Fausto 5.0

Fausto 5.0 es la historia ininteligible de un cirujano medio vivo o medio muerto que va encontrándose en la Barcelona fantasmal con los medio muertos  -o medio vivos- que una vez fueron sus pacientes. Uno de ellos, el Mefistófeles de la función, es un superviviente de cáncer al que da vida este actor del que uno es rendido admirador, y creador de un club de fans acá en el salón de mi casa, Eduard Fernández. 



Fausto 5.0, que pretende ser una película de terror y escalofrío, ya no asusta por sus escenarios de pesadilla, ni por su aura de fantasmas errantes, a medio camino entre el limbo ye la tortura infernal. Uno ve esos hospitales abandonados en la periferia de la Barcelona, o visita ese hospital grimoso donde el protagonista practica sus escarnios, y no deja de pensar que lo apocalíptico ya está aquí, a la vuelta de la esquina. Los proletarios de América, que viven desde hace tiempo en la distopía de Fausto 5.0, no verían mayor pesadilla en esta película: un simple reflejo de la realidad sanitaria que ya impera en el Imperio. Aquí, en cambio, que hasta hace dos días éramos europeos y bienestantes, civilizados y distintos, que éramos atendidos en hospitales atestados pero limpios, esta realidad de la Clínica Delicatessen se nos viene encima como un asteroide implacable y catastrófico. Como un castigo de los dioses monetarios que nos envían al destierro medieval,  o al exilio africano. Una pesadilla aterradora que, como el Lord Voldemort de Harry Potter, va tomando cuerpo poco a poco, célula a célula, decreto a decreto. Y voto a voto, hasta formar una masa crítica de electores que nos joden la vida a los demás.  



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Tyrannosaur

Venía muy aclamada por la crítica esta película, Redención, que en el título original consta como Tyrannosaur, y que ha sido traducida de manera muy absurda para que piquen las almas sensibleras,  o los clérigos confundidos con el vocablo teológico. Una estupidez de título; un spoiler en toda regla; una sabihondez innecesaria.


No es película desdeñable, Tyrannosaur. Pero nace, en mi caso, muerta del todo, como un parto de fatal desenlace. Ninguna simpatía, ninguna compasión, ninguna redención puede suscitarme un borrachuzo que en la primera escena, iracundo con los otros alcohólicos de la taberna, propina varias patadas a su propio perro hasta matarlo. La muerte de ese chucho, servicial y bonachón, se me clava en el alma como una daga, y aunque su amo y asesino se lamenta del arranque de ira, y llora la pérdida, desconsolado y deprimido,  yo me cago en su puta madre cada vez que asoma el jeto en las escenas, que son casi todas. Ni siquiera el trabajo ímprobo de Peter Mullan, que es un actor soberbio que lleva las cicatrices del espíritu marcadas en la cara, es capaz de convencerme del arrepentimiento vital de este cafre pateacanes. Me la sudan sus lloringueos y sus miradas profundas. Sus esfuerzos supremos por redimirse y mudar de personalidad. Me la pelan, sus sudores. Podría irse a Calcuta, con las monjitas, o al Brasil, con los teólogos de la liberación, a restañar el mal ayudando a los pobres del mundo, y alcanzar así el equilibrio de su karma ennegrecido. Es igual; nada de lo que haga este matarife, a ojos de este espectador misántropo que ama a los perretes por encima de todas las cosas, podrá redimirlo del mayor pecado señalado por los dioses: el ensañamiento con el animal inocente. 


Ya lo dijo Pérez-Reverte en aquel celebérrimo artículo:
“Creo que no hay nada más conmovedor que la mirada de un perro: mataría con mis propias manos, sin pestañear, a quien tortura a un chucho.”
Yo no mataría a nadie con mis propias manos. La torpeza, la cobardía, la pereza infinita de los actos heroicos, me echarían para atrás en el último instante. Pero no la ética, ni el hermanamiento con los hombres. Me cisco yo, en los hombres.
“Con chuchos de por medio, lo cívico me importa una mierda. Ningún ser humano vale lo que valen los sentimientos de un buen perro.”


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Thirteen

Más que una estimable película sobre adolescentes desnortadas y madres naufragadas, Thirteen es una prueba moral diseñada para los hombres maduros, que con sólo olisquear la belleza de estas jovenzuelas nos convertimos en antropoides fuera de la ley. 
     Ningún brete moral, ningún remordimiento interior, ninguna pequeña erección rápidamente reprimida bajo el cojín, hubiese perturbado nuestras conciencias si estas muchachuelas tan hermosas, que se prestan al morreo mutuo y a los tríos encarnizados con sus vecinos, hubiesen sido chicarronas ya matriculadas en la universidad, mujeres de la ardua carrera y del incierto futuro laboral. Pero aquí, en Thirteen, revestidas con el envoltorio de un caramelo envenenado, ellas, Evan Rachel Wood y Nikki Reed, todavía son quinceañeras del instituto prohibido, colegialas de la coña marinera y de la anarquía irresponsable. 



Es un deseo ilegal y muy penado el que uno siente por estas chicas de la película. Biológico, sí, pero inoportuno, y condenatorio. De haber nacido siglos atrás en la corte de algún rey,  Evan Rachel Wood y Nikki Reed, a sus dieciséis años primorosos, licenciadas ya en la asignatura obligatoria del crecimiento, hubiesen sido ofrecidas a un duque de Alemania, o a un conde de la Austria-Hungría, en sagrado matrimonio avalado por los obispos. Dieciséis años tenía la bella Simonetta, la musa del Renacimiento, cuando fue descubierta por el pintor Botticelli para posar de modelo en El nacimiento de Venus. Una mujer hecha y derecha, sobre esa concha marina que sirve de receptáculo a la diosa. Esa era la moral del mundo hasta la llegada de las vacunas, y de la penicilina. En una época donde casi todo el mundo moría joven, y de cualquier cosa, el amor precoz era una de las escasas recompensas para sobrellevar el destino. Estaba bien visto desear mucho, y muy pronto, para que el apellido prevaleciera.  Ahora, en cambio, vivimos mucho más tiempo, pero a cambio se nos ha prohibido entrar en el jardín de la juventud, donde Evan y Nikki retozan en sus juegos carnales muy poco inocentes. 


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Atún y chocolate

La sonrisa y el tedio van alternándose en la cabeza del pelotón para llevarme a la línea de meta de Atún y chocolate, situada en Barbate, capital del viejo reino de Chiquitistán. Cuando el empalago de lo previsible me tienta con el abandono, aparece un actor simpático de gracejo gaditano para animarme a pedalear un kilómetro más, a resistir otros diez minutos de esfuerzo televidente.



            Aunque es una película de temática españolísima, con el paro y la trapisonda, la economía sumergida y la supervivencia del día a día,  uno asiste a las andanzas de estos pescadores de Barbate con la extrañeza de estar viendo un paisanaje extranjero, muy poco afín. Para un español de Invernalia, los españoles de la Tierra del Mar del Verano son gentes muy alejadas, y distintas. Atún y chocolate es el National Geographic de otra cultura europea sin abandonar las fronteras estatales. Uno se ve, pero no se reconoce. A los septentrionales y a los meridionales nos unen un puñado contado de eslabones: el idioma, por supuesto, aunque los acentos, cuando se cierran, nos vuelven letones o malayos para el entendimiento. Nos une el latrocinio desalmado de nuestros gobernantes, el mismo en todas las latitudes comprendidas entre el Cantábrico y el Mediterráneo; nos une, quizá, vagamente, una gastronomía de sustentos básicos compartidos: el aceite, el ajo, la cebolla, la ensalada de tomate, pero no más de lo que nos une a los italianos, o a los griegos, o a los libaneses, usufructuarios todos del mismo sol. Nos une la misma mala educación, la misma algarabía de los bares, la misma entraña desalmada con los animales.  Nos une, por encima de todo, como ya dijo en su día Vázquez Montalbán, la liga de fútbol nacional. Ella es el verdadero pegamento de la patria. La cola fortísima que mantiene unidos los fascículos sueltos en el tomo común, en esta charanga balompédica que copa el tiempo de los noticiarios, y el espacio sagrado de los periódicos.  



Compartimos, además, los españoles del norte y del sur, una monarquía constitucional muy moderna y resalá,  que veranea sobre nuestras cabezas de plebeyos. Del mismo modo que los mundos de George R. R. Martin tienen su rey de los Siete Reinos, nosotros tenemos al campechano de las Diecisiete Autonomías, y de las Dos Ciudades Autónomas, y del Gibraltar reclamado. Pero esta dinastía nuestra, a diferencia de la imaginada en Juego de Tronos, es única, siempre la misma, incontestada por otros escudos de rancio abolengo. Desde hace tres siglos y pico es siempre el mismo apellido el que ocupa los palacios, y caza en los cotos. Exilio arriba, República abajo, hasta ahora nunca habían tenido una verdadera contestación. Y no ha surgido precisamente entre los apellidos más ilustres, sino entre los más corrientes, entre la más baja estofa de los vasallos: los Pérez, los García, los Rodríguez, los cabreados siervos que ya no entienden de privilegios medievales. Cuando ya no seamos súbditos de la misma monarquía, los mesetarios del garbanzo y los pescadores del atún quizá no volvamos a jugar en la misma liga. Nos escindiremos en múltiples federaciones ibéricas, cada una con su clima y con su humor, con su torneo y con su campeón. Seremos vecinos bien avenidos, conciudadanos del mundo, cinéfilos del uno y el otro confín. León y Barbate, tan lejanas, tan antipódicas, podrán, al fin, iniciar los trámites para convertirse en ciudades hermanadas.


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Los vengadores

Cuando el milagro parecía ya lejano e inalcanzable, de repente, en un parpadeo casi soñado, vuelve a ser viernes por la noche, y el cansancio, y el hartazgo, y las pocas ganas de seguir combatiendo se toman un respiro, y se colocan un gorrito de fiesta para ver una película idiota, intrascendente, de las que uno deja transcurrir por los circuitos interiores sin que los aduaneros pidan pasaportes, y examinen las maletas en busca del arte y la grandeza. 



Hemos visto Pitufo y yo Los Vengadores en asimétrica disposición del ánimo. Por un lado el padre, barrigudo y canoso, somnoliento y desastrado, inapetente ya de este género de películas, que sólo ve por santificar los viernes, y por cuidar la convivencia filial. Un antiguo devorador de cómics al que sólo le queda el prurito de ver lo que tantas veces soñó pero que nunca se hizo en los viejos tiempos, sin los efectos especiales y los ordenadores potentísimos de ahora, películas malísimas y decepcionantes que perpetraba un artesano del cable invisible y la transparencia vergonzosa. A mi vera, en el sofá, el chaval animoso y predispuesto, incumplidor consentido de las horas de sueño, el adolescente que jamás leyó una historieta de estos tipos disfrazados, que los conoce porque yo le hablo de ellos, porque surgen en los rastrillos de la cultura, porque a veces se cuelan en los videojuegos. Pitufo es un chaval de su generación que jamás toma nada impreso con las manos, alérgicos ya a la textura del papel, al peso intolerable de las páginas.



Así hemos estado los dos, los espectadores asimétricos, disfrutando cada uno a su modo de los mamporros y los hostiones, de las heroínas del traje ajustado y las musculaturas de los anglosajones hormonados. Pitufo se lo ha pasado pipa con el espectáculo, y yo me lo he pasado teta –tetaza, más bien, de Scarlett Johansson- en el silencio mosqueado del cinéfilo quisquilloso. Me he entretenido, además, en refrescar los viejos conocimientos de la infancia, época exuberante de mi cerebro en la que yo lo sabía todo sobre estos superhéroes, enciclopedia andante que ahora ha perdido páginas y tomos enteros en la ventisca húmeda de los años. A cada recuerdo recobrado, una sonrisa; a cada recuerdo escondido, una maldición mascullada entre dientes. ¿De qué diablos estaba hecho el escudo del Capitán América? Me llena de amargura este olvido imperdonable. La solución está a un golpe de clic, lo sé, pero está, también, a un solo golpe de neurona, a una sola sinapsis bioquímica del esclarecimiento reconfortante. ¿De qué estaba construido, el puto escudo? Me hiere, como una puñalada trapera, no recordar este asunto central de mi infancia. Este detalle capital. Este dato revelador. Este conocimiento científico y primordial  que una vez sustentó mis fantasías infantiles, tan importantes como la vida misma...


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The Yellow Sea

Noto que me estoy haciendo un espectador viejo y anquilosado, y que vivo desconectado, a veces queriendo, a veces sin querer, de las nueva tendencias que los cinéfilos más jóvenes descubren y publicitan. Muchos de sus hallazgos son tiempo que uno lleva bien ahorrado, y bien empleado en repasar los clásicos de siempre. Los jóvenes, por lo general, como los jóvenes que nosotros fuimos, caminan sin rumbo y eligen lo que va saltando, lo que está de moda, al tuntún de los anuncios o de los amigos, pecando venialmente con sus faltas como nosotros pecamos en su día con Stallone, o con Chus Norris, fulanos vergonzosos a los que por entonces entregamos nuestros vítores y nuestros dineros, y de los ahora que huimos con las solapas subidas y el sombrero calado cuando nos preguntan por ellos, como salidos que salen de un cine porno.



De vez en cuando, sin embargo, los jóvenes encuentran una veta de cine que produce mineral valioso y exportable a la edad adulta. Fueron ellos quienes me pusieron en la pista, hace unas semanas, de Nicolas Winding Refn y su ópera prima Pusher, cinta inaugural de este certamen particular y muy fructífero sobre el director danés, álter ego de mi facha. Han sido ellos también, los jóvenes despiertos y voraces, quienes han dirigido mis achacosos pasos hacia la ignota Corea del Sur, tierra de comedores de perros y de estudiantes ejemplares, para descubrir esta locura oriental de mafiosos armados con hachas y cuchillos que es The Yellow Sea. Viene a ser como una película de Martin Scorsese, lisérgica y trepidante, con la misma plétora de asesinados y malheridos, solo que aquí, en Corea, por razones culturales o legales que uno desconoce, nadie va armado con una pistola, y la sangre no chorrea de los orificios abiertos por las balas, sino que mana abundantemente de los tajazos bestiales que trazan las armas blancas. 



Se llama Na Hong-jin, el director de la función. Sé que su nombre, tan propio de un lateral izquierdo de la selección surcoreana, jamás arraigará en mi memoria. Tendré que apuntarlo en las agendas, y echarle uno ojo de vez en cuando, para no perderlo en la maraña de otros directores surcoreanos también muy recomendados, Bong Joon-ho, el lateral derecho, o Park Chan-wook, el media punta habilidoso. Prometen emociones fuertes, estos muchachos del nombre trifásico e intercambiable. Si The Yellow Sea es la medida canónica de su cine, dentro de unos días, cuando se calmen las aguas del Maelström, y vuelva a rastrear las aguas con mi velero pirata, llenaré mis bodegas con este tesoro exótico de los mares orientales. Vienen muy recomendadas, estas especias medicinales, para pasar el mal trago de las noches cerradas y lastimeras, donde uno sólo pide, y se conforma, con un par de peleas bien trajinadas, y cuatro trompazos bien fingidos, como antaño entretenía sus depresiones infantiles con un buen par de hostiazas arreadas por Bud Spencer, el ídolo grasiento y bonachón de mis primeras violencias. 





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Valhalla Rising

Mi reciente interés en Nicolas Winding Refn me lleva a buscar y a descargar en cuestión de unas horas Valhalla Rising, película de estética vikinga y mandobles sangrientos que en el documental NWR de hace dos días pintaba como película inquietante y distinta. Y pardiez que es una película inquietante y distinta. Vikingos silenciosos y salvajes que hartos de matarse en la Jutlandia deciden ir a matar musulmanes a las Cruzadas y acaban, por el designio de Odín, que alborota los mares y revuelve los vientos, descubriendo la costa americana y luchando contra los nativos pintarrajeados. Todo ello con música de rock, silencios terribles y planos coloristas de los mundos oníricos o esquizoides. 


¿Es Valhalla Rising una metáfora de la propia biografía de Nicolas Winding Refn, que nacido en tierras danesas se crió en la América ya conquistada por los anglosajones? ¿Es el guerrero tuerto de las nulas palabras, protagonista hercúleo de la película, un álter ego de Refn trasplantado a la Edad Media? Quién sabe. Son cosas que habría que preguntarle dentro de unos años, cuando su reluciente estrellato demande más curiosidades y certezas.  De todos modos, son asuntos que poco interesan aquí. Lo que sí sabemos, y además nos dice mucho del Personaje Danés de la Semana, es que sus intereses vitales se ciñen al cine, y sólo al cine. Lo comentaba en NWR su actor fetiche Mads Mikkelsen, al que le preguntaban por su relación personal con el director y respondía que casi ninguna fuera de los rodajes. El único tema de conversación de Nicolas es el cine; el único mío, los deportes. Nuestras conversaciones, cuando logran avanzar, salen muy extrañas... 


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NWR. El danés renegado

Veo en los canales de pago el documental NWR sobre la figura de Nicolas Winding Refn, recién descubierto y admirado director de Pusher, y el primer compareciente en escena –que luego averiguaré que es Alejandro Jodorowsky- sale denigrando el cine norteamericano y llamando “degenerado” a Steven Spielberg.  Con el primer argumento sobre la mesa podríamos tomarnos un largo café, Jodorowsky y yo, en una plácida terraza parisina de las que él seguro frecuenta, barajando películas e intercambiando recuerdos. Con su segundo comentario, en cambio, dejo de ser un ciudadano respetuoso para convertirme en un caballero ofendido que lanza el guante retador de su desprecio, y de su cabreo. Mañana al amanecer, en el descampado, con el arma que don Alejandro elija. Es una infamia eso que dice Jodorowsky de mi dios Steven, aunque su opinión esté muy bien vista en los círculos de la alta cultura, donde tanto se ríen de nosotros, los espectadores confundidos entre la chusma, incapaces de distinguir una perla verdadera de una película falsa de bisutería. Los seguidores de Spielberg -hacedor de nuestros sueños infantiles y pubertarios- guardamos con él una deuda de gratitud infinita, impagable en cien vidas que viviéramos, y nos tomamos estos desplantes como insultos al propio apellido, y al propio honor.



            A punto estoy de levantarme del sofá, herido en el insulto intolerable, cuando aparece en pantalla el susodicho Nicolas Winding Refn para empezar a contarnos su historia marciana de cineasta outsider. Descubro, intrigado, a un tipo que guarda un extraño parecido físico conmigo: alto, barrigudo, de papada notable, con unas gafas de concha que compartimos todos los que, con aptitudes o sin ellas, aspiramos al amor de las mujeres por el camino del intelecto. Ese parecido físico, sospechoso y notable, me hace olvidar la injuria inaugural del documento, y me obliga a sentarme de nuevo en el sofá. No ha sido, desde luego, un tiempo perdido. Mi amado Jodorowsky no vuelve a ser invitado a la función, y Nicolas W. R., generoso y dicharachero, se explaya largamente en sus neuras y obsesiones, en sus virtudes y defectos. Es un personaje extraño, medio danés y medio norteamericano, que reniega de su país en unos términos que a mí, amante de todo lo que procede de la utópica Dinamarca, me hiere y me descoloca. Y me hace seguir sus puyas con una creciente atención. 



Nicolas habla de su país como hablo yo del mío, renegando del carácter de sus gentes, del clima insoportable, de la incomprensión general hacia quien nace distinto y piensa diferente. Pero él habla de la seriedad y del frío, y yo hablo de la jarana y del calorazo. Si Nicolas dice encontrar su paraíso vital en Nueva York, donde creció y formó sus gustos cinéfilos, yo buscaré el mío, cuando aprenda inglés, o se enamore de mí una recia vikinga de ojos azules, en el mismo Copenhague donde él dice aburrirse de lo lindo. ¿Quién, salvo Nicolas W. R. y los tipos raros como él, podría despreciar una ciudad donde reina el carril bici y puedes adelgazar al aire libre sin que un coche te lleve por delante? ¿Quién, en este edén nórdico donde reinan las rubias por encima de las morenas? ¿Quién, en este paraíso velocípedo donde la única causa probable de accidente es, precisamente, que uno se quede prendado de una rubia peatona y se pegue un morrazo contra la farola colocada por el ayuntamiento?






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Boss. The end.

Termino de ver la primera temporada de Boss y la serie no termina de convencerme. Ni la belleza de Hannah Ware, tan deslumbrante, ni la turbiedad de los trapicheos municipales, tan apropiada en estos tiempos, son argumentos que me ayuden a mantener la atención sostenida. En Boss hay malos de relumbrón, arpías de campeonato, cabronazos trajeados que jamás elevan el tono de voz. Hay mangoneos electorales, latrocinios sibilinos, manipulaciones exquisitas de la democracia. Salen mujeres preciosas y actores carismáticos. Los niños pesadísimos e innecesarios de otras series brillan por su ausencia en acertada decisión de los guionistas. Boss tiene los ingredientes necesarios para convertirse en una serie de culto, pero alguien los está mezclando muy mal, o a mí me han pillado en una época inapetente y dispersa. No sé. Pienso en su segunda temporada, que ya están emitiendo en los canales de pago, y la pereza infinita me atenaza la voluntad de la grabación legítima, o de la descarga ilegal. Ni los desnudos frecuentes de Hannah Ware, con esos pechos ligeros del óvalo canónico, me animan a seguir. En el torbellino constante de las series, uno a veces se marea, y se desorienta, y pierde el buen juicio del espectador avezado y veterano. La saturación anula el buen juicio. Ya llevo entre pecho y espalda demasiadas corruptelas políticas, demasiado pesimismo ciudadano: The Wire, The Newsroom, Margin CallBoss. Todas vienen a contar lo mismo: la miseria del sistema, el fracaso los sueños, la impunidad secular de los poderosos. Sólo otros poderosos igualmente corruptos vendrán a bajarlos de sus pedestales. Demasiada consternación, demasiada desazón. Es el espectáculo asqueroso del alma humana puesta al descubierto: la primera vez que una ficción de calidad empuña el bisturí y te enseña las tripas, lo flipas; la segunda, sacas tus conclusiones; la tercera ya lo das por consabido, y te aburres.


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The Big Bang Theory

Voy viendo con mi hijo, cuando los deberes y los madrugones no conceden un respiro, la cuarta temporada de The Big Bang Theory. O debería decir, más bien, de la cuarta temporada de Sheldon Cooper y sus amigos. Porque el personaje de Sheldon, cada vez más soberano, es el alma imprescindible de esta serie. Cuando cede el protagonismo a los personajes secundarios, la comedia se empobrece, y el bostezo nocturno asoma su patita. De esos chistes facilones de travestidos y pajilleros están repletas las ficciones españolas. No necesitábamos alforjas para este viaje sobre el Atlántico. Sin embargo, cuando Sheldon regresa al centro de las tramas y su autismo acapara los soliloquios y las confusiones, Big Bang se vuelve delirante, imprevisible, brillante. Del suspenso al sobresaliente, con su mera presencia. Sólo a su alrededor, como apóstoles rodeando a su profeta, encuentran su verdadero sitio los secundarios. Sus andanzas particulares nos la traen floja, muy floja. Poco sabemos de los Doce Apóstoles en los Evangelios, más allá de sus nombres y sus oficios. Algún diálogo suelto por aquí, alguna andanza resumida por allá. Son escritos modélicos que van al grano de su personaje principal, donde están las enseñanzas y las moralejas. De Leonard Hofstadter y compañía nos bastaba con saber su condición de compañeros de piso, o de trabajo. Lo demás es superfluo, muy poco enriquecedor. 


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El Tigre de Chamberí. Los tramposos.

En El Tigre de Chamberí, un patán conquista el amor de la muchacha más guapa a fuerza de ser íntegro y buen tío. En Los tramposos, un par de timadores dejan la mala vida y reciben como premio a dos chicas bellísimas de tetas kilométricas. Son  películas de la España católica y moralista, que narraban vidas descarriadas que terminaban siendo ejemplares. Y uno, desde estos tiempos modernos de la democracia y el despelote, echa de menos aquellos años tan fructíferos para los hombres feos pero honrados. 



En aquella España de las películas casposas y la censura vigilante, ser alguien decente y con estudios te aseguraba una buena opción en el draft de las mujeres. Ellas mismas te preferían antes que liarse con el cantamañanas que iba de discotecas, de guateques, que las manoseaba a destiempo en los asientos del 600. Sólo las pelanduscas preferían subirse a la Vespino de estos tipejos engominados. Los años cincuenta y sesenta fueron muy duros en la política y en la economía, pero en el terreno sexual fueron el paraíso de los mediocres, de los tipos grises pero formales. Yo hubiese sido la hostia en aquella España sin monarquía constitucional, con mis costumbres espartanas, con mis gafas de concha, con mi adusta seriedad. Se me hubieran rifado, las mozas del lugar: las vecinitas del quinto, o las casadas del supermercado. Sin embargo, cuando yo nací, estos méritos ya eran filfa y baratija de los rastrillos dominicales. Las chicas ochentosas y noventeras estaban en otro rollo, en otra onda. Fueron los años dorados de los ligones, de los chuloputas, de los graciosillos del chiste estúpido. De los pretendientes motorizados. Del chico más canalla o del más gilipollas. Del que más bebía, del que más fardaba, del que más grande aseguraba tenerla. Te exigían demasiadas cosas, las chicas preciosas de mi generación. Un examen continuo, estresante, de una altísima cualificación, no apto para los machos beta que mendigábamos cualquier mirada.
 Los hombres de bien ya no estamos de moda. Nuestro reinado de color gris fue barrido por las movidas y las discotecas, que lo pintaron todo de colorines, incluso los pelos. La bendita democracia fue una desgracia para nosotros. Somos, en lo nuestro, unos nostálgicos del No-Do.



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Pusher

Han pasado ya varios meses desde la última vez que visité Dinamarca, mi país adoptivo, mi paradigma del mundo feliz. Tenía ganas de regresar a las calles de Copenhague para a disfrutar del frío, de la limpieza, de las mujeres escandinavas. Del césped sin basura, de los bares sin gritos, de los autobuses que llegan a su hora. Esta vez, sin embargo, me he dejado liar por este director tan de moda en Jolivú,  Nicolas Winding Refn, para conocer los bajos fondos de la capital danesa, que también existen, con sus traficantes de droga, sus yonquis desesperados, sus after hours del bacalao puesto a todo volumen.  Pusher es una película de antes del euro, con heroína que se paga en coronas danesas, y como película noventera que trata sobre macarras y trapicheros, tiene mucho de la influencia pulpfictiana de Quentin Tarantino. Entre trabajillo y trabajillo, sus delincuentes mantienen conversaciones que podrían haber firmado los mismísimos Travolta y Samuel L. Jackson, enfrascados en alguna aventura europea de asesinatos y nuevas hamburguesas. También las escenas de violencia son tarantinescas en Pusher, sorpresivas, brutales, filmadas con la frialdad de un entomólogo que estudia peleas entre coleópteros. Porque hay violentos, sí, en Dinamarca, y mala gente, desde los tiempos de los vikingos, o de Hamlet, por lo menos. Hasta equipos de fútbol han tenido que se dedicaban mayormente a dar patadas. En este asunto tan primario de la agresividad, los daneses son como cualquier hijo de vecino.     

           

           ¿Supone este descubrimiento una pequeña decepción? ¿Un pequeño mazazo a mi amor platónico por este país? Nada más lejos de la realidad. Uno asiste en Pusher a varias compras de droga en pisos clandestinos y las transacciones siempre llegan a buen puerto. La droga es buena, el dinero es de curso legal, y la confianza de los buenos ciudadanos reina entre los camellos tatuados y los drogatas con el mono. Son asuntos llevados con la eficacia y el sentido cívico que empapa todo lo que hacen los nórdicos. Sólo cuando la policía aprieta y los más débiles cantan, empiezan los ajustes de cuentas. Es entonces, en el desplome del negocio, en la ruptura de las viejas estructuras, cuando todo el mundo busca satisfacer sus deudas inmediatamente, al precio que sea. Los buenos delincuentes, hasta entonces civilizados y honrados, se colocan el casco de cuernos y empuñan el hacha para repartir mandobles a diestro y siniestro. Lo ponen todo perdido, pero estoy seguro de que luego, cuando termina la película, ellos mismos limpian la sangre mientras sus señoras, en la idílica igualdad entre los géneros, tan escandinava e inimitable, toman café con las amigas en la terraza más in de Copenhague.


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El niño de la bicicleta

Hoy, en involuntaria carambola cinéfila, he visto mi tercera película belga en apenas dos semanas, hecho insólito que como buen creyente en el psicoanálisis debo poner en cuarentena, y someter a cuidadoso estudio, como al alien que se coló en la nave de Prometheus. Si las casualidades no existen, ¿qué interés, qué motivación, que designio rocambolesco gobierna mi voluntad a la hora de elegir, como disfrazado de azar, tres películas belgas en tan corto plazo de tiempo? ¿Belgas, precisamente, en estos tiempos de zozobra donde nuestra vida económica –y con ella todas las demás vidas- pende de un hilo tejido en Bruselas? ¿Belgas, justamente ahora, que Gerard Depardieu –insolidario, jetudo, tragaldabas- sale en los telediarios porque se ha refugiado allí huyendo de la reforma fiscal francesa? ¿Belgas, curiosamente, ahora que mi señora se ha aficionado a desayunar unos gofres dietéticos de color caca que son el pasmo gastronómico de mi incredulidad? ¿Por qué ahora, en este momento de mi vida, en este momento del mundo, Bélgica?



 ¿Qué tienen en común Farinelli, Pánico en la granja y esta película de hoy, El  niño de la bicicleta, que es como todas las de los hermanos Dardenne, pero algo menos plasta, y con Cécile de France, mi Cécile, mi viejo amor del 2012, paseando su belleza cuarentona y su buen hacer de actriz veterana?  Nada, ciertamente. Estas películas se parecen lo mismo que un huevo a una castaña, o a una sandía de Almería. El esferismo ovoide, quizá. ¿Qué elemento subconsciente, letárgico, retorcido -libidinoso seguramente-, une las aventuras de un castrato, tres juguetes de plástico y un niño insoportable que se pasa la película  dando por el culo con su bicicleta y con sus ataques de ira? ¿Un deseo de regresar a la feliz infancia sin testosterona, quizá? ¿El deseo del no-deseo sexual, siempre insatisfecho? Es un des-razonamiento que tiene la lógica estúpida de los sueños, y de las asociaciones libres. Tan válido, pues, como cualquier otro. ¿Pero por qué, oh dioses del capricho, en Bélgica?


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Un método peligroso

Recuerdo que de bachilleres, en el colegio de los curas, pasamos muy de puntillas por las enseñanzas de Freud, de Nietzsche, de Marx. Sus pensamientos pertenecían al currículo oficial que nos inculcaban los pérfidos socialistas, pero eran autores cuyas lecciones se estudiaban en casa, clandestinamente, fiado cada uno a su propio entendimiento de adolescente iletrado. Luego, en el aula vetusta, se admitían unas pocas preguntas aclaratorias, despachadas con prontitud, como en las ruedas de prensa de un entrenador que acabara de perder el partido.


             De Marx, antes de condenarlo al ostracismo del estudio particular, se nos decía que era un adúltero rijoso que siempre iba muy desaseado, y que su filosofía entera, si es que podía calificarse como tal, sólo respondía a la envidia que le suscitaban los ricos, y los verdaderos creyentes en Dios. Un resentido. Un guarro que además era judío, y que descendía de aquellos deicidas que habían crucificado a Jesús, y luego se habían mofado de él en la cruz. Luego, para despachar al pobre Nietzsche, nos contaban en dos brochazos inmisericordes, pues le tenían más miedo que al mismísimo diablo, que fue un pensador loco que escribía necedades contra Cristo, y que el mismo Señor le castigó a pasar sus últimos años en un manicomio, y a morirse entre fuertes dolores de cabeza, para ejemplo y escarmiento de quienes se atrevieran a leerlo. Y uno, sorprendido de que un loco así tuviese cabida en el temario oficial, donde sólo se estudiaba a los pensadores más eminentes de la Historia, iba a buscarlo al libro de texto y se encontraba, efectivamente, con un pensador de mostacho hiperpoblado y mirada perdida que parecía estar majareta, aunque uno, también, sospechase que aquel retrato estaba cuidadosamente seleccionado por la casa editorial,  propiedad del clero o de alguna de sus seglares subcontratas. 


            Pero la saña realmente venenosa y reconcentrada se la guardaban para Herr Sigmund. A los otros dos tipejos les odiaban.  Freud, simplemente, les daba asco. Qué se puede esperar, decían entre sonrisas, de un orate que soñaba con acostarse con su madre y que hizo de esa ignominia una supuesta ciencia, y una supuesta terapia para la gente chalada. Un incestuoso, un enajenado, un pecador sin redención posible. Un salido, un obseso sexual, un lacayo de Príapo surgido en la Viena del siglo XIX que se pasaba el día deseando a las señoritas y asustando a las viejas. Un cerdo ilustrado. El inventor de esa patraña llamada psicoanálisis que los sacerdotes, desde hacía siglos, y completamente gratis, llevaban practicando en sus confesionarios, Ave María Purísima, habían patentado ellos, para todo aquel que quisiera airear sus vergüenzas y quedarse tan a gusto. Tanto asco les daba Freud, tanto rato dedicaban a denigrarle subidos en la tarima, que al final, sin proponérselo, le dedicaban horas enteras en su afán por mostrárnoslo como un guiñapo, como un farsante. Fue así, con su monomanía por el sexo, como los curas criaron a una cohorte de lectores clandestinos de Freud, atraídos por el morbo, por el lenguaje, por la verdad evidente de que todo en la vida, y más si eras un adolescente no correspondido, giraba alrededor de la sacrosanta palabra que ellos apartaban con un vade retro: sexo.


           Nos hicimos freudianos gracias al tiro que los curas se dispararon por la culata. De él leímos algunos libros que nos enseñaron cosas muy curiosas y muy válidas, como La interpretación de los sueños, o la Psicopatología de la vida cotidiana, donde uno se adentraba en los curiosos mecanismos del subconsciente y de la psicología oculta. También leímos obras incomprensibles, divagatorias, de las que no sacamos nada en claro porque eran pura germanía de psicólogos centroeuropeos, pero en las que salían mucho las palabras sexo, y líbido, y masturbación, algo así como una gran revista porno sin ilustraciones, muy docta, muy sabia, que convertía el autosexo en una práctica casi médica, y respetable. Nos hicimos freudianos, sí, pero no jungianos, porque los curas, a Jung, como opositor principal al pensamiento de Freud, lo ponderaban mucho en las homilías de la asignatura. Decían del  suizo que era el reverso benevolente y cristiano del sátiro vienés. Un científico que no había abandonado la espiritualidad en el camino espinoso de la verdad. Que Jung también practicaba el psicoanálisis, sí, pero cristianamente, sondeando las profundidades del alma más que los oscuros recovecos del primate excitado, donde Freud chapoteaba como un cerdo complacido. Y claro: cuanto más nos ensalzaban a Jung, el santo patrón de la buena psiquiatría, más ojeriza le cogíamos los que desconfiábamos del juicio de los clérigos, y habíamos apostatado ya de cualquier tentación metafísica o espiritual.


           Hoy he recordado estas cosas mientras veía, en los canales de pago, Un método peligroso, acercamiento inquietante de David Cronenberg a la figura de Jung. En la película lo vemos aún de joven, recién casado, tirándose a sus más bellas pacientes en la consulta, tratando de conjugar la ciencia del psicoanálisis con la pseudociencia del alma, en un experimento personalísimo que le cuesta el distanciamiento con su antiguo maestro Freud. Jung es un hombre torturado, luterano, ilustrado, al que Michael Fassbender interpreta con gesto turbio y mirada muy fría. Uno quiere, pero no puede, compadecerse de  su dolor. Se nota que Cronenberg, tan afín a los espíritus atormentados, siente simpatía por su personaje, y que en las refriegas con Viggo –Freud- Mortensen, Jung sale mejor parado, más humano, más contradictorio. Es una película que van a disfrutar mucho los curas de mi adolescencia, si aún siguen por ahí limpiando las almas embarradas. Jung 1 – Freud 0. 
           Es por eso que Un método peligroso, aunque tenga el mérito indudable de no terminar con los títulos de crédito, y de persistir en las reflexiones que acompañan los últimos rituales del día, le despierta a uno cierta antipatía, cierto recelo, como si le estuvieran sermoneando otra vez desde la tarima del bachillerato. Aunque Freud tenía sus manías persecutorias y sus ataques de divismo, me jode mucho ver como le afean sus defectos, y me lo tomo como algo personal. No lo puedo evitar. A Freud, como a Marx, o a Nietzsche, o a los jugadores del Madrid, sólo se les critica en privado, en el círculo íntimo de los convencidos. No hay que prestar argumentos a nuestros adversarios. Al enemigo, ni agua.



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El Caballero Oscuro: la leyenda renace.

Ayer, en la última noche de las vacaciones, Pitufo y yo nos encomendamos a la benevolencia de nuestras vejigas, y al silencio ya satisfecho de nuestros estómagos, para disfrutar casi tres horas seguidas de nuestro héroe preferido, Batman, en esta su tercera performance exclusiva para Christopher Nolan, del que debe ser muy amiguete allá en Gotham City.
        Aparece en pantalla el logotipo sombrío de la Warner Brothers y casi notamos que se nos escapa la baba ante el presentimiento de las peleas coreografiadas, de los gadgets futuristas, de las apariciones fantasmagóricas de Batman en medio de la oscuridad para agarrar del cuello al maleante de turno y susurrarle a la jeta un “”Soy Batman” que incluso en la voz doblada al castellano de Christian Bale, algo desmayada y cansina, guarda un punto murcielágico y acojonante.



La decepción, sin embargo, es mayúscula. O al menos la mía. Todas las Navidades esperando este momento, sorteando las banderas del descenso alpino donde se apostaban los familiares, las cenas, los compromisos insoslayables, y ahora que llegamos a la meta, y la cuesta abajo de enero se convierte en un remanso amplísimo de paz y sofá, resulta que el señor Nolan y su amigo enmascarado, no sé por qué, se enredan en una historia tediosa en la que pocas cosas se explican, y las pocas que se explican, resultan absurdas o previsibles. Esta vez no he tenido que esperar a la mañana siguiente para que los internautas más sagaces me bajaran de la nube algodonada. Esta vez me he bajado yo solito, por mi propio pie, y por mis propias entendederas. Sólo la presencia de Anne Hathaway, dejándose la belleza en un papel tan estúpido como prescindible, y la hermosura de Marion Cotillard, pronunciando sus frases con la soltura desengañada de quien se sabe tan bien pagada como infrautilizada, va animándome, de pellizco en pellizco, de hormona en hormona, a seguir el devenir idiota de estas ocurrencias tan caras y tan bien rodadas.



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Treme y Cuéntame

Ahora que paso unos días en León, en estas navidades tropicales que los vientos atlánticos nos traen de Miami, acompaño a mi madre en los sofás nocturnos y comparto con ella algunas ficciones que en mi otro hogar, allende las montañas, estarían terminantemente prohibidas por mi médico, y duramente castigadas por mi religión. Es de un estómago muy delicado, mi querido televisor, y lo tengo muy bien educado en los menús, para que no se me estropee. El trasto de mi madre, en cambio, ha tragado durante años los culebrones, los telefilms, los debates a voces sobre los amoríos de los famosos, y lo que no lo ha matado lo ha hecho más fuerte. Es un aguerrido veterano de mil batallas catódicas. Él sí puede digerir las series españolas de calidad sin que le salga una úlcera, o lo averíe gravemente un ardor de cables. Mi flor del pitiminí, en cambio, acostumbrada a los manjares exquisitos de la alta cocina anglosajona, se moriría de una indigestión con sólo probar un capítulo patrio de callos a la madrileña.



Hoy, armado de amor y paciencia, con la botella de sidra bien a la mano para ver y olvidar al mismo tiempo, me he enfrentado al relanzamiento estelar de Cuéntame. A mi madre le encanta esta serie, como a casi todas las madre. En ella se reencuentran con sus juventudes, con sus canciones del año, con sus buenos tiempos que a veces ni siquiera llegaron a ser buenos, sino sólo mejores. Mi madre es de esas espectadoras que se fija mucho en los manteles, en las cuberterías, en los electrodomésticos, y exclama de vez en cuando: “Ay, sí,  yo tenía uno de esos, igualito”. Y un deje de emoción se deja traslucir en el igualito. Le gustan mucho, además, los actores españoles, y las actrices, de los que dice que son muy creíbles, y muy cercanos, grandes artistas en lo suyo, aunque luego en sus vidas personales sean algo puteros, y  algo putillas. Yo asiento a sus comentarios con gestos cervicales de autómata, porque reina la armonía en estas fechas tan señaladas, pero lo que estoy viendo en pantalla es una recreación cutre y algo carca de la Movida Madrileña, con sus drogatas, sus pelos de colores, sus reyes y reinas del glam. Debería interesarme mucho este acercamiento al pasado nacional, origen de la regeneración cultural, de la relajación de las costumbres, de la liberación sexual que ahora disfrutamos sin saber de dónde nos vino, tras cuarenta años de besos robados en las pantallas. Pero hay algo en las actuaciones, en los guiones, en las ambientaciones recortadas de presupuesto, que me impide el vuelo libre, y me roba la magia. 



Al rato me levanto con una excusa cualquiera y desaparezco en la otra televisión de la casa, donde me esperan dos capítulos nocturnos, explayados, sin madrugón en el horizonte, de Treme. Es allí, en la Nueva Orleans devastada por el Katrina, donde por fin encuentro a mi gente. A mis seres queridos de esta ciudad catastrófica que ahora es, mientras duren los episodios, mi lugar preferido en el mundo. ¿Qué tiene uno que ver con la música de jazz que vertebra su alma? Nada ciertamente. Uno ha escuchado jazz en las emisoras, en los discos que le dejaban, lamentando la falta de tiempo, la carencia de oído, la pereza imperdonable de no lanzarse a una escucha sistemática, concienzuda, de esta música con la que uno siente una conexión especial, pero sin entenderla, maravillado y al mismo tiempo confundido por los ritmos extraños, por las improvisaciones sin pauta. ¿Y Nueva Orleans? ¿Qué vínculos guarda uno con esta ciudad hasta ahora ignota, que nunca salía en las películas americanas, que incluso me costaba situar en el mapa? Nada, tampoco. El Madrid del pop debería de serme más afín que el Nueva Orleans del jazz. Más estimulante, más cercano. De sus garitos salieron algunas de mis primeras canciones predilectas. Y sin embargo, desde que David Simon decidió plantar en Nueva Orleans su arte y su denuncia, me siento un habitante más de la Luisiana, atribulado y confundido, enamoradizo y orgulloso. Un músico más en la fiesta agridulce de la reconstrucción. Otro participante extranjero en el Mardi Grass, virtual y entusiasta.


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Prometheus

Veo, por la noche, en celebración particular y solitaria de este primer miércoles del año, la esperadísima Prometheus de Ridley Scott, que trata de explicar los enigmas terroríficos desplegados en Alien y sus secuelas. 
Me acuesto con la sensación de haber visto una gran película, imaginativa y absorbente, casi una obra maestra del género si no hubiesen quedado sueltos un par de cabos. Peccata minuta, en todo caso. Apago la luz y me encomiendo al sueño como un niño satisfecho y feliz, imaginando mundos extraterrestres, aventuras astronáuticas, hallazgos trascendentales que iluminan el origen biológico de la humanidad. Luego, por supuesto, el sueño caprichoso toma sus propios derroteros, y lejos de transportarme a los espacios siderales para transfigurarme en un héroe de acción, me devuelve a la realidad -distorsionada pero igualmente pedestre- de mis asuntos laborales, de mis deseos sexuales, de mis conflictos nunca resueltos con el bendito balompié. 


A la mañana siguiente, en la cafetería que me proporciona la conexión, entro en los foros dispuesto a compartir mi éxtasis infantil con Prometheus. Mi sorpresa, al leer los primeros comentarios, irónicos y denigrantes, es mayúscula. No es posible, pienso. Están hablando de otra película, Prometeo quizá, sin la hache intercalada, una de dioses griegos y musculosos atenienses enredados en olímpicas luchas y homéricos folleteos. Pero no: leo el título con atención y es Prometheus, indudablemente, mi obra maestra, mi niña bonita, la que está siendo destrozada sin piedad por una pandilla de indios belicosos y gritones, dispuestos en círculo.
Leo la primera crítica con el escepticismo plantado en mi cara, y las garras de la respuesta bien afiladas, dispuestas a teclear una réplica implacable. No voy a creerme nada de lo que me diga este fulano, por muy valorado que figure en el escalafón. Pero la voy a leer, detenidamente, por educación, por ecumenismo cinéfilo. Para ir rebatiendo uno por uno sus argumentos, seguramente flojísimos, y antojadizos, porque este pecador de la pradera debió de ver Prometheus sin gafas, o con una novia sobándole el paquete, en inatención gozosa y muy perdonable.
Sin embargo, termino de leer su crítica y soy yo quien rinde las armas, y retrae las garras, y echa de menos haber visto Prometheus con el sexo dulcemente acariciado, cosa que, al parecer, lejos de reducir la concentración, la multiplica por dos en un birlibirloque del sistema nervioso que parte de los testículos y termina en los sentidos de la cara, agudizándolos. Me doy cuenta de que ayer, en inusual comportamiento, no vi Prometheus como siempre veo todas las películas, sobándome los testículos, como hacemos todos los hombres abandonados a la soledad de la pantalla, Ayer, no sé por qué, yo tenía las manos castamente reposadas, una en el regazo y otra en el mando a distancia, y no vi los cabos sueltos que este internauta, perspicaz y cachondo, denuncia con gran sentido del humor. No dos cabos agitándose al viento en venial descuido, como yo recordaba, sino decenas de ellos, ridículos, risibles, evidentes hasta para el más corto de los espectadores. Cómo pude pasar por alto estos dislates de Ridley Scott y sus guionistas. Cómo pude tragarme el absurdo de los giros, el vacío de las explicaciones, el vagar inexplicable de los personajes. Cómo, por los dioses, cómo. Cómo me dejé llevar por las ansias, por la expectación, por la magia presentida. Me ponen una nave espacial y un planeta que encierra misterios y me vuelvo tarumba, y se me nubla el juicio. 





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Historia del Cine de Mark Cousins. Mack Sennett.

Leo, en la Historia del Cine de Mark Cousins, este curioso pasaje sobre una ocurrencia de Mack Sennett:
“Mack Sennett, un productor de comedias de la etapa del cine mudo, contrataba a un tipo peculiar para que acudiera a sus conferencias con el fin de que dijera tonterías en voz alta. Generalmente era una persona sin demasiadas entendederas, incapaz casi de expresar sus ideas, pero que contaba con una imaginación desbordante. Podía estar callado durante una hora y de repente murmuraba: “Tomemos  por ejemplo...”, y entonces todo el mundo callaba para ver qué decía. “Tomemos por ejemplo esta nube...” Gracias a nuestra rara capacidad para asociar unas ideas con otras, las personas del auditorio se quedaban con la imagen de la nube y le encontraban sentido a lo que decía aquel hombre, que venía a ser como un catalizador del subconsciente...”

 Cousins elige este párrafo para explicarnos que el cine, a veces, en sus más revolucionarios logros, acierta de chiripa, asociando ideas o planos  que hacen saltar una chispa neuronal en el espectador, inaugurando un nuevo modo de asociar, y de entender. Pero yo, que voy leyendo el libro con una mala leche cada vez más agria, releo esta broma ingeniosa de Mack Sennett y no dejo de pensar en los embaucadores como Kiarostami, o como Godard, que tanto celebra Cousins en su libro. “Tomemos por ejemplo esa nube...” O ese iraní, o esa parisina. Sigámoslos con la cámara y dejemos transcurrir el rato, a ver qué va saliendo de la “catalización del subconsciente...”


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