Celebración

No hay nada más aburrido que una tarde de domingo sin fútbol. Los dioses crearon los domingos y el fúbol al mismo tiempo, en fiesta santificada, en unidad indivisible. Días como el de hoy son atentados contra el orden divino de la Creación. Días propensos al pensamiento, a la comunicación infructuosa, a las tentativas de ocio que se diluyen en la apatía. El fútbol es el opio del pueblo. La pastilla azul que nos redime de Matrix. Tan eficaz que no tiene sustituto posible. Al menos en mi vida. Ni siquiera las películas, a las que amo más que a mí mismo, son capaces de llenar ese vacío infinito de las horas muertas. Porque las tardes de domingo son algo más que aburridas: son deprimentes, funestas, oscuras incluso en verano. Son el recordatorio de que la vida, a fin de cuentas, no vale nada. El colofón sombrío de una semana desperdiciada, Las tardes de los domingos son el tiempo muerto de la esperanza.

            Condenado, pues, a ver una película en domingo, me apetecía una destructiva, desangelada, de esas que tiran a dar. Celebración. La había visto hace años, en un ciclo patrocinado por Caja Usura, pero no recordaba de ella más que una simple sinopsis. Y no sé por qué, la verdad, porque esta recreación de la Gran Familia Disfuncional es el reflejo, exagerado pero no desencaminado, de todas las familias disfuncionales que hay en el mundo. Y que son, en realidad, todas ellas, la mía, la de usted, la de cualquiera, aunque no la comande, como aquí, un padre pederasta, ni la mangonee una madre imbécil. Basta con ser uno mismo, con preservar el espacio privado, con defender los propios intereses, y la familia, como unidad de destino en lo universal, se va al garete. Cualquier cena de Nochebuena basta para desmontar el mito, incluso el de las familias más unidas y entrañables, quizá las peores.


             Es muy certera, y muy puñetera, Celebración. Casi una obra maestra. ¿Por qué, entonces, la había olvidado? No tengo repuesta para esta pregunta, tantas veces formulada en mis monólogos interiores. Celebración tenía que haber sido desde el primer visionado una película de cabecera, un referente  a la hora de presumir que veo y asimilo el cine europeo, el cine ilustrado, el cine que atenta contra las sanas costumbres y la moral establecida. Sin embargo, de un modo inexplicable, permanecía guardada en una caja sin número, en una estantería sin letra, en un hangar tan enorme y desordenado como aquel que cobijaba el Arca de la Alianza en En busca del arca perdida.
            Yo soy yo, y mis pérdidas.


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El árbol de la vida

Algo ha quedado, después de todo, de El árbol de la vida. Pero aún no sé si es un veneno, un licor, o una savia, ya que de árboles hablamos. Sea lo que sea, ha hecho efecto retardado. Dos días después de la experiencia fílmica  regresan sus imágenes a mi conciencia, en flashes, como avisos de que ahí, en los arcanos fílmicos de Terrence Malick, con sus geologías y sus teologías, con sus preciosismos y sus chorradas, hay una verdad escondida, espinosa, trágica, que un primer visionado no puede -o no quiere- asumir. Veremos...





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Un cuento chino

Hay fulanos a los que te crees en una pantalla y fulanos a los que no. Es así de simple. Hay actores que apenas me traspasan la piel, y otros, como Darín, que son capaces de obrar el milagro de la identificación. Actores nefastos que te transmiten el vacío emocional de un autista aburrido y actores notables que te hacen partícipes de sus sentimientos magistralmente fingidos. Siempre que le veo, a Darín, en películas mediocres como ésta de hoy, Un cuento chino, o en memorables argentinadas ya clásicas como El hijo de la novia, soy yo quien sufre con él, quien se encorajina, quien se parte de risa, quien se enamora de esas minas argentinas que son como las mujeres francesas, todas preciosas y deseables sólo porque hablan con un acento inventado para seducir. Siempre que veo a Darín, soy Darín. Un macho alfa, al fin, en hora y media regalada.



            Hay un chavalillo en mi pueblo que juega al fútbol y que es la viva imagen infantil de Darín. Cuando sonríe y muestra los dientes, el parecido es incluso sospechoso. Lo he comentado alguna vez, en los corrillos futboleros, para salir de las conversaciones circulares sobre el Madrid y el Barcelona, tan cansinas y previsibles, pero aquí nadie sabe quién es Ricardo Darín. “¿Qué futbolista dices...?” Vivo solo, muy solo.

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Los descendientes. Adiós, cine, adiós..

Esta tarde, para escapar de la visita indeseada de un familiar, me he refugiado en los cines de mi pueblo. La película elegida ha sido Los descendientes. En primer lugar, porque era la única con solera que pude encontrar en la cartelera. En segundo lugar, porque su horario me venía de perillas para organizar más tarde mi inteligentísima coartada. Su director, Alexander Payne, es un hombre que siempre me había hecho feliz. Hoy no tanto. Nos ha faltado, por primera vez, la sintonía, la coincidencia, el feeling. A falta de las emociones esperadas, Alexander, al menos, me ha prestado su escondite de las islas Hawai mientras la realidad preguntaba por mí a los policías.  



            Hacía más de cinco meses que no entraba en un cine, desde aquella ocasión en que Pitufo y yo fuimos a ver Super 8. Todo un récord de absentismo para mí, que antes era el okupa de las salas. En mis tiempos mozos me dejé sueldos enteros por las taquillas de media España, cuando vivía en las ciudades, cuando estaba de vacaciones, cuando visitaba a un familiar, buscando el estreno inaplazable, la película recomendada, el éxito insospechado del que todo el mundo hablaba. Veía casi todo lo potable, casi todo lo premiado. Pero esa época ya pasó. Parezco uno más de esos carrozas que se casaron, tuvieron hijos y abandonaron la costumbre sin nostalgia ni remordimientos. Vivo rodeado de ellos. Pero no soy uno de ellos. Yo no abandoné las salas de cine: a mí me echaron de ellas. Los que no paraban de hablar, los que no paraban de masticar, los que no paraban de hacer ruido con las bolsas. Los que no paraban de soltar gracietas, los que no paraban de ir al servicio, los que no paraban de consultar sus teléfonos móviles. Los que iban con los niños y los dejaban corretear por los pasillos; los que iban con la abuela sorda y le iban gritando la trama al oído; los que iban en pandilla y confundían el espacio público con el salón de su casa. Los que trabajaban allí y consentían el lamentable espectáculo, los que estaban a mi lado y jamás secundaron mis airadas protestas, los que luego escuchaban mis razonamientos en las tertulias y decían que yo era el malo de la película, intransigente y maniático. Me echaron todos ellos.
            Ir al cine se convirtió en una incursión en territorio enemigo, más que en una excursión placentera. A veces daba voces en alto para intentar acallar la algarabía; otras veces me encaré en voz baja y amenazante con el culpable agazapado en la sombra; en algunas ocasiones, viendo el pelaje de la gente que hacía cola delante de mí, ni siquiera llegué a pasar por la taquilla, derrotado ya de antemano. A toda esta gente le importaba una mierda el cine, y sin embargo, fui yo, el que más lo amaba, quien tuvo que desistir. Me echaron, como quien dice, de mi propia casa. Porque los cines eran eso, mi hogar, mi segunda residencia, el lugar donde yo pasaba las vacaciones de mí mismo. Los cines eran mi fumadero de opio, mi refugio en las montañas, mi velero alejado de la tierra firme y de los humanos insoportables. Los cines eran algo más que mi propia casa, porque yo, en mi casa, me limitaba a vivir, pero en ellos soñaba. Era feliz.


            Hoy he tenido suerte. En la sesión de las cinco sólo éramos seis personas: tres loros acartonados que iban a ver a Clus (sic) Clooney, una pareja de mujeres de mediana edad con pinta de maestras de primaria, un pobre hombre sentado al fondo de la sala, y yo mismo, a dos filas de distancia del cogollo central, temeroso de que en cualquier momento comenzara el parloteo y se desencadenara la tormenta. No ha sido así. Apenas unos murmullos educados en los títulos de crédito inciales, y luego, el silencio. Supongo que Clus les parece tan guapo a las mujeres que las deja boquiabiertas, incapacitadas transitoriamente para articular sonidos. Bendito seas, Yors.


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No va más.

Por la noche, para olvidar las penas y diluirme en el no-yo, busco en la bodega del barco bucanero una película que me embote los sentidos. Ni siquiera busco: me tapo los ojos, suelto el dedo índice al azar y me topo con No va más, coqueta película a la que llegué hace meses siguiéndole la pista a Michel Serrault, el viejo y encantador diplomático de Nelly y el señor Arnaud. Me gusta mucho el ciné francés. Básicamente porque en él hablan francés, y ese idioma, a la horas nocturnas en que yo veo las películas, es como música relajante para mis oídos. En francés, todos los hombres parecen cultos y poetas, todas las mujeres seductoras y dispuestas a darte un sí. No hay nadie idiota ni feo en el idioma de Montaigne. Es el idioma del refinamiento, de la excelencia, del amor...



            Luego, claro está, en Francia hay películas buenas y malas, como en todos los sitios. No va más es entretenida y juguetona. Serrault llena la pantalla e Isabelle Huppert vuelve a lucir esa belleza suya tan turbadora y glacial. Tendría que seguirle la pista a este director, Claude Chabrol, del que ya vi en tiempos lejanos La ceremonia, pero resulta fatigosa la búsqueda de cualquier cine francés de qualité. En La 2 ya sólo ponen a Punset y a los leones del Serengueti, y cuando se equivocan de botón y ponen una película francesa, la ponen en versión doblada, con esos dobladores que son siempre los peores de su promoción, becarios monocordes y abúlicos que se están sacando unas pelillas.Sólo en los canales de pago puedes encontrar cines francés en condiciones, pero casi siempre son estrenos instrascendentes, o el eterno retorno ya cansino a las películas de Godard o de Truffaut. Al final uno no tiene más remedio que entregarse a la compra, pero uno no es precisamente rico, y no puede dejar los dineros al tuntún en películas de dudoso recorrido emocional. He ahí, entonces, el momento en que la descarga gratuita vuelve a incitarnos como una serpiente enroscada en el Árbol del Conocimiento. Pero no es culpa nuestra: es el sistema que nos viste de piratas con parche en el ojo, y cara de malos...


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Destino oculto

Veo, por la noche, en los canales de pago, Destino oculto,  No esperaba gran cosa de esta patochada romántica y, sin embargo, la película ha cambiado la visión que tenía de mi propia vida. He comprendido, al fin, la razón de que Natalie Portman y yo aún no hayamos consumado nuestro amor. No es porque ella viva allí y yo acá, ni porque ella sea famosísima y yo un don nadie de las calles provincianas. Sucede, simplemente, que nuestra gozosa unión no forma parte del Plan Secreto escrito por el Director... Hagamos lo que hagamos -y mira que yo lo intento- nuestro destino en la vida es permanecer alejados, ignorados mutuamente, pese a la fuerza arrebatadora de nuestra pasión. No es culpa nuestra: es el destino. El oculto. Son los tíos del sombrero los que frustran, uno a uno, mis laboriosísimos planes de seducirla, de compartir cama y desayunos, de convertirla en la madre de mis nuevos hijos.


En Destino oculto, como una rosa de la primavera, ha crecido ante mis ojos el tercer amor del año 2012. Ella es Emily Blunt, londinense del 83, y juntos hemos compartido unas horas maravillosas. Hasta que la he buscado, como a Susan, desesperadamente, en internet, y he leído, con un puñal de envidia clavado en las entrañas, que mi lugar junto a su lecho lo ocupa John Krasinski, el entreñable Jim Halpert de The Office. Maldita sea. Con lo bien que me caía este tipo. A partir de ahora, siempre que le vea en la serie, recordaré que ella, guapísima, le sonríe tras las cámaras.


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Te quiero para siempre

Te quiero para siempre  es una película de irónico título, porque en ella, a fin de cuentas, nadie se quiere para siempre. Unas veces por capricho y otras por imponderables de la vida, sus protagonistas se ven obligados a desdecirse continuamente de sus juramentos de amor. Es una película invernal, de gruesos abrigos, de cielos plomizos, de hospitales blanquísimos, de una amargura exquisita y muy civilizada. 



Me gusta ver películas danesas. Dogmáticas del dogma o clásicas en su estilo, todas enseñan un país donde las cosas parecen funcionar. A veces me fijo más en el contexto de los daneses que en los daneses mismos. Uno ve que allí los hospitales están limpios, que los pisos son coquetos y funcionales, que la gente va en bicicleta por las calles, que las mujeres son preciosas y rubias en su mayoría. Se ve que la gente es educada, que son europeos de pura cepa. Son liberales, follan mucho más que aquí y hablan inglés con una facilidad envidiable. Definitivamente mola, Dinamarca. Hay nieve, y yo echo mucho de menos la nieve de mi infancia, de cuando caía en León y no paraba. Luego, en verano, les sale a los daneses un solecito agradable y cálido, que les sonrosa la piel y les despoja de los gruesos ropajes, pero sin exagerar. No son los calores infernales que padecemos en el sur, bendecidos por la industria del turismo como normales y benéficos.
Si algo huele a podrido en Dinamarca no sale, desde luego, en sus películas. Yo querría vivir en un país así: liarme la manta a la cabeza y plantarme allí, en medio de una plaza limpísima con tranvía y bicicletas, a buscarme la vida, con mi inglés macarrónico, con mi castellano correcto, como hacen esos tipos que salen en Españoles por el mundo, que desesperados de la vida compraron un billete de avión, se liaron con una rubia guapísima y ahora fardan de empleo ecológico, casa de madera e hijos de postal que juegan al ajedrez y hablan tres idiomas. Pero eso nunca sucederá: soy demasiado burgués, demasiado vago. Merezco vivir en este horno ibérico. Dinamarca es un sueño más de los que me regalan las películas, de vez en cuando.


           
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Lunes tormentoso

A veces veo películas malas a sabiendas. Lo hago porque sale una actriz de la que ando enamoriscado en esa época, o porque prometen el desnudo integral de una señora que luego suele ser parcial y entrevisto en la penumbra. O porque hay señores como Al Pacino o Paul Newman que a pesar del truño ocasional en el que participan siempre dejan su jeto y su presencia. Otras veces, la verdad, no sé por qué hago las cosas. Debe de ser el homúnculo interior, que se pone al mando de las palancas mientras ando distraído. ¿Por qué, si no, he visto hoy Lunes Tormentoso, tan ochentosa y boba, sabiendo de antemano que no me iba a gustar, presintiendo que la regia presencia de Melanie Griffith no iba a ser suficiente para salvarla? Son síntomas del trastorno de quien no para de ver películas sin criterio ni reflexión previa, pensando que la vida es eterna y que le dará tiempo a verlo casi todo. Un problema de los tipos que se parecen a mí...


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De latir mi corazón se ha parado

De latir mi corazón se ha parado es un precioso título para esta película de Jacques Audiard. Entiendo poco de cine, la verdad, como entiendo poco de fútbol, y casi nada de los asuntos de la vida. Me gustan, simplemente, las películas que me proporcionan emociones creíbles. Y en De latir mi corazón se ha parado las encuentro a raudales. A veces, con las películas, ocurre que uno quiere evadirse de su yo fastidioso y se encuentra otra vez consigo mismo, teletransportado al mundo ficticio, caminando con las mismas ropas que viste el protagonista, metido en sus pensamientos, guiado por una lógica que parece calcada a la suya propia, de tal modo que uno ya no ve la película, sino que es la película. La historia de este macarra que quiere abandonar el negocio de las hostias para dedicarse a tocar el piano, me ha sonado a conocida, a muy cercana. Ese matón y yo nos parecemos mucho: él ficticio y yo real, él parisino y yo leonés, él matarife y yo funcionario, él pianista y yo escribiente. Ambos compartimos una lucha vital, un anhelo de reposo, la búsqueda de un refugio espiritual cuando llega la hora de lo oscuro. 


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El caprichoso pene de Charlie Sheen

La realidad me aplasta, me impide respirar. Siempre hay algo que requiere un acto, una atención, un pensamiento que me aleja de las películas, y del placer de escribir sobre ellas. a dijo Houellebecq que era imposible escribir por la misma razón que es imposible vivir: debido a las pesadeces que se acumulan. Cocinar y fregar; comprar y colocar; contestar al teléfono y lavarse los dientes; dormitar a media tarde y pasear al perro... Todo es ineludible y trivial. Para escribir hay que renunciar a vivir. O ser protagonista de la vida, o dedicarse a narrarla. Pero yo ni escribo ni vivo. No vivo, al menos, las grandes aventuras que justificarían no perder el tiempo en escribir sobre ellas. Para sentirme realmente vivo - fresco, juicioso, intrépido, estiloso, jamesbondiano-  necesito las películas, la vida enlatada. ¡Pero es tan escaso el tiempo diario que dura el autoengaño! Apenas dos horas, casi siempre robadas al sueño necesario. Y a veces ni eso, como hoy: apenas una hora de ficción que ha tenido que compensar otras veintitrés repletas de mí mismo.





                 Y ni siquiera una hora: apenas cuarenta minutos, un par de episodios de Dos hombres y medio mientras yo emulaba a Perico Delgado en la inmensidad pirenaica de mi habitación, meneando las lorzas sobre la bicicléta estática. El primer episodio, tengo que decirlo, es una obra maestra de las sitcom estadounidenses. Veinte minutos antológicos que habría que anotar en una libreta para no perderse ni un solo chiste, ni una sola réplica.  El asunto iba, básicamente, de sexo. El segundo episodio, por contra, ya divagaba sobre otros asuntos menos estimulantes, como el divorcio o la relación con los niños, con los buenos sentimientos asomando de nuevo la patita como una amenaza de ñoñería. Se ve cada vez más clara la dicotomía de esta serie: cuando la trama gira alrededor de Charlie Sheen y los caprichos de su pene, el episodio toca las alturas de las mejores series. Se vuelve adulta, cínica, incluso descarnada, pues deja, por debajo de las carcajadas, un poso de pesimismo sobre el eterno litigio de la guerra de sexos Ningún personaje se salva en estos episodios: todos van a lo suyo, taimados y retorcidos, calculadores y plastas, como en las películas de Berlanga. Como en la vida real. En cambio, cuando la trama se dispersa, la comedia se vuelve bienintencionada, familiar, casi didáctica en asuntos de moral. Se vuelve complaciente con el gran público. Casi grimosa. Como la vida irreal.


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Dos hombres y medio

Había decidido, en contra de mis costumbres ancestrales, seguir Dos hombres y medio en la versión doblada al castellano, que no es de las peores que uno recuerda. Pero ocurre que en esta banda sonora, a saber por qué, los creadores han borrado las risas enlatadas. Te ríes, sí, pero te ríes menos. Sé que es patético, reírse cuando a uno se lo remarcan, como si fuera idiota y no cogiera los chistes, pero estoy tan acostumbrado a ese bullicio de fondo que sin él me siento extraño, como si esto no fuera una comedia de personajes ocurrentes y agudezas verbales. Necesito las risas enlatadas, por ridículas que resulten, para saberme inmerso en un universo paralelo donde todo el mundo, desde el vecino más idiota hasta la rubia más estúpida, posee el don de la respuesta precisa en el momento exacto. Ese súperpoder que ningún superhéroe se ha agenciado todavía, y que es, con diferencia, el que yo eligiría si me tocara en suerte un accidente radioactivo.



            Con Dos hombres y medio inauguro la temporada anual de bicicleta estática. A partir de hoy, media hora al día antes de cenar, haré el ridículo más espantoso subido a este engendro mecánico. La bicicleta es un castigo que necesita de un televisor colocado en el horizonte para no cejar en el empeño. Meta inalcanzada de mis torpes meneos han sido The Office, Seinfeld, Larry David, Frasier…, todas ellas comedias de media hora, ligeras y alegres, de chistes marcados a ritmo de diapasón que ayudan a sincronizar mis propias pedaladas grasientas. Cabalgando mi mula de acero no soy capaz de concentrarme en ninguna serie con pretensiones dramáticas o filosóficas. Sólo en la pasividad exangüe del sofá puedo encontrar la calma necesaria para enfrentarme a ellas. The Wire o Mad Men, que son series modélicas, serían indigeribles para un intelecto perezoso bañado en sudor. Ellas necesitan otra atmósfera, otra disposición del ánimo.
            Espero que los hermanos Harper, debutantes en este papel de animadores, me hagan olvidar, como hicieron sus ilustres antecesores, que los veo y los admiro con un incómodo sillín colocado bajo el culo.

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Glee. Dianna, con dos nn.

Seguimos a vueltas con Glee. Y es que a Pitufo, la carne de mi carne, cuando se le pone una serie entre ceja y ceja, ya no hay quien lo baje de la burra. El hecho de que todos los episodios sean un calco del anterior, lejos de alejarle de la serie, le va produciendo un interés monotemático por los personajes. Lo mismo que a él le alimenta, a mí me mata.
            Hoy, por lo menos, Dianna Agron salía más minutos. Mi amor por ella  ha reverdecido en la maceta de mi corazón. En el quinto episodio casi no se la vio el pelo, y uno empezaba a temerse lo peor: que la hubieran expulsado del instituto, o que se hubiera trasladado con sus padres al remoto estado de Wyoming. Malditos guionistas, que manejan el destino de nuestros propios sentimientos. Sin Dianna vestida de animadora, o de ángel cantor, yo no habría soportado más Glee. No sé cómo me las habría arreglado para continuar viendo esta serie tan inapropiada para mí, tan melosamente musical, al lado de un retoño que de momento nada se cosca de mi pasión secreta. O que disimula como un campeón, el muy jodido.

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Glee. Dianna Agron

Mientras mi hijo se ríe y tararea las canciones de Glee, yo, poco a poco, le voy sacando rendimiento a esta serie que al principio me resultaba insoportable. Y es que me he enamorado -en altísimo secreto de mi corazón- de esta chica que hace de jefa de animadoras. Ella se llama Dianna Agron, y es una actriz rubísima con un aire anglosajón a lo Elsa Pataky. Ayer la deseé con remordimientos ilegales, pero hoy internet me ha traído la buena nueva de que Dianna, hace tres años, cuando rodó la primera temporada de Glee, ya contaba con veintitrés castañas muy adultas, la muy tunanta. No era, pues, una adolescente cuando actuaba como tal. Esto significa que puedo desearla sin reparos. Como a una mujer hecha y derecha, sin que caigan sobre mí los anatemas. Con la templanza propia de un adulto que comparte sofá con su hijo, claro está. Impertérrito el gesto. A pleno rendimiento, las calderas. 


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Super 8

Vuelvo a ver, junto al retoño, Super 8. A mí también me gusta la película de Doble J, pero es fácil, para un espectador de mi generación, verle el truco y las costuras. Aguanta muy bien un primer visionado; en el segundo, pasada la novedad de la propuesta, ya sólo te entretienes con los guiños, con los homenajes, con los debates éticos que suscita la presencia lolítica de Elle Fanning.
    Pero no quiero entretenerme aquí en los defectos de Super 8. Buena o mala, obra maestra o birria absoluta, no seré yo quien se dedique a buscarle los granos. Yo le tengo mucho cariño a esta película. Mi hijo y yo la vimos por primera vez en el cine, en una tarde que resultó ser fundacional. Él salió del cine encandilado, como sorprendido en mitad de un sueño: “La mejor película que he visto en mi vida”, afirmó nada más pisar la calle, con los ojos alucinados, perdidos, buscando todavía la nave espacial que al final se perdía entre las estrellas. Yo supe que era cierto: me era familiar aquella mirada, aquella inflexión en la voz, aquella manera de separar las palabras una a una, como dictando sentencia. Me recordaba al niño que salió de ver Ratatouille, o Toy Story 3, un chaval que levitaba y sonreía y no paraba de parlotear, arrebatado en un trance. Pero esta vez había algo distinto en su semblante, algo maduro. Su afirmación no era retórica, ni producto del entusiasmo inmediato. Parecía haber sido meditada en el transcurso mismo de la película, como si las escenas fueran encajando, una a una, en el esquema predeterminado y mágico que él entendía por obra maestra. Mi retoño se había convertido, por obra y gracia de Super 8, en un cinéfilo. En sangre de mi sangre, por fin. En celuloide de mi celuloide. Nadie habla como él habló sin estar ya poseído por la pasión, inoculado por el virus, sediento para siempre de ver más películas como aquella, bendito y maldito al mismo tiempo. 


          




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Como en un espejo. Aprendizajes de Bergman

Me he dormido dos veces viendo Como en un espejoTras despertarme del primer lapsus narrativo, he rebobinado el cuarto de hora perdido para descubrir que no me había perdido gran cosa, sólo uno de esos homenajes plastas que Bergman dedicaba al mundo del teatro. Tras despertarme del segundo lapsus, esta vez de diez minutos, he decidido tirar para adelante y encomendarme a la intuición para seguir la trama. No me ha hecho falta: Harriet Andersson, que ni siquiera es rubia, seguía entrando y saliendo de la esquizofrenia mientras sus familiares, alrededor de ella, se preguntaban por la existencia de Dios y la problemática teológica del ser y la nada. Lo de siempre en el cineasta sueco, vamos, solo que esta vez más aburrido, más depurado, más alejado de un armazón dramático que sustente tanto intríngulis escolástico.



            Con Como en un espejo he terminado el pack de películas viejunas de Bergman ¿Qué he sacado, al final, de estos clásicos a los que he dedicado, entre pitos y flautas, semana y media de mis vacaciones? Menos de lo que esperaba, ciertamente. Sólo una película llevará pegado el post-it de obra maestra, Fresas salvajes. De algunas, incluída la celebérrima El séptimo sello, sólo me quedarán unas cuantas escenas impactantes, algún actor de tronío, y la belleza estocólmica de las mujeres que este tunante escandinavo elegía para los papeles. De otras películas, como esta pesadez de Como en un espejo, presiento que en apenas unos meses ya no me quedará nada, sólo una idea confusa sobre la trama que las animaba, tal vez ni siquiera el título exacto, que habré de consultar enfadado conmigo mismo en internet. Y no realmente porque sean malas películas, pero sí películas que en el fondo no me dicen nada, que en el mismo momento que estoy viéndolas ya confundo con otras similares. Películas que por mi distancia generacional, o por mi falta de sensibilidad artística, transitan por mi conciencia sin dejar poso, como sueños insípidos que al despertar se desvanecen sin que su pérdida importe gran cosa.
            Queda, también, la idea de que Bergman era un hombre de reflexiones profundas, pero muy alejadas de mis inquietudes personales, donde la cuestión sobre la existencia de Dios flota como una pregunta retórica y baladí. La idea, también, de que poseía un gusto exquisito por las mujeres, él, que según cuentan las crónicas, llenó de muescas varios revólveres metafóricos. Dios ha dejado de estar de moda, y las suecorras abarrotan nuestras playas y nuestras páginas de internet en lo que ya casi es un asunto cotidiano. 


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