Moneyball

Por cada buena película que ha protagonizado Brad Pitt, hay otra infame en la que su presencia es el reclamo tramposo que derrite a las féminas, y confunde a los hombres. Sé, además, que el leitmotiv de Moneyball es ese deporte incomprensible, paralítico, ajeno a cualquier espíritu europeo cultivado, que es el béisbol, ridícula práctica de gorditos con gorra y chulos de barrio armados con una cachiporra de madera. Sin embargo, tales zozobras no sobreviven más allá de los títulos de crédito. Para mi sorpresa -imperdonable en alguien que se cree informado y responsable- descubro que es Aaron Sorkin, el idolatrado Aaron Sorkin, quien firma el guión que ya no va a ser, seguramente, un pastiche infumable, y que es Bennett Miller, el mismo Bennet Miller que dirigió esa maravilla injusticiada llamada Capote, quien va a pilotar la nave con pulso firme. Así que antes de que Brad Pitt se lance a fichar y desfichar jugadores de los Oakland Athletics, yo ya he soltado mis prejuicios, y mis nervios, y adopto la postura zen de quien va a disfrutar un buen rato tumbado en el sofá, con la mano derecha sujetando el mando a distancia y con la otra, la izquierda, siempre esclavizada en el trabajo más sucio, agarrando bien fuerte los huevos, por debajo del calzoncillo, lo justo para no dañarlos y hacerles partícipes del gozo que producen los altos instintos, tan distintos a los suyos.



            Al final sale una película cojonuda, Moneyball, en la que el béisbol sólo es una excusa, apenas un telón de fondo. Lo importante es ver a este tipo, el personaje de Brad Pitt, rompiendo esquemas, enfrentándose a los carcamales, tomando decisiones inteligentes, soltando frases memorables sobre el deporte y sobre la vida que luego uno, siempre tan torpe, no consigue recordar para luego reflejarlas en este diario. A falta de una memoria como Dios manda, haría falta una tercera mano para sujetar la libreta, y una cuarta para manejar el bolígrafo. Tendría que ser yo el general Grievous para satisfacer las demandas de mis amados y defraudados lectores. Tan escasos, y tan selectos.


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