The corner

The corner, la pretérita serie de David Simon, ahonda en aquello que The Wire tenía por menos interesante: el drama humano de los drogadictos. Uno siente pena, lástima, compasión, el abanico entero de sentimientos loables. Pero en The Wire ellos no eran el argumento principal, ni nosotros, los espectadores, ávidos de corruptelas y cinismos, queríamos que lo fuesen. Nos interesaba mucho más el eterno juego de los policías y ladrones, de los políticos que no quieren o no pueden mover un dedo por sus ciudadanos. Uno ve desfilar en The corner a los yonquis desdentados, y no puede remediar que el bostezo o el desinterés asomen la patita de vez en cuando. Y eso que es -faltaría más, tratándose de David Simon- una serie cojonuda, concienzuda, verosímil, de actores en estado de gracia y líneas de guión de la más alta literatura callejera. Como en The Wire, vamos. Pero aquí ya no hay escuchas, ni griegos, ni politicastros, ni Stringer Bells, ni Marlos, ni McNulties…  Sólo la tragedia humana de quien cae devorado por la adicción. Sólo.



       Ocurre además, en The corner, que muchos actores que luego en The Wire hicieron de policías, aquí hacen de yonquis, o de camellos, con el mismo telón de fondo de las esquinas y los barrios degradados. A los pocos meses de haber terminado con The Wire, uno se encuentra a los perseguidores haciendo de perseguidos; a los cacheadores haciendo de cacheados. Y el cerebro humano, que siempre es tan torpe, y tan remiso a los cambios, tiende a pensar que a estos tipos finalmente los echaron de la policía, con tanto recorte presupuestario y tanta puñalada trapera, y que ahora vagan por las calles comprando droga con sus pensiones raquíticas. En fin. No quiero pensar qué extrañas relaciones establecerá mi cerebro cuando dentro de unas semanas encare Treme, la que dicen nueva obra maestra de David Simon. En Treme salen, pues ya los tengo jipiados en la portada del DVD, y en algunos minutos de zapeo televisivo, muchos de estos mismos actores, que ahora son músicos, y viven en Nueva Orleans, y sumarán un tercer nombre ficticio que habré de memorizar para no perderme. Será la reválida de mi menguante capacidad para concentrarme. El Waterloo, quizá, de mi exuberante juventud de espectador.


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Jules y Jim

Movido por el deber de las revisitaciones, cedo dos veces a la cabezadita del sueño mientras veo, o más bien trato de ver, Jules et Jim, el aclamadísimo clásico de Truffaut. El primer sueño interrumpe la película a los diez minutos, y cuando vuelvo en mí, el reloj del vídeo ya corre raudo por la media hora. Han sido, pues, veinte minutos de vuelo sin motor por los paisajes de mi interior, indiferente a las golferías trifásicas de estos dos tunantes enamorados. Reconcomido por la culpa rebobino lo perdido, pero unos minutos después vuelvo a caer fulminado por el aburrimiento, justo cuando Jean Moreau hace su primera aparición en la tostada, y el ménage à trois más citado en la historia del cine está cometiendo sus primeros y terribles pecados. Rebobino de nuevo la grabación, molesto por mi desidia, avergonzado por mi comportamiento. Pero ninguna actitud de niño aplicado podrá salvarme ya del tedio y de la indiferencia. El resto de Jules et Jim lo voy troceando con pausas para el café, con visitas al cuarto de baño, con parones esporádicos para ver como va el partido de Nadal en Wimbledom... Llego al final de la película desfondado, arrastrándome por el metraje, como un maratoniano cojitranco que sólo quiere traspasar la línea de meta por orgullo.




       Truffaut, una vez más, vuelve a dejarme indiferente. E incluso un pelín mosca. Cincuenta años de cine separan sus clásicos en blanco y negro de mi deficiente formación como espectador, y ese abismo ya no hay puente que lo salve. Si uno se fía de la crítica, Un dios salvaje, al lado de esta patochada sin fundamento, en la que dos artistas bohemios deciden repartirse sexualmente a una loca de remate, es una obra menor, peyorativamente teatral, muy corta de planteamientos. Bah. Mienten hasta el hastío. Su elevada posición en el mundo de la cultura les obliga a fingir, a dar por buenas obras pasadas de moda solamente por eso, porque están pasadas de moda. Luego viene  Polanski y les planta en los morros una obra tan sencilla como contundente, y dicen que está mayor, que ya no arriesga, que vaya mierda lo del cine moderno. Los odio. Y no porque no coincidan con mis gustos, sino porque sé que nos mienten. Porque ejercen de sumos sacerdotes de unos dioses ya olvidados.
        Jules et Jim, como tantos otros clásicos del santoral, es una película de obligada visión, porque es historia del cine, obra capital de una época donde sólo sugerir un ménage à trois encendía las plateas y resquebrajaba la sociedades. Pero no es, desde luego, una película de obligado disfrute. Que me aspen si he entendido algo de lo que Jules, Jim, Truffaut y la puta loca de Catherine querían enseñarme.


     

    
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Un dios salvaje

Termino de ver en los canales de pago Un dios salvaje, la última película del genio polaco, y no he podido evitar acordarme de Community. ¿Qué haría un tipo como Roman Polanski, con su historial, con sus vivencias, con su ideario misántropo, matriculado en la Universidad Comunitaria de Greendale? Salir pitando a las dos horas, me imagino, horripilado del buenismo jipi que allí campa por doquier. No puede haber dos visiones del ser humano tan contrapuestas. Es como si ya hubiéramos colonizado realmente la galaxia, y Un dios salvaje se hubiese rodado en un planeta y Community en otro, a millones de años-luz de distancia. O como si rodadas en el mismo planeta Tierra, la película de Polanski hablase de una especie humana que nada tiene que ver, pese a las apariencias, con esa otra especie que aparece retratada en la serie de Dan Harmon.



El polaco es, por supuesto, un tipo de los míos, un pesimista que afirma y reafirma  que el ser humano tiene el alma podrida por el orgullo, por la crueldad, por la estupidez, por la avaricia sin fondo. Todas sus películas te dejan el recordatorio de una locura, de una hijaputez, de una perversión. Es difícil vivir lo que él vivió y no salir convertido, si tu vocación es el arte, en un retratista de monstruos. Un dios salvaje no tiene más que el salón de una casa y dos matrimonios que discuten por una pelea entre sus hijos. Burgueses neoyorkinos que se trajinan whiskies de malta y habanos de estraperlo mientras van, poco a poco, en el fragor de la discusión, desnudando sus almas mezquinas y obsesivas, orgullosas y monolíticas. Polanski, el viejo Polanski, el grandísimo cabronazo clarividente, no ha necesitado esta vez del diablo, de la guerra,  del rostro puro de la maldad,  para mostrarnos la maquinaria interna que toma nuestras decisiones y articula nuestros pensamientos. Sólo cuatro personas en un salón, rascándose unas a otras la capa finísima del barniz que los civiliza.
       

       

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Community. The end

He abandonado, finalmente, la Universidad Comunitaria de Greendale. Quizá para siempre. Ya no soportaba más a estos tíos, ni a estas mendas. Les tengo cariño, porque me han acompañado en muchos ratos de pedaleo, pero necesito cambiar de aires, respirar otros más viciados, mas deshonestos. Ni siquiera la belleza de Gillian Jacobs, tan llamativa, ni la otra belleza más callada y colegial de Alison Brie, me han hecho reconsiderar el adiós. Las amo, sí, a la rubia y a la morena, pero ellas no van a ser las mujeres de mi vida. Son de una bonhembría que empieza a darme grima. 



       Greendale, definitivamente, no va conmigo. La aventura universitaria de estos adultos inadaptados era una idea de partida muy atractiva, de gran recorrido humorístico. Muy cercana, además, a mi propia experiencia, pues yo también fui en tiempos un universitario solitario y rarito en busca de colegueo. Pero yo, por lo visto, me he pasado al lado oscuro de la marginación. Al lado de quienes ya no lo intentan, de quienes lo tienen asumido, de quienes, como el personaje de Ampliación del campo de batalla, ya no esperan la fusión sublime con los demás. La misantropía se ha convertido en el nervio central de mi pensamiento. Y eso, en Greendale, no está bien visto.



       La bicicleta estática y yo nos hemos mudado al apartamento de Louis C. K. en Nueva York, ahora que pasan la segunda temporada de Louie por el Plus. Allí sí que me siento como en casa. Este pelirrojo barrigudo –creo haberlo dicho ya- es como el hermano mayor que nunca tuve. Él sí que se pasea por el lado salvaje de la vida, el más negro y lúcido. Al pan lo llama pan, y al vino, vino. A follar, follar; a las pollas, pollas; y a la mala gente, mala gente. En Community todo era de colorines, hasta el vocabulario, con mucho rosa, mucho fosforito, mucho azul cielo. En Louie predomina el gris asfalto, el ocre fachada, el cutre interior, que son los colores de mi pensamiento.


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Le quattro volte

Uno, en la literatura, identifica la poesía con el perifollo, con el lenguaje florido, con el exceso verbal. En cambio, en el cine, uno siempre ha pensado que la poesía está en el minimalismo, en la quietud del paisaje, en el rostro sostenido de un personaje que no habla. Es por eso que Le quattro volte, película italiana que acaban de pasar por los canales de pago, y que firma un primo de José Luis Guerín perdido en la Calabria, puede catalogarse de poesía pura. Pues no hay en ella diálogo alguno, ni armazón dramático de homínidos que se amen o se odien. Sólo paisajes rurales, postales de la naturaleza, metáforas de los ciclos vitales.


       Los personajes de Le quattro volte son un pastor, una cabra, un árbol y un trozo de carbón que se suceden en protagonismo a medida que el alma que los abandona se reencarna en el ser inferior. Es una cosa extraña a medio camino entre el documental y la reflexión mística. No creo que este primo italiano de Guerín, el tal Michelangelo Frammartino, se haya hecho muy rico con el proyecto. A los espectadores que presumimos ante las mujeres de ser distintos y profundos, Le quattro volte nos ha dejado pensativos, sumidos en honduras existenciales. A los incautos que desconocían el asunto y han caído aquí por pura casualidad, les habrá irritado la lentitud, la inconcreción, la ortodoxia nula del invento. Le quattro volte es cine marginal, arriesgado, muy recomendable para quienes quieran poner a prueba la pureza de su cinefilia. 


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Margin Call

Veo, en dos tandas de cuarenta y cinco minutos cada una, porque el sueño de la siesta es poderoso y tiránico, y no conoce aplazamientos ni concesiones, Margin Call, película que aborda las horas previas al hundimiento de un banco inversor que recuerda mucho, pero mucho, a Lehman Brothers.
        A Margin Call se le agradece que no trate de explicarnos, a los espectadores que no leemos las páginas salmón de los periódicos, cuáles son los mecanismos financieros que dieron al traste con el negocio. Uno ya escarmentó en su día con Inside Job, documental que prometía explicarlo todo y nos dejó igual que estábamos, porque no conocemos la germanía, ni entendemos las matemáticas, ni nos aclaramos con los conceptos. Y porque sospechamos, además, que nadie nos contará jamás la verdad última del asunto, la arquitectura oculta del desaguisado, por muy didácticos y radicales que se nos pongan los documentalistas y los cineastas. Pues la cruda verdad, la simple y siniestra, también financia sus proyectos profesionales, y paga sus hipotecas, y costea los restaurantes románticos del fin de semana.




        Se le agradece también a Margin Call que ponga frente a frente, en duelos diálecticos de primera categoría, con mucha filosofía del egoísmo y mucha reflexión sobre la avaricia de los humanos, a dos tipos como Jeremy Irons y Kevin Spacey, que en los amplios salones que dominan Manhattan se visten para la esgrima con trajes de ejecutivos sin alma, y toman sus floretes muy afilados para brindarnos una lucha épica de estocadas finísimas, de fintas elegantes, de una agresividad animal enmascarada con formas exquisitas. Qué fulanos. Impagables. En Margin Call, y en todas las demás.


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Los Roper y el ratatouille

Hoy he recibido en el correo electrónico una oferta comercial para comprar DVDs. Curioseo entre las series de televisión y me topo con Los Roper, vetusta comedia británica que recuerdo haber visto de niño, de muy niño, en la prehistoria de las sitcom anglosajonas, que en mi casa siempre salían en blanco y negro porque no había dinero para comprar una Telefunken Pal Color, las cosas como son. 


       Veo en la carátula de Los Roper a ese matrimonio de cincuentones revenidos y recuerdo, no sé por qué, en una proeza inusitada de mi memoria, que la mujer se llamaba Mildred y el marido George, aunque tengan toda la pinta de llamarse Concha y Mariano, pues parecen salidos de una viñeta de Forges, ella con pinta de lista algo estúpida y él con pinta de calzonazos algo corto. Recuerdo que ella, Mildred –o más bien su dobladora al castellano- siempre lo llamaba Yoooors, con tono despectivo, estirando las oes como una maruja marimandona. Son recuerdos que surgen nítidos, de un disco duro que hasta ahora no creía conservar. Los Roper... Recuerdo el salón de mi casa en León, la vieja televisión Philips en blanco y negro, el sillón donde siempre me arrellanaba para que la ficción me curase de los primeros contratiempos. Recuerdo a mi madre con el mandil, o con la escoba, o con el trapo del polvo, haciendo una pausa en el trajín para reírse con las picardías y los dobles sentidos que a mí se me escapaban. La carátula de Los Roper me está llevando a la infancia como el ratatouille de Remy devolvió a Anton Ego a la suya. Estos dos mentecatos británicos esconden el misterio de unos chistes que ya estoy deseando recuperar, por curiosidad, por sensiblería, también porque soy un obsesivo al que le tocan mucho las narices estas provocaciones del recuerdo.  


       Luego, por la noche, en el escaso tiempo robado a la Eurocopa de fútbol, veré el primer episodio de Los Roper. Pero tomado al abordaje, en una razzia improvisada que durará hasta que lleguen los discos físicos y muy legales.  Los Roper empiezan con la cortinilla inolvidable de la productora Thames. La misma que daba pie, -¡oh, dioses del recuerdo, cuán activos os mostráis!- a Benny Hill, quizá mi primer héroe del chiste guarro, mi primer bufón idolatrado al que siguieron tantos otros, más zafios incluso, pero no siempre mejores. Me he reído mucho con Los Roper, no a carcajadas, no a mandíbula batiente, pero sí con gusto.  Los Roper tocan tres temas que nunca pasarán de moda, siempre vigentes e irremediables, aunque cambien los peinados o los teléfonos:  el clasismo, la guerra de los sexos y las malas relaciones con los vecinos. Con esos argumentos sosteniendo la trama, un guionista de inteligencia mediana no puede fallar. Jamás.


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Éxtasis

La quinta entrega de Mi Querido y Olvidado Cine Español es Éxtasis, trama macarril y delictiva que protagonizaban Javier Bardem y  Federico Luppi cuando el primero aún se curraba el estrellato y el segundo era el actor principal en cualquier produccion con pedigrí. No es mala película, Éxtasis, pero es la primera de este miniciclo absurdo que no lamento haber olvidado. Después de varias semanas de intentos infructuosos, mi memoria y yo hemos acabado besándonos en el sofá después de la película. Esta vez he entendido perfectamente su falta de interés. Éxtasis se ve, se disfruta y se disipa como una fugaz nube de verano. A uno le queda la presencia regia, mayestática, de estos dos monstruos de la pantalla, con esos jetos y esos acentos tan peculiares. Pero dentro de unos meses sólo recordaré que estaban allí,  no qué hacían allí. En el éxtasis de las pastillas, o de la pasión, no me he aclarado mucho.


       Lo que no acabo de perdonarla, porque a mi memoria la quiero, pero ya no la amo, es por qué no recordaba a Silvia Munt en esta película, que encima hace de mujer fatal, y sale desnudita para alborozo de sus admiradores. Ella es nuestra ibérica Kristin Scott Thomas, la mujer de labios de gominola y ojazos de felino. Silvia es uno de mis amores más sólidos y veteranos, para treinta años que vamos, desde que hizo de Colometa en La plaza del diamante y yo, tierno infante de apenas once añitos que ya se prendaba de las artistas, apunté su nombre en el cuaderno de tapas doradas que ese sí, de momento, ninguna desmemoria es capaz de robarme… 


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Un día en Nueva York

Es sábado por la mañana. En el desayuno, sin la prisa de la escuela, mi hijo y yo vemos el arranque de Un día en Nueva York, que hemos pillado por casualidad en los canales de pago. Es justo la escena inicial, cuando Gene Kelly, Frank Sinatra y el otro tipo cuyo nombre se comió la historia bajan del barco cantando ”New York, New York... ¡It’s a wonderful town!, dispuestos a destripar la ciudad en un solo día. 


       Mi hijo se ha levantado tan somnoliento que ni siquiera protesta por la usurpación de su territorio matutino, donde los dibujos animados son reyes absolutos y tiránicos. Yo me ducho, me visto, saco el perro a pasear, y al volver a casa, cuarenta minutos después, ahí sigue el retoño, en la silla del comedor, con el desayuno ya terminado, siguiendo las andanzas de los tres marineros cantarines. Y aunque quiero alegrarme, no sé si preocuparme también. O Un día en Nueva York es un clásico tan luminoso y jovial que encandila incluso a los niños playstónicos del siglo XXI, o este chaval no ha dormido un carajo y ni siquiera sabe qué es lo que está viendo, más allá de unos tíos vestidos de primera comunión que cantan y bailan cuando les apetece. Y tengo la tentación momentánea de preguntarle, de desvelar el misterio científico de su interés, pero en el último instante prefiero pasar de largo por el pasillo. De pronto me da miedo conocer la verdad. Un niño de trece años fascinado por Un día en Nueva York, no drogado, no alelado, no amenazado, sería realmente, en los tiempos que corren, un friki. Una rareza de la que presumir sólo en voz baja, en ambientes muy selectos y discretos. Un motivo de orgullo, sí, y hasta de honda satisfacción. Pero una preocupación más en este páramo cinematográfico donde nadie nos entiende. El repelente niño Vicente al que uno no sabría si exhibir o esconder.


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Austin Powers

Vemos, Pitufo y yo, en dos ratos robados a la Eurocopa de fútbol, las dos primeras películas de Austin Powers. Son malas, muy malas, de un humor chusco y pedorrero, pero nos lo hemos pasado como enanos. Nos hemos revolcado como cerdos en la basura que Mike Myers nos echaba a paletadas desde el otro lado de la tele. Lo hemos hecho por voluntad propia, sabiendo a lo que veníamos. Yo, el liante, porque ya las había disfrutado en su tiempo como un tontaina, y Pitufo, el liado, porque venía puesto sobre aviso de lo que Austin Powers iba a ofrecernos. Que es el humor, por otro lado, que a él más le gusta, el que se gana las carcajadas y los aplausos en su instituto de barriada periférica.



       Aquí el que sobraba, en principio, era yo, con mi adolescencia irresuelta, con mis cuarenta años desaprovechados, con mi bochornosa predilección por películas como éstas de Austin Powers que otras gentes de mi edad no aguantan más allá de diez minutos, ofendidas en su gusto, y en su orgullo. Yo, en cambio, que ya he tirado la toalla de la madurez, que me sé perdido para la causa de los adultos, me regocijo como un paleto de pueblo con las necedades que vomita Mike Myers. Y no sólo eso, sino que las recuerdo, y las imito, y algunas hasta las incorporo a mi propio repertorio, como el “sí, nena”, o el “mojo”, o la tronchante parida del “miniyo”, uno de los muchos apodos que Pitufo ha ido recibiendo en sus trece sufridos años de existencia, como mi querido Padawan, o Luke Rodríguez (porque yo era Darth Vader), o Fredo (cuando se comporta como el hijo tonto de la familia.)
       Un infatilismo vergonzoso que sólo aquí, en estas páginas que nadie lee, me atrevo a confesar.

       Pitufo, por cierto, sigue sin encontrarle el chiste a que una agente secreta se llame Marifé Lación. Era lo más guarrindongo de la función, y no se ha coscado del asunto. Todo lo demás es tema de conversación habitual en su instituto, o en el mundillo del  fútbol. Libre estoy, pues, del delito de corrupción.


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Mientras duermes

Veo en los canales de pago Mientras duermes, película de intriga y terrorcillo que protagoniza Luis Tosar en el papel de Luis Tosar, y que viene firmada por Jaume Balagueró, el genial documentalista que ya plasmara en REC la realidad cotidiana de nuestros patios vecinales.
            Mientras duermes es una película entretenida, pero la olvido casi al instante de levantarme del sofá. Como muchas películas del género, guarda una trampa de guión casi en cada giro. De adolescente me entretenía en anotarlas, en pasárselas por el morro a todos los que decían que tal película era cojonuda y perfecta. Me sentía muy listo, y muy importante. Ahora que me dedico a la vagancia y a la vida contemplativa, y que prefiero disfrutar del cine sin buscarle las cosquillas, he aprendido a no hacer caso de las mentirijillas que pueblan estas películas. Pero hay un mecanismo interior que nunca descansa, una inteligencia en alerta que va apuntando en el inconsciente las incoherencias, las imposibilidades, las lagunas inexplicadas, y que al final, cuando empiezan a pasar los títulos de crédito, llama a la puerta de la conciencia y me entrega el sobre con la nota definitiva, siempre menos entusiasta.




Mientras duermes pretende ser, a su estilo, también algo dreyeriana. Pero donde Dreyer necesita media hora de aburrimiento para hacernos entender la existencia metafísica del Mal, a Balagueró, que es un cineasta moderno, le basta con poner a Tosar frunciendo el ceño y mirando de soslayo para hacernos entender la naturaleza retorcida de sus entrañas. Mientras duermes va mucho más allá de Dreyer en sus aspiraciones filosóficas. Porque descubrir en Marta Etura las primeras arrugas, los primeros defectillos de su piel antes impoluta, le hace a uno pensar en el paso del tiempo, en la fragilidad de la vida, en la existencia de la belleza interior que perdura más allá de la carnal, y eso, señores míos, estarán conmigo, que es Dreyer elevado al cuadrado, o al cubo, en una película española, de colorines, casi de ayer mismo, que no pretende ser nada del otro mundo, y que no es nada del otro mundo en realidad, pero que al menos consigue que no te duermas pensando en estas cosas.


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Minority Report

Dejo que Pitufo busque entre mis películas y elige, de nuevo, porque está colgado de este paisano, una de Tom Cruise. Tom aparece en la carátula de Minority Report con gesto reconcentrado, a punto de echar a correr o de soltar una hostiaza mortal al primero que se le ponga delante.  A este paso, con sus cincuenta tacos bien llevados, lleva camino de convertirse en el ídolo inolvidable de Pitufo, como lo fue Harrison Ford en mi infancia por encarnar a Indiana Jones, y a Han Solo, y  al teniente Deckard de Blade Runner.



       Veinticinco años después de haberle conocido en Top Gun, Tom Cruise se ha reconvertido en héroe de mi hijo, como si fuera un huésped de nuestra pensión que nunca terminara de irse. Quince años más de retoques y de gimnasio, y mi nieto todavía podrá idolatrarlo en la octava entrega de Misión imposible, convertido en jefe veterano del cuerpo de espías. Pero no lo digo con recochineo. Lo cierto es que Tom se lo curra. Es uno de los actores más injustamente denostados por la crítica sesuda. Es verdad que ha participado en muchas basuras, en muchos productos de usar y tirar, pero un tío que se pega esos minutazos de Magnolia, que lo borda en Nacido el 4 de Julio, o que aguanta el tipo en una película tan extraña como Eyes Wide Shut, merece todo mi reconocimiento. Además, mientras sea el actor preferido de Pitufo, con sus misiones imposibles o sus guerras de los mundos, no seré yo quien empiece a señalarle los defectos. En la familia Rodrigari reina el silencio. Omertá. 



       Es una gran película, Minority Report, aunque los críticos la despacharan en su día con un simple psé sólo porque era de Spielberg y salía Tom Cruise pegando botes. No sé qué quieren. Minority Report es una película de las que animan el debate, de las que enfrentan filosofías sobre la predestinación de nuestros actos, tema enjundioso y de alta dialéctica que aquí viene envuelto en una trama futurista que no le resta seriedad. Pero a ojos de la crítica seria, esto que Steven y Tom perpetran aquí es infantilismo, esquematismo, filosofía de niñatos pijos. Ellos necesitan los tostones de Dreyer, los surrealismos de Buñuel, las intenciones crípticas de Guerín, para sentirse intelectuales. Mucho gris, mucho grano, mucha cosa rara que pueda ser interpretada de mil maneras. Las cosas serias vienen en formato adusto: ése es su mantra. Y de ahí no se van a apear. Minority Report es un blockbuster indigno de compararse con las películas de Dreyer, con esos autómatas recitando el Evangelio, esos silencios eternos de Dios, esas tablas del escenario teatral crujiendo a cada paso, crock, crock... Eso sí que es filosofía, teología, hermenéutica de lo impensado. Pues bueno, pues vale, pues me alegro.


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Dreyerzol, el somnífero

Siente uno vergüenza al confesar que películas como Ordet o Dies Irae –tan aclamadas, tan danesas, tan vetustas, tan blanquinegrísimas- le aburren en grado sumo y hasta le provocan pequeños episodios de sopor. Porque uno ha leído mil veces que Dreyer es un maestro fundamental, insoslayable, obligatorio, y se siente culpable de no ver en su cine las glorias y brillanteces que otros sí ven. O que, al menos, dicen ver. Dicen que su cine indaga en los océanos del alma humana a una profundidad de buceo que pocos cineastas han logrado alcanzar. Como James Cameron buscando los restos del Titanic, vamos. Y yo no niego tales lecturas, ni tales intenciones en el artista, pues se ve que su cine es denso y pesaroso, telúrico y trascendente, pero a mí, como a tantos otros cinéfilos que no se atreven a hacerlo público, Dreyer me parece un plasta de mucho cuidado. 




            Rescato de sus películas un puñado de bellísimos fotogramas que son como composiciones pictóricas de helado tenebrismo. Le concedo, también, algunos diálogos suculentos que por segundos siembran en mí el germen de una reflexión, siempre que no traten de asuntos teológicos que nada me interesan. Y le reconozco, claro está, porque son películas nórdicas, y esos tunantes religiosos siempre van con una Biblia en la mano y una revista porno en la otra, esas mujerazas rubísimas que ni siquiera revestidas hasta el mentón pueden hacernos olvidar la belleza sonrosada de sus carnes vikingas. Pero lo demás –y lo demás en Dreyer es mucho- es de un tedio insoportable. Teatral en el sentido más peyorativo de la palabra: los personajes no parecen seres humanos, sino zombies, o autómatas, o retrasados que tardan segundos interminables en comprender, en responder, en actuar ante los estímulos. Muchos parecen locos, o gilipollas, o iluminados que ya gozan en vida de la visión beatífica de Dios. Los personajes de Dreyer alternan la reflexión aguda con la memez más absoluta, la más noble de las intenciones con la inacción cretina más desesperante. Los silencios de Dreyer, que a otros les sirven para sumergir batiscafos en el alma, a mí me transportan a pensamientos muy alejados de la película, que son casi siempre partidos de fútbol, o platos que habré de cocinar en breve, o respuestas certeras que tuve que haber dicho a fulano de tal y entonces no se me ocurrieron. 



            Ver una película de Dreyer es como estar a punto de morirse: una experiencia agónica en la que repasas tu vida entera. Solo que aquí no lo haces en décimas de segundo, sino en el marasmo de horas enteras y lánguidas. Cosa que al final, si me apuras, casi agradeces al maestro danés, pues son raros los momentos que uno encuentra para la reflexión íntima, y que él te alumbra con una luz de iglesia luterana muy conseguida.
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El cielo gira


Veo, en La 2, que en tiempos fue la universidad mía de la carrera cinéfila, de cuando vivía con mis padres y la tele de pago era un imposible tecnológico y monetario, el aclamado documental patrio El cielo gira.
La documentalista Mercedes Álvarez, que sigue los pasos rurales del inefable José Luis Guerín, regresa al pueblo soriano donde nació, Aldealseñor, para retratar la decadencia que amenaza con borrarlo primero del censo y luego del mapa. Se podría haber titulado el documental así, Aldealseñor, del mismo modo que Guerín, en un alarde de simplicidad, llamó al suyo sobre Innisfree, Innisfree. Pero los topónimos castellanos no poseen la misma resonancia que los británicos, o que los franceses, aunque todos vengan a decir más o menos lo mismo sobre los valles y los caminos. Mistertown, en traducción libre, hubiese sonado mucho mejor. Pero Aldealseñor, así, a palo saco, con sus paleticos con boina y sus mujericas con mandil, no habría sacado un duro en las salas de cine. En cambio, con este título que le pusieron al final, El cielo gira, tan poético y tan sujeto a interpretaciones, uno se deja llevar al huerto de secano con la esperanza de pasar un buen rato y extraer unas cuantas reflexiones. Aunque luego, realmente, la cosa no pasa de ser un documento curioso que los lugareños aprovechan para contar sus cuitas y divagar sobre lo divino y lo humano, con esa letanía de los pueblos que uno nunca sabe si es sabiduría milenaria, o estulticia revestida de gramática rancia.


       De todos modos, hay en El cielo gira diez minutos que te despiertan la admiración y te sacuden de encima la modorra. Esos en los que el pintor Pello Azketa, ya medio ciego, planifica y ejecuta ante nuestros ojos el lienzo sobre el que plasmará la dureza cromática de estos páramos sorianos. Uno queda pasmado ante el arte inalcanzable de quien va ordenando sus esquemas y sus colores en el recogimiento de su estudio. Imposible no recordar a Antonio López en El sol del membrillo, enfrascado en aquella tarea imposible de captar la luz del sol reflejada en los frutos cada vez más grandes y caídos. Una experiencia que sólo los espíritus muy organizados -por comprensión- y los muy desorganizados -por envidia- fuimos capaces de soportar desde el minuto uno al ciento y muchos, en una experiencia cinematográfica irrepetible, intraducible, que aquí, en  El cielo gira, porque ése no es el tema, se nos condensa en un ratejo memorable por el que ya merece la pena (es un decir) pagar la entrada.


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Community. Abed, el álter ego

Hoy, en la primera discusión de la segunda temporada de Community, Jeff le echa en cara a Abed su autismo cinéfilo, su apartamiento voluntario del mundo real. Abed le responde:
       “Sí distingo la vida de la tele. La tele tiene sentido, estructura, lógica, reglas... y protas que caen bien. En la vida tenemos esto: gente como tú”
       Viene a ser, en esencia, lo mismo que decía Truffaut en La noche americana: “ Las películas son más armoniosas que la vida, no hay ni embotellamientos ni tiempos muertos. Las películas avanzan como trenes en la noche.” La vida es imprevisible, caótica, nos viene dada en fragmentos rotos. Algunos duran segundos y nos proporcionan una felicidad extrema; otros, en cambio, sin ser esencialmente dolorosos, se alargan durante semanas, o meses, en un vacío de novedades que no es vida, sino espera aburrida de la vida. En el cine, en cambio, los acontecimientos se suceden de un modo armonioso, y un demiurgo oculto se encarga de ahorrarnos los tiempos muertos fastidiosos. 


       Las personas reales son quienes gobiernan la vida real, y son impredecibles, y básicamente malas. En el cine, en cambio,  la gente buena abunda tanto como la gente mala, en un equilibrio imposible que sólo es factible en la imaginación de los mundos soñados. Abed es autista, pero no es idiota. Sabe que la realidad le supera. La entiende con el intelecto, pero no puede abordarla con la voluntad, y busca en el cine la narración simplificada y coherente que la vida le niega, el refugio mágico donde su espíritu infantil se toma un recreo. Abed es un poco, o un mucho, como yo…


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