La vida mancha

Con La vida mancha, cuarta película de esta retrospectiva titulada Qué ocurre en mi puta cabeza con el buen cine español que una vez vi e incomprensiblemente terminé por olvidar, pongo fin a este ciclo sobre Enrique Urbizu que ha ocupado los días más radiantes y jodidamente calurosos de la primavera.
       De La vida mancha guardaba el recuerdo de que había dos hermanos, uno de ellos metido en un lío monetario del copón, y otro, el más chulo y peripuesto, el inevitable José Coronado del universo urbiziano, que venía a solucionar los asuntos monetarios y a enredar la madeja en los temas del amor. Nada más que eso. Lamentables, una vez más, mis escombros. Estos son los retales que me quedan de las películas que un día me hicieron la vida soportable. Así es como agradezco sus desvelos. Tan grave como no recordar el nombre de un amigo, o de una amante. La misma vergüenza, el mismo error imperdonable, la misma mala opinión de uno mismo.


       La vida mancha es una buena película. Mucho más cuando José Coronado pasea en ella su cara de póker y no sabes muy bien por dónde va a salir. Lo mismo esperas una peli de asesino psicópata que de cura obrero que viene a socorrer a la barriada. En cambio, cuando él no asoma por el escenario, la película se pone tontorrona y poética. Con esa poesía desubicada y sucia de los barrios proletarios. Ni siquiera Zay Nuba, que es una mujeraza de bandera, de aires orientales y sonrisa de mandarina, es capaz de sostener con su belleza los interregnos donde Coronado no está. Pero estos pecados no justifican la gran apostasía mía del olvido. Al contrario: la La vida mancha tiene virtudes incuestionables que afean aún más mi defecto. 


            Como dice la inscripción que lleva el personaje de Coronado en su pitillera: “Cuarenta inviernos asedian tu cabeza” Una cita que supongo extraída de este poema desconsolado de William Shakespeare (gracias, de nuevo, internet, solución vergonzosa de mi incultura):



Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos
y ahonden surcos en tu prado hermoso,
tu juventud, altiva vestidura,
será un andrajo que no mira nadie.



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Azul oscuro casi negro

La tercera película del ciclo Películas Españolas que me jode no recordar es, de título casi tan largo, Azul oscuro casi negro. Mis archivos –qué pedante y pretencioso es esto de "mis archivos”- delatan que hace exactamente cuatro años y ocho meses que la vi, y que le otorgué un notable alto para conocimiento y utilidad de quien preguntara por mi opinión. ¿Y qué recordaba yo de esta película en la que sale Marta Etura desnuda, se lanzan diálogos ágiles y enjundiosos y actúan este par de actores, Antonio de la Torre y Quim Gutiérrez, que me convencen como pocas veces lo hacen los fingidores patrios? Pues sólo (y eso es lo chocante, pues es la parte más floja de la película) el personaje de Raúl Arévalo, atribulado en la homosexualidad patente de su padre y la homosexualidad latente de sí mismo. Un personaje secundario, pintoresco, que sólo estaba ahí para poner los chistes. Lo sustancial de Azul oscuro casi negro, lo que en esta película me provoca la admiración, la sonrisa, la pequeña tristeza que se encasquilla en la garganta, se había disuelto en la sangre que riega mi cerebro disfuncional. Puf. Nada. Cero. Y es que es falso, muy falso, aquello que afirmaba Goethe de que la memoria alcanza hasta donde alcanza el interés. Él vivió en un siglo exclusivo de libros, sin cines ni televisores, y nada sabía de los poderes malignos de la imagen. Mi interés por determinadas películas no se corresponde con la exactitud o la cantidad de sus rescoldos. A veces sucede justo lo contrario: imágenes de películas abominables se enquistan en capas muy retorcidas del cerebro, y no hay cirugía mental que las arranque de allí, fijadas al tejido como garrapatas que se van alimentando de otros recuerdos, los deseables y buenos. Como un mal día hicieron con Azul oscuro casi negro, nutritivo alimento con el que han ido engordando el recuerdo de bobadas como Misión imposible II, o El quinto elemento, que hay siguen, tan frescas en mi cabeza como el primer día, preservadas e íntegras como brazos incorruptos, tan peculiares e inútiles como ellos. 


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El Caballero Oscuro

Pocas veces hemos compartido Pitufo y yo una película como El Caballero Oscuro, que nos dejara tan satisfechos a ambos. Sólo en el planeta Pixar hemos alcanzado consensos de tamaño calado. Sin ir más lejos, hace unas semanas, mientras Pitufo se lo pasaba teta con las desventuras aceleradas de John McLane, yo iba preguntándome, cada vez que la acción se tomaba un respiro, qué había visto yo en estas películas para considerarlas ya no sólo buenas, sino míticas, imprescindibles, casi fundacionales. Con El Caballero Oscuro, en cambio, he vuelto a experimentar esa sensación, indescriptible, casi mística, que quizá solo entiendan los drogadictos o los borrachos concienzudos, de estar suspendido en el tiempo, de no sentir su paso, de salir flotando por la ventana y colarse en un mundo ajeno donde unos tipos millonarios se disfrazan de buenos y malos para montar una farsa inolvidable.
       Pitufo, a mi lado, no ha dejado de reírse con las ocurrencias y astracanadas del Joker. O él no ha entendido nada de lo que aquí se dilucidaba -el debate profundo y muy serio sobre la naturaleza retorcida del ser humano- o he sido yo, por el contrario, el engañado por Christopher Nolan, que me ha hecho tomar por filosófica una pelea ridícula, disputada entre un ricachón vestido de murciélago y un pirado con la cara pintarrajeada, en el trasfondo de una ciudad gótica sacada de las pesadillas de un lunático. Es posible. Quizá el clarividente aquí sea Pitufo, y no yo. Si a El Caballero Oscuro le quitáramos las frases rimbombantes y las filosofías del Bachillerato, tal vez se quedara, efectivamente, a ojos de un niño que busca diversión, en una simple función de guiñol, con el héroe y el malo, la chica y el policía, los mamporros y las persecuciones.

  




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El funeral

Veo, en la sobremesa ya sudorosa de finales de mayo, El funeral, rescatada del túnel del tiempo gracias al dinero que me gasto en el satélite Astra. Recuerdo que esta película de Abel Ferrara iba para obra maestra definitiva del género. Recuerdo que la vi hace la porra de años, en un cine de León, en compañía de cuatro gatos silenciosos. Recuerdo que me gustó, y que comulgué con el entusiasmo gafapástico de la crítica. Que me sentí, una vez más, miembro iniciado de la secta. Pero luego llegó el tiempo, y el sosiego que analiza las películas con más frialdad, y El funeral se quedó en los puestos mediocres de las 50 mejores películas de gánsters de todos los tiempos.


       No es mala película, El funeral. Sale Christopher Walken, y Benicio del Toro, y el malogrado Chris Penn, que son actores que ya nacieron con cara de mafiosos, y que se mueven en estos argumentos como peces del agua putrefacta. Pero nada, después de Los Soprano, volverá a ser lo mismo en el género: ni la tragicomedia, ni los estallidos de cólera, ni los crímenes sorpresivos… El funeral, con sólo dieciséis añitos, se nos ha quedado vieja. Pretende impresionarnos con su dureza, con su bestialidad, con sus diálogos sobre la conciencia y el correcto proceder de los sicarios.  Pero estos tíos, en comparación con la banda de Tony Soprano, no pasan de ser unas nenazas. Los seguidores del género nos hemos hecho mayores, y tenemos el alma recubierta de callo.


       Rescato de El funeral este diálogo mantenido entre Vincent Gallo y su matón, que aburridos ya de beber y de matar, follan por turnos con una prostituta:
       - Necesitamos algo que nos distraiga, y sólo tenemos libros. Quizá la radio, y el cine, nos mantienen vivos. ¿Crees que la vida tiene mucho sentido sin las películas?
     - Yo creo que vas a ir al infierno, por hablar así.
      
   
      
      
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Mataharis

Por la noche, en esta segunda película del ciclo que lleva por título Olvidos Imperdonables del Cine Español, rescato Mataharis, que llevaba meses pidiendo turno en la estantería. Quedo, una vez más, prendado de la facilidad que tiene Icíar Bollaín para abordar historias tan complejas de un modo tan simple; para lograr que sus actores y actrices siempre salgan impecables y creíbles; para que hablen como usted, o como yo, en el lenguaje de la calle, con acentos y expresiones que uno reconoce propios, o cercanos, y no esos envaramientos teatrales tan habituales en el cine patrio, donde los actores que interpretan a un carnicero de barrio y a su clienta marujona, pongamos por caso, declaman textos imposibles y engolan la voz de un modo ridículo.



       Hoy es 24 de mayo. Consulto mis registros, que los tengo, y descubro, entristecido y preocupado, que sólo han pasado tres años desde la última vez que vi Mataharis En este suspiro de tiempo ya había olvidado una de sus historias principales, y de otra sólo conservaba el planteamiento inicial. ¿Cómo pueden sucederme estas cosas? ¿Dónde van a parar estos recortes de mi vida? ¿Qué oscuro proceso mental los lleva del aplauso a la papelera, de la emoción al olvido? ¿Qué dioses malévolos juegan así con mis recuerdos? ¿Cómo son capaces de robármelos antes mis propias narices? ¿Cómo pueden transportarlos a los sótanos oscuros de mi cabeza sin hacer un solo ruido? ¿Cómo transitan por mis carreteras interiores sin que ningún control los detenga, sin que ningún aduanero registre su paso? ¿Cómo lo hacen, estos habilidosísimos ladrones?




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Homeland. Los atracones

Paso el fin de semana devorando episodios de Homeland como un obeso compulsivo. He decidido ver la serie en sesiones dobles o triples que no me permitan pederme en la trama. Uno, como ya queda dicho, sigue demasiadas series a la vez, y lleva, además, una vida caótica y voluble. Por eso, cuando veía Homeland los lunes por la noche en el canal FOX, tardaba diez o quince minutos en volver a orientarme en los laberintos de la semana anterior. Y eso que al principio de cada episodio los de Showtime tienen la gentileza, para gentes tan lerdas como yo, de colocarnos un previously in Homeland  bien extractado y sugestivo. Pero ni aún así.
       Sucede, además, que Homeland es una serie que apuntilla cada final con un clímax de suspense que queda ahí, flotando en el aire, elevando la nota media de un capítulo a veces plúmbeo y discursivo, con mucha importancia sacramental del matrimonio y mucho niño con cara de mazapán preguntándose porque papá y mamá ya no se quieren. Pero esa intriga  irresuelta apenas dura unos minutos en el ánimo. Pasan las horas, y los días, y aquel susto, o aquella revelación, o aquella muerte repentina de quién no esperábamos ni por asomo, va perdiendo fuelle y termina por apagarse, convirtiéndose en un rescoldo que siete días después cuesta mucho resucitar.


     
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Martín (Hache)

Me enfrento a la estantería, recorro los títulos con el dedo índice -juez supremo de mis apetencias- y me topo con Martín (Hache). La película de Aristarain es la primera que me suelta el bofetón del olvido, el afán de la recuperación. No es estrictamente española, sino semiargentina, pero no voy a cercenar mi proyecto revisionista al primer contratiempo. Antes de colocarla en la bandeja del DVD ya sé que es una grandísima película. Lo que no recuerdo es porqué. Y me duele, y me toca las narices, porque Aristarain es uno de mis profesores de la vida.
Dos horas después, medio lloroso y medio vapuleado, no alcanzo a entender cómo se me pudo ir de la cabeza una obra maestra como ésta, que suelta verdades a chorros. Donde sale el hijo inteligente y libre que todos quisiéramos tener, ahora que los viejos espectadores ya somos padres; donde también sale el padre sapientísimo y cultivado que todos quisimos tener, allá en los desvaríos de la adolescencia; y también, inmenso Eusebio Poncela, el amigo fiel y generoso que rara vez se encuentra en la jungla de los humanos. Martín (Hache) es un catálogo selecto de las mejores personas que yo quisiera conocer. Tipos malhablados, libertinos, ilustrados… Habitantes futuros del infierno. Compañeros ideales de la caldera. La cocción infinita amenizada por la conversación siempre interesante, por la frase justa, por la reflexión que deja poso. Por el acento argentino, tan seductor, tan pegajoso, tan resultón incluso cuando suelta boludeces.


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Todos los hombres del presidente

Vuelvo a ver, por tercera o cuarta vez que yo recuerde, Todos los hombres del presidente. Me devuelve a ella la suculenta biografía sobre Richard Nixon que cabo de leer, nada complaciente con Tricky Dick. Y aunque me sé la película de memoria, porque es de las pocas que nunca se me han borrado de la cabeza, la necesidad de poner imágenes a lo leído ha podido más que mi hambre compulsiva por las novedades. (Aunque esta vez, eso sí, la incógnita de Garganta Profunda ya salga despejada en la ecuación. Jodido y despechado Felt…) 




    Todos los hombres del presidente es una obra maestra del género que podríamos llamar Trastiendas del Poder. O también de ese otro que podría denominarse Periodistas, abogados y otros activistas concienzudos que investigan la verdad. Pero para mí, ahora que la vuelvo a ver con atención, despreocupado ya de la liosa trama de los nombres, Todos los hombres del presidente encaja mejor en el vecindario de El sol del membrillo, o de Man on wire. Mucho más que el escándalo o que el contexto histórico del Watergate,  lo que me fascina de esta película es ver a estos periodistas desarrollando lo suyo, poniendo el cuerpo y el alma en su tarea, metódicos, constantes, eficaces. El espectáculo, sin parangón en la naturaleza, de un homo sapiens con talento concentrado en su labor. Me despiertan la envidia cochina, tipos como Woodward y Bernstein. No por su inteligencia, intransferible, sino por su organización, adquirible con el hábito. Soy una persona que encara cualquier asunto de la vida sin método, improvisando, vagueando, aplazando. Incluso en esto de ver cine y escribir sobre cine, que es lo que más amo en la vida, me veo incapaz de organizar ciclos completos sore tal o cual director, o sobre tal o cual problemática, y escribir asi un diario como dios manda, vertebrado, didáctico, coherente, y no este revoltijo de ocurrencias que son la consecuencia de mis cortocicuitos en el lóbulo frontal, allá donde otros ponen orden y coherencia en sus pensamientos.


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Todo por la pasta. La caja 507

Anuncian en los canales de pago el estreno de No habrá paz para los malvados, multipremiada película que no sé por qué, con apenas cuatro planos entrevistos en las promociones, estoy seguro que ha de gustarme mucho. Es un presentimiento de buena calidad, de los que rara vez fallan. Lo sé porque uno, con el tiempo, ha ido desarrollando este sexto sentido que no sirve para ver muertos, ni para conducirse por la vida con provecho, pero sí para calibrar, en dos vistazos, si la película publicitada encajará en el gusto particular o habrá que tacharla de las agendas. Es un superpoder que no tiene ningún mérito. Un superpoder, además, que sólo vale para este asunto trivial de las películas. Un refinamiento del hocico, nada más. No me lo confirió una explosión radioactiva, ni un origen extraterrestre silenciado por mis padres. Se ha ido forjando poco a poco, golpe a golpe, en la fragua nocturna de las mil películas y las mil series. Lo he sudado de lo lindo, con la espalda, y con el culo, siempre pegados al sofá.
       Siguiendo la pista de Enrique Urbizu encuentro, extraviadas en la maraña de los discos duros,  otras dos películas suyas que guardaban cama en los pasillos de mi manicomio. Me subo a la bicicleta estática y comienzo a ver Todo por la pasta,  entusiasmado, al princicipio, con un repartazo de lujo que va poblando los sórdios barrios del Bilbao preguguenheimiano. Pero a los quince minutos ya estoy arrepentido de no haber optado por los episodios mejorados de Community. Todo por la pasta fue una extravagancia en el panorama nacional del  año 91, cuando todo eran comedias de enredos sexuales y películas sobre los perdedores de la Guerra Civil. Una de policías y drogatas osada, atrevida, distinta. Pero veinte años después se ha convertido en un thriller sin chicha. Cutrísimo de medios, casposo de arquetipos, inverosímil en las reacciones de los personajes. 



       Otra cosa bien distinta es, desde luego, La caja 507, que veo a altas horas de la noche llevado por el despecho, sin ganas ya de escribir nada cuando termina. Aquí se nota que hay un oficio consolidado, y que las corruptelas urbanísticas tienen más garra que las trapisondas de los drogatas. Y, sobre todo, que hay un par de actorazos, el Resines y el Coronado, que bordan sus papeles como pocas veces ocurre en el cine español.  La caja 507 no tiene nada que ver, afortunadamente, con Todo por la pasta, aunque aquí, también, todo se haga por ella.


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Community. Homenajes

 Ahora que estaba a punto de abandonar el empeño de ver Community, porque sus tramas eran cada vez más tontorronas, resulta que los últimos guiones están alcanzando unos niveles de originalidad que merecen, de nuevo, mi paciencia devota de ciclista. Cada episodio se ha convertido en la parodia sangrante de un género cinematográfico, o en el asesinato irónico de una película que las buenas gentes despreciamos. Anteayer se rieron a conciencia de las buddy movies, esas películas malísimas que protagonizan una pareja de policías con talantes distintos y métodos contrapuestos.Ayer, ante mi atónita y rendida mirada, se cachondearon hasta lo hiriente de Ghost, en concreto de la celebérrima escena del torno cerámico. Hoy, en lo que ya es un refinamiento del estilo, han homenajeado a Uno de los nuestros en una trama mafiosa que se movía alrededor de las frituras servidas en el comedor de la universidad. Genial. Seguramente, irrepetible. Tras un episodio así sólo puede venir la cuesta abajo. Pero se han ganado mi apoyo y mi renovado entusiasmo. Les concederé varias semanas más de crédito. De hecho aquí estoy, mientras escribo estos apuntes, ajustándome el parche en el ojo…



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Jungla de Cristal

Este ha sido el fin de semana de John McLane pegando tiros en las junglas de cristal. Bruce Willis es un tipo que siempre cae bien en sus películas, aunque luego, en la vida real, se convierta en el odioso vocero del Partido Republicano. Es un actor con carisma, sandunguero, con esa sonrisa cínica que a uno siempre se le contagia y le pone el día de buen humor. Hasta Pitufo, cuando Willis suelta su celebérrimo ¡Yipee-ki-yay, hijo de puta!, se parte de risa y declara haber encontrado un nuevo héroe para su mitomanía particular. Aunque sea calvo.


       Las Junglas de cristal son ágiles, trepidantes, entretenidas a más no poder. Pero contienen, ay, y de eso yo no guardaba memoria fidedigna, momentos de violencia que con un pre-adolescente sentado en el sofá le incomodan a uno. Hay tiros en la frente, cuerpos agujereados por ráfagas de metralleta, apuñalamientos feroces en luchas cuerpo a cuerpo… En la primera entrega figura un No recomendada para menores de 13 años que sí leí previamente, y que asumí sin problemas como padre funambulista a medio camino entre lo responsable y lo liberal. Pero en la segunda película, para mi sorpresa, porque el grado de violencia es equiparable, constaba un No recomendada para menores de 18 años que sólo leí al final, por pura casualidad,. Es una incoherencia que no se explica muy bien ¿Será, quizá, por los tacos, que en la segunda entrega abundan más que en la primera? Pero a nosotros dos, la verdad, el hijoputa o el jódete nos impresionan más bien poco. Pitufo y yo somos hombres de fútbol, de grandes ligas seguidas en los bares, de pequeñas ligas seguidas en la grada, de partidos jugados al límite con gente muy nerviosa y paleta a nuestro lado, y tales vocablos ya forman parte de nuestro universo cotidiano. Flotan en el aire que respiramos cada día, inevitables como el oxígeno, o la polución. 


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El caso Farewell

Huyo del canal TCM autor donde José Luis Guerín se ríe de mi incapacidad para comprenderle y encuentro, en el Canal +, donde la programación suele ser menos exquisita, una película adaptada a mis menguantes capacidades. Allí me topo con una de topos, El caso Farewell, una de espías a la francesa que narra la true story  de un coronel soviético que allá por los años ochenta pasaba jugosísimas informaciones a los servicios de espionaje occidentales. El caso Farewell es un regreso feliz al esquema clásico del género. Sin ser una película de las de recomendar a voces, me ha quitado, al menos, el complejo de idiota que desde ayer llevaba colgado a la espalda como un monigote. No es que su trama sea la madre de todos los líos, precisamente, pero requiere, al menos, un mínimo de atención, y también, para entender la sustancia de las intrigas, una culturilla básica sobre la Guerra Fría, la Francia de Miterrand y los orígenes de la Perestroika. Nada del otro mundo, ciertamente, sólo un mínimo aprovechamiento de la EGB y de la historia que uno ha visto desarrollarse en televisiones y periódicos. Estoy seguro de que muchos de quienes presumen entender los procesos mentales de Guerín, con sus sombras, sus trenes y sus cortinas, andan muy perdidos en estos menesteres históricos de El caso Farewell. O ésa es, al menos, la creencia a la que debo aferrarme para levantar un poco el orgullo alicaído.


       Lo peor de El caso Farewell es que uno de sus protagonistas, el franchute metido a espía amateur, es el últimamente omnipresente en mi vida Guillaume Canet, el marido en la vida real de Marion Cotillard. Cada vez que él sale en pantalla yo pienso en Marion, con una mezcla de melancolía y de despecho, porque ella no está, y además le pertenece… 


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Tren de sombras

¿Es un documental? ¿Es una película? ¿Es un capricho fílmico? ¡No! Es José Luis Guerín haciendo, una vez más, de las suyas. ¿Qué diablos es Tren de sombras? Peliaguda pregunta que no pienso responder sin la presencia de mis abogados, por miedo a meter la pata hasta el corvejón y ser carne de improperios y pitorreos varios. Hasta el corvejón, sí, pues burro o cuádrupedo me considero al enfrentarme a Tren de sombras sin ser alcanzado por su pretendido magisterio, por su poderío evocador, por su elevada poesía para vates modernos.


       José Luis se encuentra (o le hacen llegar, o los rueda él mismo en una farsa boba, no queda muy claro) unos rollos de celuloide pertenecientes a un abogado parisino llamado Fleury, desaparecido en extrañas circunstancias en el año 30. Fleury era un cineasta amateur que dedicaba sus ratos de ocio a filmar los esparcimientos burgueses de la familia. Así transcurren los primeros veinte minutos de Tren de sombras, en absoluto silencio, con la proyección de estos pequeños cortometrajes caseros deteriorados por el moho y la humedad, hasta tal punto que algunos pasajes son puro ejercicio visual de adivinación. Luego, como ya hiciera en Innisfree, José Luis regresa a la masión del tal Fleury para realizar un recorrido poético por las habitaciones y los jardines tal y como son en el presente. Y entre puertas que se abren, cuadros que cuelgan, relojes que tictacean y cortinas que son mecidas por el viento alcanzamos la hora de metraje.


       A continuación, en un giro extraño de los acontecimientos, volvemos a ver fragmentos de los cortos de Fleury, pero esta vez manipulados en la sala de montaje de José Luis, con imágenes puestas en paralelo, aceleradas, rebobinadas, detenidas en  fotogramas supuestamente reveladores. ¿Qué descubrimos ahí? Que el señor abogado se zumbaba a la doncella. Ya ves tú, qué novedad, en la burguesía. Hay en las filmaciones como miradas, como amagos, como acercamientos inapropiados que se ven, o más bien que se intuyen, pues queda la duda de si todo esto no es, en realidad, un juego que se trae José Luis con el espectador. Sea como sea, al final de la película, para enredar todavía más el experimento, aparecen unos actores modernos interpretando a los protagonistas del idilio mudo, recreando, ya en colorines y con palabras, una de las escenas más “comprometodoras” del film, un tierno paseo sin contacto corporal por los senderos ajardinados de la mansión.



       Creo, o creo entender, la moraleja planteada por Guerín: que el paso del tiempo nos convierte en sombras, en espectros, en recuerdos que con suerte perduran en los soportes materiales de la fotografía o del celuloide, pero que estos también, ay, están sujetos a la corrosión, a la pérdida definitiva. Por ahí, supongo, que van los tiros. ¿Pero era necesario todo esto? Vivo retirado en mi sofá y ya sólo espero divertimentos de exposición clara y mensajes definidos. Aléjense de mi los pesados esfuerzos del acertijo, de la poesía simbólica, de la metafísica neuronal de la imagen en movimiento.



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Nunca me abandones

Termina, para mi mal, porque aún resuena en mis oídos la música de las esferas, el mundial de snooker, y tras dos semanas de abandono, desde los tiempos remotos en que vi Bubble, retomo la rutina monacal de ver una película al día con Nunca me abandones.
       Si es verdad que lo que mal empieza mal acaba, me espera un mar de aburrimientos hasta que el día 8 de junio comience la Eurocopa de fútbol, y vuelva a amarrar en puerto el barco de las películas. Me han engañado, miserablemente, con Nunca me abandones. Había leído cosas sobre ella que luego, a la hora de la verdad, no he visto ni por asomo. La ciencioficcionesca historia de los niños criados en internados británicos para servir de bancos de órganos era, en principio, motivo suficiente para acercarse con curiosidad. Uno pensaba encontrar algo parecido a Gattaca, o a La fuga de Logan, cine de evasión más o menos logrado con alguna reflexión sobre nuestro futuro tecnológico y ético, pero luego, para decepción mayúscula, termina viendo un dramón victoriano de amoríos declarados a la puesta de sol. Este tal Romanek nos hace picar el anzuelo futurista para luego endilgarnos un triángulo amoroso más visto que la mentira de un político, con el agravante, mortal para quien esto escribe, de que un tercio de este triángulo transcurre en la edad infantil de los amantes, en estampas ridículas de música empalagosa y monólogos cursilísimos que son como lenguas de miel cayéndole a uno por la cara. Un asco. Con la desvergüenza, añadida, en el colmo de los martirios, de asignar los papeles principales a estas dos actrices tan frustrantes para el espectador masculino: a Carey Mulligan porque es guapa, pero no está buena, y a Keira Knightley porque no es guapa, pero está buenísima (y que además, aquí, no sé por qué, sale con una pinta de bruja tremenda). Un horror mayúsculo. 



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Primera Sesión y Sábado Cine

A falta de consignar nuevos estrenos en este diario, tonteo con la nostalgia y busco en Youtube las cabeceras de Primera Sesión y Sábado Cine, espacios de Televisión Española que marcaron la educación cinematográfica de mi generación. Jugar con los recuerdos es una práctica de riesgo. Si eres capaz de dominarla al recobrar las viejas sintonías y las viejas imágenes, un escalofrío de melancolía  te recorre la espina dorsal y salvas la experiencia con una sonrisilla estúpida y alguna emoción rescatada. Pero si, como ha sucedido en este caso, la nostalgia se apodera de tus lacrimales y de tu plexo solar, una punzada de dolor hondísimo te atraviesa como una estocada, y quedas jodido para todo el día, pesaroso y llorón, recordando aquellas sesiones de cine, casi siempre en pijama, en las que eras, sin saberlo, inmensamente feliz.


            En Primera Sesión daban películas bélicas, de aventuras, de vaqueros, de risas, de ciencia-ficción, y te lo pasabas pipa y eras feliz en aquel mundo que para los pobres siempre era en blanco y negro, lo mismo en la tele sin colores que en las calles de la barriada. Luego, por la noche, en Sábado Cine, daban las películas que te abrían una ventana al mundo de los adultos, con los dramones, con las tragedias,  con el solitario rombo de aviso que aún se podía negociar o con la temible pareja que te enviaba a la cama sin rechistar, para no contemplar a mujeres con los pechos al aire, para no escuchar a fulanos que soltaban palabrotas tan gruesas como columnas,  para no ver los tiros a quemarropa que ya no eran como los que disparaban los pistoleros en la sesión de tarde, siempre sin sangre, sino tiros que se parecían mucho a los de la vida real, aunque jamás hubiésemos visto ninguno, niños ya de ninguna guerra. 

            
Hoy he visto por primera vez estas cortinillas tal como eran, en color: en tonos sepia los de Primera Sesión, rojísimos los cuatro corazones que  tapaban las cuatro sonrisas espectaculares de Marilyn Monroe sobre fondo rosa; multicolores, en cambio, eran las bombillas al estilo Broadway que formaban los proyectores alineados en la cabecera de Sábado Cine. Son interrogantes que le quedaban a uno desde la infancia, tontorrones, quizá, pero de un gran valor sentimental.




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Master and Commander

Hoy que Pitufo andaba receptivo a mis sugerencias hemos visto Master and Commander, la obra maestra de Peter Weir sobre los barcos de vela de las guerras napoleónicas. La fragata Surprise no es, por supuesto, el barco de cartón piedra sobre fondo trucado que navegaba en los grandes clásicos del género, inasumibles ya para un espectador del siglo XXI a no ser por curiosidad, o por sentido antropológico del deber, con los Fairbanks, los Errol Flynns y demás compañía. La Surprise es un barco hiperrealista, con sus mugres, sus cañonazos, sus astillas que saltan. Viajas al mismo lado de esta valerosa gentuza que lo tripula y lo comanda, dejándote llevar por la bendita verosimilitud del cine de ahora, que no precisa, como hace cincuenta años, que te imagines que vas en un barco de verdad - impostura añadida sobre la esencial impostura que es el cine- sino que te libera de ese esfuerzo para que todo sea disfrute y experiencia a flor de piel. 


Surgió la idea de ver juntos Master and Commander hace dos semanas, cuando Pitufo vino del colegio hablando de Charles Darwin y de su viaje en el Beagle, que habían estudiado en clase de Ciencias a propósito de un tema sobre la evolución humana. Yo tengo una película sobre eso, le mentí, porque si bien es verdad que en Master and Commander sale un naturalista con lentes que investiga la fauna de las islas Galápagos, no es ése, precisamente, su tema principal. Lo que me interesaba realmente, y me callé muy ladino, es que Pitufo, cercano ya a cumplir los trece años, abandone poco a poco el cine infantil e infantilizado de los Disneys Channels para ir adentrándose en temáticas algo más complejas y -vamos a decirlo así- más adultas. No en el cine adulto, claro está, que eso es otra cosa, un género que Pitufo irá descubriendo a escondidas, con el tiempo, con sus amigos, lejos de mi atención, como hicimos todos a su edad. El único género, ay, del que nunca podremos compartir argumentos ni recomendaciones, sabiendo que sabemos, pero actuando como si no supiéramos nada.



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Louie. Mad Men

Debe de ser el calor, que me adormece los sentidos y las apetencias, pero en estas canículas de mayo no tengo hambre de otras ficciones que no sean Mad Men. El resto de mis obsesiones se ha hundido bajo capas de tejido cerebral, y ahora sus golpes suenan acolchados y lejanos. La impaciente jauría está, de momento, a buen recaudo en el manicomio de mis profundidades. Ahora el monotema de mi corteza cerebral es Don Draper, y los personajes que lo acompañan en esta cuarta temporada. Antes tuve que repasar por entero la tercera, porque se me habían olvidado, o al menos difuminado, partes centralísimas del argumento. Son las cosas que a uno le van sucediendo con la edad. He revisitado estos trece episodios con la sensación, incómoda y preocupante, de estar viéndolos por primera vez. Sólo en las escenas más dramáticas he podido anticiparme al desarrollo de la trama. La tercera temporada de Mad Men ha sido, quizá, el primer gran fracaso de mi antes prodigiosa memoria. El Waterloo de mi exuberante juventud de cinéfilo. Un aviso de que, a partir de ahora, habré de poner más atención en lo que veo, reduciendo los soliloquios neuronales que tanto me dispersan la atención, o tomando notas de lo importante en un cuaderno secreto de tapas rojas: “Mad Men, temporada 4ª, episodio 1, asuntos principales: ...”

                                                   

    Louie, con sus ratejos de veinte minutos que voy entresacando de los deberes, es el postre suculento que arruina esta frugal y espartana dieta. Hay más chicha, más calorías, más toxinas en cualquier monólogo de Louis C.K. que en tres lánguidas horas de Mad Men. No más verdad, ni más mentira, porque ambas series desnudan al ser humano en lo más íntimo e inconfesable. Lo que pasa es que en Mad Men no hay prisa ninguna, todo se cuenta con estilo, las tías están buenísimas y los tipos son la envidia de cualquier semifracasado de la vida como yo. Aquí los guionistas juegan sus cartas con lentitud, porque saben que nos tienen encandilados y rendidos, y van soltando su sabiduría en gotitas que son como de Chanel nº5. Louie, en cambio, es un tipo gordo, divorciado, pajillero, que suelta sus verdades de un modo directo y guarrindongo. El perfume de Mad Men aquí son supositorios del tamaño de un pen drive que te producen úlceras en el culo mientras te matan de la risa. Louie retrata nuestras miserias en tres brochazos demoledores por cada episodio: zas, zas y zas.  En lo demás, en el relleno que le va llevando de un pensamiento genial a otro, no pone gran cuidado. La serie es, si me apuran, hasta mala. La antítesis artística de Mad Men: apresurada, obscena, grotesca, marciana... Casi todo el mundo que sale en Louie es feo, o tonto, o deforme, o tiene un serio problema de salud mental. Y sin embargo ambas series combinan a la perfección.  Si Mad Men pone el énfasis en las miserias de los triunfadores, Louie pone el acento en la dignidad de los perdedores. En ellas nadie es del todo bueno ni malo, ni seguro ni indeciso, ni respetable ni despreciable. La vida misma. 





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