El mundo según Barney

Lo malo de esta vida consagrada a las películas es que hay que cribar mucha arena, y mucha piedra gorda, para encontrar la pepita de oro que justifique las horas desperdiciadas. Todas las pasiones viven subordinadas a ésta del cine. Más allá del trabajo insoslayable que me da de comer, y de los reclamos biológicos que vocea la sangre, las películas son el eje que marca la agenda del día. Pero luego, a la hora de la verdad, el cine es un amante muy cicatero. Le entregas tu vida por entero y sólo recibes unas pocas emociones verdaderas. Años y años calentando los sillones y los sofás para experimentar lo sublime en apenas una veintena de momentos. Sin saber muy bien cómo, dejamos de disfrutar con aquello que nació como una afición, como un divertimento que rellenaba las horas muertas. Nos hemos convertido, poco a poco, en amargados del cine. En cinéfilos.


      
               Hay veces que uno se descubre pensando en tirar la toalla. Cambiar esta vida de los salones oscuros por otra que necesite, al menos, una bombilla encendida, para retomar la lectura, o profundizar en el ajedrez, o escribir la gran novela española del siglo XXI.  Cualquier cosa menos seguir viendo películas ingratas. Es un pensamiento muy oscuro, y muy real, que te aborda en las horas más aciagas del televisor, defraudado ya de lo malo, de lo horroroso, de lo simplemente entretenido. Te pones muy cerca del abismo, decidido a pegar el salto. Pero en el último momento, como en las vidas de ficción, siempre aparece la película salvadora. Una película como El mundo según Barney, que empiezas a ver desmadejado en el sofá, en una tarde soporífera de domingo, contando las horas que faltan para que llegue el fútbol, llevado tan solo por el instinto, por Paul Giamatti, por ninguna razón de peso en realidad, y que de repente, al cuarto de hora, ya no es una película, sino otra aventura de ti mismo, real y palpable, en la que estás vivo en dos universos a la vez, a este lado del televisor y en el otro, en una experiencia mística que sólo los grandes drogatas, y los chalados sin remedio, pueden alcanzar fuera de la cinefilia perseverante, y bendita.


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Tournée

Después de quitarse la escafandra y de ahuyentar a la mariposa, Mathieu Amalric dirige y protagoniza esta película llamada Tournée. Él es Joachim, un empresario teatral que regresa a Francia para dirigir una compañía de cabareteras, americanas y gordas, que tratan de levantar el moribundo arte del burlesque. Ya saben: al despelote artístico sobre un escenario, con parodias y extravagancias subidas de tono. Joaquim aprovecha el retorno a su país para tratar viejos asuntos con los amigos, con los hijos, con los empresarios que no quieren alquilar sus salas a estas mujeres con grandes tetas. 



            Tournée me deja mal sabor de boca no porque sea mala, sino porque asisto a las desventuras con la sensación, continua y molesta, de estar perdiéndome algo muy sutil, y muy genuino. Intuyo, en todo momento, que Amalric trata de contarme algo muy personal y profundo sobre sí mismo. Y sobre mí mismo, también. Algo que tiene que ver con el fracaso de los sueños, con la vergonzosa dimisión de las responsabilidades, con la supervivencia cutre de quien ha de conformarse con lo puesto. Pero no logro descodificar su lenguaje. Me pierdo en varias conversaciones, en varios paréntesis del guión. He visto Tournée a la hora de la siesta, y no me he quedado dormido. Un elogio así no se lo regalo a cualquier película. Y sin embargo, me queda el desasosiego de no haber entendido la moraleja. Me pudre el resquemor de una mala tarde de cine, pero no con Mathieu Amalric, el pobre, que se lo ha currado de lo lindo, sino conmigo mismo, una vez más, espectador de los estúpidos, antipoético y superficial, con el intelecto arruinado en el fácil mundo de los blockbusters.


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Insidious. No tengas miedo a la oscuridad.

Insidious y No tengas miedo a la oscuridad son dos películas del género “casa encantada”, con pasillos oscuros que se doblan, puertas chirriantes que se abren y fantasmas que aparecen de sopetón al mismo tiempo que suena un bocinazo en la banda sonora. Las hemos visto mil veces, en otras versiones. Sólo cambian las casas, y las caras desencajadas de los panolis desventurados.  No sé para qué las siguen haciendo, y peor áun, no sé  por qué las sigo viendo yo. Me asustan, y nada más. Pego tres o cuatro respingos en el sofá y luego paso el resto de la película maldiciendo mis bostezos. Son esas cosas mías que aún no tienen explicación, después de cuarenta años  de introspecciones baldías. De psicoterapia casera y gratuita. Las películas de susto o muerte son una infección que se ha venido conmigo en todas las maletas, adonde quiera que he trabajado, adonde quiera que he vivido, viajando de polizonte no deseado. Como si fueran un fantasma, precisamente.



            Habría que redefinir, de todos modos, los términos. ¿Por qué a estas películas las llaman de terror cuando en realidad quieren decir susto? La existencia de fantasmas debería, más bien, alegrarnos el alma, pues más allá del miedo que causan sus apariciones, ellos serían la prueba irrefutable de la existencia de un más allá. La certeza ectoplásmica de que vamos a seguir rondando por aquí, incorpóreos, celebrando los goles, asustando a los enemigos, echando una mano transparente a los amiguetes. Son celebraciones encubiertas de la alegría, las películas de susto. Las de terror son otras muy distintas, terrenales y pedestres. Margin Call, por ejemplo, o Inside Job. Con éstas sí que te cagas en los pantalones. Homínidos avariciosos y muy bien trajeados planeando como arruinarte la vida en sus clubs de golf, en sus despachos sobre Manhattan, en sus restaurantes de cinco tenedores paladeando vinos muy caros. Estos tipos sí que dan miedo. Los psicópatas del billete. Los que te joden de verdad el sueño y la salud,  el futuro de tus retoños atrapados en el proletariado sin esperanzas. Y no los fantasmas de estas películas tontas, escondidos en los armarios, o en los desvanes de las casonas, que sólo son muertos que vienen a traernos el evangelio de una nueva vida. Aunque sean unos pelmazos sin el don de la sutileza. 


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Adiós, Sopranos

Termino de ver el último episodio de Los Soprano. Se me han ido, del todo, Tony y los suyos. Los entrañables psicópatas. Los asesinos despreciables. La insoportable famiglia. 86 episodios. Tres días y medio en New Jersey que distribuidos por aquí y por allá me han hecho olvidar los pesares de tres años. Les debo mucho, a David Chase y sus muchachos.
Ahora tendría que hablar aquí largo y tendido sobre Los Soprano. Improvisar un ensayo sobre su aportación al drama televisivo, sobre su influencia cultural, sobre su tratamiento rompedor de la violencia... Pero todo esto está muy visto, y muy dicho. Yo llegué a Los Soprano cuando las mentes más preclaras y las plumas más ágiles ya habían llenado miles de folios sobre el fenómeno. Y aún así, llegando el primero, qué tonterías sin chicha no se me hubiesen ocurrido. Para qué, pues, insistir...


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Habemus Papam

Hay veces que no ves venir una película mala ni siquiera cuando ya has llegado a su mitad. Te engatusa con un arranque original, con un desarrollo que promete grandes hallazgos y relevantes filosofías, y luego, cuando menos te lo esperas, con la siesta o la hora prudente de acostarse ya sacrificada, te suelta un zarpazo como una gata arisca y te deja tirado en el sofá, rumiando de nuevo tu estupidez, tu escasa capacidad de anticiparte a los bodrios.
Habemus papam es un ejemplo canónico de estas películas traicioneras. Uno que yo sacaría en un simposium para ilustrar mi docta disertación sobre el asunto. Tengo que decir, no obstante, en mi defensa, que la elección frustrada de un Papa de Roma filmada por Nanni Moretti era un anzuelo con gusano gordísimo que gritaba cómeme. Uno esperaba que Moretti, tan agnóstico y tan izquierdista, tan cercano a la sensibilidad social y política que uno mismo vota y defiende, se marcara aquí un retrato ácido de la curia romana. No una cosa chabacana, o facilona, que se congraciara con nuestro ateísmo pero ofendiera a nuestra inteligencia, sino algo elegante, estiloso, que desnudara los torvos pensamientos de estos nigromantes sin insultarlos o ridiculizarlos. Una mirada por aquí, una sentencia por allá, un pecado inconfesable que se adivina más que se sabe... Un trabajo muy fino y muy estudiado. Moretti, sin embargo, en un ataque de respeto genuflexo hacia la sagrada institución, temeroso quizá de Dios y de sus castigos ahora que ya encara el declive pitopaúsico de su edad, trata de colarnos un retrato amable, condescendiente, muy petardo, de estos guardianes obesos y mefistofélicos de la que, dicen ellos, Verdadera Fe.



Uno sólo empatiza con un personaje,  ese anciano cardenal Melville que elegido de rebote para ser Papa, se oculta del mundo acuciado por las dudas. Michel Piccoli ayuda mucho con su interpretación. Es el único personaje verdaderamente humano de la función. El único que no se deja llevar por el protocolo, por la tradición, por la ayuda ciega del Espíritu Santo. El único que en verdad está cerca de Jesús, el fundador, que también dudó en el momento supremo del destino. Mientras el cardenal Melville vaga por las calles de Roma buscándose a sí mismo, los demás cardenales, encerrados en el Vaticano, juegan a las cartas o se enfrascan en estúpidos torneos de voleibol. Quizá sea ésta, después de todo, la crítica finísima que Moretti logra colar en el aparente lisonjeo a la curia gordinflona: su pasividad, su robotismo, su petulancia de infalibilidad disfrazada de confianza ciega en las Alturas. Su vanidad. O quizá soy yo el que quiero interpretarlo así para disculpar a Nanni, el Moretti, que tantas veces me hizo sonreír cuando montaba en su moto y recorría las calles con su casco blanco, sus gafas negras y su filosofía siempre agradecida. 

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The trip

The trip es una road movie británica con mucha lluvia y mucha hierba. Y mucha mala baba, cayendo de los labios de su pareja protagonista. Aunque la he catalagado de road movie, el paisaje de The trip nunca cambia, invariable en sus verdes colinas y sus valles brumosos. Ni siquiera los personajes, cuando termina la película, se han movido un ápice de sus posturas iniciales. Se odian de la misma manera –o incluso más- que cuando empezaron su andadura. The trip, por buscarla un género más adecuado, sería una buddy movie de colegas que no se soportan, pues estos dos tipos que se lanzan a la aventura gastronómica por el norte de Inglaterra son Steve Coogan y Rob Brydon, dos grandes amigos en la vida real que luego, en las películas, aunque usen sus propios nombres y aporten partes verídicas de sus biografías, fingen llevarse muy mal y resultar mutuamente incompatibles. Lo que multiplica el efecto cómico por dos, y hace que uno, como en Tristram Shandy, se lance a los foros de internet después de acabada la película, a buscar lo que era verdadero y lo que no.



Si cambiáramos los restaurantes pijos de Inglaterra por las bodegas vinícolas de California, The trip sería una versión pasada al humor inglés de Entre copas. La comida y la bebida sólo son los mcguffins que Winterbottom y Alexander Payne utilizaron para sentar en la mesa a dos hombres sumidos en la crisis de los cuarenta. Parecen comedias, pero no lo son. En The trip te ríes mucho con las imitaciones que Coogan y Brydon hacen de  Michael Caine, o de Sean Connery, o con las versiones de ABBA que cantan a grito pelado mientras conducen por las carreteras sinuosas. Hay un diálogo genial sobre qué enfermedad estarías dispuesto a permitir en tu hijo a cambio de obtener un Oscar de la Academia. Pero también se te ensombrece la cara cuando charlan en los restaurantes sobre la decadencia inevitable de sus energías, sobre el esplendor perdido en la hierba de su sexualidad.

Rob:       ¿No te parece agotador andar dando vueltas, yendo a fiestas y persiguiendo chicas...?
Steve:      No ando persiguiendo chicas.
Rob:         Sí, lo haces.
Steve:      No las persigo. Lo dices como si yo fuera Benny Hill.
Rob:      ¿Pero  no te parece agotador, a tu edad?
Steve:     ¿Te parece agotador cuidar un bebé?
Rob:       Sí, me lo parece.
Steve:     Sí... Todo es agotador después de los cuarenta. Todo es agotador a nuestra edad.


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Niños robados

Al director italiano Gianni Amelio le dediqué hace un tiempo estos lindos y poco afortunados poemas, inspirados en sus películas.
Sobre Las llaves de casa:
“Cursi, empalagosa, de lágrima fácil. Un melodramón de buenas intenciones y niños con parálisis. Para echarse a temblar, antes y después del visionado. Sólo esos minutos luminosos de Charlotte Rampling compensan el rato perdido.”
Sobre Così ridevano:
“Aplaudo el fondo social de la película, la denuncia de aquella miseria en que vivían los proletarios de Italia. Pero la propuesta de Così ridevano me pilla a contrapié desde el primer momento. Sus personajes me desconciertan todo el tiempo: cuando van, yo vengo, y cuando vuelven, yo estoy de camino. Bostezos, miradas al reloj, tentaciones continuas de pulsar el stop del DVD...”




Dos coñazos insufribles de los que ahora mismo no podría recordar una sola escena. ¿Qué me ha llevado, pues, al reencuentro con Gianni Amelio en esta siesta abrasadora y ya asquerosa del septiembre fotocopiado de agosto? Pues el recuerdo, ése sí imborrable, de Lamerica, de la que hablaban el otro día en una revista de cine, tantos años después de su estreno. Como de momento no soy capaz de cazarla en la jungla gratuita de las descargas, he tenido que conformarme con ésta otra película suya, Niños robados, anterior a Lamerica, y muy bien considerada en los aquelarres de los culturetas. Cuenta la historia de un carabinero cuya misión es trasladar a dos huérfanos de Milán a Sicilia para ser internados en un instituto. Lo que pasa es que el carabinero, en vez de solventar su misión en un día, con el tren y con el ferry, se toma tres o cuatro jornadas en plan padre experimental, llevándose a los chavales a ver a la familia, a disfrutar de la playa, a tomarse unos helados, en un secuestro inocente pero delictivo que da nombre al título. El fulano no tiene muchas luces, la verdad, y Enrico Lo Verso, el actor fetiche de Amelio, le pone el jeto perfecto a su tontuna transalpina. 



Niños robados es una road movie a la italiana que cumple a rajatabla la esencia del género, pues los personajes van cambiando por dentro a medida que el paisaje se transforma más allá de las ventanillas. Es una película triste, bonita, nada ridícula esta vez. Es el tentempié perfecto para volver a ver Lamerica, cuando la encuentre, con un subtítulo decente en castellano, aunque siempre andemos presumiendo de que el italiano lo entendemos a pelo y tal y tal.


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Criadas y señoras

Las arpías que uno se va encontrando por la vida no tienen cara de arpías, ni ponen mohines de arpías. La maldad que supura en sus entrañas no suele asomarse a los rostros, salvo en los casos más clínicos. Las mujeres malvadas son indistinguibles, a simple vista, de las demás. Mirándolas a la cara nunca sabrías cuál de ellas te va a apuñalar, hasta que te apuñala. Y lo mismo podría decirse, obviamente, de los hombres traicioneros, a los que no me atrevería a calificar de arpíos, en dudoso palabro.
Digo esto porque termino de ver Criadas y señoras, aclamada película donde el reparto es casi exclusivamente femenino, y aun siendo una película estimable e instructiva, a uno le chirría que estas señoritingas racistas de Mississippi pongan todo el rato cara de malas. De muy malas. Se cruzan con una mujer negra en la calle y tuercen el gesto como niñas tontas; dan órdenes a la criada del hogar y la cara de asco que se les pone les deforma las facciones. No sé a que viene este subrayado innecesario, que mueve más a la risa que a la indignación. Su misma posición social ya las hace condenables a ojos del espectador. No necesitamos más información para saber que pertenecían -¡que pertenecen!- a una casta execrable, todavía por extinguir. No necesitamos que nos remarquen una y otra vez su maldad, en cada plano, en cada línea de diálogo. O los responsables de Criadas y señoras minusvaloran nuestra inteligencia, o es verdad que somos, aunque los espectadores más petulantes no hayamos caído en la cuenta, muy poco inteligentes.



            Tampoco han estado muy finos en la confección del cásting, la verdad. No puede ser que estas brujas hayan sido bendecidas por igual en la lotería de la belleza. Que cinco amiguitas de la infancia se conviertan al crecer en cinco mujeres de hermosura indecible, por muy americanas y muy sureñas que nos hayan salido, es una improbabilidad matemática que coloca a Criadas y señoras más cerca de la ciencia ficción que del género lacrimógeno. Si querían que el espectador masculino pasara por taquilla en esta historia atiborrada de mujeres y mujeríos, quizá hayan dado en el clavo. Pero no han conseguido que por ello disfrutemos más de la película, ni que la tengamos en mayor consideración Al contrario: uno quiere predisponerse al drama, lloringuear con las criadas, solidarizarse con estas esclavas maltratadas del siglo XX, y sin embargo, el desfile continuo de mujeres deseables le crea a uno una cacofonía mental, como de sinfonía compuesta en dos claves simultáneas. Ver Criadas y señoras es como salir en manifestación a favor de los inmigrantes y pasarte dos horas mirando las tetas de las pijas derechistas que pasan a tu lado llamándote perroflauta y rojo de mierda.        




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EVA

Hay películas que se lo juegan todo a la carta de una sorpresa, de un giro inesperado que deja al espectador clavado en su sitio. Son películas que transcurren sin rumbo, aburridas, y que de repente, por obra y gracia del truco escondido, cobran sentido y se ganan nuestro aplauso final. EVA quiere jugar esta baza, y trata de dejarnos boquiabiertos con su conejo de última hora sacado de la chistera. Lo que pasa es que aquí todo el mundo se olía el pastel, incluidos los espectadores de inteligencia más limitada como la mía, que rara vez anticipa nada de las tramas, siempre tan torpe y tan ensimismada en la magia del cine. Y es que hay películas que se traicionan desde el mismo cartel que las promociona. No se puede escribir el título así, EVA, en mayúsculas, en tipo de letra cibernética, como WALL.E, o YO, ROBOT. Ni se puede poner a la susodicha Eva en la misma postura que guarda el niño de Inteligencia Artificial en su cartel, de perfil, con la cabeza levantada, como mirando hacia el futuro, o hacia las estrellas, vaya usted a saber. 



            Es un error mayúsculo, éste de EVA. No lo es, en cambio, que salga mucho en pantalla Marta Etura. Bienvenida sea siempre, su gracia. Después de todo, más allá de los coqueteos con la ciencia-ficción, EVA nos es más que la historia de dos hermanos que quieren tirarse a Marta Etura, pero cada uno por separado, y en exclusiva, lo que provoca el inevitable conflicto sexual. Otra pareja de hermanos más liberales que se hubiese enamorado de una mujer propicia a los tríos, habría hecho de EVA una película muy diferente, menos dramática quizá, pero tan excitante que nos hubiese dado lo mismo el misterio tontorrón de la niña protagonista.



            Tiene EVA, no obstante, el mérito indudable de introducir una reflexión profunda, vamos a decir filosófica, que nada tiene que ver con los celos ni con el amor. Ni con el futuro incierto de la inteligencia artificial. Hay un momento en el que Daniel Brühl, desesperado por la indiferencia de Marta Etura, se abraza al mayordomo cibernético que le ayuda en las tareas doméstidcas. Una especie de C3PO humanizado que encarna Lluís Homar, y que se llama Max. Max posee un programa regulable de empatía con los seres humanos. En su nivel ocho, que es el que viene instalado por defecto, es un plasta de mucho cuidado, siempre atento, pendiente, efusivo, como los vendedores de El Corte Inglés que trabajan a comisión. Brühl no lo soporta en ese nivel, y rápidamente le ordena bajar al seis, que es el habitual en la película, donde Max se comporta como un tipo eficiente, educado, comedido. Pero Brühl, en esa noche aciaga sin Marta, condenado de nuevo a la masturbación enamorada, le coloca de nuevo en el nivel ocho de simpatía, sólo para ser abrazado en ese instante de tristeza absoluta. Lo artificial, una vez más, como sustituto irremediable de lo natural.  Como me pasa a mí, con las películas, que son una gran mentira repetida noche tras noche, a veces de nivel ocho, a veces de nivel uno, pero a las que abrazo como un borracho a su farola, decepcionado de la realidad aburrida, de los humanos desesperantes, del mí mismo, acobardado y dimitido.


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Papá está en viaje de negocios

Miki Manojlovic. Ése es el nombre que me ha soplado IMDB. Ése es el actor que hace unas semanas conocí haciendo de abuelete obsesionado con el backgammon en El mundo es grande y tal y tal, y que hoy, en un salto temporal de veintiséis años, volando de la Bulgaria postcomunista a la Yugoslavia disidente de Tito, he vuelto a encontrar en Papá está en viaje de negocios. Su papel viene a ser el mismo: el de un ciudadano simpaticote y bonachón, amante de la buena vida y de las mujeres guapas, que en la gris opresión de la dictadura recibe más castigos que un recluta en el cuartel, por deslenguado, e inoportuno. 



            Papá está en viaje de negocios ha resultado ser, a pesar de mis recelos iniciales, una entretenida película de Kusturica, alejada de esas cosas barrocas que vi de él en los lejanos tiempos de mi cinefilia militante, como Underground, o Gato negro, gato blanco. Le tenía gato, sí, a Kusturica. Pero aquí se apunta un tanto con una película sencilla, de personajes que piensan y razonan y no se pasan la película pegando botes y tocando instrumentos sin ton ni son. Le pasa, al serbio, lo mismo que les pasaba a esos cineastas tan apaleados en este diario, como Buñuel, como Saura, como Fellini, que cuando bajaban a la tierra y contaban cosas inteligibles, alumbraban grandísimas películas, obras maestras intemporales, pero que cuando se les metía una paranoia en la cabeza, o visitaban a su psicoanalista porque no habían dormido lo suficiente, filmaban películas que sólo ellos, ni siquiera sus más allegados, podían entender.



            Lo extraño de Papá está en viaje de negocios es que se rodara en Sarajevo y se estrenara en los cines yugoslavos allá por 1985. Aunque Tito llevara muerto alrededor de un lustro, Yugoslavia, oficialmente, seguía siendo un país comunista. Sin embargo, la película es crítica, corrosiva, muy poco complaciente con el pasado. Si hacemos caso de lo que cuenta Kusturica, bastaba con no reírse de un chiste que ridiculizaba a Stalin, en aquellos tiempos en que Stalin y Tito eran archienemigos declarados, para ser deportado sin miramientos a los campos de trabajo. Supongo que quienes sucedieron a Tito en el poder no simpatizaban mucho con el viejete. Supongo, también, que quisieron aprovechar la película para hacerse pasar por liberales y modernos ante el mundo occidental. No sé. Habría que tener nociones más profundas de la política yugoslava en los años ochenta, pero uno, naturalmente, no llega a tanto. Busco cuatro o cinco referencias en internet y rápidamente me canso de no saber. Es lo que tienen las películas de países lejanos, e incluso extintos: que uno ve, por ejemplo, Papá está en viaje de negocios, y no sabe bien hasta donde llega la crítica o la chanza de Kusturica. ¿Se pasa, o no llega? La sensación de estar perdiéndote malevolencias y dobles sentidos te asalta en cada escena. Cualquiera que conozca medianamente la historia de España, ve El verdugo y sabe bien dónde están escondidos los dardos venenosos. Luego ve La escopeta nacional, rodada ya en plena Transición, y nota que los dardos son más numerosos, y más grandes. Entendemos de lo nuestro porque lo hemos vivido, o porque lo hemos estudiado en el cole ¿Pero qué sabemos, los españolitos de a pie, por mucha pre-LOGSE que nos hicieran estudiar, de los equilibrios sociales que regían allá en los Balcanes hace tres décadas? 



            Y es que las películas, pasados unos años, se convierten inevitablemente en documentales. Pero en documentales que rara vez explican, que pocas veces resultan didácticos, porque van directamente a los hechos que el espectador de la época da por sabidos, y que luego, nosotros, los visitantes del futuro, hemos de aprender por nuestra cuenta, si queremos enjuiciarlas con criterio. También hay que tener una culturilla, o al menos un afán por saber, si uno quiere ser cinéfilo de pro.
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Crazy stupid love

Hay películas que como Crazy, stupid, love te ganan desde el título, porque en él se resume, con una cita elegante, la esencia de una gran verdad: que el amor es realmente un sentimiento loco y estúpido, aunque inevitable, como todos sabemos. De no ser así, indomable y anárquico, no estaríamos hoy aquí, ni quien esto malescribe, ni quien condesciende en leer las ocurrencias.



Que Steve Carell sea la estrella del reparto no es una casualidad. Crazy, stupid, love necesita su rostro ambiguo para dar con el tono justo de la comedia agria. Quieres reírte con él, en los amoríos y los desamoríos, en los requiebros y los desplantes, pero la sonrisa que a uno le sale es de simpatía, de reconocimiento de uno mismo en los personajes, más que de regocijo, o de burla. Quien no se identifique con alguna de las desventuras aquí retratadas, es que vaga por la vida sin un corazón que lo anime.
Iba para gran película, Crazy, stupid, love. Para segundo sobresaliente consecutivo en esta nueva tierra de promisión que parezco haber encontrado. Por debajo de sus chistes y sus equívocos, fluía una filosofía muy afín a mi pensamiento, como de finales del otoño, como de día que amanece melancólico y tonto. Pero sucede que los actores tienen que  comer, y pagar sus facturas allá en sus mansiones de lujo, y para ello necesitan el dinero abundantísimo de las taquillas. Es por eso que al final, después del gran trabajo de cinismo que habían desarrollado,  se pliegan a un desenlace donde el amor triunfa, la esperanza se impone y las nubes plomizas dejan paso al solazo que alumbra los arrumacos gozosos. El negocio del cine, no nos olvidemos, vive sostenido por los optimistas. Ellos son quienes abarrotan las salas, y los salones. Los depresivos y los nihilistas sólo aportamos el chocolate del loro. Somos el espíritu crítico que clama por la verosimilitud en el desierto.



Todos los amores son, en efecto, locos y estúpidos. Y si te enamoras de Emma Stone son, además, imperativos, insoslayables. Hay que ser muy macho para aspirar a ella, muy Ryan Gosling para obtener el merecimiento, con ese rostro y ese estilo, y esos abdominales que no eran efectivamente del Photoshop. Pero desear a Emma, simplemente, como puro ejercicio biológico, está al alcance de cualquier hombre, aunque sea un cuarentón con barriga arrellanado en su sofá. Podrías pasarte horas mirando su rostro congelado en el pause, hasta destrozar el mecanismo interno del DVD. Me vuelven loco sus ojos como mares; las pecas como amapolas que salpican los montes de sus pómulos. Son cursiladas en do mayor las que me hace escribir Emma Stone. Es un sentimiento desnortado, y muy profundo, el que sale de mis entrañas enamoradas. 


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Pura formalidad

En un impulso obsesivo e innecesario de completar la filmografía de Giuseppe Tornatore, que me había regalado Cinema Paradiso y Están todos bien en otras noches gloriosas del pasado, veo Una pura formalidad, muy avalada y jaleada en los foros de la cultura. Película kafkiana, a decir de todos, en adjetivo ya tan manido que casi da vergüenza poner aquí. Una pura formalidad es como el reverso checoslovaco de un chiste de Chiquito de la Calzada: uno que llega a una comisaría ignota y le dise al comisario anónimo: “ está la cosa muy mala, y además no sé muy bien quién soy”. Un supuesto enredo de identidades con final sorpresa que hasta un lerdo como yo, que se las traga todas dobladas, empezó a dilucidar hacia la mitad del drama. Y es que uno, por muy torpe que sea, ha visto ya mucho cine, en largas veladas donde la inteligencia ha ido cogiendo músculo y ensanchando los pulmones. 



Presumo, pues, que la obra de Tornatore ya está bien cubierta con las películas antes mencionadas, y con Malena, que sin estar a la altura de las otras dos, tiene a Mónica Bellucci en el papel estelar para compensar el bajón de categoría. Películas que hablan de Italia, y de los italianos, en las que Tornatore acierta con el tono y se le ve desenvuelto y armonizado con el paisaje. Aquí, en Una pura formalidad, aunque el pueblo ignoto que se intuye al fondo tiene pinta de ser siciliano, o calabrés, se le ve muy perdido. Quiere contarnos una historia más apropiada para David Lynch, o para el primer Shyamalan, y no le sale. De no contar con esos dos fulanos impagables que son Polanski y Depardieu, de jetas tan atípicas y registros ta inquietantes, me habría dormido del todo en el sofá, en esta noche bochornosa del verano que no tiene pinta de rendirse. Y digo del todo porque a ratos, en el estado semicomatoso de la conciencia, se me ha ido mezclando el aburrimiento de la película con el interés fantasioso de mis sueños, en una pasta psicodélica de narrativa, esta vez sí, con toda propiedad, muy kafkiana. Del mismo centro de Praga.


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En busca del arca perdida

Veo, con Pitufo, a una hora de la noche más civilizada que anteayer, porque estamos a dos días vista del instituto, y a veces me ataca el prurito del padre responsable, En busca del arca perdida. La primera película de Indiana Jones es una insistencia mía que viene de años, de cuando Pitufo se me hizo muchachete y le quise bautizar en la religión de mi dios Spielberg. Pero nunca, hasta hoy, había accedido a verla, el jodido chaval. Creo que se me ponía cara de panoli cuando se la ponderaba, que me quedaba muy ridícula la sintonía de John Williams silbada en los labios. Debía de asustarse ante mi cara de niño con barba, lloriqueando por verla junto a él, como un San Juan Bautista al que se le escapa la clientela río abajo. Me pongo muy infantil, y muy tonto, cuando recupero las banderas de mi pasado. Me puede el ansia, y la nostalgia.



            Pitufo, al principio de la película, se ha desplomado en el sofá con una actitud de desconfianza: el cuerpo agazapado, la mirada escrutadora, el reojo listo para fulminarme. Luego, al paso de los minutos, en esta película que no concede respiro alguno desde que rueda la bola gigante, he notado que su cuerpo se relajaba, que su atención se redirigía,  que el rabillo de su ojo dejaba de estudiarme con aprehensión. Terminada la función me ha dicho que le pone un ocho, y raspado. Le ha dejado muy tocado la escena de los nazis derritiéndose en la prehistoria cerúlea o plastilinosa de los efectos especiales. Pero en parte ha sido culpa mía. Se me ha vuelto a escapar la cara de tontaina, y la voz de fanático, cuando le he preguntado su opinión sobre esta reliquia mía de la infancia. Creo que le ha quitado un punto a En busca del arca perdida sólo para joderme, para darme una lección de moderación, y maduración, que ya voy necesitando. Si llego a protestar un poco más por su nota, le calca un cinco. Seguro. Es muy severo conmigo, el crío. Pero justo.


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La deuda

Veo, en la siesta recalentada de este verano interminable y extenuante, La deuda. O es una película sin músculo, o mi atención se ha ido achicharrando poco a poco en la sartén abrasada de mi sesera. La he visto entre vapores, sin mover un músculo, temeroso de desencadenar con ello la explosión de mil géiseres en mi piel. Pero el esfuerzo supremo de la inacción tampoco ha ayudado mucho a la película. Al contrario: me ha hecho fijarme aún más en lo aburrido de su propuesta.  Hasta que llegas al final, que decían sorpresivo y espectacular en la red, y resulta que lo protagoniza una agente del Mosad entradísima en años liándose a hostias con un nazi fugitivo, más viejuno todavía, en un remoto psiquiátrico de Ucrania. Ridículo todo. 



Sólo la presencia de Jessica Chastain impedirá el olvido fulminante de La deuda. Imposible no enamorarse de ella. De su boca de fruta, de su sonrisa desarmante.  Hay que ir muy despistado por la vida para encontrarse con una mujer así y no quedarse embobado, mirándola. Para no quedarse con su rostro y con su nombre en el primer encuentro. Sólo a un gilipollas como yo podría ocurrirle una cosa así. Porque he visto La deuda pensando que Jessica paseaba su pelirroja belleza por primera vez en mi salón, y luego, cuando la ha buscado en internet, ya del todo enamorado, he descubierto para mi sonrojo que ella era la esposa de Brad Pitt en El árbol de la vida, película a la que dediqué una mínima entrada en este diario sin mencionarla a ella, que levitaba ingrávida sobre el césped de su jardín, como hacen los ángeles en el paraíso de lo verde. Imperdonable, mi despiste. Vergonzoso, mi olvido. Preocupante, sobre todo, la desatención de este instinto sexual mío, decadente y plomizo, al que antes no se le escapaba ni una pieza, siempre alerta, concentrado, excitado. Hace años, Jessica Chastain no habría necesitado dos oportunidades para colarse en mi vida. No habría sufrido este desplante, este oprobio, esta desconsideración inexcusable. No la merezco. Aunque la ame con locura.



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Contagio

Veo, por la tarde, en la siesta aún pegajosa de septiembre, el penúltimo acercamiento de Hollywood al subgénero de catástrofes. Se trata de Contagio, de Steven Soderbergh, director tan mencionado en este blog para lo bueno y para lo malo. Contagio es una película fría, distante, casi documental. Aunque son millones los muertos causados por el virus, no se ven grandes masas, ni grandes disturbios. La acción transcurre en los hogares, en los despachos, en los laboratorios, con muchos personajes pululando por la pantalla anodina. Algunas de sus peripecias te secuestran la atención, pero otras, metidas con calzador para inflar el número de cameos, o poseedoras de una intención dramática que sólo Soderbergh podría explicar, sólo provocan el bostezo y el despiste. 



 Al final queda la decepción inconfesable de ver cómo el mundo logra salvarse en el último instante, gracias al tesón indomable de una científica que, por supuesto, es norteamericana y, por supuesto, es una mujer hermosa. Porque uno, en estas películas, al contrario del público general, lo que desea es que la catástrofe progrese, que los cadáveres se apilen, que la humanidad se vea reducida a la lucha animal por la supervivencia. Como ocurría en Hijos de los hombres, o en La carretera, o en el episodio inicial de The walking dead. Ciudades arrasadas, pueblos abandonados, carreteras colapsadas por los coches vacíos. Gente que se mata por una chocolatina o por un charco de agua. Ésas son, sin duda, las grandes películas. Quizá porque resultan las más dramáticas y salvajes. Quizá porque la misantropía que uno lleva en el carácter encuentra en ellas el colmo de su dicha, la culminación de su deseo más inconfesable: que todos, todos ellos, el vecino ruidoso, el compañero insolidario, el familiar insufrible, el conductor alocado, el alcalde corrupto, el banquero ladrón,  todos, todos juntos, desaparezcan de la faz de la Tierra gracias a la colisión de un cometa, o a la glaciación de los mares, o a la expansión imparable de un virus como el de Contagio. Aun a riesgo de perecer uno mismo en la tragedia. Pero en estas fantasías, precisamente porque son mías, y yo las escribo y las dirijo con pulso firme,  siempre me salvo, junto a mis seres más queridos, y a mi perrete.





   
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Tiburón

Luego, por la noche, en las vísperas todavía libres del colegio, veo con Pitufo Tiburón. Al fin ha caído el bicho. Tiburón llevaba meses entre las candidatas a ser la película compartida del día. Pero siempre, por unas cosas o por otras, se caía de la elección definitiva. Pitufo sopesaba la carátula mientras yo le contaba las mil maravillas del invento, y al final, invariablemente, se decantaba por otra película. ¿Por qué? Son las cosas de Pitufo. 



            Es la una menos diez de la madrugada cuando Roy Scheider por fin acierta con la botella de aire comprimido. Termina la película y Pitufo me pregunta cómo demonios consiguieron animar el bicho mecánico. Ha quedado fascinado por el truco, sabiendo que casi cuarenta años lo contemplan. Busco en los extras del DVD y aparece un making off que promete ser ilustrativo. Estamos de suerte. Comenzamos a verlo y a los dos minutos busco la duración total del documento en el display: ¡50 minutos!, exclamo. Pero Pitufo no capta la indirecta. Cincuenta minutos, sí, deja caer él con voz lacónica… No mueve ni un músculo para levantarse. Es la una de la madrugada y el making off viene en versión original subtitulada. Hablan los productores, los actores, los expertos que rodaron las secuencias de los tiburones reales. Spielberg cuenta sus ocurrencias durante el rodaje, sus temores, sus depresiones. Todo es interesante, instructivo, el destripamiento pedagógico de una película que se convirtió en  un clásico instantáneo. El fascinante espectáculo de las personas habilidosas y sabias explicando su oficio. Pero Pitufo tiene trece años, y vive en el anárquico siglo XXI donde ya ningún niño escucha las explicaciones de los adultos, y todo este rollo de Tiburón y sus manufactureros debería de aburrirle hasta el hastío. Su atención, sin embargo, no decae en ningún momento. A ratos pienso que es un niño excepcional, distinto a todos los demás en este entorno que nos toca vivir. Luego empiezo a pensar que el making off le está viniendo de perlas para no tener que irse a la cama, en estos últimos días de libertad veraniega. Ya no sabe uno que opinar. ¿Es un niño inteligente, un niño listo, un niño jeta? Preguntarle a él, desde luego, no iba a servir de nada. 

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La piel suave

Recupero, de las tinieblas del olvido, la que siempre tuve por mejor película de Truffaut, con excepción hecha de Los cuatrocientos golpes. La piel suave es, en efecto, una gran película, muy superior a la media del encumbradísimo cine francés de la época. Pero se ha quedado antigua, como casi todas. Su protagonista es Pierre Lachenay, un cuarentón bajito, gordito, con papada papal y gafas de concha. Su personaje es famoso, sí, porque sale en las tertulias de la tele, hablando sobre Balzac. Pero hoy en día, con semejante aspecto, y semejante currículum intelectual, no se comería un rosco en el festín de las hembras apetecibles. Puesto a ser infiel con su esposa, tendría que conformarse con una mujer del montón, de las que pasan a millares por nuestras vidas de homínidos siempre predispuestos, y conformistas con cualquier retozo.



         Sin embargo, en La piel suave, porque los sesenta eran otros tiempos, y a Truffaut le encantaba soñar con estas posibilidades, Pierre se trajina a una azafata de muy altos vuelos. Ella es joven, sofisticada, preciosa, multilingüe:  Françoise Dorleac. Los pilotos se la rifan. Los hombres de negocios suspiran por ella. Y llega Pierre, con un rollo patatero sobre cómo se autoeditaba Balzac los novelones, y la deja patidifusa de amor en un solitario hotel de Lisboa. Eso, en la Francia culta de los años sesenta, quizá tuviese un pase. Las mujeres eran distintas. Incluso las más guapas, eran distintas. A los feos del mundo aún les quedaba la esperanza de deslumbrarlas con su saber enciclopédico, con su disertar profuso sobre la nada. La inteligencia era un arma en decadencia, pero aún podía matar unos cuantos pájaros sexuales. Pero son cosas de los tiempos pretéritos, del paraíso erótico que los hombres con gafas de mi generación ya no tuvimos la suerte de vivir. 



       El planteamiento de La piel suave se ha quedado inverosímil y ridículo. Para salvar dos décadas de diferencia entre amante y amada, ahora hay que poner mucha carne en el asador, mucho gimnasio, mucha tableta. Las mujeres son, después de todo, tan superficiales y triviales como nosotros. Ya ni los graciosos se comen una rosca, así que no te digo nada los que vamos de intelectuales, o de complejos. Sólo las mujeres menos hermosas impiden la extinción de nuestros genes. Se conforman con nada y con menos, las pobres. Ellas son cómplices de la propagación perniciosa de nuestra fealdad, de nuestro intelecto coñazo. Ellas, las feas que nos aman, o que dicen amarnos, también son culpables de la decadencia de nuestra especie.


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Frasier. La crisis de los 40

El tiempo de mi vida sigue dando pasos de gigante. Ya tengo la misma edad que tenía Frasier Crane cuando trasladó sus bártulos a Seattle para trabajar en la radio. En el episodio de hoy, nuestro héroe conoce a la dependienta de una selecta tienda de ropa que parece tirarle los tejos. Ella tiene a lo sumo veinticinco años, y Frasier duda de la sinceridad de sus requiebros. Ella es simpática, y hermosa.  ¿Será amor a primera vista, inesperado y luminoso? ¿O será, solamente, el encanto calculado de quien vive a comisión de lo que vende? Frasier consulta a las amistades, a los familiares. Podría ser tu hija, le dicen. Cuarenta y un años… 



        Cuarenta y un años...
Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, cuando yo veía Frasier por primera vez en el Canal +, él era un señor mayor acuciado por los problemas de los mayores.  Un tipo calvorota, neurótico, con papada. Que dormía mal. Que vigilaba la dieta. Que contaba los cafés. Aterrado ante el declive. Transparente a la mirada de las chicas preciosas. Instalado en la cuesta abajo de la vida, como Rachel, Rachel, la maestra, como Louie el cuarentón, como yo, ahora, el Rodríguez del Noroeste, que lo vuelvo a ver en la tele y me reconozco en todas sus cuitas, coetáneos ya gracias a la magia de los DVDs y de las reposiciones.  Ahora sí que podría tomarme un café con Frasier Crane en el Nervosa, y compartir sus temores, y sus chaladuras...


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Rachel, Rachel

En este principio de curso, con la tristeza de quien regresa a la dictadura laboral del colegio, me topo en los canales de pago con Rachel, Rachel, película dirigida por Paul Newman y protagonizada por su esposa Joanne Woodward. Rachel es una colega de profesión, allá en la profundidad de las Américas, que vive el último día de clase antes de que lleguen las vacaciones de verano. Uno, al principio, teme que la película nos restriegue a los que profesores que transitamos septiembre la felicidad inmensa de los que viven alborozados en junio. Sería el colmo de la ironía. Pero no es el caso. Para la maestra Rachel, el verano es el desierto inabarcable del tiempo libre, el caudal inagotable de horas consecutivas en las que no podrá olvidar que es una mujer fracasada, al estilo de como fracasaban las mujeres de antes: sin marido, sin hijos, al cuidado esclavizado de una madre manipuladora. 



 Yo entiendo a Rachel. Su mal es el mismo mal que yo padezco. Durante el curso uno tiene el trabajo, el fútbol, el trabajo doméstico, ¡las películas!, y cuando la soledad de un tiempo muerto amenaza con abrir la puerta a los fantasmas, ahí está la llegada del sueño, fulminante, para escabullirnos por otra. Pero en verano los días se estiran, el fútbol desaparece, y el largo sueño de la noche ya no deja regresar al liviano sueño de las tardes. Uno aprovecha para ver el cine que no vio durante el curso, casi siempre malo. Hay que caminar a tientas para no encontrarse con los monstruos en cualquier esquina, acechantes, y malolientes. El verano da miedo. El sol lo ilumina todo con una luz delatora.
En el aula vacía de los niños, ante la depresión veraniega que se acerca, Rachel pronuncia este pensamiento tan parecido a las confesiones que hace Louis C.K. en sus shows nocturnos. Tan parecido, también, a mis propias reflexiones de cuarentón recién estrenado, barrigudo y decadente:
 “He llegado exactamente a la mitad de mi vida. Este es el último verano ascendente de mi vida. A partir de ahora todo será cuesta abajo, hasta llegar al final”.

 Solo que yo, me temo, llevo ya varios veranos descendentes. Rachel, con sus treinta y pocos años, no deja de ser una jovencita para mí. Envidiable y bonita, colega de los temores, cofrade de la vocación fracasada.


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