Modern family. La gente no cambia

El tema sobre el que hoy  pivotaban los chistes de  Modern family era la posibilidad (o no) de que las personas cambiasen: en su alma, en su corazón, en sus postulados sobre la realidad. Ha sido como una segunda parte del debate abierto por Palíndromos, más distendida y sonrosada, eso si. Uno temía que al final, en aras del buen rollo optimista que impregna la serie, los guionistas se decantaran por darle un sí rotundo a la cuestión. Por supuesto que las personas cambian, dirían, y a mejor, convencidas por sus seres queridos, escarmentadas por sus andanzas vitales, iluminadas por los espíritus benefactores que velan por nosotros. Pero al final, en una concesión inesperada a los pesimistas que seguimos la serie, el personaje encargado de difundir la moraleja tuerce el morro en su confesión final y admite no saber. “Un quince por ciento, quizá”, aventura a calcular. Un quince por ciento de variabilidad, de personalidad que uno mantiene moldeable para adaptarse a los bofetones y a las verdades incuestionables. Un quince por ciento sorprendente y raquítico que nos concede un 85% de razón a los que pensamos, como el Mark Wiener de Palíndromos, que estamos esculpidos en diamante genético,  sólo arañable por un rayo láser de las galaxias, o algo así.


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Palíndromos

Todd Solondz es un cineasta retorcido y deprimente al que a uno le gustaría conocer personalmente, en la compañía cercana de un café -si él supiera castellano, o yo me defendiera con el inglés-,  pues presumo que su filosofía vital y la mía van cogidas de la mano, y encontrarían muchos puntos en común para echarse unas risas, y darse la razón como tontas complacidas.


Los personajes de Todd Solondz son la antítesis humana de los buenazos –y  las buenorras- que me hacen sonreír en Modern family. De su imaginación sólo brotan seres humanos taciturnos, melancólicos, oscuros, frecuentemente trastornados. Mientras que Modern family explora la ciencia-ficción de un ideal humano siempre benefactor, mi amigo Todd, en películas como Palíndromos, retrata a personas muy taradas, muy verosímiles, que aunque padezcan neurosis muy poco frecuentes, sólo están un paso más allá de los avatares cotidianos. Sólo un traspié, o una desgracia, o una mala compañía, nos separa de vivir en esos universos depresivos y desesperados. Los habitantes de Modern family, en cambio, viven en un planeta feliz, virtual y muy lejano, inalcanzable para la colonización humana antes del siglo mil. Como poco.

Diálogo extraído de Palíndromos al que no le quito ni le pongo una coma:

Mark: Las personas acaban como empiezan. Nadie cambia nunca. Creen que cambian pero no. Si ya eres depresiva siempre serás depresiva; si ahora eres una tonta feliz, así es como serás de mayor. Podrás adelgazar, o no tendrás espinillas; podrás broncearte, aumentarte el pecho, cambiar de sexo. Da igual. En esencia, desde delante hasta atrás, tengas trece o cincuenta años, siempre serás la misma.
Aviva: ¿Y tú eres el mismo?
Mark: Sí
Aviva: ¿Te alegras de ser el mismo?
Mark: No importa si me alegro. No tengo elección. No tengo más remedio que elegir lo que elijo, hacer lo que hago, vivir como vivo. Todos somos robots, preprogramados por el código genético de la naturaleza.
 Aviva: ¿Y no hay ninguna esperanza?
Mark: ¿Para qué? Esperamos o nos desesperamos tal como hemos sido programados. Genes y aleatoriedad: es todo lo que hay, y nada importa.


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Modern family. El buenismo americano

A medida que transcurren los episodios, Modern family se parece cada vez más a Community. Más allá de las pequeñas mezquindades, todos los personajes se muestran, en el desenlace dulzón de cada episodio, tras el escarmiento moral o la reprimenda familiar, esencialmente buenos. No existen las malas personas en Modern family, como tampoco existían en la Universidad Comunitaria de Greendale. La supuesta bondad que caracteriza a todo americano medio bendice por igual a niños y mayores, a salidos y asexuados, a heterosexuales y homosexuales. Modern family es otra ciencia-ficción del alma humana. Una ñoñería con chistes de doble sentido para disimular el buenismo pueril de la propuesta. La factura es, por supuesto, impecable. Uno ve los episodios con una sonrisa permanente en la boca. Nada que objetar a eso. Pero Modern family no deja poso. No enseña nada. No ilumina ningún recoveco. No enseña ni un gramo de basura. Delega esa asquerosa responsabilidad en Louie, o en Seinfeld, para que las buenas familias no se asusten, y vivan felices en sus nubes de algodón rosa. Modern family es, ciertamente, un mero entretenimiento.


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Farinelli

Mientras Farinelli, la película, se enreda en un aburridísimo tramo final, uno, siempre pendiente de las cosas cochinas, se pregunta por las facultades sexuales de Farinelli, el hombre, el castrato, que en la película satisface largamente a las mujeres, pero sin que quede clara la cosa del intríngulis ¿Qué sabe uno de las erecciones o de las eyaculaciones de los castrados? Apenas nada. Más allá de la producción nula de espermatozoides, uno no está seguro de nada. ¿Sienten el mismo deseo sexual? ¿Alcanzan el clímax sin la participación de los testículos? ¿Perseveran largos minutos en su erección, como ese morlaco amatorio de Farinelli, o por el contrario, en el mundo real de la carne y del hueso, desfallecen repentinamente en su ímpetu? Será un rato después, en la wikipedia siempre ilustradora, cuando estas preguntas consigan una respuesta muy anatómica, pero algo indefinida. Mientras tanto, con Farinelli todavía en pantalla, uno, ajeno al espectáculo reiterativo de sus gorgoritos agudísimos, se entretiene especulando con estas cuestiones, como un adolescente planteándose sus primeras preguntas. Es lo que tienen las malas películas, que sacan a la luz, o más bien a la penumbra, lo más vergonzante de uno mismo.



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Historia del Cine de Mark Cousins

Ahora que estoy de vacaciones, y que el sueño no me ataca a cualquier hora del día, aprovecho el calor de los sillones para leer la Historia del Cine de Mark Cousins, un libro muy recomendado en los foros que habla de los avances técnicos que nos han llevado de los hermanos Lumiére a la revolución moderna del cine digital. 


Para Cousins, las grandes películas de la historia son aquellas que innovaron en un plano, en una iluminación, en el uso original de un objetivo de la cámara. Le importa muy poco que la película en cuestión sea un bodrio pretencioso y aburrido. La obra maestra es la que se atreve con un personaje difuminado, con un montaje entrecortado, con una cosa rara de los ángulos abiertos. Ésas son las pelícuas que Cousins eleva a los altares de su libro. Así es esta Historia del Cine tan peculiar, la Biblia de quienes saben manejar una cámara de verdad y se quedan turulatos cuando les explican los encuadres de Dreyer en el blanco y negro de sus escandinávicos tostones. Donde los demás dormitamos o maldecimos, porque nada sabemos de la técnica oculta, y sólo queremos conversaciones inteligentes y acciones trepidantes, los entendidos siguen entusiasmados las explicaciones de Cousins, y besan el libro con fervor religioso cada vez que lo abren o lo cierran. Siento que este libro se me escapa entre los dedos, que nada de lo que me cuenta, más allá del dato curioso o del recordatorio de los cineastas olvidados, permanecerá mucho tiempo en la pensión de mis entendederas.


“Con dos cámaras colocadas en el salpicadero de un coche, una enfocando al copiloto y la otra al conductor, [Kiarostami] filma diez conversaciones entre una joven de Teherán y diferentes personas a las que lleva en el coche... Tan sólo en una ocasión, durante la grabación, la cámara abandona el interior del coche. [...] La película Ten on Ten remite a la pura esencia del cine más allá, incluso, que el propio Bresson. Se trata sin duda de una de las primeras obras maestras del nuevo milenio”.
Están son las cosas que le ponen  cachondo a Mark Cousins. Dos cámaras atornilladas y un montón de conversaciones que presumo de una intelectualidad inalcanzable, de una iranidad inaprensible, de un metamensaje inabordable. Menos mal que ya terminé con el ciclo inaguantable de Kiarostami, y que conozco a don Abbas como si lo hubiera parido yo mismo. Si no, llevado por la exaltación con que Cousins pondera esta ¿película?, habría perdido media vida buscándola, pirateándola, transportándola, visionándola en tres asaltos que no vendrían separados por una tía macizorra portando el número correspondiente, sino por una modorra de baba escurrida ya más propia de los vejestorios y de los tonticos que no sabemos apreciar tanta sutileza.


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AI

Hablan, por la mañana, en la tertulia de la radio, mientras paseo con el perro en este invierno tropical que ni es invierno ni es nada, de las películas míticas que trataron el tema del apocalipsis planetario, ahora que hemos vuelto a sobrevivir a otro cacareado fin del mundo. Los tertulianos desgranan los títulos y los méritos y yo sé que en unos pocos minutos, pues siguen un orden cronológico en su repaso, van a llegar al temido momento. Al puto momento. Siempre llega. Es como una monomanía de los críticos modernos. Como un contubernio masónico de quienes se ganan la vida opinando. Sé, porque siempre es lo mismo, y ya huele a mierda el asunto, que van a llegar a Inteligencia Artificial y van a hablar mal de ella, con desdén, con desprecio, como perdonándole la vida, y ese convencimiento me arruina el rato, y me carga de antipatía cetrina contra los cinesabios siempre previsibles, y siempre enemigos. 



          Cuando por fin llega -porque llega, efectivamente- la crítica hiriente a Inteligencia Artificial, yo me he anticipado ya tantas veces a su formulación que no siento el dolor del pellizco. Más aún: me siento desafiado, espoleado, de nuevo un héroe belicoso de la resistencia spielberiana. El primero que salta de las trincheras cuando lanzan las bengalas. Inteligencia Artificial es una película que me rompe el alma cada vez que la veo. No sé por qué las otras almas no se rompen del mismo modo cuando la ven. No lo entiendo. Debe de ser que la mía es distinta, más frágil quizá. O más sensiblera. O más estúpida. No sé. Quizá me la compraron en unas rebajas, o en el chino, y carece de la consistencia testosterónica de las otras, más viriles, mucho menos impresionables y lacrimógenas. Donde los otros se ríen o bostezan, yo lloro desgarrado, y muy jodido. A lo mejor ellos también lloran, pero no quieren reconocerlo. No se me ocurre otra explicación. Quizá tienen miedo de parecer lloricas, afeminados, hombretones de poco aguante. Quizá les pagan por decir estas cosas en las ondas, o en las revistas, en este contubernio de los que se meten con mi dios Steven. Deben de ser su rivales en la taquilla, envidiosos y menos millonarios, los que sufragan este complot. Porque es un complot lo que se cuece en las alturas de la opinión cinéfila. Lo sé. O eso, o que me he quedado definitivamente solo, con mis locuras, y con mis predilecciones intransferibles. Con mi cinefilia estrecha, alicorta, de muy bajos vuelos.


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Pánico en la granja

Pánico en la granja es una película conmovedora. Original y surrealista. Un viaje a la infancia de nuestros juegos caóticos y descacharrantes. Sus creadores, Stéphane Aubier y Vincent Patar -a quienes la Wikipedia en francés, única que se toma la molestia de mencionarlos, describe como incansables veteranos de la animación- se han reunido en el cuarto de los juegos y han volcado en el suelo los juguetes guardados en el cubo del detergente: el caballo, el indio, el vaquero, el tractor, los coches, los ladrillos de las construcciones... Con todo ello han elaborado, en un stop-motion delirante, una fantasía donde la imaginación, como la de un niño cualquiera, vuela y desbarra y no se detiene ante ninguna lógica. Una gozada. Un descubrimiento. Un regalo anticipado de la Navidad.


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Ted

Dos meses ha durado la travesía de Pitufo por el desierto de La que se avecina. Un desierto por el que ha vagado él solo, sin compañía de nadie, enfrentado a su propio destino. Son cosas de sus compañeros del colegio, que lo lían, que lo convencen, que lo llevan por el mal camino de la ficción. Él es un chico inteligente, con gusto, con vocación de cinéfilo, pero ha caído, como siempre, como todos nosotros, en algún recodo del camino, en las malas compañías.
Ahora que Pitufo, en las vacaciones, sin la compañía de sus maléficos asesores, ha regresado al buen redil de las ficciones decentes, aprovecho la ocasión para ver Ted junto a él.  La sorpresa ha sido mayúscula. Uno ya esperaba, porque había visto los avances, el taco, el pasote, el chiste soez del osito peluchón. Pero no, desde luego, este despiporre que protagoniza el jodido animal, sólo modosito y entrañable en su cubierta de felpa, pero negro como el carbón en su alma de pecador lujurioso y malhablado. Un Louis C.K. reducido en altura y rellenito de guata. 


Cuando oigas un mal trueno,
nada has de temer,
agarra compi-trueno
y gritad a la vez:
¡Que os follen! ¡Chupadmela bien!
No me pilléis truenos,
 ¡solo sois pedos de Dios!

Así canta Ted en la cama junto a su amigo Mark Wahlberg cuando caen los truenos y se caga de algodón por la pata abajo. La ya archifamosa Canción de los compitruenos... Un meme dawkinsiano que se propagará y perdurará por generaciones. Una muestra, en su límpido vocabulario, del tono general de la película. Pitufo, por supuesto, se lo ha pasado teta. Para qué describir su regocijo de pre-adolescente con chupi, o con cañón, teniendo a mano esta palabra tan acorde y pertinente. Pasárselo teta. Siempre me gustó esta expresión, tan gráfica, tan primaria, que lo mismo sirve para describir la felicidad de un lactante que la de un adulto deseoso de cariño. El anhelo y la obtención del pezón, nutricio y sagrado, reconfortante y tibio.
Al terminar la película entro en IMDB para consultar esa curiosa sección que lleva por título Parents Guide, una especie de Index Prohibitorum que no elaboran los responsables de la página, sino los padres responsables  que vierten ahí, al detalle, en lujuriosas palabras y bárbaras descripciones,  los peligros morales que acechan al desinformado espectador. Parents Guide promete emociones fuertes en el caso de Ted,  con ese osito  tramposo que sirve de gancho a los tiernos infantes.   


En la sección Sex & Nudity se detallan los siguientes pecados, con una puntuación de 8 sobre 10 en la Escala Moral de los Padres Asustados (EMPA). Las cursivas son mías. 


·        El culo de John es visto durante cinco segundos
·        Los pechos de una mujer son visibles mientras Ted dibuja sobre ellos, pero sólo unos pocos segundos.
·        3 sexual jokes light. [¿Qué diantres es un joke light? ¿Qué diantres significa diantres?]
·        Ted escenifica rituales sexuales: se frota con la caja registradora, se introduce en la boca un objeto fálico, se dispara crema de manos en la cara.
·        Ted tiene sexo con una mujer sobre el suelo. Sus pantys están caídos alrededor del tobillo y ella gime como si Ted estuviera empujando entre sus piernas. Las caras de Ted y de la mujer no se ven.


Estos Vigilantes de la Polla sí que se lo han pasado teta, dándole al rewind y al rewind para cronometrar los desmanes con calvinista perfección, regodeándose en la descripción exacta del plano como si ellos fueran los directores del asunto, o los scripts que todo lo apuntan para dar continuidad a los planos posteriores.
En la sección Profanity, con un 9 sobre 10 en la escala EMPA que ya es casi la antesala del infierno, se nos detalla que la palabra “fuck” se pronuncia 55 veces en el metraje, amén de otras profanidades entre las que se incluyen culo, gilipollas, coño, tetas, polla, hijo de puta, cabrón y, por supuesto, la entrañable motherfucker que tanto añoramos los veteranos de The Wire, indispensable saludo entre los habitantes del gueto que aquí, en castellano, desde los tiempos pretéritos del You sexy motherfucker de Prince, sigue sin contar con una traducción acertada, más allá del follamadres tan poco afortunado, y tan poco eufónico en nuestra lengua. 
Hay muchas más secciones en el Parents Guide del IMDB: están el Violence & Gore, o el Alcohol & Drugs & Smoking, que en el caso de Ted y su compitrueno, también toxicómanos y pendencieros, se estiran y se estiran hasta el infinito en un código levítico espeluznante. La conclusión de los  inquisidores es colocarle a Ted una R como una casa de grande, lo que significa, en Estados Unidos, que ningún jovenzuelo menor de diecisiete años pudo verla en los cines sin acompañamiento tutelar. No recomendada para menores de dieciséis años, fue su estigma en nuestra Piel de Toro. Una exageración, se mire como se mire. Pitufo, que en estas asignaturas es uno de los alumnos más modositos del instituto, ha digerido Ted sin mayores problemas. ¿Tacos?: nada comparable a lo del fútbol. ¿Tetas?: ya ha visto muchas en los anuncios de champú. ¿Actitudes sexuales?: quince o veinte, en cada recreo. Ted es tan adecuada o inadecuada para un pre-adolescente como el mundo real. Ni más, ni menos. Pero mucho más divertida, eso sí.


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Homeland. Los subtítulos

Me enfrento al undécimo episodio de Homeland con unos subtítulos que vienen incompletos, apenas unas palabrejas cercenadas en cada fotograma. Se ve que esta vez asalté un galeón de mercancía corroída por el salitre. Pero no cejo en el empeño de ver el episodio. Son muchos años de seguir las versiones subtituladas, me digo. Miles de horas de inglés que, supongo, habrán ido empapando de fonética mis calcáreas entendederas. Gota a gota, sedimento a sedimento, construyendo fuertes estalagmitas a las que podré ir agarrándome sin resbalar, voz a voz, y verso a verso.
            Pero nada más lejos de la realidad. A los quince minutos del episodio, el fracaso de mi inglés macarrónico ya es absoluto. Sólo los nombres propios que voy entresacando de la algarabía, y la fuerza poderosa de las imágenes, me permiten seguir a duras penas los intríngulis del terrorismo. Es el apocalipsis maya de mi inglés. O de eso que yo hasta ahora  creía que era mi inglés. Más allá de los tacos, para los que tengo un oído excelente, y de los saludos y formulismos más habituales, mi cerebro es incapaz de pescar algo consistente en este río turbulento de consonantes sibilinas y atropelladas. 



          Es posible que esta sea mi última entrada en el diario. Está, por un lado, la frustración constante de que nadie me lea, porque quien diga que escribe para sí mismo miente como un bellaco. Uno escribe para que le lean, para que le tengan en consideración. Que luego le ensalcen o le denigren es un asunto de categoría menor. Se trata de estar ahí, en el mundillo, en los foros, aportando una opinión, ocupando un lugar en el mundo. Y luego está el apocalipsis predicho por los mayas, para el que quedan apenas unas horas. Con él nos iremos los malos escribanos, y también los buenos escritores. Todos a tomar por el saco, en un mismo cataclismo. En la disgregación molecular de la materia orgánica, la buena o mala calidad de la literatura apenas tendrá importancia.




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Goya en Burdeos

Goya en Burdeos no es exactamente una película. Es, más bien, una sucesión de pinturas animadas, un belén viviente que muta los vestidos y los decorados mientras el maestro aragonés, en su exilio francés, nostálgico y enfermo, recuerda sus andanzas en la Villa y Corte de Madrid, las pictóricas, y las sexuales, sobre todo.
Las tres o cuatro veces que uno se ha animado a entrar en el Museo del Prado, sacrificando el tiempo del fútbol o de las compras que había programado en los Madriles, acaba deambulando por los pasillos marmóreos sin saber muy bien dónde fijar la mirada. ¿Cuáles, entre la infinitud de los cuadros allí expuestos, españoles y flamencos, florentinos y venecianos, merecen realmente el privilegio de una parada, de una observación, de una reflexión artística nacida de la ignorancia supina? ¿El cuadro de la izquierda, quizá? ¿El de la derecha? ¿El del próximo salón? Imposible saberlo. Uno quiere sacrificar  tres o cuatro horas en la excursión pictórica, y ya en el primer envite termina arrepentido, mareado, asqueado de su bárbaro desconocimiento sobre el noble arte del pincel.
Así que al final, siguiendo los pasos de los turistas japoneses, acabo, indefectiblemente, delante de Las Meninas, porque es un cuadro llamativo que tiene además como un enigma en su composición, y en La rendición de Breda, que uno recuerda de los textos del colegio, aunque allí los curas lo llamaban Las Lanzas, en patriótica belicosidad de los tiempos pretéritos. Velázquez es una apuesta segura, desde luego, pero sus salas siempre están llenas de gente que le niegan a uno el sosiego y la reflexión. Es por eso que siempre termino refugiándome en los salones menos transitados de Goya, donde cuelgan los retratos inmortales de la estulticia borbónica, y del atavismo salvaje de la españolidad incorregible.



            Sus pinturas, sin entenderlas en sentido estricto, me producen emociones que considero muy genuinas, nada snobs. No son sentimientos que yo invente para presumir de cultura ante las amistades, ni para captar la atención de alguna hembra impresionable que ronde las cercanías. Nada sé de los óleos, del cromatismo, de la captura matizada de la luz. Nada recuerdo de la composición áurea que organizaba en fórmula matemática los elementos pictóricos de las obras maestras. Contemplo los cuadros de Goya como escucho la música de Beethoven: alelado ante el misterio de un arte que me trastorna y me supera.
            Sin ser una película conmovedora, Goya en Burdeos sirve al menos para recordarle a uno que hace dos siglos las mentes más preclaras de este país tuvieron, como ahora, que exiliarse a la Europa Civilizada para desarrollar sus labores. En los tiempos de Goya, huyendo de Fernando VII y de sus curas, se nos fueron los pintores, los literatos, los dramaturgos, los políticos liberales, los afrancesados en general, que soñaron en vano con una España moderna y transpirenaica. Ahora, expulsados por los economistas trajeados, y por los mismos curas de siempre, huyen despavoridos nuestros científicos más eminentes, nuestros empresarios más honrados, nuestros profesionales más cualificados. Ya no son en su mayoría afrancesados, sino alemanizados, o escandinavizados. Los Países de los Rubios son ahora el destino universal de los españoles más capaces. Dentro de doscientos años se estrenará en nuestros cines Almudena en Dortmund, la ejemplar historia de una compatriota que aquí cobraba cuatro chavos de becaria en su laboratorio, y que un día, harta de que le restringieran los dineros y los horizontes, hizo el petate y se largó a Alemania a curar el cáncer, o a desarrollar las vacunas, a una empresa  de nombre bárbaro y  sueldo muy digno, con guardería en el trabajo y vacaciones bien pagadas. Almudena es la Goya de nuestros tiempos. La artista exiliada de la probeta. La mujer que también soñará, en las noches de cerveza y nieve de Dortmund, con una España diferente. Doscientos años después. Y lo que te rondaré, morena.


        
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Copia certificada. Juliette Binoche

En los primeros minutos de Copia certificada un suspiro de alivio brota de mis pulmones. Kiarostami abandona el desolado paisaje iraní y nos transporta a la primavera de la Toscana para contarnos el romance entre un escritor inglés y una galerista francesa que interpreta, y encarna, y vivifica, y llena la pantalla hasta romperla de pura belleza, Juliette Binoche, esa mujer preciosa y actriz excelente que es la quintaesencia de la mujer francesa, y de las señoras guapas.
            Se las promete uno muy felices, sí, con esta película que arranca como un Antes del amanecer conversacional y didáctico, con pareja madurita y muy culta tomando el relevo de los jovenzuelos que allí se requebraban. Pero se ve que a Kiarostami le jode mucho que el gran público, el que no va a los festivales, el que no vive en las ciudades de los grandes estrenos, llegue a entender sus intenciones fílmicas de gran maestro indescifrable. Así que cuando más enganchados nos tenía, y más enamorados estábamos de Juliette Binoche en pleno despliegue de sus facultades actorales, Abbas, el nigromante, nos introduce en un juego de adivinanzas para demostrarnos, una vez más, que las gentes vulgares no estamos a la altura de sus sesudas intenciones. ¿De qué va, realmente, la pareja protagonista? ¿Es un matrimonio aburrido que juega a la fantasía de ser dos personas recién presentadas? ¿O son, ciertamente, dos simples conocidos que juegan a ser un matrimonio veterano, en lúdico entretenimiento? No sé. Los diálogos, deliberadamente ambiguos, lo mismo te hacen pensar una cosa que la otra. Te vuelven loco. Kiarostami se lo tuvo que pasar teta, planteando este dilema sobre la identidad secreta de los amantes. Pero con su gracieta me jodió la película. Su película. Para una vez que iba a aplaudirlo, y a dedicarle bonitas palabras en este diario, me salió, en la hora final , con una demostración más de su diabólica inteligencia. Pues bueno.



            Luego, por supuesto, en los foros, todo el mundo decía tenerlo clarísimo, y haber descifrado los exquisitos enigmas de esta obra maestra incontestable del genio iraní y tal y tal. Unos aseguran que Juliette y su amado eran un matrimonio que fingía no conocerse, para estimular sus apetitos de los tiempos jóvenes. Eso lo afirman la mitad de los enterados. La otra mitad, también muy segura de lo que dice, también sintonizada con el alma artística de Kiarostami, nacionalizados con pasaporte iraní en homenaje al gran maestro de las siestas, jura y perjura que Juliette y su maromo eran dos desconocidos fingiendo ser un matrimonio con problemas conyugales, para pasar la tarde y luego echarse unas risas a la hora del polvo. Pues eso.



        Cuentan que François Mitterrand, en sus últimos años, enfermo incurable de la pitopausia ya irreversible, se lamentaba amargamente de no haber conocido antes a Juliette Binoche, en su juventud primorosa de pichabrava irresistible.  Cuentan los mentideros que en 1993, cuando la Binoche ya era la novia de Francia, ángel herido y hermoso del cielo azul, tan insoportablemente leve como hermosa, Miterrand la invitó a cenar en el Palacio del Elíseo. Juliette, que no necesitaba un revolcón de influencias para seguir escalando posiciones, declinó su oferta con elegancia, y cortó de raíz el intento de acercamiento, aunque Mitterrand se hiciera el encontradizo en alguna ocasión posterior, en los estrenos, en las recepciones, en los saraos de los famosos, para hablar con ella de amor, de arte y de poesía. Ya sólo hablar, como buenos amigos, en gozoso y constructivo diálogo espiritual.
            En algún momento de este tibio romance otoñal, Mitterrand dijo de Juliette que ella cumplía las cinco reglas básicas de una mujer ideal, y que por eso le gustaba tanto. A saber: que estaba en la cercanía de los treinta años, que había algo en ella que provenía del norte, que ni se maquillaba ni llevaba joyas, que no ejercía de modelo y que era, finalmente, morena. Eran los gustos del señor Presidente. Y los míos también, o muy parecidos.


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Luces rojas

“La razón por la que la gente cree en fantasmas es la misma por la que cree en casas encantadas, o túneles de luz. Porque significaría que hay algo después de la muerte.”
Lo dice el personaje de Margaret Matheson en Luces rojas, y es una gran verdad que ya apareció en este diario a cuento de Insidious, y de Darkness,  y de otras películas de terror que pasaron sin pena ni gloria por mi televisor. El personaje de Margaret Matheson, que es una inverosímil doctora en Parapsicología Fraudulenta por la Universidad de Nosédonde, lo interpreta Sigourney Weaver. Y cada vez que habla Sigourney, en cualquier película, es como si sentara cátedra, porque esta mujer, con la edad, y con las arrugas, ha adquirido una presencia y un tono de voz que vuelven irrefutables cualquiera de sus afirmaciones, aunque asegure que por el mar corren las liebres, y por el monte las sardinas, tralará. La antítesis de cualquier político de nuestros días.



El resto de la película es un timo metapsicológico de manufactura impecable. Un guión imposible que dejamos transcurrir sólo porque somos espectadores comprensivos, y consumidores pasivos con el intelecto mermado. Por eso, y porque no queremos perdernos la belleza delicada de Elizabeth Olsen, que es la hermana pequeña de ese dúo aborrecible de las gemelas Ashley y Mary-Kate. Elizabeth es una belleza sin pretensiones, modesta y alegre. Aquí, en Luces rojas, el guión  le endosa un papel ridículo de mujer florero, pero ella es un jarrón encantador, y sale airosa del empeño con solo prestar su rostro y su sonrisa. En el revoltijo de sorpresas y ocurrencias paranormales, el rostro de Elizabeth es un remanso de paz para nuestros ojos, un oasis de cordura para nuestra mente dislocada. 


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In time

En el futuro biotecnológico que plantea In time, ya no es el dinero, sino el tiempo de vida, que la gente contabiliza con un cronómetro insertado en el brazo, lo que desencadena la avaricia y la aparición de nuevas clases sociales. Cuando el contador llega a cero sobreviene la muerte instantánea, mientras se duerme, o mientras se pasea en mitad de la calle. Más allá de los veinticinco años de edad, que es la longevidad máxima determinada por los genes, todo es tiempo extra que hay que ganarse minuto a minuto, segundo a segundo, en un mundo depravado donde el dinero ya no existe, y todo se paga en tiempo. En los barrios protegidos por guardias de seguridad, los millonarios en años dejan transcurrir plácidamente los días, pagando siglos por sus cochazos, o decenios por la compañía de sus putas de lujo. Unos kilómetros más allá, en los suburbios de la chusma, la gente muere luchando contra unos precios abusivos del agua, o del pan, que les van robando la vida hasta caerse, literalmente, muertos.




Es un recurso muy inteligente éste que utiliza Andrew Niccol para criticar el capitalismo delictivo de nuestros días. O el capitalismo, directamente, sin el delictivo o el salvaje como epítetos que son más bien pleonasmos. Ningún capitalista hubiera financiado la película, ni la hubiera distribuido posteriormente por el ancho mundo, si el dinero, como en nuestra vida real del siglo XXI, hubiese sido el motor de la avaricia en In time. Demasiado obvio. Demasiado comunista. Las banderas rojas ya sólo están permitidas en los linieres del fútbol, y a cuadritos, junto a otro color, a ser posible el gualda, en patriótica combinación. Con está fábula futurista, Niccol se convierte en un hermano pequeño de Michael Moore, más delgado, sin gorrita de béisbol, que habla sobre la lucha de clases aprovechando un producto palomitero, con muchos tiroteos y muchas persecuciones. Con una mujer como Amanda Seyfried que te mira directamente a los ojos y ya no eres marxista ni revolucionario ni nada de nada, sino un simple pelele enamorado, entregado al sueño pueblerino de su amor imposible.




Es un meritorio cagarro, In time. Una denuncia  destrozada por los imperativos recaudatorios de Hollywood. Una película para la reflexión, y para el olvido. Los documentales del entrañable gordito, en cambio, permanecen fresquísimos en la memoria. Sus golpes de efecto no necesitan explosiones ni carreras frenéticas para arraigar en nuestra conciencia. Charlton Heston defendiendo la necesidad vital de los rifles; George Bush leyendo a los niños “La Cabra Mascota” en la mañana del 11-S; los enfermos sin blanca arrojados a las puertas de los hospitales... 


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Modern family. El estreno ciclista

Hoy he puesto,  en los bordillos de las aceras, para que me aplaudan y jaleen los pedaleos en la bicicleta estática, a estos peculiares personajes de Modern family, sitcom a la que llevaba meses queriendo hincar el diente. He leído muchas alabanzas sobre ella, y también alguna que otra pulla mordaz. A un lado están los que alaban su valentía moral, y su cinismo poco conservador. Al otro, los que denuncian que tras la supuesta modernidad de su planteamiento se esconde otra bendición sacramental de la familia, financiada por las iglesias protestantes y Vaticano Productions S.A.
De momento, en estos dos primeros episodios, tengo que reconocer que los personajes de Modern family me han caído en gracia. Lo mismo los heterosexuales que los homosexuales. Lo mismo los hombres veteranos del matrimonio que las esposas guapísimas en las que encuentran su solaz y su tormento. Han sido cuarenta minutos de pedaleo intenso y sudoroso, amenizado por las risas que surgían casi en cada diálogo. Son guiones milimétricos que exigen  una atención perpetua, pues los chistes, las maldades o los detalles jocosos saltan de continuo, de cualquier boca, de cualquier escenario, como en esos videojuegos donde paseas con tu revólver por el medio del pueblo vaquero, escrutando con detalle cada ventana, y cada puerta batiente, por las que saldrá el pistolero bigotudo con cara de malo.



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Homeland. Una morena y una rubia

Si algo especial ha traído esta jornada cabalística, melancólica y gris como todas las demás, ha sido el estreno, rutilante, de la segunda temporada de Homeland en mi televisor. En una noche así, uno se prepara con todo el mimo para la función. Como en las grandes premieres de los cines importantes. Los esfínteres se aposentan en el sofá ya cagados y meados. Las luces, apagadas. El teléfono móvil silenciado en otra habitación. La televisión centrada, la espalda rectilínea, el puff donde acomodo los pies a la distancia exacta de la extensión. Los mandos a distancia justo al lado de la cadera, en posición de firmes, prestos al combate. Los otros habitantes de la casa ya dormidos, o metidos en otras ficciones más insulsas, allá en las otras televisiones. El perro en sus colchonetas, al pie de la tele buena, también meado y cagado en las callejuelas del villorrio. La atención, reconcentrada; las expectativas, máximas; el entusiasmo, infantil.
Comienza el episodio y me descubro, en los títulos de crédito, incapaz de recordar cómo había terminado la primera temporada. Más allá del tronco central del asunto, la bruma del olvido se ha ido apoderando de las ramas frondosas de mis recuerdos. Un fastidio, y un contratiempo, ya más que una vergüenza personal, ahora que me voy acostumbrado a estos achaques impropios de mi edad. Menos mal que Homeland, en la infinita sabiduría de sus guionistas, en previsión de contar entre sus seguidores con espectadores tan lerdos como yo, coloca al inicio de cada episodio un previously que ayuda mucho a centrarse y a tomar posiciones. Benditos sean.
     Luego, en un ritmo frenético de conspiraciones y paranoias que sólo los americanos bordan así, Homeland va llenando poco a poco los vasos de mi desmemoria, vertiendo al mismo tiempo nuevos contubernios que habrán de perderse irremisiblemente, dentro de unos meses, en el ciclo sin fin de mi desesperación. Soy como Sísifo empujando la piedra hasta la cima de la montaña, una y otra vez, en este castigo de la cinefilia sin memoria que los dioses, iracundos por mi aislamiento voluntario de los humanos, me impusieron desde la primera adolescencia.



Qué frágil es, la belleza de las mujeres. Basta un mal despertar, o un maquillaje excesivo, para arruinar el epíteto maravilloso que teníamos reservado para ellas, como una flor que se aja al instante enfrentada a la realidad deprimente. En estos episodios de Homeland, Claire Danes, que nunca fue un bellezón de rompe y rasga, pero que cuenta con un cabello rubio que te roba la mirada, y unos ojazos de agua marina que brillan inteligentes y promisorios, se tiñe el pelo de moreno y se coloca unas lentillas negras en el iris para pasar desapercibida en el avispero terrorista de Beirut. Vista así, como una mediterránea cualquiera, de la costa libanesa o murciana, Claire no se lleva ningún bufido de admiración a su paso por las calles. No cosecha ni un sólo piropo lanzado desde el andamio, ni un solo reojo disparado en la acera rasa por donde pasean los enamoradizos atentos. Una mujer guapa, sí, y punto. El oscurecimiento de sus virtudes resalta los defectos innegables de su rostro. De vecinita molona en el supermercado. De reina en las fiestas del barrio. Una belleza de andar por casa. Homebeauty.

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El viento nos llevará

Aunque hace días que juré abandonar este ciclo insufrible y autoimpuesto, coloco en el DVD la cuarta película de Abbas Kiarostami. Ya sólo su título, El viento nos llevará, posee un halo poético que me hace temblar de aburrimiento presentido. Y efectivamente, sólo he tardado cuarenta minutos en darme la razón a mí mismo, como hacen los tontos. Un paisaje de ensueño con las montañas del Kurdistán al fondo: eso es lo único que merece la pena en esta historia del fulano que sube y baja la colina con su todoterreno, a la captura de un hilo de señal para su móvil. Colina pa’rriba, colina pa’bajo, y así toda la película. Será el viento que lo lleva, digo yo. O la ventolera, más bien. El siroco del Sahara, que llega hasta el Kurdistán volviendo locas las cabezas. No sé. Y no me importa, además. Basta. El sopor de la película se mezcla con la hiel amarga de mi mala literatura. Que sean otros foreros, como suelo conceder en estos casos, los que carguen contra El viento nos llevará. Sus flechas venenosas son también las mías.



           Pataliebre, en Filmaffinity:
              “Kiarostami es uno de los pesados más aburridos que he tenido la oportunidad de ver. Y lo peor es que sus películas parten de premisas cuanto menos prometedoras e interesantes pero que el director, a base de reiteración y de escenas supuestamente poéticas que se alargan más de lo debido, las acaba jodiendo y haciendo que el espectador sufra más de lo que es debido con coñazos de semejante calibre.” 
            
Kafka, también en Filmaffinity:
“... pero es indiscutible que hacen falta no pocas tragaderas para que el público llano y no cinéfilo pueda soportar tales obras sin los terribles efectos secundarios de la somnolencia, la apatía, el hastío o la desazón”

MamiFriki: 
“Un pueblo muy bonito y unas gentes a las que se le podría haber sacado más partido, creo. Tiene poco que contarnos y mucha cinta por grabar, o se cree que somos tontos y nos tiene que repetir las mismas imágenes unos pocos de cientos de veces a ver si pillamos el simbolismo. Se ve que yo no lo pillé, porque se me iba el santo al cielo y la mente a otra parte. Me recuerda a unos hippies urbanitas que se habían instalado en el pueblo de mi abuela y los oí contarle a otro, maravillados: "Tío, no te lo puedes creer, es que flipas: que plantas una semilla en la tierra y que te sale ¡una lechuga!, tío, ¡¡una lechuga!!". Pues este igual: que hay pueblos, y caminos de tierra, y zanjas, y cabras, y gente que ordeña a las bestias, sitios sin cobertura ... Si no tienes otra cosa que hacer, pues ves el principio y ya te vale. Así no pierdes el tiempo.”


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Boss, versión doblada

Encaro el segundo episodio de Boss con la determinación delictiva de no verlo en versión original. En la primera entrega, con el galimatías de los nombres y los enredos, sufrí unos mareos terribles mientras leía unos subtítulos a todas luces insuficientes. En la versión doblada, como castigo, me encuentro al doctor Frasier Crane haciendo de alcalde corrupto de Chicago. Han sido unos minutejos de desconcierto, banales y rápidamente subsanados por la costumbre del oído. Peor ha sido la experiencia de escuchar al gobernador de Illionis con la voz de Clancy Wiggum, el policía gordinflón de Los Simpson. ¿Cómo tomarse en serio a un hijoputa de manual si suelta sus corruptelas, sus amenazas, sus broncas tremendísimas, con la voz cómica de un dibujo animado? El doblaje de Clancy es una retintín que se nos ha quedado asociado a la vaguería, a la incompetencia, a la deducción estúpida de quien no tiene dos dedos de frente y se pasa el día comiendo donuts y durmiendo siestas en el coche patrulla. En una persona inteligente y malévola, atareada e influyente, como es este cabronazo del gobernador, este tonillo, aunque traten de disimularlo, no tiene cabida ni sentido.

Son las cosas del doblaje. Su estafa implícita. La comodidad de los ojos a cambio de la adulteración del producto. Lo tomas, o lo dejas.


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Boss

En esta nueva serie titulada Boss que tantas enjundias promete, Kelsey Grammer interpreta a Tom Kane, el alcalde ficticio de Chicago al que diagnostican, en el primer minuto del capítulo, en una escena modélica de un dramatismo acongojante, una enfermedad degenerativa incurable que dará al traste con su carrera, y luego, presumiblemente, con su vida.
Antes de verle en esa escena conmovedora, Kelsey Grammer, para los viejos conocidos que lo admirábamos, sólo podía interpretar a Frasier Crane. O como mucho al actor secundario Bob de Los Simpson, a quien pone voz, y que viene a ser, básicamente, el mismo personaje neurótico y soberbio. Fueron muchos años de identificación profesional y emotiva. Ahora mismo, en mi cartelera particular, Frasier anima mis sebosos pedaleos en la bicicleta estática, antes de que llegue la Navidad y la grasa entrante reemplace a la que voy quemando a duras penas. Reírme a las ocho de la tarde con el mismo tipo que hora y media después, en otra serie, en otra ciudad, viste de político corrupto con una enfermedad incurable, puede provocarme la Esquizofrenia del Telespectador Compulsivo, más conocida por ETC, rara enfermedad mental de pronóstico leve, pero altamente incapacitante para el disfrute de las series simultáneas.



Pero mis temores duran lo que dura un suspiro. Ya casi han pasado dos lustros desde que el doctor Crane dejara su empleo en la KACL, y en los primeros segundos de Boss uno descubre a un actor parecido, pero distinto, con nuevos surcos en la cara, con una expresión más hosca y desesperada, con la autoconfianza exuberante que sólo desprenden los tipos llamados a mandar, y a mangonear sin cortapisas. O eso, o que Kelsey Grammer, finalmente, aunque sospecháramos lo contrario, era un actor cojonudo de innumerables registros, que vivió encarcelado durante años en el mismo personaje que le dio la fama, y el dinero.
El primer episodio de Boss posee una densidad y una contundencia pocas veces vista. Si es verdad aquello que decía Cecil B. DeMille de que las películas deben comenzar con un terremoto e ir creciendo en acción, Boss lo tiene muy difícil para sostener el nivel de sus propias aspiraciones. Ha sido una explosión, más que un comienzo. Ni tiempo para mear, le han dejado a uno, pues los hilos y los trapicheos se iban abriendo de continuo, prácticamente uno por cada escena. Un desafío mayúsculo para el espectador de mediana inteligencia como la mía, que se pierde tan fácilmente en los mecanismos de la corrupción, que confunde los rostros invariables de los anglosajones que visten el mismo traje y la misma corbata. Que se viene liando, desde tiempos inmemoriales, con los nombres monosilábicos de Bob, de Tom, de John, de Rob... Y eso si a los guionistas les da por jugar con la letra o, porque si se decantan por otra, para hacer la gracia, a todos los personajes les llaman Tim, o Jim, o Bill, o Phil, en un galimatías de nombres hipocorísticos que les debe de hacer mucha gracia, pero que a un español de pura cepa, acostumbrado a la variedad visigótica de nuestros nombres, lo sume en el desconcierto, y en la oscuridad.


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Mi semana con Marilyn

Y al fin, en un resquicio que me ofrecen los deportes televisados, veo mi primera película en cinco días. Ningún paréntesis fue tan largo desde los tiempos del verano. El hambre de cine se ha adueñado de mis instintos. Cualquier cosa valdría para calmar el gusanillo; cualquier ficción sería bien vista para inaugurar este tiempo recobrado de las películas. Pero Mi semana con Marilyn no es cualquier ficción. Aunque es una película imperfecta que a ratos cae en lo romanticón, y en lo previsible, un retrato de Marilyn Monroe siempre tiene la enjundia del mito, de la belleza, de los tiempos irrepetibles del cine clásico. Michelle Williams, además, es una mujer hermosísima, cálida, en el límite exacto entre lo sensual y lo sexual, que encarna a una Marilyn convincente, tan débil como atractiva, tan loca como cuerda. Michelle sería la nueva reina de mi corazón de no ser porque ya es una vieja conocida, y mis estatutos del amor sólo permiten que las desconocidas puedan aspirar al trono. Tampoco lo necesita, Michelle, porque ella ya es emperatriz de mis dominios, y ahora, asociada a la imagen exuberante de Marilyn Monroe, con más razón todavía.







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El sabor de las cerezas

Recuerdo haber visto El sabor de las cerezas hace años, en un ciclo de cine raro que organizaba la Universidad de Invernalia. Eran los tiempos de mi juventud aventurera, de mi primer contacto con filmografías alejadas de la española o la jolivudiense. Yo soñaba con ser ciudadano del mundo no a través de los viajes, sino a través de las películas. Volverme culto, y universal. Educar mi gusto y mi sensibilidad. Volverme atractivo a las miradas femeninas menos superficiales y escrupulosas. Yo soñaba, en aquella sala de la universidad, con conocer a una chica que tuviera mi misma pasión por el cine: na belleza solitaria, accesible, de andar por casa, coqueta y sensual, pelirroja a ser posible, con la que seguir viendo cine en otros contextos, en la intimidad de otros respaldos. Yo soñaba con una vida cinéfila compartida en los sofás, en las camas, en los cines del medio mundo que recorreríamos viajando. Y follando. El sexo y el cine, en perfecta comunión de los sentimientos. Ése era el pequeño paraíso que yo tenía planeado para mi vida sedentaria... En fin.



De El sabor de las cerezas yo tenía el recuerdo de una gran película, casi de una obra maestra del género parsimonioso y reflexivo. Con ella tuve las primeras noticias de un fulano llamado Abbas Kiarostami, que por entonces se llevaba los grandes premios en los festivales. Hoy, sin embargo, he vuelto a ver la película y me he quedado dormido dos veces. Muchas cosas han cambiado desde aquellos tiempos de la universidad. Sólo permanece incólume mi deseo por las pelirrojas que jamás se presentaron sin un novio a la función. Por lo demás, he perdido el apetito de la aventura, el gusto por los viajes a países de extrañas películas. Siento que he regresado a los tiempos infantiles de mis primeros gustos. Que me he hecho mayor volviéndome otra vez niño, como en un curioso y lamentable caso de Benjamin Button. He pasado veinte años viajando por las películas de aquí y de allá; he visto cine de casi todos los sitios, de casi todas las sensibilidades: del porno a los blockbusters; de los chinos a los iraníes; de Pixar a Tarantino; de las hostiazas de Jason Bourne a las ñoñerías de El diario de Noah. He visto de todo, o de casi de todo, y al final, en un viaje circular alrededor de mí mismo, he regresado a los gustos de mi adolescencia. Ya ni para el porno tengo paciencia, más allá de los minutejos imprescindibles para el desahogo. Es en películas como El sabor de las cerezas donde me descubro rendido a la evidencia: ya nunca seré el cinéfilo que siempre quise ser. El hombre que encara con entusiasmo la última novedad procedente de Tailandia, o de Paraguay. Lo vengo sospechando desde hace años, pero ha sido empezar a escribir este diario y asumir de golpe una certeza ya ineludible. 



 Veo El sabor de las cerezas y cada bostezo que se me escapa divide por dos los restos de mi autoestima. No puedo con esta parábola. No puedo con el cine iraní. No puedo con esta película donde un fulano con ansias suicidas se pasa hora y media conduciendo su jeep por los mismos senderos arenosos, una y otra vez, planteando siempre las mismas cuestiones, y los mismos dilemas. Un cortometraje plasta multiplicado por cuatro, o por cien, ya no sé. Estoy incapacitado para ver la poesía en una cosa así. Me acepto, y me odio.  


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Lee mis labios

Gracias a Lee mis labios me reencuentro con el director francés Jacques Audiard, tan admirado en estos escritos. Me entran  ganas de explayarme en su figura, y en su cine, tan denso e interesante. Pero termino de ver la película y no sé muy bien qué escribir. Lanzarme a la parrafada sería un ejercicio inútil y de mal gusto, en estas condiciones lamentables del intelecto. Prefiero probar la fórmula que me enseñara el Maestro Venerable: redactar un pequeño catálogo de bondades, cinco detalles, cinco sonrisas, cinco florecillas que me dejó la película sobre el sofá.
1. En Lee mis labios he encontrado a un alma gemela de la sordera que desconecta el audífono cuando la realidad sonora se vuelve insufrible, o insultante. Yo, que también padezco del mal oído, pero que aún no he llegado a la necesidad del audífono, me protejo del mundo con los auriculares de la radio, que llevo a todos los sitios, en prevención de los encontronazos sociales. Carla quitando su aparato y yo poniendo el mío, compartimos un aislamiento que es al mismo tiempo maldición y deseo.
2. Los ojos de esta mujer, Emmanuelle Davos, musa de Jacques Audiard, actriz consumada y preciosa, que lleva dos esmeraldas guardadas en los ojos.
3. Sus labios carnosos, carnales, casi excesivos, que por momentos se salen de la pantalla como aquellos de Videodrome a los que James Woods, arrebatado en su alucinación, besaba como reales. Una envidia, su chaladura.
4. La Torre Eiffel, una vez más, brillando en la noche de París, observada desde esta azotea donde los dos tunantes, el matón y la sorda, planean su robo. Nunca he estado en París, ni en su noche, pero es una ciudad que siento muy mía, tantas veces visitada en la ficción de los franceses. Me he enamorado muchas veces de las parisinas, en sus calles siempre limpias, bajo su cielo siempre plomizo.
5. Monica Bellucci no trabaja en esta película, pero si Vincent Cassel, su marido, y verle a él es como pensar en ella.


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The Newsroom. El informativo de la ACN

Termino de ver la primera temporada de The Newsroom y sonrío de agradecimiento cuando aparecen los últimos títulos de crédito. Es difícil hacerlo mejor. Escribir mejor. The Newsroom, además de ser una serie sobresaliente, es una serie pertinente. Ahora que en las televisiones reales ya no queda ningún informativo imparcial, uno ve The Newsroom como una nostalgia del periodismo que pudo haber sido y no fue, el americano, y el nuestro. El informativo de la ACN es el telediario que Aaron Sorkin ha escrito como una ciencia-ficción de lo ideal: uno centro político que no es la suma de los neonazis y los postsoviéticos partida por dos, sino el pedestal ético donde las noticias se verifican y las fuentes se contrastan. Un informativo que no pretende ser republicano ni demócrata, como aquí no tendría que ser ni de izquierdas ni de derechas. Porque además, un informativo que dijera la verdad, y sólo la verdad, sobre los poderes reales que nos dan por el saco, ya sería, por definición, de izquierdas. Un informativo donde el frío no fuera noticia en invierno, ni el calor en verano. Donde los avances científicos y las injusticias sociales fueran las noticias de portada, y no la cadera operada de un monarca, ni el viaje de un ministro a echarse unas risas con los colegas. Un informativo como dios manda, ahora que el otro dios, el de los ricos, manda en todos ellos. 


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El origen del planeta de los simios

No creo desvelar nada si escribo que El origen del planeta de los simios cuenta, efectivamente, el origen del planeta de los simios. Antes de comenzar la película uno ya sabe que los monos triunfarán sobre los humanos decadentes e irresponsables, y que un poco más allá, en el futuro de la línea temporal, en el pasado remoto de la historia del cine, Charlton Heston descubrirá la Estatua de la Libertad decapitada  sobre la playa.
            Aunque uno ha leído sobre ella alabanzas más bien tibias, su apocalíptico desenlace la convierte en irrenunciable para un misántropo de vocación, que oxigena sus instintos más inconfesables cuando las grandes catástrofes de la ficción arrasan el planeta. Uno siente un gustirrinín muy culpable cuando contempla las carreteras despejadas, los cines vacíos, los centros comerciales abiertos para uno solo. Aunque todo sea de mentira, y sólo juegue con la fantasía de ver curada, radicalmente, su gentefobia, que llaman los entendidos enoclofobia. En El origen del planeta de los simios estas grandes devastaciones no se ven, pero se aventuran en los ilustrativos títulos de crédito, como colofón a una cadena de ambiciones y despropósitos que llevarán a los monos a la cúspide de la cadena evolutiva. Otra vez. 



            Luego, por la noche, leo en la revista Cinemanía esta sinopsis de la próxima película de Neil Blomkamp, el director de la estimadísima District 9. Lo hago en la cama, a punto de dormirme, en la modorra confusa que precede al sueño:
            “Elysium es una estación espacial construida dentro de 100 años para albergar a los ricos y privilegiados. Una nave en la que no existen ni la guerra, ni el crimen, ni la enfermedad. La Tierra, mientras tanto, se pudre convertida en una pocilga poblada por las clases más desfavorecidas, bajo la supervisión de unos policías androides que imponen su orden con brutalidad”.
            Durante unos segundos extrañísimos creo estar leyendo el periódico del día, en lugar de la revista de cine. No he leído bien la primera frase, y mi vista ha saltado de un lugar idílico donde viven los ricos a otro infecto donde la pasma acorazada reparte hostias entre la plebe. He tenido que volver a leer el artículo para regresar a la realidad material de mi revista. Y suspiro, tranquilo, antes de apagar la luz: no será ahora, sino dentro de cien años, cuando se produzca la escisión definitiva. Será la guerra de mis bisnietos. Cuando uno ya no esté. Lo de ahora, en los periódicos, sólo son los preparativos: El origen del planeta de los pobres.


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