127 horas

Es lo bueno que tienen los años bisiestos, que tienes un día más para ver películas e ir descongestionando los discos duros. Aprovecho esta oportunidad que sólo se nos concede una vez cada cuatro años y veo, después del partido de la selección española, 127 horas, película de Danny Boyle que el año pasado hizo bastante ruido en el mundillo de las  tertulias.
             La película está bien, pero no va más allá de una anécdota truculenta estirada durante hora y media. Si la semana pasada acabé asqueado con la dichosa mutilación de Antricristo, he aquí que me encuentro con otra aún más detallada si cabe, aunque esta vez no gratuita, sino exigida por los hechos reales en los que se basa el guión. El caso es que si no quería caldo, ahora tengo dos tazas. Se ve que es la moda de ahora en los guiones, que ningún personaje termine entero la función. Ocurre, para más inri, que justo encima del televisor, en el lote de DVDs pendientes de revisión, asoma amenazante La pianista, la película de Haneke donde Isabelle Huppert ya hacía sus pinitos en este bonita costumbre de autoinflingirse pupas de las gordas. ¿Casualidad? No lo creo. Hay algo raro flotando en el ambiente, la premonición de días aciagos que amenazan tormenta y desgracias. Algo muy querido va a ser cercenado en mi vida. Seguramente mis sueños de que el Real Madrid conquiste su décima Copa de Europa en el mes de mayo. O eso, o que se me va a joder por enésima vez el aparato grabador de DVDs, rebanando una parte sustancial de mi billetera. Serían las mutilaciones menos graves...


            Aunque difícilmente se me va a olvidar 127 horas, no creo que el lomo de su DVD llegue a engrosar mi selección de películas, a no ser que dentro de unos meses me la regale algún periódico, o alguna de las amantes que menos me conocen, de esas que tras el retozo hablan poco y preguntan menos. Y aún así, dudaría mucho antes de aceptarla, porque sigo muy enfadado con el señor Boyle, desde que le robó los máximos honores a El curioso caso de Benjamin Button con aquella ñoñez infantil y tramposa titulada Slumdog Millionaire. ¿Quién se acuerda ya de Slumdog Millionaire? La historia se la tragó como si nunca hubiese existido. Sin embargo, la magia de Benjamin Button aún perdura en el recuerdo. Fui su más acérrimo defensor en esta pequeña comarca entregada a los rebeldes hindúes. Pasé días enteros en los foros poniéndole dieces, agotando adjetivos, saliendo al paso de los mentecatos que osaban colgarle algún pero. Y luego, aquel lunes aciago por la mañana, pongo la radio en el desayuno y me encuentro con que Danny Boyle y sus muchachos nos han robado las estatuillas con un vulgar truco de prestidigitación sobre la pobreza y los bailes pegadizos. Qué vergüenza. Qué afrenta. Qué golpe bajo.


               Luego, al terminar el día, me ha dado por calcular los 29 de febrero que presumiblemente me quedan por vivir. Y con esa cifra rondándome la cabeza, escueta y macarrónica incluso en el supuesto más optimista, he tardado varias medias horas en dormirme.
            Hasta dentro de cuatro años, día cabrón, relojero calavérico de mi tiempo restante.

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Hunger

Veo, a última hora del sábado, cansado ya de perseguir el fútbol por doquier, la película irlandesa Hunger, a la que llegué siguiendo la pista de Michael Fassbender en el pinball habitual de las referencias. 


            Cuenta el drama de unos presos del IRA que en tiempos de Margaret Thatcher se pusieron en huelga de hambre para protestar contra la ocupación británica y el régimen carcelario que sufrían. Es una película extraña: impactante en sus escenas violentas, pero casi muda, parquísima en explicaciones, tan fría y tan minimalista que uno, al final, sobrepasada con creces la hora bruja de las doce, no puede evitar la caída plomiza de los párpados. Confieso que hubo un momento en que me dormí. Regresé a los tres o cuatro minutos y la cosa seguía más o menos igual, con la huelga de hambre de Fassbender y la policía británica arreando estopa de lo lindo. De ahí hasta el final, la trama vino envuelta en una bruma de modorra que a veces se espesaba y a veces se dispersaba. No pude centrarme en los detalles, ni apreciar el enfoque estilístico, ni aplaudir la originalidad de la propuesta. Al filo del sueño una ya sólo busca chicha, o tiros, o risas, goces primarios y placenteros. Personajes esquemáticos, y, a ser posible, mujeres de bandera, de las que Hunger, para más inri, prescinde en absoluto, en aras del drama carcelario atosigante y crudo. Ni un mísero vis a vis. Ni un centímetro cuadrado de piel femenina. Porca miseria.



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Anticristo

Por la noche, para reposar el sudor grasiento de la bicicleta estática, me despatarro en el sofá y veo Anticristo. Harto ya de esperar a que la pasen en los canales de pago, he decidido cañonear el barco danés en alta mar y quedarme, provisonalmente, con su tesoro. Venía yo con ganas de enfrentarme a la enésima locura del amigo Lars, después de la experiencia demoledora de hace dos semanas con Melancholia. Y no empieza mal, Anticristo, con esa tragedia morrocotuda narrada en blanco y negro y ese folleteo explícito que siempre anima a seguir viendo la película. Pero luego... Qué decir, a quien ya la haya visto. Y qué decir, también, a quien no la haya visto. Lars no ha hecho esta vez una película para el espectador, sino para sí mismo, con claves y referencias que sólo él entenderá. Como Fellini, como Buñuel, como Saura, cuando nos contaban sus sueños y sus obsesiones y todos poníamos cara de enterados, aunque no nos enterásemos de nada, sólo para que no nos acusaran de simples. Pero con ellos, al menos, no tenías que apartar la vista en ciertos momentos, asqueado de las heridas y las torturas. De ese pedazo de carne en particular que salta y salpica de sangre y que ya es un hito, asqueroso y gratuito, en la memoria particular de mis aprensiones. Y en la de todos, supongo.




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The Office. Quinta temporada

Desde que salí del hospital no he vuelto a ver ningún episodio de House. Ni subido en la bicicleta estática, ni despatarrado en el sofá. No soy especialmente aprensivo con estas cosas, ni padezco la hipocondría malsana que sí tiene mi hermano Woody. Pero necesito tomar distancia con mis dolencias, por banales que sean. Me he pasado, por tanto, para mantener viva la llama del pedaleo, a la quinta tempora de The Office, que tenía guardada para una ocasión especial, como se guardan las botellas de champán en la nevera. Para cuando la vida me sonriera y el espíritu abrumado encontrara por fin un motivo de satisfacción. Pero he aquí, de nuevo, la vieja disquisición sobre la oportunidad anímica de una serie que te hace reír. ¿Ha de reservarse para los buenos momentos, como una celebración de la vida? ¿O hay que esperar, en cambio, a que el espíritu afligido pida a gritos un contrapeso del dolor? Desde los antiguos griegos, tan sabios, andamos a vueltas con el dilema.
            Y más aún: ¿Es The Office, realmente, una comedia ideada para hacer reír? Porque más allá de sus enredos y de sus locuras, es una serie de fondo pesimista y desolador, casi nihilista. Pocas veces se ha visto retratada con tanto tino la estupidez humana. Sólo un puñadito de personajes se salvan de la mezquindad, de la estrechez de miras, del orgullo personal que todo lo deforma. Es una serie que aquí habrían elevado a la categoría de obra maestra Azcona y Berlanga, porque ellos fueron los narradores inigualables de la chapuza nacional, de la improvisación, del eufemismo, del individualismo improductivo y coñazo que sólo sabe de lo suyo, de sus propias obsesiones. Como estos tiparracos y tiparracas que tanto nos divierten en The Office.



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VOS

Una hora y media me separaba de la llegada del sueño, que irrumpe con puntualidad británica a las doce de cada noche, justo cuando empiezan los programas deportivos en la radio. Tuve, pues, que afanarme en la búsqueda de una película corta, ágil, de digestión sencilla, que me hiciera olvidar el mal trago propuesto por Godard. Y encontré VOS, película catalana inestrenable por estos lares que robé al abordaje el año pasado, por ir actualizando la filmografía de Cesc Gay, el tipo que me regaló películas tan dignas como Krámpack o En la ciudad. 




            VOS es una cosa rara, un experimento teatral en el que los actores van decidiendo la trama de la película en conversaciones que rompen la ficción dramática. Es chula, la idea, pero al final uno acaba aburrido, y un pelín decepcionado.  Es una película fallida, que no mala. Las películas malas son engendros condenados al fracaso desde el primer momento. Las fallidas, en cambio, traslucen un saber hacer, una propuesta arriesgada, un toque de inspiración, aunque luego la idea no cuaje, o se vaya por peteneras. Son películas que se agradecen, aunque defrauden. Porque es ahí, en el campo de la experimentación, del riesgo, donde se cuecen las obras maestras que luego cambian la historia del cine y justifican, por pocas que sean, una vida entera dedicada a perseguirlas y disfrutarlas.
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Masculin, féminin

Y por la noche, tras enfrentarme a Masculin, féminin de Godard, y abandonarla desesperado a la media hora de aburrimiento, cansado ya de los simbolismos, de los rótulos ametrallados, de las situaciones rocambolescas, termina mi relación tormentosa con el cineasta francés. Aún me queda por ver Lemmy contra Alphaville, guardada en el disco duro, pero presumo que tardaré meses en reunir energías para abordarla. Alphaville será como ese libro que uno olvida en el piso de la ex-amante, que hay que recoger aunque ya no se necesite, por orgullo, y para dejar las cosas claras.



Porque yo, cuando descargo, me comprometo. La piratería es un acto de responsabilidad plena. Aunque al día siguiente uno ya se esté arrepintiendo de la película en cuestión. Como Alphaville, sin ir más lejos, cuya sinopsis, que hace poco estaba leyendo en internet, promete más chaladuras todavía y más coreografías sesudas de lo absurdo. Y eso que hace años, cuando vivía en Toledo, y me acercaba los fines de semana a Madrid, a ver las películas subtituladas, siempre me preguntaba de dónde coño vendría el nombre de los cines Alphaville, que tan bien sonaba, meca cinéfila de mis paseos sin rumbo por la Villa y Corte. Y ya ves tú, lo que era...


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En un mundo mejor

Siguiendo la pista a Susanne Bier, la directora de Te quiero para siempre, me encuentro en los canales de pago con su última película, En un mundo mejor. Es una película sobre la violencia, sobre la devolución de la violencia, sobre el ciclo sin fin de las agresiones mutuas, lo mismo en el mundo de los adultos que en el microcosmos de las relaciones infantiles. Es una película danesa cuyo argumento podría haberse desarrollado en cualquier lugar del mundo. En ese sentido, es una película muy poco nórdica. Pero en el otro, en el que a mí más me interesa, es escandinava por los cuatro costados. Que la violencia genera violencia es un tema ya muy trillado, de aprendizaje obvio para cualquiera que tenga dos dedos de frente. Por ahí, En un mundo mejor, no nos aporta gran cosa. Su enjundia está en la vida limpia y ordenada que la cámara capta más allá de los personajes y sus problemáticas. Se nota, una vez más, que Dinamarca es un país que funciona. Hay llamadas de medianoche a la policía, enfermos que ingresan en los hospitales, chicos nuevos que llegan a los colegios, servicios sociales que toman cartas en los asuntos, y todo se solventa con una eficacia que despierta la más mediterránea de las envidias.



            También salen en esta película, como intermedios bucólicos para aliviar las tensiones del dramón, muchas bandadas de pájaros. Es un recurso de dirección tan válido como cualquier otro. Lo mismo hubieran servido unos planos de atardeceres, o de peces nadando en el río. Pero así hemos aprendido que incluso los pájaros daneses se organizan mejor que los nuestros, volando en formaciones organizadas y geométricas, no como aquí, que cada uno tira para donde se le antoja, en pandas de anarquistas a los que nadie dicta por dónde hay que escapar o buscar alimento. Salen, también, en esta película, muchos planos de nubes que vienen y van, mecidas por el viento. Se ve que son nubes danesas, que las han filmado allí mismo, en la península de Jutlandia, porque son más blancas que las nuestras, de contornos más definidos, con un no sé qué más elegante y civilizado, como si pidieran perdón por tapar el solecito, o por amenazar con la lluvia. Evolucionan, fluyen, van ocupando el espacio público del cielo con la corrección propia de todo lo escandinavo. En una palabra: todo es mejor en Dinamarca, salvo la liga de fútbol, y el jamón serrano. Además allí no hay rubias de bote, ni rubias con mechas: o son rubias del todo, o lucen espléndidas la morenez de sus cabellos, sin complejo alguno. Allí las mujeres son más honestas, y también mucho más guapas. Mucho más.


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La fallida exégesis de Godard

Y aquí sigo, tantos meses después, a vueltas con las películas de Godard. Sus películas son la piedra de toque de mi cinefilia, el muro de ladrillo contra el que me estrello una y otra vez. Vivo obsesionado con la interpretación de este hombre, al que de momento no soy capaz de entender. El encuentro con Godard es una cita ineludible de todo buen aficionado al cine, un sacramento establecido por el sínodo incontestable de los que entienden y pontifican. En Godard confluyen las enciclopedias, las referencias, las reseñas eruditas. No se puede ir por ahí, presumiendo de cinéfilo por la vida, y luego poner cara de ignorante cuando te preguntan tu opinión sobre el (supuesto) maestro francés.


            A mí me ha llegado muy tarde la cita con Godard. Se ve que con cuarenta años ya no está uno para estos trotes, que se me pasó el arroz de los tiempos mozos. Perdida la plasticidad de las neuronas y la curiosidad infinita por lo nuevo, mi cerebro se ha hecho fósil en sus gustos y manías. Godard me enseña sus viejos trucos de cineasta rompedor, y yo, a cincuenta años luz de distancia, asisto a la función con los brazos cruzados, añorando otro tipo de películas. Sucede, además, que la gente de mi generación ha vivido muy alejada de la cultura francesa. Los niños del baby boom hemos crecido con el inglés en los colegios, con las sitcoms americanas copando el tiempo televisivo. Hemos crecido mamando la NBA, la Premier League, la Guerra de las Galaxias, la adolescencia tardía de Steven Spielberg. Nosotros no escribimos poemas en francés a nuestras amadas. No fuimos a Perpignan a ver guarrerías prohibidas por la censura. Nosotros no cantábamos a Brassens, ni escuchábamos a Aznavour, ni entendíamos ni jota del Je t'aime moi non plus, más allá de los obvios gemidos de Jane Birkin. Y eso te va creando un déficit de lo francés, una incomprensión profunda de su cultura, un extrañamiento de sus formas artísticas que luego, cuando te enfrentas a Godard, te vuelve incapaz de comprender por qué a veces deja fuera de plano a su protagonista, por qué a veces elimina el sonido ambiente, por qué a veces entrecorta el montaje, por qué a veces los personajes se detienen, por qué esos finales sin final resultan casi siempre tan absurdo.


            Me enfrento a las películas de Godard y no paro de rascarme la cabeza como un chimpancé, a ratos confundido y a ratos muy perdido. Hoy ha sido Vivir su vida, dramón prostibular donde Anna Karina pasea su belleza por las calles de París buscando hombres con los que sacarse unos francos, y, ya de paso, entre que nos vestimos y nos desvestimos, filosofar sobre la vida y leer las obras completas de Edgar Allan Poe. En el último año han sido Una mujer es una mujer,  La Chinoise,  Simpathy for the devil,  Todo va bien y alguna otra más de cuyo nombre no quiero acordarme. Y en verdad, sólo de Banda Aparte, donde había un par de giros molones en la trama de los ladrones y te comías de guapa a Anna Karina bailando con el sombrero, he sacado yo motivos suficientes para no cabrearme y no cejar en el empeño de mi labor exegética de Godard. Hasta que me enfrente a Alphaville, y a Masculin, féminin, que ya aguardan su turno en la estantería, y que serán, presumo, los últimos asaltos de este singular combate.


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Chico, y Rita

He vuelto a escaparme del mundo real con Chico y Rita, película que están pasando estos días por los canales de pago. He aterrizado en ella más por curiosidad que por convencimiento. Más por deber que por vocación. Más por la presencia de Fernando Trueba en los títulos de crédito que por cualquier otra consideración. Ni me entusiasma el jazz latino ni me arrebata el virtuosismo de los diseños gráficos. Al final, después de hora y media de metraje, ni siquiera los desnudos integrales de Rita han despertado en mí una excitación reseñable, tan esquemáticos en su pincelada. Se ve en Chico y Rita un mérito, una labor, un proyecto novedoso de gente capaz y creativa, pero yo ando pendiente de muchas cosas, con la cabeza descolocada y giratoria. Quizá en otra época, en otro estado de ánimo, la música y los dibujos de Chico y Rita hubiesen alcanzado otra repercusión en mi juicio. Quizá hubiesen triunfado en una serenidad de espíritu más predispuesta, menos exigente, más alborozada y recreativa. Más vitalista y sandunguera. Pero no es el caso. No era el momento de esta película. Queda anotada en la lista de revisables, junto a otras cien, para cuando haya tiempo, en esta vida, o en la siguiente.



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Boardwalk Empire

En estos tiempos de enfermedad vivo como uno de los pacientes del doctor House, sometido a multitud de pruebas que no terminan de dar con el quiz. Pero yo, a diferencia de ellos, no me muero cada diez minutos de programa. No tengo convulsiones, ni entro en parada respiratoria, ni me salen eccemas por toda la piel. Estoy sano, fresco, desesperado ya de contemplar estas cuatro paredes grises, de recorrer este pasillo tan cortísimo que ni a cien metros olímpicos llega. Mato los infinitos ratos con la impericia de un asesino muy poco profesional. Hojeo a Montaigne, atiendo las visitas, trato de ver a plazos los DVDs que me van trayendo. Entre las paradas cardiorrespiratorias del ordenador y las interrupciones permanentes del personal médico, la loncha de ficción más larga no creo que haya alcanzado aún los veinte minutos. Es como intentar ver una película en Antena 3 o en Telecinco, un imposible metafísico que termina con la paciencia de quien pone verdadero interés en el empeño.


            Ha sido así, a trancas y barrancas, como he conseguido completar la segunda temporada de Boardwalk Empire. Noto, en relación a esta serie, que voy a contracorriente de la opinión general. Entro en los foros, leo en los periódicos, repaso las reseñas, y todo es aplauso unánime y entusiasmo general. Los sacerdotes me piden a gritos un examen de conciencia. Pero por más que lo intento, padre, no logro arrepentirme de que Boardwalk Empire no termine de gustarme.
            Arrancó muy bien, sí, con aquel episodio piloto firmado por Martin Scorsese que prometía un Casino trasladado a los locos años veinte. Luego, por momentos, llegamos a creernos que Los Soprano habían resucitado en una precuela donde se narraban las historietas alcohólicas de sus abuelos. Pero luego ocurrió lo de tantas otras veces: que la chispa se apaga, que los amoríos asoman la pata, que los secundarios insulsos reclaman su minutaje. Las tramas se dispersan, se enredan, se alejan del motivo principal que nos clavaba en el sofá: los gángsters con sus jetos, con sus códigos, con sus metralletas de gatillo fácil. Las corruptelas municipales dejan paso a los traumas religiosos de las señoras; los niños enfermitos ocupan las escenas donde antes bailaban desnudas las putas del cabaret; la reivindicación lésbica de las sufragistas nos roba el tiempo que otrora copaban las redadas policiales a medianoche, con sus tiros y sus persecuciones. Es como una adaptación de Amar en tiempos revueltos en otros tiempos revueltos. Alguno dirá: es que así la trama se enriquece, se expande, toca asuntos varios para componer un fresco sobre la Norteamérica de los años veinte. Un caleidoscopio, un mural, un retrato polifacético… Pues bueno. Cojonudo. Pero yo no venía a eso.



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Pi

Hoy me han traído el ordenador portátil a la habitación del hospital. Cinco días después del ataque de melancolía he recobrado el ánimo de ver películas, aunque sea en estas condiciones nefastas, con las interrupciones continuas de las enfermeras, los ruidos y golpes que no cesan, las visitas que aparecen a cualquier hora del día. Las llamadas de teléfono que se suceden y que uno, por cortesía elemental, no puede dejar de lado. Un ordenador portátil, además, que se apaga cuando le da la gana, que acepta y expulsa los discos a capricho, que se recalienta a tal velocidad que cuesta sostenerlo largo rato sobre las rodillas, o en el regazo. Un cacharro que necesitaría, mucho más que su dueño, una larga estancia en el hospital comarcal de las reparaciones.
            Veo en su pantalla, en las más tranquilas horas de la noche, la extraña película Pi. Es la primera película que rodó Darren Aronofsky, la primera también suya que yo vi, hace años. Es muy rara, muy corta, en blanco y negro. Va de un genio matemático con dolor de cabeza que trata de descubrir, allá en su habitación repleta de ordenadores y de cables, la regla numérica que rige las alzas y bajas de la Bolsa. Va del número π, de la cábala judía, del número sagrado de 216 cifras que es el verdadero nombre de Dios… Es una locura de contenido extraño y cámara neurótica que no se queda quieta. Muy arofskiana.


            Max Cohen, que está como una puta cabra, se encierra en su apartamento de cien cerrojos para que lo dejen trabajar tranquilo, para que nadie le robe el secreto de sus matemáticas. A mi, que estoy aparentemente cuerdo, no se me permiten tales privilegios en ningún lugar. No en el trabajo, por supuesto, donde uno vive bajo la vigilancia constante e indirecta de los demás. No las cafeterías, claro, donde uno está sujeto al escrutinio chismoso del vecindario. Y mucho menos en casa, donde un cerrojo sería, en sí mismo, la prueba acusatoria de las maldades horrendas que se pretenden ocultar. Sueño con una habitación en la que jamás entre nadie, ni a preguntar, ni a saludar, ni a buscar nada, hasta que la película puesta en marcha no haya terminado. Hasta que los comentarios que yo escriba sobre ella hayan cogido consistencia y vuelo. Es un sueño simple, irrisorio, pero imposible de cumplir por ahora. Los que viven conmigo prefieren aguantar mis quejas, y mis jetas contrariadas, antes que concederme el pestillo que los libraría de mis malos modos. Malvivo en el complejo mundo de las relaciones humanas.



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Historia del cine de Mark Cousins. Nickelodeons

En el segundo capítulo de la Historia del Cine de Mark Cousins la historiadora Cari Beauchamp habla de cómo eran las espectadores norteamericanos en los años 20, aquellos que llenaban los nickelodeons en los primeros tiempos de la fiebre popular por el cinematógrafo:
            “La mayoría de los norteamericanos no habían ido más allá del sitio donde nacieron. [...] A medida que empiezan a hacerse películas, y a construirse cines, de repente, ibas a la esquina y por diez o quince centavos podías ver el mundo entero”
            Uno, que ha crecido cien años después de los nickelodeons, sí ha viajado más allá de los veinte kilómetros a la redonda. Uno ha visto algo de mundo, que se dice. Pero no mucho más que aquellos granjeros del maíz, o que aquellos panaderos del Bronx. Uno sólo viaja en las vacaciones, y en los puentes laborales que la Lutwaffe empresarial todavía no ha bombardeado. Y tampoco demasiado lejos, sólo a lugares donde el castellano mesetario sea idioma común, y le sirva a uno para no morirse de hambre en los restaurantes. Luego, en la vida cotidiana del trabajo y los fines de semana en casita, uno no se aleja de su cueva más allá de una legua. Si acaso dando un largo paseo, o meneando las lorzas en la Vuelta Ciclista al Vecindario. Uno lleva, en el fondo, una vida muy parecida a la de aquellas gentes. Para los que nunca compramos guías de países extranjeros en las librerías, el cine sigue siendo nuestra ventana a otros modos de pensar, y de vivir.

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Contraté a un asesino a sueldo

Hoy he vuelto a ver una película de Aki Kaurismäki, Contraté a un asesino a sueldo, y otra vez me he quedado frío con el finlandés. No conecto con Kaurismäki. Lo que debería ser una celebración para mi mentalidad escandinava se ha convertido, no sé cómo, en un desencuentro educado y muy frío. Muy nórdico. Ya me ocurrió otras veces con La chica de la fábrica de cerillas, o con Un hombre sin pasado. Ninguna de ellas me ha dejado poso. Las recuerdo como buen cine, genuino y diferente, pero cine del que se me olvida, del que no me deja imágenes, del que voy degustando con curiosidad mientras pienso en cientos de películas mejores con las que haber pasado el rato.


Quizá no soy tan escandinavo como pretendo ser, o quizá Kaurismäki es un finlandés atípico al que no entienden ni sus propios compatriotas. Quizás él baja al Mediterráneo mientras yo subo al mar Báltico, y nuestros encuentros se producen en una zona templada donde ninguna emoción nos conecta. Quizá soy yo quien espera de él cosas que no ha prometido. Al principio esperaba encontrar en sus películas la idílica Finlandia del bienestar social y las mujeres rubiazas como abetos, y sin embargo, Kaurismäki jamás abandona los pisos cutres ni los baretos deprimentes. Siempre saca, además, a mujeres muy feas, para que no le rompan el conjunto artístico ni la coherencia del plano. Su Finlandia no es precisamente la Dinamarca luminosa y bien funcionante que sí enseñan las películas Dogma. A veces, incluso, como en Contraté a un asesino a sueldo, ni siquiera es Finlandia el marco de sus historias desventuradas, sino Londres, con su niebla, con sus borrachos, con su cochambre…
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House. Terapia ciclista

Son días de enfermedad, de gripe persistente y latosa. La fiebre, que en otros enfermos es fuente de delirios y ensoñaciones, a mí me sujeta a la realidad con grilletes de prisión medieval. Me vuelve obsesivo con los fastidios cotidianos, a los que doy mil vueltas sin parar, como una lavadora estropeada y ruidosa. No saco nada en claro del permanente volteo, porque la fiebre tiene eso, que no analiza, ni razona, sólo baraja. Enfermo de fiebre no puedo acudir a la medicación antineurótica de las películas, que pasan ante mí en un segundo plano desenfocado y confuso. Más allá de un rato, la realidad vuelve a plantarse ante mí, inmisericorde y pesada, agitando las manos, o chasqueando los dedos, para que no me olvide de su presencia.  


            Hace unos días, el doctor House sustituyó a los hermanos Harper en el fastidioso papel de jalear mis pedaladas. Es la quinta vez que me ayuda en la terapia. Y en esta ocasión me ha venido al pelo. Ahora, en los días de enfermedad, con la bicicleta estática aparcada por las molestias, sus chanzas son el único alimento de mi espíritu, derrotado en el sofá. Cada episodio dura cuarenta minutos, que es el tiempo justo que la fiebre me concede para volar. Además, las tramas de House siempre han sido obvias, simplonas, calcadas las unas a las otras, más allá de que fulano quiera tirarse a fulana o de que el enfermo tenga un transtorno autoinmune en lugar de lupus. Son un regalo para la mente torpe y adormecida. Es una mierda, House, pero me gusta. O más bien debería decir que me gusta el personaje de House, y no la serie en la que éste sale. Lo demás, salvando a su amigo Wilson, no es más que un desfile de pibones en el que sólo Olivia Wilde -a quien los dioses crearon perfecta- y Jenniffer Morrison -que tanto se parece a los ángeles femeninos de la Biblia-  tienen plaza fija en el reparto.


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Quills

En el laborioso empeño de ir vaciando los discos duros que se acumulan, hoy me encuentro con Quills, película grabada hace meses en los canales de pago. Es una película atípica en mi filmografía particular, porque a pesar de los muchos años que han pasado sin revisitarla, conservaba de ella un recuerdo casi exacto. Quills contiene poderosas imágenes que no se me van de la cabeza, duelos verbales entre el marqués de Sade y sus puritanos carceleros que son líneas maestras del diálogo, y de la vida. Me es muy cercana, además, Quills. En el fondo, más allá de las enseñanzas morales y del contexto histórico, no es más que la historia de un personaje al que no le dejan escribir. Él marqués dispone de todo el tiempo del mundo, allá en su celda de Charenton, pero le niegan el tema, la esencia de su escritura. Yo, por contra, que vivo en otro siglo, y que tengo la libertad de elegir mis temas, incluso los más obscenos y escandalosos, no dispongo del tiempo que sí disfrutaba él, en su condición aristocrática. Porque el marqués, en su reclusión, no cocinaba, ni fregaba los platos, ni salía de compras, ni llevaba a su hijo a las actividades, ni atendía las llamadas del teléfono, ni sacaba al perro a pasear, ni perdía las tardes enteras viendo partidos de fútbol. Se lo daban todo hecho, en su celda de privilegio. Y los ingleses, allá en la pérfida Albión, enfrascados en las guerras contra sus compatriotas franceses, aún no habían encontrado tiempo para inventar el maldito balompié.



            A veces me pregunto si no sería ésa mi vida ideal, la de preso. Pero no uno fijo, como el marqués de Sade, sino uno discontinuo, a temporadas, sujeto al dictado de mis musas. Conocer España de cárcel en cárcel, de soledad en soledad, liberado de las pesadeces de la vida. Allí gozaría del silencio, y de la falta de distracciones. Haría ejercicio, tendría una alimentación equilibrada, y eso sin duda se reflejaría en un estilo más reflexivo y depurado. Bastaría con elegir el delito más adecuado para desarrollar cada proyecto: una evasión de capitales para una novela corta; una estafa inmobiliaria para optar a un premio de narrativa breve; unas ofensas a la Casa Real para juntar unos añitos y enfrentarme con serenidad a la obra cumbre de mi vida…



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Cuento de verano, otra vez

Me ha vuelto a suceder. He vuelto a grabar en DVD una película que ya tenía grabada. Estaba convencido, absolutamente convencido, de no tener Cuento de verano, la película de Eric Rohmer. Hubiese apostado cualquier cosa por ello. Y sin embargo, al colocarla en su lugar correspondiente, al lado de los otros cuentos de la cuadrilogía, me he encontrado en la estantería con su hermana gemela, riéndose de mí a carcajadas. Para la mayoría, un error tonto; para mí, que soy reincidente, un síntoma renacido de mi enfermedad incurable, de mi caminar errático por el mundo de las películas. De mi desorganización, de mi anarquía, de mi enfoque poco sistemático, a pesar de todos los inventarios, de todos los repasos periódicos, de todos los empeños por organizar este mundo de cinefagia compulsiva. 
              Necesito, más que nunca, este diario.


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Midnight in Paris

Hoy, 2 de febrero, en Punxsutawney, se ha celebrado, otra vez, el Día de la Marmota (Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por Atrapado en el tiempo)

            Desde que hace unos días me reencontré con Amélie Poulain en Montmartre, ando muy obsesionado con París. Quería volver a pasear por sus calles, a contemplar el Sena desde sus puentes, sin tener que comprarme un billete de avión. Pero esta vez no quería enamorarme, si es que uno puede visitar París y no enamorarse de la primera mujer hermosa que se  cruza por la calle. Esta vez, para evitar las tentaciones, quería ir acompañado de un  buen amigo. Ir con él a los cafés, a la cultura, a la parranda nocturna, y luego, sólo si hay tiempo, y ganas, a los burdeles. Hoy no había otra elección posible: Midnight in Paris, con mi amigo Woody. Con mi hermano Allen.


            Pude haber ido al cine, a la gran pantalla, porque es una película que aún está en cartelera. Pero al final me decanté por la vagancia del disco duro. Y no por el asunto de los dineros, que con Woody Allen no tiene sentido, porque luego siempre le invito a los DVDs. Lo que ocurre es que no soporto a los mentecatos que van a ver sus películas. Siempre se ríen cuando su nombre aparece en los títulos de crédito, lo mismo da que vayan a ver una comedia que un drama. No tienen ni puta idea. Se ríen en cualquier diálogo, de cualquier película, porque piensan que todo es gracioso, o gracioso encriptado, y que tienen que reírse para no quedar mal ante las amistades, para demostrar que ellos también entienden los dobles sentidos. Yo he visto a estos imbéciles partirse la caja en Delitos y Faltas, película tremebunda y desoladora, o en Match Point, que es un ejercicio de nihilismo que le deja a uno hundido en la miseria. Es la estupidez de quien no se informa, de quien no lee, de quien va a ver las películas de Woody Allen porque le han dicho que es una cosa que viste mucho, muy cultureta, muy chic, de partirse el culo con elegancia. A la salida del cine siempre dicen que les ha encantado. Nunca hay excepciones. Y mira que ha filmado truños, mi querido amigo. Mienten como bellacos, sus falsos adoradores. Es una experiencia estomagante.
            Ha sido grata, una vez más, la compañía de Woody Allen. Aunque ya no son, ni de lejos, aquellas noches inspiradísimas de Manhattan, de cuando éramos jóvenes y salíamos a ligar con mujeres cultísimas que se vestían de blanco y negro. Ahora, con la edad, nos reímos menos, y filosofamos más. Las chicas hermosas nos han dejado para irse con los chicos más jóvenes. Estamos más encogidos y miopes. Hace unas semanas me hice una foto con él, en Oviedo, y se nota que hemos perdido lo nuestro. Woody es una de las pocas personas con las que aún tengo el valor de posar. Soy muy escogido para esas cosas. Me paso el día disimulando la barriga, la papada, el estado lamentable de mi facha, y no me gusta verme retratado en un documento irrefutable. Cuento con los dedos de una mano las personas que admito en una denuncia fotográfica de mi estado. Woody es una de ellas. Siempre que paso por Oviedo me acerco a saludarlo. Allí mismo, en plena calle, porque él siempre anda muy atareado con sus cosas, hablamos de sus viejas películas, de sus nuevos proyectos, de lo plastas que son sus seguidores… Cada vez le noto más viejo, a mi viejo amigo.



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Splice

En condiciones lastimosas, me estiro en el sofá para elegir la película del día. Es difícil acertar cuando el estado de ánimo se arrastra por los suelos. ¿Una comedia, quizá, para elevarlo? Se corre el riesgo de que las sonrisas salgan espurias, dolorosas de parir. ¿Un drama, entonces, para regodearse en el sufrimiento? ¿Y qué nos aportaría, en tal caso, el regodeo? ¿Y un thriller aséptico de sentimientos, con crímenes y mujeres hermosas? Un enredo que la inteligencia ofuscada sin duda no sería capaz de seguir. ¿Y una cosa romántica, tontorrona, que nos engañe sobre la realidad arisca del amor? Pero nada, en los días aciagos, me hará olvidar que Natalie Portman, la mujer de mis sueños, vive lejos, muy lejos, al otro lado de un gran océano de aguas frías y profundas.
            Hastiado del proceso mismo de la elección, voy descartando una película tras otra hasta encontrar Splice. Es una de ciencia ficción que viene firmada por Vicenzo Natali, el tipo extraño que hace años nos metió en la locura de Cube, y que luego nos regaló esa gran película llamada Cypher. Bingo. La ciencia ficción, ahora caigo en la cuenta, posee esa neutralidad curativa que hoy desesperaba de encontrar. Lo mismo te vale para un día soleado que para un día lluvioso. Lo mismo para celebrar la felicidad que para huir de la pesadumbre. Con la ciencia ficción, o te sales de esta dimensión, o te piras de este planeta. En cualquier caso, abandonas este tiempo presente, esta humanidad previsible y monótona. Este hartazgo de uno mismo.
            A los dos minutos de Splice presiento que van a pasar grandes cosas, y que, por fin, en las últimas horas del día, voy a sentirme de nuevo un hombre atinado. Pintan bien, los esbozos iniciales, y además, para mi agradable sorpresa, la protagonista principal es Sarah Polley, esa canadiense bellísima e inteligente con la que yo compartiría la isla más desierta del mundo. En Canadá, o en la Polinesia, lo mismo me da. Ya hace años que vivo muy enamoriscado de esta mujer, aunque a veces malgaste su excelencia en películas aborrecibles que no la merecen. Como Splice, por ejemplo, que a los veinte minutos de metraje agota todas sus promesas y se va volviendo, por este orden, aburrida y ridícula. Uno aguanta por orgullo, por Sarah Polley, por esperar el milagro de última hora que salve la jornada del naufragio. Pero no era el día. Definitivamente, no lo era.

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