Hermano

De vez en cuando, como ha sucedido esta noche de frío gélido en Invernalia, el sexto sentido de las películas se equivoca, y toma por aburrida una película que al final le deja a uno reconfortado, y agradecido. Hermano es -que yo tenga conocimiento- la primera película venezolana que pasa por mi cartelera. Uno cree saber muchas cosas de Venezuela porque sale con frecuencia en los telediarios, pero en realidad es un país tan ignoto como los demás: sabemos del petróleo, de Hugo Chávez, de los culebrones infumables donde dicen chamo, y chévere, y guachafita. En el colegio aprendimos que su capital es Caracas, que tienen selva y grandes ríos, y que  allí tuvo su cuna Simón Bolívar, el liberador de las Américas. Poco más. Uno ve Hermano y descubre, para empezar, que allí el fútbol no es el deporte rey, a pesar del reciente auge de la selección Vinotinto, sino el béisbol, en curiosa influencia celebrada y consentida del imperialismo yanqui.  Uno, en su incultura, también pensaba que en Venezuela hablaban castellano, como nosotros, más o menos, pero a los diez minutos de empezar Hermano uno comprende que el venezuelense es un dialecto arcano, un acento de latinoamericanos llevado hasta la incomprensión. No sé cómo se las apañan las marujas españolas en los culebrones. Yo he tenido que guiarme por unos afortunadísimos subtítulos en inglés que venían pegados a la película. Supongo que nuestras madres y abuelas, después de tres décadas en el sofá, desde los tiempos fundacionales de Cristal, han tenido tiempo para acostumbrarse a esta diabólica dicción de los caribeños.



Hermano es la historia de dos broders que juegan al fútbol en los campos de tierra de las favelas, y a los que sigue con admiración un ojeador que podría llevarlos al Caracas F.C. y sacarlos así de la pobreza, de las bandas, del trapicheo de las drogas. El fútbol, para mi pesar, no es el argumento principal de la película. Para montar el dramón de secretos y lealtades que aquí se nos cuenta, lo mismo hubiesen servido los sueños adolescentes de ser actor, o de ingresar en una universidad de prestigio con túnicas y birretes. Muchas son las películas que tocan el tema del fútbol, pero pocas, muy pocas, las que lo tienen como argumento principal. Es extraño que el deporte rey, que es en sí mismo una metáfora de la vida,  o al menos la metáfora más simple que se nos ocurre a los discutidores de los bares, tenga un recorrido tan corto como argumento central en las películas. Uno recuerda, así a bote pronto, The Damned United, que contaba las malandanzas de Brian Clough dirigiendo a los trogloditas que conformaban el Leeds United de la época. O  El partido de sus vidas, que narraba la gloria balompédica de los yanquis en el Mundial del 50, ganándole uno a cero a la Pérfida Albión. Creo recordar que no salía ni una sola mujer en esta película: sólo se hablaba de fútbol: de los procesos de selección, de los entrenamientos, de las tácticas, de la administración de los esfuerzos... Una gozada para la testosterona del espectador masculino que por un rato prefiere competir a follar. Ni siquiera Evasión o victoria, tantas veces citada como ejemplo de cine futbolero, es una película que trate realmente sobre el deporte rey, más preocupada por la evasión que por la victoria. Es tan poco balompédica que John Huston -que de estas artes debía de saber lo justito- ni siquiera sigue la pelota en los lances del juego. Un despropósito.



Uno sueña con una película que contenga el espíritu de Oliver y Benji, donde ningún personaje, ni siquiera las novias o las madres, osaban hablar de algo ajeno al fútbol. Una película obsesiva, asfixiante, que no dejara resquicio a nada que no fuese la pelota, el entrenamiento, el desarrollo del partido. Conversaciones enjundiosas a la hora de practicar, de planear, de decidir. Una película que fuera, por ejemplo, la recreación de algún partido glorioso, con mucha trascendencia deportiva. La final de ese Mundial del 50, por ejemplo, o la final del Mundial de Argentina. Sin contexto, sin política, sin segundas lecturas que nos distraigan del asunto principal del fútbol. Quizá un rótulo explicativo al principio, y otro al final. Nada más: “Cuatro años después de entregarle la Copa del Mundo a Daniel Pasarella, el general Videla se embarcó en una absurda guerra contra el Reino Unido que terminó, indirectamente, con su reinado del terror.” Algo así, muy épico,  y mejor redactado, que no se inmiscuyera en la pura pasión futbolera de lo narrado. Menotti en la concentración del hotel, el día anterior, atando cabos con sus jugadores, con su cuerpo técnico, fumándose los cigarrillos uno tras otro mientras les explica de nuevo el achique de espacios, y la importancia capital de la posesión de pelota. Los holandeses recluidos en su hotel, con sus mujeres, y sus cigarros, y sus whiskies, como tenían por tradición, preparando el partido con la dieta riquísima de los vicios. El último entrenamiento de ambos equipos, con la tensión, las consignas, los acuerdos de última hora. La alegría radiante de quien se sabe titular y la mala hostia indisimulada del que tendrá que calentar el banquillo. El día de la final, desde la mañana misma, con los nervios, los gritos, los viajes en autobús. El encuentro con el estadio a la hora de saltar al césped para calentar. Las últimas palmaditas, los últimos gestos, la última vomitona en el vestuario para soltar ya del todo los nervios. El túnel de vestuarios, el rugido de la gente, el himno nacional, el pitido inicial, la primera patada, la primera arenga del capitán. Un ajuste de posiciones mientras atienden a mengano de un codazo. El fútbol a ras de hierba. Una película así, sueño yo. Tú aquí, y tú allá, corriendo por la banda, y marcando al 8. Vamos, cojones, que podemos. Y así todo el rato. Antropoides muy rápidos y habilidosos planteando una refriega contra el enemigo, con muchas ventajas nutricionales y muchas mujeres hermosas puestas en juego Una película que hablase de nuestras raíces belicosas, agresivas, muy poco transigentes, pero civilizadas gracias al influjo mágico, poderoso, insustituible, del balón.
Una de fútbol, finalmente.


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A través de los olivos

A través de los olivos sería otra “experiencia fílmica” condenada al fustigamiento presente y al olvido futuro de no ser por ese plano final, bellísimo, que se produce -pues ahí estaba el mensaje oculto del título- a través de los olivos. El  desenlace es de un paisajismo abrumador,  de una delicadeza exquisita, que pone fin a una película que era, hasta ese momento, un coñazo insufrible, con los actores amateurs confundiéndose de continuo en la misma escena, con el paleto del pueblo atosigando a la muchacha que no le hace ni puñetero caso... 



Uno sospecha, como ya sospechaba en las películas de Panahi, que Kiarostami es un tipo muy listo que dice hacer poesía con la cámara cuando en verdad lo único que pretende, con sus parsimonias y sus recreos, es estirar el chicle de una simple anécdota para conseguir un minutaje mínimo que le permita acudir a los festivales, a cosechar aplausos, y a ganar premios. Si quería que simpatizáramos con estos actores tan torpes y entrañables, nos hubiesen bastado dos tomas fallidas de su incompetencia; si quería que asistiéramos al amor imposible entre el chico pobre y la niña pija, nos hubiesen sobrado dos requiebros no correspondidos para hacernos una idea del dramón. Uno se ha forjado como espectador en formas narrativas más expeditivas, menos cachazudas, y estas reiteraciones en lo evidente lo llevan al bostezo, y a pulsar con frecuencia la tecla de avance rápido en el mando a distancia. Cualquier maestro del cine norteamericano hubiese reducido los avatares de A través de los olivos a media hora de metraje, como mucho. Es por eso que luego les da tiempo a poner tantas cosas en sus películas, aderezos que en las cintas iraníes nunca salen por falta de minutos: las tetas, los tiros, las persecuciones, los chistes antológicos, los secundarios de lujo, los finales con retruco sorpresivo... Las películas americanas son el reflejo de nuestra neurosis moderna. Encajan como un guante en nuestra hiperactividad idiota e impaciente. Somos, como en la canción de Los Ilegales, el macarra y el hortera que corre a toda hostia por la carretera, fijándonos en lo importante, en la velocidad, y en el tiempo, y no en el paisaje. Aunque sea tan bonito, eso sí, como el de Koker.


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A través de los olivos

Veo, antes de que el sueño me cierre los ojos, la primera mitad de A través de los olivos, que es la segunda película de este ciclo sobre Abbas Kiarostami que yo mismo me autoinflinjo. Sé que me meto mucho con las películas iraníes, tan alabadas en los festivales, y en la cinefilia de las personas cultas. Pero en los días laborales, a según qué horas, con las cenas grasientas rebotando en el estómago, es imposible detener la caída de los párpados cuando Kiarostami, o Panahi, o cualquiera de sus pupilos, se regodean en el paisaje y ponen a sus personajes a hablar con esa calma, con esa laxitud, en esa fonética del farsi inventada para la hipnosis del espectador, dejando además, entre diálogo y diálogo, océanos pérsicos de silencio, con bonitas montañas al fondo.



Hemos tardado tres años, desde los tiempos de Y la vida continúa, en llegar a Koker. Pero el viaje ha merecido la pena. El paisaje es bonito, olivarero, como de una serranía más verde y lluviosa de Jaén. Pero no son el padre y el hijo de la otra película los que alcanzan el pueblo. Supongo que seguirán preguntando el camino, por las carreteras polvorientas, entre partido y partido de fútbol... En A través de los olivos es un equipo de rodaje el que llega a Koker para filmar, curiosamente, una recreación de Y la vida continúa, en un juego de autorreferencias y autohomenajes que, a decir verdad, nos la trae un poco floja a los que no somos íntimos de Kiarostami.  De momento, estos tipos del rodaje llevan varios días intentando llevar a buen término la primera escena: un chico que portea un saco de cemento le devuelve el saludo a una chica del pueblo. Así de simple. Pero la cosa se enreda y se lía como en aquellos rodajes míticos de Billy Wilder con Marilyn Monroe. Los actores no son profesionales, sino muchachos y muchachas escogidos en el pueblo, y cada uno va fracasando a su manera. El primer actor elegido es tartamudo, y no puede devolverle el saludo a las mujeres, como Raj Koothrappali en The Big Bang Theory. El segundo actor, en cambio, que parece más capaz para el oficio, está perdidamente enamorado de la muchacha en cuestión, viejo amor inalcanzado en las fiestas del lugar, y la chica, algo pija, aleccionada por la familia, le niega el saludo incluso en el territorio de la ficción. Un descalabro para la película que sus responsables, sin embargo, se toman con oriental filosofía, y hasta celebran, sonrientes, con el regocijo propio de unos documentalistas del National Geographic humano. Como si el presupuesto o los plazos de entrega les importasen un comino. No sé. No les entiendo muy bien. A los peliculistas, y a los iraníes, de momento, en general.




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La Dama de Hierro

Grabo en los canales de pago -pero no para verla yo, sino mi madre- La dama de hierro. Me niego a ver esta película. Adivino en ella un biopic laudatorio que me causaría una úlcera sangrante, como poco.  Alguno dirá: ¿y tú que sabes? No la has visto. Y es cierto, pero las reseñas, unívocas, no dejan lugar a la duda. La dama de hierro es el retrato condescendiente de una gran mujer peleando en un mundo de hombres, ambiciosa y obsesiva, trabajadora y eficiente, admirada y temida.. Nunca fui un devoto de Meryl Streep. Más allá de su arte y de su virtuosismo, su rostro siempre produjo en mí una antipatía instintiva. No lo puedo remediar. Y de Margaret Thatcher, que inspiró los ataques contra el Estado del Bienestar que ahora siembran el pánico en media Europa, que se proclamó enemiga pública del proletariado al que uno pertenece por origen, por simpatía, por empleo, prefiero no decir nada. Y no saber nada. No quiero que me sumen como espectador a las estadísticas triunfantes de esta película. Vade retro, esta respetuosa biografía, este acercamiento comprensivo, este retrato de la gran mujer que se escondía tras la primera ministra. 


            Le pregunto a mi madre su opinión cuando termina de verla: “Qué gran mujer”, es lo primero que le viene a los labios. Y lo dice una pensionista de los cuatro duros, una ex-ama de casa de la economía sumergida, una mujer del barrio y del carrito de la compra que cuando yo era niño contaba las pesetas como si fuesen pepitas de oro. Y que ahora, con la Unión Europea, y la crisis, cuenta los euros como lingotes del mismo metal. Qué gran mujer, me suelta, la Thatcher... Qué decisión, sí, qué arrojo, qué ovarios. Qué inteligencia, y que poderío. Gobernaba para los ricos, eso es verdad. Y los pobres, que se jodieran, como ahora. Pero qué gran mujer. De una pieza. Hecha de bronce, la tía. Más aún: de hierro, como su mismo apodo, acertadísimo por cierto, indica.
La maquinaria propagandista ha conquistado un nuevo corazón entre las filas del enemigo de clase. Uno más. Margaret, Maggie, gracias al biopic, gracias a la puta película, ya no le cae tan mal a otra pensionista. E incluso ya no sale tan adusta en las fotos.  A  esto me refería.


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Las diabólicas

El problema de haber nacido setenta y siete años después de la invención del cine es que uno se pasa la vida tratando de recuperar el tiempo perdido; viendo, al mismo tiempo, porque uno es hijo de su época, y de algo tiene que hablar con sus coetáneos, las novedades y los estrenos, que se acumulan como platos en el fregadero, al ritmo vertiginoso de una casa de comidas. Sucede, además, que ahora las series de televisión son cojonudas, verdaderas obras de arte, y te obligan a dividir el tiempo dedicado a los fotogramas ya no en dos raciones, sino en tres, por lo que hay que cribar los estrenos con suma delicadeza, y restringir los criterios que uno reservaba para las películas antiguas.
El problema de haber nacido en los años setenta es que uno ya se crió en una colonia norteamericana, con las grandes salas alquiladas a sus películas, con las televisiones –que sólo había dos- vendidas a su dólar todopoderoso. Uno no vivió de adulto la Nouvelle Vague, ni el cine de Kurosawa, ni las fantasías de Fellini. Uno se ha criado con Spielberg, con Lucas, con las persecuciones de coches y los disparos a cascoporro en las series de ficción. Uno no ha mamado la sensibilidad de lo francés, la sutileza de lo japonés, la mediterraneidad de lo italiano. Todo esto lo ha aprendido después, tomando apuntes por su cuenta, en clases sueltas, en un aprendizaje incompleto y defectuoso. Uno es hijo de Indiana Jones y El Coche Fantástico, de Regreso al Futuro y Starsky &Hutch, de La Guerra de las Galaxias y Seinfeld soltando gansadas, aunque luego vote a la izquierda y grite Yankis Go Home en las manifestaciones, junto a las rojas más guapas del barrio.



Es por eso que uno, avergonzado, imbuido del espíritu inconformista de los cinéfilos, se lanza a rescatar las obras maestras del pasado europeo, las que recomiendan los sabios más ancianos de la tribu. Uno ve, por ejemplo, en este domingo plomizo sin fútbol ni amantes predispuestas, Las diabólicas, thriller modélico del director francés Henri-Georges Clouzot. Y al principio la película promete, pues aunque viejuna resulta intrigante, misteriosa, como de un Hitchcock afrancesado. Pero ¡ay, la herencia cultural! ¡Ay, el bagaje que uno lleva a las espaldas! De repente, muchos minutos antes del final, a uno le sobreviene la intuición certera del diabólico desenlace, que todo lo chafa. Y no es la inteligencia, desde luego, siempre tan roma en estos asuntos. Uno recuerda que hace años Isabelle Adjani y Sharon Stone ya planearon el mismo crimen en su televisor, en un remake norteamericano que para nosotros, los cautivos de su Imperio, fue el primer make. Inolvidables, en su belleza, la morena y la rubia. Maldita sea,  mi suerte.
"¡No seáis diabólicos! No destruyáis el interés que vuestros amigos podrían obtener de esta película. No les contéis lo que habéis visto. Os damos las gracias de su parte." Con ése rótulo de advertencia finaliza Las diabólicas. Nada dice de los remakes que en el futuro convertirán su originalidad en redundancia.


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Sherlock Holmes: Juego de sombras

He visto Sherlock Holmes: Juego de sombras con un ojo atento y el otro desconfiado.  Cualquier acercamiento a la figura de Sherlock Holmes siempre tiene algo de distinción victoriana y de intriga asegurada. El actor que hace de Moriarty es el mismo tipo  hermético que hace de ejecutivo inglés en Mad Men. Y Sherlock, claro está, es Robert Downey Jr., y el amigo Robert es un actor impagable que siempre queda bien aunque la mediocridad lo circunde. Porque al final, para solaz de la plebe, y aumento de la recaudación, Juego de sombras desemboca en persecuciones y explosiones mil veces vistas. La sensación de fraude se impone a las primeras emociones. Es, definitivamente, un subproducto cultural. El refrito aceitoso de las novelas de Conan Doyle, de La vida privada de Sherlock Holmes que rodara Billy Wilder, de la modernísima serie Sherlock que ya he ponderado y aplaudido en estas páginas. Una versión defectuosa del original. Un tipo feo y con gafas sosteniendo el cubata en mitad de la pista, al acecho de mujeres hermosas.


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Operación Whisky

Busco, en este miércoles cenizo de las Copas de Europa, en el disco duro de las  películas que se acumulan y me atosigan, el olvido a otro partido horrible del Real Madrid, con sus chupones, sus mercenarios, sus quejismos arbitrales sin fundamento. El mal humor tras la batalla me pide una cena ligera, de entendimiento simple y sonrisa bobalicona. Y como por arte de magia, entre el pandemónium de los megas y los gigas, aparece Operación Whisky, una antigualla simpaticona de Cary Grant que deben haber puesto allí los dioses benevolentes, pues yo no recuerdo haber asaltado ningún galeón preguntando por su título.


            Confundido y agradecido al mismo tiempo, me dejo llevar por los designios divinos y termino viendo una comedia romántica de las de antes, pura y virginal, sin carnes a la vista ni diálogos picantes. Leslie Caron está preciosa en su treintena florida, pero no baila, ni se contorsiona, ni muestra algo más suculento que la pantorrilla. Se limita a enamorarse púdicamente de Cary Grant, y a besarle sin lengua cuando el capellán castrense otorga su consentimiento. Una de las grandes bellezas que Francia regaló al mundo desaprovechada en un producto familiar de chistes blancos y amores inmaculados. Una de esas películas que los canales católicos de la TDT programan los fines de semana para dar ejemplo del cine hecho como Dios manda. No como ése de tetas y palabrotas que hacen los cerdos de los titiriteros...


            Será después de ver la película, en el fisgoneo obligatorio de sus intríngulis en internet, cuando descubra el verdadero motivo de su presencia en mi disco duro. No fueron los dioses generosos, como yo creía, los que dejaron el regalo en la chimenea, sino mi despiste antológico, mi empanada universal. Fue mi psique lamentable la que en su día, hace meses, en una búsqueda nocturna o matinal sin la ayuda siempre experta de la cafeína, confundió Operación Whisky con Operación Pacífico, también de barcos en la II Guerra Mundial, también de Cary Grant vestido de marinero, también una comedia de trasfondo bélico con la palabra “operación” -tan poco imaginativa- colocada en el título. En fin. Qué les voy a contar, a estas alturas...


          Rescato de Operación Whisky, este chiste insuperable sobre la naturaleza de las mujeres. Leslie Caron y Cary Grant tratan de pescar un pez en las aguas poco profundas de una laguna. En el segundo intento, tras varias discusiones entre ellos, y mientras el pez se pone de nuevo a tiro, Cary Grant comenta:

-         Atención, aquí viene ella otra vez.
-         ¿Cómo sabes que es “ella”?

-         Porque lleva la boca abierta. Y ahora cállate.


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Offside. Y la vida continúa.

Veo la última media hora de Y la vida continúa más por obligación que por devoción. Si uno no tuviera el deber romántico de proseguir con este diario, abandonaría sin contemplaciones a este padre iraní y a su hijo en la búsqueda interminable y aburridísima de Koker, el pueblo perdido. Mi cinefilia es limitada, y muy tramposa. Uno dice así, cinefilia, y parece que se le llena la boca de algo muy cultural. Y muy importante. Hace años funcionaba con las chicas feas, y con los amigos recientes, y poco más. Ahora ni eso. Ahora dices por ahí que estás viendo un ciclo de cine iraní, autoimpuesto, en la intimidad de tu salón, y ya ni tú mismo te crees la mentira gordísima de tu impostura. El ridículo es, en esas ocasiones, absoluto.
            Y la vida continúa es, para qué vamos a engañarnos, un coñazo mayúsculo. Como presumo, ay,  que serán las cuatro películas de Kiarostami que me quedan por ver. Como fueron, ay también, las cinco castañas de Jafar Panahi que tuve que tragarme, salvo la última, quizá, la de las chicas forofas del fútbol. Uno aprende cosas con el cine iraní: se amplían los horizontes, se ensancha la cultura, se interroga al enemigo. Pero no se disfruta de la experiencia. Es como hacer los deberes, pero sin padres que a uno lo obliguen; esta vez uno se aplica porque quiere, porque no hay otra. Porque no se me ocurre otra idea para asesinar el tiempo infinito de las noches de invierno, aburrido ya de los otros entretenimientos anglosajones, autoexcluido del prime time patriótico de los anuncios, presbicioso prematuro y fatigado de las obras maestras de la literatura universal...


Y resulta que al final, después de tanto preguntar y repreguntar el camino, no llegamos a Koker. Nos quedamos a medio camino, en un campamento improvisado con cuatro palos, porque allí tienen una antena parabólica con la que se puede ver el Brasil-Argentina del Mundial. En mitad del terremoto, de la desgracia, de la búsqueda angustiosa del amigo o el conocido, los iraníes, como los españoles, como cualquier habitante del planeta menos los yanquis y los cubanos, paralizan sus intereses y sus sentimientos para entregárselos a la pelota que rueda y entra en las porterías. Ya dijo una vez Vázquez Montalbán que la Unión Europea le debía más a la Copa de Europa que a los políticos; que la Transición española, como vertebradora del país, le debía más a la Liga de Fútbol que a la pericia de sus gobernantes. Del mismo modo, la paz mundial, por muy exigua que nos parezca, le debe más a los Mundiales de fútbol que a los negocios en la ONU. Será el balón, y sólo el balón, quien pueda salvarnos de la incomprensión insalvable, y del rencor infinito. 


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Y la vida continúa

Después de dos semanas de vacaciones yendo de acá para allá, regreso al Irán de nuestros futuros enemigos para retomar el conocimiento de su cultura milenaria, y a ser posible, de sus tácticas militares secretas. Ahora lo hago de la mano de Abbas Kiarostami, quien fuera maestro de Jafar Panahi en el oficio  de sacar la cámara a pasear. Y digo esto porque después de haber visto la primera hora de Y la vida continúa, antes de quedarme dormido en el sofá, intuyo que sus películas van a seguir los mismos derroteros, sólo que Kiarostami prefiere dar sus paseos por el mundo rural, y Panahi tiene querencia por el paisaje urbano de Teherán. 


La primera media hora de Y la vida continúa cuenta las andanzas automovilísticas de un padre y un hijo que buscan desesperadamente a otro chaval, un antiguo actor infantil en otra película de Kiarostami que vive a tomar por el culo en las montañas, en un remoto pueblo llamado Koker, allá donde Cristo perdió el mechero, Un paraje, además, que ha quedado aislado de las rutas principales por culpa del terremoto brutal que asoló la región –a true life story- en el año 90.


·  ¿Vamos bien para Koker?
· 
·  ¿Vamos bien para Koker
·  No, mejor por allí...

Y así todo el rato, mientras atisbamos, a través de las ventanillas, la magnitud morrocotuda de la tragedia, en forma de pueblos derruidos, gentes llorosas en el arcén y enormes bloques de piedra caídos sobre la carretera.
En la segunda media hora, padre e hijo paran en un pueblo que no es todavía Koker a reponer fuerzas, a beber agua, a repreguntar otra vez el camino. El padre aprovecha el descanso para charlar con los vecinos y hacerse una idea de la devastación brutal del seísmo, mientras el hijo, que es un hiperactivo de tomo y lomo, además de un plasta y de un resabiado, va dando la murga a los parroquianos;

·  Puya, ¿estás por ahí?
·  Sí, papá, no te preocupes
·  Puya, ¿estás bien?
·  Que sí, papá...



No hay mucha acción, como se ve. Mucho silencio, y diálogos escuetos. Los paisajes son bonitos, eso sí, a veces como de una Almería recocida al sol, a veces como de las montañas redondeadas y verdes de Galicia. El Irán Profundo es verdaderamente un solaz para la mirada, que de otro modo se perdería en los detalles de este salón que me acoje, tantas veces visto. Más allá de las vestimentas y del idioma, no se ve una idiosincrasia  que a uno le haga pensar que está visitando otra civilización. Los iraníes del agro mueren y sobreviven al terremoto como lo haríamos los infieles occidentales sorprendidos en tal brete. Se lamentan y maldicen del mismo modo. Cuando se expresan ante la cámara, unos por verdadera fe y otros por miedo a los ayatolás, todos dicen confiar en las decisiones inexorables y justas del mismo dios al que ellos llaman Alá. En las antípodas de la guerra futura, sus lamentos y esperanzas nos resultan muy familiares.
Tampoco he visto, de momento, ningún arma de destrucción masiva escondida entre los escombros. Aún estamos en el año 90 de la filmografía de Kiarostami, y el programa nuclear iraní -que incendiará el globo terráqueo de aquí en un mes, según Fox News- todavía está dando sus primeros pasos hacia el Mal. Tampoco se adivinan formaciones militares, ni refugios antinucleares, ni consignas lanzadas a la población para ir preparándola ante la futura invasión de los marines. Ya veremos, mañana...



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Videodrome

Videodrome cuenta la historia de un productor de televisión basura al que unos sujetos de oscuras intenciones, nunca bien explicadas en el metraje, hacen llegar unas “snuff movies” cuya visión produce un tumor cerebral instantáneo (sic) y unas alucinaciones de las de cagarse por la pata abajo. Al pobre James Woods se le abren coños en la barriga y las manos se le funden con las pistolas que empuña. Una cosa como de Luis Buñuel, o como de sueño salvaje de Fellini, pero a lo bestia.
    Videodrome sólo tiene sentido en su primera media hora. Hay momentos en que Videodrome parece reflexionar sobre la violencia en los medios, y sobre la mierda catódica que nos salpica cada día. Pero luego, en un giro lisérgico e imprevisto, Cronenberg cede el testigo en la locura a su hermano gemelo Bergcronen, y ya no hay manera de discernir la realidad de la alucinación, la vigilia de la pesadilla, la idea coherente de la excusa gratuita que sólo busca provocar el asco –es un decir, con estos cutre gores del año 83- y cazar, de soslayo, como quien no quiere la cosa, alguna teta golosa que pasaba por allí.




De todos modos, si uno se fía de lo leído en los foros, hay gente que sí parece haber entendido la moraleja, el profundo alcance humanístico de esas cabezas reventadas como cocos, de esos dedos ectoplasmáticos saliendo del televisor, de esos vivos que estaban muertos desde el principio y luego reviven en las alucinaciones metálico-cárnicas de James Woods.  Mi pobre inteligencia, desde luego, no llega a tanto. Donde yo, tan primario y tan simple, sólo veo vísceras gratuitas y tetas que tampoco son gran cosa, la verdad, otros ven un futuro distópico de los medios, un análisis contemporáneo de la locura, una indagación metafílmica de la violencia como arquetipo antropológico consustancial al verbo... Donde yo, tan superficial, tan ciego, tan somnoliento siempre a según qué horas del día, sólo veo manías inveteradas del director, y ganas de montar tertulias con sus pasotes, otros, los cinéfilos de pro, analizan la cosmovisión de un iluminado de nuestros tiempos, el pulso firme del creador de mundos aberrantes y venideros. No sé. Está claro que  me falta algo: en mi educación, en mi sensibilidad, en mis entendederas. Soy el espectador fallido de los productos ambiciosos. De las películas con múltiples capas. De los simbolismos autorales envueltos en los enigmas del lenguaje críptico. Reducido a mi esencia de espectador sin alardes, lo mío serían las películas de Pajares y Esteso, las hostiazas limpias y contundentes de Chuck Norris, la moralina simplona y fácil de las películas del Disney Channel. Soy un engaño andante. Un impostor de la cinefilia. Un mentiroso.


            
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Chacal

A diferencia de otras películas de su época, que ya suman cuarenta años de achaques y medicaciones, Chacal aguanta el tipo como uno de esos ancianos fibrosos que te adelantan con su bici en la carretera, o que levantan ante ti, en el supermercado, para sumirte en una depresión, unos pesos imposibles que dejarían tu espalda - tus riñones, tus brazos, tu ser entero- lista para el arrastre.


Y es así porque Chacal, más que una película de pulso firme y actores esforzados, es un documental sobre cómo un asesino profesional prepara su trabajo, en labor tan execrable como concienzuda, tan inmoral como fascinante. Que el sujeto a quien se pretende asesinar sea Charles de Gaulle es un hecho irrelevante. Lo mismo nos hubiese dado cualquier otro mandatario, o la vecina fisgona del quinto. Un puro mcguffin. Lo que nos interesa no es el contexto sociopolítico de Francia en los años 60, con la independencia de Argelia y las OAS buscando venganza patriótica. Lo que de verdad nos interesa, como a Fred Zinnemann, es el espectáculo antropológico de ver a un homo sapiens aplicándose en su oficio. Y eso nunca pasa de moda. El asesino de Chacal es Fitzcarraldo subiendo el barco por la montaña; es Antonio López pintando el sol en un membrillo; es Tommy Lee Jones persiguiendo con astucia al fugitivo; es Robert Redford y Dustin Hoffman acumulando pruebas en el caso Watergate... Chacal es el retrato cinematográfico de una persona inteligente y decidida, aunque aquí se trate de un asesino que va sembrando Francia de cadáveres, en pos del cádaver supremo...



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Red Riding

La trilogía Red Riding, producida por el Channel4 británico, es una adaptación televisiva de las novelas negras de David Peace. Aunque más que negras, estas películas han salido muy grises: del humo de las fábricas, de la neblina persistente, del alma podrida de los seres humanos, que jamás es negra del todo, pues siempre cabe en ella la posibilidad de un remordimiento, y de una contrición.
 Los buenos artesanos, definitivamente, se han mudado a los estudios televisivos. Lo mismo en la Anglosajonia del Norte que en la Anglosajonia de Allende los Mares. Red Riding goza de una ambientación impecable, de una banda sonora acertadísima, de unos actores y actrices en estado de gracia. Y de una historia, la de los asesinatos múltiples y la corrupción policial que todo lo tapa, que te engancha desde el primer minuto y ya no te suelta en los trescientos restantes. Un ciclo de novelas que presumo inquietante, transformado en tres guiones de tronío, enrevesados y llenos de matices. Unas películas que podría haber firmado el mismísimo David Fincher. Y no digo más.



El responsable de la adaptación es un fulano llamado Tony Grisoni al que yo, sin conocerlo, odié intensamente en dos ocasiones, hace años, en aquellos dos bodrios que perpetró junto al Terry Gilliam más disparatado de las películas más inefables: la primera, Miedo y asco en Las Vegas, en la que Johnny Depp y Benicio del Toro recorrían, drogados hasta las cejas, el desierto de Arizona en un viaje sin propósito ni enmienda. La otra, Tideland, escabrosa y cochina, vomitiva y psicótica, que contaba la historia de una niña que se quedaba sin padres y se pudría en la mugre de su casa abandonada. No terminé de ver ninguna de ellas...



El director del tercer Red Riding es Anand Tucker. No creía conocer a este tipo, pero lo busco en internet y descubro, sorprendido, que es el mismo Anand Tucker a quien puse a caldo en este diario hace unos meses, cuando escribí esto sobre Hilary y Jackie:
“Con la biografía atribulada de Mozart, Milos Forman rodó hace tres décadas Amadeus, un clásico intemporal alejado de cualquier cliché de los biopics. Con la vida igualmente atribulada de Jacqueline du Pré, Anand Tucker filma un bodrio de cuarta categoría titulado Hilary y Jackie, sólo comparable a las TV movies con las que Antena 3 rellena su programación vespertina.”


Me he reencontrado, pues, en Red Riding, con dos tipos a los que odié intensamente en su día. Que una vez me robaron lo más precioso que tengo en la vida, que es el tiempo libre que dedico a las películas. Los maldije, y los rehuí. Pero ellos, generosos, han regresado con su –verdadero- talento para compensarme. Ahora, arrepentido, lamento todo lo que les llamé, Que no fue poco, entre lo escrito y lo callado...


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When you are strange

Todo el mundo miente. Ésa era la máxima infalible que guiaba al doctor Gregory House en sus decisiones, lo mismo en el hospital que en su vida personal. Tom DiCillo, que es un tipo muy listo, y que seguramente ha visto algún episodio de House, tiene muy en cuenta esta divisa a la hora de acercarse a la figura de Jim Morrison. When You’re Strange es un documental mondo y lirondo, sin entrevistas de ningún tipo. ¿De qué servirían las opiniones de los coetáneos? Gentes ya mayores, con los recuerdos confusos, o con las memorias enredadas, como nos pasa a todos cuando echamos la vista hacia atrás. Gentes, además, que muy probablemente conocieron a Jim Morrison fumándose un porro, o alucinando con un tripi, o meciéndose en las marejadas noctámbulas del alcohol. Gente que tendrá un pasado que defender, un mérito que apuntarse, un secreto fundamental que al final resultará ser una minucia sin importancia. Un enredo de egos y olvidos selectivos que nada aportaría a nuestro conocimiento de aquella movida. DiCillo se limita a enhebrar filmaciones y fotografías con la voz en off de Johnny Depp, didáctica y neutral, que ni alaba ni condena, que ni flipa ni maldice. Un regalo para el espectador, que ya no tiene que hacer el esfuerzo de separar el polvo de la paja. Sólo los documentos, y la narración de los hechos. Un trabajo modélico.
            


Leo, en la revista Cinemanía, esta bonita declaración de amor al cine de Léos Carax, director francés del que una vez vi Los amantes del Pont-Neuf y ya no quise volver a saber nada. Hasta hoy:
“Descubrí el cine con 16 años, y fue como descubrir mi país o, mejor, una isla, una isla hermosa, con un gran cementerio, y decidí quedarme a vivir en ella.”


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American Horror Story. Basta

Y desisto, al fin, de American Horror Story. He cruzado el río de aguas negras hasta la mitad, y allí, mareado ya de tanta tontería, he comprendido que no tengo fuerzas para llegar a la otra orilla. He borrado los capítulos que me restaban por ver, con un golpe de clic que era al mismo tiempo un aldabonazo de protesta. Ni da miedo, ni da susto, el american horror. Sólo provoca la risa, y el fastidio. He tardado seis capítulos –cuatro horas perdidas de mi vida- en darme cuenta de que sólo es una parodia, una broma, una cafrada. Se ve que sus autores la pergeñaban en los ratos muertos que les iba dejando Glee, su otra ocurrencia actual en las pantallas. Pero Glee, guste más o guste menos, es una serie que se toma en serio a sí misma. American Horror Story sólo es el refrito cachondo de dos tipos ocurrentes y ociosos. Seguro que se lo pasan bomba revisitando el género, anotando homenajes, ideando parodias, calcando sustos, en esta trama alucinada de los vivos que se cruzan con los muertos y les saludan con un “qué tal, tronco, ¿tú no habías muerto ayer?”. La delicia de los fanáticos. El aburrimiento mortífero de los que pasábamos por allí.


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Lisbon Story

Un día después de haber usado la prosa angélica para describir a Jessica Chastain, me encuentro en Lisbon story con otra deidad femenina a la que habría que pormenorizar ya directamente en versos, si uno supiera, en líneas cortas e inspiradas que fueran desgranando su belleza como racimos de uvas exquisitas cayendo de la parra.

Ella es Teresa Salgueiro, la diva de la canción portuguesa, la voz celestial del grupo Madredeus, la mujer morena de porte majestuoso que aquí, en Lisbon Story, además de cantar dos canciones y dejar al protagonista -y a todos nosotros- sobrecogido de admiración y malherido de amor, se marca unos minutitos como actriz, en dos diálogos que son como oro puro para quienes deseamos fundirnos en su mirada. Cuando Teresa canta, acompañada de sus músicos, uno siente ganas de llorar. A veces son lloros mojados, lacrimales, que se derraman en la soledad de las habitaciones. Otras veces son lágrimas simbólicas que caen por dentro, que inundan gota a gota las entrañas, pero no con dolor, ni con pesar, pues la voz de Teresa es un bálsamo que cura las heridas. Uno llora acongojado por la belleza de su voz, abrumado por la certeza de que este mundo, a pesar de todo, regala momentos de euforia que lo redimen. Uno llora como lloraba el chico de American Beauty contemplando el revoloteo de la bolsa, devastado por la belleza inabarcable que a veces regala la vida.



 Lisbon story no es una gran película. Ni mucho menos. Cuando Teresa no canta, Wenders aprovecha nuestro desconcierto para soltarnos un rollo metafísico sobre la metafilmidad de las películas. Unas zarandajas psicológicas sobre la imagen fugitiva y la permanencia de su impronta que nada nos interesan, aunque tenga el buen gusto de ilustrarlas con bonitas imágenes del Tajo, y de los barrios lisboetas más vetustos. Hay un momento fatídico en que aparece en pantalla al anciano Manoel de Olivera para recitar sus filosofías, en una promoción del maestro portugués que más que aportarle nuevos seguidores se los habrá quitado para siempre. Inextricable, irresumible, inalcanzable para los legos mortales, lo que allí en esta clase magistral. se explica.



Lisbon story cuenta las andanzas de un ingeniero de sonido alemán que allá por el año 95, empujado por la necesidad laboral, cruza la Europa desarrollada de las autopistas para entrar en el Portugal subdesarrollado de las carreteras nacionales, a ganarse el pan en Lisboa. Pero ese trueque de carreteras, que deja en tan mal lugar a los lusos, no se produce en la frontera: se produce muchos kilómetros antes, en nuestro suelo, en la España también subdesarrollada de hace dos décadas, en la que nuestro personaje entra como un avión procedente de Francia y acaba, a 70 kilómetros de Portugal, atrapado en un camino que no parece ni siquiera asfaltado. Es una exageración eurocéntrica de Win Wenders, claro está, acostumbrado a la eficacia funcional de lo alemán. Pero dice mucho, su exabrupto, del estado actual de las cosas. De cómo nos veían, y de cómo nos siguen viendo, nuestros euro-amos de Alemania, convencidos de que aquí todo el mundo viste con boina o gasta uniforme de camarero. Para que luego digamos de los yanquis, que cada vez que nos sacan en sus películas nos ponen a hablar en mejicano, y nos visten con un poncho, y nos riegan con tequila, y nos plantan un cactus en los jardines llenos de polvo. Para que luego digamos de los yanquis más ilustrados, los que sí aciertan con  la geografía y con el paisanaje, pero que luego nos ponen a todos a bailar flamenco, y a dar palmas, incluidos nosotros, los habitantes de Invernalia, tan lejanos en la distancia, y en el carácter, de las tierras del Sur siempre soleadas.


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Religulous

En Religulous, Bill Maher, que es como un Jordi Évole de los Estados Unidos, trata de hacer comedia enredando a gente muy religiosa en sus contradicciones infantiles. Son chistes muy viejos, y muy manidos, los mismos que usábamos los ateos precoces con nuestros compañeros de colegio más crédulos. Ellos, por supuesto, los creyentes burlados por Maher,  se aferran a su fe como a un salvavidas en la tormenta, y lo que consigue el humorista, al final, es más una historia de terror que una lección de raciocinio. Porque ver a estos adultos, gentes en su mayoría inteligentes, y muy capaces en otros aspectos de la vida, defendiendo la verdad literal de las fabulaciones que ellos toman por la Palabra de Dios,  le devuelve a uno a los abismos de la misantropía, de la fe nula en nuestro futuro como especie. Es imposible no dejar de pensar en cualquier loco de estos apretando el botón de los misiles, o haciendo todo lo posible para que otros lo aprieten en venganza, llevados por el susurro del ángel, o por la inspiración de una epifanía...



            Lo que en Religulous se dirime no es una cuestión de opiniones. No es la fe enfrentada a la razón como el Madrid se enfrenta al Barsa, o un político de centro-izquierda a otro de centro-derecha. Aquí hay una diferencia real, importante, de trascendencia máxima para nuestro futuro. Lo denuncia el propio Bill Maher al final de Religulous, cuando él mismo se da cuenta de que el humor no basta para exponer el peligro potencial de estos mandamases de pétrea fe. Ellos creen, literalmente, en el Paraíso, en el Infierno, en la pronta venida de Jesucristo para administrar justicia y salvarlos a ellos –of course- de la quema. ¿Qué les impide, pues, anticipar en unos añitos la llegada de la muerte, la suya, y la de todos, si con eso se pegan el gustazo? Y no es necesaria, como advierte Maher, una guerra nuclear para que Jesús descienda sobre nosotros coronando el hongo radioactivo. Basta con abandonar el planeta a su suerte. Con llenarlo de gente, con llenarlo de mierda, con agotar sus recursos hasta dejarlo seco. Y hacer un poco de dinerito en el proceso, claro está, para luego comprar el ojo de la aguja y ensancharlo a su acomodo. 
        Ellos, los convencidos, menosprecian nuestra planeta. Lo tienen por una estación de tránsito de categoría menor, un simple apeadero en la ruta del espíritu que viaja hacia Dios. Algunos, los más educados, procuran, al menos, dejarlo como está,  en concesión a los incrédulos que lo tenemos por único y definitivo hogar, y que lo defendemos con uñas y dientes. Otros, los más insolentes, los que viven más convencidos de su maravillosa jubilación en el Edén, no mueven un solo dedo por conservarlo. Más allá de sus hogares, y de sus fincas, les importa todo un bledo. Ande yo caliente, púdrase la gente. Y luego, en el Armagedón, que cada palo aguante su vela.


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War horse. Steven y Spielberg

Las biografías hablan de un único cineasta llamado Steven Spielberg, nacido en Cincinnati, en el año 46, ya con gafas y barbita. Pero uno está convencido de que en realidad Steven y Spielberg son dos tipos con el mismo nombre, y con el mismo jeto, pero de talentos antagónicos e irreconciliables, que se van alternando en la dirección de sus películas.
Uno es Spielberg, el que entrega los premios gordos en los Oscar. El es el artífice de las películas de Indiana Jones; el visionario de los mundos futuros en Minority Report o en Inteligencia Artificial, el  que nos montó en las barcazas para desembarcar en Salvar al soldado Ryan, el que nos hizo soñar con los extraterrestres en ET o en Encuentros en la tercera fase. El genio que se pasó al blanco y negro para rodar la película definitiva sobre el Holocausto. El Spielberg que los tipos de mi generación, adolescentes ensoñadores que un día decidimos no madurar, adoramos como a un dios. Un dios que es la síntesis religiosa del cine que más nos gusta. El dios de los paganos que nunca creímos en Dreyer, ni en Godard, ni en Manoel de Oliveira.  El dios de los sindiós.


El otro tipo del que hablo es Steven, el que no tiene talento. El que nunca es invitado a las galas de los premios; el que utiliza los golpes bajos del melodrama; el que cuenta el final de sus películas con dos horas de antelación; el que dice hacer clasicismo cuando se entrega con gusto a la cursilería; el que siempre da la brasa con los niños de los padres divorciados; el que finge ser otro dios cuando en realidad sólo es un humano dotado para la copia. El que usurpa el nombre de Spielberg para endilgarnos, cada cierto tiempo, una película de impecable factura, de actores cojonudos, de fotografía bellísima, de música sublime, de intenciones irreprochables, pero que al final, sin ser mala del todo, te deja decepcionado en el sofá, hambriento del manjar prometido, confundido una vez más sobre la identidad aleatoria y enigmática de estos dos fulanos, sobre la que nadie arroja luz definitiva.


War Horse. Bonita película de Steven.


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El último verano

Llevo meses buscando una versión completa de La bella mentirosa, largometraje largométrico de Jacques Rivette donde Emmanuelle Béart, la francesa más hermosa que vieron los tiempos, enseña las tetas largo y tendido para que un pintor se las retrate. Pero no hay manera. Internet se confabula contra mi pecaminoso deseo, ofreciéndome copias incompletas, o que fallan, o que se ven  con una calidad ínfima, irrespetuosa con la perfección anatómica de Emmanuelle.



Frustrado, cariacontecido, escocido ya de tanto sexo imaginado, encuentro en las junglas otra película del “maestro francés” que viene muy adjetivada por la vanguardia cinéfila: El último verano. No promete sexo, ni nada parecido, pero el inconsciente antropoideo me traiciona una vez más. Soy como el perro de Pavlov que terminó salivando al oír la campanilla, sin alimento de por medio. Sólo leer el nombre de Jacques Rivette ya  me la pone tiesa, muy tiesa, aunque en el reparto no se cite en ningún momento a Emmanuelle Béart. Son las cosas del condicionamiento simple. Y yo, como es sabido, soy muy simple.
En El último verano no sale Emmanuelle Béart, sino Jane Birkin, ya entrada en años, con su pecho plano de siempre, en una actuación imposible de calificar, porque la película, toda ella, es un truño de dimensiones considerables, a la altura bajísima del cine francés más insoportable. Es una experiencia fílmica de la misma naturaleza que El año pasado en Marienbad. Una pérdida de tiempo lamentable, ahora que ya voy por los cuarenta tacos, y que el tiempo de ocio vale mucho más que el oro.




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