Zombies party

Me dejo llevar por la ola de referencias terroríficas y encuentro, perdida en las descargas compulsivas de hace unos meses, Zombies party, comedia británica sobre el asunto de los muertos vivientes que parieron las mentes disparatadas de Edgar Wright y Simon Pegg. Ellos son dos comediantes de poco predicamento en nuestra piel de toro, pero afamadísimos, a lo que se ve, en la Pérfida Albión. Lo que es síntoma seguro de que son tipos con gracia, y con talento, pues de lo contrario, de ser una pareja de cómicos repetitiva y plana, arrasarían en nuestras televisiones patrias a la hora del prime time.



            La primera media hora de Zombies party es, puedo prometer y prometo, un rato grandioso de cine. De lo mejor que ha caído por aquí en los últimos meses. ¿En qué se diferencian los zombis verdaderos, resucitados de la muerte, con sus andares espásticos y sus jetos inexpresivos, de los zombies cotidianos, resucitados del sueño, con sus andares patosos y sus ojeras como berenjenas, que llenan cada mañana los autobuses y las líneas de metro? En casi nada, realmente. Quizá, tan solo, en el olor, si has tenido el tiempo y la decencia de ducharte. Es ésta una reflexión simple, al alcance de cualquiera que se diga observador de lo humano, pero que en la cabeza de estos dos comediantes se transforma en un chascarrillo genial, sostenido durante media hora completa: el de este tontaina encarnado por el propio Pegg, que se conduce por un día cualquiera sin darse cuenta de que a su alrededor se está desencadenando el apocalipis zombi. Una ocurrencia que te planta la sonrisa en la cara y la admiración en el intelecto. Y la envidia, cochina, en las entrañas. 


Luego, para alivio de las entrañas, la película se deja llevar por el camino fácil de las persecuciones, de las peleas a muerte con los muertos, del gore simpaticón que llena la pantalla de vísceras aprovechando que estás echándote unas risas. Porque te sigues riendo, sí, pero menos. Este último rato tontorrón ya lo habíamos visto en Abierto hasta el amanecer, o en Planet Terror, o en la más reciente Bienvenidos a Zombieland. Solo que en la primera película salía Salma Hayek provocando erecciones, y en la segunda Rose McGowan sembrando desmayos,  y en la tercera Emma Stone destrozando corazones, y en cambio, en ésta de Zombies party, quizá en el fallo más garrafal de su planteamiento, no hay ninguna mujer que esté a la altura de nuestro deseo. Un borrón imperdonable.


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La noche de los muertos vivientes

La distancia que separa La noche de los muertos vivientes de, pongamos por ejemplo, The walking dead, es la misma que separa Super 8 de la película casera que dentro de ella rodaban los niños. Cuarenta años no pasan en balde, en ningún aspecto de la vida, salvo en el hecho de que siempre gobiernan los mismos, o los hijos de los mismos. La noche de los muertos vivientes ya no asusta a los espectadores modernos, ni les obliga a taparse los ojos. Tenemos la piel curtida, y el miedo en otra parte: en los banqueros, o en los políticos. En los curas que bendicen la plutocracia desde sus púlpitos.
         La película de George A. Romero se ve con curiosidad científica, con atención de cinéfilo arqueólogo. Figura en el canon de las obras clásicas, de las aventuras pioneras. Habría que ponerse en la piel de sus primeros espectadores para juzgar el impacto real de la imágenes: los cadáveres en descomposición, los zombis comiendo carne humana, los seres amados convertidos en caníbales, la muerta neohippy que se pasea desnuda por el jardín... Impactantes, con toda seguridad. Históricas, en un sentido aterrador. Habría que viajar al pasado, y usurpar otra piel y otro pensamiento, para entender la truculencia brutal de la experiencia. 



            O eso, o verla por primera vez siendo un niño de diez o doce años, con poco bagaje peliculero, asustadizo como pocos. Justo el niño que yo era cuando pasaron La noche de los muertos vivientes por aquel  programa de los lunes por la noche, Mis terrores favoritos, que presentaba Chicho Ibáñez Serrador, el mismo tipo del Un, dos, tres... Los lunes era el día que mi padre descansaba del trabajo, y le gustaba reunir a su familia a la hora de la cena, alrededor de la tele, viendo las películas de miedo que a él tanto le gustaban. ¿Cómo justificaba su falta de tacto –o su falta de juicio- con los habitantes más pequeños de la casa? Echando mano de la retórica antigua, de la pedagogía desfasada: “Así os acostumbráis, y os curtís”. Era un hijo de su tiempo.



            Recuerdo al psicópata que armado con su fusil, subido en lo alto de un edificio, disparaba al tuntún contra al gente, en aquella película que muchos años después supe que era Targets, de Peter Bogdanovich. Recuerdo el miedo que pasé los días siguientes, temeroso de las azoteas, de las terrazas, de los ventanales altos, en el León bullicioso de psicópatas imaginados, al principio de los ochenta.
            Recuerdo la noche en la que no pude, y no quise, pegar ojo, temeroso de que un segundo después de ceder al sueño, un ultracuerpo saliera de su vaina alienígena y usurpara mi identidad, y mi vida, como en la pesadilla en blanco y negro de Don Siegel que terminaba de amargarme la cena.
            Recuerdo la otra noche que también pasé en vela, oyendo el zumbido de la mosca inexistente que pululaba por mi habitación, prima de aquella otra que se había colado en mitad del experimento teletransportador, y que le había jodido el cuerpo y la existencia a Vincent Price en La mosca.
            Recuerdo, también, aquella noche apacible en la que me dormí casi al instante, agradeciendo a los dioses que el puto Ibáñez Serrador, por una vez en su vida, en un acto caritativo con los espectadores más jóvenes de su programa, ofreciera Abbott y Costello contra los fantasmas, que era de terror, sí, pero de risas. Recuerdo que no dejé de reírme con la película, mitad porque tenía gracia, la maldita, mitad porque el alivio de un lunes sin miedo me recorría el estómago como un cosquilleo liberador.

            Recuerdo, además, que jamás me acostumbré. Ni me curtí. 

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Cinco metros cuadrados

La pareja que arruina su vida en Cinco metros cuadrados compra un piso de mierda a varios kilómetros del centro, en mitad de un secarral inhóspito, en una urbanización que está todavía por diseñar. Firman una hipoteca a pagar en 40 años, y dan una entrada de varios miles de euros que reúnen sableando a varios familiares, y pidiendo anticipos a los jefes ¿Y todo esto por qué? Por una ridícula terraza de cinco metros cuadrados que prolonga las prestaciones del salón, y que da título a la película. Una terraza minúscula e impracticable desde la que se ve, a tomar por el saco, más allá de los matorrales y de las naves industriales, un trocito de mar azulado. El sueño pequeño-burgués de vivir junto a la costa, de presumir ante las amistades, de tomarse una cervecita fresca y unas aceitunas con anchoas mientras se filosofan tonterías con la mirada perdida en el horizonte marítimo.



            El mismo sueño que hace años nos invadió a todos, en la costa y en el interior, en los pueblos y en las ciudades, en los regadíos y en los secanos. La misma psicosis colectiva que nos llevó a pagar a precio de oro, y con el dinero que no teníamos, pisos de calidad bochornosa que nos vendieron como de lujo, o como de primeras calidades, engatusados como niños idiotas por la cocina bonita, por la amplia luz del salón, por el vestidor en el dormitorio que sería la envidia de las visitas y el rabia rabiña de las cuñadas. Pisos que luego se caían a trozos, que chorreaban goteras, que eran invivibles por culpa de los vecinos y sus ruidos constantes.  Pisos que vividos por dentro no valían ni la mitad de lo pagado. Ni la cuarta parte. Cárceles hipotecarias. Jaulas de encierro voluntario. Decepciones que luego ya no se podían rectificar, ni vender, ni dejar de pagar. Un simple lugar donde recogerse por las noches, y mirar cualquier chorrada en la televisión. Si los vecinos te dejaban. Pero eso sí: un piso propio.


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La conspiración

La conspiración es una película que los más veteranos del vicio ya hemos visto infinidad de veces. El abogado que se enfrenta a la maquinaria corrupta del sistema judicial, cuando todavía es un joven idealista y simplón, es un estereotipo que se repite cada pocos meses en nuestras pantallas. ¿En qué se diferencia La conspiración de Caballero sin espada, de Legítima defensa, de Algunos hombres buenos, de La tapadera (¡otra vez Tom!), de, también, ese resumen demoníaco y paródico del subgénero que es Pactar con el diablo? En poco, la verdad. Sólo cambian los actores y los ropajes, y el delito en cuestión, claro, que es el macguffin irrelevante que permite a los guionistas desplegar la retórica didáctica del héroe solitario. Tan norteamericana ella.



            En esta película dirigida por Robert Redford, el macguffin es el juicio contra quienes conspiraron en el asesinato de Abraham Lincoln. Más allá de la clase de historia, lo que realmente le interesa a Redford es soltarnos la pedagogía, la visión patriótica que él tiene de su propio país. No muy distinta a otros sermones mil veces oídos que hablan de Estados Unidos como una nación de Constitución modélica y democracia ejemplar, líder del mundo y ejemplo de las naciones, aunque luego vengan las personas malas y los intereses oscuros a sembrar el camino de piedras. Cosa que no sé si es verdad o mentira, porque las opiniones están muy encontradas, pero que es lo mismo que diría casi cualquier ciudadano del suyo propio. Con lo cual, la ideología de La conspiración, y de tantas otras peliculas gemelas, americanas o no, se queda en discurso vacío y redundante. ¿O no es acaso España, entre los españoles de bien, la mejor nación del mundo? ¿O no lo es Croacia, entre los croatas bien nacidos?





            Alexis Bledel, en los primeros minutos de La conspiración, iba para seria candidata de reina de mis amores. Pero no ha conseguido desembarazarse, en ningún momento de la película, de esos ropajes decimonónicos, ni de esos peinados de la bisabuela. Otra vez será. Suena, en los mentideros de los jolivudianos, como seria candidata a protagonizar la versión para la gran pantalla de 50 sombras de Grey. Veo sus fotografías de look contempornáeo en internet y casi me caigo para atrás, en la silla de la cafetería, al borde del ridículo más sonrojante. Es de una belleza superlativa, Alexis. Le tengo reservado el trono para la próxima película. La guarrindongada de las 50 sombras, o cualquier otra. 



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Offside

El quinto y último asalto en este combate contra Jafar Panahi es el más entretenido de todos. Offside no es su mejor película, pues Panahi, mejor, no tiene ninguna, pero sí es  la única con la que no he bostezado cada poco rato, maldiciendo mi suerte de cinéfilo aventurado.
            Offside cuenta las desventuras de un grupo de chicas que, disfrazadas de chicos, pretenden acceder al Azadi Stadium para ver un partido de fútbol entre Irán y Bahrein. Cacheadas y detenidas en las puertas de acceso por los soldados, son conducidas a un redil improvisado en los exteriores mismos del estadio, donde se escuchan los gritos de la grada entregada al espectáculo. Allí, en el redil, transcurre la mayor parte de la película, con enjundiosos diálogos entre las detenidas y sus guardianes que vienen a denunciar lo ridículo de la situación, y lo ridículo de la marginación femenina en general. Los soldados confraternizan con ellas, les narran el desarrollo del partido, les ayudan en sus necesidades fisiológicas. Se ve que en el fondo simpatizan con ellas, aunque no tengan el poder de dejarlas marchar. Panahi viene a decirnos, una vez más, que no es la convicción, sino el miedo a los ayatolás, lo que obliga a los hombres a mantener este apartheid vergonzoso.



            Lo que no se entiende muy bien es que estas chicas, cuando la selección de Irán alcanza finalmente la victoria, salten como locas de contentas y entonen encendidos cánticos a la patria. A la misma patria que no les deja acceder a los partidos, que las encierra entre cuatro vallas como al ganado perdido, que les niega el derecho a viajar solas en los transportes públicos, que las ningunea y las margina como a portadoras de una enfermedad infecciosa. ¿Qué cariño le pueden tener las mujeres de Irán a su país? ¿Por qué celebran una gesta deportiva que el mismo régimen que las oprime convertirá en instrumento de propaganda, en justificante indirecto de su legislación medieval? No se entiende muy bien, la verdad. Recuerdo la exaltación patriótica que nos invadió a los españoles cuando ganamos el Mundial del 2010, gritando, a los cuatro vientos, en las plazas de pueblos y ciudades, que este país de ladrones electos, de estúpidos jaleados, de evasores consentidos, de curas hostiles, de periodistas vendidos, de golfos apandadores, era el mejor país del mundo. Yo, personalmente, nunca he entendido la obligación del patrioterismo. He nacido en Norteáfrica de Europa no por gusto, sino por azar. En los Mundiales, o en los Juegos Olímpicos, siempre he ido con los países escandinavos, las únicas tierras realmente civilizadas que conozco, con su bienestar, su fresquito en verano, sus vikingas rubísimas y guapísimas...
            


            Offside nos enseña, una vez más, que el fútbol es el pegamento pacífico que mantiene unido al mundo. El fútbol es la pasión universal, el lenguaje común. Hace furor incluso entre las mujeres del Irán ayatólico y beligerante.  Suelte usted a un niño guineano, a uno austríaco y a otro iraní en mitad de un parque, sin conocerse de nada, sin entenderse ni una palabra, y entrégueles un balón… Eso sí que es un concilio ecuménico, una hermandad entre los hombres, una ONU bienfuncionante y en miniatura. 



            Ya lo cantaba, una vez más, Javier Krahe en Antípodas, letra a la que recurro constantemente porque soy un vago, y también porque ilustra mejor que nadie lo que voy contándoles sobre este Irán antipódico y próximamente enemigo:

Pero es fantástico, martes y miércoles,
jueves y sábados, lunes y vísperas,
dan espectáculo con el esférico,
y allí, al unísono, arman escándalo
y es como un bálsamo para sus ánimas.
En las antípodas todo es idéntico,
idéntico a lo autóctono.




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American Horror Story

Qué mejor noche que ésta, la del Halloween de los anglosajones, para estrenar en mis pantallas la aclamadísima American Horror Story. Y qué mejor lugar que éste para dejar constancia de mi aburrimiento inconsolable, de mi decepción supina. Los dos primeros episodios son el greatest hits de lo mil veces visto en el género de terror. El disco recopilatorio de lo mil veces manido. Qué lejos estaba yo de saber, hace unos días, cuando me lancé a enumerar los topicazos del género a propósito de Darkness, que me los iba a encontrar de nuevo en tan corto plazo de tiempo, copiaditos, calcaditos, como dos gotas de agua. Como dos gotas de sangre.



            Para qué volver, una vez más, sobre ellos... Sé que los fanáticos del género no esperan otra cosa, que no demandan otra cosa. Éste es su producto, en el punto justo de cocción y aderezo. Ser original, en las películas de terror, es muy malo para el negocio. O quizá es que no hay más cera que la que arde. Quién sabe. Quizá ya esté todo dicho en el género de los sustos, como sucede en el western, o en las comedias románticas, y sólo quede el recurso del eterno retorno sobre lo mismo, del homenaje a los clásicos, o del plagio a los contemporáneos. No lo sé. Lo que tampoco sé, y eso es más grave, es qué coño pinto yo insistiendo en estas películas, y en estas series, que ni siquiera me gustan, y que me hacen perder tantos ratos en esta escritura tonta, denunciando, despotricando, justificando mis absurdas programaciones.




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The Office (BBC). El meme de Gervais & Merchant

Queda la duda, al terminar de ver el The Office británico, si Ricky Gervais y David Brent, el nombre de su personaje, no son en realidad la misma persona. El mismo Gervais, en los extras del DVD, confiesa que él no es un actor. Y que tampoco pretende serlo. Su David Brent no es distinto del loco que entrega los Globos de Oro cada año y se mete con los nominados, o del médico trastornado que diagnostica cánceres inventados en Louie para echarse unas risas. Gervais es un tipo raro, inquietante, con ese punto de chaladura evidente que suelen exhibir los genios. Pues sólo un genio como él, y como su compañero Stephen Merchant, que aparece en los extras encarnando al otro tópico de la genialidad, gafotas y mesurado, puede sacarse de la chistera, de la nada, de apenas un esbozo de idea, una serie impensable, inefable para quien no la vea, el germen notabilísimo del The Office americano.


Ahora que estoy releyendo los viejos libros de la sapiencia, encuentro una cita de Richard Dawkins que viene muy al caso sobre el legado cultural (pues de eso se trata, nada menos) que nos dejan Gervais y Merchant con su The Office:

Tu hijo, aun tu nieto, pueden parecerse a ti, quizás en los rasgos faciales, en talento para la música, en el color del cabello. Pero a medida que pasan las generaciones la contribución de tus genes es dividida en dos. No pasa mucho tiempo sin que alcance  proporciones insignificantes. Nuestros genes pueden ser inmortales, pero la colección de genes que forma a cada uno de nosotros está destinada a desintegrarse hasta desaparecer. [...] No debemos buscar la inmortalidad en la reproducción.
Pero si contribuyes al mundo de la cultura, si tienes una buena idea, compones una melodía, inventas una bujía, escribes un poema, cualquiera de estas cosas puede continuar viviendo, intacta, mucho después que tus genes se hayan disuelto en el acervo común. Sócrates puede o no tener uno o dos genes vivos en el mundo actual, como lo señaló G.C. Williams, pero ¿a quién le importa?”

Ellos, Gervais y Merchant, han perdurado. 


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Darkness

La tormenta nocturna; el caserón aislado; la lluvia persistente; el trastero oculto; el pasillo en sombras...
El matrimonio con hijos; el benjamín que ve muertos; su hermana medio boba; los dibujos premonitorios; el marido que enloquece; la madre que no se entera...
La hojarasca removida por el viento; los columpios mecidos por el fantasma; la pareja de niñas asesinadas al fondo del pasillo...
La luz eléctrica que fluctúa;  el gramófono que arranca solo; las bombillas de cuatro vatios; las cañerías que chirrían...
Los antiguos dueños; los horrendos crímenes; los retratos en sepia; la fotografía azarosa que revela la existencia de los fantasmas...
Los volúmenes satánicos en la biblioteca; la muerte violenta de quien viene con la solución; el sexto sentido del gato que pega un bufido y se pira...
La sombra fugaz que cruza el pasillo con un bocinazo en la banda sonora; la música cursi que subraya las escenas idílicas de transición;  la música tenebrosa y dislocada que te pone la cabeza loca en las escenas de movidón...
El final incomprensible; el final abierto; el final estúpido; el final que busca descaradamente la secuela...
Lena Olin descendiendo la montaña de la belleza; Anna Paquin que ni siquiera llegó a divisarla; Fele Martínez haciendo de Fele Martínez...


Todo esto y más, porque ya me aburro de acumular topicazos, es Darkness. La oscuridad. El bostezo. La misma película de siempre, eficiente y bien hecha, aburrida y previsible, entretenida y trivial. La misma fotocopia. La misma monserga. De nuevo Insidious, y No tengas miedo a la oscuridad, y tantas otras... De nuevo la pérdida de tiempo lamentable. De nuevo la oscuridad, de otra noche larguísima, ahora ya sin cine. 


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Cosas que hacen que la vida valga la pena

Elijo, en la alegría estúpida del viernes por la noche, Cosas que hacen que la vida valga la pena, comedia española de larguísimo título y escaso metraje que encaja como un guante en este ánimo risueño y tontorrón que me invade cada siete días. No espero, sin embargo, gran cosa de la película: algo de lo que he leído por la red me dice que la decepción le ganará finalmente el pulso al regocijo. Por mucho que trabajen en ella Eduard Fernández (ese monstruo) y Ana Belén (esa mujeraza). Y no me equivoco, lamentablemente. El sexto sentido de las películas anda bien afinado estos días. Cosas que tal y tal es una película fallida, tramposilla, sacada del libro de recetas para los espectadores menos exigentes. La música, intrusiva; las casualidades, rocambolescas; los chistes, muy malos; la teta en la ducha, de una doble de cuerpo,  a todas luces. Las transparencias que le ponen a Ana Belén cuando hace que conduce, indignas del siglo XXI. Y la diferencia de edad entre los dos tortolitos -trece años a favor de la fémina- insostenible en ese contexto que se nos propone, aunque Ana Belén sea una cincuentona de muy buen ver, y Eduard Fernández se curre el romance como un profesional de su oficio.


            Lo mejor llega al final, cuando la película propiamente dicha ya ha terminado, y aparecen Gemma Nierga e Iñaki Gabilondo en un estudio de radio para recitar a dúo una lista de “cosas que hacen que la vida valga la pena”. Entre las que no se encuentra, por cierto, la película del mismo nombre.
            Es una lista bonita, sencilla, casi poética, que muchos suscribiríamos en su mayor parte. Aquí la dejo expuesta junto a mis propias matizaciones y preferencias, que a nadie importan en realidad, como todo lo demás que escribo. Pero que aquí quedan, al menos...

1 Las novelas de Javier Marías / Las novelas de Luis Landero
2 Las sandalias en verano / Las zapatillas en invierno
3 Menorca. Jugar al mus. Chavela Vargas / La montaña leonesa. Jugar al ajedrez. Serrat
4 Estrenar ropa. Las siestas en el sofá. Un masaje en los pies / La ropa de siempre. Las siestas en la cama. Un masaje en...
5 Meterse en la cama en invierno. Que tu perro te reciba cuando abras la puerta / Meterse en la cama, en cualquier estación. Y el perro, sí.
6 Los chistes de los niños. Hacer un rompecabezas. Compartir un paraguas / Los chistes muy cerdos. Ver más películas. Caminar bajo la lluvia, sin paraguas.
7 El silencio. El mar. El sol en invierno / El silencio.El Cantábrico. Las nubes en verano.
8 La música. Los amigos que aguantan el paso del tiempo. El café de la tarde / La música, claro.La soledad. El café a todas horas.
9 Los reyes magos. El olor de las sábanas limpias. Con faldas y a lo loco / El Grinch. El olor de las sábanas limpias. Primera plana.
10 El vino de Rioja y el jamón serrano. Los primeros novios de tus hijos. Los últimos novios de tus padres / La cocacola y el pincho de tortilla. Las novias anglosajonas y nórdicas que yo sueño.
11 El chiste de Forges. La ducha después del gimnasio. Mojar pan / El chiste de El Roto. La ducha después del amor. El pan, a secas.
12 Las películas de amor /  Las buenas películas.



Luego, mientras iba trasladando y ampliando esta lista, me he acordado de Woody Allen en Manhattan contándole a su grabadora las cosas por las que él sentía devoción. Es una lista mítica, muy personal, recitada al dedillo por los cinéfilos de buena memoria, que no he necesitado transcribir del DVD como un amanuense porque circula con buena salud por internet. Aquí la expongo también, junto a mis sugerencias:

Groucho Marx / Rafael Azcona
Willlie Mays / Raúl González
El segundo movimiento de la sinfonía “Júpiter” /  El “Exsultate, Jubilate”
Louis Amstrong y su grabación “Potato head blues” / Stan Getz y sus grabaciones con Joao Gilberto
Las películas suecas / Las películas danesas
“La educación sentimental” de Flaubert / “Los ensayos” de Montaigne
Marlon Brando / Al Pacino
Frank Sinatra / Javier Krahe
Las increíbles manzanas y peras de Cezanne / La España negra de Goya
Los cangrejos de Sam Wo´s  / Los pinchos de tortilla de Fermín’s.
El rostro de Tracy.../ El rostro de Natalie...


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Gordos

Sólo dos años después de haberla visto por primera vez, recupero Gordos por la vía del intercambio consentido entre particulares. Para no perder la costumbre, apenas recordaba nada de sus tramas. Pero esta vez no ha sido culpa de la desmemoria, ni de la borrasca permanente de mi cerebro. Esta vez ha sido el inconsciente quien ha borrado toda huella, toda imagen dolorosa. Porque Gordos, para los exgordos como yo, es una película difícil y dura, apenas dulcificada por los toques de comedia. Ya explicó el bisabuelo Sigmund, allá en su Viena natal, que el inconsciente es el caballero defensor de nuestro castillo, siempre dispuesto a impedir que lo hiriente asalte nuestra cordura.



          Todas las historias de Gordos tienen como protagonista principal a un obeso culpable, a un devorador compulsivo  al que no le queda el consuelo, ni la coartada, de achacar sus males al metabolismo, como hacía nuestro entrañable Homer Simpson. Los que lucimos, o lucíamos, barriguita sobresaliente y papada jabbahuttiana, nos vemos reflejados en la película, y señalados. Los que hemos sufrido el ansia insuperable de cebarnos en una depresión; los que buscamos en el espejo al yo delgado que una vez fuimos; los que notamos en nuestra pareja el gesto o la mirada que reniega de nuestra grasa corporal. “Marrón oscuro casi mierda”: así responde el personaje de Antonio de la Torre cuando le preguntan por el color que mejor le define. Así nos sentimos los gordos sorprendidos en nuestra falta, en nuestra imagen. En nuestro delito. Tan repulsivos, en nuestras horas más bajas de la autoestima, como el gordo cabrón de Austin Powers llamado Gordo Cabrón.




          
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Después de la boda

Cansado ya de contemplar el lado oscuro de la sociedad iraní, tomo el vuelo Teherán-Copenhague y regreso, muchos meses después, a la luminosa Dinamarca de Susanne Bier. La pena es que en Después de la boda no sale mucho Dinamarca. El dramón familiar de hijos secretos y enfermedades calladas transcurre en salones y oficinas que bien podrían estar en Copenhague, o en Ponferrada. Sabemos que es Dinamarca porque nos lo dicen, y porque todas las mujeres, incluso las menos agraciadas, despiertan en uno el deseo instantáneo, tan nórdicas y civilizadas ellas. También porque en la gran boda que da nombre al título, decenas de banderas rojiblancas nos recuerdan que estamos en un país de europeos verdaderos, trabajadores íntegros que pagan sus impuestos, y miran mal a quien no cumple, y no en el país que se parte el culo de admiración por Carmina Ficticia, en esta Norteáfrica donde uno, escandinavo de corazón, ha tenido la mala suerte de nacer.
            Es el puto dominio infructuoso del inglés, que me impide cortar amarras y lanzarme a navegar los mares del Norte.



            ¿Puede un rostro asimétrico de nariz imposible y comisuras de los labios caídas, resultar ya no sólo agradable, sino bellísimo, inductor  del enamoramiento más rendido y entusiasta? Sí, por supuesto. Stine Fischer Christensen, que así se llama la actriz que encarna a Anna, es la prueba fehaciente de tal milagro. Tan feo es su nombre - suena a retahíla de gabinete de abogados-, como hermoso es su rostro. Danesa de las morenas, de las que son excepción en el reino de las rubias, pero que compite con ellas en igualdad de méritos. Actriz de currículum escaso, casi restringido a la Jutlandia, de biografía sucinta y poco explicativa. Salvo en la versión danesa de la Wikipedia, claro está, donde cuenta con un artículo tan prolijo como ininteligible. Un amor verdadero por Stine requeriría un aprendizaje inmediato de su lengua. Un Método Maurer del danés en mil palabras para traducir al castellano sus biografías y conocer mejor a quien ya es el vigésimo amor mío de este año. Antes de que venga el  vigésimo primero, en cualquier película, en cualquier episodio de la serie más inesperada, y destrone a quien ahora mismo, con mi corazón en llamas, prendado como pocas veces, es inconcebible destronar.


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Sangre y oro II

La segunda mitad de Sangre y oro merece ser salvada del adjetivo denigratorio. Jafar Panahi siguen sin cambiar el ritmo, porque es su estilo, y con él ha cosechado miles de aplausos en los festivales. Pero aquí, al menos, introduce un concepto novedoso sobre la sociedad iraní que uno pensaba desterrado, e inexistente: las diferencias de clase. Abrumadoras, por lo que se ve. Igualitas que las de aquí, aunque los persas muestren algo más pudor en manifestarlas. Iraníes que viven en pisos suntuosos -de un lujo asiático nunca mejor dicho-, reciben al repartidor de pizzas que apenas junta cuatro riales para vivir. El cisco que monta nuestro protagonista al final de la película es el arrebato bolchevique de un paria asqueado. La protesta airada de un trabajador explotado que clama paridad, y venganza. Ya dijo el bisabuelo Marx que se cocían habas en todos los lados, y en todas las épocas, aunque ahora no esté de moda reivindicarlo. 



Recurro otra vez a las Antípodas de Javier Krahe, maestro de la canción que viene a resumir esta segunda parte de Sangre y oro en cinco versos. Él sí que sabe de elipsis, y no Panahi:

La gente rústica puebla las fábricas
y los hipódromos los aristócratas.
 Ciertos filósofos sienten escrúpulos.
 En las antípodas todo es idéntico,
 idéntico a lo autóctono.




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Sangre y oro

El sueño irreductible me obliga a detener Sangre y oro en el minuto 42, justo cuando estos ladrones de poca monta rondan por enésima vez la joyería que llevan clavada en el -pobladísimo- entrecejo. Y es que son muy aburridas, las películas de Panahi. Uno toma apuntes, aprende cosas, se va quedando con una imagen general de cómo viven o malviven los iraníes. Pero lo didáctico apenas sirve para sostener la atención. El ritmo es plúmbeo y cansino. Cuando las secuencias ya han terminado de contar lo suyo, Panahi las estira y las estira en minutos interminables que no aportan nada nuevo. En una sala de montaje, reducidas a su esencia, las películas de Panahi no pasarían de ser mediometrajes sin recorrido en los festivales, ni espacio en las colecciones exclusivas de los DVDs.  Se nota que están infladas, que se les pone mucho relleno, que no hay mucho que contar más allá de la anécdota central y de cuatro pinceladas del paisaje.



Ocurre, también, que uno se decepciona poco a poco con lo que va descubriendo sobre Irán. Más allá de las vestimentas, y de las marcas de los coches, una calle de Teherán no parece muy distinta de cualquier avenida occidental, con su tráfico, su polución, su gente pudiente en las cafeterías caras y sus pobres malvestidos afanándose en las aceras. Hasta repartidores de pizza tienen en Irán, cosa que uno pensaba prohibida y hasta castigada por la ley islámica.  En las antípodas todo es idéntico a lo autóctono, cantaba Javier Krahe hablando de Australia. Y también en Irán, antípoda religiosa, y quien sabe si bélica dentro de unos años. El armazón biológico del ser humano es el mismo en todas partes. Y luego están las películas, y las antenas parabólicas, para uniformar los gustos y las costumbres. Sólo las cinematografías inexistentes de países como Mozambique o Vanuatu nos mostrarían, quizá, paisajes humanos sorprendentes, sugestivos, que atrapasen el interés del espectador aunque la película exhalase el humo de las adormideras. Como éstas del bueno de Jafar.



¿Es posible que Javier Krahe no pensara en Australia, sino en Irán, cuando componía estos tragicómicos versos de su canción Antípodas?

Los eclesiásticos desde sus púlpitos
causan catástrofes, y los omnímodos
poderes fácticos hazañas bélicas
y actos vandálicos los energúmenos,
 y los pacíficos, actos inútiles.
Entre los lúcidos cunde el desánimo.
 En las antípodas todo es idéntico,
 idéntico a lo autóctono.


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Arrugas

Voy notando, al paso de los años, al mismo ritmo que pierdo el oído o que se me cansa la vista en la lectura, que la piel se me va haciendo impermeable al melodrama. Es como un autismo tardío y creciente. Como una fosilización progresiva del epitelio que se va convirtiendo en piedra. Como mi conversión no radioactiva pero igualmente eficaz en La Cosa de Los 4 Fantásticos.  Simpatizo con los personajes que pululan por mi televisor, pero si la película es mala o defectuosa no logro empatizar con ellos.  Sus desgracias ficticias, o basadas en hechos reales, me aportan materiales para la reflexión, para el conocimiento, para la prevención propia de los males, pero no me rasgan el sentimiento, ni me hacen brotar la lagrimilla. Me he vuelto insensible, quizá malo, cuando no es una gran película la que me seduce. Siempre me quedará la disculpa de los genes, o del metabolismo.


            Es por eso que veo películas como Arrugas, con los ancianitos en el asilo y el Alzheimer que les va devorando las neuronas, y no paro de mirar el reloj para ver cuánto tiempo falta para que termine. Es terrible, y quizá premonitorio para uno mismo, lo que cuenta esta atípica película de animación. “Dedicado a todos, ancianos de hoy, ancianos de mañana” dice el rótulo del final. Para allá vamos todos, en efecto, si el cáncer, o la premonición Maya, o la guerra futura con los iraníes, no le ponen  pronto remedio. Debería enternecerme, estremecerme, inquietarmne, con Arrugas. Pero me jode su tonillo, su intención dramática, su banda sonora de melancolías empalagosas... No lo puedo remediar.



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Following

Celebro el Día de la Raza española viendo una película realizada en La Pérfida Albión, que es la patria neblinosa de esos británicos que nos tienen secuestrado Gibraltar. La veo subtitulada al castellano, eso sí, pero no como homenaje al idioma imperial de mis antepasados, sino como necesidad última de quien malgastó la asignatura de inglés, incapaz de entender que el morning escrito y el moneh realmente pronunciado eran la misma palabra. O que el “yu ar mai broder” evidente se convertía, por arte de magia, en boca del enseñante de turno, en un “yuáh ma bradah” incomprensible y desconcertante. Por poner dos ejemplos.
            La película es Following -que supongo se pronunciará fologüennhg, o algo así-, la ópera prima del ser humano llamado Christopher Nolan que luego, con el tiempo, se convirtió en un dios adorado del uno al otro confín, como los emperadores romanos. Nolan rodó su little masterpiece en el año 98, en blanco y negro, con cuatro duros, en ratos robados al fin de semana, con actores no profesionales que debían de ser amiguetes o coleguillas del barrio. Uno de ellos, de hecho, que interpreta al ambiguo personaje de Cobb, y que deja una profunda impresión en el espectador, jamás volvió a participar en ninguna película, y ahora se gana la vida como arquitecto en Londres. Gracias, internet.  Lo que vuelve a demostrar que, a veces, basta con el jeto y con la presencia para bordar un papel que no requiere cosas raras, ni introspecciones, ni métodos, ni sentimientos a flor de piel.



            Following viene a ser como la Pepi, Luci y Bom de Pedro Almodóvar, también amateur, primigenia y cutre. Solo que aquí no sale Luci comiéndose un moco de Alaska para animar la fiesta. Following no retrata la movida londinense de la droga o de la subcultura. Es una película de corte clásico, del género de timadores y timados, con giro y regiro finales que dejan un buen sabor de boca, y la emparentan con referentes del thriller que aquí no citaré, por no dar pistas sobre el desenlace sorpresivo. Sale en Following, eso sí, un mafioso armado con martillo que machaca dedos y cráneos a quien no le paga los dineros, o amaga con delatarle a las autoridades. Es curioso, y sintomático, que la ingestión de un moco nos produzca más asco que la rotura de un cráneoa golpes . Habría mucho que discutir sobre este tema. Hablar de la insensibilización creciente del espectador moderno. Traer a colación eruditos estudios sobre el origen biológico del asco y de la violencia. Una labor desmesurada, de cientos y cientos de páginas, que no ha lugar, por supuesto, entre este puñado de ocurrencias soltadas al hilo de lo que voy viendo, sin más pretensión que la distracción, y el desahogo.


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El círculo

Aunque sea su película más aclamada, El círculo, tercera película del iraní Jafar Panahi, es igual de aburrida que las dos anteriores. Imposible verla a según qué horas sin bostezar varias veces, sin mirar el reloj cada diez minutos, sin librar una dura batalla contra los músculos que sostienen el cuello y mantienen la vigilia.
Aquí Panahi no coge la cámara para perseguir a niñas caprichosas en historietas tontorronas de moraleja infantil, sino a mujeres hechas y derechas que caminan a escondidas por las calles de Teherán. A veces huyen de la policía por delitos que en occidente también serían motivo de persecución. Pero otras, las más, tratan de evitar la multa o el calabozo por cosas como fumar en público, o viajar a solas en el autobús sin una autorización del padre o del marido. Terribles pecados contra la moral y las costumbres, como se ve. Uno ya sabía de estas cosas antes de ver El círculo, pero una cosa es leerlas en los periódicos, o escucharlas en la radio, y otra muy distinta verlas en imágenes, en una película que es en realidad un docudrama filmado cámara en mano. Muy tremendo todo, y muy triste.



            Sucede, curiosamente, en estas películas de Panahi, que los hombres de la calle, los que venden los billetes o conducen los taxis, son tipos amables que tratan a las mujeres con sumo respeto. Que las ayudan, incluso, los más valientes o civilizados, a esconder sus  ridículos pseudodelitoscontra la teocracia. Pero quizá no convenga engañarse. Es muy difícil distinguir quién las considera iguales en esencia y quién las trata con el cuidado reservado a los animales muy valiosos. También hay ganaderos que tratan a sus vacas como a reinas. Da un poco de asco, todo esto de Irán. Pero no debemos, tampoco, los occidentales, sentirnos muy superiores. Los sacerdotes de aquí y los sacerdotes de allá piensan cosas muy parecidas sobre las mujeres. Son religiones que comparten libros y tradiciones. Aquí, en las trincheras occidentales de la futura guerra, la sociedad civil no permite tales excesos. Pero la sociedad civil está hecha de un tejido muy frágil. Tenemos a muchos iraníes camuflados entre nosotros, esperando su oportunidad. Un nuevo gobierno patrocinado por los ayatolás con alzacuello, y nuestras mujeres serán tratadas otra vez como criaturas del demonio. Como hace cuarenta años. Apenas un suspiro de la historia nos separa de aquellos insultos gravísimos. La victoria moral es, de momento, pírrica.


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Carmina o revienta

Carmina o revienta es una película que jamás debería exhibirse fuera de nuestras fronteras. Y menos ahora, cuando España, nuestra futura patria arruinada, necesita ser tomada en serio por el calvinismo económico que rige el mundo. La Carmina que es madre biológica de Paco León es un personaje de catadura moral desconocida, que suponemos buena gente por presunción natural de inocencia. Pero la Carmina Ficticia que ella encarna en la película es una delincuente grimosa, que uno sólo tolera en la farsa del guión, para echarse unas risas. Una ex-novia sevillana de Torrente metida en la delincuencia y en el chanchullo. 



Carmina o revienta está muy lejos de ser una exageración. Los españoles nos reímos con las trapacerías de Carmina Ficticia porque son las mismas argucias que tanto nos divierten en la vida real, acostumbrados a consentir el fraude, a jalear al chorizo, a invitar a vinos a quien tiene la valentía de no pagar, y de no contribuir. Los españoles no vemos en esta película la parodia, ni el exceso, que otros pueblos civilizados del Norte, con la mandíbula desencajada, sí verían. Nosotros vemos nuestra vida cotidiana reflejada en la pantalla, aderezada con unos toques folclóricos de sureña comedia. Nada más. Todo muy leve, e inocuo. Mi madre misma, que es una mujer honrada y cabal, y que también ha visto la película, siente repugnancia por las torticeras maniobras de Carmina. Pero me comenta, al mismo tiempo, atragantada todavía por la risa, que esa mujer, en el fondo, sólo es una “luchadora por la vida”. Una “madre coraje” que haría cualquier cosa por su familia. Pues bueno.



            Uno, como ya ha quedado dicho en este diario, no tiene la costumbre de ver comedias españolas. No en el momento del prime time, ametralladas por la publicidad, ni tampoco en los DVDs, habiendo tantos mejores que vienen de Anglosajonia. Es por eso que hasta hoy no había conocido a María León. Estos encuentros tardíos con la belleza son la penitencia impuesta a mi pecado antipatriótico. Ozú, que ojasos, los de María. Ozú, que tó.



            Para terminar el juego de identidades falsas que Paco León plantea en Carmina o revienta, remata la película con una cita de Tom Clancy que me devuelve a la memoria los sabios pensamientos de Abed, el autista de Community:
 “¿La diferencia entre realidad y ficción? La ficción tiene mayor sentido”




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Treme. El estreno.

Luego, por la noche, en el sábado atípico y eterno sin partidos de fútbol, veo los dos primeros episodios de la serie Treme. David Simon ha trasladado su máquina de sacar trapos sucios a la Nueva Orleans devastada por el huracán Katrina. Nos coloca en el epicentro del drama tres meses después de la tragedia, cuando los que se quedaron tratan de rehacer sus negocios, y los que huyeron intentan salvar sus hogares del derrumbe. Si en el Baltimore de The Wire los desheredados usaban la droga para escapar de la realidad, aquí, en el barrio de Treme, los damnificados buscan la música como vía de escape a su frustración. El jazz  como centro de reunión social, como ritmo consustancial de la vida, como música que a veces exalta el espíritu y a  veces lo sume en la melancolía. Las trompetas y los trombones son la banda sonora de Treme, la banda sonora de la ciudad, lo mismo en los clubs que en los pasacalles o en los funerales.



            Pero no todo es música en Treme. Otros habitantes de Nueva Orleans se dedican a denunciar el estado de las cosas. Es ahí, en el papel de un entrañable cascarrabias que podría ser el primo de Michael Moore en Luisiana, donde se produce mi feliz reencuentro con John Goodman, uno de esos mal llamados secundarios de lujo que siempre son principalísimos en sus películas, aunque sólo salgan cinco minutos. John Goodman es el inolvidable vendedor de Barton Fink, el  pirado veterano de guerra de El gran Lebowski. Uno de mis tipos preferidos. El actor con cara de noblote del que se sirve David Simon para soltar las verdades del barquero. Ésas que hablan tan mal del gobierno americano despreocupado de sus ciudadanos más desamparados. De esa basura mugrienta y seguramente comunista...


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Frasier. The Office

Después de un mes de duro trabajo, Frasier Crane y su familia van a tomarse un merecido descanso en mi estantería, un poco hartos ya de jalear mis pedaleos sobre la bicicleta estática. Asistir a sus vidas desde este lado del televisor provoca la risa y la felicidad. Gracias a sus ocurrencias te olvidas de que estás agitando las lorzas en ridículo espectáculo. Verme a mí, en esta tesitura, desde el otro lado de la pantalla, desde ese Seattle ficticio y siempre lluvioso, es un sufrimiento que muy pocos aguantarían tanto tiempo. Se nota que Frasier y su hermano Niles son psiquiatras, y que están acostumbrados a tratar con tipos como yo.



Ricky Gervais, desde la sucursal británica de The Office, ha tomado el relevo en esta ingrata labor de amenizarme los esfuerzos. Es pronto todavía, después del primer episodio, para comparar el original británico con la fotocopia norteamericana. Son los mismos personajes, en una oficina muy similar, repitiendo –inaugurando, realmente- los mismos chistes que hacen de Dunder Mifflin el templo catedralicio de la comedia. Es muy injusto, para el The Office británico, que muchos caigamos en él de rebote, simplemente por curiosidad, por conocer los orígenes inspiradores de nuestra serie favorita. Lo que Ricky Gervais y sus guionistas crearon de la nada por primera vez, ahora, a los tardones, a los despistados, a los que vivimos subyugados por las series americanas, nos suena a refrito, a ya visto, aunque sepamos que fueron ellos los genios creadores, los pioneros inteligentísimos del invento.


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Lucía y el sexo

Ya en la primera escena de Lucía y el sexo, el espectador masculino de frustrada vida sexual comprende que aquí no va a poder identificarse con el personaje principal, pues la primera vez que ve a Tristán Ulloa lo descubre follando con Najwa Nimri en una playa solitaria, entre las cálidas aguas del Mediterráneo, con la luna llena iluminando los rostros orgásmicos de felicidad. Experiencia vedada al común de los mortales que coloca la película en el territorio del cuento, o de la fábula.



A los pocos minutos, llega la confirmación de que estamos asistiendo a una parábola sobre la vida real, no a un relato verosímil sobre la vida misma. Los hombres no vamos a sacar de aquí ningún aprendizaje, ninguna moraleja. Lo que se nos cuenta es ajeno a los usos y costumbres de la elección sexual. Que una desconocida como Paz Vega te aborde en una cafetería, te diga que lleva clavada en el alma tu última novela, y luego te suelte, de buenas a primeras, que está locamente enamorada de ti, sin conocerte de nada, sólo de verte, y de perseguirte por las calles,  es sin duda el sueño imposible de cualquier heterosexual masculino que no mienta sobre su condición. Las probabilidades de que esto le suceda a un tipo normal sin millones en el banco y que no guarde un parecido razonable con Don Draper, requieren de un cálculo infinitesimal que sólo abordan las matemáticas más endiabladas. 



Pero es que luego, con el tercer polvo del siglo, Lucía y el sexo se convierte en cine religioso, en propaganda soterrada de la intervención de los santos en la vida de los hombres. O eso, o en un anuncio extraño y poético de las Loterías y Apuestas del Estado.  Lucía y el sexo quiere contarnos la historia de un fulano al que le tocan sucesivamente el pleno de la Quiniela, el gordo de la Primitiva y el gordo de Navidad. Pues la tercera muesca en el revólver de Tristán Ulloa es nada más y nada menos que Elena Anaya, la mujer que no es mujer, aunque lo parezca, pues ya ha quedado dicho en este diario que ella es un experimento gubernamental, una extraterrestre del planeta Perfecto, una diosa palentina de la belleza que decidió hacerse carne y luego actriz para dejarnos a todos turulatos, en maquiavélica maniobra de distracción.



Alejados, pues, de cualquier pretensión de verosimilitud, nos vemos inmersos una vez más en los mundos cinematográficos de Julio Medem, que siempre han tendido más a la poesía que a la prosa. Lo suyo es componer versos con la cámara, más que construir narraciones coherentes. Medem es un artista del riesgo, del enfoque original. Se mueve en terrenos muy delicados y peligrosos. Cuando sale airoso de ellos, le salen grandes películas como ésta que nos ocupa, Lucía y el sexo, una cinta profunda, romántica, original, de mujeres preciosas enseñando sus tetas canónicas en las playas de Formentera o en los áticos de Madrid. En cambio, cuando se le va la pinza, y se pierde en sus propios simbolismos, le salen películas incomprensibles como Caótica Ana, o melodramas de sobremesa como Habitación en Roma, aunque ahí también salgan unas tetas de belleza superlativa. Y dos pares, además. Y uno de ellos el de Elena, para mayor alborozo.



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El espejo

La segunda película de Jafar Panahi se titula El espejo por un motivo que mi corta inteligencia aún no ha podido colegir. Quizá porque la vi con dos intermezzos de sueño intercalados en el cansancio final del día. Quizá porque es una película aburridísima que uno aprovecha para ir resolviendo las cábalas de su propia vida, entre cabezada y cabezada.  
         El espejo, en un alarde de falta de imaginación, viene a ser la misma película de hace dos días, pero con una mínima variación. Si en El globo blanco salía una niña que perdía su dinero en una alcantarilla, y pedía la ayuda de los transeúntes para rescatarlo, ahora es otra niña quien se pierde camino de casa, al salir del colegio, y consume los noventa minutos de película preguntando direcciones, subiéndose a taxis y bajándose de autobuses. Es en esto, quizá, donde vemos la primera gran diferencia de la cultura iraní respecto a la nuestra. Allí no parece existir una policía uniformada que recoja a los niños perdidos y los lleve a comisaría para llamar a sus padres. A ningún habitante de Teherán se le ocurre esta solución, tan obvia para un espectador occidental. Quizá sean ciudadanos responsables que no delegan en nadie el deber de auxilio. Mejores que nosotros, por tanto, en ese aspecto cívico del comportamiento. Puede ocurrir, también, que en Irán sólo exista la policía secreta, vestida de paisano, y que se ocupe exclusivamente de asuntos trascendentales para el alma, como vigilar que las mujeres lleven bien puesto el hiyab, o que los hombres no profieran blasfemias mientras escuchan el partido de fútbol. Y parecen cumplir su labor con suma eficiencia: ante la cámara oculta de El espejo no se ve, ciertamente, un solo cabello de mujer agitado por el viento, ni a un solo hombre -cuando Irán marca un gol a la perversa Corea del Sur- que exprese su alegría cagándose en algo o mentando a la madre de alguien.



          Otra cosa que hemos aprendido en El espejo es que los iraníes, y las iraníes, cuando cruzan las calles atestadas de tráfico, lo hacen por cualquier sitio. Los pasos de cebra parecen estar de adorno. O quizá es que su uso ha sido condenado por la autoridad religiosa competente. Vaya usted a saber. El caso es que los habitantes de Teherán se juegan el tipo cada vez que cambian de acera. Suicida conducta que los irá diezmando poco a poco antes de entablar la batalla final contra nuestros ejércitos cruzados. También hemos constatado que las mujeres iraníes son tratadas como ganado en los transportes públicos. Como afroamericanos de los Estados del Sur antes de que Rosa Parks se plantara ante las autoridades. Pero este trasiego vergonzoso de mujeres, siendo lo más grave e indignante que uno ha visto en la película, ya era cosa sabida. Por eso la menciono al final, como un simple recordatorio.


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