Black Mirror: Cocodrilo

La privacidad fue asesinada por el teléfono móvil  O más bien por el teléfono móvil con cámara. Porque sí: hubo un tiempo infeliz, pero tolerable, en el que los móviles daban por el culo con sus sintonías horribles y sus usuarios pelmazos, pero no tenían una cámara que recogía los pecados o pecadillos de lo cotidiano. Podías ir distraído por la vida sin correr peligro, como decía la canción de Serrat, y sacarte un moco en la vía pública o mearte en la esquina de los borrachos, y era tu palabra contra la del testigo. Que yo le he visto, gamberro, y yo le digo que usted me confunde, señor mío. Sólo las cámaras de la tele, o de la sucursal bancaria, o la foto tomada de casualidad por un turista japonés, podía pillarte in fraganti con el gesto retorcido. Todo lo demás se quedaba en un careo de voces peatonales. Quedaba la memoria, sí, el archivo mental de lo que jurábamos haber visto por la gloria de mi madre, pero la memoria es flaca, caduca, deformable. Las emociones pintan los recuerdos de colorines o los degradan en una escala de grises. Le aportan datos inventados o le sustraen hechos fundamentales. La memoria no es fidedigna, y siempre que la traducimos al lenguaje se convierte en literatura de ficción.



    En Black Mirror: Cocodrilo, los humanos ya viven la época de la post-transcripción de la memoria. Durante unos años que suponemos muy duros en la lucha contra el crimen, la policía aplicaba un electrodo en tu cerebro y extraía del disco duro la imagen borrosa de un recuerdo decisivo. Si habías visto al terrorista, al asesino, al ciudadano que no recogía las cacotas de su perro, tu testimonio tenía valor de prueba y con eso los jueces tiraban para adelante. Pero todo aquello quedó en agua de borrajas. La memoria seguía siendo traidora, influenciable, y con el tiempo perdió su carácter de prueba indiscutible. Ahora, en Black Mirror, la maquinita de extraer imágenes ya sólo la usan las compañías aseguradoras para indemnizar o no a quien asegura haber sufrido el accidente que lo hará millonario. Se buscan testigos de la escena y se les aplica el electrodo de marras.  El problema surge cuando el testigo tiene algo horrible que ocultar, y en el visor del cachivache aparecen recuerdos que no pertenecen al asunto de la aseguradora: ciclistas atropellados, tipos estrangulados, sangre goteando de las manos…




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Verónica

Verónica cuenta dos historias de terror. Y la más aburrida, para mi mal, es la que se lleva gran parte del metraje. La que protagoniza propiamente Verónica, la chica de los gritos y las contorsiones. La que huye de los espíritus malignos, de la monja con glaucoma, de las sombras del pasillo. Lo archisabido, vamos. Y eso que esta vez, para variar, no se trata de una casa encantada, ni de una cabaña en el bosque, sino de un piso obrero de Vallecas con fantasmas de muy poca alcurnia y apellidos muy de andar por casa. Verónica es una película de terror al cuadrado porque además transcurre en habitaciones minúsculas, con sofás de escay, baños con orines y suelos que necesitan dos manos de amoníaco para recuperar el brillo de la primera pisada.



    La historia que da verdadero pavor es esa: la pobreza, la precariedad, y no la mandanga de los poltergeists y los sustos de los cojones.  La vida de Ana, la madre de Verónica, esa mujer con cuatro hijos que nunca está en casa, y que cuando está, sólo lo hace para dormir, y para sobrellevar los dolores de cabeza. Ana trabaja a destajo en un bareto de mala muerte, con horarios imposibles y descansos inexistentes. Se ha quedado avejentada, jodida por su marido ausente, y ha delegado las labores del hogar en Verónica, su hija mayor, a la que explota con todo el dolor de su corazón. Ana es una currante de manos callosas y ojeras como mochilas que no se entera de nada -ni de lo terrenal ni de lo espectral- hasta el penúltimo fotograma de la película, tan cansada como va, tan derrotada como viene. Verónica, su hija, la pobre chavala, no se vuelve tarumba porque el espíritu del mal se haya colado por la rendija de la ouija, ni porque su primera regla le esté poniendo el sistema hormonal patas arriba. Verónica es una víctima colateral de la explotación de la clase obrera, que ahí sigue, recrudecida, desde los tiempos del bisabuelo Karl. La chavala, simplemente, ya no puede más: tres hermanos que cuidar, unos estudios que cumplir, unas amigas que contentar… Sin un minuto libre, al límite de su exuberante energía. Una olla a presión que dejará salir el vapor por el lado torcido de la realidad. O de la irrealidad...




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Glengarry Glen Ross

Si la película estuviera ambientada en los tiempos del Paleolítico Superior, los vendedores de Glengarry Glen Ross serían cazadores que saldrían de su cueva-oficina para lancear el mamut o espetar el salmón en el arroyo. Pero estamos en 1992, la cosa laboral se ha diversificado mucho en la sabana de los humanos, y ahora nuestros muchachos cazan incautos para hipotecarlos por terrenos que no valen una mierda. En el fondo es el mismo asunto, el mismo afán: los mismos cromañones competitivos y altaneros que salen de buena mañana y regresan de buen atardecer para poner el sueldo en la mesa y leer un cuento a sus hijos medio dormidos. Sólo hemos cambiado el vestido de pieles por el traje de ejecutivo. La lanza y el cuchillo por la agenda y el maletín. Y que las cromañonas, eso sí, se han incorporado al mundo del trabajo engañadas por la publicidad. Y poco más. La evolución no consigue milagros en el plazo de tan pocos milenios. Habrá que esperar quizá medio eón, o un cuarto y mitad, para que la especie humana se gane la vida con otro ritual que no sea el madrugón y la persecución del cliente.



    Hace unos cuantos años, cuando los vendedores de la película vendían las propiedades Glen Ross, todo era fiesta en la oficina. Así al menos lo recuerdan ellos, con caras de nostalgia. Ellos también eran más jóvenes, más impetuosos, y entre el valor intrínseco de las propiedades -que al parecer era de la hostia- y la energía que emanaba de sus huevos de vendedores innatos, fluían los dólares y los champanes, las mujeres y los orgullos. Pero ahora la empresa vive una larga decadencia que se refleja en los papeles desordenados y en el polvo suspendido. Entre que la competencia es dura, el nuevo capataz es un inepto, y que ellos mismos han perdido el impulso y el instinto, tienen que conformarse con vender terrenos que no valen nada, pedregales o secarrales que nadie quiere transformar en el retiro dorado de un jubilado. Para superar tanto marasmo y tanto derrotismo, llegará de la central un ejecutivo agresivo a pegarles cuatro voces, amenazarles con el despido, y colocarles ante las narices, como zanahorias ante los burros, las nuevas propiedades Glengarry, que al parecer son ventas seguras, dinero contante y sonante. Pero no hay fincas para todos. El nerviosismo se instala en la oficina. Se afilan los teléfonos y se bruñen las agendas. Se acabó el compañerismo. Empieza la caza despiadada del cliente que no sabe decir que no. Sin cuartel. Sin prisioneros.





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Black Mirror: Arkangel

Hay padres y madres que confunden su oficio de progenitores con el otro más peliculero, y mucho más especializado, de detective privado. De algún modo irracional y exagerado, salen del paritorio con la convicción de que, junto a los papeles necesarios para la inscripción en el Registro, viene expedida una licencia para ejercer la profesión de metomentodo. Quieren saberlo todo, verlo todo, no perderse ni un ápice de la experiencia. Algo comprensible cuando el niño es un bebé, una monada sonrosada que precisa toda nuestra atención. Un trastorno obsesivo compulsivo, o una manía persecutoria, cuando pasan los años y quieren convertirse en su Gran Padre o en su Gran Madre al estilo del Gran Hermano de Orwell. E incluso al estilo del Gran Hermano de Mercedes Milá. Son gente insegura, o controladora, o maniática hasta el ridículo. A veces les puede más el miedo que la vergüenza. Desde que Madeleine McCan desapareciera hace once años en el Algarve de Portugal, estos casos se han multiplicado como los panes y los peces a orillas del Tiberíades.



    Cuando sus hijos empiezan a explorar el entorno, y a perderse de vista en los rincones de las aceras o en los laberintos de los parques infantiles -y ya no te digo nada cuando empiezan a salir con los amigos o a participar en excursiones escolares por los cerros peligrosísimos- estos padres sueñan con disponer de un invento tecnológico como el que se describe en Arkangel, el episodio 4x03 de Black Mirror según la nomenclatura internacional. A día de hoy, para conseguir resultados parecidos, y saber constantemente que está haciendo nuestro hijo, habría que estamparles un teléfono móvil en la frente, sujetarlo con fuerza para que no se cayera ni se girara el ángulo de grabación, y amenazar a su portador con las penas del infierno si osara desprenderse de él o tapar el objetivo con un chicle mascado, para que nosotros, en otro monitor, podamos seguirle y calmar nuestra ansiedad de padres ausentes. Muy complicado todo, y muy cutre, como de gadget de tebeo en una película de Jeunet y Caro.

    En el futuro maravilloso pero terrible de Black Mirror, basta con implantar un microchip en el cerebro, de un modo indoloro e instantáneo -casi como se hace con el microchip de los perretes- y recoger toda la información visual en una app antológica para la tablet. Una grabación continua de 24 horas al día. Muy simpático, el invento, cuando el retoño juega al escondite o hace sus caquitas en el orinal. Mucho más problemático, y mucho más jodido de soportar, cuando el chaval -o la chavala- empieza a hacerse pajas antes de dormir o se acuesta con su primer noviete -o novieta- de la adolescencia. Cuando la experiencia de ser padre -o madre - se confunde con la impertinencia del voyeur, con la injerencia del mirón. Con el Triángulo Divino que todo lo ve y todo lo juzga. El ojo de Sauron.




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Perdida

Acabo de ver la primera temporada de Mindhunter y he caído en la cuenta de que David Fincher ha empleado la mitad de su filmografía en retratar a psicópatas cometiendo sus tropelías, o disimulando que las cometían. O, como en este caso, narrándoselas con afanes antropológicos a los investigadores del FBI.
    En Seven, John Doe perpetraba un asesinato por cada pecado capital que los primeros cristianos consignaron como tales, y menos mal que dejaron la lista en sólo siete, con la cantidad de vicios que corren por el mundo. Zodiac, en la película ya tal que diría don Mariano, permaneció para siempre en el limbo de los anónimos quizá porque era muy listo, o muy afortunado, o un imbécil integral tan errático como una mosca cojonera. En la primera temporada de House of Cards, Frank Underwood se miró ante el espejo con aires de megalomanía y se conjuró para ser presidente de los Estados Unidos costara lo que costara, cayese quien cayese. Y en Millenium, para completar esta plantilla de psicópatas ilustres, Martin Vanger, el extranjero del equipo galáctico, el más talludito de toda la plantilla, confiesa ante el periodista Blomkvist sus glorias asesinas por los campos nevados de Suecia.



    Y no para ahí la cosa: tres años antes de recaer en Mindhunter para dirigir tres episodios y ejercer de productor ejecutivo, David Fincher, quizá para completar su tesis doctoral, retrató la personalidad de una mujer llamada Amy Dunne que aporta nuevos matices y nuevas enjundias a esta orla de licenciados en psicopatía. Casada con un panoli de la América Profunda que tiene ínfulas de escritor, la señorita Amy, que iba para gran dama en Nueva York y se quedó en clase media de Missouri, vive la vida mediocre de un matrimonio que se va desgastando entre la ruina de los sueños y la rutina de lo cotidiano. Y los escarceos infieles del señor Dunne, claro, que ahora prefiere a una señorita más joven y de pechos más impetuosos. Hasta el momento de descubrir el affaire, Amy Dunne sólo era una niña malcriada de Nueva York, una pija canónica de mucho cuidado, pero a partir de entonces, un cable en su cerebro hará conexión con la zona muy oscura de los instintos criminales.





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Mindhunter

Como está basada en un libro que no parece demasiado gordo ni tiene segunda parte conocida, empecé a ver Mindhunter creyendo que sólo constaba de una temporada. Una cosa de agradecer en estos tiempos de ficciones que se estiran y se estiran sin que uno encuentre el tiempo ni las ganas de terminarlas. Pero me equivoqué. Lo que cuentan en Mindhunter es demasiado complejo, demasiado perturbador, y con diez horas de metraje, Joe Penhall, el padre de la criatura, y David Fincher, el padrino del bautizo, casi no tienen tiempo ni para exponer las primeras liturgias. Así que habrá una segunda temporada, y posiblemente una tercera, porque el bicho del horror, como el xenoformo que nos acojonaba en Alien, crece en cada episodio como una criatura de pesadilla.

    Pero uno, en lugar de bufar de fastidio, y de maldecir la hora en que tomó este barco que abandona aguas territoriales para adentrarse en los mares inabarcables, aplaude con regocijo de espectador satisfecho, de teleadicto cautivado, y no le importa añadir Mindhunter a la lista de series que habrá que guardar en la carpeta otras veces cansina de Continuará...




    Tal vez Holden Ford, el agente del FBI que decidió abrir los melones metafóricos de los asesinos en serie a ver qué había allí dentro, pensaba que su trabajo iba a consistir en sentarse frente a unos cuantos convictos, cotejar datos sobre su infancia traumática o su adolescencia perturbada, y crear una ciencia predictiva sobre cómo se forman -o se deforman más bien- estas mentes criminales. Pero en Mindhunter cada psychokiller es hijo de su madre y de su padre, y mata por motivaciones muy diferentes, y con artesanías muy variopintas. Hay tantos perfiles criminales como criminales esperando su entrevista con el señor Holden. No parece haber un patrón, un hilo conductor, una ecuación válida que despeje la incógnita del horror. A esta nueva ciencia de los asesinos le van a hacer falta muchas entrevistas por hacer, muchas discusiones por abordar. Mucha reflexión profunda sobre si el psicópata homicida nace o se hace. Si se cuece a fuego lento o si se abrasa en un golpe de fogón. Si la culpa es del metabolismo de los genes o del mundo que me hizo así... Para dilucidar todo esto van a hacer falta un montón de episodios que ya tengo presentes en mis oraciones, para que los demiurgos de esta ficción no tarden mucho en pergeñarlos.




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La guerra de los Rose

Donde ha crecido la pasión luego no puede crecer la indiferencia. En el jardín de los amantes, las flores destilan un veneno perfumado, casi imperceptible, que se filtra en la tierra con cada lluvia de primavera. Cuando las flores se marchitan, en ese campo, como en los campos que asolaban los hunos, ya nunca vuelve a crecer la hierba. Tras el paso del amor podría quedar eso, una pradera verde, insustancial, en la que no crece nada bonito pero tampoco se retuercen los espinos ni se acumulan las cenizas. Pero el veneno que fluía al mismo tiempo que el sudor o que las secreciones vuelve el campo negro, improductivo, como en las tierras oscuras de Mordor, y cuando los ex-amantes vuelven a cruzarse sólo encuentran un yermo con muchos cardos y muchas piedras para arrojarse.



    El matrimonio de los Rose se quiso tanto en los años de bienaventuranza -tan anglosajónicos ellos, tan rubiales, tan atractivos- que ahora, en el toque de retirada, se odian con saña de bestias para compensarlo. La pasión ardiente se les tornó odio cejijunto. O sucede, simplemente, que el sexo disimulaba las pequeñas hogueras que se iban encendiendo cada día. Una pequeña contrariedad, una manía insoportable, un desprecio que nunca se olvidó... La vida en pareja, en definitiva. La sagrada -o laica, según los contrayentes- institución del matrimonio. Al lado de ese gran sol que se encendía sobre la cama nada más llegar la noche, todos los pequeños incendios palidecían y quedaban relegados. El sexo de los Rose era una fragua de Vulcano, un alto horno de la siderurgia, y cuando un día se quedó sin carbón y terminó por apagarse, dejó tras de sí una montaña sucia de escombros. Una masa informe de reproches y cuentas pendientes. Tras muchos años de matrimonio, con los hijos ya en la Universidad, a los Rose sólo les quedaba una escombrera para compartir, y una casa cojonuda que ninguno de los quería abandonar. Fue así como empezaron un divorcio en el que ninguno de los dos podía ganar...




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El honor de los Prizzi

Sólo quince kilómetros en línea recta separan Corleone de Prizzi, en la vieja Sicilia. Los mismos, poco más o menos, que separan las áreas de influencia de los Corleone y los Prizzi en la ciudad de Nueva York. Como si los viejos patriarcas, don Vito y don Corrado, cuando salieron pitando de sus terruños para salvar el pescuezo, se hubieran traído la isla consigo y hubieran calcado incluso las distancias, aunque aquí los límites no los marquen los valles y las montañas, sino las avenidas rectilíneas y los puentes espectaculares.



    Los Prizzi también poseen casinos en Las Vegas, acciones en los bancos, recaudadores de impuestos en los bajos fondos... Matones muy eficaces que se cargan a todo el que se va de la lengua o sisa más de lo permitido. Cuando el trabajo es delicado, de los de no dejar huella, de los de no fallar a la primera, los Prizzi depositan su confianza en Charley Partanna, que es un psicópata de gatillo frío y sonrisa inalterable. Charley no es un Prizzi, pero ha sido ahijado como tal, con un pacto de sangre de juntar los dedos sajados, y esa ceremonia, para los macarroni, establece un vínculo tan sagrado como los genes o los apellidos.

    Pero esto, por supuesto, sólo es literatura romántica. Los Partanna y los Prizzi no comparten los talantes, y eso, a la larga, será una fuente de problemas. Los Prizzi guardan un celibato casi monacal para que el pito no interfiera en el raciocinio de los negocios, y sólo de vez en cuando, presumimos, echan mano de sus amantes para desfogarse los instintos. Charley Partanna, en cambio, es un pichaloca que tiene otro gatillo muy fácil dentro de los calzoncillos, y cuando conozca a Irene Walker -la femme fatal que lo mismo trabaja de asesina para los Prizzi que les roba recaudaciones a sus espaldas- perderá el oremus de sus fidelidades y ya no sabrá a qué carta quedarse. En El honor de los Prizzi, la mafia sólo es el telón de fondo de un drama mucho más antiguo y universal: la tragicomedia del macho atrapado entre sus deberes y sus instintos. "¿Me caso con ella o la mato?", llegará a decir el empalmado y atribulado Charley Partanna. Lo racional, en este caso, para que la película prosiga, y no nos quedemos a medio polvo ni a media resolución, es consumar la boda por todo lo alto y luego esperar acontecimientos...




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Los últimos Jedi

Los últimos Jedi es una gran sandez. All right. Pero es mi sandez. El universo de Star Wars es mi infancia, mi nostalgia, mi felicidad pura de espectador acrítico y embobado. Antes de que llegara el adolescente con ínfulas de opinador, el cultureta con aires de intelectual -antes, incluso, de que llegaran estas gafas a dibujarme un rostro que en verdad no me pertenece, pues soy un espectador más bien cortito y simplote- hubo un niño que se sentaba en las plateas y se teletransportaba a la galaxia muy lejana con los pelicos erizados de la emoción, y la boca abierta del pasmo interestelar. Star Wars sigue siendo mi pequeña patria, mi otro universo, mi recreo escolar. Mi ritual de cada año, o de cada dos años, según como administren el cuentagotas los dueños del tinglado. Condenado por la neurosis y por la pereza, apoltronado en el sofá de prevejestorio achacoso, ya sólo piso los cines para volver a ser un niño feliz, enajenado, viajero del tiempo y del espacio, gilipollas perdido y a mucha honra además.





    Pero terminada la película, el niño se queda allí, en la butaca, hasta la próxima entrega de la saga, o hasta el próximo spin-off , y es el adulto quien se sienta ante este teclado para emitir su opinión. Y lo cierto es -para qué engañarnos- que nunca fue una gran noticia que Disney comprara la sagrada franquicia. Todo se ha simplificado, infantilizado, banalizado... Diluido. Cualquier día de estos un X- Wing aterrizará en la selva donde Baloo y Mowgli sobreviven comiendo plátanos. El rey Louie y su corte de macacos serán los próximos encargados de destrozar los AT-T tambaleantes. Y no es, por supuesto, que el universo de Star Wars fuera antes una trilogía de Ingmar Bergman, ni un empeño personal de Abbas Kiarostami. Siempre hubo bichos, muñecoides, filosofadas bobas, ensuciando la trama que hablaba de la caída y auge de los caballeros Jedi. George Lucas, no lo olvidemos, se construyó el rancho vendiendo los peluches y no las películas.  Pero aquello era... otra cosa. Había un cierto interés en currarse el guión, en estructurar una trama. Dentro de la ilógica del cómic, de la magia de la Fuerza, de la improbabilidad de salir siempre airosos de los tiroteos, los personajes de Star Wars guardaban una coherencia y una personalidad. Con Darth Vader te cagabas de miedo, con Han Solo te partías de risa, y con Luke Skywalker casi volvías a creer en Jesucristo. Era cine para adultos disfrazado de película infantil, o viceversa. Pero ese equilibrio de la Fuerza taquillera ya se terminó. Ahora los chavales son los amos y señores de la galaxia. La estructura del videojuego se ha impuesto finalmente a la estructura de las películas. Se suceden las pantallas donde hay que derribar la nave, matar al malo, salir pitando, pilotar un cascajo, enfrentarse a duelo, armar un motín, destruir un caza, encontrar la isla desierta..., y poco importan las transiciones o las explicaciones. Todo sucede porque sí, porque mola, o porque ya toca, o porque los targets comerciales así lo demandan. Lo más triste de todo es que a los veteranos de las Guerras Clon nos regalan dos guiños y dos nostalgias de las viejas películas y salimos del cine tan contentos, prestos a volver. Somos así de poco exigentes, o de mucho románticos. 



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A Ghost Story

Si hacemos caso de lo que nos cuentan en las películas, los fantasmas parecen más apegados a sus hogares que a sus parejas. Les tira más lo inmobiliario que lo romántico. Lo hipotecario que lo amatorio. No sé qué hacen los espectros verdaderos del folklore o de Iker Jiménez, pero en el mundo del cine, si el amante que permanece vivo se muda a otra vivienda, el fantasma prefiere hacer nesting en lugar de acompañarle en la mudanza como un ángel guardián, o como un amante que no ceja en su empeño. Es una querencia curiosa e inexplicada. Jerry Seinfeld diría que con lo que cuesta encontrar un apartamento en Manhattan, ni siquiera los muertos están dispuestos a dejarlos así como así. Y quizá tenga razón: las casas encantadas, por lo general, son casas cojonudas, de alto valor inmobiliario, caserones decimonónicos o palacetes de aristócratas, nunca un cuarto piso sin ascensor en Vallecas, o la covacha del tío Anselmo en los Ancares. En los barrios pobres no existen los fantasmas, y quizá por eso yo nunca he visto ninguno.



    En un episodio de Seinfeld, Jerry y sus amigos se pateaban los funerales de la zona para preguntar, fingiendo ser familiares o allegados, si el muerto dejaba tras de sí un apartamento apetecible, antes de que lo anunciaran en los periódicos y alguien más rápido se lo birlara. Lo que no sabían Jerry y sus secuaces es que el muerto, por muy muerto que estuviera, no iba a irse realmente del apartamento, y que en caso de conseguirlo iban a tener que convivir con una sábana blanca que les acecharía por las esquinas y por las habitaciones. Y quien dice un apartamento en Manhattan dice una casa como ésta que habitan Rooney Mara y Casey Affleck en A Ghost Story, que es una monada de vivienda, de planta única, en las afueras de la ciudad, ideal para una pareja de jóvenes fornicadores que buscan el retiro espiritual para componer sus músicas y sus artes. Cuando empieza la película, uno piensa que el espectro ya está allí en forma de Rooney Mara, porque Rooney es un ángel caído del cielo, una mujer demasiado hermosa para ser verdad, pero en realidad ambos amantes están vivos, aunque un poco lánguidos y tortuosos. Será él, finalmente, quien muera en un accidente de tráfico y decida, una vez revestido con la sábana mortuoria, en aberrante pero tradicional decisión, dejar que su pareja se vaya lejos de allí mientras él se instala en el salón a contemplar el paso de la no-vida: los nuevos inquilinos, la ruina del tiempo, el vacío de los eones... 


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Los lunes al sol

Existen dos tipos de personas que desconocen el día de la semana en el que viven: los que no necesitan trabajar para vivir, y sólo gracias al fútbol o al telediario se reorientan un poco en el devenir del calendario, y los que, por desgracia, siguen necesitando el trabajo para alimentarse pero no pueden obtenerlo, y entran en la rutina de los días tristes y fotocopiados, y ya lo mismo les da el lunes al sol que el viernes a la lluvia. Ellos también necesitan del campeonato de Liga o del NODO del mediodía para recolocarse en la línea del espacio-tiempo.




     De las cinco fases que hay que transitar en cualquier duelo para salvar los muebles, los personajes de Los lunes al sol ya han superado la etapa de negación, que es como una autodefensa que permite pasar el primer trago del dolor, pero aún están muy lejos de llegar a la estación de término que es la aceptación plena de su situación. Sólo uno de ellos, Lino, el mayor de todos, quizá porque está a punto de entrar en los cincuenta años y las oportunidades laborales se le van a cerrar en cualquier momento, ha vuelto a patear las entrevistas de trabajo para encontrar un empleo distinto al que desempeñaba en los astilleros. Los demás, atrapados en las fases intermedias del duelo, vagan por las calles de Vigo maldiciendo su desgracia sin tener muy claro en qué día de la semana están, daltónicos de los días marcados en rojo y en negro si no fuera, en su caso, por los horarios del transbordador que cruza la ría, o por las rutinas de apertura y cierre de su bar preferido, allí cerca de los astilleros donde una vez construyeron barcos que surcaban los mares. Un bar donde unos, atribulados en la fase de ira, lanzan espumarajos contra la empresa que cerró, o contra el sistema que permitió tal tropelía; donde otros, depresivos perdidos, se agarran al vaso de vinazo a la copa de whisky para llegar a casa y desplomarse sobre la cama sin tener que pensar; donde otros, a medio camino entre la ira y la depresión, rumian la culpa de haberles fallado a sus familias, de haberse convertido en fantasmas improductivos que estorban en casa, y todavía dudan entre salir a la calle y montarla o salir a la calle y bebérsela.


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El cochecito

Todas las mañanas de escuela, cuando saco a mi perrito Eddie para mear, me encuentro con una vecina que lleva su hijo al colegio. En coche. Sólo trescientos metros separan su domicilio del centro escolar, y el chaval, ya crecidito, no padece ninguna minusvalía física que se sepa, ni ningún sentido trágico de la desorientación. El primer día que los vi pensé: "Será que está buena mujer va a trabajar a la misma hora, o que el colegio le pilla justo de paso para hacer los recados..." Pero no hay tal caso. A los cinco minutos exactos, ella, cada mañana, invariablemente, sin más propósito que el recorrido escolar, ya está de vuelta en el portal. No hay que ser Sherlock Holmes para deducir que esa familia es un poco disfuncional, muy poco ecológica, y que lo del coche es un vicio adquirido como cualquier otro. Siempre que los veo subirse al coche, gravemente, como si fueran a emprender un largo viaje hacia las Chimbambas, me acuerdo de aquella frase que escribió Bukowski en sus diarios cuando conoció las escaleras mecánicas en unos grandes almacenes:


    "Dentro de 4000 años no tendremos piernas, nos menearemos hacia delante usando el culo..."




    Esta noche, viendo El cochecito, me he acordado de mis vecinos motorizados, a los que mañana volveré a encontrar cuando Eddie levante la patita. En El cochecito, que es la segunda película que firmaron juntos Azcona y Ferreri, don Anselmo es un jubilado que teme quedarse sin amigos porque su íntimo compadre, ahora impedido, se mueve por Madrid con un cochecito de minusválido, y se ha juntado con otros "ángeles del infierno" para ir de correrías por el centro, y por la Casa de Campo. Don Anselmo, al que da vida el impagable Pepe Isbert, está más sano que una manzana, y sus familiares, con buen criterio, no ven la necesidad de gastarse un pastón en el capricho. Le advierten que si deja de caminar se le van a anquilosar las piernas, pero el vendedor de los cochecitos, un ortopedista que se está forrando con el invento, le convence de que ahora lo moderno es ir a todos los sitios sin caminar, y que en el año 2000 ya nadie va a necesitar las piernas para nada. Azcona y Bukowski, tan lúcidos, anunciaron al hombre nuevo en sus escritos. Uno que está muy lejos de aquel superhombre que vislumbró Nietzsche antes de volverse loco, en el otro cambio de siglo. El hijo de mi vecina es el infrahombre que fue predicho por el ortopedista de El cochecito.


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El pisito

A finales de los años 50, en Madrid, cuando todavía no habían desembarcado las suecas para sonrojar a los biempensantes ni los Beatles para maquillar el nacionalcatolicismo, se cruzaron los periplos vitales de Rafael Azcona, exiliado de Logroño, y Marco Ferreri, exiliado italiano que vendía objetivos fotográficos. Azcona y Ferreri se conocieron en los cafés literarios, en los mundillos de la cultura, y rápidamente se descubrieron como personalidades afines, proclives al humor negro y al retrato vitriólico. Entre que Azcona buscaba nuevas formas de expresarse y que Ferreri siempre tuvo interés en hacer cine,  los dos amigos -uno que jamás había escrito un guión y otro que jamás había dirigido una película- eligieron un relato que Azcona había escrito para La Codorniz y lo convirtieron en El pisito, que es una película que parece del neorrealismo italiano pero que está filmada en Madrid, y que contiene una carga de humor ácido y mala leche ibérica que hubiera espantado a los mismísimos Rossellini o De Sica.



    Petrita y Rodolfo, a punto de cumplir los cuarenta años, son novios desde tiempos inmemoriales, pero jamás han tenido el dinero necesario para comprarse un piso. La censura de la época nos impide conocer su vida sexual, que suponemos escasa y atribulada, practicada de estraperlo en picaderos aparcados o en pisos que quizá les presta un amigo del trabajo, como hacía Jack Lemmon en El apartamento. Así las cosas, desesperados ya del magreo clandestino, y de la vergüenza social de los solteros, deciden que Rodolfo se case con doña Martina, la inquilina del piso donde éste malvive de realquilado. De este modo, cuando Martina muera - y la pobre ya es una anciana con un pie y medio en la tumba-  Rodolfo heredará su contrato de inquilinato, y Petrita verá cumplido su sueño de convertirse en ama de casa.

    Pero ay, de los pobres. que siempre fracasan en sus planes enrevesados y algo malévolos, porque doña Martina, rejuvenecida por el matrimonio, se resiste a abandonar este cochino mundo, y ese decadente piso, y Petrita y Rodolfo, resignados a su perra suerte, tendrán que seguir contando los días en el calendario mientras se vuelven más viejos y más gordos, más feos y más tristes, y el antiguo amor empieza a evaporarse siguiendo las rigurosas leyes de la edad.



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Somewhere

Intuyo que Sofía Coppola sabe muy bien de lo que habla en Somewhere.  Pero sólo yo, al parecer, y otros tres gatos que maullamos en el callejón de sus admiradores. Donde otros espectadores sólo han visto un ejercicio de estilo, un vacío de argumentos, una pedantería de niña pija, yo, que a lo mejor tengo una sensibilidad especial con ella, o que simplemente veo intenciones donde no las hay, he visto en Somewhere una película muy sentida, muy personal.

    Supongo que hay algo de Sofía Coppola en esa niña que viaja con su padre por los festivales del ancho mundo, ella que también sufrió los temblores de un matrimonio muy mal avenido. Supongo, también, que ha conocido -o incluso padecido en sus propias carnes- a tipos muy parecidos al Johnny Marco de Somewhere, el actor divorciado y abúlico que malgasta su tiempo libre en vicios que no le conducen a ninguna parte. Dijo una vez George Best: “Gasté mucho dinero en mujeres, alcohol y coches. El resto lo malgasté”. Como él, Johnny Marco también frecuenta mujeres de infarto, vive agarrado a la botella, dilapida sus millones en la compra de automóviles de alta gama, aunque en la película siempre le veamos conduciendo el mismo Ferrari de color negro. Un coche que viene a ser la metáfora automovilística de su vida, pues todos sus viajes, aunque el motor brame impetuoso y joven, terminan siendo erráticos y circulares.




    Pero a medio metraje, cuando la película ya nos ha mostrado su vida decadente y desnortada, y los pobretones casi estamos por apiadarnos de su infortunio de hombre forrado, aparece el personaje de su hija para rescatarle del vacío existencial, del desenfreno sin sentido. Pero claro: con una niña así es mucho más fácil disfrazarse de padre responsable y molón durante varios días. Cleo es una hija pluscuamperfecta que estudia sus asignaturas, lee novelas de vampiros y prepara sofisticados desayunos en la cocina. Patina como los ángeles, se desenvuelve en sociedad, es inteligente y perspicaz, educada y limpia. Jamás saldrá dando pol culo en Supernanny llamando hijoputa a su padre porque le ha quitado el móvil mientras cenaba, o estrellando los platos contra el suelo cada vez que tocaba comer verdura. 


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Black Mirror: USS Callister

¿Cuánto hay de carne y cuánto de metafísica en el ser humano? A medio camino entre el ateísmo, que afirma que sólo somos un filete andante con muchos nervios por el medio, y el obispo Berkeley, que sostenía que somos el sueño transitorio de una siesta lánguida de Dios, han existido tantas teorías combinatorias que a uno le duele la cabeza de sólo recordarlas. Uno, que fue de Ciencias en el instituto, y encima materialista dialéctico a la vieja usanza de don Karl, está por suscribir la teoría del filete andante y prescindir por completo de la idea del alma, y de cualquier insidia teológica que la susurre. Pero la misma ciencia que nos lleva por ese camino es incapaz de decidir qué demonios es la carne, y la materia incluso, pues el átomo, con sus electrones y sus protones, sus neutrones y sus subpartículas, no es más que una recreación simbólica para hacernos entender, y en el fondo de la sustancia sólo hay "energías" y "campos energéticos" que nos devuelven  a la peligrosa idea del espíritu.



    En este enredo de teólogos y físicos, de carnívoros y espiritistas, Watson y Crick, allá por 1953, descubrieron la estructura del ADN y abrieron una vía de investigación más promisoria que el viejo debate del dualismo. La estructura helicoidal del ADN no era carne ni pescado: eran bases nitrogenadas ordenadas en química armonía de un modo sacramental, casi divino, en forma de escalera que ascendía hacia lo sublime. El ADN que nos conforma el cuerpo y nos define el carácter era, finalmente, información pura. La síntesis inesperada de los viejos conceptos en guerra. Bits que pueden ser almacenados en los núcleos de las células, pero también, por qué no, en el disco duro de un ordenador. La información es etérea, conceptual, y puede ser transcrita en muchos códigos y soportes. Podemos tener un yo a esta lado cárnico -o carnicero- de la realidad y otro yo, idéntico, con los mismos atributos genéticos, en el mundo virtual de los chips electrónicos. Preguntarse, dentro de unos años, como hace este episodio de Black Mirror, cuál será el más auténtico de los dos, si el que caga materia en descomposición o bits con forma de mojón, será una cuestión peliaguda que habrán de abordar los filósofos de la época. 


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Master and Commander



Hoy en día los neuróticos ya no podemos ir al cine. Sólo en sesiones muy escogidas, casi clandestinas, como de ambiente de cine porno. Horarios de gente que busca el silencio y la concentración. Que ansía un comportamiento de melómanos en la platea. De cartujos en los maitines ¿Por qué la gente guarda las formas en una ópera de Mozart y no en una película de Scorsese? Es el misterio que atormentó mis años de espectador habitual. ¿Por qué está gentuza que mastica las patatas, rebusca las palomitas, sorbe la cocacola, habla sin rubor, corretea por los pasillos, juega con el móvil, suelta chistes, golpea los respaldos, se ríe a destiempo, se mete mano entre jadeos, por qué, por qué, cuando van a otros espectáculos de más alta etiqueta se callan como hijos de puta, y se comportan como seres humanos civilizados, y no como los gremlins que veían Blancanieves en aquel cine rural tomado al asalto?



    Hoy he visto Master and Commander en el televisor del salón, y aunque el DVD no está rayado, y la tele es de muchas pulgadas, y mi predisposición como espectador es de entrega absoluta, porque la película es cojonuda, y yo no sabría ponerle un pero ni quitarle un segundo -la historia tan simple pero tan compleja de dos barcos que se persiguen por medio mundo lanzándose cañonazos-, la experiencia me ha dejado un regusto de melancolía. Hace quince años vi Master and Commander en la pantalla enorme del Teatro Emperador, allá en León, en otra vida que ya me parece lejanísima, de otro tipo que estaba más joven y más gordo, más risueño y más perdido. Salí de aquel cine con un colocón de sales marinas y pólvoras remojadas. Master and Commander me pareció la puta película de todos los tiempos, en aquel pantallón que era como el mismo mar que surcaban la Surprise y el Acheron. Éramos cuatro gatos en aquella sesión marginal, cuatro cinéfilos desconfiados, recelosos, que nos vigilábamos las manos como cowboys a punto de entrar en duelo, a ver si alguien sacaba la puta bolsa de patatas o el puto móvil de los cojones. Pero no hubo caso, y en apenas unos segundos ya éramos todos marineros a bordo de la Surprise, acojonados por el miedo pero excitados por la aventura. La pantalla del cine ocupaba todo nuestro horizonte, y el rumor del mar, y el temblar de las velas, y el cañonazo del enemigo, nos cogía de improviso por cualquier lado. Estas experiencias ya no regresarán jamás... Los cines se han vuelto hostiles, y yo me he vuelto majara por completo. Hoy, en el sofá de casa, una moto anacrónica de las guerras napoleónicas se ha dado varios paseos bajo la ventana. El vecino de arriba se ha puesto a jugar con unas canicas de acero. Ladraron los perros. Saltó el whatsapp. Me entraron ganas de mear. Picoteamos unas gominolas. Hablamos en los silencios para dárnoslas de cinéfilos. Recordé que no había pan para mañana. No éramos como los gremlins de la película, pero no estábamos dando ningún ejemplo de saber estar. Era Master and Commander, sí, pero ya era otra cosa.



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Lost in translation

Bob y Charlotte andan perdidos por Japón, pero también andan perdidos por la vida. Japón, en Lost in translation, sólo es una metáfora geográfica de su perplejidad. Desde las habitaciones de su hotel, a muchos metros de altitud, Tokio es una ciudad indescifrable, enigmática, y bien podría ser la imagen urbana de sus propias incertidumbres. Ellos vagan por sus aceras y por sus templos como turistas asombrados, boquiabiertos, pero en realidad no comprenden gran cosa de lo que ven. Japón, como ahora sus conciencias, es un lugar confuso, contradictorio, tan familiar y a veces tan extraño que a veces se sienten como en casa y a veces habitantes de un planeta muy lejano.



Japón,
mia que está leho Japón...

cantaban los No me pises que llevo chanclas, y allí, a tomar por el culo, en las islas del Sol Naciente, náufragos de su propio crucero, Bob y Charlotte se pierden en las traducciones como se pierden en la traducción de sus propios pensamientos. No aciertan a expresar con palabras lo que bulle en sus mentes atribuladas. Deberían de ser felices, pero no lo son. La sombra de estar viviendo una mentira, un matrimonio sin futuro, una vocación sin satisfacciones, les marchita la sonrisa, y les nubla la mirada. Charlotte es una mariposa que empieza a revolotear por el mundo, pero sospecha que en la primera flor ha cometido un gran error inaugural. Cuando su marido aparece por la puerta, el corazón, todavía enamorado, late con fuerza, pero las entrañas le susurran algo muy diferente. Y las entrañas, esas hijas de puta resabiadas, nunca se equivocan. El plexo solar sabe más de la vida que el corazón, que es ciego, y que la cabeza, que es idiota del culo.

    Charlotte sospecha que todo ha terminado casi sin comenzar, pero es un pensamiento demasiado grave, demasiado maduro, para asumirlo de sopetón. Así que una noche, en el bar del hotel, cuando conozca a Bob, creerá encontrar en él al confidente que siendo treinta años mayor que ella, con toda una vida recorrida, con toda una historia en la mirada, podría servirle de guía. Pero Bob es otro turista que perdió su mapa en Japón, y no está preparado para ayudar a nadie. Sólo para hacer compañía, y para ser solidario en la tribulación. A los cincuenta y tantos años todavía no ha conseguido traducirse. Y a esas edades ya es muy difícil aprender. 


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10, la mujer perfecta

Ponce de León nunca encontró la Fuente de la Eterna Juventud en las tierras de Florida. Los indios, que no tenían armaduras, ni armas de fuego, pero sí un sentido del humor que hacía estragos entre los invasores, se rieron una vez más del europeo que ansiaba glorias y riquezas, aunque en este caso, para ser justos, el bueno de Ponce buscara algo más elevado que el vil metal. Con 53 años de entonces, que son como los 93 de ahora, Ponce ya había sido terrateniente, gobernador, potentado en Puerto Rico, y de riquezas materiales andaba más que sobrado. Era tiempo, vida, recorrido, lo que él buscaba en su loca expedición. O, quizá, simplemente, un remedio milagroso que le ayudara a mantener la energía conquistadora, el vigor físico, la potencia sexual de quien seguramente se trajinó a varias indígenas en sus andaduras por el Caribe y ahora ya no podía ni levantar el sable simbólico de su hispánica hombría.



    Para desgracia de George Weber en 10, la mujer perfecta, si Ponce de León hubiera buscado la Fuente de la Edad en California tampoco la hubiese encontrado. En caso contrario, cuatro siglos después, ante los primeros síntomas de su pitopausia -que son la cana en el testículo, la desgana en la cama y la obsesión por las jovencitas- George Weber sólo tendría que haber ido a la Fuente con un botijo para recuperar la alegría de vivir y regresar como un toro a su madura relación con la buena de Samantha, su coetánea de los cuarenta y tantos años que soporta todas sus rarezas y todos sus devaneos. Pero como tal Fuente no existe, y el botijo además no se estila entre la beautiful people del show business, George sigue consumiéndose en la angustia de quien ya se ve al otro lado del ecuador, en la otra mitad del calendario, en la edad deprimente que multiplicada por dos ya casi no da para vivir.

    Y así, incapaz de asumir la realidad, enajenado de su edad mental y de su fisiología celular, un buen día se enamora de la jovencita perfecta que viaja en limusina camino del altar. Algo así como una aparición mariana. Como un espejismo nacido de su sed en el desierto. Y emprende la aventura loca de rondarla, de conquistarla, de perseguirla hasta las playas de México, haciendo el ridículo como sólo un hombre obsesionado con una mujer es capaz de hacer. Quizá el espectáculo menos edificante de toda la Naturaleza, aunque de mucho juego en las comedias y en las habladurías de los pueblos. Mientras tanto, al otro lado de la frontera geopolítica, en el país de las señoras maduras pero de muy buen ver que George Weber desprecia como un merluzo, Samantha, su pareja, su santa, que podría mandarlo con toda la razón a tomar por el culo, aguarda pacientemente su fracaso. Como Penélope esperó a Ulises, pero con algo menos de paciencia, y algo más de recochineo.


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Wonder Woman

Confío mucho en la opinión de los críticos cinematográficos. Soy así de inseguro y de confiado, qué le vamos a hacer. Aunque lleve veinte años de cinefilia en cada una de mis posaderas, y no suela equivocarme con lo que me gusta y con lo que no, a veces tengo que recurrir a ellos para decidir si una película de la que no tengo referencias, porque es el último hito de la cinematografía paraguaya, o la opera prima de un jovenzuelo desconocido de Arkansas, merece el esfuerzo de pagar una entrada o de programar una grabación. O de fletar un barco que intercepte la mercancía en las rutas comerciales que nunca llegan a provincias.
    Si Quentin Tarantino, por poner un ejemplo, estrena nueva película, leo las críticas para saber qué voy a encontrarme en su nueva chifladura, pero nunca para decidir si voy a verla o no. Lo mismo me sucede, aunque al revés, cuando se estrenan las obras maestras de los coreanos impronunciables, o de los viejos maestros que gozan de bula pontificia O, como en el caso de Wonder Woman, con las adaptaciones de los superhéroes del cómic, que me pillaron ya muy mayor, medio sordo a los estruendos, medio ciego a las pirotecnias, quisquilloso con las incoherencias y con las sobradas.



    Hace unos cuantos meses, cuando se hablaba del estreno de Wonder Woman, ni siquiera me tomé la molestia de leer las sinopsis. Hostias y ruidos. Buenos de mazapán y malos de pacotilla. Y una actriz de evidente belleza...  Un cómic, por definición, como tantos otros, para la chavalada del centro comercial. Así que me olvidé por completo de la película hasta que hace unas semanas, en la revista de cine, con motivo de su lanzamiento en DVD, leí que la crítica sesuda y barbuda, ilustrada y veterana, curtida en mil y un festivales del ancho mundo, había aplaudido esta película con adjetivos muy bonitos y altisonantes. Y yo, que tan poco caso me hago, que me dejo llevar por la primera contradicción de cualquiera, el Zelig que se mimetiza con el paisanaje de la cinefilia, me desdije de mi renuncia y me planté en el sofá para descubrir el tesoro oculto de una adaptación que decían atrevida y diferente. Han pasado dos días desde que vi la película y todavía lo estoy buscando...


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