La extraña tarde de las ballenas trekkies y las pollas africanas

Una gripe de campeonato, de las que se posan como una zarpa en el tórax y como un yunque en la cabeza, pone fin a este año desventurado. Es el remate apropiado para este 2013 que sólo dejó malas noticias: la salud que se torció, el amigo que se fue, los fantasmas que regresaron... Mejor olvidar, no insistir en esta escritura melancólica que a nada conduce, más que a reabrir y relamerse las heridas.
            Mientras los sanos y las sanas del mundo salen a las calles para despedir el año viejo, uno, confinado en la cama, se entrega al consuelo inagotable de las películas. Qué sería de mí sin ellas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza. Cuando moro entre los sanos, ellas multiplican mi alegría y mis ganas de vivir. Cuando vivo entre los desfallecidos, las películas se abren paso como una medicina que deshace las fiebres y los vapores. Contra el virus no hay mejor arma que el paso de las horas. Sin las películas, uno navegaría desesperado en esta calma chicha del tiempo, que se cierne sobre las mantas como un dios metódico de la tortura.



            Star Trek IV es igual de aburrida que sus hermanas pequeñas, las que se iban numerando sólo con los palotes. O peor, incluso, porque ahora ya no estamos en el futuro tecnólogico del siglo XXIII, que era entretenido y tal, sino que retrocedemos en el tiempo para visitar el San Francisco preinformático de los años 80, con el objetivo de secuestrar un par de ballenas que allá en el futuro salvarán al mundo con sus cánticos. De droga dura, como se ve. Cuando termina la película, aún quedan infinitas horas de fiebre antes del ritual ineludible de las campanadas. Sandra Sabatés me espera en la televisión con su vestido ceñido y su dicción excitante, y no puedo faltar a la cita, aunque tenga que arrastrarme por las alfombras. Aunque tenga que teletransportarme con un cacharro vulcaniano todavía no inventado. Tengo que inyectarme otra ficción para resistir al desfallecimiento, pero no otra, ¡por los dioses klingon!, de la saga Star Trek. Creo que me saltaré toda la época de la tripulación viejuna para enganchar directamente con la séptima entrega, ésa en la que por fin los mandan  a buscar mariposas en la nave Inserso X



          Decido inyectarme la primera entrega de la trilogía Paradies, una provocación al estilo Haneke del director Ulrich Seidl que ha dado mucho que hablar en los festivales. La película lleva por título Paradies: Love, y cuenta la historia de una cincuentona austriaca que viaja a las playas de Kenia para vivir aventuras sexuales con los nativos. Le acompaña una amiga veterana  que le va descubriendo las claves lingüísticas y pecuniarias del asunto. Son dos gordas de ubres caídas y pliegues barrigosos que están dispuestas a pagar lo que sea por acariciar un cuerpo bien formado, por sentir un buen pollón africano abriéndolas en canal hasta la garganta. Ajadas y premenopáusicas, les mueve más la curiosidad que el vicio, más la aventura que la hormona. Seidl no conoce el arte de la insinuación o de la elipsis. Él mete la cámara en los mondongos hasta que la escena se resuelve por sí misma. Se nota que no le cae bien ningún personaje: ni las austriacas que toman Kenia por un gran prostíbulo del placer, ni los aborígenes que usan sus cuerpos para desplumar a las turistas obnubiladas. Aquí todo el mundo va a la suyo, a lo sexual, o a la pasta gansa. Nadie gana, y nadie pierde, con las transacciones. Blancas y negros alcanzan la entente cordial de la pura deshumanización. No hay buenos ni malos, ni explotadores ni explotados. No hay amor, ni pasión, ni intercambio cultural. Un frío empate a cero entre ex-colonos y ex-colonizados. La película, como la tarde, como las ballenas trekkies, es rarita de cojones. 


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Star Trek

De mi simpatía por los mentecatos que protagonizan The Big Bang Theory nació, hace meses, el compromiso de adentrarme en la dimensión galáctica de Star Trek, ese universo ficticio del que Sheldon y sus colegas hablan a todas horas, siempre para bien, con la admiración cansina de unos adolescentes eternos y plastas. Que es, también, el modo en que yo admiro mis filias particulares, igual de obsesivo y redundante, como bien saben los incautos que me preguntan. 


             
        Star Trek es una saga que tuve prohibida durante años por mi religión. Los chavales de mi círculo fuimos admiradores únicos del dios Lucas, caballeros Jedis de la Orden Terrícola, y nunca salimos de la galaxia muy lejana donde Han Solo pilotaba su Halcón Milenario. Por trozos que vimos, por comentarios que oímos, por prejuicios que fuimos alimentando, las andanzas de la nave Enterprise siempre nos parecieron de segunda categoría, como de pariente pobre de los Destructores Imperiales, o de la Estrella de la Muerte. Nos llegaban noticias, además, de que en aquella galaxia donde vivían los klingon y los vulcanianos hacían películas guiadas por altos valores morales, con mucha reflexión humanista salpicando los diálogos y las intenciones, y eso, a nosotros, que sólo queríamos desmembrar a nuestros enemigos con la espada láser, nos sonaba a clase de filosofía fuera del horario establecido. Nunca pasamos por  taquilla, ni elegimos las películas en los estantes del videoclub. Nuestra aportación al negocio de los responsables fue nula.


            Ahora que el dios Lucas ha sido desposeído de su divinidad por avaricia y chapucerismo, ya dispongo de permiso doctrinal para abrir este libro prohibido de Star Trek. Lo haré por el segundo capítulo, La ira de Khan, pues recuerdo, vagamente, haber visto la primera entrega hace muchos años, en un pase por la televisión navideña. Mi espíritu emprendedor tiembla un poco ante el aburrido recuerdo de Star Trek, la película, pero pronto me rehago, y enciendo los motores de mi mando a distancia a un cuarto de potencia. Star Trek II comienza con la nave Enterprise deslizándose por el espacio infinito, y esos planos me ganan el corazón infantil que el corazón adulto sólo ha recubierto, pero no silenciado. Es ver una nave espacial surcando la negrura interestelar, y me quedo abobado y rendido ante lo que venga. Pero lo que viene, en este caso, es tan duro de sobrellevar, tan inasumible para el adulto que sólo se asomaba aquí por curiosidad, que a duras penas consigo llegar hasta el final, con los huesos doloridos de tanto forzar las posturas. No es mejor Star Trek II que cualquier episodio de V, aquella serie de los extraterrestres reptilianos que en su día nos dejó patidifusos a los chavales, y que vista ahora nos parece inasumible y bastante ridícula. Es la misma estética, el mismo cutrerío, el mismo mal gusto ochentero disfrazado de humanidad del siglo XXIII. Khan es un malvado lamentable vestido de punkie sarasa. A los que no habíamos nacido cuando TVE pasó la serie original -La conquista del espacio- por el UHF, ni tampoco vimos las películas en pantalla grande cuando fuimos adolescentes, las exploraciones planetarias de la Enterprise nos entran por un ojo y nos salen por el otro, sin dejar ningún aprovechamiento en nuestros cerebros ya colonizados por otras historias. 


            Mientras veo la película, Spock y compañía recorren mis circunvoluciones cerebrales sin hallar pruebas consistentes de vida inteligente. Sólo unos gruñidos muy extraños, como de cerdo extinguido del siglo XXI, como de Homo Homerensis que la Federación de Planetas exhibe disecado en sus Museos de la Evolución. La computadora de a bordo recibe ronquidos, bostezos, actividad cerebral mínima que no llega a concretarse en bicho viviente y activo. Un misterio de la hostia, en la última frontera... Desesperados ante la ausencia de respuestas, Kirk y Spock se teletransportan a mi lóbulo temporal, armados de un mando a distancia que no sé muy bien para qué sirve. Pisan el terreno resbaladizo sin tener muy claro por dónde avanzar. De pronto, en la loma de una circunvolución vecina, aparecen unos moradores de las arenas dispuestos a echarlos de allí a patadas. Gruñen como trastornados mientras agitan unos palitroques de diseño algo paleolítico. Humano y vulcaniano, tan pacíficos como son, regresan a la Enterprise echando leches y abandonan mi universo interior a la máxima potencia de motor.
       
 
            Y yo, abrazado a mis queridos moradores, les saludo a modo de despedida cordial, con mis cuatro dedos juntos, pues soy incapaz de separarlos en dos parejas. Malditos vulcanianos, cómo lo harán...


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El hombre de acero

Termina la cena de Nochebuena y la familia, avenida en los langostinos pero reñida en las religiones, se divide en dos sectas de adoradores cuando llega la medianoche. Unos, los temerosos de Yahvé, se enfundan los abrigos y salen a la calle para participar en la Misa del Gallo, donde habrán de asistir al nacimiento repetido de Jesús, superhéroe de los tiempos antiguos que multiplicaba los panes y resucitaba los muertos. Los otros, los descreídos, nos repantigamos ante la tele para adorar al milagrero de los tiempos modernos, Supermán, que detiene los trenes en marcha y recoge a todo el que se cae de los andamios. Son vidas ejemplares, y paralelas, las de Jesús y Kal-El. Otros antes que yo ya divagaron sobre el asunto, haciendo más humor que otra cosa. Sucede que ahora, en El hombre de acero, los guionistas ya no esconden sus intenciones evangélicas, muy serias y pomposas, y pretenden equiparar el destino espiritual de ambos personajes, como si la película la hubiese sufragado la derecha religiosa. Un atrevimiento, o una herejía, o una gilipollez, según se mire. 



            Ambos vinieron de otro mundo para salvar a la humanidad de su autodestrucción. Uno de Krypton y otro caído del Cielo, los dos trataron de pasar desapercibidos en sus años de mocedad. Pero no lo consiguieron del todo. Si Jesús daba lecciones de sabiduría a los rabinos del Templo, Clark Kent reventaba balones de fútbol americano en los partidos del instituto. Eran niños que arrastraban consigo un halo de sospecha. Ninguno fue hijo real de su padre o de su madre. A uno le trajo un ángel y a otro lo depositó una nave espacial. Dotados de superpoderes inconcebibles, los dos optaron por no hacer ostentación hasta que llegara el momento de anunciarse. Si hacemos caso de la Biblia y del guión de El hombre de acero, la edad elegida fueron los treinta y tres años. Hasta entonces, para preservar el anonimato, prefirieron poner la otra mejilla en cada pelea que disputaron. Llegados a esa edad de significado quizá cabalístico, quizá astronómico, los dos alienígenas decidieron tirar de la manta y darse a conocer. Pasaron de ser ciudadanos vulgares a portadores de un mensaje de salvación. Jesús predicó en Judea, entre los habitantes del Imperio Romano, sacando demonios de los cerdos o convirtiendo las aguas en vino. Clark Kent destapó sus poderes en Metrópolis, entre los súbditos del Imperio Americano, recogiendo autobuses que se despeñaban o desviando misiles lanzados por los comunistas. Sobre las andanzas de Jesús, los antiguos escribieron relatos en pergamino que trascendieron los siglos y fundaron una gran religión. Sobre Supermán, el dibujante Joe Shuster y el guionista Jerry Siegel crearon un cómic que luego sirvió de inspiración para estas películas que me vienen acompañando desde la infancia, en una cita ineludible que se repite cada cinco o diez años. Cuánto ha llovido desde aquel día en que Marlon Brando, en la gran pantalla del cine Pasaje de León, anunciara la catástrofe geológica del planeta Krypton...






            El hombre de acero es la versión más reciente del mito de Supermán. La han hecho en 3-D, y se han gastado cientos de millones en decorados y efectos especiales. Salen actores de mucho tronío, y actrices -especialmente Amy Adams- que uno desearía ver desnudas en la versión pornográfica para los videoclubs. Pero uno, al final, como en todas las entregas anteriores, termina por aburrirse. Tarde o temprano llegan las megahostiazas donde triunfa el Bien y fenece el Mal, tras mucha victoria parcial de los malvados y mucho sufrimiento físico del vencedor. Siempre es el mismo desarrollo, el mismo desenlace, la misma moraleja. Lo mismo da gladiadores que marines, detectives que astronautas, megarobots que héroes del esquijama. Es el mismo guión, escrito hace un siglo, al que simplemente van cambiando, para disimular, la época y los personajes, los vestidos y las motivaciones. 


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Masters of sex

Recuerdo que de chaval, en casa de un amigo, rebuscando entre las revistas pornográficas que su padre escondía encima del armario, apareció un libro que se titulaba La sexualidad humana. Había desnudos parciales, bocetos corporales, párrafos de texto científico que describían los hechos biológicos de la copulación y la masturbación, los orgasmos y las relajaciones. Lo que en las revistas porno era obviedad e inmediatez, aquí era explicación y circunloquio. La sexualidad humana tenía la consistencia y el didactismo de un libro de texto, uno que tal vez estudiaban realmente allá en Escandinavia, o en Francia, donde la juventud se entregaba alegremente a la precocidad y al libertinaje, pueblos sin Dios ni vergüenza que nosotros envidiábamos con chorros continuos de baba. Aquí, en la España recién salida del catolicismo oficial, La sexualidad humana figuraba en el Índice de Libros Prohibidos, y se vendía únicamente en catálogos ultrasecretos, y en oscuras trastiendas de kioscos clandestinos. El padre de nuestro amigo era un tunante que se trabajaba el mercado negro de la rijosidad. Un gran tipo, y un gran héroe, a nuestros ojos.



         De haber caído en manos de otra pandilla menos aplicada en los estudios, la obra cumbre de Masters y Johnson se habría quedado encima del armario, cogiendo polvo entre los polvos. Pero nosotros, que alternábamos la testosterona con los sobresalientes, los relatos pornográficos con la poesía de García Lorca, nos disputamos  la posesión de aquel libro con mucha fiereza. Nos interesaba el placer, pero también su explicación científica. Ocurría, además, que la lectura de  La sexualidad humana, a medio camino entre la cerdada y la erudición, producía un gran placer por sí misma. A veces, incluso, nos encendía más que el grafismo explícito de las pollas bombeando entre los coños. Éramos lascivos y empollones a partes iguales. Jamás ligábamos con las chicas porque ellas sabían, o intuían, esa doble personalidad de nuestro carácter, tan contradictoria y poco natural. Éramos chavales atípicos, gilipollas por fuera y patéticos por dentro, románticos y cochinos.
          


 
            Casi treinta años después, la edad dorada de la televisión se ha acordado de aquella pareja que nos descubrió los misterios cardiorrespiratorios del sexo. Masters of sex viene anunciada como uno de los eventos catódicos del año, y pardiez que sus primeros episodios cumplen con las expectativas. Se ve que es una serie que han medido al milímetro, comedida e inteligente, porque los personajes se pasan todo  el rato hablando de sexo, o practicando el sexo, y el espectador que esto escribe apenas nota correr la sangre por la entrepierna. Hay una frialdad calculada que recorre los diálogos y las copulaciones. Mientras las prostitutas contratadas se masturban en las camillas, o las parejas voluntarias se entregan a la voluptuosidad tras los biombos, los científicos de bata blanca les van quitando y poniendo las ventosas del electrocardiograma. Luego, en la calma de sus despachos, analizan las crestas y los valles que los gemidos fueron dibujando sobre el papel pautado, y sacan conclusiones muy revolucionarias para la época. Cosas que ahora, ay que ver cómo cambian los tiempos, ya sabe cualquier chavala de instituto sin haber leído un libro en su vida. 
          Los doctores Masters y Johnson son como extraterrestres analizando el comportamiento sexual de los humanos. Como investigadores jugando con sus ratas de laboratorio. Masters of sex, aunque se anuncie como un pozo de lujuria para captar a la audiencia despistada, es una serie asépticamente asexual y distante.  De no ser por alguna teta que se escapa, o por alguna mamada que se insinúa, hasta los más católicos de nuestros comulgantes podrían aprender cosas sobre la carne humana, tan débil y tan blanca. 


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Hayware

Yo juraría que hace unos años, en alguna revista de cine, leí una entrevista con Steven Soderbergh en la que éste anunciaba su pronto retiro del oficio. En la que decía estar cansado de recorrer los despachos y los platós. Los engranajes de la gran maquinaria le habían dejado magulladuras y lesiones en el ánimo. Quería tomar distancia, repensar su carrera, dedicarle tiempo a otras artes en las que andaba interesado. Pero al final se arrepintió, o las circunstancias económicas le obligaron. O yo interpreté muy mal la intención final de sus palabras. Porque desde ese momento, el hombre de las gafas de pasta nos regala -o nos endilga, según le salga- una película cada año. A veces dos, incluso, como si las cultivara en un invernadero muy fructífero de California. El mismo virus de la hiperactividad que fundó una colonia en el organismo de Woody Allen, ha encontrado asiento en el espíritu de este director por el que tan pronto siento admiración como distanciamiento.



            Haywire pertenece a la categoría de películas que no pasarán precisamente a la historia. No es ni mala ni buena: es tan previsible como entretenida, tan digerible como olvidable. Una gominola sin nutrientes. Una seta no venenosa con escaso valor culinario. Entre mamporro y mamporro, uno repasa mentalmente lo estudiado durante la tarde, el menú que habrá de cocinar para mañana, los días que restan para el inicio de las vacaciones. Cuando vuelven las hostiazas, uno regresa a Haywire llevado por un resorte adolescente que no conoce oxidación ni mal funcionamiento. Es un condicionamiento pavloviano, éste de fijar la mirada allí donde nace una pelea, o donde discurre una persecución de coches.  Mientras uno discute con su chaval interior, Gina Carraro recorre medio mundo huyendo de sus antiguos compañeros del FBI, o de la CIA, que no se entiende muy bien la cosa. Rompe los cercos a patadas, los acosos a cuchilladas, las emboscadas a hostia limpia. Es una versión en femenino de las andanzas de Jason Bourne, y ni siquiera es una mujer guapa la que anima el cotarro.


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El exorcista

El otro sábado, en su programa de radio nocturno, Iker Jiménez hizo un homenaje muy personal a El exorcista, película de mayúsculo terror que ahora cumple cuarenta años. Como fondo musical a sus comentarios sonaba la musiquilla hipnótica del Tubular Bells, esas notas que todos asociamos a la presencia maléfica del demonio y que luego, a la hora de la verdad, suenan en dos momentos intrascendentes de la película, quizá como un anuncio, quizá como un calentamiento previo del sistema nervioso.
           



        Los cuarentones entendemos muy bien la pasión con la que habla Iker Jiménez. Compartimos la admiración de quien vio El exorcista siendo chaval y todavía se caga por la pata abajo cuando escucha aquello de la cerda de tu hija, o rememora el help me caligrafiado en la propia piel de la poseída. Éramos adolescentes y semicatólicos, medio bobos e inocentes, y todavía nos creíamos las monsergas supersticiosas del más allá. Nosotros, que éramos chavales de edad parecida a la niña Regan, también jugábamos a la tabla Ouija, y creíamos en espíritus traviesos que pululaban por los alrededores. En nuestros veranos locos jugábamos al fútbol en el parque, cortejábamos a las chicas del barrio, veíamos películas porno que sacábamos clandestinamente del videoclub. Algunas tardes, exhaustos ya de la vida, visitábamos el mundo de los muertos, y hacíamos rituales de espiritismo con las luces apagadas y las velas encendidas. A veces, cuando reuníamos el valor necesario, nos reuníamos en un antiguo cementerio de la ciudad para recoger el silencio de los no-vivos, en una grabadora pre-industrial que traíamos de casa, buscando psicofonías que nos pusieran la piel de gallina y nos otorgaran el caché de chicos valientes. 
     Vivíamos en la convicción de un mundo ultraterreno que nos habían inculcado los curas. No creíamos en los milagros de Jesús, ni en la virginidad de su madre, pero sí creíamos en la existencia de los fantasmas nocturnos, de las voces de los muertos que todavía flotaban en el aire. Éramos ateos y creyentes al mismo tiempo. Sobrenaturalistas selectivos, podríamos decir. Que un hombre del siglo I caminara sobre las aguas nos parecía una memez que sólo los curas y las viejas podrían tragarse. Sin embargo, que un demonio llamado Pazuzu se escapara de las ruinas babilónicas y poseyera a una niña en el otro lado del mundo, nos parecía un hecho improbable pero posible. Nos aterrorizó El exorcista porque nos vimos reconocidos en la víctima. De ahí nuestro terror mayúsculo, nuestro canguelo que todavía pervive.


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UHF

Escribe Pepe Colubi en la revista Cinemanía:
“También existe una  biografía emocional de momentos importantes que suceden mientras ves una película, sea buena, regular o muy mala. Y esos recuerdos jamás se perderán, por mucho que llueva.”



      Habla Pepe Colubi del día que casi vio Blade Runner en una cabaña, con los amigos, distraído en asuntos propios de la camaradería. Quien esto escribe también posee una larga biografía de cosas que le pasaron mientras veía películas. Sería bonito recordarlas en estas páginas, a modo de diario dentro del diario, como un complemento para las críticas que se quedan cortas o insatisfactorias. Recuerdo aquella tarde en la que mi padre apareció en casa con un alambre de cobre sujeto a una base de mármol para ver, por fin, el UHF, del que nuestros vecinos disfrutaban hacía largo tiempo. Ante nuestro asombro, aquel invento rudimentario arrancó del televisor sus primeras imágenes de la Segunda Cadena, que así la llamábamos entonces. Eran confusas, codificadas en grano grueso, pero procedían de un planeta televisivo que estábamos hollando por primera vez, y nos sentíamos astronautas triunfantes del futuro catódico. Recuerdo que aquella tarde vimos Encadenados, de Alfred Hitchcock, que justo empezaba cuando se consumó el milagro de las ondas. Llevado por la emoción del momento, y por la belleza conmovedora de sus facciones, me enamoré como un tontico de Ingrid Bergman. Incluso así, difusa, granulada, ofrecida en blanco y negro. Yo la miraba con un ojo arrobado mientras con el otro, más atento a la ciencia que al romanticismo, vigilaba de soslayo el ortopédico aparato, no fuera a escojonarse. Dios no era un triángulo, sino un aro, y no refulgía de amarillo como el oro, sino de rojo como el cobre. Él dijo: “Hágase el UHF, y la modernidad, y la belleza de Ingrid Bergman”. Y la Segunda Cadena, y el futuro, y la melancolía escandinava de sus ojazos como platos, se hicieron milagrosamente en nuestro salón.



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Siete psicópatas

Martin McDonagh es el director de Escondidos en Brujas, aquella tragicomedia gangsteril de repercusión inesperada y gratificante. Cuatro años después, uno ya sentía curiosidad por el prolongado silencio de este hombre. O estaba disfrutando de los millones en una isla paradisíaca del Caribe, o estaba preparando un peliculón que iba a dejar en simple anécdota su obra anterior. Después de ver Siete psicópatas, uno concluye que Martin McDonagh sólo estaba mareando la perdiz con un argumento estúpido y muy poco inspirado. Es un truco muy visto, éste de enmascarar la propia frustración ideando un álter ego que tampoco crea, bloqueado y desesperado. Un truco, además, arriesgado, que hay que manejar con tiento. Si lo haces bien, te sale una obra maestra como Barton Fink, que los hermanos Coen escribieron en cuatro días cuando se bloquearon con el guión de Muerte entre las Flores. O como Adaptation, la bendita locura que Charlie Kaufman parió entre las tinieblas de su desesperación. Dos obras maestras sobre el tema del folio en blanco que dejan en ridícula la intentona de McDonagh. Siete psicópatas es un batiburrillo de chistacos que no tienen gracia,  y de balaceras que no vienen a cuento. Un homenaje a las parodias de Tarantino, a las salvajadas de Oliver Stone. Ya están muy vistos, los psicópatas. Se los sabe uno de pe a pa, en esta redundancia ya cansina de los anglosajones por el asunto. Y mucho más si van de graciosillos, y matan como del revés, haciendo el ganso, o soltando letanías. Este camino resbaladizo que abrió Pulp Fiction mezclando la psicopatía con el humor negro, ahora es un sendero muy trillado que recorre el gran turismo de los posmodernos..






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No. El plebiscito de Pinochet

En 1988, un dictador chileno de cuyo nombre no quiero acordarme se sometió al veredicto de las urnas para concederse unos años más de poder. ¿Un gesto democrático de quien había asesinado a los demócratas verdaderos? Por supuesto que no. El innombrable del bigote era un megalómano convencido de su misión mesiánica. ¿Qué tendrán los bigotes, chilenos o españoles, soviéticos o teutones, que a todos los chalados confieren el convencimiento de un alto destino?

    NO es la película chilena que cuenta los intríngulis de aquella campaña electoral. De cómo los enemigos del orden, alumbrados sin duda por una mente perversa, contrataron a un publicista que les llevó por el buen camino de la propaganda. Un profesional del asunto que supo diferenciar el contenido del continente, la letra de la música. Nada de denuncias, de testimonios llorosos, de retratos conmovedores en blanco y negro. Alegría y desparpajo, juventud y soniquetes. Si alguien vive en el secreto de que la gente es básicamente estúpida y poco analítica, ése es el sociólogo, el demógrafo, el estadístico. Y el publicista, claro, que vive de aprovechar esa estupidez esencial para colocar sus productos.




    Saavedra, el personaje de NO, inspirado lejanamente en el protagonista real de la historia, sabía que la gente, el pueblo llano, el votante robótico, tenía más miedo que vergüenza, más desmemoria que corazón. Enfrentado a la tesitura de hacer justicia a los represaliados, o de comprarse un televisor aún más grande para el salón, el chileno medio se iba a quedar con la tele. Ellos, las gentes de bien, no tenían la culpa de los desmanes, y además ahora se vivía mucho mejor, con más paz en las calles y menos hippies fumando porros. René Saavedra sabía que a ese votante había que pintarle la utopía de la democracia con vívidos colores y músicas pegadizas. Y tías buenas enseñando el escote. Convencerle de que más allá de Pinochet existía un mundo donde las rubias anglosajonas meneaban las tetas y zarandeaban el culo. Donde no llegaba la pedagogía ni el pensamiento crítico tenía que llegar el engaño. No había que razonar con el votante: había que embaucarle como a un niño tonto. Dejado a su libre albedrío no iba a distinguir a un demócrata clandestino de un torturador vestido de civil. Había que guiarle con una estrategia primaria y sencilla. Alcanzar el fin honroso del NO con el medio deleznable de la publicidad.



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Alps

La costumbre de suplantar con un actor al familiar que acaba de fallecer, va camino de convertirse en todo un subgénero de las películas. Y quién sabe si de la vida real, dentro de unos años. La primera vez que vimos algo así fue en Familia, aquella película de Fernando León en la que Juan Luis Galiardo contrataba a  un batallón de actores, cuñado incluido, para no celebrar en solitario su cumpleaños de cincuentón. No quedaba muy claro, o yo no me acuerdo muy bien, si el tío andaba de rodríguez y se daba un capricho estrafalario, o si era un divorciado melancólico que echaba de menos los viejos tiempos de las discusiones y los gritos. Es difícil recordar: el recuerdo de Elena Anaya, inaugural y primigenia, difumina cualquier acercamiento a Familia que se haga con la ayuda simple de la memoria. 



 
            Giorgos Lanthimos, el director griego de aquella astracanada hipnotizante que fue Canino, retoma este subgénero de las sustituciones en Alps. Alps es el nombre de una secta de jamados que se dedican a suplantar por horas a los recientemente fallecidos. Gracias a una enfermera que trabaja en el hospital, contactan con los familiares desolados para ofrecerles sus servicios y aliviarles la pena. Estos actores y actrices, que cobran por horas de servicio, son como profesores de apoyo que se visten con las ropas del muerto y recrean escenas y diálogos de la antigua vida cotidiana. Si toca conversación a la hora del desayuno, pues conversación; si hay que echar un polvete como los de antaño, pues se echa. Contada así, parecería que Alps es una tragicomedia de gran sustancia y profunda reflexión antropológica. Ocurre, sin embargo, que uno tarda muchos minutos en comprender esta trama fundamental, y cuando llega a la orilla y planta los pies en tierra firme, nuevos terremotos de giros extraños y conversaciones fallidas te devuelven al mareo propio del espectador sin biodramina. Hace años, en el esplendor herbáceo de mi irrecuperable juventud, yo disfrutaba mucho con estas películas herméticas y bizarras, que se iban mostrando pieza a pieza, como los puzzles de los concursos. Pero uno va perdiendo las neuronas, las paciencias, las atenciones indispensables, y todo lo que no sea un guión de sopitas y buen vino se atraganta en el intelecto y produce malas digestiones. 


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Érase una vez en Anatolia

Hasta el día de hoy, mi único contacto cinéfilo con la lejana Turquía eran las películas de Fatih Akin, que ni siquiera es turco, sino alemán, y rueda sus películas en su Teutonia natal. Sus personajes, que también son descendientes de turcos, cruzan  de vez en cuando el Bósforo para reencontrarse con la familia, o saldar viejas cuentas con el pasado, y uno aprovecha para conocer idiosincrasias de esos vecinos europeos del último piso, y de la última costa. 



            Por lo demás, Turquía es un país básicamente ignoto del que hemos ido aprendiendo los rudimentos gracias a ese programa educativo que es Españoles por el mundo. Escuchando a los intrépidos compatriotas que fueron allí persiguiendo el trabajo o la pasión turca, conocemos el Gran Bazar como si fuera el mercadillo de nuestro pueblo, la mezquita de Santa Sofía con más detalle que la catedral de nuestra propia ciudad, a la que nunca entramos por no bailarle el agua a los curas. Sabemos, además, por los libros de historia, que los turcos fueron aguerridos enemigos en Lepanto, que asolaron el mar Mediterráneo con su flota poderosa, que construyeron un Imperio Otomano que duró siglos y subyugó a decenas de pueblos limítrofes. Ellos provocaron la muerte de Elisabeta de Valaquia y la conversión en Drácula de Vlad el Empalador. Los turcos son un pueblo rocoso, corajudo, siempre envuelto en alguna contienda o en algún lío de fronteras, ya desde la Guerra de Troya. Turquía es el espejo de media luna que nos devuelve una imagen reflejada desde el otro lado del mar. Celtíberos y turcomanos: hasta la fisonomía de nuestros cuerpos nos delata como pueblos emparentados, morenos y toscos, más bien bajos y pilosos. Lepanto fue una batalla sangrienta, pero también un principio de hermanamiento.


 
            Hay que decir, de todos modos, que nuestro conocimiento general de Turquía se limita a lo que sucede en Estambul y alrededores. De lo que ocurre en el resto de Anatolia sólo nos llegan los hallazgos arqueológicos, y los conflictos étnicos con los kurdos. Las pequeñas ciudades de Turquía y su mundo agropecuario son mundos secretos que sólo se atisban desde Google Earth, como una adivinanza etnográfica y económica vista desde las nubes. Es por eso que uno, cuando escuchó el título de esta afamada película, Érase una vez en Anatolia, decidió reservarle un horario de prime time en la programación semanal de las películas. Resultó ser una película extraña, hermética, tan árida y pedregosa como el paisaje de los montes donde se masca la tragedia. El asesinato de un lugareño y la búsqueda interminable de su cuerpo son los mcguffins, somnolientos y estirados, de los que se sirve este director, Nuri Bilge Ceylan, para contarnos que esta mierda de crisis es más o menos la misma en todo el Mediterráneo. Hablamos de la crisis económica, por supuesto, que obliga a policías y forenses a trabajar con unos medios técnicos irrisorios, a cambio de unos sueldos que se presumen, por lo que se desliza en los diálogos, casi de subsistencia. Y hablamos también, cómo no, de la otra crisis, la primordial y más sangrante: la existencial de las almas, que es la misma en todo el mundo, e igual de deprimente cuando se cumplen los cuarenta años. Érase una vez en Anatolia viene a ser, despojada de la trama criminal y de las cuitas de los policías, la constatación de que los cuarentones turcos, como los cuarentones españoles, también viven instalados en la tristeza, demasiado mayores para las jóvenes hermosas, cínicos incurables de su propio oficio, malheridos por las primeros achaques que ya nunca se irán... 
          He viajado a la Turquía profunda para resolver un crimen y hacer un poco de culturilla, y sin embargo he vuelto a encontrarme conmigo mismo. No tengo escapatoria posible.  Soy un sabueso de mí propia pista. Ni siquiera allí, entre las montañas agrestes de Anatolia, he logrado olvidar esta pertinaz melancolía, este hartazgo dolorido de mí mismo...



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Un tipo serio

En este ciclo dedicado a las obras más emblemáticas de los hermanos Coen, hoy he vuelto a disfrutar de Un tipo serio, esta película de la que ya casi nadie escribe, y casi nadie se acuerda de mencionar. A muchos les pareció una broma, un divertimento, el cachondeo abrasivo de dos personas muy inteligentes que se ríen del mundo infantil que les tocó vivir. A mí, sin entenderla del todo, es una película que me fascina, que me incomoda, que me deja una sonrisa retorcida en la cara. Mientras regreso a la vida civil de quien tiene que lavarse los dientes o fregar los platos de la cena, voy dándole vueltas a la historia de este profesor cuya vida se derrumba en apenas unos días, engañado por su esposa, ninguneado por sus hijos, acuciado por el deseo insatisfecho de follar y de vivir. Su hermano le miente, sus vecinos le malmiran, sus compañeros le rehuyen. Larry Gopnik, que así se llama nuestro desventurado protagonista, acude a los rabinos de su comunidad para buscar respuestas, pero ninguno sabe darle un consejo consolador. Le cuentan alegorías, metáforas, parábolas absurdas sobre aparcamientos llenos de coches o tipos que llevan cincelados en los dientes las enseñanzas de la Torah. Bobadas que no conducen a ningún sitio. Palabras de conveniencia que al pobre Larry le dejan aún peor de lo que estaba. Se parecen mucho estas retóricas a aquellas que nos soltaban los curas en el colegio, cuando nos obligaban a confiarles nuestros temores en sagrada confesión, o en íntima consulta, siempre bajo la amenaza de un suspenso, o de una llamada a casa. Allá en los confesionarios, o en las habitaciones con crucifijo, te soltaban una palabrería confusa de la que salías mareado como una perdiz, todavía no ateo, pero sí muy desconfiado, y ya profundamente decepcionado. Tú solo querías saber por qué las chicas guapas no se fijaban en ti, o por qué el Madrid, que vestía de blanco como los ángeles, no lograba ganar la Copa de Europa, pero ellos nunca respondían a estos asuntos cruciales. Lo suyo era hablarte de profetas babilónicos que desbarraban, de cadáveres sagrados que se transustanciaban en obleas, de diablillos que te pinchaban en la polla con el tridente (ellos decían "ahí") si te masturbabas.




            En Un tipo serio, Dios no le habla directamente a Larry Gopnik, y tampoco le habla a través de sus exégetas autorizados. Su vida ya no parece responder a un plan divino, a un camino trazado por la infinita sabiduría. Ahora es el puro azar, la pura mala suerte, la que sopla las velas y lleva su vida hacia las rocas del acantilado. Resuena, atronador, y lúgubre, el silencio de Dios, ése que tanto asustaba a Ingmar Bergman en la otra orilla del Atlántico. Pero esta es, no nos olvidemos, una película de los hermanos Coen, y en ellas casi nada es lo que parece. Cuando crees que vas comprendiendo la significación oculta de sus enredos, ellos introducen un giro, un personaje, una contradicción, que te obliga a dudar nuevamente. "Recibe con simpleza todo lo que te ocurre". Con esta cita rabínica comienza la película. Es un consejo privado que le envían a Larry Gopnik, y también al espectador listillo que se rasque demasiado la cabeza. Acepta lo que venga. Cuando crees que los Coen te están tomando por un espectador inteligente, introducen una merluza y se ríen de ti a la puta cara. Juegan contigo como gatos siameses con un ratón. Cada vez que sacas la cabeza con orgullo, te arrean un mazazo para que vuelvas a esconderla. Son tan inteligentes como odiosos, tan adictivos como irritantes. En otras películas me sonrío y recibo los cachetes con ironía. Son como mis hermanos mayores, inteligentes y viajados, y aprendo sus lecciones con humildad. En Un tipo serio, sin embargo, mi identificación con el personaje principal es instantánea y profunda, pues ambos compartimos un físico y una circunstancia, una profesión y una tormenta, y me fastidia casi tanto como a él no encontrar las respuestas. Si a Larry no le habla Hassem, a mí no me hablan los dioses paganos. Ambos llamamos al mismo cielo por dos puertas diferentes, como en algunas consultas de los psiquiatras. Pero nadie responde allí dentro. Será que no vive nadie, o que ahora están ocupados. O que están guardándose su respuesta para el último momento, en forma de enfermedad mortal, o de tornado que arrasará a los habitantes de Sodoma...


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Headhunters

Cuando aposento mis reales para ver una película rodada en Escandinavia, tengo la esperanza de ver, además de un buen entretenimiento, una sociedad que funciona mejor que esta nuestra de la triste Iberia. Me encanta el paisaje urbano de las ciudades nórdicas, envueltas en la niebla. Los autobuses siempre llegan a su hora, y las gentes pedalean por carriles bici interminables y despejados. En las cafeterías reina el silencio de los televisores apagados, de las conversaciones sostenidas a media voz. Casi puedes oír el roce de las páginas del periódico, de la crepitación del azúcar derritiéndose en la crema. 
         Luego, cuando las peripecias argumentales nos trasladan a los verdes campos, uno descubre que hasta las vacas escandinavas son más civilizadas que las nuestras, pues todas cagan en el sitio que tienen asignado dentro de los establos pintados de colorines. El Paraíso no estaba ubicado en Mesopotamia, como se nos cuenta en la Biblia, tan errática en los asuntos históricos como en los geográficos. Entre el Tigris y el Éufrates el sol te cuece las ideas, y la arena del desierto se te cuela por la nariz. 





            No. Los teólogos heterodoxos saben que el verdadero Edén estaba situado en Europa, hacia el norte, en la tierra de los bárbaros. Adán era un chicarrón del norte que construía cabañas de madera y Eva una rubiaza que quitaba el hipo y derretía los hielos con su desnudez. Esta Eva nórdica, la verdadera, la fetén, debía de parecerse mucho a la mujeraza que actúa en la película noruega Headhunters. De esta valquiria sólo sabemos que se llama Synnøve Macody Lund, y que mide un metro ochenta y tres de altura. Y que es una mujer de padre y muy señor mío. El resto de su biografía permanece oculta entre las nieblas de las tierras vikingas. Es como si Synnøve saliera de la taiga ancestral sólo para rodar sus escenas y luego regresara a lo frondoso, mujer misteriosa, quizá semidiosa, Asynjur de los bosques. 
             Synnøve es tan hermosa, tan apabullante, tan inadjetivable, que sólo haría el ridículo tratando de describirla. El diccionario del castellano se queda muy corto en estos casos. Cesen aquí, pues, mis escrituras. Porque no hay, tampoco, gran cosa que contar sobre Headhunters. Y mucho menos cuando Synnøve no está. Ladrones simpáticos que roban obras de arte y ejecutivos desalmados que anteponen los fines a los medios. Un thriller posmoderno que alterna la gracia con el gore, la intriga con las vísceras. Un entretenimiento notable en el que, ay, nada se nos deja ver de Oslo y su avanzada sociedad, pues la trama transcurre en el interior de sofisticados hogares y modernísimas oficinas. Ni siquiera eso, la envidia de un país mejor organizado, nos ha dejado Headhunters.


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Seinfeld y la publicidad

  De Seinfeld:
"Lo malo que tiene la televisión es que todos los que salen en ella están haciendo algo mucho más divertido que lo que estás haciendo tú. ¿Han visto alguna vez en la tele a un hombre tumbado en el sofá con restos de patatas fritas por la cara? [...] ¿No les ha pasado estar viendo la tele y tener en la mano el mismo, exactamente el mismo, refresco que están anunciando en ese momento? Los del anuncio están jugando al voleibol, esquí acuático, chicas en bikini...Y tú te preguntas: ¿esta apatía mía, es normal?"


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Muerte entre las flores

Es fácil escribir sobre las películas que a uno no le gustan. Hay mucho vocabulario, sonoridad, agudeza, en esa parte oscura del diccionario. Retahílas de sinónimos muy bien traídos, con muchas jotas y pes en la fonética. Las palabras resuenan y convencen. Sin embargo, en la otra mitad del libro, donde luce el sol y los términos sonríen como bobalicones con piruleta, los vocablos suenan a cursi, a cumplido, a cortesía que uno realmente no siente. O quizá soy yo, que envenenado por la misantropía manejo mejor los adjetivos hirientes o despectivos. Es muy posible.
            El caso es que hay días que llego a este blog y no sé ni por dónde empezar. Después de ver una obra maestra, el único piropo que se me ocurre es, precisamente, ése: obra maestra. Se me ha grabado la muletilla que lanzaba Carlos Pumares en las madrugadas cuando le preguntaban por alguna de sus películas preferidas, casi siempre anteriores al año 50 y rodadas en blanco y negro. Cuento todo esto porque hoy me abruma, me asusta, me produce parálisis en los dedos, escribir sobre una película tan redonda como Muerte entre las flores. Sobre esta... obra maestra, sí. La primera que nos regalaron los hermanos Coen, antes de Fargo, o de esa maravilla incomprendida y olvidada que es Un tipo serio. Me pido el comodín del público -de ese mismo público que no me lee- para liberarme de esta responsabilidad abrumadora del panegirista. Tendría que viajar a esa parte del diccionario donde siempre es verano y los adjetivos se pasean en bikini, y allí no me siento a gusto. Yo soy el tipo del traje gris que cantaba Sabina, y no me lo quito ni para ir a cagar. La pesca de adjetivos grandilocuentes no es un deporte que se me dé bien. Y para elogiar  Muerte entre las flores los iba a necesitar por decenas. De clásico para arriba.
            




          
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Coriolanus

Cuenta la Wikipedia que Cayo Marcio Coriolano fue un general romano de los tiempos de la República, insigne triunfador de la guerra contra los volscos, héroe trágico del destino que para él escribieron los dioses jupiterinos. Dos mil años más tarde, William Shakespeare echó mano de sus andanzas para escribir una de sus tragedias menos conocidas, Coriolano, que versa sobre los temas eternos del deber, de la patria, de la nobleza de sangre. Ralph Fiennes, que para los jovencitos siempre será el Lord Voldemort de Harry Pottter, y para los maduritos el Amon Götz de La lista de Schindler, ha elegido este clásico de las letras inglesas para hacer una película insólita, arriesgada, con políticos y soldados instalados en el siglo XXI que recitan al dedillo los diálogos y las soflamas de Shakespeare. "Morirá atravesado por mi espada", claman mientras empuñan un rifle de asalto. "Galoparé con mis huestes hacia Roma", gritan mientras se suben al tanque blindado y dan la orden de avanzar. Cosas así. Hay un parlamento que hace de Senado, dos diputados que hacen de tribunos, una televisión que hace de fiel escribano... Son asincronías curiosas que no molestan en absoluto. Es más: hacen de Coriolanus, que así se titula el invento, una película difícil de abandonar, y de olvidar.


           

 
            Y eso que uno, en este otoño de la edad, en esta caída de las neuronas que es como la caída de las hojas, no se ha coscado de buena parte de los discursos. Los espectadores no habituados al teatro necesitamos textos breves y masticados, como polluelos alimentados por su madre. Nos hemos malacostumbrado al cine vertiginoso, a la comedia chispeante, a la trama que avanza y no se detiene. Somos súbditos del imperio, fumadores de la prisa, intelectuales del chichinabo. A la que un personaje empieza a declamar en verso sobre el honor y la gloria, sobre la estirpe y la morcilla, uno, en la cuarta línea, ya no sabe si el protagonista trama un pacto o una traición, una rendición o una valentía. Y mucho menos cuando Jessica Chastain, que aquí hace de mujer florero, aparece en segundo plano sosteniendo la belleza mayestática de una patricia de alta cuna. Aunque Jessica no diga nada, y se limite a mirar a su marido entre lágrimas y suspiros, mis ojos se quedan colgados en ella y arrastran consigo al resto de los sentidos, que se olvidan de sus obligacione,s y le dedican una adoración plena, como pastorcillos al Niño Dios en el portal de Belén. ¡Qué coño me importa a mí el futuro de Roma y el destino de Coriolano cuando mi corazón se detiene y lo único que ansío es el amor correspondido!


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Frenesí

Hace unas semanas, después de conocer al Hitchcock más lúbrico e iracundo en la película The Girl, releí en el libro de Donald Spoto sus últimas peripecias antes de abandonar este mundo. Allí se habla de un Hitchcock cada vez más gordo, más alcohólico, más alejado del mundo de sus semejantes, que siempre tuvo por aterrador o poco edificante. No salgas a la calle cuando hay gente, cantaron años después los Golpes Bajos. El biógrafo pasa de puntillas por las últimas películas del maestro, que considera decadentes y poco inspiradas. Todas excepto una: Frenesí. De ella escribe adjetivos tan tentadores que uno, por curiosidad, por devoción cinéfila, se ha visto obligado a reservarle un hueco en la programación.







            No era para tanto, el alborozo del señor Spoto. Una vez más he sido engañado por el pope de turno, que se llena la boca de clasicismos como un niño gordo con pastelillos de chocolate. Se pongan como se pongan los líderes de opinión, muchas películas de Alfred Hitchcock se han quedado viejas o revenidas. No les niego la pericia, la artesanía, la huella indeleble que en su tiempo dejaron entre los espectadores. No les niego el título honorífico de pioneras en estos enredos de los crímenes escabrosos y los perturbados emocionales. Pero sólo un puñado de ellas permanecen tan frescas como el primer día. La ventana indiscreta, o Vértigo, que no hablan realmente de un crimen, sino de la obsesión eterna de los hombres por las mujeres rubias. Psicosis, que posee algo enfermizo y viscoso que trasciende las décadas y las modas. Encadenados, que guarda ese aura mágica de los años 40, con actores de tronío y guiones milimetrados. Lo demás ha sucumbido a los años, a los plagios, a la melancolía de Ozymandias.  
            Los trucos narrativos de Frenesí ya no sorprenden a nadie. Cualquier espectador del siglo XXI está capacitado para adivinar la resolución de todas sus escenas. Sin emoción ni sorpresa, uno persevera en la película por el valor histórico, por el respeto debido, por la inercia cinéfaga de estas noches laborales y bostezantes. Ni siquiera las tetas y los culos, que en Frenesí asoman de vez en cuando, y que en 1972 debieron suponer un escándalo mayúsculo, le sacan a uno de su actitud interesada pero distante. Estas carnes no eran estrictamente necesarias para el desarrollo de la historia, pero se ve que el viejo Hitch ya tenía ganas de desnudar a un par de rubias en la pantalla. Quizá por eso se vino a Inglaterra a rodar Frenesí, aprovechando que sus compatriotas son más tolerantes que  los yanquis, y que el Támesis, como el Pisuerga, no pasa por Nueva York. 


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The Deep Blue Sea

Hace unos meses, en la canícula insufrible de una tarde de verano, me quedé dormido varias veces mientras veía la castaña británica Voces distantes. Luego, en el blog, para no quedar como un cinéfilo insensible, eché mano de la oratoria para disimular mi contrariedad, y afirmé que la película de Terence Davies era una obra maestra y al mismo tiempo un tostón insoportable. Juegos de palabras que ya sólo engañan a los bobos y a los espectadores acomplejados. Una hipocresía muy común en el mundillo de los cinéfilos. Una impostura lamentable de la que llevo años queriendo abjurar, pero que luego, cuando llega la hora de las confesiones, de las exhibiciones intelectuales ante las mujeres, rebrota como una seta mal nacida. A uno le vienen de perlas estos ladrillos del cine europeo para lucir la voz grave, las gafas de pasta, el gesto arrogante. Es el espíritu de Juan Manuel de Prada el que me posee en estos trances de pedantería y sabihondez. Pero un Juan Manuel de izquierdas, anticlerical, revolucionario, que enamora a las chicas de la progresía y no a las pijas del barrio de Salamanca. Mi fisonomía, jesuítica y lipídica, se va pareciendo cada vez más a la suya, en una metamorfosis terrible de Gregorio Samsa que me está convirtiendo en un reptil de lengua sibilina.




            Del cine de Terence Davies hablan cosas tan eruditas en los ateneos de postín, que uno, desde su insignificancia paleta, desde su escaso andamiaje artístico, no se atreve a disentir. Seré yo, y no la película, piensa uno. Será una tara, una deficiencia, una falta de vitaminas. Un aminoácido que escasea o una hormona que se multiplica sin control. Algo orgánico, involuntario en cualquier caso, que me impide paladear este cine de alta cocina y plato cuadrado. Pero sé que es falso. Es un razonamiento estúpido que sólo busca quedar bien con la crítica oficial, con el canon establecido. No existen las buenas o las malas películas: sólo las películas que a uno le gustan o que no. Para millones de mujeres de este país, y de otros parecidos, Pretty Woman es la obra cumbre del cine norteamericano, y nadie podrá convencerlas jamás de lo contrario. Para millones de hombres que sólo gustan del western o de las hazañas bélicas, las demás películas son sentimentalismos o mariconadas de las que pueden prescindir sin graves consecuencias para su intelecto. Y quién de entre nosotros se atrevería a bajar al barro para convencerles de lo contrario... Algo parecido pensarán de mí los que han llenado páginas y píxeles ensalzando la última película de Terence Davies, The Deep Blue Sea. Mientras ellos hablan del amor que arrasa el alma y de la soledad que invade el ánimo, yo sólo veo a una mujer que ha experimentado tardíamente su primer orgasmo y que ya no sabe si quedarse con el marido que la quiere pero no la toca, o con el amante que la ignora pero le arranca gemidos de placer. Toda una dicotomía que a los veinte minutos de película se estanca y ya no progresa. El resto es decorado, floritura, musiquillas... Exhibición física y artística de esa mujeraza que las diosas modelaron a su imagen y semejanza para educarnos el gusto y consolarnos la mirada. Uno persevera en The Deep Blue Sea sólo porque es Rachel Weisz la que duda en su habituación o vaga por las calles lamentando su destino. Sólo por ella aguanta uno los paréntesis y los vacíos. Es el amor, y no la cinefilia, la que me lleva a buen puerto y no me deja naufragar. Es la belleza de una mujer, y no la pericia de un hombre. Es la actriz, y no la película. Es Rachel, y no Terence. Rachel, Rachel... Como en aquella película de Paul Newman.


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Election. La mamada

El sexo se va filtrando poco a poco en las películas que comparto con mi retoño. A medida que él va sumando años - y que yo los voy multiplicando- los personajes de la pantalla también se van haciendo mayores, maduros, sexuados. Por mucho cuidado que uno ponga en estos asuntos, la propia deriva de nuestra cinefilia nos lleva a estas playas donde las chicas y los chicos ya retozan semidesnudos y se esconden entre los árboles. El lejano rumor del erotismo se ha convertido en agua que repiquetea sobre nuestro tejado. Ha llegado el tiempo de los primeros torsos femeninos, de las primeros chistes inequívocos, de los primeros actos eróticos que mezclan los ropajes con las pieles. Qué lejos nos quedan ya el Pato Donald y Buzz  Lightyear, los Power Rangers y los amigos de Pikachu...


 

            De vez en cuando, en el desarrollo de una comedia, o en el reposo de una batalla, una pareja de amantes inicia el ritual del desnudo, y se regala arrumacos en decúbito prono y supino. Mientras les dura el arrebato sexual, un silencio espeso se adueña de nuestro salón, y los chuic-chuic de los besos y los mmms-mmms de los retozos resuenan amplificados e incómodos. El retoño no se corta y protesta: " a ver si acaban", o "vaya rollo", o "dale p'alante con el mando". Cosas así. Con sus amigos se partiría el culo de risa y no le quitaría ojo a la pantalla. Conmigo se rasca una pierna o aprovecha para darle un tiento a la lata de refresco. Yo, por mi lado, me concentro en la pantalla y trato de sonreír como un padre moderno y liberal. Pero soy consciente de que me sale una sonrisa de estúpido, de hombre culpable pillado en falta. 
         Otras veces -las peores- el erotismo que yo recordaba inocente se muestra en realidad atrevido e inflamado, y maldigo mi falta de previsión o mi falta de memoria. El diablillo de mi hombro izquierdo me recuerda que son asuntos naturales de la vida, recorridos obligatorios en esta tarea de ser padre. Pero el angelito del hombro derecho, que es el gusanillo de la conciencia, me reprende por dar lugar a estos momentos embarazosos, en los que una chica, por ejemplo, como hoy en Election, se agacha ante su novio y desaparece por el lado inferior de la pantalla mientras el maromo pone cara de imbécil y empieza a sonreír... No se ve la mamada, pero, es obviamente, una mamada. Una que yo no recordaba después de haber visto la película tres veces. Una felación que sólo se sugiere y se deja a la imaginación de cada cual, pero que resulta sorprendente en una película que no viene recomendada para menores de trece años, por mucho que los trece años de ahora valgan tanto como los veintiséis tacos de entonces. El retoño y yo nos hemos quedado de piedra durante esos segundos interminables. Luego, al final de la película, nos hemos felicitado por el buen desarrollo de la función, pues Election es una comedia modélica que ya anticipaba el talento sarcástico de Alexander Payne. Pero ninguno de nosotros mencionó, y nunca mencionará, el asunto de la mamada. Ahí estaba, cada vez que cerrábamos los ojos, como un fotograma clavado en el reverso de los párpados. 



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Sangre fácil

Uno guardaba un mejor recuerdo de Sangre fácil, la película con la que hicieron su debut los hermanos Coen hace casi treinta años. Hoy que he vuelto a verla, en este miniciclo sin calendario que voy dedicando a la entrañable pareja, me he quedado frío y descolocado. Lo que yo tenía por un thriller de guión enrevesado y momentos brillantes se ha quedado sólo en lo último, en los momentos brillantes. En un puñado de perlas que los joyeros primerizos no supieron engarzar. Se oyen los coros, una vez más, de aquellos enemigos míos que sostienen que los hermanos Cohen hacen gran cine pero mediocres películas. Nos les daré la razón en voz alta a estos malandrines, porque tengo que mantener el orgullo y la palabra jurada, pero esta vez sí que musitaré alguna maldición por lo bajinis. Yo que guardaba Sangre fácil en el estante de las películas míticas y fundacionales, he tenido que quitarle, para mi decepción, uno de estos adjetivos pomposos y degradarla al escalón inferior donde esperan su turno las películas que sólo tienen un interés histórico, cinéfilo, de consulta y nostalgia. Que ya no tienen, ay, la categoría de gran película inaugural de los fines de semana, de acontecimiento festivo en estos viernes laborales del invierno que se recrudece.



            Y es que no se puede, para empezar, por mucho que trempara con ella el señor Joel Coen, colocar de femme fatale a una mujer de tan escaso atractivo -aunque de tan buen hacer, eso sí- como Frances McDormand. Para que los protagonistas de Sangre fácil pierdan la chaveta de tal modo hay que poner en disputa  una hembra de méritos más exuberantes. Belfos como el de Frances, que los celtíberos disculparíamos en la vida real porque ella es rubia y de ojos azules, y eso aquí se pondera mucho, se convierte en foco mandibular de nuestras miradas, en naufragio maxilofacial de nuestro enamoramiento, en sumidero anatómico por el que se van fugando nuestros ímpetus iniciales. Frances I de Habsburgo, y V de Illionis.


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