El matrimonio de María Braun

De las primeras cosas que uno oye cuando se matricula en clase de cinefilia, es que las películas de Rainer Werner Fassbinder, ¡el maestro alemán!, son el no va más de la genialidad, el cine de autor elevado a la enésima potencia de lo radical, y de lo personal. Uno, sin embargo, que se ha criado en provincias, y que se ha educado con una televisión vendida al dólar de los americanos, nunca había visto, hasta hoy, una película del insigne germano. Veinte años de cinefilia coja que han sido, por fin, reparados, con la que dicen los entendidos que es la pera limonera de su obra: El matrimonio de María Braun


       Qué quieren que les diga... Mi formación cultural, o más bien la falta de ella,  me impide apreciar estas películas en lo que seguro tienen de artístico, y de profundo. No es culpa de sus autores. Y eso que uno ha leído libros, y ha visto documentales, y entiende el trasfondo histórico de María Braun y su matrimonio fallido. Uno entiende que la prostitución de María es una metáfora de la Alemania alquilada a los americanos en la posguerra. Uno sabe del milagro económico, de los cadáveres bajo la alfombra, del orgullo herido que aún aflige el alma de los alemanes… Uno quiere interesarse realmente por María Braun, por su cónyuge encarcelado, por su vecindario famélico. Pero a los diez minutos de película, uno, que desea a toda costa volverse intelectual, cinéfilo, fassbinderiano de pura cepa, empieza a pensar, sin quererlo, en otras cosas. El final de agosto es el fin de las vacaciones, el principio de un nuevo curso, y en esta época crucial la mente vuela, calcula, se reaposenta. Uno pasa ratos enteros viendo a María Braun sin verla en realidad, como un fondo de pantalla en el ordenador agitadísimo de nuestro pensamiento. Luego la trama se estanca, se hace pesada. Hay giros de guión que le dejan a uno turulato, e incrédulo. Otros los llamarán “arrebatos del talento”, o “destellos de autoría”. Si no fuera por la belleza teutónica de Hanna Schygulla, que llena la pantalla de rubio y azul cual bandera ondeante de Ucrania, uno habría dimitido como espectador a mitad de película. Y ni siquiera es la suya una belleza que te haga soñar, o flirtear con el amor imposible: tan rotunda ella, tan robusta, tan excesivamente mujeraza.

      

       Luego, por la noche, veo con Pitufo El caso Bourne. Viene no recomendada para menores de 13 años, carátula dixit, aunque uno ya sepa, porque la vio en su tiempo, y la recuerda con cierto detalle, que se producen asesinatos varios con efusión de sangre. El caso Bourne es cine de acción, americano, despreciable. Va de espías imposibles, de amores superficiales, de persecuciones consabidas. No es cine de autor, ni de auteur. Es la película que jamás rodaría Fassbinder, aunque también la protagonice una actriz alemana de rompe y rasga, Franka Potente, sin ser rubiaza, ni tetónica.  



       Me lo paso bomba, con Bourne. Mi gusto, adocenado y acrítico, recibe las andanzas de Matt Damon como un bálsamo contra la alta cultura de los europeos. Pitufo, a mi lado, disfruta del espectáculo con los ojos abiertos como platos. Sólo nos faltan las hamburguesas y las gorras con la visera puesta en el cogote. Y el bate de béisbol tirado por la alfombra. Sé que estoy maleducando a mi hijo. Sé que le llevo por el mismo mal camino que yo recorrí. Somos dos casos perdidos. Dos chavales del barrio. Jamás nos invitarán a los canapés de los sofisticados, donde Fassbinder, y su obra irrepetible, y su visión personal, y su atrevimiento artístico, es la conversación que anima el momento del champán francés, selecto, y carísimo. 


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Attack the block

Está en una edad muy difícil, el chaval. Ya no es un niño, pero tampoco es un adolescente. El mundo de Disney le queda muy lejos; el mundo de los muchachotes que se matan a pajas, también. Uno quiere dar en el clavo con las películas, y ofrecerle cosas que no pequen de ñoñería, pero que tampoco le avergüencen, o le sobresalten, con un adulto de carabina sentado a su lado.
Attack the block es una película que viene muy recomendada en los círculos de la juventud. La protagonizan cinco macarras con sudadera que se enfrentan a la invasión alienígena en los suburbios de Londres, a hostia limpia, armados de bates de béisbol, de armas blancas, y de mucha mala follá en la mirada. ¿No recomendada para...? Menores de 13 años. ¿Muertes? A porrón. ¿Tacos? Un cosechón, fecundo y variado. ¿Sanguinolencias? Digamos que de gore descafeinado. ¿Desnudos? La película no iba de eso. ¿El 13 de la recomendación? Quién sabe.




       Luego hemos bajado al parque. Pitufo juega unas partidas de ping-pong con otros muchachos de su edad. Uno de ellos, cuando golpea la pelota, emite gruñiditos de fatiga. Un amigo suyo, mientras espera el turno, comenta: “Se parece a la Sarapova cuando grita, que parece que se la están follando”. Todos los chavales, incluido Pitufo, se ríen. Más tarde, por la noche, en la portada de los telediarios, aparecen los huesos calcinados de dos pobres críos desaparecidos hace un año en el Sur. Se dan pelos y señales sobre el poder calorífico que tuvo que haberlos reducido a semejante estado. A los pocos minutos, quince mantas ensangrentadas cubren nuevos cadáveres en la guerra sin fin de la Tierra Prometida. Un miembro de la realeza se ríe en nuestra puta cara después de habernos robado –presuntamente, of course- los millones. La violencia campa por doquier. La película de la tarde ya no parece tan salvaje, ni tan inadecuada. 
         Con Attack the block, por lo menos, te reías un rato.



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El otro

Gentes muy entendidas en el arte de la actuación me recomiendan, con gran profusión de alabanzas, El otro, película argentina que protagoniza un actor por el que dicen beber los vientos, y arrodillarse en pleitesía: Julio Chávez. Yo les miento, por supuesto, y les digo que es un tipo al que ya conozco de otras películas, cojonudo y tal, de registros amplísimos, y de repertorio inmensurable. No sé si me creen, pues miento igual de mal que las monjas novicias, pero tengo que mantener la pose de cinéfilo global, que no sólo sabe de cine norteamericano, o español, o de las películas de Pixar vistas con el chaval, sino que es capaz de mantener conversaciones sobre las filmografías del Cono Sur, o del Extremo Oriente. Mi prestigio, entre los cinéfilos de verdad, es ínfimo, y tengo que defenderlo con uñas y dientes, tan delgadito él, como un tallo recién brotado.



       Me enfrento a El otro esperando ver una película argentina como todas, con mucha verborrea, mucho actor simpaticote, mucha mina que sin ser bella tiene el encanto irresistible de su dicción rioplatense.  Y lo que me encuentro, anonadado, es la otridad, la cara menos conocida del cine argentino. Su versión más arcana y minimalista. La película indescifrable que apela a la pasión nacional por el psicoanálisis ¿Cómo describir una película como El otro? Un tipo que viaja a otra ciudad, usurpa la identidad de un muerto, se tira a la Dulcinea más hermosa del villorrio y luego regresa a su vida como si tal cosa hubiese sucedido, sin aparente moraleja, sin vitales aprendizajes que el espectador pueda aprovechar para su aventura personal. ¿O he sido yo, quien sorprendido con la propuesta, no he llegado a entenderla? ¿Tan obtusa me han dejado la mente las cinefilias norteamericanas? Y más aún: ¿quién ha visto, en realidad, esta película? ¿Yo, yo mismo, el sujeto que esto escribe? ¿O fue, quizá, el otro, el yo que usurpa mi identidad a la hora de la siesta y ve el cine medio amodorrado y medio estupidizado?  


       Inmenso, sí, Julio Chávez. Supongo. ¿Cómo distinguir una interpretación minimalista de una no-interpretación, o de una interpretación sólo al alcance de los mejores? A los expertos encomiendo mi juicio.
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Barbarroja

Comienzo a ver Barbarroja convencido de que es una película más de hostiazas y espadazos entre samuráis. Es en blanco y negro, de Kurosawa, con Toshiro Mifune en el papel principal... No hay equívoco posible. Sin embargo, al cuarto de hora, me veo inmerso en un drama de médicos con coleta que gestionan una clínica rural para pobres. Una clínica comunista, todo hay que decirlo, porque aquí, además de diagnosticar las enfermedades, los médicos se preocupan de las causas sociales que las provocan: de la pobreza, de la explotación, de la usura de los ricos... Y no cobran, además, a los más harapientos. Una película, pues, que presumo será poco a poco apartada de las programaciones, olvidada por casualidad en los ciclos dedicados al maestro japonés. Para que no cunda el ejemplo, y no surjan las preguntas incómodas, ahora que la salud habrá que pagarla, y copagarla, con unos extras exprimidos al bolsillo.


       Pero no todo en Barbarroja es enfermedad y pobreza. También hay alguna pelea que rompe la monotonía y mata el gusanillo de las espadas y las cabriolas. En su última película juntos, Kurosawa le permitirá a Mifune una exhibición final de sus habilidades marciales.  Será en el burdel del pueblo, contra una pandilla de proxenetas que le impiden cuidar de una prostituta enferma. Mifune los destrozará sin despeinarse un pelo de la barba, a pleno cachete, como un Bud Spencer de los barrios de Kyoto. La última de sus peleas para el maestro. El último desahogo de la testosterona. Una paliza crepuscular.


       En las casi tres horas que dura Barbarroja hay tiempo para todo: para estremecerse con la belleza de algunos paisajes; para bostezar con el movimiento ralentizado de los personajes; para ensimismarse con la poesía visual de algunas escenas; para sentir vergüenza ajena cuando los actores sobreactúan y dejan de hacer cine para representar una obra del teatro kabuki. Una mente obtusa y occidental como la mía, enfrentada al cine japonés,  trata de recoger las flores apartando las espinas. Sólo hay que tener un poco de paciencia para recoger el premio de un diálogo profundo o de un momento bellísimo, que siempre están al caer. Los largo-largometrajes japoneses son ejercicios sintoístas de la paciencia, prescripciones orientales contra la prisa. Me vienen bien, de vez en cuando...


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Conocimiento carnal

El problema de Conocimiento carnal es que ya no puede escandalizar a los hipersexualizados espectadores del siglo XXI. Hace cuarenta años la película levantaba erecciones, arrancaba grititos, encendía debates... Ahora sólo es una curiosidad antropológica sobre el cine liberal de los años setenta: el que asustaba a las viejas, el que atareaba a los censores, el que provocaba soponcios entre las amas de casa.



       Las conversaciones de Nicholson y Garfunkel sobre si sus novias universitarias se dejarán tocar las tetas por encima del jersey, provocan, oídas ahora, en la posmodernidad de lo pornográfico, casi la risa. Uno, que ya va para viejo, todavía vivió esos coletazos del puritanismo, y se reconoce en las cuitas amatorias de los protagonistas. Éramos así de inocentes y de románticos. Unos caballeros andantes, comparados con la muchachada de hoy en día. Ahora pasas por delante de cualquier instituto y las “fases aproximativas” de Conocimiento carnal aquí son lecciones de la vida aprobadas en Educación Primaria. Los adolescentes contemporáneos están a diez mil años sexuales de aquellos mojigatos universitarios de los setenta. Y de nosotros, los cuarentones, que llegamos tan tarde a la revolución de las costumbres. 



           Luego, a partir de la media hora, la película deriva hacia aburridas escenas del matrimonio, con mucha discusión sobre si “ya no lo hacemos tanto como antes” o  “empecemos de nuevo con lo nuestro”. Lo hemos visto cientos de veces en otras películas. Nos sabemos de memoria los diálogos y las reacciones. Se nos desencajaría la quijada en un bostezo si no fuera porque ella, la mujer que discute con Nicholson, es Ann Margret. Su belleza es lo único intemporal que atesora la película. Y cuando hablo de su belleza, hablo de su belleza casi íntegra, en inusual acontecimiento de las películas antiguas.. Me costó encontrar a Ann en una película decente –aunque indecente-, pero cuando por fin lo hice, me fue regalada de una vez por todas, sin acercamientos progresivos. Porque en Conocimiento carnal hay, además de mucha verborrea, mucho carnal conocimiento. Pero no vayan ustedes a pensar: se atisba, más que se ve; se adivina, más que se calibra; se calcula, más que se examina. Hay que ver con qué habilidad se manejaba por entonces la sábana, la sombra, el montaje aguafiestoso. Ann Margret es el único escándalo que sobrevivió a la película. Su más firme legado. 





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Los hombres que no amaban a las mujeres

Termino de ver Los hombres que no amaban a las mujeres en versión Fincher, y la misma pregunta que rondaba mi cabeza cuando vi la versión sueca, o cuando leí las novelas, se ha presentado de nuevo con su ágil y pertinaz aleteo, aplazando los debates estériles sobre la pertinencia de las versiones: ¿sería usted capaz de enrollarse con una mujer como Lisbeth Salander? 


       Imagine que usted recala en Estocolmo en el transcurso de un idílico crucero compartido con su  esposa, y con su insoportable suegra. Usted, harto de oír sus quejas sobre el frío, o sobre la calidad mejorable del servicio, la deja en el barco y se lanza a recorrer las nórdicas calles en solitario. Cabizbajo, comprende que su vida allá en la provincia española es un timo de mucho cuidado. ¿Quién le devolverá, ya fofo e inerecto, el esplendor en la hierba, la gloria en las flores? No es usted viejo, ni mucho menos, apenas cuarenta y pocos años mal llevados. Pero ya parece un muerto en vida. De pronto, al doblar una esquina, usted la ve, a Lisbeth, la heroína de las novelas de Stieg Larsson,  la chica listísima de la cerilla y el bidón de gasolina. Qué casualidad. Estocolmo debe de ser un pañuelo, como todas las ciudades. Pero no tiene tiempo para discurrir nada más, porque ella está tirada en el suelo, gritando ayuda en un idioma sueco que usted entiende a la perfección, porque lleva años estudiándolo en la clandestinidad de su habitación, soñando con una sueca rubísima que le pide ayuda con una sombrilla, o con un bronceador. A Lisbeth le sangra la nariz, y la boca, y un tipo con cara de bestia que está a horcajadas sobre ella intenta abrir nuevas vías de escape a la sangre. Le está soltando unos buenos mamporros con el revés de la mano, mientras con la otra trata de desplegar una navaja diríase albaceteña de no estar tan lejos de La Mancha. ¿Una matón pagado por la familia  Wennerström? ¿Tal vez el hijo del abogado Bjurman, igual de pirado que su padre ¿Una reyerta entre hackers informáticos?¿El marido ofendido de una esposa secretamente bollera? Quién sabe. Ya sabemos que Lisbeth es un terremoto andante, que causa estragos en cualquier lugar donde pone sus pequeños pies. Usted duda unos instantes antes de acudir en su ayuda, pero Lisbeth, aunque sea morena, y una punky, y una excéntrica, ¡es una sueca! Es la oportunidad que usted llevaba tantos años esperando. Y sólo hay un viandante en la calle para salvarla.


       Minutos más tarde será la propia Lisbeth quien le cuente, en una cafetería pulcrísima de las cercanías, cómo usted apareció de la nada como una exhalación: cómo se lanzó sobre el tipo, cómo le soltó un iniéstico puntapié, cómo se abalanzó sobre la navaja caída y la esgrimió ante su jeta con la cara de mala hostia de un bandolero de la Sierra Morena. Usted no recuerda nada, pues fue poseído por el demonio poderoso y amnésico que se encarga de fabricar a los héroes. Pero la cree a pies juntillas. Es una mujer fascinante, en la distancia corta. Irradia magnetismo y sensualidad. Mientras ella trata de contarle quién era el cabronazo que la atosigaba, usted ya vuela muy lejos del incidente.  Siente que el vello de las piernas se le eriza, que las dendritas mustias del pene reciben señales que llevaban años silenciadas.  Usted se está enamorando de Lisbeth. Y de pronto, una chispa salta de sus ojazos negros y maquillados. Apenas un destello, pero inequívoco. Usted lo ha visto en miles de películas, y sabe muy bien de qué se trata. Lisbeth también se está enamorando de usted. Al fin y al cabo, es el caballero español que acaba de salvarle la vida. Tal vez sólo quiera agradecerle el gesto en la intimidad de su cama, en un revolcón intensísimo pero único. O tal vez se esté enamorando como una colegiala, como una tonta, destrozado su gótico y pintarrajeado corazón. Quizá ya está anticipando el futuro aspecto de sus hijos, hispano suecos, o sueco hispanos, uno rubio y otro moreno, como Zipi y Zape, como Zippilsson y Zappelssen, los hermanos García Salander. 


      Y usted, aunque enamorado hasta las cachas, duda por un momento. ¿Qué aportaría a mi vida una mujer así? ¿Inteligente? Como ninguna. ¿Adinerada? Después del palo que le pegó al señor Wennerström, pocas habrá con tanta pasta ¿Hermosa? Todos sabemos que bajo los piercings y las chupas de cuero se esconde una mujer tan guapa como Noomi Rapace, o como Rooney Mara, de rostros como ángeles y cuerpos como adolescentes. ¿Lesbiana? Aquí ya todos somos liberales, y europeos, y al primero que no le ponga una lesbiana que levante la mano. ¿Loca? Como una puta cabra, sí. Como todo el mundo. ¿Y los infinitos problemas que le causará su vida desordenada, su grupo de amistades, su predilección por el filo de la navaja?  Usted piensa en la alternativa, en el barco anclado en el puerto, en su señora quejándose de su tardanza, en su suegra poniéndole a parir con ese tonillo de alfiler malévolo. Usted piensa en la vida que le aguarda en la provincia, allá para septiembre. Y ante tal visión aterradora de la patria, usted da el paso. Con una mano coge las finísimas muñecas de Lisbeth, y con la otra, decidido como un don Juan de España, le ciñe suavemente el cuello por detrás y empuja su cabeza contra la suya, la boca hispana contra la boca suecosérrima. Lisbeth duda, una décima de segundo, y luego cede. Su boca sabe a tabaco y a mermelada. Es la nueva fragancia que inundará su vida. 




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Little voice

Qué bueno es, Michael Caine. De joven y de mayor; de histrión y de sobrio; de actor principal y de relleno con caché. Da lo mismo. Sale aquí, en Little voice, haciendo de representante hortera de estrellas de cuarta fila, y es que lo borda, el tío. Camisa ridícula, medallón al pecho, patillas de rockero añoso… Michael puede con todo. Qué poco se le valora a este hombre. Busquen en las listas, en las infinitas listas sobre los mejores actores de la historia y bla, bla, bla... Sólo en algunas, en las más juiciosas, aparece el señor Caine asomando tímidamente la patita, entre los más rezagados del pelotón. Qué desvergüenza, qué desagradecimiento.


       “Buenas noches, príncipes de Maine, ¡reyes!, de Nueva Inglaterra”, les decía cada noche a sus huérfanos en Las normas de la casa de la sidra. Y cada vez que alguien, en la vida real, o en la fantasía de las películas, le dice buenas noches a un niño, me acuerdo de esta frase. Es un resorte automático. Me sigue emocionando como la primera vez, no sé por qué. Michael Caine -y el que le dobla, claro- se ha instalado en mi memoria como un amigo entrañable, sin conocerlo de nada.



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Rubicon

Termino de ver la primera temporada de Rubicon a sabiendas de que ésta es su única temporada. No vine engañado. Sabía que al final iban a quedar cabos sueltos que ya nunca serían atados por ningún guionista. Pero nunca imaginé que fueran tantos. Llamarlo coitus interruptus sería quedarse corto. Uno esperaba que la trama principal quedara cerrada, y que luego, en un último minuto de vértigo, con la traición de algún personaje principal, o la revelación sorpresiva de algún gran secreto, se abriera otra puerta que invitara a ver una segunda temporada. Es el procedimiento que consta en el manual. Pero aquí, en Rubicon, se ve que andaban muy confiados de seguir el año siguiente, y se fueron de vacaciones con los papeles tirados sobre la mesa de trabajo. Tenían un buen producto entre manos, eso es cierto, pero el dinero, salvo honrosas excepciones como The Wire, hace más caso a las audiencias que a las calidades.


       Aun siendo una serie notable, Rubicon no consigue que nos quedemos con la boca abierta cuando nos descubre los grandes secretos de la humanidad. Que el mundo lo gobiernan desde las sombras cuatro hijos de puta es algo sabido desde el tiempo de los romanos. Rubicon pretende que exclamemos un sonoro ohhh! donde el público medianamente informado introduce un eso ya lo sabíamos. Nos interesa más el mundillo de los espías, la vida secreta y apasionante de los funcionarios hiperinteligentes. Si algo nos queda de Rubicon es ver a estos tipos trabajando: sus análisis, sus debates, sus deducciones. El espectáculo siempre gratificante de personas capaces que exponen y razonan. Eso que nunca se ve en nuestra vida cotidiana, donde los idiotas y los ignorantes llevan la voz cantante en cualquier reunión de trabajo.


   
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Patton

Recuerdo haber visto Patton de niño, con diez o doce años, en un reestreno para la pantalla grande que entonces era práctica habitual. Había batallas, tanques, cañonazos, y el general soltaba muchas veces la expresión “hijo de perra”. La fiesta absoluta para un niño de barrio. Eran una fiesta, sí, las películas de guerra. Nunca nos perdíamos una cuando la daban en la tele, o cuando la ponían en el cine. Sobre todo si era de la II Guerra Mundial, que nos la sabíamos de cabo a rabo, desde las playas de Iwo-Jima hasta las playas de Dunquerque. 



       Si caía un soldado alemán nos alegrábamos, porque ellos eran los malos, los jodidos teutones. Caían a decenas, en cada cañonazo, lanzados al aire como guiñapos por la fuerza tremebunda de la onda expansiva, portadora de la verdad y la democracia. Siempre se llamaban Otto, o Hans, o Karl, y merecían la suerte que les había deparado el destino, por estar en el lado equivocado de la trinchera. Sentíamos pena, en cambio, si el que moría era un soldado americano, porque era una muerte siempre injusta, agónica, en la última bala de los diez ametrallamientos que lo persiguieron, con música muy sentida mientras transmitía sus últimos deseos a los compañeros. Al final siempre lo enterraban en una fosa improvisada con su fusil haciendo de cruz, y en la culata grababan Sam, o Bill, o Jim, el nombre invariablemente monosilábico del muchachote que se había ganado nuestra simpatía porque guardaba bajo el colchón la foto de su novia rubiaza en bikini.



       De niños teníamos estos sentimientos, sí, pero no íbamos al cine para conmovernos por el drama humano. Sabíamos que esas batallas no eran inventadas, que habían causado muertes reales en escenarios sangrientos del pasado. Pero era un conocimiento sin emoción, neutro, como el que se aprende en un libro de texto. A nosotros nos interasaba ver en acción a los Panzer, a los Stukas, a los Spitfire, a los lanzallamas que casi siempre llevaban los alemanes, y que arrasaban con un montón de soldados aliados a la vez, en un churrascazo de mucho cuidado que nos dejaba muertos de envidia. Quién tuviera uno así, en el cole, para freír a unos cuantos capullos en su punto… Éramos unos pequeños psicópatas, unos pequeños cabronazos insensibles. Unos monstruos fascinados por la tecnología de la muerte.



       Hoy he vuelto a ver Patton. Es una película que se ha quedado vieja. Muy vieja. Ya no puede conmover a nadie, excepto a los carcamales que sueñan con pasados heroicos, y con marchas militares sobre Cataluña. Hoy en día, la glorificación de un militar es igual de ridícula que la glorificación de un político. O de un obispo. Ya sabemos quiénes son, los unos y los otros. Sabemos de sobra qué les anima, qué les reconcome, qué les mueve a la acción. Qué mierda esconden detrás de las grandes palabras y de los grandes gestos. No son trigo limpio. Nunca lo fueron. Patton, la película, con su amable retrato del generalote malhablado y campechano, ya es prehistoria del cine.



       El general Patton, setenta años después de sus hazañas bélicas, cuarenta después de su beatificación cinematográfica, mueve más a la risa que a la loa. Ya no infunde respeto, el personaje. Hay un momento en la película, enfrascado en su reyerta personal con el general Montgomery, en el que decide sacrificar a buena parte de sus soldados para ser el primero en tomar Messina. Sólo para eso. Los altos mandos le riñen, le dicen que eso no está bien. Le dejan sin jugar unos cuantos meses, alejado de sus divisiones, pero luego, porque necesitan de su psicopatía y de su carácter indómito para vencer a Hitler, le envían a Francia para seguir comandando un ejército. Lo triste no son los sucesos, ya inevitables y sabidos. Lo triste es que la película condesciende con el personaje. Son las cosas del abuelo, parece decirnos. Es que está un poco gagá, el jodido viejete. Un personaje muy culto y muy versado en poesía, se nos remarca varias veces en el metraje. Un tipo entrañable, y muy leído. Un visionario, además, de la Guerra Fría, que nada más terminar la II Guerra Mundial ya quería invadir Polonia de nuevo, como el otro. La hostia, el bueno de George. En el fondo, un incomprendido. El genio universal de la estrategia. El portador de los valores eternos del US Army. Que se lo digan a los soldados que murieron en Sicilia por su culpa, innecesariamente, sólo porque a George le picaba el ego. Cojonudo, el Patton…


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Sans Soleil

Venía muy recomendado este documental francés, Sans soleil, del recientemente fallecido cineasta Chris Marker. Un embrujo, un ensueño, una poesía filmada… Cosas así decía la prensa, y se escribían en los foros. Y quizá fuese así, en el año 83, cuando nada sabíamos de Japón -del Japón, decíamos- y cualquier parrafada poética que sonara a orientalista nos dejaba el alma arrebatada. Pero ahora, casi treinta años después, Sans soleil no pasa de ser un documento curioso, entretenido, y muy pedante. Han sido treinta años muy fructíferos en lo que al conocimiento de Japón se refiere: muchas siestas de La 2, mucho canal Viajar en las plataformas de pago, muchos españoles por el mundo que terminaban recalando allí por trabajo, o enamoriscados de una geisha complaciente… 


       Ahora paseamos virtualmente por las calles de Tokio y nada nos sorprende en demasía. Ya sabemos tanto de los japoneses como de los extremeños. Sans soleil redunda, pero no aporta. Y en algunas cosas, como en la parte dedicada a la esencia taoísta de los videojuegos, o un rollo parecido, se ha quedado antiquísimo. Tanto como el PONG de Atari. O la primera película de Tron.


       El sueño de la tarde se ha vengado con creces viendo Sans Soleil. Sus morreos juguetones han rendido mi cuello en varias ocasiones, adormecido por su droga.
       ¿Hay alguien, de verdad, entre tanto entusiasta del documental, que entienda el sentido último de lo que narra la voz en off? ¿Hay alguien que sepa explicar esos saltos narrativos que de repente nos conducen a Cabo Verde, o a Islandia? ¿Qué pretende Sans soleil? Más allá de sus bellas imágenes, su discurso resulta arcano, y cargante. Eso sí: quien tenga la suerte de escuchar la voz original francesa, podrá disfrutar, si no del contenido, sí del continente. Poco importa que el discurso sea inconexo y pretencioso si la voz de esta mujer, Florence Delay -gracias, IMDB- te acaricia el oído con la suavidad de una amante. Ya he dicho en algún sitio que en francés, si es una mujer quien te habla, todo suena a seducción y a sexo presentido. Aunque sean filosofadas sobre el carácter peculiar de los nipones. Sans soleil es, en ese sentido, un documental erótico como pocos. 


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Una mujer en África

Durante unas horas terribles del atardecer he temido estar loco. Loco de remate. De los de verdad, de los que son conducidos al manicomio arrastrados por cuatro forzudos de bata blanca. O eso, o un delirium tremens sin alcohol. O un rapto psicótico sin marihuana. O un traumatismo craneal sin accidente. Así he pasado la tarde, con el sofocón, barajando las distintas explicaciones de mi mala cabeza, hasta que los foros de internet, a veces tan frustrantes, a veces tan salvíficos, vinieron a mostrarme que no estaba loco, o que al menos mi locura era ampliamente compartida. Que Una mujer en África, dijeran lo que dijeran algunos críticos insignes, era una sandez inexplicable, inexplicada, el despliegue emocional de una Isabelle Hupert entregada a la causa de la nada, entrando y saliendo del jodido cafetal sin más propósito aparente que entrar y salir. 


Tengo que apuntar el nombre de estos críticos, en una libreta. Siempre lo digo, pero nunca lo hago. Luego pasa el tiempo y se me olvidan sus nombres. Y así nunca me desembarazo de ellos, porque tarde o temprano vuelvo a toparme con sus gustos antipodianos, con sus opiniones marcianas, con la autoridad intimidante que otorga el escribir en un periódico de prestigio, o en una web de lujo, aunque suelten, sin que les tiemble la escritura, que Una mujer en África es la obra maestra del último cine francés. Tengo que apuntarlos, sí… A estos sospechosos habituales.



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Conspiración de silencio

Mientras los pueblos de España celebran sus fiestas en honor a la Virgen, yo, escondido en la oscuridad del salón, me rasco la cabeza preguntándome por qué estoy viendo Conspiración de silencio a la hora de la siesta. Y no porque sea una mala película, ni mucho menos, aunque Spencer Tracy haciendo de héroe viejuno y manco en el Far West sea una cosa de mucho pasmo. El guión juega sus cartas con habilidad, y los actores tienen carisma y jetos contundentes. Por ahí pululan Walter Brenan, Lee Marvin, Robert Ryan, hombres hechos y derechos que nacieron para bordar estos papeles de pistoleros curtidos. Ya digo que no es una mala película, aunque grandiosa, la verdad sea dicha, tampoco.


       Sucede, simplemente, que no puedo rebobinar el hilo mental que me llevó hasta Black Rock. ¿A quién perseguía yo cuando me topé con Conspiración de silencio? ¿A Spencer Tracy, quizá, que es uno de los espíritus sagrados que más se pasean por mi televisor? Es la opción más probable, porque Lee Marvin, por muy buen actor que sea, es un tipo al que me voy encontrando por casualidad, como esos amiguetes sin cita que suelen aparecer por el bar. Y el director de la función, John Sturges, apenas es un conocido al que saludo de vez en cuando. Preguntado así, a bocajarro, sólo podría mencionar de su obra Los siete magníficos, y La gran evasión. Mi ignorancia es, como ya ha quedado patente, lamentable en muchas materias. Mi pretendida cinefilia no es más que un queso gruyere con más agujeros que queso. El cinéfilo fetén se echará las manos a la cabeza cuando lea estas cosas (si es que algún cinéfilo fetén llega a leerlas). ¡El gran John Sturges, ninguneado por este mequetrefe! ¡El soberbio artesano, el gran maestro, el clásico director, maltratado por este mentecato que dice ser aficionado al cine! Pues sí, señores. Así son las cosas. No les voy a quitar la razón. Pero eso no hará que me ponga a bucear en su filmografía. Y no es que me regodeé en el error, que me bañe alegremente en las profundas lagunas de mi desconocimiento. Es, simplemente, que ya no tengo tiempo para rectificar. ¿La filmografía incógnita de John Sturges o los próximos estrenos en la tele de pago? ¿Los inicios prometedores de John Sturges o la enésima temporada de mis series preferidas? ¿La época de madurez de John Sturges o el repaso gozoso a la filmografía íntegra de Azcona y Berlanga? Estudiaré a John Sturges en otra vida, con todo el tiempo otra vez por delante, con un aprendizaje más sistemático, con una paciencia más refinada, con un tutor que me enseñe bien las lecciones, una a una, sin saltarme ninguna esencial. Como si han hecho los alumnos más veteranos y aplicados,  al parecer.


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El milagro de Ana Sullivan

Siguiendo los caminos inexcrutables que marcan los dioses del cine, me topo, sin pretenderlo, con una de las pocas películas que trata las cosas de mi oficio. Cuando entré en El milagro de Ana Sullivan yo iba en persecución de Anne Bancroft, actriz de los tiempos pretéritos que me había seducido en El graduado. Había algo muy verdadero en aquella interpretación de mujer madura que rezumaba cinismo y amargura. Algo que merecía la pena ser indagado.



            Lejos estaba yo de saber que Ana, haciendo de Anne, iba a robarme dos horas de mis vacaciones  para devolverme, aunque sólo fuera mentalmente, al trabajo que me da de comer. Porque ver a Ana Sullivan enseñándole maneras a ese ciclón de la naturaleza que era la niña Hellen Keller (ciega, sorda, ingobernable), me ha recordado al yo mismo que  trabaja con sujetos parecidos, aunque aquí no existan los milagros, ni suenen músicas floridas acompañando los momentos de conexión. Ni, por supuesto, suenen fanfarrias celestiales cuando el alumno aprende algo o comprende una instrucción. Nuestro oficio, a este lado de la pantalla, transcurre sin una banda sonora que subraye los éxitos y los fracasos.



            Es un subgénero muy poco trabajado en el cine, éste de la educación de niños con graves minusvalías. El pequeño salvaje, de Truffaut, es quizá la obra más conocida y recurrente, supongo que porque es, precisamente, de Truffaut, y porque es además un acercamiento notable e ilustrativo. Lo raro es que uno, que se pasa media vida en el colegio de educación especial, y luego la otra media viendo películas, nunca hubiera oído hablar de El milagro de Ana Sullivan, que es la intersección natural de ambos caminos. Es como si un cinéfilo aficionado a la doma de caballos jamás hubiese oído hablar de El hombre que susurraba a los caballos. Tuve que enamoriscarme de Anne Bancroft para encontrar este secreto tan bien escondido de mi oficio. El sexo, una vez más, como motor del mundo, y de mis cosas. 



    El milagro de Ana Sullivan no es, precisamente, una película complaciente. Plantea muchas cuestiones incómodas en su tortuoso discurrir. Para el espectador moderno no es agradable presenciar la -vamos a llama- metodología antigua que se gasta la señorita Sullivan. Hay milagro, sí, y hasta campanas de gloria al final de la película, pero es un milagro que se suda y se pelea en cada escena. Para los padres de niños problemáticos, Anne Sullivan es un personaje molesto, que suelta verdades tan honestas como hirientes. Para el profesional del oficio, El milagro de Ana Sullivan es el reverso oscuro de la terapia. No se puede citar como ejemplo didáctico, ni se puede proyectar en las escuelas de formación. No se puede confesar, casi, que uno la ha visto. Y si se confiesa tal cosa, hay que hacerlo con el único propósito de denunciarla. Como hacían los censores con las películas subiditas de tono.



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El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina

Y aquí está, por fin, la primera película búlgara de mi vida. Se hizo de rogar, pero cuando llegó, lo hizo con el título más largo imaginable: El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina. Frase que pretende ser un canto a la vida, un acicate a nuestra lánguida voluntad, y que esconde algo de verdad y mucho de mentira. Que el mundo sea grande es asunto relativo y de mucha discusión, como bien saben los que viajan a Moscú y se encuentran al vecino del quinto en la Plaza Roja. Y que la felicidad esté a la vuelta de la esquina, siendo muchas veces verdad, nada dice de la posibilidad real, casi siempre nula, de alcanzarla. Ahí está, sin ir más lejos, el despacho de quinielas que nunca me hace rico, o la rubia preciosa cuyo asentimiento me haría un hombre feliz. Ahí están, tan cerca, y tan lejos…


       Ahora que ya no hay tanques soviéticos rondando por sus calles, los países del Este aprovechan sus películas  para soltarle unos palos al comunismo. Ahí están los extintos alemanes repúblico-democráticos, con Good bye, Lenin o La vida de los otros, o los polacos, con Katyn, o Popieluzsko, tan grata esta última a nuestra ultraderecha católica. Los rumanos dejaron testimonio de los grises tiempos de Ceaucescu con 4 meses, 3 semanas y 2 días, y los checos, pioneros en la denuncia, ya habían protestado lo suyo en Kolya, o en La insoportable levedad del ser, aunque esta última la pagaran los americanos, y saliera en ella la belleza divina de una francesa muy chic. Eso sí: tuvieron que ser los mismísimos rusos quienes gracias a Nikita Mijalkov filmaran la crítica más demoledora contra el sistema soviético, la más honda, la más poética, la que es distinta a todas las demás: Quemado por el sol.


       Del cine búlgaro, en cambio -como del húngaro, o del eslovaco- nada sabíamos hasta la fecha de sus pleitos con el pasado. Y poco, muy poco, de la propia Bulgaria. Que su capital es Sofía, que su idioma es el búlgaro, y que sus servicios secretos -¡comunistas!- estuvieron implicados en el atentado de Alí Agca contra Juan Pablo II. También que en tiempos los búlgaros fueron romanos, luego otomanos y más tarde -pero que muy tarde- europeos. ¿Búlgaros famosos?: Stoichkov, claro, y Berbatov, que casi le joroba la Novena al Madrid cuando jugaba en el Bayer Leverkusen. Y a partir de ahí un caótico collage de halteras bigotudos, sudorosos luchadores y preciosas gimnastas contorsionándose con aros y pelotas. Poco más.
       Por eso, porque somos muy ignorantes, se agradecen las películas que vienene de países tan ignotos, ya que además de una historia que nos conmueva, nos traen noticias de cómo son sus gentes: qué comen, a qué juegan, cuán bellas o feas son las mujeres que pasean por sus calles. De El mundo es grande y tal y tal, yo, la verdad, he sacado poca cosa. Ni una aventura que me conmueva -tan llena como está de clichés lacrimógenos- ni mucha información sobre cómo son nuestros euroamigos de Bulgaria. He aprendido, eso sí, que allí juegan mucho al backgammon. A todas horas. Que el backgammon, más que un juego, es una metáfora nacional de la vida. Que los abuelos regalan a sus nietos un tablero de backgammon como ritual de entrada al mundo de los adultos. Que el backgammon tienen pinta de ser un estrujamentes de mucho cuidado. Y cosas así. Porque sucede que una mitad de la película transcurre en Alemania, de cuya fauna y flora ya lo sabíamos casi todo, y la otra mitad en una taberna de la Bulgaria rural, que lo mismo podría ser el bar Paco de Villamulas del Peral, con su tabernero, sus parroquianos, sus mesas de formica. Floja como película, escasa como documental. La olvidaré, muy pronto.

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Últimos días de la víctima

Emperrado en la tarea de completar mis círculos imperfectos, veo, o más bien malveo, Últimos días de la víctima, argentina película de Adolfo Aristarain. Y digo malveo porque la única copia que internet ofrece es una versión sacada de un VHS casero, con imagen borrosa y sonido lamentable. Millones de hispanohablantes aficionados al cine no han sido capaces, en años, de colgar en la red una versión más apañada. Y es extraño, porque por muy vieja que sea la película, se trata de Aristarain, y de Luppi, dos pesos pesados a ambos lados del Atlántico. Así que uno, a pesar del cabreo, debe dar gracias a este inspirado fulano -o fulana- que un buen día decidió que su cochambrosa grabación podía serle útil a alguien.



            Últimos días de la víctima es un thriller patagónico que no consigue emular la atmósfera que sí crean sus primos californianos, aunque Luppi, como siempre, se deje el bigote en el intento. Pero debo de ser su único espectador defraudado. Leo las opiniones en internet y todo son loas y alabanzas. El que menos la pone de magistral, y de thriller modélico. ¡Su guión lo firmaría el mismísimo Borges, o el mismísimo Kafka!, claman los más entusiastas. Y yo, ante tal torrente de simpatía, me siento como un estúpido en mitad de la multitud, a solas con mi hosca opinión, que es la mía, faltaría más, pero en la que es evidente que algo no funciona. Algo me he perdido que los demás opinantes, todos de muy alta prosapia, sí han visto en Últimos días de la víctima: un tono, una alegoría, un magisterio. En las otras películas de Aristarain yo era uno con la masa que aplaudía casi unánime. Pero ahora vuelvo a ser el Jeremíah Johnson de las estribaciones cantábricas. Vuelvo a ser el cegarato de la platea, el despistado de lo artístico, el más estúpido de los espectadores. Tendría que volver a verla, para deshacer este equívoco. Repasarla con otra atención, con otra actitud, más sentado que tumbado, más despierto que somnoliento. Hay películas que no se pueden ver a la hora de la siesta. Lo mío es de una falta de profesionalidad que produce grima. Pero para verla de nuevo tendría que volver a descargarla, pues la he borrado del disco duro en un arrebato de decepción. Otra vez el tiempo infinito de la descarga, otra vez la imagen pésima y el sonido cochambroso…


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El vuelo de la paloma

Cuánto nos reíamos, en los años ochenta, de los fachas. Los ridiculizaban en las películas españolas, como espantajos risibles del pasado. Y nosotros aplaudíamos felices y liberados. Qué tontos fuimos.
            Termino de ver El vuelo de la paloma, comedia entrañable del dúo García Sánchez y Azcona, y una insidiosa melancolía se instala en mi ánimo. Aquí se ríen de un fascistilla que regenta la Asociación de Amigos del Tirol, y que se pasa todo el día asomado al balcón, lanzando proclamas, exhibiendo banderas, riñendo a los artistas que ruedan una película en su plaza por no hacer películas como las de antes, como Raza, como ¡A mí la legión!, como Los últimos de Filipinas... Cuánta risa nos daban entonces los fachas, sí. Quienes íbamos al cine pensábamos que estos tipos ya eran toro pasado, carne de carcajeo, fantasmones sin susto. Pensábamos que España era un país definitivamente moderno, liberal, europeo. Eran los años de la movida, del revolcón, de los armarios abiertos. Los socialistas siempre ganaban las elecciones. Chanchullaban, mentían, traicionaban los principios, pero también construían hospitales, y escuelas, y repartían condones entre los jóvenes, aunque muchos no llegáramos ni a estrenarlos, perdedores eternos en la ideología ancestral de las mujeres guapas. 



            En los años ochenta pensábamos que todo el monte era orégano. Qué poco sabíamos. Sólo cuatro años después de estrenarse El vuelo de la paloma, un admirador de los viejos tiempos con mostacho falangista y cara de mala hostia, que encima odiaba a los rojos que hacían películas, gobernaba este país con una máscara de sonrisa falsa que te helaba la sangre. Luego se le subió la megalomanía hasta el bigote, y envuelto en banderas y en himnos militares nos llevó al borde del abismo moral. Desaparecido del panorama, creímos que su presencia sólo había un mal sueño, la psicosis colectiva de un puñado de votantes engañados por la prensa. Y alegres y triunfantes volvimos a reírnos de los fachas, de los derechistas carpetovetónicos, de los pijos de Nuevas Generaciones, de las rubias con mechas que sabían perfectamente cuanto costaba un bolso de Loewe y no tenían ni puta idea de lo que costaba un kilo de tomates. Cuánto nos reímos de ellos, sí, la España progre. Y de repente, en una cascada vertiginosa de acontecimientos que todavía no hemos acertado a digerir, unos fulanos dejan de pagar sus hipotecas en Estados Unidos y por arte de magia los tenemos otra vez aquí, a los nietos de los fachas, a los hijos de los derechones, trajeados, engominados, melifluos, riéndose ahora, a carcajada batiente, de nosotros, de los progres, de los rojos, de los perdedores de la historia, de los tontainas del buen corazón, de los ignorantes del negocio monetario. Y, sobre todo, de los titiriteros. Han subido el IVA en las entradas de cine del 8 al 21%. Por la crisis, dicen. Como si no supiéramos que es para ponerlos en su sitio. Para hundirles el negocio. Para que vuelvan a reírse…
            Para que volvamos a reírnos.


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Generation Kill

Termino de ver los siete episodios de Generation Kill. Si lo que pretendía David Simon era que uno empatizara con estos marines de bajo escalafón, no lo ha conseguido. Pretende hacernos creer, con una insistencia machacona en los diálogos, que estos locos con sus gatillos son gente sensible y humanitaria. Unos simples mandados en esto de asesinar moros comunistas  en el desierto. No, hombre, no. Uno sí se apena, por ejemplo, con los soldados de la II Guerra Mundial, porque eran tipos, en su mayoría, arrancados de sus granjas, de sus pueblos, de sus talleres en la ciudad, a los que ponían un fusil en la mano y enviaban al matadero. ¿Pero estos marines de las guerras modernas, voluntarios todos en el oficio, hipertecnificados y chulescos? Bah
            Ahora mismo termino de ver un partido de la selección norteamericana de baloncesto, en los Juegos Olímpicos. Han ganado 100-0, o algo así, a un país de esos que suelen bombardear cuando el negocio vive horas bajas, o cuando el presidente de turno se presenta a la reelección y quiere dar un subidón en las encuestas. Son la hostia, sí, los atletas de la NBA. ¿Pero quién puede sentir simpatía por ellos, más allá de los adolescentes, o de los pijos vendidos a Nike, gente toda ella sin criterio? Ahí están, descojonándose en cada canasta propia, partiéndose el culo en cada cagada ajena, saludándose a todas horas con gestos raros de las manos. Ellos son los soldados invencibles y prepotentes del deporte, como los chicos de Generation Kill son los soldados imbatibles y pendencieros de la guerra. Insoportables, ambos.

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Quiero ser libre

Por la noche, persiguiendo la primorosa juventud de Sissy Spacek, me topo con Quiero ser libre, acertadísima traducción de Coal’s miner daughter, la hija del minero. Lo de juventud es un decir, claro, pues ya eran treinta y una las delicadas primaveras que adornaban la belleza de Sissy. Aunque a decir verdad, Sissy, por aquella época, no cumplía años. Los iba guardando en el armario para ponérselos más tarde, cuando tuviera ocasión. Aquí, en Quiero ser libre, empieza encarnando a una niña de catorce años y uno, si no conociera de antemano a la Spacek, aún podría preguntarse si esa actriz no era demasiado joven para el papel.  



            Fue al llegar al medio siglo cuando Sissy, de golpe y porrazo, cumplió todos los años que no había estrenado. Se me hizo vieja de repente cuando la vi en Una historia verdadera, en una tarde de cine sombría y de mal recuerdo. Me quedé mudo de la impresión. Todavía era una dama guapísima, y estilosa, la misma pelirroja encantadora de facciones aniñadas. Pero ya no era Sissy: era, por fin, Elizabeth, la mujer de tronío, la actriz veterana, la señora mayor de la película.  El momento que yo tanto había temido llegó en un bofetón doloroso y sorpresivo. Había mantenido su edad en suspenso desde los veinticuatro años, desde que nació al mundo como una virgen de Botticelli en Malas Tierras. Veintiséis años flotó entre nosotros como un milagro de la hermosura inmortal.


            Sissy está guapa, guapa a rabiar, en esta película sobre la hija del minero que llegó a ser estrella de la música country. Sólo su belleza incomparable, y el jeto intransferible de Tommy Lee Jones, sostienen el interés en esta película ñoñosa y ya algo olvidada. Pero nunca, nunca, estuvo Sissy más guapa que en The river, película que rodaría cuatro años más tarde al lado del australopiteco australiano llamado Mel. Dicen mis recuerdos que fue aquí, en la granja de la familia Garvey, cuando me enamoré perdidamente de ella. Tal vez. La recuerdo vestida de granjera, sucia de barro, sudorosa de trabajo, bella flor surgida entre las piaras y las coles. Pero de mis recuerdos es mejor no fiarse. Es muy posible que la amara de antes, o que empezara a amarla después. O incluso, como sostenía Platón, que ya la amase desde siempre, como un impulso inscrito en mi nacimiento, como un mandato genético, como una fijación previa que la buscaba desde la noche de los tiempos…


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Hilary y Jackie

Con la biografía atribulada de Mozart, Milos Forman rodó hace tres décadas Amadeus, un clásico intemporal alejado de cualquier cliché de los biopics. Con la vida igualmente atribulada de Jacqueline du Pré, en cambio, este tal Anand Tucker filma un bodrio de cuarta categoría titulado Hilary y Jackie, sólo comparable a las TV movies con las que Antena 3 rellena su programación vespertina. Esa es la diferencia entre el gran artista y el mero colocador de cámara; entre el hombre cultivado que sabe dónde poner los subrayados y el mequetrefe sin luces que se deja llevar por la vena lacrimógena y marujil.



            Llevo años escuchando la música de la malograda Jacqueline du Pré mientras escribo, o mientras sueño con mundos mejores en la oscuridad del habitación. Sus dúos con Daniel Baremboim son piezas que obran ese raro milagro de reconciliarte con la vida poniéndote melancólico. Es por eso que Hilary y Jackie, de cuya existencia supe hace unos meses, era parada obligatoria en este periplo estival por las cinefilias menos transitadas. Y digo bien, obligatoria, y no deseada, porque ya en el mismo título de la película había algo que me desagradaba: Hilary y Jackie, como Banner y Flapy, como Pili y Mili, algo que sonaba a cursilón y tontaina, y que luego se vio lamentablemente cumplido ¿Qué nos importa la vida de su hermana Jackie, la flautista, si nosotros vamos detrás del genio, de la vida excepcional, de la artista irrepetible?  Si al menos se odiaran como Joan Crawford y Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?, habríamos disfrutado de un melodrama tenso y malévolo, con ex-estrellas de la música en lugar de ex-niñas prodigio de Hollywood. Pero Hilary du Pré, además de personaje real en la película, es coguionista de este culebrón, y no iba a permitir que una buena historia estropeara su mermeládica participación. Con el ego hemos topado, amigo Sancho.


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