Días de pesca

Nuestros hijos no nos deben nada. Nadie les pidió su opinión para concertar esta cita con la vida. Se encontraron a sí mismos con el hecho ya consumado, sin derecho de réplica. Les hemos concebido porque lo deseábamos, o porque nuestra pareja amenazaba con dejarnos. Porque nos aburríamos mucho en la soledad, o porque tuvimos un desliz en la noche loca del alcohol. Sea como sea, nuestros hijos viven su propia existencia, y son muy dueños de querernos o no, de darnos las gracias o de ignorarnos cuando proceda. La vida que les hemos insuflado puede ser un regalo, pero también una jodienda, y nunca vamos a estar seguros del todo. Así que es mejor no entrometerse en sus querencias. El orgullo de ser padre, o de ser madre, es una tontería, una gilipollez emanada del ego. Somos padres, y punto, y tenemos el imperativo biológico de cuidarlos, de alimentarlos, de protegerlos. De quererlos.  Pero ellos no tienen por qué correspondernos. El amor paternal puede ser no correspondido, como el amor de los amantes, o la pasión enfermiza por una actriz de Hollywood.



    Quizá por eso, porque su amor no viene condicionado, y es libre y voluntario, cuando un hijo expresa su cariño, o su preocupación por nosotros, es como si la vida nos sonriera, y nos sintiéramos infinitamente compensados poe el esfuerzo. En Días de pesca, Marco Tucci es un alcohólico en rehabilitación al que le han recomendado que salga de Buenos Aires para tomar el fresco. Sin rumbo fijo, vagando por la Patagonia, decide ir a ver a su hija Ana, a la que hace dos años que no ve. Entre ellos hay un resquemor, una distancia. Un reproche implícito, y a veces explícito, sobre su conducta bochornosa en los tiempos del alcoholismo. Entre padre e hija hay más que una Patagonia de distancia. Como excusa, para no presentarse ante ella desnudo de intenciones, Marco finge interesarse por la pesca turística del tiburón, que es de lo poco que puede practicarse en aquellos parajes desolados. Eso, o la geología, o la meditación profunda sobre uno mismo, mirando al horizonte infinito, cosa que Marco Tucci no tiene ni puta gana de hacer, avergonzado por su pasado. Él ha ido a pescar a otra cosa: un perdón, un gesto, un acercamiento. Un indicio de que su hija no ha roto amarras del todo. De que los nubarrones del alcoholismo no borraron el tiempo feliz de cuando jugaba con ella de niña, y le cantaba dulces nanas en italiano. Y mientras tanto, mientras la hija mastica su resquemor, Marco Tucci pesca el tiburón en la barca saltarina...



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El dictador

El dictador, aunque vaya dedicada con sumo recochineo al difunto Kim Jong-il, en realidad es la parodia de un déspota africano muy parecido a Muamar el Gadafi. Un retrato parido en la mente demenciada, atrevida, sumamente particular, de Sacha Baron Cohen. Un humorista británico que jamás cultivó el humor inglés. Por su picadora de carne puesta a mil revoluciones pasa el racismo, el machismo, el terrorismo, todos los ismos perseguidos por la fiscalía y denunciados por los colectivos sin sentido del humor. Y sí: yo soy de los que se ríe mucho con sus provocaciones, con sus chistes al filo de lo denunciable, porque soy un hombre a medio civilizar, mitad macaco y mitad literato. Me conmueve hasta la lágrima de risa ese humor tan arcaico y grosero. Son las cosas de haberse criado en un arrabal, entre gente muy poco recomendable. De haber frecuentado malas lecturas y malas películas en los años decisivos de la formación.



    Pero Sacha Baron Cohen, por supuesto, no es un ningún imbécil que desconozca el objetivo último de sus excesos. Lo que en apariencia es una sucesión de sketches desordenados sobre cacas y culos, pedos y pises, al final, todos juntos, conforman un misil de punta afilada -como le gustan al dictador Aladeen- sobre nuestra idea muy equivocada de lo que es una democracia verdadera, y sobre la escasa diferencia que en realidad separa nuestras dictaduras económicas de aquellas dictaduras militares. Cuando Aladeen de Wadiya, en la asamblea de la ONU, rompe en mil pedazos la que iba a ser la primera Constitución de su país, los asistentes, indignados, demócratas bien trajeados de piel blanca y alma impoluta, le abuchean y le hacen puñetas sin disimulo. Pero Aladeen, más chulo que nadie, no se echa atrás en su determinación de seguir manteniendo la satrapía:

   “¡Oh, cállense! ¿Por qué son ustedes tan antidictadores? Imagínense que América fuera una dictadura. Podrían hacer que el 1% de la población tuviese todas las riquezas de la nación... Podrían ayudar a que sus amigos ricos lo fueran aún más reduciendo sus impuestos y sacándoles del apuro cuando apostaran y perdieran. Podrían ignorar las necesidades de los pobres en salud y educación. La prensa parecería libre pero estaría controlada en secreto por una persona y su familia. Podrían pinchar teléfonos, torturar prisioneros extranjeros... Podrían manipular las elecciones, podrían mentir sobre por qué van a una guerra. Podrían llenar sus cárceles de un grupo racial en particular y nadie se quejaría. Podrían usar los medios de comunicación para asustar a la gente y hacer que apoyen las políticas que van en contra de sus intereses. Sé que para los americanos resulta difícil de imaginar, pero por favor, inténtelo”.


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Gravity

Siempre he pensado que los astronautas, o los aspirantes a astronautas, son los grandes misántropos de los tiempos modernos. En los siglos pasados, el misántropo se iba de eremita al desierto, o a las montañas, a poner distancia con el género humano, y no necesitaba irse tan lejos, ni utilizar vehículos tan caros. Le bastaba con echar a caminar para sustituir las voces, la estupidez incesante, por el susurro de los árboles y el canto de los pájaros. Luego vino la civilización, la superpoblación, el aprovechamiento industrial de cualquier remoto ecosistema, y el silencio se fue convirtiendo en un artículo de lujo, en una aspiración reservada para los más ricos o los más refinados. En la Inglaterra industrial del siglo XIX, los caballeros más exquisitos, hartos del bullicio de las calles, del estrépito de las fábricas, del parloteo de los opinantes, se refugiaban en el Club Diógenes que inventara sir Arthur Conan Doyle para leer la prensa sin ser molestados y poder abandonarse a sus propios pensamientos. Hoy mismo, en las rutas del AVE, muchos usuarios optan por viajar en el "vagón del silencio" para disfrutar del paisaje, de la lectura, del sopor del traqueteo, sin que ningún merluzo o merluza relate en voz el alta el estado de su intestino o el dolor de su desamor.



    El silencio se ha convertido en un afán casi imposible en este mundo superpoblado de gente, de radios, de teléfonos móviles. Vas al Everest y te encuentras una cordada de millonarios; navegas por el Ártico y te cruzas una expedición que sondea bolsas de petróleo; te pierdes en el Amazonas y te topas con un etnólogo que busca el rastro perdido de El Dorado. Quedan muy pocos refugios para encontrar el silencio soñado, y uno de ellos es el espacio exterior. El sanctasanctórum del vacío absoluto al que sólo pueden acceder superhombres y supermujeres muy inteligentes, sanísimos, resistentes a casi todo, verdaderos semidioses que nos contemplan desde lo alto. Lo dicen al principio de Gravity, sus dos personajes ingrávidos que flotan alrededor del telescopio Hubble para repararlo: desde ahí arriba las vistas son maravillosas, y la sensación de ingravidez tiene algo de lisérgico, de drogadictivo. Pero lo más bello, lo más estimable, lo primero que echarán de menos nada más regresar a la Tierra -el que llegue, claro- es el silencio. La majestuosidad muda del espacio infinito. Hasta que un pesado de Houston vuelve a soltar instrucciones por las ubicuas ondas hertzianas.



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Ghost Dog, el camino del samurái


Hasta 1999, los mafiosos que conocíamos por las películas eran los gángsters de Chicago armados con la ametralladora Thompson, o los italianos de Nueva York que rendían pleitesía al padrino nacido en Corleone. Sólo Scorsese, en los últimos tiempos, nos había presentado a otros italianos que medraban en los bajos fondos de la ciudad, o que habían emigrado a Nevada para hacer fortuna dirigiendo casinos y prostíbulos. Sin embargo, de los mafiosos que chanchullaban en New Jersey, nadie se había ocupado hasta que un domingo por la noche, después del fútbol en Canal +, vimos a un tipo que conducía por las autopistas que dejaban atrás la Gran Manzana y se adentraban en los suburbios industriales del estado vecino. El tipo estaba gordo, se fumaba un puro como un señor en el fútbol, y llevaba una sintonía en el radiocasete que se nos ha quedado grabada para siempre. Tony Soprano nos introdujo a los gángsters con menos glamour de la historia televisiva, italianos fofos, decadentes, que sólo se alimentaban de espaguetis y de bocadillos de pastrami. Que subían una cuesta y se sofocaban, que echaban un polvo y desfallecían, que mantenían su pequeño imperio delictivo sólo porque eran unos psicópatas sin escrúpulos que no dudaban un segundo en ajusticiarte.



    1999 debió de ser el Año Internacional del Mafioso Neojerseíta, porque Jim Jarmusch, en Ghost Dog, también eligió a estos tipos morcillones para convertirlos en los enemigos de un samurái de raza negra tan pasado de kilos como ellos. Una lucha justa, de igual a igual, de grasa a grasa. Porque Ghost Dog, el fulano, es un asesino a sueldo bastante hábil, ducho con las pistolas, certero con el rifle, pero allá en su ático, rodeado de cagadas de palomas mensajeras, la única gimnasia que practica es el taichí oriental que da los buenos días al sol naciente. Poca cosa para un tipo que debería estar en plena forma, huyendo de los peligros cotidianos. Supongo que en esos códigos samuráis que Ghost Dog lee a todas horas, entresacando sabidurías para la recta vida del guerrero, en algún apartado deben constar recomendaciones sobre la mens sana in corpore sano. Algo relacionado con la salud, con el vigor, con la flexibilidad de los músculos, porque el samurái que tan fielmente ha de servir a su señor no puede abandonarse a la molicie del sofá, a la gula del tragaldabas. Ghost Dog, la película, no es que esté rodada con ritmo cansino y reflexivo: es que sus gladiadores -los mafiosos y el samurái- no pueden moverse a mayor velocidad.


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Turistas en mi playa XX

Primero desertaron los aficionados al cine clásico, que yo casi nunca abordo en estos escritos. Luego los cinéfilos de la cosa moderna, porque yo casi nunca sigo los estrenos, y porque además, perdido en los cerros de Úbeda, al final nunca digo si la película me pareció buena o me pareció mala, y la gente lo que busca en estos lugares es una opinión, una guía, y no esta literatura barata de mis entretelas. En este blog arriesgado, personalísimo, infumable como pocos, las películas sólo son la mecha que encienden mi reflexión, mi neura, mi desahogo cotidiano.

    Luego, poco a poco, casi de uno en uno, para disimular su número y su vergüenza -aunque yo les entiendo de sobra-, se fueron yendo las amistades, que al principio me leían por curiosidad, luego por obligación, y ya finalmente de Pascuas a Ramos, en los tiempos muertos de la consulta del dentista, o de la espera eterna en el aeropuerto, cuando el aburrimiento es tan denso, tan voraz, que a uno le vale cualquier cosa para entretenerse, y lo mismo es capaz de ojear una revista del Colegio de Odontólogos que echarle un vistazo al blog de aquel amigo que escribía.



    Así las cosas, con el paso de los años, me he quedado son un único lector más o menos habitual, cuatro compadres de Iberoamérica, una madre que piensa que soy el nuevo Carlos Boyero, tres chalados que buscan rarezas cinematográficas por internet y una exnovia guadianesca que busca argumentos para recordar que soy un gilipollas. Ni siquiera los pornógrafos, que antes eran legión, o al menos cohorte, sustentan ya mis pobres estadísticas. Una vez, en los albores del blog, llamé al protagonista masculino de El estudiante "pichaloca", y el registro de visitas empezó a subir como la espuma. ¡Es el reconocimiento tardío!, pensé entusiasmado. El punto de inflexión. Me ha quedado una entrada tan niquelada, tan acertada, tan de puta madre, que a partir de hoy me lloverán las visitas y los comentarios, las felicitaciones y quizá hasta los ligues con interesantes señoritas. Viví feliz durante unos días hasta que descubrí que existía una página pornográfica llamada pichaloca.com que al parecer tenía mucho predicamento entre el colectivo gay, y que eran ellos, y no los cinéfilos, ni los lectores exquisitos, ni las mujeres arrobadas, los que llamaban a mi puerta confundidos y excitados. Yo les escribí varias misivas para sacarles de su error, tan mal escritor como buen ciudadano, y desde entonces sólo algún despistado recalcitrante pincha alguna vez en aquella entrada ya mítica. En todo este verano, uno solo. El soldado japonés que allá en la isla del Pacífico todavía no se ha enterado de que Hirohito ya se rindió. Arigato, querido amigo, pero las pichas locas están en otro lugar.


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La reconquista

En La reconquista, Manuela y Olmo son dos treintañeros que se reencuentran en la noche de Madrid tras quince años sin verse. De adolescentes fueron novios, o novietes, y caminaban de la mano por los parques del barrio, alelados y felices. Cuando no podían estar juntos, en la soledad de sus habitaciones, se juraban amor eterno en cartas de papel cuadriculado que escribían con el boli de cuatro colores. Pero la eternidad, ay, duró lo que Manuela decidió que durara, ansiosa por conocer otros chicos, otras vidas, otros mundos que no constriñeran su curiosidad. Ella vive ahora en Buenos Aires, en el exilio laboral, y aprovechando unos días de asueto ha regresado a Madrid para ajustar cuentas sexuales con su pasado. Pero Olmo es un chico algo parado, con cara de panoli, que acude a la cita más curioso que excitado, y terminará convirtiendo lo que iba a ser un lance erótico en un repaso melancólico del amor que compartieron.




    Mis ojos resbalan por La reconquista sin comprenderla del todo. El guión es críptico, la realización austera, los personajes hieráticos y sosainas. Se supone que un volcán interior está a punto de reventarlos mientras guardan las formas y se ponen filosóficos y medio tontos, pero yo no soy capaz de sentir su ímpetu, su calor. El mismo título tiene algo de equívoco, porque aquí nadie trata de reconquistar a nadie: sólo echar un polvo, como mucho, si la noche se vuelve loca, y recordar luego, recostados en la cama, los momentos que marcaron su amor primerizo y despistado. Manuela vive al otro lado del charco, y Olmo vive comprometido con su pareja, y la supuesta reconquista, como mucho, se va a quedar en una batalla fugaz en la cueva de Covadonga. Me falta perspicacia e interés para seguir sus devaneos. Y sobre todo, me falta esa experiencia del amor adolescente que nunca tuve. Entre los curas, las gafas y la timidez, se me pasó el arroz de aquella paella tan sustanciosa. Quiero ponerme en la piel de Olmo y Manuela pero no puedo. Les entiendo, pero no les siento. Aquí dentro tengo un boquete, un déficit, un buen mordisco perdido en el calendario. La reconquista es una película que no termino de entender, pero que me ha puesto muy triste, al borde del llanto. Son malos tiempos para la lírica.


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1984

En 1936, cargado de ideales y de cuadernos de escritura, George Orwell desembarcó en Barcelona para combatir al ejército de Franco en la Guerra Civil. Como otros intelectuales de la época, Orwell sabía que nuestro conflicto sólo era el preámbulo de una guerra mayor que asolaría Europa poco después. El fascismo armado, en España, con sus tanques blindados y sus bombardeos sobre la población civil, sólo estaba dando sus primeros zarpazos.

    Más socialista que comunista, Orwell combatió en las filas del POUM, que era un partido trotskista muy alejado de la órbita de Moscú. Un año después, con la guerra casi perdida, las izquierdas españolas decidieron ajustar cuentas entre ellas, y el Partido Comunista sometió a todas las demás por las buenas del mitin o por las malas del disparo. Orwell, desencantado, herido de guerra, amenazado de muerte por quienes habían sido sus compañeros de trinchera, comprendió que el nazismo y el comunismo soviético sólo eran aplicaciones distintas de un mismo empeño malsano. Es por eso que años después, cuando escribió 1984, imaginó un futuro distópico en el que las democracias occidentales volvían a sucumbir y una suerte de dictaduras nazisoviéticas, o sovienazis, dividían el globo en áreas de influencia para sostener una guerra interminable cuyo único objetivo era la guerra en sí misma, para que el odio por el enemigo, el patriotismo exaltado, la maquinaria industrial que mantenía al obrero disciplinado, garantizasen el orden social en el que medraban cuatro hijos de puta con uniforme.



    Cuando llegó el año real de 1984, mientras Maceda marcaba aquel gol histórico contra la RFA de Harald Schumacher y Carl Lewis volaba sobre la pista de Los Ángeles sin comunistas en lontananza, los politólogos, reunidos en sus ateneos y en sus claustros universitarios, proclamaron que Orwell había triunfado como novelista, pero fallado como futurólogo. Al menos a este lado del Telón de Acero. A diferencia de lo que auguraba la novela, las gentes, en 1984, caminaban libres por las calles, follaban alegremente si tenían ocasión, y aún no tenían al Gran Hermano en la programación nocturna de Tele 5. Había guerras, sí, pero en selvas muy lejanas, o en montañas muy desérticas, y siempre justificadas en los telediarios independientes. 1984, la película, rodada en el mismo año como homenaje a la novela, parecía una historia muy alejada en el tiempo: a veces del pasado muy remoto, a veces del futuro muy poco probable. Terrorífica, pero inane. Una fábula moral como mucho. Nada que pudiera hacernos temer por nuestro modo de vida consolidado.



    Pero estos sabios, por supuesto, se equivocaban. El único pecado de Orwell es que no acertó con el tono de los tiempos, con el ladino camuflaje de las dictaduras. En el 1984 real ya no hacían falta desfiles de Núremberg ni gulags en Siberia para meternos la tiranía por el culo. En la superficie todo era más amable y liberal, más cachondo y colorido, pero por debajo, a dos metros bajo tierra, yacía el mismo cadáver de la utopía asesinada. La neolengua nos confunde cada mañana cuando abrimos el periódico o encendemos la radio. La guerra sigue siendo la excusa más sencilla para fabricar más armas en las catacumbas. La democracia es una ficción que escriben guionistas a sueldo de los centros financieros y de los parlamentos elegidos. El único asunto que Orwell no supo ver es que la jodienda, lo mismo en las dictaduras que en las democracias, no tiene enmienda, y que cualquier distopía del futuro que pretenda controlarnos necesitará, al menos, dejarnos esa espita para expulsar los malos humores y aplacar los ánimos revolucionarios.



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Big Little Lies



    Mientras veía los siete episodios de Big Little Lies -que si no fuera por las florituras de su director se podían haber quedado tan ricamente en la mitad- no he dejado de pensar en el personaje de Carmen Maura en Qué he hecho yo para merecer esto. Gloria no vivía en una urbanización exclusiva de Monterrey con casas de quitar el hipo; no conducía un coche de alta gama por carreteras que valdrían de paisaje para un anuncio de televisión; no tomaba batidos de frutas en terrazas con vistas al océano idílico de California. Gloria vivía en las Colmenas de la M-30, con su polución, sus calles sucias, sus bares con olor a fritanga de calamares. Sus desgracias de ama de casa son el reverso cutre, obrero, hispánico, de las desdichas transoceánicas que les suceden a estas pijas guapísimas de Monterrey que nunca dan un palo al agua.



    Gloria, a su modo, también sufre el maltrato de su marido, el sueño de un matrimonio mejor. La sospecha de que su hija -aquella especie de Carrie White a la madrileña- no es una niña normal como otras del vecindario. Gloria es una mujer desgraciada, de futuro borroso y nada halagüeño, y uno tiende a pensar que su circunstancia económica la hace más desgraciada todavía. Pero no es cierto. La teoría de la felicidad sostiene que una vez alcanzado cierto nivel básico de confort -la casa caliente, la despensa llena, las facturas pagadas- los ricos no son más felices que los pobres, ni sobrellevan mejor las penas. Ser rico te abre las puertas a mejores diagnósticos médicos, a mejores alimentos en el supermercado, a sobrellevar el estrés en parajes más selectos y apartados. Cosas que están relacionadas directamente con la salud. Pero en las cuestiones domésticas del amor y sus infortunios, la cuenta bancaria no te salva del dolor ni de la incertidumbre. Ningún armario lleno de zapatos a lo Imelda Marcos podrá compensar las hostias que recibe Celeste de su marido tan hipersexual como hiperagresivo. Ninguna casa a orillas del mar puede convertir al marido de Madeline en el hombre que ella siempre soñó, un tipo testosterónico que la folle sobre las encimeras y la lleve de aventuras por los afluentes selváticos del Amazonas. Ningún colegio privado de Monterrey podrá despejar los negros nubarrones que se ciernen sobre Jane cuando mira a su hijo y recuerda, entre sollozos silenciados, que ese crío no es fruto del amor, sino más bien de una violación, y que sabe Dios qué genes tarados habrá depositado su padre en la personalidad infantil todavía por florecer. 


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La guerra de Charlie Wilson




    Después de muchos siglos viviendo en la Edad Media, en Afganistán, a finales de los años setenta, llegó al poder un gobierno de corte progresista que prohibió la usura, promovió la alfabetización y separó la religión del Estado. Una pandilla de reformistas que aprovecharon el impulso para perseguir el cultivo del opio, legalizar los sindicatos y establecer un salario mínimo para los trabajadores. Finalmente, para terminar la faena, porque estos tipos parecían tan peligrosos como insaciables, promovieron la igualdad de derechos para las mujeres, que llevaban viviendo en el ostracismo agropecuario desde los tiempos de Alejandro Magno y su esposa Roxana -la mujer afgana más famosa de la historia hasta que apareció aquella muchacha en la portada del National Geographic- y aprobaron leyes tan alarmantes como la no obligatoriedad de usar el velo, el derecho a conducir libremente un vehículo o facilitar su acceso al mercado laboral y a los estudios universitarios.



    A los conservadores de dentro, y a los demócratas de fuera, no les pareció nada bien que este ejemplo reformista cuajara en Afganistán, así que hubo un contragolpe de Estado, tiros y arrestos, cárceles y venganzas, hasta que la Unión Soviética decidió intervenir en el asunto. Y se metió en el avispero. Los soldados de Brezhnev venían a poner orden en un país amigo, sí, pero también aprovecharon la refriega para avanzar posiciones geoestratégicas hacia el Golfo Pérsico. Una pandilla de pastores armados de kalashnikovs nada podían hacer contra el Ejército Rojo y sus vehículos blindados, así que la guerra parecía un paseo militar para los malos de la película. A los americanos, este pifostio les pilló armando contrarrevolucionarios en las selvas de Centroamérica, donde sus muchachos asesinaban a cualquiera que pronunciara la expresión "reforma agraria" o  "justicia para los pobres". Y ahí, en ese pasmo, en esa duda militar , empieza La guerra de Charlie Wilson, que cuenta cómo un congresista mujeriego, vividor, sólo pendiente de los cabildeos de Washington y de los asuntos locales de su Texas natal, se cayó un día del caballo camino de Kabul y dedicó su fe democrática a dotar de armamento pesado a los muyahidines que resistían en las montañas.



    La película, por supuesto, es un pastiche propagandístico pensado para el pueblo norteamericano. Los rusos son malvados de nacimiento, escoria comunista, y han invadido Afganistán para violar a las mujeres, acuchillar a sus bebés y ajusticiar a los buenos pastores que rezaban pacíficamente sus cinco oraciones diarias orientados hacia La Meca. El planteamiento del guión -irreconocible Aaron Sorkin- es tan infantil, tan esquemático, que sonroja a cualquier espectador medianamente informado. Es todo tan estúpido y tan maniqueo, que al final de la película, con los soviéticos ya en retirada por el Puente de la Amistad, y Charlie Wilson celebrando sus gestiones diplomáticas con mujeres desnudas y champán francés, ningún personaje se para a pensar qué van a hacer ahora con los fanáticos muyahidines armados hasta los dientes. Es como si la realidad, tozuda, fuera por un lado, y la película, aunque basada en hechos reales, pareciera colgada de una nube de algodón. Todos sabemos lo que pasó pocos años después: los amigos barbudos derribaron dos rascacielos en Nueva York y se convirtieron, de la noche a la mañana, en terroristas implacables que había que aniquilar. Uno por uno, si era posible, y si no, invadiendo los mismos desiertos y las mismas montañas que los soviéticos habían hollado en su Vietnam particular. Las ironías del destino. La otra guerra de Charlie Wilson que todavía nos ocupa.



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Breaking Bad. Temporada 4

Tengo que reconocer que mi recuerdo de Breaking Bad era confuso y equivocado. En las tertulias de café, con los amigos que se iban sumando a la serie, o con los que en su día me sumaron a mí, yo era el paladín de Walter White y sus controvertidas decisiones. Mi versión del asunto era que Heisenberg no era una personalidad real, un diablo interior que se comía al ciudadano ejemplar que enseñaba química de pie y lavaba coches arrodillado. El pobre de Walter -defendía yo- era un caballero andante que iba deshaciendo un entuerto detrás de otro, cada vez más enrevesado, cada vez más peligroso. Eran las circunstancias las que le obligaban a saltarse la ley y la moral. Defender a su familia, lo primero; procurarles un retiro de oro, lo segundo; salvar su propio pellejo cancerígeno como medalla de bronce en su loca carrera por la vida. Walter White, despojado de tragedias y literaturas, de mexicanos y alburbequeños, sólo era un hombre que miraba por la manutención de su prole. Un troglodita moderno que salía todas las mañanas a cazar el mamut en compañía de su vecino Jesse Pinkman, sólo que el mamut era cada vez más grande, más puñetero, como un alien de la saga galáctica que fuera creciendo en complejidad e inteligencia. Toda una evolución biológica separa al primer maleante que hubieron de enfrentar del atildado y retorcido Gustavo Fring de Los Pollos Hermanos.



    Pero en esta temporada, la cuarta de sus andaduras por los desiertos de Nuevo México, Walter se ha convertido en un traficante como todos los demás, como defendían mis contertulios del café, y yo me negaba a admitir en la terquedad benévola de mi recuerdo. Si en la saga de Star Wars era el miedo el que convertía a Anakin Skywalker en Darth Vader, en Breaking Bad es el orgullo el que culmina la transformación de Walter White en Heisenberg. Tras el asesinato de Gustavo Fring, Walter descubre que puede hacer carrera en el mundo del hampa. Que se le da bien, esto de navegar por el mar oscuro, y a la vista de todos, además, protegido por su disfraz de Clark Kent despistado. Donde antes había estrés, y ansiedad, y miedo a morir de un tiro o de un hachazo, ahora hay excitación, y aventura, y chute indispensable de adrenalina. Walter White el improvisador, el recto de moral, se ha convertido en Heisenberg el implacable, el cínico de vuelta de todo. El dinero ya es lo de menos. Su familia se ha vuelto secundaria. Ahora lo que importa es llegar a lo más alto del escalafón, en su gremio de la metanfetamina.. Ser el mejor en lo suyo. El orgullo de cualquier profesional.


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Anomalisa

La Anomalisa del título es Lisa, la chica simpática, rellenita, con una marca en la cara que le impide mirar de frente a los hombres por miedo al rechazo. La anomalía de Lisa es que esa noche, después de ocho años sin haber probado el sexo, por fin va a compartir un lecho desnuda, piel con piel, aliento con aliento. Ella había venido a Cincinnati a conocer a Michael Stone, pero no carnalmente, sino intelectualmente, porque Michael es un ejecutivo que da conferencias muy estimulantes sobre las argucias exitosas del markéting, y ella se gana la vida vendiendo productos por teléfono. Michael es un cuarentón que ya peina canas, de voz profunda, gesto seguro, parco en palabras. Muchas mujeres que acuden a la conferencia se pirran por sus huesos. Alguna, incluso, sueña con llevárselo al huerto tras una sesuda conversación sobre estrategias y balances comerciales. Lo que pocas sospechan es que Michael está plenamente disponible, sexualmente avizor, y que bastaría un sólo gesto, una sola insinuación, para tenerlo de profesor particular en la habitación del hotel.







    El matrimonio de Michael se tambalea, su sexualidad fogosa se marchita, y aprovechando su viaje de negocios, decide engañar a su mujer con una antigua novia del lugar. Pero la antigua novia, aunque acude a la cita, lo hace más por cortesía que por deseo, y no está por la labor de reverdecer viejos laureles en la cama. La escena terminará con gritos, reproches, un vete a tomar por el culo muy sonoro. Michael decide lamerse las heridas en su habitación del hotel, y olvidarse de la fallida aventura extramatrimonial. Pero la erección sigue allí, alegre, empecinada, como si la frustración no fuera con ella, así que Michael vuelve a probar suerte entre las huéspedes menos selectas, y así descubrirá a Lisa, que lo reconoce, y lo admira, y se deja llevar por su elocuencia viril de las tantas de la madrugada. Aunque él lo vista de romanticismo, de flechazo instantáneo, de mujer única encontrada entre la multitud sin sustancia, su deseo por Lisa es simplemente un polvo fácil, un desahogo casi asegurado para sobrellevar la pena y la soledad. Ella, tan feúcha, tan necesitada, no va a decir que no. De hecho no dice que no. Pero Lisa no es una mujer estúpida: sabe cuál es su papel, y lo interpreta a la perfección. 


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Lady Macbeth

Cuando algunas mujeres, no hace demasiado tiempo, eran vendidas como ganado para sellar pactos entre los burgueses de la ciudad, o entre los terratenientes del campo, a nadie le importaba que la muchacha tuviera sus propios apetitos sexuales. Su mundo de anhelos valía tanto como el de una vaca lechera o el de una oveja lanera. Si el marido impuesto terminaba siendo un tipo agradable, y entre ellos nacía algo parecido al cariño o al respeto, la humillación podía sobrellevarse con algo más de alegría. Si el hombre, por contra, como le sucede a esta pobre chica llamada Katherine, era un fulano de mirada aviesa, trato denigrante y nulo deseo, la vida sin pasión, cercenada de raíz, quedaba confinada entre las cuatro paredes del hogar hasta que la muerte de uno u otro llamara a la puerta. Y la muerte, en aquellos tiempos sin vacunas ni penicilina, era una dama que solía presentarse muy pronto a la cita, indiferente a las súplicas de un cuerpo que no había tenido la oportunidad de gozar ni de ser gozado.



    Katherine, que al principio de Lady Macbeth no es más que una niña arrancada de su hogar, se siente perpleja, y luego, ya directamente, desgraciada. Abandonada por su marido, vigilada por su servidumbre, sermoneada por el párroco que viene a tomar el té de las cinco, siente que todos estos hijos de puta le han robado la alegría de vivir. Pero un día, en las caballerizas, aprovechando la libertad de movimientos que le concede la indiferencia de su marido, Katherine conocerá a Sebastian, un criado mocetón y sucio, musculoso y altivo, y entre ellos, en unos segundos cruciales que valdrán por una vida entera, nacerá el deseo sexual donde antes sólo había soledad y masturbación. Y el deseo, ya se sabe, por mucho que estemos en la Inglaterra decimonónica de los cuerpos encorsetados y de los espíritus constreñidos, es un mar que no conoce puertas. Un magma que abre grietas en el suelo para arrasarlo todo a su paso. El deseo tiene la fuerza inconcebible de una gota de agua aprisionada en una roca: cuando se congela de puro ardor es capaz de reventarla en cien pedazos. Ninguna religión, ninguna cultura, ninguna sublimación de los instintos pudo jamás combatir el deseo cuando éste nace tras la primera mirada o la primera aquiescencia. Desatado el primer neutrón, comenzará una reacción en cadena que ya sólo conocerá el estallido de gozo o la destrucción de los amantes.


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Guardianes de la Galaxia

No puedo resistirme al embrujo de las naves espaciales. Otros tipos de mi generación se rinden a cualquier película que contenga patadas voladoras, coches que se persiguen, revólveres de Clint Eastwood que ejercen justicia de plomo contra los maleantes de Nebraska. A mí estas cosas también me van, lo reconozco, porque también calenté aquellas butacas en mi desordenada juventud, y algún poso vergonzante quedó de todo aquello. Pero lo mío, lo que me hipnotiza, lo que me deja turulato ante la pantalla, es el espacio intergaláctico -o intragaláctico incluso- surcado por una nave que construyeron los terrícolas o imaginaron los extraterrestres camino de la paz o de la guerra, del recurso minero o del heroico rescate. Desde que aquella tarde de mis cinco años, en la pantalla enorme del cine de León, la nave consular de la princesa Leia cruzara el espacio perseguida por un destructor imperial, he quedado comprometido con cualquier película que saque a pasear cacharros de mundos lejanos. Es una fijación infantil, un acto reflejo. Me quedo petado delante del televisor como arrebatado por un pasmo, como abducido por esa misma nave espacial que se aventura en la negrura de las estrellas titilantes. 




    Arrastrado por esta pasión irrefrenable, muchas veces me llevo una desilusión cinéfila del copón, porque las películas del género suelen salir rancias, si proceden del tiempo viejuno, o alborotadas, si las han cocinado hace poco en Hollywood. Hoy en día, con tanta persecución, tanto porrazo, tanto efecto especial que llena los rincones de la pantalla, a los espectadores veteranos, de cuarenta años para arriba, que hemos nacido con un procesador mental de los tiempos del Commodore, nos cuesta horrores mantenernos sobrios siguiendo los vaivenes y los hostiazos. Guardianes de la Galaxia tenía todas las papeletas para provocarme el vértigo y el hastío; el vómito ácido que iba a llenar de improperios la página en blanco de este blog. Pero los responsables de la aventura, cuarentones que comprenden bien el hartazgo de sus coetáneos, han introducido cachondeos, músicas, referencias cinéfilas. Nos han guiñado el ojo de vez en cuando para que no nos sintiéramos abandonados en este páramo de lo moderno y lo vertiginoso. Mientras los adolescentes se lo pasaban pipa en el tráfago de las peleas, nosotros, los adultos, habitualmente sobrepasados por estos experimentos, nos lo hemos pasado casi tan bien como ellos. Por una vez, en los últimos tiempos.



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Her

En uno de los extras que aparecen en el Blu-ray de Her, los colaboradores de Spike Jonze, al hilo de la historia romántica entre Theodore el humano y Samantha el Sistema Operativo, exponen sus propias ideas sobre el amor y sus movimientos sísmicos. Uno de los colaboradores, ya no recuerdo quién, afirma que el amor es un concepto escurridizo que se enreda en la lengua al tratar de describirlo porque tiene su origen en las entrañas, y lo que ahí sucede es tan primordial, tan instintivo, que el lenguaje, que es un atributo propio de seres evolucionados, no acierta a traducirlo en palabras. Un perrete, con sus ladridos, sería capaz de comunicar mucho mejor su sentimiento.



    Este hombre, sin embargo, que no acierta a definir muy bien el amor, sí tiene muy claro que su sentimiento contrario, su reverso negativo, es el miedo. Y es entonces, después de haber visto la película, y de haber meditado mucho sobre su moraleja, cuando comprendo que Her no es una película sobre gente que se enamora y se desenamora -de personas o de sistemas operativos da un poco lo mismo- sino una película sobre la soledad. Porque Theodore, cuando le conocemos, está solo, y es la soledad la que genera su parálisis y su miedo. Theodore ya ha superado la ruptura del amor, que duele como el chasquido de un hueso, o como el retortijón de un intestino, y ahora está enfrentando la peor fase de su enfermedad: la soledad, que es un sumidero abierto en las entrañas por el que se va la vida. La ilusión, y la autoestima, y las ganas de perseverar. La soledad no duele: aunque muerde y desgarra, horada y destroza, actúa sobre un cuerpo que ya está insensible y abandonado. Un organismo que funciona con el piloto automático del instinto, esperando quizá un milagro, una aparición, al otro lado del largo desierto que empieza a atravesarse.

    Tan solitario y triste anda Theodore con su mal, que se aferrará a la compañía de un sistema operativo para no caer definitivamente en la desesperación. No hay tal historia de amor entre Theodore y Samantha: sólo la ilusión de no estar solo en ese apartamento con vistas a la ciudad. Mejor perder la chaveta que soportar una noche más sin conversación, un desayuno más sin buenos días, un regreso a casa sin nadie esperando en el sofá.


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The Love Witch

En The Love Witch, Elaine es una bruja piruja que se ha propuesto encontrar al hombre de sus sueños. Uno que la ame de verdad, con el corazón, y no sólo con la bragueta, como suele ser costumbre. Elaine ha tenido muchos amantes a lo largo de su vida, porque ella es una jovencita de muy buen ver, con cuerpo de mareo y ojos que hipnotizan, pero a día de hoy sólo ha experimentado el deseo carnal, el instinto del macho que reprime la erección nada más conocerla. Elaine se siente desgraciada, y engañada por la vida, aunque rezume juventud y vitalidad, y sus amigas, mucho más feas y conformistas con los hombres que les tocaron en suerte, no terminan de entenderla demasiado bien.




    Elaine, desesperada, decide pasarse al lado oscuro de la seducción, y empieza a utilizar sortilegios y filtros de amor para encontrar al príncipe azul que la lleve galopando hacia la felicidad -y no es una torpe figura literaria, sino un sueño real que ameniza sus noches de soledad y masturbación. Pero no hay brujerío tal. Elaine es una chica demasiado inteligente como para creer en estas cosas, pero el ceremonial del pentagrama y de las velas encendidas le ayuda a concentrarse en el objetivo. El ritual le calma los nervios, le infunde serenidad, y la envuelve, además, en un aire psicomágico que le enturbia la mirada y la vuelve más atractiva todavía. Los bebedizos que Elaine sirve a sus amantes sólo son cócteles de vodka mezclados con unas gotitas de LSD, y sus rituales de vudú, que practica en la intimidad del dormitorio, meros desahogos de quien juega al animismo infantil con las muñecas. Elaine sabe que la única magia que seduce a los hombres es el sexo, y que sólo a través del sexo el hombre concede, y se derrite, y se vuelve vulnerable y hasta romántico. El hombre que yace satisfecho en la cama ha despejado todos los nubarrones, todas las tormentas de su cabeza, y en su cielo particular luce el sol y cantan los pajarillos. Es el amor, finalmente. Pero la borrasca es insistente, cojonera, como de planeta agitado y poco amistoso, y el hombre enamorado necesita que el anticiclón de las Azores, en forma de mujer, venga cada poco tiempo  a disolverla. Estas son las cosas que Elaine se sabe al dedillo en The Love Witch, y que explica con acertado magisterio a toda mujer que quiera escucharla. Una sabiduría ancestral que muchas mujeres confunden con la brujería, y hasta con el pendoneo, desconectadas de los viejos conocimientos por culpa del trajín de la vida moderna. 


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Alien: Covenant

Explicado el origen del bicho que aterrorizó a la teniente Ripley en Alien, el 8º pasajero -y en todas las secuelas que vinieron después- esta saga de los humanos enfrentados a los xenomorfos ya no tiene grandes cosas que contar. No, al menos, en el terreno de la biología. Según nos es desvelado en Alien: Covenant, fue el androide David, metido a doctor Mengele del espacio exterior, insuflado de una megalomanía creadora que sólo eran dos cables pelados de su ciberorganismo, el que creó los huevos que esperaban la llegada de la nave Nostromo en aquel planeta perdido. Habrá que olvidarse, eso sí, de la reina ponedora a la que Ripley chamuscaba con su lanzallamas en Aliens: el regreso. No quisiera uno entrar en debates absurdos sobre si fue primero la gallina alien o el huevo que alumbraba al octópodo. Que sean otros los que aclaren la cuestión en foros más entendidos.



    Sucede, además, para desilusión de este niño grande que ha sido fiel seguidor de la saga, infatigable espectador, proselitista entre sus allegados, que la fórmula que vertebra las últimas películas -nave terrícola, señal de origen desconocido, tripulación imprudente, bicho que se reproduce, persecuciones y muertes, heroína inesperada que arroja al alien por la escotilla- se repite ya hasta el bostezo y la decepción. Si El despertar de la Fuerza nos dejó aliquebrados con la original reconstrucción de la Estrella de la Muerte, Alien: Covenant nos vuelve a dar más de lo mismo. Todo está muy bien hecho, bien rodado, porque hay grandes dineros que sustentan el proyecto y gente muy capaz a ambos lados de las cámaras. La profesionalidad y la eficacia de Ridley Scott y compañía están fuera de discusión. Pero uno tiene la sensación molesta, el déjà vu en forma de mosca cojonera, de que en realidad, travestido de naves espaciales y de cascos astronáuticos, le están vendiendo un cine diseñado para adolescentes que anticipan el susto, lo viven con emoción, y en la recomposición del cuerpo y del espíritu aprovechan para pillar cacho en la platea o en el sofá. Y los adultos, mientras tanto, que ya no tenemos nada a lo que agarrarnos, o que ni ganas tenemos cuando podemos, vapuleados por el trabajo y por la vida, vamos transcurriendo por Alien: Covenant sin que nada de lo supuestamente trascendente que se apuntaba en Prometheus tenga una respuesta satisfactoria. ¿El origen de la humanidad? ¿El castigo que nos reservaban nuestros creadores? ¿El tipo aquél que se suicidaba al inicio de Prometheus para insuflar vida en las aguas? ¿Y quién creó a los creadores? ¿Habrá que desempolvar los viejos argumentos de Santo Tomás de Aquino? ¿Servirá todo esto, al menos, para reavivar las viejas discusiones filosóficas?


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Capitán Phillips

Uno siempre se ha preguntado qué haría en una situación límite como la que vive el capitán Phillips en la película que narra su desventura. Uno se imagina secuestrado por un grupo de somalíes belicosos, encerrado en un bote de salvamento camino de la costa pirata, y lo primero que se le viene a la cabeza es una flojera de esfínteres, un desmayo, una escena patética de súplicas y besapiés. Uno, por fortuna, jamás se las ha visto con tipejos armados que le chillan y le amenazan de muerte si no cumple sus deseos. Ni un simple atraco de yonqui ha sufrido uno en la vida, siempre viviendo en provincias, alejado del mundanal ruido. Hay quien dice, sin embargo, que los héroes surgen insospechados, sorpresivos, y que es la circunstancia, y no la predisposición, quien los fabrica en el momento. Pero no lo creo. Ya son muchos los años que uno ha pasado en su propia compañía, y uno se conoce lo suficiente para saber que en el lugar del capitán Phillips se habría comportado como un cobarde, como una auténtica nenaza. Como aquel capitán infausto del Costa Concordia... Todas las cosas que Tom Hanks discurre con inteligencia preclara en la película, con los nervios controlados, y la mente afilada, a uno se le irían por el esfínter de puro canguelo, y no hubiera sobrevivido ni a la mitad de las tesituras que este hombre tuvo que pasar en su cautiverio.  



    Por lo demás, hay quien dice que Paul Greengrass ha perdido una oportunidad de oro para hacer pedagogía política con su película. Que los malos del asunto le han quedado demasiado malos, casi caricaturescos, negros chillones que desorbitan los ojos armados del Kalashnikov, o negros taimados que se atusan los cuatro pelos de la perilla mientras urden maldades de moros en la costa. Sólo al principio de la película, en cuatro pinceladas apresuradas, Greengrass y sus guionistas nos cuentan que estos piratas se lanzan al mar obligados, amenazados por los señores de la guerra que luego se llevan la pasta gansa de los rescates. Pero, luego, en el transcurso de la refriega, quizá por aquello de darle a la película un aire más dramático, los moros resignados a su suerte se convierten en malos de pacotilla que se dejan llevar por la violencia gratuita y gritan consignas muy islamistas contra los yanquis. Que una película esté basada en hechos reales no significa, en principio, que plasme al dedillo los hechos reales. Sólo el capitán Phillips conoce la desviación -si es que la hay- entre la realidad y la ficción.


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Prometheus

Cuando me ponen una nave espacial, un viaje a las estrellas, y unos alienígenas que prometen hostias como panes y misterios como embrujos, entro en un estado mental que podríamos llamar de "racionalidad suspendida". Del mismo modo que los argonautas de la nave Prometheus pasaron varios meses hibernados a la espera de llegar a su destino, mi mente inquisitiva, en las dos horas que dura la película, se queda como dormida, como pasmada, y de pronto es como si me sustituyera el niño que una vez fui, con las piernas colgando en el sofá, y la expresión boquiabierta, incapaz de ponerle un pero a estas aventuras de seres humanos que buscan el origen de nuestra especie en un planeta muy lejano. Como Darwin a bordo del Beagle, hace dos siglos, pero a mucha más velocidad, y con ordenadores sofisticados en lugar de cuadernos de notas. Mientras Prometheus, la aeronave, avanza en el vacío del espacio, y Prometheus, la película, discurre en el silencio de la noche, yo, infantilizado, me dejo llevar por las olas del mar, por el balanceo de la trama, y casi termino chupándome el dedo, y cenando el bocadillo de nocilla, y pidiéndole a mamá que abra un poco la ventana para que entre el fresco del anochecer.



    Termina la película, y ya recompuesto de nuevo en un señor mayor, con barba entrecana, y ojeras por los pesares, vengo a los foros entusiasmado, dispuesto a cantar las loas y las alabanzas de Prometheus. Pero descubro, perplejo, y bastante avergonzado, que soy el único gilí de la galaxia que no ha caído en las incongruencias varias del guión. En los comportamientos inexplicables de los personajes. En las filosofías trascendentales que se quedan huecas, desatadas, como jirones de sabiduría que vuelan al albur del viento, sin propósito ni resolución. Leo -divertido, porque estos tíos tienen su guasa- los comentarios de quienes no se dejaron engañar, de quienes analizaron la película mientras la vieron, y ya no sé qué pensar de mí mismo. ¿Soy aquel espectador medio del que hablaba David Simon en sus diatribas contra las audiencias, un tipo más bien menguado, más bien lento de reflejos, que se traga las historias sin espíritu crítico, abandonado a la molicie mental, al consumo indiscriminado, que se da cuenta de los errores de guión -porque tan gilipollas no soy- y los pasa por alto pensando que los guionistas sabrán, y que qué va uno a opinar? ¿O tengo el mérito, y la fortuna, de disfrutar como un niño donde otros toman apuntes como maestros adustos y perfeccionistas, y las cagadas de los guionistas, y los descuidos del director, no consiguen agriarme la fiesta infantil -revivida una vez más- de las naves espaciales?


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Juego de Tronos 7x07

Al final, como en las misas de los católicos, Juego de Tronos ha dejado las hostias para el final. Para dentro de un año, al menos, cuando habrán de resolverse las guerras internas de los Siete Reinos y las guerras externas de los Caminantes Blancos. Antes de eso, dentro de pocos meses, pasada esta efervescencia de comentar y compartir los siete episodios que nos han llevado al borde de la resolución, todo recuerdo de Juego de Tronos se habrá convertido en polvo y cenizas dentro de mi cabeza. Llegará el invierno, veré nuevas series, el fútbol me dejará gilipollas... Sobre el destino sin decidir de los Siete Reinos caerá la nieve, y los sedimentos, y la confusión. Porque además, aquí dentro, en las neuronas de los desmemoriados, habita un dragón pequeñito, casi nanobiológico pero bastante hijoputa, que se dedica a ir quemando los recuerdos por pura diversión. Y como los dragones, a lo que se ve, jamás repostan gasolina ni sufren ardores en el esófago, su labor crematoria es sorda pero continua. Mi tontuna, y su travesura, me obligarán a revisitar estos episodios como si nunca los hubiera visto. Lamentable y sensacional al mismo tiempo, que diría José Joaquín Brotons en otro ámbito del entretenimiento.



    Mientras tanto, también como en misa, antes de que se precipiten los acontecimientos bélicos, los candidatos al Trono de Hierro (y su cohorte de Manos del Rey -en este caso de Reinas- asesores militares, diplomáticos listísimos, guardaespaldas cetrinos y mercenarios de todo pelaje que se han ido uniendo a la aventura) se dan fraternalmente la paz en el anfiteatro de Pozo Dragón, donde antaño los Targaryen guardaban sus dragones como ahora los ricachones cobijan sus purasangres. Podríamos decir que la reunión de Pozo Dragón es la Conferencia de Yalta de los Siete Reinos, pues del mismo modo que Roosevelt, Stalin y Churchill aplazaron su diferencias para combatir al enemigo común del fascismo, Cersei, Daenerys y el Rey en el Norte deciden enterrar sus hachas de guerra y blandir unas nuevas de vidriagón enriquecido. La paz, al parecer, queda sellada con la sonrisa beatífica de Cersei, la más reacia en principio a despistar sus tropas. Daenerys y Jon Nieve, locos de alegría y de amor, deciden celebrarlo a lo grande en la intimidad de la alcoba, pero mientras tanto, al otro lado del muro de su dulce retozar, se precipitan los acontecimientos: Cersei se quita la máscara, el amor se convierte en incesto de los Targaryen, y más allá del otro Muro, el que se escribe con mayúscula, un dragón resucitado que tampoco reposta ni se fatiga abre la brecha que anuncia el fin del mundo.


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Hombres armados

Cuando Ernesto Guevara, médico de formación, bolchevique de corazón, tuvo conocimiento de la miseria que asolaba a los parias de Latinoamérica, cogió el botiquín, el fusil, dos bocadillos de mortadela, y se tiró a los montes para hacer la revolución que todavía echamos de menos. Lo demás es historia.

    El doctor Fuentes, que es el personaje principal de Hombres armados, ni siquiera tiene muy claro qué es lo que pasa en su país, aunque ya sea un médico veterano que peina canas y ninguna parezca el pelo de un tonto. En un país latinoamericano de cuyo nombre no es necesario acordarse -pues todos vienen a sufrir en esencia los mismos descalabros-  el doctor Fuentes tiene una consulta muy peripuesta en la capital, donde atiende a militarotes de muchas condecoraciones y a sus señoras arregladas para la fiesta que nunca termina. El doctor sabe, o lee, o le cuentan en las consultas mientras ausculta pechos y martillea rótulas, que allá en las montañas, en las selvas impenetrables, "pasan cosas": que las guerrillas de rojos y el ejército nacional se acechan, se persiguen, toman pueblos al asalto y luego vuelven a perderlos, pero todo este ajetreo le suena muy lejano, casi de fogueo, asuntos de indios que nunca se integraron del todo en la cultura de los criollos.



    Tan iluso vive el doctor Fuentes rodeado de comodidades, agasajado por los matarifes de la patria a los que cura y consuela, que no dudará en enviar a sus mejores alumnos de la Facultad a esos pueblos remotos para que practiquen la medicina, y contribuyan al bienestar de los compatriotas todavía por civilizar. El doctor se siente muy orgulloso de estas "misiones médicas" que constituyen su legado, así que un buen día, liberado del trabajo, viudo de la mujer a la que amaba, decide coger el auto y visitar a sus exalumnos en los consultorios de la montaña. Lo que el doctor Fuentes se encuentra al llegar a ese mundo es aterrador, y desolador. El ejército campa a sus anchas, los campesinos yacen muertos en zanjas improvisadas, y de sus muchachos y muchachas nadie tiene noticia. Hasta que alguien, por fin, apiadado de su ignorancia, le cuenta que los médicos están muy mal vistos en el lugar porque si ayudan a los militares, se los cargan los guerrilleros, y si ayudan a los guerrilleros, se los cargan los militares, de tal modo que el juramento hipocrático se vuelve una trampa mortal de la que es imposible salir. Ahí empieza, propiamente, Hombres armados, con el doctor Fuentes remontando los senderos para encontrar a sus alumnos del mismo modo que el capitán Willard remontó el río Nung para buscar al coronel Kurtz . Un viaje hacia el horror. 


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Breaking Bad. Temporada 3

Breaking Bad es el relato de cómo Walter White -profesor de instituto, padre ejemplar y esposo amantísimo, empleado servil en un lavadero de coches para ir cuadrando el presupuesto familiar- llegó a convertirse en Heisenberg el traficante, el capo de la droga más temido en Albuquerque. Su caída en el lado oscuro de la fuerza es tan fascinante como la de Anakin Skywalker en la saga galáctica de George Lucas, y compone la que quizá sea la mejor serie dramática de todos los tiempos, pues en Breaking Bad no hay episodios de relleno, ni tramas que desbarren, ni secundarios absurdos que chupen minutos sin sentido -bueno, la cuñada cleptómana, quizá. Vince Gilligan nunca dejó que otros niños jugaran a otra cosa con su juguete más querido, y le salió un producto irreprochable, repensado, que va del punto A al punto B directo como un cohete, sin dudas ni volantazos.



    Al terminar la serie, Gilligan y Gould decidieron crear un spin-off sobre la vida de Saul Goodman, el abogado más dicharachero y corrupto de los contornos desérticos, un tipo que se había erigido en el típico secundario que robaba las escenas y llegaba, a veces, a eclipsar el interés por los personajes principales. La idea fue cojonuda, y dio lugar a otra serie llamada Better Call Saul que es de lo mejorcito que puede verse hoy por hoy en la televisión. Para cuando termine la transformación definitiva de Jimmy McGill en Saul Goodman, yo, desde este humilde blog ileído, e ilegible, les propongo a Gilligan y sus muchachos que narren la otra aventura vital de Walter White. La que se barrunta desde los inicios de la serie, y de la que sólo conocemos pinceladas y lejanas referencias: cómo un tipo de inteligencia afilada, de carácter granítico, de ego subidísimo y picajoso -porque, a fin de cuentas, Heisenberg no es el resultado de una transformación, sino la salida de armario de una personalidad verdadera, largamente reprimida- pudo achicarse de tal modo ante la vida para ser uno más como nosotros, indistinguible, pusilánime, y gris. Breaking Bland, quizá.


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Bright Lights

Dos años antes de que fallecieran con un solo día de diferencia -primero la hija, derrotada por la vida, y luego la madre, rebosado el vaso con la última gota- Carrie Fisher y Debbie Reynolds abrieron sus casas de par en par para dar testimonio de su relación en este documental que lleva por título Bright Lights. Carrie, casi sexagenaria, y Debbie, mediada la ochentena, más parecen hermanas que madre e hija, de lo mucho que se descuidó la princesa Leia con las drogas, y de lo mucho que padeció con su trastorno bipolar, y de lo bien que se cuidó, por contra, la chica de Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, que aún estaba en el mundo de la farándula cuando murió de llantos y de pena, haciendo papelitos en la tele, y cantando viejas canciones ante los abueletes de Las Vegas.



    Madre e hija vivían en Beverly Hills, en casas muy próximas, y se pasan gran parte del documental visitándose la una a la otra mientras evocan recuerdos de su vida. Los gozosos, claro, de cuando compartían micrófono y canturreos subidas al escenario, o de cuando pasaban los veranos en la mansión familiar con el césped verdísimo y la piscina recién limpiada. Y también los recuerdos sombríos, por supuesto, que protagoniza mayormente Eddie Fisher, esposo y padre, seductor y cabronazo, ese truhán cantarían que las abandonó siendo Carrie pequeña para vivir otras aventuras sexuales junto a Elizabeth Taylor.



    Pero todo esto ya lo sabíamos, los marujos y marujas que habíamos caído en Bright Lights como quien cae sobre una revista de cotilleos en la peluquería. Veníamos, curiosos, morbosos, a saber algo más de esta relación materno-filial que tantos sinsabores compartió, y que incluso en la hora de la muerte tuvo su complicidad y su adhesión. Pero madre e hija, que se muestran muy parlanchinas, se cuidan mucho de desnudar su alma en el documental, y sólo cuentan lo que todo el mundo ya sabe. Se llevan bien, se soportan las manías, y salen a pasear de vez en cuando por los alrededores de su barrio, o comparten mesa y mental en alguna gala que les presta homenaje y reconocimiento. Un aburrimiento, finalmente, que sólo de vez en cuando rompe Carrie Fisher con alguna reflexión enjundiosa sobre su vida y su mal, su lucha y su trastorno.

- ¿Sabes qué sería genial? Llegar al fondo de mi personalidad.... y descansar bajo el sol.


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Aliens: el regreso

Y de pronto, en 1986, cuando el F-14 de Maverick seguía recargando municiones para enfrentarse a los Mig destartalados, los americanos se quedaron sin un enemigo digno al que abatir en las películas. Un año antes, en 1985, mientras Iván Drago mordía el polvo en la lona, Mijail Gorbachov subía al poder en la Unión Soviética y anunciaba que hasta aquí habíamos llegado: que el orgullo patrio estaba muy bien, pero que había que comer todos los días, y que la producción de acero iba a destinarse a fabricar más ollas y menos tanques. Cuatro años después, el sistema comunista se vino abajo. En el ínterin, una ola de simpatía por Gorbachov recorrió el mundo entero, y hasta el mismo Ronald Reagan, de viaje en Moscú, tuvo que reconocer que aquello no parecía precisamente el Imperio del Mal.



    En Hollywood hubo perplejidad, contraórdenes, y los soviéticos, ahora hermanos de la paz y del desarme, dejaron de ser los malos cetrinos -y cretinos- de cada película guerrera. La gran cuestión era: ¿qué hacemos ahora con los marines? Los muyahidines de Osama Bin Laden eran por entonces amigos del alma, y los coreanos del norte llevaban muchos años tranquilos al otro lado del paralelo 38. Los socialistas de Centroamérica se defendían armados de libros y guadañas, y en Irak, mientras tanto, no estaba claro cuántas bolsas de petróleo podían pincharse en el subsuelo. Estaba el espantajo de Gadafi, sí, como tentación para hacer una película con muchas hostias en el desierto, pero mientras tanto, para matar la gusa, a alguien se le ocurrió que rodar Aliens vs. Marines -pues eso es, en esencia, Aliens: el regreso- sería una buena excusa para seguir cantando las excelencias de estos aguerridos muchachos, y de estas bravas amazonas, que ya no eran solamente el mejor cuerpo de élite de este lado de la galaxia, sino que puestos a tenérselas tiesas con los aliens terroríficos, también eran capaces de aguantarles el pulso y el descaro.

    Hay que decir, de todos modos -y si nadie lo ha dicho todavía, lo digo yo- que los aliens son más perros ladradores que mordedores. En las distancias cortas,  desde luego, a tiro de chorro ácido, de mandíbulas retráctiles, son prácticamente imbatibles, pero a diez metros, sin armamento portátil, sin coraza, lentos como osos, no serían enemigos ni para un cowboy habilidoso del Far West. Uno con puntería y que desenfundara rápido. Si le vinieran de uno en uno, claro, y no en tropel, como en la película, que a fin de cuentas es su baza ganadora.


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