Lucky Louie 1x01

El primer episodio de Lucky Louie es una obra maestra de las sitcom norteamericanas. Sus treinta minutos de diálogos sin cuartel conforman una clase magistral sobre la guerra de los sexos. Valen por horas enteras de sesudos documentales, de libros gordísimos con estudios enciclopédicos. He llegado a esta serie siguiendo la pista cómica de Louis C. K., ahora que han terminado sus andanzas sexuales -cada vez más surrealistas y tristonas- en Louie. Louis C. K. es un hermano mío de Nueva York al que he conocido hace poco, y al que sin embargo me siento muy unido, pues sus cuitas y sus obsesiones son también las mías. Grosero y gordinflón, cuarentón y fofo, los dos vivimos la misma peripecia mental a orillas –en Invernalia es un decir- del Atlántico. En Lucky Louie me lo encuentro unos años más joven, justo al borde de los cuarenta años que yo ahora tengo, y que son -en horrísono juego de palabras- la cuarentena perpetua de las alegrías inocentes, y de las ilusiones inmaculadas. 



            Louie comparte unos cafés con los amigos del trabajo en un bar de carretera


LOUIE: Estoy de buen humor
AMIGO 1: ¿Por qué?
LOUIE: Kim me dijo que no hiciera planes, porque quiere follar todas las noches de esta semana, hasta el domingo.
AMIGO 1: ¿Cuándo fue la última vez que lo hicisteis?
LOUIE: Hará unos cuatro meses.
AMIGO 1: Espabila, tonto, ella quiere tener otro hijo.
LOUIE: ¿Qué? No, espera un momento. ¿Y tu esposa? ¿También quiere quedar embarazada?
AMIGO 1: No, Tina se ligó las trompas después de nacer Jackie. Así que ahora meto cuando quiero. Sin problemas, ¿sabes?. Pero Kim... puedo verlo en sus ojos. Quiere otro crío. Sólo otro pequeñín, ¿eh?
AMIGO 2: ¿Qué creías, Louie, que se despertó esta mañana y al ver tu verga sucia y pecosa pensó: “Oh, sí, quiero esa tranca dentro de mí”?
LOUIE: Puede.
AMIGO 2: Escucha, capullo, las mujeres son... malas.
LOUIE : Rich, el que tu esposa se divorciara y se quedara con todas tus cosas no significa...
AMIGO 2: Eso fue lo que me abrió los ojos a la verdad. Y la verdad es que las mujeres son poderosas. Son peligrosas. Antes dominaban el mundo, ¿sabes? Los hombres eran esclavos.
AMIGO 1: Vaya retrasado... ¿Cómo van las mujeres a poder dominarnos? Les patearíamos el culo.
AMIGO 2: Sí, pero ya lo ves: las madres mandan, y no vas a levantarle la mano a tu madre.
AMIGO 1: [con cara de pena, y con muy poca convicción] Le pegaré a mi madre. En la cara.
AMIGO 2: [le da una palmada amistosa en la espalda] Ahora puedes. Porque nos rebelamos y... las aplastamos con el patriarcado. Y después borramos todo eso de los libros de historia y empezamos de nuevo. Como en “El Planeta de los Simios”

           
[Esa misma noche, excitado pero cauto, Louie entra en el dormitorio. Kim, su esposa, está leyendo en la cama, con un libro sobre las rodillas]


LOUIE : Hola
KIM: Hola. ¿Esa camiseta es nueva?
-         ¿Qué?
-         Te queda muy bien, puede que estés perdiendo peso. Se te ve muy bien esta noche.
-         [Louie se tiende en la cama] Gracias, es un...
-         [Kim se abalanza sobre él, apasionada]
-         ¡Espera! ¿Por qué haces esto?
-         Quiero tu polla.
-         No, en serio.
-         Sí, necesito esa polla mala.
-         ¿Necesitas mi polla?
-         Sí , es genial.
-         Odias a mi polla desde hace cuatro meses. Ahora la necesitas? ¿Por qué?
-         Olvidé lo estupenda que era y ahora lo he recordado.
-         ¿Quieres quedar embarazada?
-         Sí.
-         Sí, ¿lo ves? [Louie, enfadado, da un salto y abandona la cama]. No quieres mi polla.
-         Sí, quiero quedar embarazada con ella.

A la mañana siguiente, tras el fracaso reproductivo de la noche anterior, Kim trata de excitar a Louie en la cocina del apartamento, arrimándole el cuerpo, rozándole con los pechos, caminando con sensuales contoneos. Se agacha para sacar algo del horno y pone el culo en pompa, orientado hacia Louie.



KIM: Mira, la cocina está sucia, sucia [meneando el culo apretado por los pantalones vaqueros]
LOUIE : Corta.
-         ¿Por qué, te excito?
-         Sí, tonta.
-         [Kim se levanta y le agarra cariñosamente de los huevos] Pues haz algo, puto mariquita.
-         No podemos mantenerlo.
-         Deja de pensar en el dinero, en lo único en lo que debes pensar, es en este pedazo de trasero [y vuelve a agacharse para ofrecérselo]
-         [agachándose a su vez y gritándole al culo de su mujer] ¡No podemos mantenerlo!
-         Sí, háblale, cariño.
-         [Louie se yergue] Mira, me encantaría follarme ese culo...
-         Pues fóllalo
-         Quiero, pero mi polla es demasiado consciente de que tu coño es una ruina financiera.
-         ¿Hablas en serio?
-         Lo siento. Necesito al menos 3000$ depositados y cobrando intereses para que se me ponga dura.       

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Vacas

Hace días que no salgo de este maratón del National Geographic dedicado a las tierras vascas. Poco después de seguir a Tasio en sus aventuras montaraces, me encuentro en la liga de fútbol con un derbi decisivo entre vizcaínos rojiblancos y guipuzcoanos txuriurdines. Un encuentro pasional y noble disputado bajo la lluvia, sobre el césped verdísimo, como corresponde al paisaje ancestral que rodea al estadio de San Mamés. En mitad de la refriega balompédica recuerdo, en asociación libre de mi  cerebro embotado, que hace meses que me aguardan las primeras películas de Julio Medem, asaltadas en un arrebato cinéfilo que pretendía dedicarle un largo ciclo, una retrospectiva cronológica, minuciosa, destripada al mínimo detalle en este diario, y que luego, como sucede casi siempre, se quedó en una mera intención aplazada, pisoteada por otras urgencias, olvidada a los pocos días de haber brotado de mi escuálida voluntad.



            Arrepentido de mi enésima dimisión, busco al terminar el partido la película Vacas. En ella, dos familias de vascos y vascas se odian con la rivalidad propia de los caseríos colindantes, allá por los tiempos en que los carlistas luchaban por una España aún más católica y reaccionaria.  Es una película irregular, extraña, como todas las de Medem, que a veces es narración convencional de los odios y los amores, y a veces, sin previo aviso, se vuelve poesía indescifrable de la telúrica influencia. Telúrica...  Recuerdo que me preguntaron el significado de esta palabra en el examen de lengua de la selectividad, allá por los años mozos, cuando el cine iba a ser el entretenimiento de las noches, el solaz del productivo trabajo, y no el refugio oscuro en el que ahora me escondo de los hombres, y de la vida. No supe responder a la pregunta en el examen. Jamás, en mis lecturas, había aparecido semejante palabra. O yo, al menos, no la recordaba. Tiré del prefijo griego tele y solté algo parecido a lejanía, a planetario, por si colaba. Luego, en casa, reconcomido por el probable desacierto, la busqué en el diccionario: Perteneciente o relativo al telurismo. Telurismo: Influencia del suelo de una comarca sobre sus habitantes. No era, pues, un asunto de lejanías, sino todo lo contrario: de cercanías, de raíces, del suelo que uno pisa. He recordado todo esto mientras veía Vacas, porque hay mucho telurismo en su propuesta, y porque mi cerebro sigue asociando libremente las churras con las merinas, y las peras con las manzanas, en este marasmo post-balompédico que precede al sueño de la noche. Vacas trata sobre vacas en la tierra siempre húmeda, pintada de verde, ondulada de montes, que ha forjado el carácter indómito de los nativos vascongados. Creo que fue Nietzsche quien dijo que somos, en esencia, lo que comemos. Telúricos, al fin y al cabo, pues todo proviene de la tierra. Los personajes de Medem, vascos o no, lo mismo te comen un asado con patatas y razonan como personas normales, que luego se adentran en los bosques, muy telúricos por lo que se ve, y se zampan un par de setas alucinógenas que les introducen en el desvarío, y en la poesía incognoscible del propio ombligo. Así es Medem, y así hay que tomárselo.





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Tasio

En la película Tasio- que es más bien un National Geographic sobre el vasco indómito del siglo XX- Anastasio nace, crece, se reproduce, y finalmente, suponemos, porque ese trance vital no se narra, o porque ciertamente es un espíritu inmortal de los montes, muere. Para ganarse la vida, Tasio lo mismo fabrica carbón vegetal que se dedica a la caza furtiva, o que cultiva un huerto, o que ordeña a las vacas. Este tipo es un todoterreno sin motor, allá en la Sierra de Urbasa. Ningún arte de la supervivencia le es ajeno. Inmerso en la guerra nuclear que Jrushchov y los Kennedy evitaron en el último instante, él hubiera sido uno de los pocos en salvarse. Un hombre capaz de tejer sus propias ropas, de construir su propia casa, de encontrar comida bajo las piedras, encabezaría sin duda una partida de supervivientes al estilo Mad Max, armado de boina y de escopeta recortada, defendiendo el valle de las agresiones externas, vecinales o castellanas, eso ya daría lo mismo, en la disolución definitiva de las fronteras...



            Viendo Tasio he recordado a aquel personaje de Las partículas elementales, Bruno, que se lamentaba de su básica inutilidad, de su desarraigo de las labores primarias. Hace años, cuando leí la novela, y me vi reflejado punto por punto en sus lamentos, transcribí su pensamientos para reflexionar sobre ellos en el futuro. Aquí los tengo, desempolvados y pasados por el corrector. De nuevo es otro escritor, Michel Houellebecq, quien se encarga hoy de rellenar mi folio diario de cada día. Pero es que vienen muy a cuento sus reflexiones, eso es verdad. Bruno, su personaje, es el reverso moderno de Tasio, la otra cara de la moneda humana. El paleto urbano que ya no se ríe del palurdo rural:

- No sirvo para nada -dijo Bruno con resignación-. Soy incapaz hasta de criar cerdos. No tengo ni idea de cómo se hacen las salchichas, los tenedores o los teléfonos portátiles. Soy incapaz de producir cualquiera de los objetos que me rodean, los que uso o los que me como; ni siquiera soy capaz de entender su proceso de producción. Si la industria se bloqueara, si desaparecieran los ingenieros y los técnicos especializados, yo sería incapaz de volver a poner en marcha una sola rueda. Estoy fuera del complejo económico-industrial, y ni siquiera podría asegurar mi propia supervivencia: no sabría alimentarme, vestirme o protegerme de la intemperie; mis competencias técnicas son ligeramente inferiores a las del hombre de Neanderthal. Dependo por completo de la sociedad que me rodea, pero yo soy para ella poco menos que inútil; todo lo que sé hacer es producir dudosos comentarios sobre objetos culturales anticuados. [...] La mayor parte de la gente que me rodea está en el mismo caso. [...] Yo no he hecho nada, no he creado nada; no le he aportado al mundo absolutamente nada. 


    
                    Eso es lo único que uno, efectivamente, sabe hacer: “producir dudosos comentarios sobre objetos culturales”. Y ni siquiera bien. Ni siquiera remunerados. Ni siquiera amplificados en los púlpitos consagrados. Sólo aquí, en estas intimidades del salón, y de los cafés, y de los lectores desnortados que reposan en este diario su mirada, y su cansancio, antes de remontar el vuelo.



         
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El diablo viste de Prada

Hay actrices de las que no hablo gran cosa porque doy por sentada su belleza incuestionable, su influjo universal. No se me ocurre improvisar con ellas una poesía, o una romántica descripción. Además de innecesario, quedaría ridículo en el escritor aficionado que nada recuerda de las altas literaturas, impermeable desde joven a las grandezas del verso, y a las sutilezas de la prosa. Hay bellezas inabordables  que no merecen mis tanteos, que no soportarían un retrato parcial de mi pluma. Una de ellas es Anne Hathaway. Con sólo decir su nombre uno ya ha cumplido con el deber del escritor enamorado. La imagen de Anne Hathaway posee la energía exultante de la autodescripción, y de la autoexplicación. Su mismo recuerdo la define. Cómo explicar la fascinación que nos produce la luna llena, el animal salvaje, la flor inaugural de la primavera... Son fenómenos que nos conmueven en lo más profundo, en lo más primario, donde el lenguaje falla, y ya sólo nos quedan las interjecciones, y los sonidos guturales.  



            Acabo de ver, qué digo, ¡de contemplar en éxtasis romántico!, a Anne Hathaway en El diablo viste de Prada. Una película de mujeres en la que yo me he colado de rondón,  como un pervertido en el lavabo de señoras, persiguiendo a mi amada. Ha sido un error inocente, anecdótico, finalmente insulso. Qué me importan a mí las modas, los estilos, las combinaciones de colores. La redacción de la revista Runway es para mí como la otra punta del cosmos, habitada por seres extraños e incomprensibles. Vivo a millones de años-luz de esta gente que viste a los famosos, a los ricachones, a las modelos mareantes que de vez en cuando pasean sus cuerpos en los cierres del telediario. Soy un hombre chapado a la antigua, refractario a las modas del vestir. Lo mío son las rebajas del Carrefour, donde apaño las mismas prendas de siempre, siempre oscuras y muy baratas. Me visto para no ir desnudo. Todo lo demás no lo entiendo, o me la suda. Visto limpio y aseado, pero lo hago como un gañán de pueblo, ajeno a cualquier estética imperante. El diablo viste de Prada es para mí una marcianada de gente muy extraña y muy loca. Yo estaba allí para rendir pleitesía a Anne Hathaway. Para hablar de ella en este diario y pormenorizar sus encantos y sus talentos. Pero ya he dicho que no puedo. Con Anne, aún a riesgo de parecer un hombre de las cavernas, un neanderthal poco evolucionado, es imposible ir más allá del gruñido del antropoide: uf, grrr, guau...  Éste es mi rendido poema. Mi particular versión del Lord Byron enamorado. Es lo que hay.


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El legado de Bourne

Hoy habla por mí Elvira Lindo, en su columna dominical del periódico. He tenido suerte. Con sólo transcribir sus palabras cumpliré con la obligación cansina de este diario. Hoy me tocaba escribir sobre El legado de Bourne, vista este fin de semana con mi hijo, y la tarea se me estaba atragantando en la lista de deberes. ¿Qué volver a decir de los tiros, de los ninjas, de las persecuciones inverosímiles a caballo de los coches o de las motos? ¿Requebrar, acaso, con las palabras gastadas de siempre, la belleza indecible, e insoportable, de Rachel Weisz, heroína científica del asunto? No sé. ¿Retomar la prosa cursilona para hablar sobre el entusiasmo cinéfilo que últimamente anima a mi retoño, y del que yo participo como padre y profesor orgulloso? Tal vez. Pero todo esto ya está muy visto. Y de pronto, en la duda, en el aplazamiento vergonzante que me roía las entrañas como el gusanillo de la conciencia, ha aparecido Elvira Lindo hablando de sus hábitos, de sus preferencias, en milagrosa coincidencia con mis habituales quebraderos de cabeza, y he delegado en ella el texto de hoy. Gracias, Elvira. Mañana, sin tu ayuda, con la nueva película, o la nueva serie, o la nueva chorrada que tenga a bien proyectar en mi pantalla, tendré que enfrentarme de nuevo al vacío angustioso de mis argumentos...


            “Después de acabar cada mañana derrotada por la lectura de los acontecimientos, necesito, como el aire que respiro, que decía la copla, una bocanada de ficción que atrape de tal manera mi interés hasta el punto de que la cabeza no me dé para más. Si los neurólogos han determinado ya el beneficioso efecto de la meditación, que contribuye a barrer y regenerar una mente azotada por pensamientos, yo propondría, como sufridora de un carácter obsesivo en el que difícilmente se aparcan las preocupaciones, el uso de la ficción como descanso y respiro.”
            Y prosigue:
            “... y a eso de las diez estoy lista para entregarme a la serie de televisión con la que me he automedicado esta temporada. No puede ser cualquier serie, por supuesto, estoy hablando de historias por capítulos que están a la altura de las novelas del XIX. [...] Mientras nuestro país estaba al borde de ese acabose que nos iba a proporcionar una serie de segunda Transición, me dediqué, a fin de controlar mi ansiedad, a verme 24 capítulos de la serie Homeland. En una semana. [...] Costumbrista como solo el cine americano sabe ser y fantasiosos como solo saben ser los guionistas americanos, noto que mi mente se limpia.”


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Amor

Para muchos espectadores seducidos por su título, Amor, con su pareja protagonista de ancianos entrañables, viene a ser la sublimación del sentimiento, la prueba más alta de su pureza, la película más romántica de los tiempos presentes. Para otros, en cambio, que ya somos veteranos de Haneke y sus perversas maquinaciones, Amor viene a ser un título engañoso, irónico, puñetero como lo es todo en este director. Ya lo dijo una vez Julio Llamazares en sus literaturas: tanta pasión para nada. Tanto vivir para luego morirse uno. Tanto amor encendido y batallado para que luego los amantes se digan adiós en un suspiro. 


Los muy enamorados que celebran esta festividad de San Valentín comprándose regalos en El Corte Inglés, y luego echando el polvo del siglo en la cama perfumada con pétalos de rosa, deberían ver Amor para saber hacia dónde encaminan sus románticos pasos. Haneke, ese profesor hueso de los asuntos más turbios de la vida, les enseña que dentro de algunos años, si  continúan soportándose las manías y los defectos, les aguarda la decadencia, el sufrimiento, el estertor último de su pareja reverberando en los oídos. Si antes no lo remedia una infidelidad o un accidente, ellos también habrán de pasar por el mal trago del adiós definitivo, entre la consternación y el olor a medicamentos.  
Hay que estar muy enamorado de tu hombre o de tu mujer para llegar hasta ese dramático final, que en Amor se nos desvela desde la primera escena, para que no alimentemos falsas esperanzas. Perdonar mucho, olvidar todo, follar como conejos mientras el cuerpo aguante: esos son los consejos básicos para el amor longevo, que no eterno. Tener la suerte de ningún rival con atractivo irresistible se cruce en el camino. Es una carrera de obstáculos, el amor. Hay que estar en buena forma, y dispuesto a todo, para llegar a la meta. Como lo está el personaje de Trintignant, tan lúcido como solícito, que se entrega al cuidado de su esposa moribunda sin rechistar, sin maldecir, con la resignación muy sabía de quien ya conocía de antemano el desenlace. De quien ya tenía asumido desde el primer beso, o desde el primer polvo, que al final del camino de baldosas sonrosadas aguarda el infierno de la agonía, y de la muerte. 


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La Historia del Cine de Mark Cousins. Cosmos

Primero lo dijo de Yasujiro Ozu; luego de Jean Renoir; ahora de Alfred Hitchcock. Aún estamos en los años 40 de su Historia del Cine y Cousins ya ha elegido tres veces al mejor director de todos los tiempos. Cuando lleguemos a los tiempos modernos serán  una docena de realizadores los elegidos. No cuento esto para reírme de Cousins. Al contrario: cuando habla de los cineastas que más le gustan, su entusiasmo resulta conmovedor. En estos arrebatos de pasión, Cousins abandona su atril de profesor puntilloso y se mezcla con la plebe que aplaude o abuchea. El crítico objetivo se disfraza de espectador armado con palomitas. 


Cada vez me cae mejor este tipo. A veces se le va un poco la olla, y aplaude extasiado un ángulo de cámara o un fundido a negro que uno, en su incultura, piensa que se le hubiera ocurrido a cualquiera.  Pero su empeño explicativo, y su paciencia de santo bíblico, termina por arrastrarte a su mundo particular. Es una pena que Pitufo, cada vez que pasa por delante del documental, y ve los subtítulos y las escenas del cine antiguo, haga mutis por el foro y se enclaustre en la otra televisión, para seguir jugando a las guerras de mentira. La Historia del Cine podría haber significado para él lo mismo que significó para mí la serie Cosmos cuando yo era chaval Gracias al entusiasmo científico de Carl Sagan, quise ser astrónomo y vivir aislado en un observatorio de las Chimbambas, lejos de los hombres, y de todas las mujeres menos la de turno, entregado a contemplar las estrellas. Luego vino la vida, a ponerme en su sitio. Me faltó el talento matemático, y la valentía necesaria. Pero fue, de todos modos, mi epifanía. Fallida, pero verdadera. El camino a seguir que no pude continuar. Me gustaría que Pitufo también tuviera una epifanía semejante, a ser posible cinematográfica. Que estos documentales, u otros parecidos, o una película que acertara exactamente con su íntima inquietud, fuera el punto de partida de una vida dedicada a perseguir un sueño, una meta. Abandonar la diletancia improductiva tan propia de los adolescentes, y centrar la atención en un oficio creativo, en una afición estimulante. Que un día, dentro de muchos años, cuando le entrevisten en las radios o en los periódicos, responda como responden muchos de los artistas, y de los hombres destacados: que tenía doce o trece años cuando vio en el cine, o en la tele, aquella película o aquel documental que le dejó fascinado, que le marcó el objetivo, y que le encarriló en la feliz vida que ahora lleva...


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Salvar al soldado Ryan

Después de sobrevivir al desembarco en la playa de Omaha, el soldado Mellish, exhausto, desencajado, rompe a llorar lágrimas de alivio. Todo su cuerpo tirita de la emoción. En la última hora ha estado a punto de morir mil veces, perseguido por mil balas, y mil fragmentos de metralla. Mientras otros compañeros morían a su lado, él ha permanecido vivo, afortunado de las mil trayectorias. Sus lágrimas también son de culpabilidad, y de pena. Dentro de unos pocos días morirá buscando al soldado Ryan por los pueblos derruidos de Francia. Pero eso aún no lo sabe. Ahora es uno de los pocos valientes que llegaron a lo alto de la duna, e hicieron huir a los alemanes. Uno de los pocos que tiene el privilegio de contemplar la playa atestada de cadáveres. Así, en la distancia, si no fuera por los charcos de sangre, y por el olor a pólvora que todo lo impregna, se diría que los muertos aún están vivos en un día de permiso, tumbados al solete, mecidos por el vaivén juguetón de las olas.



            Mientras el soldado Mellish llora, Pitufo, a mi lado, que ha asistido boquiabierto a la recreación del desembarco de Normandía, me pregunta, sorprendido, por la reacción del marine. Yo le devuelvo la pregunta, como rebotada en un espejo, asombrado de su poca perspicacia. Pero Pitufo, tras dudar un momento, se encoge de hombros y vuelve la mirada a la pantalla.
-         Esto no es un videojuego de los tuyos- le digo.
Y de nuevo el silencio por respuesta. No sé si me ha entendido. Ni yo sé si lo entiendo a él. Es difícil penetrar en la mente de un adolescente que hasta hoy sólo ha vivido la guerra en los videojuegos de la Play Station. No en la vida real, por supuesto, ni tampoco en las grandes películas del género, hiperralistas y crudas, donde los actores interpretan a soldados verosímiles que lloran y maldicen, que agonizan y mueren. En el mágico mundo de los píxeles, los soldados sostienen diálogos y obedecen órdenes, pero no muestran sentimientos. Van a la batalla convencidos de la resurrección tras el game over. Son, en cierto modo, soldados de Dios, a los que la muerte no asusta. Combaten con la fe ciega de los cruzados. Son guerras protagonizadas por inconscientes, o por fanáticos.



Nada puedo achacar a Pitufo. Yo mismo me crié con películas bélicas que tampoco nos educaron gran cosa, pastiches patrióticos donde se ensalzaban los valores, los cojones,  la bandera. Los malos caían como muñecos, y los buenos morían como héroes, con una sonrisa en la boca, orgullosos de su sacrificio, rodeados de sus camaradas. Eran una mierda, aquellas películas de mi infancia. No se oía el impacto de las balas sobre la carne. No brotaba la sangre de las heridas. Nada sabíamos de los desmembrados, de los destripados, de los que agonizaban dando alaridos. Los escenarios de batalla eran asépticos, muy estudiados para preservar la epopeya.  La guerra en aquellas películas era un juego peligroso, nada más. Los que mandaban, que eran militares, o simpatizaban con ellos, querían prepararnos para la mili, para el servicio, para defender occidente de los comunistas, o de los marroquíes, para resistir metro a metro en las calles de Ceuta y Melilla, entregando nuestra roja sangre, y nuestra amarilla bilis, si fuera menester. Qué tiempos, aquellos, de hazañas bélicas y soldaditos de plástico. Cuánto hemos aprendido desde entonces.



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Iron Man 2

Acompaño a mi hijo en su fiebre gripal por los superhéroes y me trago, enterita, sabiendo de antemano lo que me espera, Iron Man 2. Ni el gracejo de Robert Downey Jr. ni las peras postsoviéticas de Scarlett Johansson son capaces de mitigar mi aburrimiento. Pero es un fastidio dichoso, y consentido. Ningún tiempo con Pitufo en este modesto cineclub del hogar es tiempo perdido. Quiero creer que estoy sembrando en él la semilla del futuro cinéfilo. La carne de mi carne, y la sangre de mi sangre, transustanciada en celuloide. O en megabytes. Son como el abono y el regadío, estas sesiones, aunque a veces las películas resulten tan poquita cosa como hoy.



Nos hemos reído mucho con las malandanzas de Tony Stark. Ni yo termino de comulgar con lo que veo, ni Pitufo termina de tomarse en serio las fantasmadas de estos héroes marvelianos. Comentamos los hostiazos, los pasotes, los giros grotescos de la trama. Quizá me puede el orgullo de padre si afirmo que Pitufo es un espectador entregado, pero muy crítico. O quizá finge su madurez para que yo no reprenda su infantilismo, no sé. Cuando aparece Scarlett Johansson mostrando el escotazo, se instala entre nosotros un silencio incómodo.  Él sabe que yo sé, y yo sé que él sabe. Scarlett gusta a todos los hombres entre los doce y los noventa años. Es un imperativo biológico, imposible de soslayar. Pero sólo son segundos. Ahora que ya somos dos tíos mayores, y que sabemos de qué va la vaina,  rápidamente recomponemos la vergüenza, y hacemos chistecitos sobre las enormes dimensiones, o sobre los dinámicos bamboleos. Entre el adolescente que llega y el adolescente que nunca se fue, montamos una pequeña juerga como de chavales del instituto. Es una mierda, Iron Man 2. De lo peor que ha pasado por mi sacrosanta cartelera. Pero no cambiaría este rato por ninguno de los que paso en soledad viendo las obras maestras que Mark Cousins, o cualquier otro, recomienda a bombo y platillo...


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Mad Men. Don Draper cumple 40 años


En el primer episodio de la 5ª temporada de Mad Men, Don Draper ha cumplido 40 años. Uno contempla sus propios cuarenta años en el espejo, con las ojeras y las canas, la papada y la mala hostia, y se pregunta si los años pasan igual para todos los seres humanos. Y no hablo de la percepción subjetiva del tiempo, sino de su duración real, del peso mensurable de los segundos y minutos que van conformando las horas. Mis cuarenta años han pasado volando, casi sin darme cuenta, como si apenas hubiesen sido quince o veinte, pero pesan, y joden, y llevan la resignación plomiza de al menos nueve vidas comprimidas. Los cuarenta años de Don Draper, por el contrario, conservan las prestaciones laborales y sexuales de un macho apenas afectado por la decadencia. Los radicales libres de su organismo se lo están tomando con mucha pachorra. A mí, en cambio, me falla el oído, me invaden las canas, se me desploma la barriga... Aparecen manchas en la piel, pelos en los oídos, meadas intempestivas en mitad de la noche. Mi organismo ha entrado en alerta naranja, superado por los acontecimientos. Ni las sobras sexuales de Don Draper podría comerme yo. Ni las migajas que el tira al suelo con un gesto de hastío.



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La Historia del Cine de Mark Cousins

La Historia del Cine de Mark Cousins era un libro difícil de seguir para la cinefilia más plebeya, con mucha explicación de la germanía y muchas citas de los cineastas ignotos. Su adaptación al documental televisivo, sin embargo, que el mismo Cousins ha llevado a cabo en  prolija sucesión de episodios, le  reconcilia a uno con las nobles intenciones de este hombre, y lo nombra, en íntima ceremonia, Historiador Oficial del Cine en estos reinos exiguos de mi habitación.


            Si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, unas imágenes en movimiento valen más que mil láminas explicativas. Lo que en el libro resultaba árido de entender, aquí, en la televisión, con la paciencia infinita que Cousins dedica a sus espectadores, uno, que nació sin algún lóbulo cerebral de los importantes, llega a entrever parte del  misterio, y se siente comulgante en este milagro de las películas. Cousins habla de los avances técnicos que fueron conformando el cine, otorgándole su sintaxis y su gramática. Cousins nos explicotea, con voz de británico atildado, que suena didáctica y entusiasta como la de un profesor de Oxford o de Cambridge, las intuiciones geniales de los pioneros en el montaje, de los aventurados en el encuadre, de todos los que abrieron caminos al andar, plano a plano, y verso a verso.
   Mientras se desgranan las imágenes que sirven de introducción a los capítulos, y que son estampas de los cinco continentes unidos en la pasión universal por el cine, Cousins casi susurra: “A finales de la primera década del siglo XIX, nació un arte nuevo. Se parecía a nuestros sueños.”
          “Se parecía a nuestros sueños...” Con esta afirmación tan simple y tan poética, Cousins proclama la supremacía del cine sobre  las demás artes. Sólo la música, quizá, escapa a su preeminencia. La música posee la cualidad de lo ingrávido, de lo intangible. De lo religioso, quizá, si uno fuera creyente...



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Argo

Horas después de haber visto Argo, no soy capaz de hincarle el diente literario a la crítica, al comentario original. Siento de nuevo, como en el caso de El árbol de la vida, la tentación del aplazamiento, del sine die, de la vagancia cobarde de este diario. Nada se me ocurre sobre Argo que no esté dicho ya: leo las críticas, las referencias, los aplausos, y a casi todo digo amén. Nada que aportar sobre la maldad ancestral de los iraníes, tan morenos, tan tiznados, tan cejijuntos. Los yihadistas de Jomeini salen retratados tal como eran, sin exageración ni artificio: mal afeitados, mal encarados, terroristas todos de la misma locura, lo mismo los barrenderos que los ayatolás, lo mismo los aduaneros que los tenderos avariciosos del Gran Bazar. Nada tengo que aportar a esta verdad incuestionable. ¿Los americanos?: guapos y nobles. ¿Los iraníes?: marrulleros y muy feos. Hay algunos, incluso, los más fanáticos revolucionarios,  que para redoblar el impacto aterrador de su semblante, se visten a la moda del comandante Castro, con su verde oliva y su purazo entre los labios. Iraníes homenajeando a cubanos. Satánicos festejando a Belcebú. Se merecían la bomba atómica que ese blandengue de Jimmy Carter jamás les envió, por terroristas, por comunistas... por iraníes.



En fin... He de pararme aquí. No quiero alargar la verborrea agónica de quien nada lúcido, ni lucido, tiene que comentar. Aplazaré el abordaje nutritivo de Argo para otra ocasión. La pereza, la inoperancia, la abulia mortecina  de estos días tristísimos, anulan el discurrir aplomado de mi pensamiento. Si es que alguna vez lo tuve...


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El árbol de la vida

Llevo días escuchando obsesivamente la banda sonora de El árbol de la vida, mientras escribo estas sandeces, o miro por la ventana, aburrido de la vida. Andaba la música por ahí, escondida en el disco duro, sufriendo un olvido de los míos, un ostracismo de los inexplicables. Hay una pieza en concreto, Circles, que me pone la carne de gallina. No es una licencia literaria: al mismo tiempo que escucho las notas de Alexandre Desplat, observo como el vello de los brazos despierta y se estira, embelesado por la música que surca el aire viciado de mi encierro. Como resucitados de su muerte en vida. Como animados por un nuevo misterio. 


No le hice justicia a esta película. Hace un año que la despaché aquí con un par de gracietas para salir del paso, prometiendo, quizá, no lo recuerdo bien, extenderme más adelante en una tesis doctoral sobre Terrence Malick y sus filosofías, sobre el drama existencial del ser humano y su armonía con la Creación y la Madre Naturaleza. Alguna perorata al estilo cursilón de Paulo Coelho, del que jamás he leído una frase, pero que presumo, por lo que leo en sus entrevistas, muy próximo a estas literaturas. Pero ese día no llegó. Nuevas películas se posaron sobre mi mesa de trabajo, relegando El árbol de la vida al final del montón, aplastada y olvidada. Ni siquiera cuando caí enamorado de Jessica Chastain, meses después, hallé el tiempo prometido para escribir sobre lo que ya eran jirones del recuerdo, impresiones lejanas que ya no servían para desarrollar unos comentarios decentes, y documentados. No tengo excusa. La pereza, que es mi gran pecado capital, domina hasta el más exultante de mis deseos, hasta la más noble de mis promesas. Basta. Ha llegado el momento. Los sortilegios de Desplat me han inoculado el deber de la reparación. Un día de estos, en el remanso oceánico de una noche sin estrellas, veré de nuevo El árbol de la vida. Aunque sólo sea para escuchar su música de nuevo, acompañada de imágenes: la evocación del cosmos, del nacimiento, del espíritu desnudo...



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El mundo es nuestro

El “Cabesa” y el “Culebra” son dos arrabaleros de Sevilla que no se dedican al teatro callejero, ni militan en ningún grupo anarquista con nombre de mes. Ellos han crecido en los malos barrios, y aunque son tíos algo cortos, semianalfabetos de la farlopa y de la mala vida, han comprendido la realidad de los humanos con cierta precocidad. A la fuerza ahorcan. El “Cabesa” y el “Culebra” no aspiran a mejorar el mundo. Al mundo que ellos conocen, puñetero y mezquino, que le den. A este par de pájaros, gorriones desplumados del suburbio olvidado, se la sudan los artistas revolucionarios. Una película como Noviembre les sonaría a shino del mandarino. ¿Bertolt Brecht? ¿Quién es ese? ¿El nuevo delantero centro del Betis? Ni puta idea, oye. Para estos dos balarrasas,  el héroe, el modelo, el ejemplo a seguir en la vida, es “El Dioni”, el segurata justiciero que harto de trajinar el dinero de los ricos decidió apropiárselo para arreglar sus propios asuntos, en Brasil, en las playas de Copacabana, bañado por el sol, rodeado de las mulatas pechugonas que olisquean los millones a kilómetros. Primero la felicidad de uno mismo; luego, con la mente despejada, y la mansedumbre de quien ya lo tiene todo resuelto, el servicio a los demás. Por ese orden.


Con esta filosofía por bandera, nada desnortada por cierto, y guiados por el espíritu emprendedor y estrábico de su santo laico, el “Cabesa” y el “Culebra” se lían las caperuzas a la cabeza y perpetran un atraco esperpéntico a la sucursal bancaria menos oportuna de Sevilla. Lo que allí acontece entre atracadores y rehenes les sirve a los creadores de El mundo es nuestro para repartir palos a diestro y siniestro. Hay para todos. Es una sátira que a veces peca del trazo grueso, deudora del estilo Morancos tan apreciado en las Tierras del Mar del Verano, pero que otras veces, en varios destellos de genialidad, saca el pincel fino y te dibuja una sonrisa agradecida en la cara. No quisiera uno ponerse exagerado, y estupendo, pero hay algo de Azcona y Berlanga en estos dos tipos valleinclanescos de Sevilla, Alfonso Sánchez y Alberto López. Descubro en internet, al terminar la película, que son cómicos ya de largo recorrido, muy afamados en esa nueva forma del disparate cómico que son los webepisodios. Picoteo en algunos y vuelvo a reírme de lo lindo con sus parloteos sobre el ser y la nada, sobre el todo y el hombre. Llevo años perdiéndome a estos cómicos de la idiosincrasia sureña. No me entero de nada. Las vanguardias me llevan años de ventaja. Ya estoy muy mayor, y muy torpe. Y muy vago. Antes los tenía calados a todos. En la avanzadilla de la cultura iba yo, arengando a los rezagados. Ahora vivo en la cola del pelotón, con el paso cansino, distraído en las mujeres, y en los pájaros.


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Noviembre

“Nosotros queríamos cambiar el mundo y desde luego no lo conseguimos. Ahora lo que intento es que el mundo no me cambie a mí”.

Con este lamento vital, que pronuncia la anciana actriz que un día fue joven y contestataria, termina Noviembre,  una de esas películas desapercibidas y olvidadas que a uno, por razones muy íntimas, se le han quedado colgadas del pensamiento. Debe de ser la tercera vez que veo Noviembre, y su influjo, con el paso de los años, lejos de menguar por reiteración, ha ido creciendo. Es una película imperfecta, visceral, que se aventura por caminos muy poco trillados. Un grupo de actores jóvenes, poseídos del romanticismo arrollador de quien quiere cambiar el mundo, y además folla mucho en la movida de Madrid, se lanza a las calles para remover las conciencias de los ciudadanos con sus performances subversivas, lascivas, desafiantes. No cobran un duro por ello. Son revolucionarios de las formas y del fondo. Ellos invaden la vía pública para escandalizar al casto, para avergonzar al moralista, para asustar a las viejas y hacer reír a los niños. Ellos actúan para enseñar, descarnadas, desnudas, las fealdades que nadie quiere ver. Son, en sentido estricto, unos provocadores. Si Octubre fue la revolución fracasada de los proletarios, ellos, el grupo Noviembre, encabezarán la revolución fracasada de los actores. La Policía, que sabe mucho de cortar los sueños de raíz, de abortar las utopías recién concebidas, tomará buena nota de ellos. Si no quieren dinero, que se lleven, al menos, un par de hostias, por las molestias.


            Noviembre, con sus jóvenes soñadores y dinámicos, pensadores quiméricos de una humanidad mejorable, es una película que me delata como un viejo ya sin aspiraciones, anciano prematuro que emite su voto y no vuelve a ocuparse del bienestar general hasta que llegan los siguientes comicios. Viejo sedente que a diferencia de la anciana actriz del principio, no siente miedo de que el mundo le cambie, porque él, al mundo, siempre le ha exigido muy poquita cosa: la despensa llena, los dolores apartados, las películas siempre a la mano. Un viejo que ya nació viejo, que lleva veinte años aspirando a las mismas pequeñeces, que jamás se aventuró en la pedagogía de las gentes, en la transformación de los espíritus, porque siempre se dijo tímido y perezoso, llamado a otros caminos más introspectivos y filosóficos, o porque escondía, bajo esa fachada de timidez y pereza, de abulia impropia de un joven saludable, la certeza inconfesable, y muy prematura, de que las personas no cambian, no aprenden, que lo mismo les da ocho que ochenta siempre que alguien les dé la razón, y les arregle lo suyo, que casi siempre es dinero, o sexo, o joderle la vida al vecino. Noviembre es el recordatorio lacerante de mi juventud consumida en los cines, en los cineclubs, en los salones que siempre tenían una tele encendida con películas en marcha. Una juventud aislada de las otras juventudes, y de las naturales inquietudes de la bonhomía y el progreso. El sueño obsesivo de una película tras otra, hasta quedarme sin vista, o sin culo, o sin vida. Y algún libro, de vez en cuando. Y al otro lado de la ventana, el aburrido páramo que sólo se pisa para ganar el sustento, y tramitar los papeles: el  mundo de las personas, siempre el mismo después de tantas revoluciones fallidas. Habrá que esperar a la próxima, que llamaremos Diciembre...


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Game Change

Game Change es un telefilm de la HBO que nuestras televisiones gratuitas jamás estrenarán, y que cuenta la carrera electoral de Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos. Julianne Moore, mi Julianne, la actriz descomunal de los mil registros y los mil cabellos pelirrojos, da vida a esta inclasificable mujer que siendo medio lista y medio lela, medio estúpida y medio bruja, a punto estuvo de colarse en la Casa Blanca para provocar la carcajada y el caos entre sus queridos compatriotas.



    Aunque a primera vista pueda parecer una película de intriga política, con los asesores presidenciales y los planificadores de campaña viajando en autobuses que recorren los estados, Game Change está más próxima al género de catástrofes que le ponen a uno los huevos en la garganta. Nos pasó rozando, el cometa Palin. A mil kilómetros escasos se quedó del impacto sobre la Tierra. Al menos sobre esta Tierra que seguimos disfrutando, todavía entera y verdeazulada, porque hay otra Tierra, alternativa y desgraciada, que sí sufrió el choque con ese asteroide. Existe, en algún lugar del cosmos, flotando en las coordenadas fatídicas del destino, un universo alternativo donde John McCain derrotó a Barack Obama en aquellas elecciones presidenciales, y donde luego, a los pocos meses, el anciano sufrió un infarto que puso la puntilla a su mala salud. En esa línea temporal alternativa, que sólo está a dos pasos de nuestra preservada realidad, Sarah Palin, la mujer de la incultura enciclopédica, de la arrogancia inquebrantable, de la estupidez supina elevada a la categoría de chulería moral, es nombrada Presidenta de los Estados Unidos, y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. En ese universo paralelo, mi otro yo se levanta cada mañana mirando al cielo en busca de los misiles que habrán de poner fin a la vida, o la inundación bíblica de los mares, recalentado y fundido el hielo de la Antártida en el microondas venusiano de la quema petrolífera.


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Pusher II

Vivo estos días abotargado por el fútbol incesante de la tele, y de los partidos embarrados del barrio periférico. Sigo durante horas al balón que viene y va, la mayoría de las veces pateado sin sentido, al tuntún de los malos jugadores. Algunas  veces, las menos, un futbolista exquisito besa el esférico en un toque sutil e intencionado.  Se produce, entonces, un milagro que asocia el pie con la razón, el intelecto con la destreza. Un gesto que justifica -o quiero yo que justifique- la tarde entera pasada en el sofá.

            Cuando no juega el equipo albo de mis amores, el fútbol se vuelve un espectáculo opiáceo, e incapacitante.  A veces pienso que tienen razón esos intelectuales plastas que claman contra él. Cuando uno sale del fútbol ya no está para nada. Uno trata de articular pensamientos y parábolas sobre el cine y sólo le brotan recuerdos de jugadas, lamentos de goles fallados, alegrías de tantos consumados. La geometría del fútbol y su táctica, que también es riqueza intelectual y materia de reflexión, inhabilita durante horas el ejercicio de cualquier otra filosofía. Veo, a trechos, entre medias de los infinitos partidos, Pusher II, la nueva aventura de mis queridos camellos de Copenhague, y nada nuevo se me ocurre que no haya dicho ya sobre las películas ultraviolentas y muy dicharacheras de Nicolas Winding Refn. Luego veo, con Pitufo, en dos horas robadas al balompié, la primera entrega de Iron Man, ahora que nos ha dado por el revival de los superhéroes, y ninguna reflexión suculenta nace de mi postura como padre, o de mi escepticismo como espectador, ninguna que no hubiera escrito la semana pasada sobre Los Vengadores y sus esquijamas. No tengo nada nuevo que aportar. El gusanillo de la conciencia anda muy revoltoso estos días, reconcomiéndome las neuronas, advirtiéndome de que me repito mucho en este diario. Basta, pues. Que reine el fútbol. Cuando cesen las competiciones será el momento de volver a escribir algo cinéfilo, y digno...



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Día de la marmota

Bill Murray ha vuelto a cubrir el Día de la Marmota en Punxsutawney, Pennsylvania. Otra vez. Phil no ha visto su sombra al salir de la madriguera, por lo que se aventura una llegada adelantada de la primavera. Aquí, en Invernalia, para los que vivimos maniatados por la jornada laboral, y ponemos todas las noches una película a la misma hora, también ha sido el Día de la Marmota: el despertar y la ducha; el desayuno y el perro; el trabajo y la comida; la siesta y el hijo; la cena y la película; la angustia y el sueño...

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