Harry Potter y la emancipación del retoño

Cuando se estrenó la saga de Harry Potter, allá por el año 2001, mi retoño sólo tenía dos años de edad. Él no forma parte de la quinta escolar de Daniel Radcliffe y sus amiguetes de la magia.  Así que para reenganchar la serie en la gran pantalla, allá por la cuarta o la quinta entrega, tuvimos que hacernos con todos los DVDs. Los vimos a todas horas, en sesiones interminables que me dejaban extenuado, aburrido ya en un segundo visionado, sólo sostenido por el entusiasmo desbordante del chaval, que se quedaba con todos los nombres, con todos los encantamientos, con todos los entresijos de una trama que a mí, que presumo de triunfar donde otros fracasan, se me hacía cada vez más liosa, a veces dilatada en tonterías y a veces plagada de elipsis imperdonables. El retoño entró tarde en Hogwarts, pero lo hizo por la puerta grande. Yo, en cambio, llegué a odiar a Harry Potter. Deseaba, sinceramente, que el puto Draco Malfoy se lo cargara en una pirueta maligna y mortal de su varita infantil. Ya se hablaba, por aquel entonces, de que la saga constaría de siete, de ocho películas, quién sabe si de más… Una ristra infinita que se llevaría por delante nuestros mejores años de cinefilia compartida.



Un día, al borde del abismo, descubrí a mi hijo disfrutando él solo de una película de Harry Potter. Había aprovechado un descuido de mi siesta para emanciparse con la tecnología. Allí estaba, en el salón, con los pies colgando del sofá, silencioso, con los ojos como platos, tan concentrado en la trama que no se dio cuenta de que yo le espiaba. Fue así, de buenas a primeras, en una tarde cualquiera de un día cualquiera, como él aprendió a ver películas sin la necesidad de apoyar la cabeza o el entusiasmo en el hombro de una persona adulta, generalmente somnolienta, o pensativa de otros asuntos. Comprendió, o más bien intuyó, que a mí me encantaba ver películas con él, pero no todas, ni a todas horas.  Harry Potter casi arruinó nuestra cinéfila relación, pero el mismo niño mago. en una tarde plena de inspiración, lanzó un hechizo afortunado que traspasó la pantalla y dotó a mi retoño de autonomía y entendederas: solitarium viendus, o algo así.  



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Carlos Pumares y The Wire

¿Es The Wire la mejor seríe de la historia de la televisión, como afirman algunos? ¿Dónde dejaríamos entonces a Los Soprano, a Los Simpson, a puñados de episodios de Seinfeld o de Mad Men que son como oro  en polvo escurriéndose entre los dedos? Si una enseñanza indeleble me dejó Carlos Pumares en aquellas largas madrugadas de mi adolescencia, es que las películas no son caballos que compitan en una carrera. ¿Primera, segunda, mejor, peor? No hay sistema métrico ni foto finish que pueda dirimir tales cuestiones. Incluso los podios que uno elabora para sí mismo están sujetos a modificaciones según el estado de ánimo, los desvaríos del carácter o los caprichos insondables del gusto. Recuerdo a los plastas de la madrugada que llamaban a Pumares para sonsacarle si era mejor Casablanca que Ser o no ser, si era mejor El Padrino I que El Padrino II, si Cary Grant era mejor actor que James Stewart… Recuerdo, también, las ironías malévolas que les soltaba Pumares, harto ya de predicar en el desierto de las ondas, las burlas casi crueles que dedicaba a sus radioyentes más lerdos e insistentes, obsesionados con la lista, con la posición, entregados, como rezaba la canción de Serrat, a la tediosa labor de medir el mundo, en lugar de lanzarse a disfrutarlo.
            He visto los últimos minutos del episodio con mi hijo ya revoloteando por los alrededores del sofá, recién llegado de la mitad materna de sus vacaciones. Que si hola, que si mira, que si atiende, que si escucha… Le digo que espere diez minutos para narrarme sus andanzas, pero no me hace caso. Él me explicotea sus cosas mientras en pantalla, lejos ya de mis entendederas, avanzan las investigaciones sobre la mafia traficante de Baltimore. La llegada de mi hijo me llena de alegría, claro está, pero es una alegría que se puede aplazar diez minutos, como casi todas. Mezclada con la impaciencia, se torna en una sensación agridulce, y culpable. Le quiero más que a mi vida, obviamente, pero no ahora, precisamente ahora, en estos últimos diez minutos en los que el universo de The Wire pende de un hilo.
           

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El manantial de la doncella

Sigo viendo las viejas películas de Ingmar Bergman. Esta vez le ha tocado el turno a El manantial de la doncella,  película ya vista en algún tiempo lejano, pero de la que sólo recordaba a la doncella en si, tumbada sobre la hojarasca. Ocurre que muchas veces no recordamos los pormenores de una película y, sin embargo, algo en nuestro interior resuena con alegría o con desagrado cuando escuchamos su título, como si codificada en tales palabras se preservara la significancia de los fotogramas  que luego nuestro cerebro traspapela y olvida.
             (spoiler)
            Es una película bonita, El manantial de la doncella. Y brutal. La escena de la violación es de un sadismo insospechado en una película que tiene más de medio siglo de vida. Impresionan esos planos de la doncella ya cádaver, tendida en el bosque mientras comienzan a caer los copos de nieve, con el cuello torcido, los ojos entreabiertos, el blanco camisón alzado hasta los muslos. Hay una belleza terrorífica en esa imagen, como de cuento macabro de hadas. Cuesta quitarla de los ojos cuando la película ya ha terminado. Lo demás, seguramente, perdurará apenas unos meses en los armarios del recuerdo. Esto no. 




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Fresas salvajes

Paso estos días de vacaciones revisitando las viejas películas de Ingmar Bergman. En mis años mozos las perseguía por cineclubs universitarios, por filmotecas patrocinadas por Caja Usura, por madrugadas interminables de La 2... Las tribulaciones, como se ve, de un cinéfilo de provincias que aún no disponía de Internet, alejado de los círculos culturales de las grandes urbes, donde amar el buen cine siempre ha sido un asunto más sencillo, casi servido en bandeja.






      La película de hoy ha sido Fresas salvajes. Guardaba de ella un buen recuerdo, pero no esperaba, desde luego, una película tan próxima, tan cercana a mis postulados existenciales. Algunos diálogos, en especial los que pronuncia el hijísimo Evald Borg, parecían sacados de mi propio repertorio filosófico, tan cercano, como se ve, a la mentalidad escandinava. Dicho así parecería que este humilde servidor, Álvaro Rodríguez, espectador de vocación, chiquilicuatre ibérico de la vida cotidiana, estaría a la altura intelectual de un artista como Ingmar Bergman, sabio humanista reconocido como tal del uno al otro confín. Lejos de mi intención. Más bien creo que me apropié de las aseveraciones de Evald en un visionado anterior de la película, perdida ya en los años brumosos de mi formación, y que luego, una vez asimilado su contenido, el orgullo hizo pasar por mías tan juiciosas y preciosas reflexiones. Lo contrario sería una sorpresa, el surgimiento insospechado de un nuevo artista de talla internacional. Un camino abierto a la fama, al dinero, a las suecas hermosísimas…



            De Fresas salvajes me quedará, por encima de cualquier recuerdo, el sueño del anciano doctor Borg que transcurre en la facultad de medicina, cuando sueña que es examinado de nuevo y no es capaz de responder a cuestiones rutinarias para cualquier estudiante primerizo. Nunca he encontrado un sueño tan parecido a los míos, porque yo también sueño que regreso al colegio, o al instituto, y que he de examinarme otra vez de asignaturas ya aprobadas que ahora, confuso y lento de reflejos, suspendo, diluyendo en la incógnita todo el futuro real que vino a continuación. Son pesadillas que nunca había escuhado contar a nadie, pues vivo rodeado de gente que jamás sueña, o que sólo recuerda confusamente lo soñado. 



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Un diario


Creo recordar que era a partir de cumplir los cuarenta años cuando Pepe Carvalho, el detective de las novelas de Vázquez Montalbán, comenzaba a quemar en la chimenea los libros que ya no quería conservar, aquellos que le enseñaron teorías equivocadas sobre la vida, o que le mostraron sólo dimensiones escogidas y muy parciales de la realidad. Yo estoy muy cerca de cumplir esa edad. En apenas tres meses cruzaré la frontera y me adentraré en el otoño, aunque todavía benévolo, de mi salud. Yo, como Pepe Carvalho, también he llegado a los cuarenta con muchos libros inútiles ocupando espacio y memoria. Pero no puedo quemarlos en casa, porque al carecer de chimenea podría montar un incendio de aúpa, así  que me conformo con revenderlos a los libreros de viejo, casi a precio de peso, o con arrojarlos directamente al contenedor azul, en el caso de aquellos que ya no sirven ni para ser almacenados.



            Pero yo lo que tengo son, sobre todo, películas. Mi mundo interior les debe más a ellas que a los libros. De hecho, les debe más a ellas que a la vida real, que siempre me proporcionó pistas falsas y desengaños como bofetones. Yo soy yo y mis películas. Ellas son mi circunstancia. Las películas han construido la visión pueril, maniquea, distorsionada, profundamente equivocada que tengo acerca de las cosas del mundo. Pero las amo. Las amo con locura. Sin ellas, y sin sus primas, las series de televisión, me hubiera perdido sin remedio en el interior de mí mismo, laberinto de hastío y negrura. Ellas me han salvado, y me han traído hasta aquí medio cuerdo y medio vivo. Subido a ellas he podido vadear los grandes ríos. Pero ya no puedo con todas. He de aligerar la balsa o su peso se hará insoportable. Hasta ahora me han servido de flotador, pero si no las cribo, si no abandono en la orilla las más prescindibles y pesadas, se convertirán en la piedra que me lastrará hacia el fondo. No hay tiempo para todo. 
       Al otro lado de la frontera, tierra de gentes maduras y reposadas, ya sólo admiten a los cinéfilos, no a los cinéfagos. Y lo mío, hasta ahora, era pura glotonería descontrolada. Allí ya no hay tiempo que perder, ni espacio donde almacenar. Más allá de los cuarenta, las horas y los minutos valen mucho, muchísimo más. Llegó la hora de purificarse, de hacerse mayor. Tendré que cuidar mi dieta, que aligerar mis paredes. Muchas de las películas que vegetan en el salón ya sólo sirven para sustentar el polvo. Su presencia silenciosa empieza a agobiarme. Son errores del pasado, maldiciones de la prisa, hijas bastardas de compras compulsivas hechas sin condón. Me señalan con el dedo, cada vez que paso a su lado. Pero también me agobian las películas que guardo en el disco duro del DVD, y las que piden su turno en el disco duro del ordenador, y las que pían como polluelos hambrientos en las listas que hago de continuo con lo que tengo que ver.  Debo parar. No puedo seguir así. El mundo ficticio que me acogió cuando me echaron del paraíso de la realidad, está a punto de firmar una solicitud para enviarme al manicomio. Y allí, según me cuentan, no ponen películas. O sólo películas malas. O, por lo menos, películas que yo no elijo. Tengo que hacerme, de una vez, crítico. Analizar mis procesos, clarificar mis barullos, jerarquizar mis impulsos. Escribir, quizá, un diario…





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