hablando de Ricky Gervais me ha salido, sin yo quererlo, un autorretrato patético, secuestrados mis dedos por el inconsciente del que tanto habla Slavoj Zizek en La guía del cine para pervertidos. Se ve que me están influyendo mucho sus enseñanzas. Los muertos de mi cementerio mental, que yo tenía muy calladitos a dos metros bajo tierra, están oyendo sus clases magistrales y aprovechan la confusión de la noche para salir de sus tumbas y recordarme cuatro verdades muy amargas, ululándome al oído. Son unos hijos de puta muy sinceros, y muy puñeteros. Es por eso, quizá, que me está gustando mucho Extras. En ella he encontrado otro personaje en el que me veo reflejado, como un espejo que me deformara sólo lo justito, apenas unos centímetros por aquí, y unos pecadillos por allá. Otro álter ego de mis miserias y de mis fracasos, esta vez nacido en las Islas Británicas, uno que se arrastra por los rodajes a cambio de un bocadillo de mortadela y de una promesa siempre incumplida de participar en una conversación intrascendente. De hacerse inmortal, por fin, a través de la palabra, como William Shakespeare, o los locutores del fútbol.



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Lucky Louie. La muerte

En el noveno episodio de Lucky Louie, nuestro pelirrojo antihéroe, incapaz de conciliar el sueño, se revuelve en la cama atormentado por negros pensamientos. Kim, a su lado, se desvela enfadada.

KIM: Para

LOUIE: No puedo dormir

KIM: No me jodas

LOUIE: No dejo de pensar en la muerte.

KIM: Jesús, otra vez no.

LOUIE: Tengo 38 años. Debo estar a mitad de camino.

KIM: Por favor. Intenta dormir.

LOUIE: Vale. Morir me acojona de verdad. Ser nada para siempre. No existiré más allá de lo que vaya a existir.  Cuando me lo imagino no puedo respirar. Me paralizo.

KIM: No vas a dejarlo, ¿no?

LOUIE: Hoy vi a un perro caminando por la calle y pensé: “Ese perro morirá algún día y ni siquiera lo sabe. Tiene suerte”. ¿O no? ¿Es mejor que lo sepa o que no lo sepa? Puto perro... Ojalá yo fuera de algún modo...
KIM: [Cansada ya del soliloquio, desliza su mano por debajo de las sábanas y empieza a masturbar a su marido] ¿Sigues pensando en la muerte?

[Louie niega con la cabeza, con cara de plena satisfacción]




Deep raspy voice. Así define IMDB la voz rasposa, gatuna, seductora en grado sumo de Pamela Adlon, la actriz neoyorquina que interpreta a Kim. Pamela es una actriz bajita con pinta de siciliana mandona que se transforma en pantera cuando un despistado le lleva la contraria, o cuando fija la mirada de deseo animal en un macho portador de buenos genes. Conozco muy bien su carácter imprevisible y fortísimo. Hace varios años que apareció en mi vida como un diablillo arisco y lujurioso, en el primer episodio de Californication, donde interpreta a la deslenguada, inteligente y sexualmente liberada Marcy Runkle, la esposa de nuestro querido y calvorota Charlie. Pocos amores me han fulminado con tanta contundencia desde la primera palabra, desde la primera insinuación. Pocos han despertado en mí un deseo tan repentino, tan enamorado. Pamela es un volcán muy pequeñito, casi minúsculo, pero activo de cojones, que vomita lava incandescente en cada suspiro y en cada silencio. Los amores que ella despierta son tórridos, ardientes, de esos que lo ponen todo perdido en la cama, y te hacen olvidar durante horas que existe un mundo exterior de remilgados y desventurados. Un amor tan energético y devastador que se consume en apenas unos días, como las estrellas más fulgurantes del cielo, pero del que luego, porque ella es generosa, y su recuerdo es imborrable, perduran unas ascuas con muy buena salud, anaranjadas y calientes, que se avivan, ¡y cómo se avivan!, al menor soplo de su renovada presencia.


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Lucky Louie. El polvo

Ahora son las mujeres, en el sexto episodio de Lucky Louie, las que conspiran para extraer rentabilidad a las debilidades de sus maridos. La hija de Kim y Louie pasará el fin de semana en casa de una amiga. El matrimonio, después de varios años de esclavitud parental, disfrutará de dos días libres que emplearán en follar mucho, y en reponer fuerzas cenando a la luz de las velas románticas.
Kim vive nerviosa los preparativos, y así se lo confiesa a su amiga en la cocina:

AMIGA: ¿Estas muy emocionada por el gran fin de semana?
KIM: Claro. ¿Solo Louie y yo juntos? Casi nunca podemos hacer esto.
AMIGA:  ¿Le horneaste un pastel?
KIM: Sí. Me gusta empezar con un pastel. Él está preparado para entrar por la puerta, quitarse los pantalones y follarme hasta el lunes. Pero el pastel... el pastel lo tienta. Y cuando acaba de comerse el pastel, sí, todo el pastel, entra en un coma por azúcar y entonces empezamos a hablar...
AMIGA: ¿Y el pobre bastardo al menos logra quitarse los pantalones?
KIM: ¡Ah, sí! Porque cuando hablamos, recordamos lo que nos gusta de cada uno, y volvemos a ser una pareja otra vez. Y es genial. Entonces todos nos quitamos los pantalones. Y a la mañana siguiente, empiezo de nuevo con tocino.


 

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Enron: los tipos que estafaron a América

Avergonzado de no entender nada en las páginas color salmón de los periódicos, vuelvo a ver, después de siete años, Enron, los tipos que estafaron a América. Cuánto ha llovido desde entonces... ¡Y que poco ha nevado!, gracias al cambio climático que esta misma gentuza negó tres veces antes de que cantara el gallo, y se derritieran sus torvos argumentos bajo el sol abrasador. Hace siete años, cuando sólo existían las crisis nucleares y las crisis de los cuarenta, estos desalmados ejecutivos de Enron, que provocaron los apagones en California para subir el precio de la energía y saquear el bolsillo de los pobres, parecían unos simples gamberros del capitalismo, los hooligans más prehomínidos de la afición entregada a la avaricia. Unos tunantes calvorotas, algo torpes, y por qué no decirlo, también un pelín idiotas, que tras delinquir varias veces sin castigo  pensaron que ya todo el monte era orégano, y tierra prometida de leche y miel, y se lanzaron al atraco descarado como bucaneros que ya no se molestasen en camuflar su bandera. Qué gente, Jesús. 



Hace siete años pensábamos que estos tipos de Enron eran unos simples tontainas. Miembros gangrenados, excepciones a la regla,  excrecencias del sistema capitalista... Qué poco sabíamos. Sólo dos años después comprendimos que todos los así trajeados pertenecían a la misma catadura moral de los sociópatas sin escrúpulos, humanoides que matarían a su mismísima madre con tal de gozar de un nuevo privilegio, de un nuevo reloj carísimo, de un nuevo yate más grande aún que el anterior. Gentuza que en cada driver de su madera 3 cercena las cabezas de varios esclavos ya despedidos y amortizados. Una raza de delincuentes muy exclusivos que no sólo dirigía Enron, y amparaba a Enron, sino que dirigía, en fraternal comunidad de forajidos, todas las empresas y asociaciones que rigen nuestra vida material y espiritual, desde la empresa que nos confecciona los calcetines a los diputados que con su mayoría absoluta arrasan nuestros sueños de felicidad. Nuestros viejos enemigos de clase, finalmente, que nunca dejaron de serlo. Don Carlos pide a gritos salir de la tumba para reivindicar sus viejas teorías, y ponerse a la cabeza de la revolución. Ya estamos tardando en inventar la pócima que lo resucite...


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La guía del cine para pervertidos. La ardilla roja

Llega la hora de la siesta y me atornillo en el sofá para ver en los canales de pago La guía del cine para pervertidos, un largo documental británico del que desconozco el contenido exacto, pero cuyo título, cincelado ex profeso para tentar a los más salidos, promete un repaso a los desnudos más deslumbrantes de la gran pantalla. Una versión picantona de la Historia del Cine de Mark Cousins ahora que he terminado con ella, y que, por cierto, no tuvo a bien regalarnos ni una teta a los alumnos más disolutos de la asignatura.


Todavía estoy fantaseando con las actrices que veré despojadas de su ropa cuando descubro, a los pocos minutos de metraje, que he sido víctima de un desalmado truco de marketing. La guía del cine para pervertidos es un acercamiento psicoanalítico a varias películas archiconocidas, conducido, en narración  arrastrada de erres, por el psicoanalista esloveno Slavoj Zizek, del que luego descubriré en internet un extenso currículo académico, y una obra científica capaz de llenar varias estanterías de las muy altas. Por lo que he visto en este primer asalto, el barbudo Slavoj no tiene intención alguna de enseñarnos tetas, ni culos. Y mucho menos combinados en alguna fantasía erótica. Algún desnudo de soslayo que se cuele en sus explicaciones, como ilustración estrictamente necesaria, y poco más. Su intención fundamental es mostrar paralelismos entre la estructura básica de la mente y la estructura artística de los grandes clásicos seleccionados. Slavoj diserta sobre el Yo, el Ello y el Super-Yo como si escribiera un manual de introducción a la obra de Sigmund Freud. Habla de la voluntad, de los instintos, de la educación recibida. A veces se le va la pinza y confunde a los espectadores iletrados -y ya destrempados- con compañeros sapientísimos de un simposium filosófico. Se enreda en germanías que nos dejan, además de la polla ya flácida, la mente turulata.
 Pero otras veces, en el batiburrillo de su disertaciones, se enciende la luz en nuestro sótano del bachillerato, y  alcanzamos a colegir los destellos de genialidad que alumbraron las películas de Hitchcock, o de David Lynch. Nuestro esloveno profesor tiene especial predilección por estos dos directores. Y no es de extrañar. Hitchcock era un hombre gordinflón que se enamoraba pertinazmente de mujeres inalcanzables, y esa frustración sexual, disfrazada de terror, o de agentes secretos, era el leit motiv que animaba toda su obra. David Lynch, por su parte, es un hombre que sueña mucho por las noches, y que luego, al despertar, utiliza las películas para intentar una exégesis satisfactoria de los significados. Alfred y David son dos hombres a los que Slavoj -¡en lugar de desnudar actrices bellísimas!- desnuda en sus intenciones de cineastas algo siniestros y muy complejos.


 
               Otro director que también vive enfrascado en sus sueños, y que luego quiere descifrarlos en sus películas personalísimas, es Julio Medem. Pero no le sale. O yo no le entiendo. Hoy he visto La ardilla roja y me he quedado como estaba. De la obra de culto que predicaban los foreros más entusiastas no he visto ni las sombras. Dos pirados del culo, uno suicida, el otro asesino, se lían a hostias por conseguir los favores sexuales de Emma Suárez, que también está pirada, o amnésica, o finge su trastorno para reírse de los machos enzarzados en la lucha. Algo así. Una historia tan vieja como el propio cine, o como el propio triángulo rectángulo, que ya estudiara Pitágoras. Pero contado de una manera muy rara. Muy artística. Muy autoral. Muy cargante. Muy aburrida.


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El lado bueno de las cosas

Los espectadores entusiastas hablan del optimismo vital que exudan los personajes lunáticos de El lado bueno de las cosas . Del afán de superación, inherente al ser humano, ¡y mucho más si hablamos de norteamericanos ejemplares!, que siempre logra imponerse a las adversidades del destino. Como si la locura, o la enfermedad, o la pobreza que vacía las billeteras, se fueran por donde han venido con un simple chasquido de nuestros dedos Qué majadería. 
            Estos optimistas de la voluntad han convertido una comedia boba en un manual de autoayuda, casi en un hito psicológico del buen rollo. El lado bueno de las cosas no nos enseña nada nuevo sobre la vida. Sólo nos recuerda que da lo mismo lo pobre que seas o lo loco que estés. Basta con que hayas nacido tan guapo como Bradley Cooper para se fije en ti una mujer única como Jennifer Lawrence, y así tu autoestima fluya a chorros por la sangre, y te otorgue una fuerza sobrehumana, una confianza indestructible. La transfiguración en superhéroe por obra y gracia de sus pomulazos, y de sus ojazos, que te traspasan con una radioactividad de muchos becquerelios por centímetro cuadrado. Un macho correspondido por la hembra más deseada del barrio se transfigura en un verdadero ciclón de la naturaleza. En un elegido de los dioses. Un Supertío de los tebeos. Un hombre de leyenda. Lo sé porque me lo han contado.



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Lucky Louie. Los donuts

En el quinto episodio de Lucky Louie se produce este enjundioso diálogo entre mi hermano pelirrojo de Nueva York y su amigo más canijo. Louie, que está sometido a una estricta dieta adelgazante, y que vive vigilado estrechamente por su mujer, aprovecha el encargo de bajar a la panadería para comprar una bolsa de donuts grasientos que se zampa allí mismo, devorándolos a la misma velocidad con que Triki trasegaba las galletas.

AMIGO: Despacio, animal.
LOUIE: No puedo. Ella sabe cuánto se tarda en comprar panecillos. Mira, si alguna vez te casas, cuando hagas algo por primera vez debes tardar mucho en hacerlo. Porque te quedas con ese tiempo marcado para el resto de tu matrimonio.



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Últimas lecciones de Mark Cousins

Termino de ver La Historia del Cine de Mark Cousins. Ha sido un viaje de bonitos paisajes y confortables hoteles. Al guía británico le pongo un ocho de nota, como aviso a futuros turistas del documental. El señor Cousins ha resultado ser un hombre solícito, didáctico, sobradamente preparado. Nos ha llevado en volandas con su entusiasmo febril,  con su timbre de voz tan peculiar. Sólo cuando se empeñaba en que conociéramos la cinematografía senegalesa o brasileña de los cerros de Úbeda, se nos ha puesto un pelín plasta, y pedante. Peccata minuta. También tengo la impresión de que al final, en los episodios dedicados al cine moderno, se ha desatado de sus ligaduras académicas y se ha puesto a contar lo que le daba la real gana, llevado por sus gustos particulares. El decía que no, pero yo no dejaba de intuir que sí. Da igual. No le vamos a criticar por eso. My kingdom, my rules. Su documental, sus cojones. Y mucho menos que voy a criticarle después de haberle dedicado unos piropos a esa película inclasificable que uno, en su rareza al fin compartida, tiene por obra maestra de nuestros tiempos: Mulholland Drive.  


            Resulta, además, por lo oído en algunos comentarios, deslizados con suma educación entre los contenidos de la asignatura, que Cousins nos ha salido un zurdo de las ideas. Un rojete trasnochado y peligroso al que de momento no van a dar cancha en el No-Do nacional recién reimplantado. No creo que le dejen salir de los canales de pago. Y si le dejan, sólo le permitirán un paseo clandestino en las altas madrugadas, para que lo vean cuatro gatos callejeros escondidos entre las basuras.
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Casino Royale

Bostezo, disimuladamente, en la punta alejada del sofá, mientras Pitufo se lo pasa pipa con el agente 007 en Casino Royale. Es su primera película de James Bond, y creo que el personaje le va a dejar marcado por algún tiempo. Daniel Craig es un fulano de rostro inquietante, psicopático, que lo mismo te vale para salvar al mundo que para cargárselo en un arranque de locura. No es un héroe de acción al uso. No tiene el aspecto bonachón de Jason Bourne, ni la ironía socarrona del teniente John McLane. Lo mismo que hace de bueno podría hacer perfectamente de malo, interpretando, por ejemplo, a un hermano gemelo que el destino caprichoso hubiese designado jefe supremo de  la organización Spectra


Pienso en estas variaciones mientras se suceden los disparos, los derrapes, los diálogos imposibles –por brillantes y tan rebuscados- que sostiene James con la chica Bond de turno, la bellísima Eva Green de los ojazos también imposibles, y los pechos canónicos no mostrados aquí, pero ya implantados en nuestra memoria desde que los contempláramos, hace ya una década del evento, en todo su nutricio esplendor, en Soñadores. Único recuerdo, por cierto, que nos legó aquella introspección nasogástrica de Bernardo Bertolucci, que tantos aplausos cosechó, y tanto olvido produjo después. De la señorita Eva dijo don Bernardo: “Tanta belleza es indecente”. Y es cierto. Sólo por ella he aguantado el aburrimiento mientras contemplaba de reojo el entusiasmo palomitero de Pitufo. Mientras él se dejaba llevar por este videojuego de agente secreto abriéndose paso entre los malvados, yo solazaba mi mirada en las curvas hipersexuales de Eva Green. Y cuando ella no salía en pantalla, en el recuerdo imborrable de sus óvalos maternales. Gracias a ella he mantenido la coherencia de quien llevado por un recuerdo confuso propuso ver esta película, y no podía entregarse al abandono irresponsable. ¿Qué hubiera dicho Pitufo de mí, en una próxima recomendación encarecida?

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Historia del Cine de Mark Cousins. Abbas Kiarostami

En su Historia del Cine, Mark Cousins habla maravillas sobre las películas de Abbas Kiarostami que hace unos meses casi me costaron la salud y la razón. Mark llega a decir, en uno de su subidones de crítico exaltado, que el final del siglo XX fue “la era de Kiarostami”. Que ante la avalancha de efectos especiales y posmodernismos digitales, él director iraní fue el aguerrido guardián de la esencias cinematográficas. El más puro y clásico de los directores de su tiempo. Pues bueno. Pues vale. Pues me alegro. Si tuviera que elegir entre cualquiera de sus películas y Matrix, yo me quedo con esta última, sin dudarlo. Soy así de vacío y de superficial. Más aún: si la realidad del cine fuera toda ella como una película de Kiarostami, prohibidas las persecuciones y los hostiazos, las tetas bonitas y las tramas enrevesadas, preferiría tomarme la pastilla azul y dejarme engañar por el mundo ficticio del Gran Ordenador. Preferiría ser un cobarde antes que morir desangrado por un bostezo que me desencajara la quijada. La pastilla roja se la cedería gustosamente a Mark Cousins, para que siguiera durmiendo sus siestas entre los cerezos, o entre los olivos.

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