Bojack Horseman

Uno de los temas preferidos de Hollywood son las entrañas del Hollywood mismo. Y casi nunca para contar historias ejemplares, luminosas, de profesionales que llevan vidas intachables y parecen alérgicos al escándalo. En el cine, porque los espectadores somos animales morbosos y malévolos, quedan más resultonas las historias de actores caídos en desgracia, de directores atrapados en la locura, de fracasados y fracasadas que jamás lograron un papel que los inmortalizara en las enciclopedias. Nos interesa mucho más la mugre, la envidia, los sueños rotos. Las carreras meteóricas que terminan estrellándose. Los cohetes que nunca llegaron a despegar. El sexo inapropiado, o el delictivo, o la falta de sexo incluso. La falta de ética y de principios. El fracaso. Los estupefacientes. El reverso tenebroso del glamour.



    Lo que Hollywood nunca nos había contado era la depresión de un caballo antropomorfo que tuvo su momento de gloria muchos años atrás, en una sitcom para toda la familia en la que ejercía de padre adoptivo de tres muchachos bien humanos, sin nada de potros. Porque en el mundo loco, bizarro, de Bojack Horseman, los animales y los seres humanos viven en igualdad de condiciones, hablan el mismo idioma de los americanos, y se desean sexualmente los unos a los otros para escándalo frutal de Ana Botella y otras verduleras por el estilo. Más allá de otras consideraciones, Bojack Horseman tiene el mérito incuestionable no de elevar a los animales a la categoría de humanos, sino de rebajar a los humanos a la categoría de animales. Ya era hora. Juntos como hermanos...



    Bojack Horseman es una serie de animación para adultos no porque salgan de refilón algunas zoofilias de Bojack satisfaciéndose con sus admiradoras predispuestas, ni porque luego, en la depresión postcoital, eche mano de las drogas y del alcohol para solucionar sus penas de actor equino en decadencia. Bojack Horseman es una serie para adultos porque en realidad, aunque venga vestida de comedia, te vas riendo cada vez menos a medida que pasan los episodios. Los diálogos acerados y ocurrentes sobre el mundillo de Hollywood van dejando paso a una reflexión amarga sobre el hecho inevitable de hacerse mayor, y de ya no tener remedio ni solución. Y lo mismo da que seas caballo que seas humano. La certeza deprimente es la misma: el cambio es imposible, y si lo fuera, por un casual, o por un milagro, ya no queda tiempo para forzarlo. 



0

Juego de Tronos 7x02

(contiene spoilers, claro)
    He de confesar que en las últimas temporadas de Juego de Tronos, que han alternado las emociones con los bostezos, las sorpresas con los aburrimientos, he ido pasando a alta velocidad a varios personajes secundarios cada vez que asomaban la jeta o iniciaban el diálogo. A todos los personajes de la serie se les concede el beneficio de la duda una vez presentados, porque así, de entrada, nunca sabes qué relevancia van a tener en el devenir general. Uno no ha leído los libros de George R. R. Martin -ni creo, por su volumen intimidatorio, que los lea nunca en esta vida- así que cada personaje nuevo es nuevo del todo para mí, y luce una incógnita promisoria encima de su cabeza. Algunos sobreviven a la muerte temprana y se instalan en los guiones con cosas interesantes que aportar: una sabiduría política, una venganza pendiente, un linaje inesperado; otros, en cambio, que también se libran de caer a las primeras de cambio, se quedan ahí sin más utilidad aparente que la de enriquecer el paisanaje de los Siete Reinos, como si fueran una muestra de la diversidad multiétnica y multicultural que puebla estas tierras inventadas.



    Uno de estos personajes maltratados es Samwell Tarly, el excombatiente de la Guardia de la Noche que ahora es monje estudioso que cultiva las letras y las ciencias. Desde que abandonó sus deberes militares al lado de Jon Snow, toda su peripecia ha pasado por mi televisor como una carrera de Benny Hill persiguiendo al calvorota y a las enfermeras de la falda muy corta. Samwell rescató a la chica, cruzó los reinos, visitó su hogar y recaló en la abadía a la velocidad impropia de un obeso como él. Yo, la verdad, le daba por amortizado: una pincelada suelta e inexplicable en el gran lienzo de la lucha por el poder. El contrapunto bonachón, quizá, a tanto hijoputa que anda suelto por ahí. Pero me equivoqué, y ahora siento que estoy en deuda con su personaje. En la séptima temporada que acaba de comenzar, Samwell Tarly se está convirtiendo en un personaje principal, imprescindible, un rata oronda de biblioteca que lo mismo se adentra en los misterios de la medicina que en los estratos ocultos de la geología, y puede que en su cerebro ilustrado residan varias claves para la resolución de este invierno que no termina de llegar.




    No me equivoqué, en cambio, al saltarme con el mando a distancia las aventuras de las Serpientes de Arena, esas tres ninjas que ejercitaban sus artes en el soleado país de Dorne. Su contribución a la trama ha sido lucir palmito, exhibir su habilidad guerrera y entrecruzarse diálogos supuestamente ácidos o picantes. Estaban muy ricas, las tres Serpientes, eso hay que reconocerlo, pero tal virtud no las libró de ser pasto de mi impaciencia espectadora. Ahora que yo estaba magnánimo con el caso de Samwell Tarly horadando mi conciencia, y que había decidido concederles una segunda oportunidad a las tres acróbatas del vestido escaso, viene el bruto de Euron Greyjoy y se las carga al final del episodio en un abordaje bucanero de manual. Su muerte ha sido inesperada -como casi todas- pero nos ha dejado más o menos como estábamos. Nada hemos perdido. Nada hemos avanzado. Eran, más que secundarias, terciarias en la trama.


0

Las cloacas de Interior

En las catacumbas mediáticas de la izquierda -que en estos tiempos de persecución imperial se reducen a tres gacetillas revoltosas, dos radios escondidas en internet  y una corrala de verduleras en La Sexta que siempre trolea Eduardo Inda para regocijo del establishment- no se habla de otra cosa que de Las cloacas de Interior, el documental dirigido y producido por Jaume Roures, ese empresario-marxista que lo mismo abre periódicos para luego abandonarlos que luego se queda con los derechos del sagrado fútbol o produce películas y documentales a través de Mediapro.



    El punto de partida de Las cloacas de Interior es la investigación que emprendió el diario Público tras conocer las conversaciones entre el que fuera Ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz -sí, el que tenía un ángel de la guarda muy salado llamado Marcelo-, y Daniel de Alfonso, jefe de la Oficina Antifraude de Cataluña, que al parecer era un funcionario muy servil y muy presto a deslizarse por el lado oscuro de la Fuerza. Y de la Ley. Todo el mundo conoce ya el caso: se trataba de echar mierda -real o inventada, eso era lo de menos- sobre los políticos catalanes que defendían el voto por la independencia a escasos días de una consulta soberanista. Pillarles, sobre todo, cuentas bancarias en Suiza, o en Andorra, que los expusieran ante la opinión pública de los votantes como unos chorizos. El escándalo político, como recordarán los más ilustrados lectores, fue mayúsculo, pero las repercusiones, como suele suceder, casi imperceptibles en los sismógrafos. Un cese, cuatro explicaciones mal dadas, y un recuerdo muy oportuno sobre la situación política en Venezuela. Pero Las cloacas de Interior no se detiene en este caso archisabido. Su cometido es tirar del hilo para hacer una radiografía del alcantarillado policial que todavía subsiste bajo las aceras de la democracia. Vericuetos sin luz ni taquígrafos por los que siguen moviéndose ratas bien aleccionadas -y bien pagadas- por los gobernantes de turno.





    Lo más sorprendente de Las cloacas de Interior no es lo que cuenta, que es materia ya más o menos conocida; ni cómo lo cuenta, que tampoco la puesta en escena es muy original; ni que los grandes periódicos, ni las radios más escuchadas, ni las cadenas de televisión de alcance nacional, se hayan hecho los suecos con este documento demoledor -suecos de derechas, claro, nada de socialdemócratas del bienestar. Y si los medios, en algún caso, han hecho referencia al documental, sólo ha sido, por supuesto, para darle caña, reírse de sus planteamientos, y emparedar la reseña entre dos noticias muy fresquitas de Venezuela -sí, otra vez-: una algarada callejera por encima y un discurso altisonante de Maduro por debajo. El sándwich de la casa. No. Lo más sorprendente de Las cloacas de Interior es que las prácticas guberpoliciales, polinamentales, todavía les sorprendan a algunos. Uno se asoma al documental atraído por el cómo, pero no por el porqué, ni por el cómo es posible. Eso ya lo damos por descontado. No somos, en eso, un país muy diferente a los demás. La única diferencia es que aquí las escuchas las encarga el Superintendente Vicente, y las practican Mortadelo y Filemón. Y claro, al final -casi- todo se sabe. La chapuza nacional. 


0

Harry y Tonto

Harry es un septuagenario al que las autoridades derriban su apartamento en Nueva York - sin ninguna Ada Colau que pueda defenderlo- y se queda con dos maletas en plena calle, obligado a recurrir a sus hijos para encontrar refugio y acomodo. Tonto -llamado así, en la versión original- es el gato romano que lo acompañará en su inesperado peregrinaje por las residencias de los vástagos. Porque el primer hijo, que vive en la misma Nueva York, es un tipo majete, predispuesto, cariñoso con su padre, pero apenas dispone de espacio libre para ubicarlo, y tiene, además, porque estas cosas suelen confabularse así, lo mismo en la ficción que en la vida real, una esposa gruñona que no parece muy cómoda con el apaño habitacional. Harry tendrá un gato llamado Tonto, pero él no tiene ni un pelo de ídem, así que rápidamente comprende su situación de estorbo viejuno y decide cruzar Estados Unidos para encontrar otro hijo que le acoja. A él y a su gato, por supuesto, que viajan en pack indivisible, e innegociable.




    Pero los otros dos retoños, ay, viven donde los primeros exploradores de las Américas perdieron el mechero: la hija -que se lo quitará de encima con cuatro diálogos muy tiernos pero disuasorios- reside en Chicago, en el centro de las llanuras, y el hijo -que le recibirá con los bolsillos vueltos del revés porque no tiene ni donde caerse muerto- en Los Ángeles, en las orillas del otro océano jamás pensado por Harry. Ni por Tonto.

    Lo de los hijos, en realidad, sólo es el mcguffin, la excusa argumental de la película. Harry y Tonto no va de relaciones paternofiliales, o casi no. El meollo del asunto es el viaje en sí, from coast to coast, porque en realidad estamos en una road movie que le sirve al viejo Harry para ir charlando con sus coetáneos sobre las cuitas de la vejez, de la pitopausia, de los hijos desdeñosos. O a veces, también, para no perder el foco de la realidad, ir cruzándose con jovenzuelos en la flor de la edad que le hablan del flower power, de las comunas, de la meditación transcendental, en esa otra América que se refugió de los problemas morrocotudos tras el humo de los canutos. Harry y Tonto, como dirían los pedantes, viene a ser un fresco de la América que vivía y se desvivía por aquellos años en los que yo nací. 



0

Dos en la carretera

Desde que la sociología se preguntó si las personas casadas son más felices que las personas sin pareja, la respuesta es que sí, en cualquier estudio que se encargue, en cualquier cultura que se escrute. Y parece obvio, la verdad, casi de Perogrullo. Un gasto innecesario de tiempo y de papeleo. Las personas casadas son cuidadas en la enfermedad, consoladas en la desdicha, satisfechas en el sexo. O al menos así se presupone. Se dice, con mayor o menor romanticismo, que las personas casadas -o emparejadas- están "completas", como si conformaran un círculo, o un tándem, o un puzle de dos piezas tan básico como necesario. Es la tesis que defiende con música maravillosa de Henry Mancini Dos en la carretera, la road movie que protagoniza el simpático matrimonio Wallace. Que no son Marcellus y Mia Wallace conduciendo por Los Ángeles en Pulp Fiction, sino Audrey Hepburn y Albert Finney surcando un verano sí y otro también el mapa de Francia, camino de la Riviera. Desde su primer viaje de jovenzuelos que hacen autostop y se alojan en los pajares del extrarradio, hasta el viaje crucial, ya de señores maduros y con mucho dinero para gastar, en el que habrán decidir si su matrimonio les sigue mereciendo la pena.



    Si en algo acierta Dos en la carretera es que el dinero no hace la felicidad conyugal. Sólo si te saca de la pobreza extrema, de la necesidad material. Con el techo cubierto, el estómago lleno y las facturas pagadas, la felicidad crece en una pendiente muy poco pronunciada por más lujos que se le añadan. El matrimonio Wallace no sonríe más ancho ni está más satisfecho por alojarse en hoteles caros y pedir langostas de plato principal. Pero Dos en la carretera, como las encuestas unánimes de la sociología, tal vez se equivoque en considerar el matrimonio como la panacea de los corazones infelices. Ayer mismo, antes de dormir, clausuraba uno el libro Sapiens, de animales a hombres, que tanto ha dado que hablar en los círculos intelectuales. Y también en los círculos intelectualoides, que es donde uno se mueve como pez en la charca. Curiosamente, en sus últimas páginas, el autor se hace varias preguntas sobre la felicidad del Homo sapiens, y una de ellas, a la que dedica un sustancioso párrafo, plantea la posibilidad de que el matrimonio no haga a las personas felices, sino que sean las personas felices las propensas al matrimonio. De tal modo que los Wallace sólo estén dando vueltas en círculo por los caminos de la filosofía conyugal -condenados como están a entenderse-, mientras conducen en línea recta hacia las playas soleadas del Mediterráneo.

    "Es verdad que los casados son más felices que los célibes y los divorciados, pero esto no significa necesariamente que el matrimonio produzca felicidad. Podría ser que la felicidad cause el matrimonio. O, más concretamente, que la serotonina, la dopamina y la oxitocina provoquen y mantengan un matrimonio. Las personas que nacen con una bioquímica alegre suelen ser, por lo general, felices y contentas. Son cónyuges más atractivos, y en consecuencia tienen una mayor probabilidad de casarse". 


0

The trip

Con todos los gastos pagados por The Observer, que en la pérfida Albión viene a ser como el suplemento dominical de El País, Steve Coogan y Rob Brydon recorren el norte de Inglaterra en un viaje gastronómico y cultural del que luego habrán de rendir cuentas con inteligentes comentarios. Podría decirse que The trip es una road movie con mucha niebla en el parabrisas y mucha hierba en el paisaje, pero sería inexacto describirla así. Porque las road movies llevan implícita la noción de cambio: del paisaje, que se muda, y de los personajes, que se transforman por el camino, y aquí, en The Trip, cuando termina la película, los personajes de Coogan y Brydon  -que hacen de sí mismos en un porcentaje que sólo ellos y sus biógrafos conocen- regresan a sus vidas civiles con los mismos planteamientos que dejaron colgados cinco días antes. Porque en realidad ellos no se soportan -o fingen no soportarse- y pasadas las primeras risas y las primeras imitaciones lo único que quieren es perderse de vista y regresar a sus cálidos hogares donde les espera -¿o no?- la parienta amorosa.





Si cambiáramos los restaurantes pijos de Inglaterra por las bodegas vinícolas de California, The trip sería un remake británico de Entre copas, la película de Alexander Payne. La comida y la bebida sólo son mcguffins que Winterbottom y Payne utilizan para sentar en la mesa a dos hombres adentrados en la crisis de los cuarenta. Las dos películas parecen comedias, pero en realidad no lo son. En The trip te ríes mucho con las imitaciones que Coogan y Brydon hacen de Michael Caine o de Sean Connery, o con las versiones de ABBA que cantan a grito pelado mientras conducen por las carreteras sinuosas. Hay un diálogo genial sobre qué enfermedad estarías dispuesto a permitir en tu hijo a cambio de obtener un Oscar de la Academia. Pero también se te ensombrece la cara cuando charlan en los restaurantes sobre la decadencia inevitable de sus energías, sobre el esplendor perdido en la hierba de su sexualidad.

Rob:       ¿No te parece agotador andar dando vueltas, yendo a fiestas y persiguiendo chicas...?
Steve:      No ando persiguiendo chicas.
Rob:         Sí, lo haces.
Steve:      No las persigo. Lo dices como si yo fuera Benny Hill.
Rob:      ¿Pero  no te parece agotador, a tu edad?
Steve:     ¿Te parece agotador cuidar un bebé?
Rob:       Sí, me lo parece.
Steve:     Sí... Todo es agotador después de los cuarenta. Todo es agotador a nuestra edad.


0

The trip to Italy

Cuatro años después de recorrer el norte de Inglaterra en The trip, Steve Coogan y Rob Brydon vuelven a fingir que se odian para embarcarse en otra aventura gastronómica pagada por The Observer

    Esta vez, como hay más presupuesto, o tal vez mejor humor, se lanzan a recorrer los cálidos paisajes de Italia, en vez de los brumosos parajes de su tierra. Coogan y Brydon rondan ya los cincuenta años, pero siguen comportándose como adolescentes que salieran a la cuchipanda. The trip era una película más triste, más melancólica, porque entonces ellos transitaban la crisis masculina de los cuarenta, que les mordía en la autoestima, en el impulso sexual, en las ganas de vivir. Ellos se descojonaban con sus imitaciones, con sus puyas artísticas, pero se les veía dubitativos e infelices. Ahora, sin embargo, quizá porque el paisaje es radicalmente distinto, y la luz del Mediterráneo lava las impurezas y reconforta los espíritus, Brydon y Coogan aparecen más risueños, más traviesos, como si hubieran asumido que el peso de la edad es el precio a pagar por seguir viviendo.




            Mientras conducen por las campiña o degustan los ravioli en las tratorías, ellos siguen con el juego interminable de imitar voces. No podía faltar, por supuesto, la voz de Michael Caine, ya que están en Italia -y en un italian job además- y que han alquilado un Mini para rendir homenaje a la cinta clásica de los autos locos. Pero las estrellas de la función, como es de rigor en la patria de Vito Corleone, son Robert de Niro y Al Pacino, que casi llegan a convertirse en personajes principales de la película. Brydon y Coogan los imitan a todas horas, en todos los sitios, delante de cualquier comensal, como dos orates que se hubieran escapado del manicomio. 

    En una lectura superficial, podría pensarse que The trip to Italy es una gilipollez sin fundamento: dos tíos que van de hotel en hotel y de comida en comida recreando escenas míticas de El Padrino. Pero uno -quizá equivocadamente, porque la simpatía por estos dos fulanos es automática y visceral- creer ver en la película de Winterbottom una celebración de la vida y la amistad. Dos hombres maduros que abrumados por la belleza de la Costa Amalfitana hacen las paces con su destino y vuelven a sentir la alegría pura de la adolescencia, cuando nadie piensa en la muerte y todo sirve de excusa para echarse unas risas. Cuando las féminas, intrigadas por tanta felicidad, vuelven a posar la mirada con interés...


0

La fuerza del cariño

Si hace una semana, tan sólo una semana, me hubieran dicho que iba a estar delante del televisor viendo La fuerza del cariño, me hubiera echado a reír -de la incredulidad- o a llorar -del giro imprevisto y atormentado de mi cinefilia. Uno recordaba La fuerza del cariño como un melodramón de sobremesa, pasado de época, de rosca, de efectos lacrimógenos. Pornografía sentimental. Personajes -sobre todo mujeres- que desnudaban sus filias y sus fobias, sus rencores y sus reencuentros, sus te quiero y sus te odio a veces tan contradictorios que sólo ellas entienden las mutaciones y los pasadizos secretos, mientras que los hombres, mecanismos biológicos mucho más simples, los contemplamos en las películas o en la vida real tan confundidos como fascinados.





    No entraba en mis planes, digo, regresar a los registros más pastelosos de James L. Brooks, del que prefiero quedarme con sus grandes contribuciones a la humanidad: el Lou Grant de mi infancia; el universo sin par de Los Simpson; el chalado maravilloso que encarnaba Jack Nicholson en Mejor imposible, esa película que siempre flirteaba el ridículo argumental y que gracias a él se convirtió en una comedia inolvidable.

    Fue precisamente él, Jack Nicholson, el culpable involuntario de que esta tarde, en los interregnos soporíferos del Tour de Francia, me internara en los asuntos internos de la familia Horton y su Suegra De Vil llamada Aurora. Porque estos días, entre otras lecturas veraniegas, he curioseado en la biografía del viejo Jack -el insaciable mujeriego, el director frustrado, el actor excesivo- y me ha ido picando la curiosidad por rescatar viejas glorias de su filmografía que tenía olvidadas o soslayadas. Cuando he llegado al capítulo de La fuerza del cariño, el autor de la semblanza se ha puesto muy pesadito, muy persuasivo, con la "magnífica" actuación de Nicholson en una tragicomedia "de las que ya no se hacen". Y me ha entrado como una duda, como una descreencia de mí mismo, y he pensado que tal vez mi recuerdo de la película estaba contaminado de prejuicios, de poses intelectuales. Pero nada de eso: prejuicioso o posante, sigo en las mismas. La fuerza del cariño no pertenece a mis inquietudes, a mi universo sentimental. No es una mala película: simplemente no me interesa, o no termino de entenderla. Sólo cuando aparece el viejo Jack para sonreír sus maldades, y lanzar sus eróticos anzuelos, me subo al carro de la narración y me dejo seducir por su personaje del astronauta rijoso y socarrón. Pero son pocos, ay, los minutos de felicidad. En La fuerza del cariño Jack sólo es un personaje secundario, el contrapunto gracioso de la trama, y es una pena que por aquel entonces nadie pensara en rodar un spin-off con su personaje. Better Call Garrett. 



0

Juego de Tronos 7x01

Y por fin, después de tantos meses de espera, llega otra vez el invierno, ahora que aquí, en los reinos mediterráneos, estamos atravesando la canícula. Suena a broma, la verdad, y un poquito pesada, recocidos como estamos en nuestros propios jugos, pero todo se lo perdonamos a la HBO con tal de que obre la magia de nuevo.

    El invierno se cierne sobre los Siete Reinos y nosotros cogemos sitio en los sofás con la camiseta pegada al cuerpo, o con la piel desnuda pegada al sofá. Uno ha visto las promos en el canal de pago y ha sentido añoranza por el invierno de los Caminantes Blancos, que vienen a agitar el avispero de los reinos ingobernables, y a animar un poco nuestras alicaídas televisiones, que a falta de fútbol y de otras series de tronío se alimentan de desperdicios y de restos recalentados.  Pero uno, al mismo tiempo, viendo a los Stark recomponiendo la figura, ha sentido nostalgia del invierno climatológico, del que viene sin muertos ni malos augurios, un dios querido y entrañable que se nos fue hace meses al otro hemisferio con su mochila llena de nieve, y su abrigo bien forrado por dentro. Qué suertudos que son los pibes, los Kiwis, los onas, que verán la nueva temporada de Juego de Tronos con una mantita sobre las rodillas, con un caldito entre las manos, con otro cuerpo bien apretujadito en el costillar.



    Ha vuelto Juego de Tronos, sí, y ha vuelto como casi siempre, un poquito aburrido en el episodio inaugural, sobrevolando el tablero de ajedrez de las siete monarquías con sus siete colores y sus cien galimatías -lo del ajedrez es una metáfora tan manida como certera, tan facilona como descriptiva, y este blog no va a esforzarse demasiado por encontrar una nueva comparación.

    En el 7x01 vamos saltando de pieza en pieza para recordar cómo se movía cada personaje, como se combinaba con otros secuaces para tener en jaque al rey de turno, o a la reina turnante. Sólo al principio del episodio vemos a un alfil de los Stark sembrando el pánico entre los escaques negros del enemigo. Lo demás es estudio, estrategia, planificación para las batallas cruentísimas que están por venir. Un poco decepcionante, si me apuras, pero está bien que así sea. No es cuestión de, ¡hala!, liarse a espadazos a las primeras de cambio, para satisfacer nuestros bajos instintos de espectadores. Los seguidores de Juego de Tronos tenemos miras más altas, paciencias más refinadas. Aunque el monstruo interior pida caña desde el primer fotograma, nosotros preferimos que nos adulen la inteligencia y el saber estar. Pero que no tarden mucho en empezar.


0

I'm Here

Dado que los seres humanos tenemos un sistema inmunológico muy particular, difícilmente compatible, los amantes que llegada la enfermedad desearían entregarse el corazón o los riñones sólo pueden hacerlo simbólicamente, en las rimas de sus poesías. Entre los anticuerpos, los glóbulos blancos y el galimatías de los grupos sanguíneos, el empeño de donar los órganos se vuelve casi imposible, y por eso han de conformarse con intercambiar fluidos en los arrebatos de pasión.



    Los robots, en cambio, cuando se dan, cuando se entregan, no sufren estas barreras infranqueables de la química orgánica. En I'm here, Spike Jonze imagina una ciudad de Los Ángeles donde los robots y los seres humanos compartimos aceras y transportes públicos, aunque aún estamos muy lejos de la ciudad caótica y futurista que nos enseñaba Blade Runner. En el cortometraje de Jonze, los robots son obviamente robots, toscos y envarados, y nada tienen que ver con los Nexus 6 indistinguibles del ser humano que capitaneaba el malogrado Roy. Sheldon es un cabeza cuadrada que sin ser alemán, ni el guiñol de Louis Van Gaal, trabaja ordenando libros en una biblioteca pública. Un día, al salir del trabajo, conocerá a la guapa, intrépida, conducta ilegal, Francesca, que es una robota de formas muy sexys bajo el ropaje, y de voz irresistible bajo el fuselaje. Pero Francesca, ay, por la que Sheldon está enamorado hasta sus huesos de titanio, está fabricada en materiales muy frágiles, casi de porcelana, o de ganga de bazar chino, así que en cada incursión por la noche loca, por la luna amatoria, ella irá perdiendo partes de sí misma que el bueno de Sheldon tratará de sustituir con las suyas propias.



    No es la primera vez que vemos este cibernético altruismo en una pantalla. Sin llegar a ser amantes -¿o sí?- C3PO ya ofrecía sus propios circuitos para restañar las lesiones de R2D2 cuando bajó del X-Wing que destrozó la Estrella de la Muerte. Suponemos que en la galaxia lejana -como en la galaxia más próxima de Spike Jonze- los sistemas cibernéticos estaban estandarizados, y que el amor entre los seres no orgánicos también podía llegar a estos paroxismos de entrega y sacrificio...


0

El puente

Hace unos meses pasó por estos escritos una película danesa que llevaba por título Land of mine. En ella, un grupo de adolescentes integrados en el Volkssturm -las tropas que Hitler reclutó a última hora entre los chavales y los ancianos- era hecho prisionero por las tropas danesas, y obligado, ya con la guerra terminada, a limpiar las minas que la propia Wehrmacht había enterrado en las playas. La escabechina de brazos y piernas, torsos y tripas, se barruntaba desde las primeras escenas...

    Unos meses antes, cuando Alemania todavía no había rendido sus tropas a los aliados, otra remesa infantil del Voklkssturm fue reclutada para defender el puente sobre el río Regen, en el mismo pueblo que los vio nacer a todos. Que los vio crecer con los juegos infantiles, convertirse en muchachos, soñar con participar en la guerra como hombres de pelo en pecho, y no como lo que eran ahora, unos tirillas sin instrucción militar que apenas podían con el peso de los bazookas, y que además no habían visto a un norteamericano de frente en su vida, más allá, quizá, de Charles Chaplin, o de los hermanos Marx, que no disparaban tiros desde el otro lado de la pantalla.



    La película se titula El puente, y es una producción alemana del año 59 que obtuvo grandes premios y reconocimientos en su momento, antibelicista y cruda, muy poco patriotera. Como La chaqueta metálica, es en realidad un programa doble sobre la barbaridad absurda de la guerra.

     En el primero, conocemos la vida de estos muchachos en su pueblo de Baviera aún intocado por los bombardeos, o los trasiegos de las tropas. Sólo de vez en cuando les sobrevuela algún avión aliado para echarle un ojo al puente estratégico. Los chavales van al instituto, flirtean con las compañeras, juegan a la guerra en los descampados... Hay cartillas de racionamiento, y cunde el desánimo en el ambiente, pero por lo demás la vida transcurre como si tal cosa. En la segunda parte de El puente, sin embargo, la guerra aparece con toda su virulencia. Ya no hay tirachinas, ni perdigones, ni pedradas en la cocorota. En un par de días tan locos como surrealistas, los muchachos se verán reclutados a la fuerza, investidos de uniforme, armados con fusiles de verdad. Un alma caritativa de la Wehrmacht  les destinará a defender el puente de su propio pueblo, por el que no se espera que pase ningún ejército enemigo. Pero claro: el ejército alemán, en desbandada, es como el ejército español en circunstancias normales, y al final resulta que los tanques americanos terminan deslizándose por allí, enfrentándose a la defensa numantina de los pipiolos...


0

Take Shelter

Más pronto que tarde, nos aguarda el cataclismo devastador que arrasará la faz de la Tierra. Nos caerá un asteroide, o se elevarán los mares, o nos fumigará un virus que no conocerá la clemencia. Tal vez vengan los extraterrestres a chuparnos con unas grandes aspiradoras de alta tecnología, y nos convirtamos en biodiesel para seguir alimentando el vuelo interestelar de sus platillos volantes. Quién sabe. Desde que el mundo es mundo, y los primeros humanos se calentaron juntos alrededor del fuego, siempre ha habido un iluminado, un profeta, un plasta del apocalipsis, que anunciaba el fin del mundo con grandes voces de lunático, o susurros  insidiosos de sacerdote. En la Biblia salen muchos de estos tipos -generalmente barbudos y desaliñados- que erraron el tiro con las fechas, y se imaginaron escenarios imposibles de ángeles con trompetas y Anticristos que bajaban cabalgando negros corceles.




    Hoy en día -aunque parezca increíble- sigue habiendo gente que se traga estos relatos, y mira al cielo de vez en cuando por si aparece el prodigio divino que los salvará de la quema. Las gentes de bien nos reímos de estos tipos cuando los vemos en la televisión, y si por un casual nos los cruzamos en la vida cotidiana, procuramos cambiar de acera, o de ascensor, y hacer como que no les hemos visto. Esta marginación social es la que sufre el bueno de Curtis, el granjero de Ohio, que en Take Shelter dice barruntar una gran tormenta que arrasará hogares y establos, cosechas y autopistas, hasta no dejar piedra sobre piedra. Podría aportar científicos sobre el cambio climático, el deshielo de Groenlandia, y cosas así, y los vecinos más o menos cultivados le creerían y se acojonarían un poco. Pero Curtis -que empieza a volverse majareta por las noches, soñando pesadillas insoportables- también va perdiendo la chaveta durante el día, y pone caras de orate, y lanza discursos de pirado, y ya ni su mujer -la bellísima, comprensiva, adorable... Jessica Chastain- es capaz de seguirle la tontería. Curtis, al menos, en sus ratos de cordura, tiene la decencia de indagarse en los manuales de psiquiatría, buscándose una esquizofrenia, una psicosis, una enfermedad tangible que le devuelva la honra y el buen nombre. Cualquier cosa menos ser considerado un profeta de la destrucción.
    Lo más cojonudo de todo es que Curtis, después de todo, tal vez tenga razón...


0

The Wrong Mans

En un cajón olvidado del portátil he encontrado la serie británica The Wrong Mans, que filibusteé hace tanto tiempo que ya ni me acordaba de tenerla. Ni siquiera recuerdo quién me la recomendó, o qué reseña leí para lanzarme sobre ella. Son las cosas preocupantes que a veces me suceden con las series, incidentes que supongo comunes a todos los seriéfilos que no damos abasto con tanta tentación y tanta novedad. Pero a mí la salud mental de los demás me importa muy poco, la verdad, y en cambio vigilo mucho la mía, que me trae a mal traer cuando se producen estos lapsus injustificables, y se alarma, y se enmohece, y se toma dos cervezas para olvidar que se olvidó.



    The Wrong Mans simplemente estaba ahí, como caída del cielo, acurrucadita en su letargo informático de meses o de años. Daba como pena despertarla, con sus seis episodios tan juntitos, tan cortitos, de media hora de duración, como una camada de lechones o de perretes. Seis episodios juguetones, divertidos, que -ahora lo recordaba- iban de dos panolis que se ven involucrados en un asunto mafioso de trascendencia internacional, con espías del MI6, agentes soviéticos, ministros corruptos, mujeres fatales y chinos muy peligrosos que persiguen maletines con dinero... Algo así como una parodia de las películas de Jason Bourne, que siempre se las apañaba para salir indemne de sus movidas con su potra inconcebible y su habilidad de agente superentrenado por la CIA.

    La otra forma de salvarse cuando te persiguen los malos armados hasta los dientes es ser un imbécil integral, y en el caso de The Wrong Mans, estos dos tipos son bastante imbéciles, bastante impredecibles, y es precisamente esa conducta errática -como dos moscas en una habitación- la que va minando la paciencia de los asesinos mejor entrenados del panorama internacional, los británicos a un lado, los agentes de Putin al otro.



    The Wrong Mans está bien, casi muy bien, y me he reído como un tontaina con estas aventuras que parodian el género James Bond y similares. Pero me he reído en voz baja, sin molestar, para que los episodios, a los que tuve que despertar uno a uno, no rompieran a llorar con mi presencia. Los vi, los disfruté, y los devolví a su cunita para que allí, en la videoteca de series indultadas, sigan durmiendo un sueño reparador. Hasta la próxima visita. 
0

Carlos Pumares. Un grito en la noche

Cuando supe de su existencia, pensé que el libro Carlos Pumares: un grito en la noche, estaría descatalogado, y que tendría que volverme loco en internet para conseguirlo, pagando, tal vez, un precio desorbitado por lo que debía de ser un libro de culto. La Biblia Pumariana, seguramente, para los cuarentones que le escuchábamos en la adolescencia, robándole horas al sueño para dedicárselas al cine, o al Monolito, a lo que surgiera de aquellos micrófonos imprevisibles, que podían ser recetas de cocina o  llamadas a la rebeldía ciudadana contra el gobierno.

    (Luego, con los años, cuando supimos algo más de política, descubrimos que Carlos Pumares era un anarquista de derechas reaccionario y vociferante, y de pronto ya no nos hacían tanta gracia sus teorías sobre la iniquidad de los impuestos, o la sacrosanta voluntad de los empresarios. Peccata minuta, en todo caso, para un tipo que nos regaló la pasión por el cine como Prometeo nos regaló el fuego en los albores. El día que empecemos de una puta vez la Revolución, al Pumares lo indultaremos, y le haremos rezar tres himnos de Riego en penitencia, y luego le investiremos como Ministro de la Cosa Ésa del Cine, como él mismo decía).




    Para mi sorpresa, encontré el libro en una sitio online que todo el mundo conoce -incluso los ex-lectores como yo- y comprendí que éramos muchos los que todavía sentíamos curiosidad por el personaje, y estábamos dispuestos a pagar 16 euros para satisfacer nuestra curiosidad de ex oyentes de su programa. ¿De dónde venía Carlos Pumares? ¿Cómo se gestó su Polvo de Estrellas? ¿Por qué duró tan poco el experimento en la televisión? ¿Qué pintaba don Carlos haciendo el indio en Crónicas Marcianas? ¿Dónde estaba ahora el tipo que nos hizo reír como cosacos en las madrugadas de los gamberros, que malogró nuestras vidas para siempre convirtiéndonos en trasnochadores de la radio y de la vida?  

    El libro es una larga entrevista con Carlos Pumares que interrumpen, de vez en cuando, las personas que le conocieron -colaboradores, amigos, ex amigos, gentes del cine- para hablar no siempre bien de su persona. Supongo que así sería cualquier libro cabal que escribiesen sobre nosotros: una de cal y una arena; un piropo y un sopapo; una alabanza y un afeamiento. La vida misma. Uno transita por el libro aclarando las dudas que tenía, y en ese aspecto es casi como leer una historia general de la radio, y de la televisión, y de la crítica cinematográfica, allá por los años de Maricastaña. En otros momentos, a uno se le escapa la sonrisa cuando recuerda llamadas legendarias, réplicas del Pumares, todo aquel sarao de oyentes pesados y maleducados que al final terminaron hundiendo su programa.



    Pero, queda, al final, un poso triste tras la lectura. Pumares se autodescribe como un ser solitario, medio amargado, dejado de lado por todos los que una vez consideró amigos, o al menos compañeros. En el año 2007, fecha de publicación del libro, ya nadie contaba con él para nada serio: blogs ignotos de internet; paseíllos por televisiones cutres; charlas en pueblos perdidos; críticas de cine para los periódicos del facherío... Una mierda, con perdón. Pura supervivencia. Un final indigno para el hombre que muchos cinéfilos de mi quinta consideramos un maestro, y un referente, aunque suene tan manido como cursi. Pumares era divertido, culto, atrabiliario, ingenioso, didáctico, puñetero, leído, facha, insoportable, entrañable. Irrepetible.

- ¿Y el contacto con la gente?
- Me hago mayor y cada vez más raro. Y como he sido hijo único y siempre he estado a gusto solo, pues el sentimiento se agudiza. No tengo problemas por estar solo. Me gusta. 


0

Synecdoche, New York

El síndrome de Cotard es una alteración muy rara de la conciencia que consiste en la desconexión mental de sentirse vivo. El paciente, o la pacienta, que suele presentar un cuadro mayor de psicosis o de esquizofrenia, vive convencido de que está muerto y de que continúa entre los vivos gracias a un designio de los dioses, o a un milagro inexplicado de la medicina. Estos sujetos -que a veces son gente infortunada que se ha dado una hostia monumental en la cabeza- afirman que su cerebro ya no funciona, y que sus órganos, a los que sienten paralizados y huelen putrefactos, han dejado de servirles. Es una pedrada mental de una entre cien millones, que figura en las páginas más recónditas de los manuales de psiquiatría. Sin embargo, Charlie Kaufman debió de encontrarla una mañana de búsquedas en el ordenador, o charlando de esto y de aquello con sus amigos cultos de Hollywood, y decidió construir una película alrededor de este trastorno tan peculiar. Las cosas de Charlie...



    En Synecdoche, New York -que ya es un título rarito de cojones para que nadie se confunda y luego venga a pedir reclamaciones- Kaufman coloca de personaje principal a un tipo apellidado Cotard con toda la intención. Caden Cotard -al que da vida el no suficientemente llorado Philip Seymour Hoffman-  es un autor teatral que sobrevive como puede en la jungla de Broadway y sus circuitos colaterales. Ya en las primeras escenas descubrimos que algo no funciona bien en su cabeza: le asaltan olores extraños, se ve a sí mismo en la televisión, le salen hipocondrías de todo tipo...  Pero cuando su mujer decide abandonarle y llevarse consigo a Olive, su hija, Caden Cotard, sin dar un grito, sin romper nada frágil que estuviera a su alcance, se enchaveta por completo y decide declararse muerto en vida, cotardiano perdido, como esos tipos extrañísimos de los manuales.

    A partir de ahí -que es el minuto 45 más o menos del metraje- Synecdoche, New York es el porro mental de Caden Cotard construyendo una obra de teatro que refleje su propia vida, ya que la suya ha sido declarada fallecida. Cotard revive su biografía en el teatro, con los actores y actrices que recrean su mundo personal. Su ex-mundo personal mejor dicho. Y así se tira años y años, encaneciendo y deformándose, mientras sus subalternos, que también se dejan allí la vida, se quejan de "a ver cuándo estrenamos". Lo dicho: un porro.  Luego -creo- la no-vida de fuera y la vida del teatro se anudan, se confunden, y lo que era real pasa a ser imaginario, y viceversa, y hay actores que hacen de los propios actores, y mujeres que interpretan el papel central de Caden Cotard, y cosas así... O algo parecido. No sé. Synecdoche, New York es un juego mental para las élites culturales en el que yo descabalgué al poco de empezar. Até mi caballo al poste, entré en el saloon a tomarme la zarzaparrilla, y desde allí, a través de los ventanales, me puse a contemplar esta extrañísima película como quien mira un cuadro abstracto, o escucha la locura alucinante de un cotardiano de verdad.



0

Proyecto Lázaro



Según el evangelio de San Juan, Lázaro de Betania llevaba cuatro días muerto cuando Jesús se plantó ante su sepulcro y dijo aquello de "Levántate y anda". Como no soy muy dado a las series de criminólogos que examinan restos mortales, desconozco el estado de putrefacción que puede alcanzar un cuerpo humano en esa etapa del más allá. Pero supongo -y más en Judea, con el calor del desierto, y las tumbas mal selladas de la época- que Lázaro no andaría para muchos trotes cuando emergió de la oscuridad. Como milagro, su vuelta a la vida es un suceso incomparable, pero no sé hasta qué punto fue un acto caritativo de Jesús. Dejando aparte el mal olor, y el mal color de la piel, entre amoratado y amarillento, a saber si al pobre Lázaro no le faltaban ya jirones de músculo, o de tejido neuronal, y más que Lázaro de Betania era un zombi sin identidad que no era capaz de reconocer a su viejo amigo el Maestro.



    La película de Mateo Gil se titula Proyecto Lázaro no por casualidad. Marc Jarvis es un joven publicista que gana una pasta gansa y vive en una casa de ensueño junto al mar. Las titis del negocio, y de otros negocios, se lo rifan para decorar sus camas solitarias... Todo es fiesta y sonrisa hasta que un cáncer de garganta, prematuro y demoledor, le condena a morir en el exiguo plazo de un año. Como en su caso hay mucho dinero, y mucha fe en la ciencia del futuro, Marc decide criogenizarse antes de que el cáncer se expanda por su cuerpo. Confía en que algún día, cuando llegue la resurrección de la carne anunciada en los evangelios -aunque no en forma de rayo venido del Cielo, sino de empresa con laboratorios muy eficientes- vuelva a ser el mismo Marc Jarvis de siempre, atlético y lozano, aunque el mundo donde se crió se haya perdido en los sumideros del tiempo.

    Pero las ciencias de la resurrección, ay, aunque adelantan una barbaridad, todavía no están para muchas aventuras en el año 2084, que es cuando la empresa de congelados decide concederle una oportunidad. Prodigy Health Corporation es una institución muy aparente, muy futurista, con mucho cristal, mucho suelo blanco, mucho ordenador embutido en pantallas de cuarzo. Pero en realidad es una industria algo torpe, novata en este arte de devolver muertos a la vida. Sesenta años en una cuba de nitrógeno líquido, al parecer, no te garantizan estar mucho mejor que Lázaro tras sus cuatro días en el sepulcro, así que al criogenizado hay que ponerle casi de todo, desde músculos a tendones, desde órganos renovados hasta cordones umbilicales que lo atan a una máquina. Una gran chapuza, en realidad, que Marc Jarvis soporta al principio con aire flemático, pues más vale estar así, remendado y dolorido, que no diluido en la negrura espesa del no existir.  




    Lo que sucede a partir de ahí -y es cuando la película se derrumba, y pasa de ser una curiosidad de la ciencia-ficción a una reflexión plúmbea sobre el amor y sus eternidades- es materia que ya nada tiene que ver con la resurrección de la carne, sino con la resurrección de los corazones: el de Jarvis, maltrecho, el de su amante, todavía criogenizada, y el de la enfermera -jovenzuela impresionable- que le cuida como si fuera el paciente inglés de la otra película.  Un enredo de amores pasados, amores presentes y amores futuros, que sólo las marujas más entrenadas en estas lides del romanticismo podrían desentrañar, y luego venir aquí para explicar sin ánimo jocoso, ni ánimo de dolo. 


0

Me siento rejuvenecer

Cuatro siglos después de que Ponce de León buscara la fuente de la juventud en la península de Florida, el Dr. Barnaby, en la otra costa de los americanos, mezcla sustancias en su laboratorio para dar con la fórmula mágica que detenga al envejecimiento. El Dr. Barnaby lleva gafas de culo de vaso, tiene despistes propios de un genio, y luce la elegancia británica de Cary Grant en una de esas películas tan antiguas como entrañables. Su esposa, Ginger Rogers, que es una mujer chapada a la antigua, vive entregada al bienestar de su marido, y aunque anda por casa siempre vestida para una fiesta -porque en aquellas películas sucedían esas cosas tan fascinantes como ridículas- lo suyo es preparar sopas y planchar camisas para que el doctor no se pierda ni un segundo de sus hondas reflexiones. Ella, en cierto modo, aunque esté tan poco empoderada, tan poco liberada de su yugo, también trabaja para la ciencia y para el progreso.



    El título original de la película es Monkey Business porque al final es un chimpancé, y no el doctor Barnaby, el que da con la síntesis exacta de la poción, mezclando al azar varias sustancias que reposan en los tupos de ensayo. Las probabilidades de que esto suceda son aritméticamente inconcebibles, como si el mismo mono, sentado al piano, interpretara la novena sinfonía de Beethoven con todas sus notas y toda su carga emotiva. Pero estamos en una screwball de aquellas que bordaba Howard Hawks, y los espectadores entramos en el juego con tal de ver a Cary Grant haciendo el payaso, y a Marilyn Monroe -que hacía sus pinitos, y lucía sus palmitos- enseñando pierna gracias a las medias irrompibles hechas de acetato. Lo de ver a Ginger Rogers haciendo mohines y cucamonas ya es otro cantar...



    Lo que no queda muy claro, después de todo, es el efecto real de la fórmula obtenida. Porque rejuvenecer, lo que se dice rejuvenecer, no lo hace. Mejora la vista, cura la artritis, devuelve la euforia, pero los personajes siguen tal cual estaban, en su mediana edad, alopécicos, o barrigudos, o con el culo caído. La pócima es más bien un medicamento universal para los males menores, pero no parece detener el reloj biológico de los genes. Lo que sí detiene, y hasta retrasa, es la edad mental de sus consumidores, que según la cantidad ingerida regresan a las tontunas de la juventud, o las gilipolleces de la adolescencia, y se comportan como auténticos irresponsables de la vida cívica estrellando coches o pellizcando culos. La pócima de la juventud sólo parece despertar lo peor de las sinapsis cerebrales...

    Yo, por mi parte, para regresar a mis tiempos pretéritos, sólo tengo que arrellanarme en el sofá y ver un partido de fútbol. No necesito fuentes de Florida, ni químicas de California. Siguiendo las evoluciones de la pelota vuelvo a ser el niño fascinado por el juego, el adolescente que se come las uñas con el resultado. El tipo irracional que defiende sus colores arbitrarios como si le fuera la vida en ello. El fútbol es mi condensador de fluzo, mi cápsula del tiempo, mi mejunje de laboratorio con sabor a hierba y a cuero.


0

7 años

Acorralados por la justicia, que les ha detectado cuentas muy sospechosas en Suiza, los cuatro socios de una empresa se reúnen para decidir quién habrá de pagar el pato. Los cuatro son unos chorizos fiscales por igual, pero si van todos a la cárcel, como en la película de Berlanga, el negocio se va a tomar por el culo. Si sólo va uno de ellos, asumiendo todas las culpas, fingiendo ante la UDEF que él lo tramó todo a sus espaldas y que ellos no saben nada y bla, bla, bla..., la empresa podrá seguir funcionando con los tres miembros restantes, y ya encontrarán la manera de compensar al chivo expiatorio con dineros y prebendas. O a la chiva expiatoria,  pues entre ellos hay una socia fundadora, y aunque fue ella, como en relato del Génesis, la que les dio a morder la manzana de la corrupción, todos se sienten culpables por igual, y son como los Caballeros Defraudadores de la Mesa Redonda, todos para uno y uno para todos.  



    Incapaces de ponerse de acuerdo sobre quién habrá de pasar siete años poniendo el culo en las duchas -o, en el caso de nuestra Eva, vigilando de reojo al funcionario con una erección entre las piernas-, los cuatro socios contratan a un intermediador para que les ayude a elegir víctima. Podrían echar lo de la cárcel a pares o nones, o al pito-pito-gorgorito, a la pajita más corta, pero todos estos sistemas les parecen muy injustos, y muy poco profesionales. Así que allí, en la sede social de la empresa, se presenta el intermediador para encontrar una decisión negociada y aceptada por todos. Los cuatro empresarios tratan de mantener una discusión racional, de pros y contras, de tú tienes familia y tú eres más prescindible en el negocio y tú no soportarías ni cuatro días en el trullo.

    Pero el diálogo se enquista, los nervios se sublevan, y al final deciden entrar a matar: que si tú eres un tal, que si tú un cual, que si tú un inútil, que si tú una puta... 7 años, la película, dura lo mismo que una conversación entre cuatro amigos que van perdiendo la compostura y acaban a gritos y a hostias como ingleses borrachos en una terraza de Magaluf. El mismo tiempo, posiblemente, que dura una reunión a puerta cerrada de la plana mayor de un partido político, que también ha de decidir quién se enfrentará a los leones de la prensa, y de la justicia, como quien echa un hueso a los perros para que dejen de olisquear el montón de mierda sobre el que todos han dejado su cagada. Quiero pensar, malévolamente, que 7 años es una metáfora retorcida sobre el estado actual de las cosas, y no un simple ejercicio de estilo -muy meritorio- ni un simple ejercicio de antropología -muy interesante. 



0

Sparrows

Han querido los hados, tan caprichosos, que la película islandesa Sparrows aterrice en mi ordenador justo al mismo tiempo que leo, a salto de mata, porque ando sin tiempo ni energías, las andanzas de John Carlin en esa isla que ya es mítica en lo futbolístico, y ejemplar en todo lo demás. El libro lleva por título Crónicas de Islandia, y por subtítulo, El mejor país del mundo. "Lo más parecido a una utopía bajo el sol", dice el bueno de John Carlin, que escribe páginas y páginas buscando una tara, una vergüenza, una fosa séptica escondida bajo ese jardín florido de progreso social y orden económico. Y no termina de encontrarla. De tal modo que al final de su aventura, tras decenas de entrevistas con islandeses de todo pelaje, desde ministras del gobierno a pescadores del bacalao, John Carlin se autoproclama islandés de adopción, y evangelista de su modo de vida. Islandia es, en efecto, el paraíso de la mujer liberada, del estado del bienestar, de la monogamia sucesiva que no conoce la culpa ni el pecado, pues allí los curas siempre lo tuvieron crudo con los paganos ancestrales. Islandia, además, trascendido ya su pasado agropecuario, bulle de creatividad en todos los sectores de la economía, y aquello es como la meca actual de los ingenieros, de los biotecnólogos, de los diseñadores de esto y de lo otro.



    Pero a Sparrows, la película, aunque transcurra en tierras islandesas, todo esto se la trae un poco al pairo. Su relato es más íntimo, más pesaroso, lejos de las luces modernistas y molonas de Reikiavik. Ari, su protagonista, es un adolescente que ha de pasar el verano con un padre al que hace años que no ve. Y su padre no es, precisamente, un islandés modélico ni sofisticado. Es, más bien, un borrachuzo con arranques de ira que malvive trabajando en una factoría de pescado, en el quinto pino que plantaron los vikingos cuando llegaron a la isla. No todo el monte es orégano, al parecer, lejos de la capital. El pueblo huele a pescado, los adolescentes se cuecen en los botellones, y el amor de toda la vida de Ari, la preciosa Lara, se ha decantado por entregar sus besos a un matón de los que te encontrarías en cualquier lugar del mundo, en Moratalaz, o en Ponferrada, muy lejos de la mística del escandinavo civilizado.



    El pueblo de Sparrows es, para resumirlo, un pueblo de mierda, y el pobre Ari, como un condenado que tacha palotes en su celda, cuenta los días del calendario para escapar de allí y regresar a casa de su madre. Ahora vete tú y dile, al pobre chaval, después de leer el libro de John Carlin, que está viviendo en "la utopía bajo el sol". Como poco te mete una hostia y te deja en el sitio. Porque Ari, además, para terminar de redondear el verano, y hacerse un hombre según el código honorable de los vikingos, ha de trabajar en la misma fábrica de pescado donde su padre languidece, y está echando unos músculos en los brazos de meter miedo. Mientras sus colegas disfrutan del sol sempiterno de los boreales, él se ducha y se reducha al salir del curro para eliminar el pestazo del pescado, que le resta muchos puntos cuando le invitan a las parties y a los saraos. Islandia: El mejor país del mundo... Hay que joderse, piensa Ari. 


0

The Young Pope

The Young Pope no es una serie de televisión. Son dos.

    La primera consta de seis episodios, y basta con ver sus primeros quince minutos para quedar enganchado, y recomendársela a todo el mundo. Es como si Paolo Sorrentino no hubiera dejado de rodar La gran belleza, pero ahora, en vez de seguir las andanzas sandungueras de Jep Gambardella, traspasa los muros del Vaticano para seguir los primeros días en el papado de Lenny Belardo, el cardenal norteamericano que es elegido contra todo pronóstico por el Espíritu Santo. Porque ha sido Él, sin duda, y no el cardenal Voiello, el hacedor de papas que se ha quedado pasmado, quien ha designado a un tipo tan inesperado como contradictorio: guapo, joven, atlético, fumador..., y ultraconservador hasta meter miedo.



    Pío XIII -y la elección de este nombre no es, por supuesto, casual- ha cogido el testigo de San Pedro para cercenar cualquier afán aperturista o reformador. La Iglesia, bajo su mandato, regresará a las posturas beligerantes e intransigentes. Se desacoplará del curso del calendario para poco a poco, ir desandando el camino hasta perderse en los tiempos decimonónicos, cuando todavía era una institución poderosa, de extensos territorios, que acojonaba a sus feligreses con solo levantar un dedo. Belardo ha optado por el camino oscuro para salvar a la Iglesia como un Darth Vader vestido de blanco. Si la gloria estaba en el pasado, piensa Belardo, volvamos a él. A la misa en latín, al papa que no viaja, a las amenazas del infierno... Los cardenales, asustados, no dan crédito a sus ojos, ni a sus votos, y rápidamente conspirarán para defenestrar al nuevo papa. Este, mientas tanto, tan cínico como encantador, tan frío como inteligente, pasea por los jardines de sus dominios como una estrella del rock and roll.



    La segunda parte de The Young Pope tiene cuatro episodios, y es como si a Sorrentino le hubiera dado un telele, o una ausencia, y le hubieran sustituido unos guionistas de culebrones para rematar la faena. Lo que antes era intriga política y debate teológico, se convierte ahora en torrente de sentimientos, en pulsión de los corazones, y aquí la serie embarranca, y nos confunde. Hay lágrimas, pudores, confesiones, arrepentimientos. Padres ausentes que parecen sacados de una película ñoña de Steven Spielberg. Si la serie nos tenía fascinados porque el Vaticano que proponía Sorrentino era tenebroso en los fondos pero bellísimo en las formas, de pronto, como en la película de Manuel Summers, aquí to er mundo é güeno, y encuentra su redención, y su camino, y su perdón, y el Vaticano vuelve a ser ese lugar de gentes buenas y afables que nos narraban los curas de nuestra infancia. El País Encantado de los Hombres sin Sexo. Sólo faltan las campanas tocando en el cielo, como en el final de Rompiendo las olas.


0

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com